Disclaimer: Los personajes son de S. Meyer y su casa editorial. La trama es mía.
Capítulo 8:
El cazador
El flamante volvo plateado fue estacionado frente a la mansión Hale. Bella contempló la oscuridad a su alrededor. Habían ido el ultimo tramo de su recorrido con las luces del coche apagadas, impidiendo así que los siguieran hasta su escondite. La joven seguía con la vista puesta en el paisaje de afuera. Se había desabrochado el cinturón dispuesta a salir, pero sabia que en aquel momento era presa de unos perfectos ojos verdes que la contemplaban con intensidad. Aún así no se atrevía a voltear y enfrentarlos. El nerviosismo se había apoderado irremediablemente de ella y su corazón latía a mil por hora.
—Isabella,— susurró la voz ronca de Edward Cullen.
Y entonces ella cedió y lo enfrentó con ojos asustados; no de él, sino de lo que pasaría al entrar en la casa. Lo sabía perfectamente. La lujuria estaba reflejada en aquellos ojos de pestañas largas y sombra misteriosa.
Edward Cullen posó una de sus manos en la mejilla tibia y sonrojada de la muchacha, sintiendo bajo la yema de sus dedos el nerviosismo de ella.
—Entremos.— mustió tras contemplarla por un largo instante.
La joven asintió y se prestó a los brazos del muchacho, que la guiaron hacia el interior de la casa; concretamente hacia la habitación. Una vez allí, Isabella se atrevió a trazar con sus dedos el contorno de los brazos de él, quién la contemplaba con ojos hambrientos y admirados. Y las caricias furtivas comenzaron a partir de entonces. Primero sus labios se tocaron ya sin timidez, y se besaron bajo la luz de la luna que entraba a través de la ventana. Edward lamió, sorbió y degustó aquellos labios llenos con un sabor indescriptible. Se permitió morderlos mientras sentía los dedos insistentes de la joven enredados en su cabello rojizo. Y ella gimió en respuesta, apretando su cuerpo con más intensidad contra el de él.
Las ropas volaron por la habitación con rapidez, y ahora ambos estaban en ropa interior, y las manos expertas del joven la acariciaban con maestría. Los pechos firmes y pequeños, los moldeaba con contenida urgencia y los besaba mientras desabrochaba el sujetador y los dejaba libres, expuestos ante sus ojos. Pellizcó los pezones e Isabella jadeó de nuevo, antes de sentir el contacto de su lengua en esa franja de piel.
—Edward, tus labios me provocan sensaciones que antes jamás había experimentado.—confesó la muchacha, arqueando la espalda ante el contacto.
—Eso no es nada, nena. No sabes de lo que soy capaz. Espera a sentirme completamente en tu interior.— susurró con voz ronca, entre beso y beso, descendiendo con los labios por su cintura. Luego subió de nuevo y llegó a su cuello, donde los besos continuaron.— Vas a gritar mi nombre hasta perder la conciencia. —Manos traviesas se se posaron en la fogosa intimidad de la joven y la acariciaron por encima de la ropa.—Estás empapada; tan mojada...— mustió él, retirando la tela de los sleeps y rozando directamente los pliegues de la muchacha.
Isabella se mordió el labio inferior y arqueó la espalda de nuevo, pues quería sentir aquellas caricias superficiales más profundas. El joven profirió una carcajada e introdujo un dedo en su interior, rozando su clítoris con suavidad, lo que la hizo jadear. Aún así las embestidas pronto se volvieron más violentas y dos dedos extras fueron introducidos en ella. A la joven se le nubló la mirada por el placer, y lo único que logró ver finalmente fueron dos obres verdes viéndola con una intensidad insana.
Edward notó como los fluidos de la joven se extendían por sus dedos tras el orgasmo. Con rapidez y sin darle tiempo para que recuperara la respiración, se deshizo de toda prenda traidora que cubriera su cuerpo y dejó su miembro al aire, permitiendo que la joven lo contemplara con hambre antes de embestirla. Y después lo hizo, de una sola estocada, haciendo que Isabella profiriera el grito más sensual y musical que jamás había escuchado. Él, como respuesta, gruñó con excitación, entrando en ella de nuevo, pero en esa ocasión de manera lenta y tortuosa. No quería dañarla de nuevo.
La joven Swan había esperando tantas veces ese momento... Y ahora finalmente estaba al borde del abismo, a punto de explotar de gozo y placer. Se retorció sobre el colchón sudoroso y cerró los ojos con espasmo. La sensación de invasión le seguía doliendo un poco, pero no era como la vez anterior. Dentro de esa extraña sensación de molestia se escondía también la de placer y anhelo. Lo necesitaba dentro de ella, la sensación asfixiante de ser tocada era superior al miedo y nerviosismo aterrador. Edward había logrado superar esa barrera con sus besos y caricias. Había logrado hacerla temblar de placer.
