Bueeno, primero que nada, de verdad les pido que no me apresuren mucho, porfa. He subido toda la historia muchísimo mas rápido que el violinista (que tardé un año) así que al menos ténganme algo de paciencia, escribir un capi es difícil. Todos estaban listos hasta el 7 y la mitad del 8, ahora debo esforzarme en hacer el resto desde 0.

Pero tranquilas que esta cosa estará lista antes de agosto de seguritooo! Son 12 o 13 capítulos en total. Por cierto, para decepcionarlas: Nada de lemmon :3 (mi nivel de perversión no llega a eso, me estoy matando aún con el del violinista T.T porque no tengo idea de cómo poner los hechos .-.)

Gracias a todas por leer TwT y comentar, o en su otro caso, dejarme PM's :3 las quiero mucho por su apoyo.

Y lo que yo pienso es que en el mundo Anime hay muchas chicas con pelo rosado, como Yuno, o Lucy de Elfen Lied. Además, tomé el hecho de que "siempre hay alguien igual a ti en otra parte del mundo" y en el fic, eso es lo que piensa Tadase ^^, porque aunque no se den cuenta, Amu cambió bastante con el simple hecho de usar lentes y llevar otro corte. Y bueno, es un fic y nadie es un genio y si YO no quiero que Tadase se entere, entonces NO PASARÁ HASTA QUE YO DIGA MUAJAJAJAJAJA

PD: soy una meme adicta Y NO ME AVERGUENZO DE ELLO BUAAAAJAJAJAJAJAJA *levanta las manos como una bruja mientras mira hacia arriba*


Claro que no nos fuimos de una vez, ¿por qué? Porque no había probado ni un condenado postre, NI UNO. Además, los otros aún querían ver los espectáculos, así que no tuve de otra que esperar sentada y confundida en una mesa donde cuidaba de sus cosas mientras se divertían.

Entrecerré los ojos, sintiendo un hormigueo que ardía en las mejillas. No podía olvidar aquel momento. Tan falso, tan real ¡tan incómodo!

Aunque solo fue por dos segundos, pude estar a punto de gritar. De no conocer bien a Ikuto, hubiera pensado que lo había hecho por… ahm… celos, ¿verdad? Yo lo hubiera hecho por eso. Aunque no era tan valiente para hacerlo de verdad.

A lo lejos, encontré a Ikuto observando con ojos deseosos algunas esculturas de oro. Las acarició con sus manos cubiertas de unos guantes blancos, delicados y suaves y sonrió con satisfacción.

—No me digas que… —me dije a mi mista entrecerrando los ojos para enfocarlo mejor— ¡quiere robarlos! —grité en mi tono privado con aire indignado.

Una pequeña idea pasó por mi cabeza, ¡claro que quería robarlos! Y no cabía duda de que lo haría hoy mismo o mañana. Era el plan perfecto ¡y yo iba a ir esta vez! ¿Qué cómo lo se? No le pediría permiso, lo seguiría, esta vez quería ver cual era la "magia" del ladrón zafiro. Cada paso, cada respiro, cada mirada hacia atrás la vería yo y luego le obligaría a enseñarme a vivir esas aventuras que tanto me moría por experimentar.

Todos voltearon a verme en cuanto me escucharon reír como una bruja malvada tramando algo. Sin darme cuenta, me había levantado de la silla y había abierto las manos hacia arriba, como si estuviera demente.

—¡Lo-lo siento! —grité a los demás antes de sentarme de golpe, cabizbaja, queriendo que la tierra se abriera y me tragara, porque Ikuto también me había visto y me miraba con una ceja levantada.

/

El carruaje que me había parecido grande la primera vez, ahora resultaba un poco más apretado. Ahora Ikuto nos acompañaba, al igual que una bolsa gigante llena de postres que yo misma había agarrado con discreción, para luego perder todo el esfuerzo abandonando el baile con una gran bolsa que parecía de navidad, atrayendo muchas miradas curiosas y en shock.

—Nunca había bailado tanto —Rima se estiró, bostezando— Amu, ¿por qué no bailaste más?

Reí amargamente. Desviando la mirada. No le iba a decir "bueno, como no pude ver más a los ojos a mi "esposo" después de ese beso, con menos razón aceptaría bailar otra vez mientras me vería seguramente con una sonrisa burlona"

—Es que no me dieron ganas.

—La música era maravillosa —Haru pareció satisfecho, entrecerró sus ojos de manera placentera— además, conocí muchos amigos —sonrió— ¿los podré visitar cuando volvamos a la isla, Ikuto?

—Aah —contestó él con voz cansada en modo de afirmación, mientras miraba inexpresivo hacia la ventana.

—¡Bien! —contestó Haru más alegre— saben, los chicos que conocí pensaron que yo era su hijo —dijo refiriéndose a nosotros, con inocencia— ¿no es genial? —tosí sin querer, para luego encontrar los ojos sorprendidos de Ikuto y luego ambos apartamos la vista de golpe— pero les dije que era hijo de Kuukai y Rima —sonrió con inocencia otra vez.

Ahora ellos dos se atragantaron.

—¿Qué? —Rima le miró totalmente sonrojada, yo levanté una ceja, ¿no me digan que…?

—¡Niños, niños! —se quejó Kuukai con una risa nerviosa para nada bien oculta— que cosas las suyas, ¿no? —le dijo a Rima.

—¿De qué hablas? ¬¬ tu eres más infantil que un chiquillo.

—¡Oye! —Kuukai pareció más sonrojado— ¿y quién parece de cinco años con esa estatura? ¿tú o yo?

—¡Cállate!

—¡Pulga de agua!

—¡Chiquillo! —gruñó ella, ambos se manoteaban infantilmente mientras seguían gritándose e intentando hacer quedar más chiquillo al otro.

—¡Cállense! —la voz de Ikuto nos paralizó a todos, creando un ambiente tenso.

—Pero Ikuto… —Kuukai señaló a Rima, como culpándola.

—Ha dicho silencio —Mac, que no se había hecho notar en toda la noche, nos hizo temblar con su voz hostil.