—Oh Edward. Más rápido, quiero sentirte todo, profundo. Entra más, más.
Su voz sonó temblorosa y jadeante mientras abría más las piernas para facilitarle el exceso en su interior. Y las embestidas aumentaron de intensidad. Y pudo sentir toda su longitud entrando y saliendo con intensidad, como una ola en la orilla de una playa. Iba y venía; la llevaba al cielo y subía más y más arriba con cada embestida feroz y pasional. Jadeos, respiraciones entrecortadas, gemidos, movimientos rápidos, dos miradas fundidas en una, también besos fugaces robados y detenidos por falta de aire. Y de nuevo las embestidas se hacían más rápidas. Sus pieles empapadas hacían más fácil la fricción y el movimiento. Era un momento íntimo, sólo de ellos dos y de sus miradas que lo captaban todo y lo veían todo.
Un remolino se hizo presente en el bajo viente de la muchacha. Un seguido de suspiros que anticipaban el orgasmo comenzaron hasta convertirse en un jadeo profundo. Y Isabella lo notó: la falta de aire, el placer paseándose por su cuerpo y la necesidad de profundizar más las embestidas. Se inclinó levemente hacia Edward y movió su pelvis con brusquedad para encontrar el miembro del joven en el camino de ir y venir. Al encontrarse, la burbuja de placer explotó en su interior y gritó como nunca el nombre de su acompañante.
—Edward.— gimió de nuevo, dejando que el muchacho la embistiera unas cuantas veces más antes de llegar al límite.
El joven Cullen se dejó caer sobre el cuerpo de la chica y hundió su rostro ene el hueco de su cuello, respirando su perfume y plantando una suave y dulce cadena de besos de mariposa. Luego la besó en los labios de manera profunda, acariciando su cabello sedoso y castaño en el deleitoso proceso. Se separó de ella por la falta de aire y se quitó de encima suyo, sin despegar sus ojos de aquel rostro sonrojado, exhausto e iluminado por una sonrisa de labios hinchados y enrojecidos.
—¿Qué?— inquirió la joven tras unos instantes de ser prisionera de aquella mirada de ojos verdes.
—No dejaré que nadie te haga daño.— susurró Edward antes de cubrir sus cuerpos con la sábana y dejar caer su cabeza en la almohada.— Te lo juro, Isabella, nadie. Tú eres mía, te protegeré y mataré al que quiera hacerte daño, nena.
La joven se estremeció ante las palabras cortantes y precisas. A su lado, la respiración del joven Cullen se confundía ya con el siseo del viento a fuera; se había dormido. Pero lo que había dicho seguía presente en la mente de la chica. Después de la sorpresa llegó finalmente el sonrojo en sus mejillas. Edward se preocupaba por ella. Edward la tocaba como si fuera una muñeca de porcelana y fuera a romperse entre sus manos. Edward la protegía ante cualquier peligro. Y ella, Isabella Swan, hija de Charles Swan- jefe de policía de Forks,- se estaba enamorando total y perdídamente de él, el supuesto vampiro de Seattle, el asesino más buscado del momento.
Cerró los ojos y acarició con la yema de los dedos el pecho desnudo del muchacho. Él, aún estando dormido, la atrajo hacia su pecho y la rodeó con ambos brazos. Y así, Isabella Swan, cayó rendida por el sueño.
A la mañana siguiente despertó sola en la gran cama. La decepción invadió su pecho casi al mismo instante de abrir los ojos y no verlo a su lado. Aún así, al escuchar un ligero sonido en la cocina de estris chocando y aceite hirviendo, se levantó y se vistió para ir allí rápidamente. Ya vestida con una camisa que había en la habitación, caminó por el pasillo para luego detenerse en la puerta de la cocina.
Edward estaba de espaldas a ella, tan sólo con unos pantalones jeans cubriendo su cuerpo. Los indecentes ojos de la joven Swan recorrieron con atención y adoración la espalda desnuda del muchacho. Un inevitable sonrojo se apoderó de sus mejillas al recordar lo de anoche, pero no logró apartar la mirada del chico que, poco a poco, la había embrujado con sus ojos verdes enfermizos y su indomable cabello rojizo. El suspiro ahogado que se escapó de sus labios llamó la atención de Edward, quien volteó hacia ella y la contempló con su habitual sonrisa ladina.
—Buenos días, Isabella.— saludó él antes de regresar a su labor.