—Está bien… —Rima bajó la mirada, culpable.

En un terrible silencio. Todos llegamos a nuestra desolada calle de arena. Nos bajamos del carruaje cerca de mi casa y cada uno se fue a la suya. O bueno, todos se fueron a la suya menos Ikuto y yo, que nos quedamos en silencio.

—Qué fiesta mas rara —dije con nerviosismo, para romper el incómodo silencio— pero los malabaristas chinos estuvieron sensacionales… y ¿viste a las bailarinas con sus grandes y exóticas máscaras…?

Dejé las palabras en el aire, la mirada de Ikuto era hostil. Me sentí terrible.

—Ya veo… —aparté la mirada lentamente hasta quedarme mirando el suelo— supongo que no quieres hablar.

Comencé a caminar a la puerta de la casa, pero su mano tomó mi muñeca con fuerza y me hizo voltear.

—Así que él…

—¿Qué?

—Tadase. Tú estás perdida por él… Pude ver tu desconcierto cuando confesó que había estado enamorado de ti desde siempre —me soltó con brusquedad— ¡tu decisión fue quedarte con nosotros! Si planeas escapar con él, tendremos que matarte, o nuestro secreto estará en peligro.

Apreté mi puño, ¿cuántas veces tendría que pasar por este estúpido interrogatorio? Le devolví la misma mirada hostil y enojada, y le contesté.

—¡Idiota! —bajé la cabeza, dejando que mi flequillo tapara mi rostro. Como si eso fuera a protegerme— ¿y qué si huyera con él? ¿Cómo puedes pensar que yo los lastimaría a ustedes, si los quiero tanto? —ahora gritaba— ¡Ni porque me torturaran, les confesaría quien eres realmente! ¡Ni que los demás te ayudan!

El eco de mis palabras llenó la noche. Me harté de ver su mirada desconcertada, sin decir ni una maldita palabra. Me di vuelta y entré a la casa cerrando la puerta de un golpe.

Esperé en mi habitación hasta que escuché que Ikuto entró un rato después, ¿Qué tanto estaría haciendo afuera? Pensé en mi plan. Obviamente no robaría esta noche, aunque era la madrugada, la gente no se terminaría de ir pronto de aquella mansión. Hoy dormiría todo el día para tener fuerzas de seguirlo en la noche.

Sus pasos por el pasillo terminaron en su habitación donde azotó la puerta. Suspiré antes de levantarme de mi cama y salir de mi habitación para luego tocar la suya.

—Tenemos que hablar —no pude evitar que mi voz sonara molesta— ¿podemos, capitán? —resalté esa palabra como en un refunfuño.

Esperé, dos, tres, cinco minutos. Silencio total.

—¿Ikuto? —volví a llamarlo, colocando la mano en el pomo de la puerta— responde ya.

Nada.

Con algo de desesperación, abrí la puerta y me asomé, encontrándome otra vez con su mirada hostil, sentado como indio en su cama sin siquiera haberse quitado el traje. No como yo, que ya llevaba mi camisón.

—Deja de ignorarme —caminé hacia él, hasta detenerme en el borde de la cama.

—¿Qué quieres? —odié su voz por un momento.

—¿Qué quiero? —le dejé en duda por un momento— ¡quiero que confíes en mí! No quiero ser parte de esto si siempre piensas que terminaré huyendo con Tadase. Aunque quiera rescatarme, nunca lo haré ¡nunca!, me prometí a mi misma no ser parte del degradamiento de la mujer en esa estúpida sociedad, ¿me crees tan tonta como para renunciar a la libertad que tengo ahora?

—¿Acaso crees que no me doy cuenta cómo lo ves? —me respondió con un tono enojado— adolorida, llena de compasión. Como si fueras la Amu amable y tierna que él cree que eres cuando en realidad eres una ogra odiosa y orgullosa —se levantó de la cama y se acercó a mí con pasos ruidosos—. Como si de verdad quisieras irte con él y salvarlo de su soledad, ¡es tan estúpido! ¡Por eso te besé! Para que no pudiera reconocerte, ¡para que viera que tú ya eras de alguien más, y no le dieras más pistas de quién eres en realidad!

Ira, ¿era lo que sentía ahora? Me había llamado ogra odiosa y orgullosa.

—¡No quería darle pistas! —fue todo lo que pude decir— pudo pensar que me sentía mal por su historia, es todo —gruñí.

—No me digas que… —sonrió con aire superior— ¿Te enamoraste de él por su tonto espectáculo del príncipe que rescata a su princesa?

Respiré con fuerza, antes de levantar mi mano. Pero él la detuvo sujetando mi muñeca con fuerza. Cerré los ojos con ira y grité:

—¡QUE NO! —le repuse. No quería que se burlase de Tadase tampoco, sus causas no eran malas, y él no sabía nada. Simplemente pensaba que realmente me habían secuestrado ¡estaba en su derecho de preocuparse, si lo que siente por mí es sincero (aunque no correspondido)!

—¿Entonces? ¿Por qué siempre que algo trata de él tus ojos brillan? ¿por qué eres así, tan sonrojada y dulce cuando hablas con él?

Apreté mi puño, queriendo zafarme pero sin poder.

—¡Porque… —mi voz se ahogó tras empezar a gritar— me recuerda a mi hogar!

Con lágrimas en los ojos, lo vi fijamente a la cara. Pareció no creer mucho lo que le decía, pero un minuto después de verme seguir lloriqueando, ablandó la mirada y me soltó.

—Vete de aquí —me dijo secamente.

Sin poderme mover, cabizbaja y sombría, sentía mi corazón partirse en miles de pedazos cuando oí esas palabras.

Irme… él quería que me fuera, ¿verdad? Seguro odiaba verme, soportarme cada día y… y…

—Hablaremos mañana —colocó una mano sobre mi cabeza cariñosamente y alborotó mi cabello, lo cual me sobresaltó y me hizo ablandar mi mirada escondida— pero ahora… vete.

Sin siquiera decirle algo, salí de su habitación a paso lento, y una vez que cerré la puerta tras de mí, corrí hacia mi habitación, secándome la cara con la manga hasta la muñeca de mi camisón.