—Buenos días.— contestó ella, mordiéndose el labio inferior inconscientemente.— ¿Qué haces?— inquirió tras una breve pausa.
—El desayuno.— el muchacho apagó el fogón y depositó un enorme plato de alimentos en la mesa. Isaella estaba sentada y se atrevió a olisquear la comida. Su estómago no tardó demasiado en rugir por el hambre y, como respuesta, Edward soltó una risotada.— He hecho tortitas y he exprimido zumo de naranja,— explicó el joven sin eliminar la sonrisa y mirándola con intensidad.— aún que si lo prefieres hay café.— adjuntó, posando una de sus manos en su cabello y despeinándolo más aún.
—No, así está bien.— mustió la muchacha, sonrojándose de nuevo ante el ruido de sus tripas.
Mientras comían Isabella pudo sentir la mirada insistente del chico en ella, en todo momento. Comió su desayuno con nerviosismo, bebiendo pequeños sorbos del zumo de naranja para tragar los bocados de tortitas con miel que digería.
—Deja de mirarme así.— gruñó finalmente, exasperada.
—¿Por qué debería de parar?— preguntó el joven Cullen, con voz juguetona.— Me gusta mirarte.— confesó.
—Me pone nerviosa que me mires todo el tiempo como si fuera comestible.
El muchacho se carcajeó y comenzó a recoger la mesa. Con la ayuda de la joven Swan, fregó los platos. Al terminar, Isabella se disponía a secarse las manos cuando sintió una oleada de frío invadirla. Al voltear contempló con ojos abiertos como Edward le disparaba agua fría con el grifo y gimió ante el estremecimiento. Ese hecho hizo que él se riera de nuevo.
—Eres apetecible, Isabella. ¿Cómo quieres que te mire? Si fuera por mí comería de ti cada momento del día, no puedo evitarlo.— otra vez le disparó agua a la joven, y esta se removió con brusquedad ante el contacto.— ¿Y sabes algo?— inquirió, con voz ronca y seductora.— Así, toda mojada, me pareces mucho más apetecible, nena. Mi camisa te queda demasiado bien.
En un despisto del joven, Bella agarró el grifó y lo mojó de igual manera. El chico abrió los ojos con sorpresa. Después, una sonrisa maligna se dibujó en sus labios y eliminó la distancia que existía entre ambos.
—Mucho mejor.— susurró ella, traviesa y divertida ante la imagen de Edward empapado por el agua que le había tirado encima.
Un grito se escapó de los labios de la joven Swan cuando sintió como la cargaba en su espalda y la llevaba al baño. Antes de soltarla, entró en la ducha y abrió el grifo del agua. Los dos se mojaron con agua congelada. Isabella soltó otro grito e intentó salir, pero Edward la agarró por la cintura y la pegó a su pecho, impidiendo que se escapara de la situación. Por suerte, el agua pronto se volvió tibia y la chica sintió sus músculos relajándose de inmediato.
Bella gimió al sentir una leve cadena de besos de mariposa en su cuello, que descendieron por su espalda, que iba quedando descubierta poco a poco por las manos del joven Cullen. La muchacha se estremeció cuando, de forma brusca e inesperada, Edward, arrancó los botones de la camisa y se la quitó, dejándola sólo en ropa interior. Sus besos fogosos siguieron descendiendo por su espalda hasta llegar a la mitad. Con una mano, la volteó, haciendo que lo mirara directamente a los ojos. Y la beso de manera tierna, deslizando su lengua con la de ella, mordiendo su labio interior suavemente y acariciando su espalda.
—Vamos a ducharnos.— comentó tras la sesión de besos, dejando las caricias en el cuerpo de la joven para más tarde.
La joven Swan dejó que la desnudara del todo y que enjabonara su cabello y cuerpo con cautela. Ella imitó sus gestos y enjabonó con dedos tímidos y temblorosos cada parte del cuerpo del chico. Al acabar, salieron del baño y caminaron envueltos en toallas hacia la habitación. Isabella se vistió con la ropa de ayer e intentó dejar su cabello decente atándoselo en un moño alto.
—¿Hola?— inquirió una voz no muy lejos de allí.
Edawrd se apresuró a vestirse antes de la lanzarle una mirada extraña a la joven. Al ver que ella ya estaba perfectamente vestida, salió de la habitación y fue a la entrada de la casa. Isabella lo siguió hasta el lugar. Alice Cullen los esperaba allí con una sonrisa radiante y ojos curiosos. Jasper estaba detrás de la muchacha. Al ver el nerviosismo en las facciones de Isabella, le dedicó una mirada tranquilizadora.
—Así que estabas aquí...— mustió la joven Cullen, con algo de reproche.— Debí suponerlo. Desapareciste cuando él llegó.— su mirada recriminadora viajó ahora hacia su hermano.— ¡Y tú!— exclamó, alzando el dedo y señalándolo. Edward no pudo evitar encogerse en su lugar. Alice en ocasiones daba miedo...— ¿Cómo diablos se te pasó por la cabeza presentarte allí? ¡Señor! Estaba lleno de gente, ¡alguien te hubiera podido reconocer!
—Si, tienes razón...— contestó Edward con el ceño fruncido.— Pero tenía algo importante que hacer.
Tras aquellas palabras, el muchacho posó sus ojos impactantes en los de Isabella. La joven sintió su corazón latir rápidamente en su pecho.
—Bella.— dijo Alice tras unos segundos.— ¿Dónde tienes el móvil?
Ante la pregunta, Isabella se encogió de hombros.
—Creo que me quedé sin batería, ¿por qué?
Alice suspiró para luego sonreír con resignación.
—Charlie me ha llamado. Estaba algo...
—¿Enfadado?— Isabella terminó la pregunta de su amiga casi inconscientemente.
Con nerviosismo, se masajeó la frente. ¡Se había olvidado completamente de su padre! Debía de estar desesperado por saber de ella. Le había dicho que regresaría a casa a pasar la noche. Y sin embargo no había aparecido nunca. No había ni llamado para avisar... Charlie debía de estar muy irritado.
—¿Qué te ha dicho?— inquirió tras meditar un rato, enfrentando la mirada compasiva de la joven Cullen.
—Haber si sabía algo de ti. Le he dicho que habías pasado la noche conmigo en la residencia, así que me ha dicho que te pasara el teléfono porqué quería hablar contigo... Finalmente y tras ponerle varias excusas de porqué no podías hablar con él, me ha pedido cortesamente que no te encubriera y que, si te veía, te diera el mensaje de que tiene que hablar seriamente contigo. Sabe que has pasado la noche con un chico... Al menos lo intuye.— explicó Alice, intentando sonreír tras acabar de hablar.
—Lo que no sabe es que has pasado la noche con el principal sospechoso de una serie de asesinatos.— comentó Edward, rompiendo el silencio y dibujando una sonrisa irónica en sus labios.— Disculpadme un momento, ahora regreso.
Edward caminó de nuevo hacia la habitación, desapareciendo de la mirada inquisitiva de los demás. En sus ojos verdes, Isabella pudo ver la decepción y se preguntó que iba mal.
—Tengo que ir a hablar con Charlie.—comentó la muchacha tras esa observación, tras devolver su mente a su principal preocupación.— ¿Podéis acercarme a una parada de bus o algo?
—Si, claro. Espera que descarguemos las provisiones que hemos llevado para Edward y nos vamos.— contestó Jasper, que cargaba una bolsa llena de comida y otras cosas.
—Vale. Voy a ir a por mi bolso. Ahora vuelvo.— dijo, mientras se alejaba hacia la habitación. En realidad quería hablar con el joven Cullen antes de irse. Y de paso despedirse de él en condiciones.
Edward estaba sentado al borde de la cama, de espaldas a ella. La habitación ahora estaba ordenada y con las sabanas acomodadas a la perfección. Isabella tomó sus cosas y las dejó sobre la cama. Antes de irse se sentó junto al joven y posó su mano sobre una de las suyas. En sus ojos se podía seguir viendo la decepción, y ese hecho hacía que la muchacha se sintiera extremadamente confundida.
—¿Qué pasa?— inquirió, tras ver que él seguía con la mirada fija en el suelo.
—Yo soy un asesino, Bella.— susurró Edawrd, con voz ronca y los ojos perdidos en un punto impreciso.
—No, tú no eres un asesino.— espetó ella en respuesta.— Pronto se va a saber que tú no eres el responsable de esos crímenes. Y mientras esperamos a que eso suceda, Edward, yo estaré a tu lado.— mustió, acariciando con la yema de los dedos la mejilla del muchacho. Él la miró directamente a los ojos.— ¿Recuerdas que me dijiste que no dejarías que nadie me hiciera daño?— Edward asintió.— Yo tampoco pienso dejar que eso suceda contigo. Incluso si eso supone enfrentarme a la policía.
El joven Cullen abrió los ojos con sorpresa y torció levemente el gesto.
—¿Incluso si tu padre se involucra más en el caso?— inquirió con voz ronca y misteriosa. A Isabella se le paró el corazón. ¿Le estaba dando a elegir entre él o su padre?
—Incluso entonces.— respondió en un suspiro.— No es una cuestión de elegir entre tú o él. Es cuestión de ir con la verdad y la justicia por delate. Tú eres inocente, no vas a pagar por los platos rotos de otro.