—Baka —murmuré con voz ahogada mientras apretaba mis ojos.

/

Todo bien, todo mal ¿cierto? Así era siempre. Tenía claro en la vida que mi libertad iba ante cualquier cosa. Cualquiera.

Yo no amaba a Tadase. Yo no lo quería. Sólo sentía… cariño por él, aunque nunca se lo hubiese demostrado. Él no tenía la culpa de nada, ¿cierto? Era yo la que lo complicaba todo.

¡Mentira, Ikuto es el que complica todas las cosas!

Jugueteé con la punta de mi cabello, que se extendía como un abanico sobre mi almohada. Aún resultaba extraño para mí verlo tan corto, era como no ser yo. Como estar en el cuerpo de alguien más. A pesar de ser tarde y seguramente más de mediodía, no me atrevía a levantarme de la cama.

Primero: Por flojera.

Segundo: Para ahorrar energías y seguir a Ikuto de noche, que seguro robaría algo de la mansión.

Tercero: ¿Mencioné la flojera?

Me estiré, soltando un chillido con la boca cerrada. Me quedé mirando al techo por un buen rato hasta que escuché mi puerta.

—Arriba —dijo una voz desde detrás de ella. Esa era la manera en que siempre nos despertaba en el barco, ya fuera él o alguien más. Entré en pánico y me acosté de lado, cubriéndome con el edredón hasta la cabeza y cerrando los ojos con fuerza.

Oí mi puerta abrirse y a Ikuto caminar hasta mi cama. No sabía que estaría haciendo o mirando, pero chillé en cuanto gritó:

—¡Arriba! —sonó enojado— ya sé que estás despierta.

¿Por qué yo era tan tonta y chillaba? Me delataba solita como una niña pequeña.

Con el cabello sobre el rostro, despelucado y nada arreglado, observé a Ikuto con sueño para luego levantarme a regañadientes después de que él se fuera, obstinado de esperarme.

Yo había sido algo grosera últimamente, como el día anterior, que lo había levantado casi a la fuerza, ¿qué clase de ayudante era yo? ¿Cómo me atrevía a hablarle así a un capitán? Claramente había olvidado mi puesto, pero Ikuto también me malcriaba mucho. Si Kuukai o incluso Haru llegaban a hacer eso estaba seguro que los haría nadar tras el barco una vez habiendo zarpado a algún lugar lejano. Sin dejarles ni un salvavidas.

Supongo que se rindió conmigo y supo que no tenía remedio intentar arreglarme o hacerme mas disciplinada, después de todo mis padres tampoco pudieron lograrlo, ¿no?

Arrastrando los pies, bajé a la cocina y preparé algo tonto para comer. No vi rastros de Ikuto por ahí, así que me tumbé en el sofá y esperé a que apareciera hasta cansarme y subir a cambiarme el camisón por un vestido simple. Bajé en cuanto oí la puerta ser tocada y me encontré con Rima, que venía con una cesta.

—Te traje algo —me dijo pasando sin preguntar— ¿Ikuto está por acá?

Negué lentamente.

—No lo veo desde mediodía.

—¡Perfecto! —dijo pareciendo graciosa— bien, ¿algún progreso?

—¿Progreso?

Ella subió y bajó las cejas.

—Ya sabes, Ikuto, amor… —dibujó un corazón con ambos dedos— oh, el apasionado amor juvenil. Desde que los vi bailar anoche no me cupo duda de que había algo… algo como…

—Nada —miré fría al suelo—. Me odia.

—¿Nada? —sonó desesperada— ¿nada de nada?

—Nada… —¿por qué era tan malditamente incómodo hablar de eso? Rima era Rima, pero… pero…

—No puedo creerlo, ¡esa mirada en sus ojos solo la pone cuando tú estás! —lanzó la cesta sobre la mesa— ¿cómo que nada? Tiene que haber algo —pareció exigirlo mientras lo decía—. Anoche, poco después del baile, lo vi caminando nerviosamente con un sonrojo en el rostro que casi nos mata de la risa, ¿no has sido tú quien lo causó, entonces?

—¿Eh? —murmuré desconcertada— yo no… no lo vi entonces…

¿Qué le decía? ¿Qué él estaba apenado por haber besado a una chiquilla como yo? YO, que sólo "enviaba pistas" a Tadase para que me "rescatara" ¬¬

—Entonces, podría ser otra de sus amantes… —sujetó su barbilla pensativa— o la esposa de alguien más.

—¡N-no quiero esos detalles!

—¿Lo habrá dejado alguna?

—¿Qué?

—No… no puede ser… él terminó con las de aquí hace como un año, que vinimos. Entonces… ¿estaría enfermo por la comida?

—¿De quienes estás hablando?

Se sujetó la cabeza, desesperada.

—¿Cómo rayos quiere que adivine cual fue, si tenía como veinte amantes? ¡Aaah! —su voz sonó más aguda de lo normal.

—¿Quién? —preguntó Ikuto, de brazos cruzados, desde el otro lado de la sala.

—Kuukai —repuso ella rápidamente— ¿has visto cuantas se ha liado anoche? Como veinte…

Ella era tan rápida inventado como yo.

—Sí —me apresuré a agregar— ¿viste la pelirroja? Se veía muy interesado en él…

—Que irónico —caminó hacia nosotras, que nos dirigimos una mirada rápida— yo pensé que hablaban de mí.

Mi imagen mental dominó los hechos de ese momento. Rima y yo, un par de estatuas con rostro desconcertado reflejando que habíamos silo pilladas. Luego, un Ikuto con una sonrisa triunfal y burlona, con un gran, gran mazo que utiliza para luego aplastar nuestras estatuas hasta dejarlas reducidas a cenizas, al final, éstas son llevadas por el viento.

Allá va… ese polvito que ves por allá lejos, es Amu. Osea yo, ¡adiós, dignidad…!, me despedí mentalmente con el alma saliéndoseme por la boca.