Edward se acercó a Isabella, posando sus manos en su rostro pequeño, aspirando el perfume que se había convertido en su perdición. Acomodó sus labios en los de ella delicadamente, moviéndolos despacio.
Al principio fue un beso inocente, pero pronto la urgencia se apoderó de ambos y las lenguas abarcaron la lengua del otro, uniéndose en una danza eterna. Al separarse, Isabella vio que la decepción había desaparecido de aquellos hermosos ojos y sonrió con timidez.
—Siento no poder ser el novio perfecto.— susurró él contra sus labios, y Isabella enrojeció de inmediato. ¿Había dicho novio?— Me gustaría poder ir a tu casa, presentarme a tu padre formalmente y hablar con él de fútbol mientras vemos la tele. Ser sólo eso, tu chico hablando con tu padre. Pero yo no puedo ser eso, no por ahora...— mustió, con los labios apretados.
—¿Somos eso?— inquirió Isabella con voz débil.— ¿Tú quieres estar conmigo?— prosiguió con voz temblorosa por los nervios.
Una sonrisa radiante y divertida se dibujó en los labios de él y acarició la mejilla de la joven con el torso de la mano.
—Tonta Bella.— contestó Edward en tono calmado.— ¿Quién no querría estar con alguien como tú?
De nuevo, la muchacha sintió como el sonroja se extendía por todo su rostro y su corazón apresuraba sus palpitaciones incontroladas.
—Las relaciones perfectas no existen, Edward. Yo no creo en ellas. Lo viví con mis padres. A veces creo que ellos no lucharon lo suficiente para salvar lo suyo, aún que era muy pequeña entonces... Y ahora jamás lo sabré. Renée ya no está, y Charlie nunca habla del tema del amor; creo que sigue enamorado de ella, al menos lo estaba hasta hace poco. Ahora tiene a Sue, y a veces lo pesco sonriendo como en las fotos de la boda de él y mi madre. Pero ese no es el punto. Lo que quiero decir es que para que una relación funciones, tanto uno como el otro, debe ponerlo todo de su parte. Si hay un problema, se habla y se soluciona. Si algo va mal, entonces se lucha. Eso es lo importante, saber pelear por lo que quieres.— explicó algo nostálgica ante la mención de su madre.— Y yo pienso luchar por ti, Edward. Vamos a salir de esta. Y cuando todo haya pasado podré presentarte a todo el mundo como mi novio con la cabeza bien alta.
De nuevo, sus labios se encontraron y danzaron juntos. Ambos se deleitaron con el sabor del otro, acariciando sus rostros, enredando sus dedos en cabellos ajenos.
Un carraspeo hizo que se separaran. Al voltear se encontraron con la mirada maliciosa de la joven Cullen. Isabella bajó la mirada, extremadamente avergonzada. Edward, como respuesta, apretó su mano, que reposaba entre las suyas.
—Bella, ya nos vamos.— explicó Alice, queriendo justificar la interrupción de ese modo.
—Claro, ahora voy.— contestó mientras se levantaba.
—Bien,— susurró la muchacha.— yo y Jasper te esperamos en el coche.— adjuntó sonriendo de nuevo con malicia.— Hasta luego, hermanito.
Edward se despidió de su hermana y luego miró a la joven Swan intensamente. Se puso de pie de igual manera y le sonrió.
—Puede que esta noche me pase por tu casa...— susurró.
—Es arriesgado. ¿Sabes que mi padre duerme con la pistola bajo la almohada?— inquirió con burla en la voz.— No me gustaría que alguien te viera y te encerraran por mi culpa.— adjuntó, esta vez seriamente.
—Oh, no te preocupas. Una loca y hermosa chica me ha dicho que, si eso sucediera, sería capaz de sacarme del calabozo y enfrentarse a las autoridades.
Isabella lo miró con reproche, pero luego sonrió.
—Cállate, Cullen.— espetó luego, sintiendo su corazón acelerarse en su pecho ante el toque de la palma de la mano del joven contra su mejilla, preguntándose si algún día se acostumbraría a ese contacto.
Edward tomó el rostro de la joven con suma delicadeza y posó un dulce y casto beso en su frente.
—Ve, no hagas esperar a Alice más tiempo. Cuando se enfada es insoportable...— comentó con diversión.
—¿Más que si está en un atasco enorme yendo al centro comercial en un día de rebajas?—preguntó ella, frunciendo el ceño. Aún así el muchacho pudo percibir la sombra de una sonrisa en sus labios.
—No exageres, Swan.