—Mejor pónganse a hablar de algo más interesante —se apresuró a agregar, mirándonos con los ojos entrecerrados— como con cuantas me he acost-

—Esa es fácil, como unas quince… —empezó a decir Rima como si eso fuera tonto, pero la interrumpí.

Le tapé la boca rápidamente, ella parpadeó rápidamente sin saber qué hacer.

—Después hablaremos de eso —le dije secamente a Ikuto mientras arrastraba a Rima detrás de mí, desapareciendo ambas en un pasillo. Seguidas por la mirada inexpresiva de Ikuto, que luego salió por la puerta a quien sabe donde. Pero no pude evitar sentir como si ellos dos hubiesen intercambiado unas miradas… como de complicidad. Pero supongo que soy paranoica.

Luego de destaparle la BOCOTA a Rima, ella me dijo, como si nada:

—¿Quieres probar un jugo de naranja que hice?

/

Aaah… —escuché mis pensamientos.

¿Qué rayos? ¿Cómo había llegado a mi cama?, me pregunté mientras me sentaba. Llevaba el mismo vestido que me había puesto al mediodía, y sentía una pesadez de cabeza que me hacía querer volver a dormir.

Lo último que recordaba era…

El maldito jugo de naranja.

¡Cómo pude ser tan estúpida! Era obvio, él robaría, y me querían fuera del campo ahora que yo estaba más presente que nunca, y no en el laberinto que era el barco, donde no podía ver lo que hacían o cuándo.

Somnífero, eso era lo que me daban para tenerme dormida mientras no me quisieran estorbando. Apreté mis puños fuertemente, ¿qué hora era? ¿Las once de la noche?

Corrí a mi armario y cogí la mochila con ropa negra y botas del mismo color, además del gorro que cubriría mi llamativo cabello. Salí corriendo de mi habitación y me detuve tras una pared al ver al Ladrón Zafiro a través de la ventana. Había viento, todo estaba obscuro. Pero iba solo.

Esperé a que se alejara, y medio somnolienta, salí de la casa y lo seguí de lejos. Si querían mantenerme dormida para no hacer esto, entonces debían aprender a medir la cantidad de somnífero la próxima vez.

Que el cielo bendiga los malos cálculos.

Intenté no hacer ruido con las piedras el camino, el paso de Ikuto era muy rápido y silencioso, a diferencia del mío que era lento y torpe, ¿iría de verdad a la casa del alcalde a pie? Imposible, a pie eran al menos cinco horas… ¿sabría él que yo lo seguía, si yo hacía tanto ruido todo el camino?

Una vez que casi me morí de cansancio y lo perdí de vista, tomé el primer carruaje, víctima de la vagancia. Al menos llegaría antes que él. Me fijé en el camino con atención, estaba vacío. Horriblemente vacío. Ni siquiera lo había llegado a ver caminando por ahí ¿por dónde se metía entonces? ¿Por los techos?

Temblorosa, caí en cuenta que lo que estaba haciendo era algo totalmente nuevo. Nunca me había ido de esa manera. Había hecho todo por un simple impulso de participar y ser tan buena como ellos, ya que nunca servía de nada, salvo para estorbar. Entonces ¿cómo rayos iba a superar las pruebas de seguridad? ¿Pegándome a la espalda de Ikuto? De verdad que a veces me pasaba de tonta, pero bueno, lo hecho, hecho estaba.

A mitad de camino, no había vuelta atrás. Saqué la ropa de la mochila y ordené al cochero:

—Ni se le ocurra voltear.

Siempre alerta, me cambié rápidamente. Nunca me había desnudado en un carruaje en movimiento, y debo confesar que era condenadamente incómodo. Un par de moretones más para mi colección y un trauma psicológico.

El cochero, nervioso, me ordenó que me bajara. Pensé en el alivio que debía sentir ya que por fin se libraba de la nudista que tenía que llevar.

El carruaje se detuvo cerca de la casa del alcalde. Obviamente no le pediría al cochero que me llevara directamente hasta allá o levantaría sospechas de la manera en que iba vestida. Caminé al lado contrario hasta que el carruaje desapareció de mi vista, y luego retome la ruta que llevaba. Tenía que estar segura de lo que hacía, ¡no podía dudar más! Mi auto entrenamiento empezaba aquí y ahora.

Me oculté en los arbustos junto al gran portón de metal que rodeaba la mansión. Increíblemente desde allí tenía una gran vista, y la ropa negra me ocultaba bastante bien. Esperé por un buen rato y empecé a dudar si Ikuto realmente vendría o se había ido a alguna otra parte. Estuve a punto de levantarme, algo nerviosa, cuando escuché un sonido extraño de plantas cerca. Levanté la vista, aún escondida y vi una sombra negra subir por la enredadera de la pared de la mansión hasta un balcón.

—¡Ikuto! —grité para mí en una voz inaudible.

¿Cómo rayos se había metido y burlado los guardias? ¿Era inmortal acaso? ¿Un ser mágico del planeta de las feromonas y la gente sexy? ¿Acaso ese tipo de personas tenían esas habilidades simplemente por ser más bonitos que uno, hasta el punto de dejarnos sin autoestima?

¡Yo le iba a enseñar que no…!

¿PERO CÓMO?

Miré desesperadamente a los lados. El ladrón zafiro NUNCA dejaba pistas de cómo hacía las cosas. Me llené de valor y escarbé el suelo junto a la reja hasta pasarle por debajo y me quedé oculta y sorprendida de lo que había hecho entre los arbustos del otro lado, que me cubrían a la perfección. Llené el agujero de tierra otra vez y lo cubrí de las flores de los arbustos disimuladamente.

Me costó bastante, pero esperé a que los guardias no vieran al mismo tiempo y salí de mi escondite como una endemoniada. Corrí hasta que mi pecho me dolió en dirección a las enredaderas y para mi sorpresa, si me colocaba de espaldas a ellos mirando hacia la pared, la obscuridad y las sombras me ayudaban a camuflarme con mi ropa negra. Jadeé intentando hacerlo lo menos ruidoso posible y miré a todos lados desesperadamente. Aquella distancia había sido muy larga y me había arriesgado demasiado corriendo por toda la mitad del jardín. Por suerte había pocos guardias de ese lado.