Isabella salió de la casa y entró el el coche. Durante el trayecto sintió los ojos divertidos de Alice en ella.
—Tenemos que hablar con Rose acerca de lo de ir a vivir juntas. Tendríamos que empezar a buscar un buen piso y todo eso...
Bella soltó un suspiro. ¿Qué le pasaba? También se había olvidado completamente de ese tema. ¿Acaso Edward Cullen le causaba amnesia?
—Claro. Pero deja que pasen unos días, necesito que las cosas con mi padre se calmen un poco...— explicó. Ya habían legado a la parada de bus y ahora le quedaba un largo recorrido hacia Forks.
—¿Qué te parece si vamos a mirar pisos en una inmobiliaria un día de la semana que viene?— insistió Alice, riendo ligeramente.
—Si, me parece bien. Tengo que ir a comprar un coche, así que ya acordaremos un día para recorrer la ciudad en busca del piso.— comentó, posando su mano en manija de la puerta del coche, dispuesta a salir.
—¿Qué le pasó a tu coche?— preguntó un muy curioso Jasper.
—Murió. Era muy viejo. Creo que fue fabricado a finales de los sesenta...
—Hablaré con Rose. Quizás sepa de alguien que te pueda vender un coche de segunda mano a buen precio.— dijo, dedicándole una hermosa y tranquilizadora sonrisa.
—Gracias.— mustió finalmente saliendo del coche.
Observó como este último desaparecía mientras se sentaba a esperar a que el bus llegara. La bocina de un coche la sacó de sus pensamientos. Al voltear vio un coche negro y brillante. No pudo evitar la sonrisa que se asomó por sus labios al ver a su amigo Jacob Black saliendo de este. El joven se acercó a ella y la abrazó fuertemente. Isabella notó algo extraño en ese abrazo; como si faltara algo. Se sentía más cómoda entre sus brazos, más ella misma.
—Tu padre está muy preocupado, pequeña. ¿Se puede saber dónde estabas?— inquirió con reproche, pero la sonrisa seguía en sus labios.
—Con un amigo...— contestó Bella. Por ahora eso era lo único que podía decir.
—¿Un novio misterioso, Bella?— su voz era dulce, en ella no había ningún rastro de maldad o reproche.— Eso no va contigo.— se carcajeó.
—¡No te rías Jake! ¿Se puede saber por qué estás tan contento?— preguntó, queriendo cambiar de tema.
Y entonces, la razón de la reciente felicidad de su amigo, salió del coche y le sonrió alegremente.
—¡Bella!— exclamó la chica bajita y delgada. Su cabello cobrizo se movió al viento y sus ojos se encontraron con los de Jacob de una manera que Isabella no supo descifrar.
—Hola Reneesme.— la saludó la joven, confundida.— ¿Me he perdido algo?
Isanella observó con asombro como la muchacha se sonrojaba y se acariciaba la cabeza.
—El otro día fui a visitarte a tu casa y me encontré con Jake. Quería hablarte del trabajo...— explicó.
La joven Swan no pudo evitar sonreír. ¡Ahora lo entendía todo! Aún así decidió no profundizar en el tema, pues su compañera de clase parecía bastante avergonzada ante la situación.
—Bella, ¿te acercamos a algún sitio? Ahora mismo íbamos hacia Forks.— ofreció Jacob con amabilidad.
Tras el asentimiento de la muchacha, los tres subieron al coche. Reneesme y Bella se sentaron en los asientos traseros mientras que Jacob se sentó en el asiento del piloto.
—¿Recibiste mi correo?—le preguntó una muy interesada Isabella a Reneesme
—Si.— obtuvo como respuesta.— Quería hablarte exactamente de eso.
—¿Hay algún problema?— inquirió la muchacha, algo alarmada.
—No, claro que no. Está muy bien redactado y la información muy bien organizada.— comentó sonriendo.— Lo que quiero comentarte es que he estado investigando. Es todo muy raro, Bella.— comentó, y una extraña sombra apareció en sus ojos.— Quizás me esté equivocando, pero he estado investigando y este caso no me cuadra para nada. Es como si hubieran querido incriminar a Edward Cullen en el delito en todo momento. Todo eso me picaba muchísimo la curiosidad, así que me metí en el ordenador principal de la comisaría de Seattle y vi algo que me llamó aún más la atención. En el interrogatorio tras la segunda muerte, Cullen afirmó tener una coartada para la noche supuesta del crimen, por lo que tuvieron que dejarlo en libertad. Aún así, unos días después, las horas supuestas en las que se había cometido el crimen fueron cambiadas. Aquello me pareció de lo más extraño, no entiendo nada. Es como si alguien se hubiera encargado de manipular la información para inculpar a Cullen.— explicó rápidamente.