Me aferré a la enredadera y la intenté subir. Era muy difícil y perdí demasiado tiempo intentándolo fallidamente. Me tensé y sentí ganas de llorar hasta el punto que me dolió la garganta. Me había prometido no ser una tonta y estar a la altura de los demás si de verdad quería ser útil y no sentirme una carga.

Volví a tomar la enredadera con todas mis fuerzas y la subí poco a poco. Gimiendo en silencio por el esfuerzo y el dolor de concentrar todo mi peso en partes tan frágiles.

No volveré a ser la tonta Amu que todos tienen que proteger. Pensé con fuerza mientras mis ojos se llenaban de lágrimas. Mis manos sangraban, pues había ciertas ramas con espinas que estaban ocultas. Pero intentaba resistirlo y no gritar para que no me descubrieran.

Se me hizo eterno, pero finalmente logré llegar al balcón. Me oculté tras las barras que sostenían la baranda para recuperar el aliento y miré a través de la puerta de cristal. Era una habitación de huéspedes. Me senté en la cama por un momento, reflexionando que rayos debía hacer.

¿De verdad YO había entrado a la casa del alcalde sin ser vista? ¿Esto era un sueño o brujería?

Bien, al menos no era tan inútil.

Me levanté con más energía. La verdad estaba muerta de miedo hasta los huesos y sentía que cuando pusiera un pie fuera de esa habitación iría a prisión. Pero ya no había nada que perder. Me pillarían si volvía porque no había sido nada fácil la primera vez y seguro era pura suerte.

Salí de la habitación intentando no hacer ruido. Para estar en el segundo piso, llegué rápidamente al pasillo donde una pared era remplazada por pilares y una baranda que daba justo al salón donde había sido el baile. Me agaché para ocultarme entre los pequeños pilares que sostenían la baranda, justo al lado de uno grande que llegaba al techo para ocultarme más, y miré a todos lados evitando encontrarme con guardias.

Yo debía tener alguna especie de suerte sobrenatural, porque tenía la mejor vista hacia las esculturas de oro que Ikuto admiraba el otro día. Pero… todas estaban allí, ¿Dónde estaba él?

Agachada, caminé a través del pasillo sin hacer ruido hasta llegar a las escaleras. Volví a mirar a todas partes y no vi a ningún guardia. Bueno, mi casa en mi ciudad era mucho más grande y no tenía a los guardias por ahí siempre. Solo por fuera y en la entrada. Pues sería incómodo pasar por muchos ojos cuando quería bajar por un vaso de agua. Imaginé que acá pasaba lo mismo y bajé las escaleras muy alerta intentando ni siquiera crear sonidos sordos con mis pasos.

De repente ya estaba frente a las esculturas. La obscuridad me ayudaba muchísimo a no ser vista de todas formas. Nunca había hecho aquello.

Mis manos me sudaron por dentro de los guantes rasgados por las espinas. Mi respiración se agitó y un miedo y culpa terribles me inundaron. Bajé la mirada mordiendo mi labio ¿qué estaba haciendo? Yo no era así. ¿Desde cuando me importaba superar a Ikuto hasta el punto de querer robar algo primero que él para quitarle su gloria? Mi plan inicial era seguirlo ¡no hacer esto! yo no quería ser una ladrona ¡no tenía que ser una para…!

Una mano interrumpió mis pensamientos, por debajo de la mesa de esculturas había salido aquella. Me sobresalté evitando chillar y miré la obscura pared por detrás de aquellos objetos valiosos. La mano jaló sin dejarme ver y me hizo caer al suelo, pues había tomado mi tobillo.

—¡No! —grité sin poder evitarlo haciendo eco en todo el salón. Me jaló estando yo acostada boca arriba en el suelo, adolorida y con falta de aire por el golpe en la espalda, hasta pasarme por debajo del mantel de la mesa—. ¿qué…? —Estuve a punto de decir en voz alta otra vez, pero la mano de Ikuto con su guante de cuero taparon mi boca y me miró con enojo.

—¿Qué haces aquí? —me susurró conteniendo la rabia en sus palabras.

Por supuesto que no podía responderle, con su mano cubriéndome. Pronto se dio cuenta y la aflojó sin apartarla mucho. De todos modos ¡no le respondería!

En vez de eso, solo lo miré con los ojos ardiéndome y mi garganta me dolía, creándome un nudo imposible de romper para hablar. Ikuto se encontraba medio recostado de lado, sosteniéndome la parte de atrás de la cabeza con una mano y la boca con la otra. Una de sus piernas pasaba por encima de las mías para retenerme allí. El mantel de aquella mesa nos rodeaba y éramos invisibles para cualquiera que intentase ver por fuera. Pude escuchar pasos rápidos, pero no supe de dónde.

—No puedes pretender que siempre te obedezca —empecé a decir con voz quebradiza— ni que te trate como un dios, como los demás —seguí ahora con un tono enojado.

—¿A qué viene eso? ¿Tienes idea del problema en el que nos podemos meter si descubren que…? —me siguió susurrando completamente enojado. De no ser por nuestra posición, me estaría gritando y hasta hubiese golpeado alguna pared. Yo en cambio, hablaba en un tono nada discreto.

—Lamento que eso sea un inconveniente para ti.

El destapó completamente mi boca y se llevó la mano a la frente en modo de desesperación.

—¿Qué rayos te pasa?

Los pasos se hicieron más cercanos. Incluso, podía sentirlos casi a nuestro lado. También escuché murmullos, pero no distinguí bien que decían.

—Es solo que… de verdad quería venir, no quería causarte problemas ni… —susurré para que nadie oyera— solo… —sorbí por la nariz intentando no llorar— quería verte haciendo estas cosas… ¡pero ustedes nunca me dejaron! —seguí en mi tono reducido de voz, tomando su camiseta con ambas manos y acercándolo a mí, con desesperación.

—¡Se escuchó un grito aquí! —Escuché decir a una voz desconocida cerca de la mesa— rápido, busquen ¡no dejen escapar a quien haya entrado!

—¿Ya ves por qué no te traigo a estas cosas? —su mirada pareció ablandarse mientras me susurraba eso. Sentí una horrible presión en el pecho, realmente había arruinado toda su misión gritando de esa manera. Sentí mi garganta arder otra vez y apreté los ojos con fuerza.

—Lo siento… —dije entrecortadamente— de verdad…

Rápidamente, Ikuto se apoyó en manos y rodillas alrededor de mí y levantó apenas un poco el mantel para ver lo que sucedía fuera. Se mantuvo así un rato y empecé a desesperarme.

—¿Ikuto?

—Shh… —pareció desesperado al seguir mirando. La verdad, me perdí observándolo y llegué a ignorar todo lo que sucedía fuera.

Volví a jalar su camisa.

—¡Ikuto!

—Silencio —me ordenó más irritado.

—Por favor, dime qué sucede —soné más desesperada— ¿viene algu-

—¡Escuché algo por allá! —escuché un grito cerca otra vez de alguien diferente. Ikuto soltó la tela y volvió a dejarnos totalmente ocultos. Rápidamente tomó mis dos manos colocadas a ambos manos de mi rostro en el suelo, cerca de mi pelo también extendido por éste como un abanico, y me besó en los labios.

Solté un chillido por la brusca acción y la sorpresa. Sentí un hormigueo ardiente en mis mejillas indicando que me había sonrojado bestialmente como nunca antes. Sin poder evitarlo, cerré mis ojos y también lo besé. Mis manos apretaron las suyas cálidamente.

Había soñado desesperadamente volver a sentir sus labios sobre los míos. Y ahora era como estar en un sueño donde por fin lo tenía conmigo tal y como quería. Pronto él rompió el beso rápidamente. Aunque no hubiese durado más que unos diez segundos —aunque fueron eternos para mí—, me sentí la persona más feliz del mundo. Pero pronto caí en cuenta de lo que pasaba realmente y abrí los ojos de golpe para encontrar los suyos mirándome fijamente y su rostro estaba totalmente sonrojado. La vergüenza me volvió a inundar y estuve a punto de chillar de sorpresa en cuanto él dijo:

—¿Alguna vez te dije que eres muy ruidosa? —me susurró con tono burlón tras haberse inclinado sobre mi cuello.

Dejé caer los párpados, respirando agitadamente.

—A-Algunas veces…

Luego levantó el rostro y me siguió murmurando mientras me miraba a los ojos.

—Tenemos que irnos, antes de que nos encuentren.

—Pero… las-las esculturas —fue lo único que pude decir.

—Serán para otra ocasión, no podemos arriesgarnos ya que se han dado cuenta de que alguien entró acá.

En algún impulso extraño, tomé su capucha color zafiro y le cubrí la cabeza con fuerza.

—Entonces no pueden saber que somos nosotros, en caso de que nos encuentren.

Pude ver su sonrisa entre la obscuridad.

—No lo harán.

Se quitó de encima rápidamente mientras yo casi tenía los ojos revueltos por la emoción y comprobó que no hubiese nadie fuera por la parte en la que luego salimos por debajo de la mesa. Tomando mi mano para ayudarme a ir más rápido, corrimos muy pegados a la pared, que nos ayudaba a ocultarnos con su sombra negra sobre nosotros. Mientras corríamos, podía sentir una corriente eléctrica viajando a través de mi brazo a partir de la mano que me sostenía Ikuto. Me sentía tonta, débil y algo confundida. No podía dejar de pensar en aquel beso bajo la mesa. En sus ojos avergonzados y en sus mejillas rojizas… su respiración agitada…

—¡Sube! —me murmuró cuando llegados a una escalera. Seguimos corriendo hasta llegar al segundo piso. Me condujo a través de los pasillos de manera muy hábil y llegué a preguntarme si acaso ya había estado allí antes como para saber por donde ir exactamente. Llegamos a una habitación con una gran ventana. Ikuto se asomó por ella y luego me hizo una seña para que me acercara. — Debemos llegar al techo —me dijo con mucha seriedad—. La pared de este lado de la casa es fácil de escalar. Por favor, ten cuidado. Ve primero.

—¿Por qué?

—Te sostendré si llegas a caer, tranquila.

Tragué saliva pesadamente, pero no podía negarme ya que venían tras nosotros y no podíamos perder el tiempo. Me apoyé en el marco de la ventana y sostuve una de las rocas de afuera, intentando escalar como podía. El techo no estaba tan lejos y me apresuré mientras Ikuto comenzaba a escalar.

—Vas muy lenta —se quejó con voz burlona. Casi me suelto al sentir una mano en mi tobillo. Era Ikuto señalándome en silencio que continuara sin distraerme, pues volteaba mucho a ver alrededor. Al llegar al borde del techo, me quedé helada sin saber que hacer. Mis manos estaban sudadas y las piedras no eran muy fáciles de sostener.

—Ikuto —gemí asustada— no puedo —murmuré desesperada.

Con rapidez, Ikuto escaló hacia un lado y llegó al techo primero para ofrecerme la mano. La tomé y él me jaló tan fuerte que al llegar al techo caí encima de él.

—Ah… —me quejé, me apoyé con las dos manos a sus costados y me levanté. Me detuve en seco y sentí el sonrojo en mis mejillas tras encontrarme con sus ojos. Me aparté rápidamente de encima y me llevé las rodillas al pecho, abrazando mis piernas— ahora… ¿qué hacemos? —dije con una voz apenas audible— ¿cómo escapamos desde aquí?

—Mira hacia arriba.

Eso hice. Observé el inmenso árbol y las ramas tan cerca de nosotros que me sentí estúpida. El árbol se encontraba plantado a muchos metros de la casa, pero había crecido demasiado y ahora era más alto que la mansión y sus ramas caían sobre ella como otro techo. La luz de las estrellas atravesaba los espacios entre las hojas y nos iluminaba tenuemente. Incluso desde el techo, la vista era maravillosa.

—Ah ._.