La joven Swan sintió como su su cuerpo se tensaba. ¿Quién en su santo juicio querría hacer algo así? Había algo muy pero que muy extraño en todo aquello, des de luego...
—¿Cómo conseguiste entrar en el ordenador de la policía?— inquirió Isabella, aún demasiado sorprendida ante todo aquello.
—Jaqueando,— explicó Reneesme.— se me da bastante bien.
—Bien. ¿Qué hacemos? Todo esto es muy peligroso. Que un policía, o quién sea, manipule la información, es un grave delito.— dijo la muchacha, con voz temblorosa.
—Habla con Charlie,— sugirió Jake, el cual había permanecido en silencio hasta entonces.— él sabrá que hacer.
—No,— espetó Bella rápidamente.— estamos hablando de asesinatos, no quiero meter a mi padre en todo esto. Temo que si, quién sea que haya hecho eso, se entera de lo que sabemos, haga algo.
—Es muy peligroso, tienes razón. Por ahora será mejor que sigamos con la investigación y ya está. Tendremos la mejor nota de la clase, Bella.— expuso la joven, intentando quitar importancia al asunto.
Al poco tiempo, Isabella llegó a su casa. Era ya la hora de comer. Charlie no estaba en casa, pues se había ido de pesca. Era domingo, así que, tras llamar a su padre y disculparse, Bella se pasó el resto del día adelantando trabajo de la universidad. Pronto llegó la noche.
Para cenar preparó el plato favorito de su padre. Este último llegó justo cuando ella sacaba el pescado frito de la sartén. Charlie la saludó y luego encendió el televisor. Cuando la mesa estuvo puesta, entró en la cocina y comenzaron a comer.
—Esto, papá.— susurró la muchacha, intentando sonar tranquila. Charlie alzó la mirada.— Lo siento.— se disculpó.
—Últimamente no te reconozco, Bella.— expuso él.— Estás en las nubes, actúas de manera diferente y sonríes muy a menudo... Se que eres joven y que tiene derecho a divertirte. He tenido 23 años, nena. Pero no me saques de tu visa. Habla conmigo. No te pido que me lo cuentes todo, ¡señor! No quiero saberlo. Pero dime, ¿cómo te va? ¿Acaso hay algún chico que te obligue a hacer todo eso?
Isabella sonrió inevitablemente.
—Si papá, hay un chico. Pero no me obliga a nada. Lo de ayer fue culpa mía. Se me olvidó llamarte, papá. Lo siento, de verdad. No volverá a pasar.— confesó, bajando la mirada. Era una situación muy incómoda.
—¿Y quién es él?
Allí iba la temida pregunta...
—¿Vamos a hablar del tema, papá?— preguntó Isabella al cabo de unos segundos. Charlie sonrió.
—Supongo que no...— contestó.— Sólo te pido que tengáis cuidado.
—¡Papá!— exclamó la muchacha, muy avergonzada.
—¿Qué? Yo también he estado enamorado, he sido joven. Se lo que es...— también había bajado la mirada, incómodo.
—Vale. ¿Has acabado?— lo interrumpió Isabella, recogiendo su plato y llevándolo al fregadero.
—Si, cariño.—dijo, levantándose de la silla y dejando su plato en el lavadero de igual manera.— Por cierto, tengo que hablarte de otra cosa...— expuso, sin retirarse de su lado.— Sue y yo... Hemos estado hablando y, queríamos ir a vivir juntos. ¿Te importaría si viene a vivir a aquí? Comprendería si no quisieras... ¿Bella?
La joven Swan sonrió. Jamás había visto a su padre tan nervioso.
—Yo también quería hablarte de algo parecido, papá. Me gustaría trasladarme a vivir a un piso cerca de la universidad, así la tendría más cerca, ya sabes... Viviría con Alice y Rosalie.— espetó de golpe. Charle se quedó muy pálido.
—¿Te irás?— sólo fue capaz de preguntar.
—Oh, buscaría un trabajo para pagarme el alquiler y vendría a verte cada fin de semana. No mi iría del todo, papá. Seattle está cerca de aquí. Además pienso comprarme un coche nuevo con los ahorros que tengo. No te dejaría sólo, estarías con Sue.
Charlie bajó la mirada y suspiró.
—Supongo que esto es inevitable. Tarde o temprano ibas a irte.— alzó la mirada de nuevo— Me alegra verte tan feliz, pequeña. Has crecido, ya no eres la adolescente que se escapaba con Jake a dar vueltas con una moto.— ambos sonrieron ante ese comentario.— Jamás me has dado problemas, cariño. Estoy feliz por ti, me alegro de que quieras conocer mundo e ir a vivir tus propias experiencias.