Ambos nos levantamos para escalar las ramas hasta bajar por el árbol. De inmediato sonaron muchas campanas y alarmas avisando finalmente que había intrusos. Como no sabía bajar el árbol, no tuve de otra que aferrarme a la espalda de Ikuto tal y como temía. Supongo que al final terminé siendo una carga de verdad.

Una vez que llegamos al suelo me bajé de encima y le dije algo enojada:

—¿Ahora, cual es el plan maestro de escape? —me crucé de brazos.

Ikuto tomó mi mano y la jaló suavemente.

—Correr, y pase lo que pase, no mires atrás.

/

Estaba prácticamente muerta. Me tumbé sobre la cubierta del barco cuando terminamos de subir a éste por la escalera del costado. Jadeé por un rato hasta que dejé de sentir tanto calor y mareos.

—No puedo creer… que apenas hayamos podido escapar —dije entrecortadamente mientras cerraba los ojos. — Lamento haber arruinado tu misión.

—¿Quién dijo que la arruinaste?

Me senté de repente y lo encontré revolviendo su saco que parecía casi vacío. Sacó a la vista una de las esculturas de oro y la dejo relucir con la luna. Mis ojos se abrieron como platos y abrí la boca. No tenía voz, no es que estuviera ronca, es que NO tenía voz para poder expresar la sorpresa de ese momento. Finalmente, después de varios segundos paralizada, pude decir:

—Imposible.

Él volteó el saco y dejó caer el resto de las esculturas hasta que rodaron hasta mí. Él también se encontraba sentado cerca.

—Nada es imposible para el Ladrón Zafiro —una sonrisa con una mezcla de triunfo y burla se dibujó en su cara.

Tomé una de las esculturas con mis manos temblorosas y con mis pulgares acaricié el oro puro.

—Pe-pero… ¿cuándo?

Se llevó un dedo a los labios y siseó.

—Un mago nunca revela sus secretos.

Levanté una ceja.

—¿Qué? Ni siquiera eres un mago ¬¬

Sonrió con malicia.

—Nunca se sabe.

Dejé la escultura en el suelo y me quité la gorra, sintiendo que un gran peso se iba con ella. Estaba totalmente exhausta de tanto correr y jadear. Los pulmones me dolían. Necesitaba dormir. Dormir. Dormir…

¡Mierda!

Mi vista viajó rápidamente hasta Ikuto, que se zafaba la capa color zafiro y dejaba su antifaz de lado con elegancia, como si fuera alguna porcelana cara. Apreté los dientes al sentir el ardor hormigueante en las mejillas y miré al cielo mientras empezaba a respirar con mayor rapidez tras recordar lo que había ocurrido.

Intenté tener los ojos cerrados. Sabía que si lo hacía durante mucho tiempo podría correr el riesgo de dormirme, pero confiaba en que mi reciente estado alerta no me lo permitiera. Sería muy vergonzoso quedarme dormida en la cubierta del barco. En cierto modo extrañaba este olor a madera, ¿mi camarote aquí estaría muy sucio y abandonado? ¿O alguien lo habría limpiado? Aún tenía unas cuantas cosas allí guardadas que quería sacar para usar en la isla, pero eran mucha carga para mí.

—Ese beso… —comencé a decir sin darme cuenta. Para colmo, me sobresalte con un chillido mientras me sentaba y cubría mi boca, ahora con mi rostro el doble de sonrojado que antes.

Ikuto pareció tomar eso por sorpresa y volteó a verme sorprendido. Pero él no se dejaba pillar mucho por sorpresa, pues rápidamente sonrió pícaramente y su voz tomó un tono malicioso.

—¿Qué? ¿Acaso quieres… otro?

—¡Eh! —no podía gritarle que no. Iba a hacerlo para cerrarle la boca pero sentí una presión dolorosa en el pecho cuando lo pensé. Bajé el rostro sin saber qué decir. El hormigueo ardiente había ganado más terreno, de mis mejillas a toda mi cabeza— ¿por qué lo hiciste? —pregunté con voz temblorosa evitando mirarlo fijamente sabiendo que haciendo eso me terminaría de desmayar hasta dormirme.

La chispa de sus ojos pareció apagarse y volteó hacia otro lado con la cabeza gacha, ocultando su rostro tras su pelo. Vi un sonrojo leve, o al menos eso quería ver… verlo sonrojado era una mezcla de ternura y sensualidad que estaba empezando a enloquecerme.

No quería pensar que lo había hecho para callarme, ya que con mi voz atraía a los guardias que aún no sabían de donde provenía entonces. Lo más probable era que hubiese sido por eso, pero siquiera pensarlo llegaba a dolerme.

—Porque… —empezó a decir, pero levantó la vista— yo debería ser el que preguntara por qué me devolviste el beso ¿no?

¡MALCIDIÓN, ME ATRAPÓ!

—Tú aún no me respondes, ¡yo pregunté primero! —repuse destapando mi boca. Estaba demasiado ruborizada para hablar claramente y hasta dudaba de si estaba diciendo las palabras en el orden correcto, ¿será que dije "aún tú respondes no" o alguna babosada así, sin darme cuenta?

—Simplemente quería hacerlo —se estiró como un gato y me volteó a ver, ahora tan tranquilo que sentí ganas de golpearlo.

—¿Pero por qué? —chillé golpeando el suelo con las manos e inclinándome hacia adelante. No podía evitarlo. Necesitaba saberlo. — ¿Tienes siquiera idea de todo lo que siento cuando me besas…?

Volví a cubrirme la boca tras dejar las palabras en el aire. Sentí que había dicho algo que no debía. Pero la desesperación me había llevado a tales extremos. Pero la verdad, ni siquiera sabía que decir. Yo no era de esas chicas geniales que eran pícaras y podían llegar a confundirte lo suficiente con sus coqueterías. Yo era yo, una cavernícola que había nacido en una cuna de oro ¡jodidamente introvertida y tímida! No sabía hablar con hombres sobre amor. Y menos con Ikuto.

Pervertidus Maximus gateó con una elegancia felina hasta quedar frente a mí. Pero no se detuvo. Continuó gateando haciendo que me recostara en el suelo malditamente nerviosa, a punto de temblar. Se parecía mucho a la posición en la que estuvimos bajo aquella mesa en la mansión. Salvo que no sostenía mis manos ni las apretaba. Sólo estaba allí apoyado en manos y rodillas. Mirándome fijamente.

—No —susurró—, no tengo idea. —cabizbajo y con un leve (y apenas notable) sonrojo en su rostro, pasó sus manos por debajo de mis brazos hasta quedar apoyado en los codos. Con sus pulgares acarició suavemente los lóbulos de mis orejas cuando llegó allí. Solté un gemido involuntario mientras me moría por dentro— Por eso me gustaría averiguarlo.

Se agachó y apenas rozó mis labios, mirándome fijamente. Tras un par de segundos así, mi respiración se descontroló y sentí que me ahogaría en mi propio arcoíris. Pronto Ikuto realmente me besó tras cerrar sus ojos e hice lo mismo con los míos sin poder evitarlo.

Fue… suave… realmente suave. Y cálido. No sabía bien que estaba haciendo, pero era delicioso. Nos separábamos una y otra vez para volver a besarnos. Podía sentir su respiración como si fuera la mía. Un tornado revolvió todo desde mi estómago hasta mi vientre. Realmente no sabía si me dolía o me cosquilleaba, era como una mezcla de los dos.

Entre un suspiro. Volteó los brazos (pues sus manos estaban boca abajo) y me levantó sosteniendo mi espalda hasta dejarme de rodillas frente a él. Sin romper esos maravillosos besos, me sostuvo cuidadosamente por la nuca atrayéndome más a él.

Accidentalmente, mi lengua rozó uno de sus labios. Ni siquiera supe cómo llegó allí esa parte de mi boca. Pero eso no pareció afectarle, pues hizo lo mismo conmigo. Me estremecí y llegue a abrazarlo hasta el punto de apretar su camisa con mis puños. Rompí el beso sin poder soportarlo más. Apoyé mi frente en su pecho con rapidez, sintiendo como respiraba agitadamente al igual que yo. Sentía que mis mejillas y cabeza iban a incendiarse. Sentía… sentía…

—Amor —respondí entre jadeos mientras mis ojos se llenaban de lágrimas. No sabía si de felicidad o de vergüenza o de quien sabe qué coño. Ni sabía el nombre del 99% de las cosas que acababa de sentir. —Cuando me besas… —sollocé apretado más los puños sobre su camisa en su espalda— siento… amor.

Ahora no apoyaba mi frente en su pecho, sino la mitad de mi rostro. Ya que mi oído iba colado allí, oí su corazón acelerarse frenéticamente. Tan… similar a mí. Me pareció una eternidad mientras ambos dejábamos de jadear. No era capaz de mirarle a los ojos. No lo era… no podía…

Sus brazos bajaron y me estrecharon contra él. Dejándome totalmente perpleja.

—Es curioso, ¿no? —susurró con un tono de voz bajo en mi oído tras agacharse un poco— porque me pasa igual. —Casi pude sentir con sonreía en mi oreja.

Respiré profundamente con rapidez, pero no exhalé el aire. Rompí el silencio con aquella inhalación ruidosa y mis puños se aflojaron. Parpadeé cuando los ojos me dolieron por estar tan abiertos y secos, pues no había parpadeado desde que él había dicho aquello. Tras parpadear, más lágrimas descendieron por mi mejilla hasta acabar en mi barbilla. Luego empezaron a mojar la camisa de Ikuto.

El corazón se me iba a salir por la boca, casi pude sentirlo en la garganta, junto con el arcoíris que luchaba por salir también ¿era humanamente posible vomitar arcoíris? Ni siquiera sabía si era un arcoíris, pero si éstos se pudieran sentir, creo que sería algo como lo que estaba sintiendo ahora.

—¿Amu? —le escuché murmurar preocupado, tras un par de minutos en los que no podía hablar, porque simplemente NO PODÍA. Era muda ahora, era feliz, malditamente feliz. A la vez no sabía que hacer. Sentía ganas de quedarme entre sus brazos de esta manera por lo que me quedaba de vida, pero creo que se burlaría y luego diría alguna cosa que pudiese derrumbarme de mi nube hasta volver a la realidad. O podría besarme otra vez…

Sin querer, había dicho eso en voz alta.

—Bésame otra vez —mi voz había salido tímida, baja y aguda.

Él rompió el abrazo y sentí que veía sus ojos por primera vez. Sus ojos estaban muy abiertos y su cabello alborotado.

No sabía que esperar, pero me empezó a doler el cuello de tanto mirar hacia arriba. Él era muy alto y yo pequeña. Hace rato no había ni tenido que estirar el cuello porque él se había agachado… pero ahora.

—¿Perdón, podrías decirlo otra vez? Creo que no oí bien… —escuché cierta diversión y vergüenza en su voz. Apartó la mirada hacia un lado con una pequeña sonrisa que intentaba contener.

—Que… —sentí mis mejillas tan ardientes que podría preparar un Omelet sobre ellas fácilmente. Dejé de abrazarlo y llevé mis manos a su pecho, donde sostuve su camisa y la jalé con ambas manos hasta dejarlo a mi altura— me beses otra vez —murmuré mirando hacia un lado, avergonzada.

Mientras pasaba su mano por mi barbilla con sus ojos entrecerrados y acercaba nuestros rostros. No pude evitar seguir sintiendo ese tornado dentro de mí. Supuse que debía empezar a acostumbrarme a sentir eso cada vez que veía a Ikuto fijamente como ahora mismo… sabiendo que tenía que verlo todos los días.

El suave toque de sus labios con los míos me hizo suspirar. Terminé de cerrar los ojos y mientras yo entrelazaba mis dedos en su nuca, él hizo lo mismo en mi espalda.

¿Saben? No me importaría que esta noche nunca se acabara.


BUEENO, de verdad creo que mientras escribía esto estaba mucho más sonrojada que Amu. MUCHO más sonrojada... TwT

Ahh... me los imagino. Los dos vestidos de negro, en la cubierta del barco... besándose apasionadamente por fin... asjaoifjafjagjagkpog *O*!