—Yo también estoy feliz por ti, papá. Me alegro de que finalmente hayas encontrado a alguien. Sue es una buena mujer, se que cuidará de ti. No me iría si no supiera que la tendrás a ella a tu lado.— expuso, emocionada. Su padre carraspeó.
—Bueno, nena, creo que me voy a mirar la televisión.
Bella asintió y se puso a fregar los platos. En esa cena ya había habido demasiadas emociones y sentimientos de por medio.
—Buenas noches, papá.— dijo antes de irse a su habitación.
—Buenas noches cariño.
Antes de salir de la sala de estar, se paró en el marco de la puerta.
—Papá, algún día te lo voy a presentar.— dijo sin voltear a verlo, refiriéndose a Edward.
—Claro, nena. Cuando quieras.
Entró en su habitación y se puso el pijama. Antes de irse a dormir leyó un rato. Cuando se disponía a acostarse, vio un sobre blanco encima de su mesita de noche. Era una carta. En la parte de arriba, escrito con una cablegrafía exquisita, había su nombre completo. Lo abrió sin prestarle mucha atención, pero en cuando vio las primeras palabras escritas en el papel se cubrió la boca para ahogar el grito que amenazaba con salir.
Querida Isabella Swan:
Hace semanas que te observo en la distancia. Se que me has visto, me has mirado. Des del primer día que te vi no puedo dormir bien por las noches, sueño como sería posar mis manos en tu cuello y matarte poco a poco. Imagino la mejor manera de quitarte la vida. ¿Cómo sería ver tus ojos apagarse poco a poco? Anhelo ese momento, y lo espero con ansias. Ver como la vida se escurre por tu cuerpo poco a poco. Y luego tu imagen se quedará congelada en mi mente, tu hermoso rostro sin vida... ¡Me excito sólo con imaginarlo! Hasta que llegue ese momento, vive por mí. Espérame, no tardaré en llegar.
Hasta pronto, Isabella.
Att. El cazador.
La muchacha sintió como su cuerpo comenzaba a temblar. Todo a su alrededor estaba completamente a oscuras. Sintió el miedo invadirla. ¿Cómo había llegado esa carta hasta su habitación? Se sentía mareada, confundida y aterrada.
Un extraño ruido la sacó de sus cavilaciones y se estremeció al instante. Provenía del pasillo. Era el sonido de unos pasos acercándose. Recordó que no debía gritar. Dejaría que "el cazador" la matara a ella, pero no dejaría que le hiciera daño a Charlie.
Con los ojos abiertos, la respiración agitada y el corazón acelerado por el terror, tuvo un último pensamiento y cerró los ojos. Visualizó en su mente el rostro perfecto de Edward, con los ojos cerrados y su habitual cabello despeinado. Su inquebrantable sonrisa torcida estaba en sus labios y su pecho estaba descubierto. En su pensamiento vio como los rayos de sol tocaban su piel y esta brillo como si tuviera diamantes incrustados en ella. Jamás lo había visto tan hermoso. Estaba estirado en un prado lleno de flores. Isabella pensó que jamás lo había visto a la luz del sol. Y, posiblemente, ya nunca lo haría.
Entonces, la puerta se abrió y Bella cerró los ojos con más fuerza. Quería conservar ése último pensamiento en su mente hasta que su corazón dejara de latir.
N/A: ¡Hola! ¿Qué les pareció? Ahora no tengo mucho tiempo. Sólo me paso para dejar el capítulo. ¿Les gustó? Este capítulo es también importante. Ha aparecido lo de la manipulación de información... ¿Qué opinan sobre ese tema? Bueno, aviso que hasta principios de Setiembre no podré volver a actualizar. Y luego, día 13, empezaré las clases y tampoco tendré mucho tiempo. Intentaré actualizar, al menos una vez cada mes. Lo se, es mucho tiempo, pero es lo que hay... :/ Este fic en principio no tenía que tener muchos capítulos. De hecho tengo la historia en la cabeza, se como va a terminar y lo que va a pasar. Pero a medida que escribo se suman más y más ideas, así que aún queda... ¡Espero poder escribir pronto! ¿Me dejan un review, por favor? ¡Gracias por leer!
PD: ¿Vieron lo que pasó con Rob y Kristen? Ese tema me ha tenido muy triste durante estos días sin aparecer por aquí... Sólo quería comentarlo. No odien a Kristen por serle infiel, todo el mundo comete errores. Yo lo veo de esa manera. Sólo ellos saben lo que pasó realmente, así que dejemos que sean ellos quién lo arreglen(o no). Depende de ellos.
