No estoy preparado para que se acabe

Bella clavó las manos en los anchos hombros de Edward, admitiendo que probablemente había cometido un error táctico al pedirle que se tomara su tiempo. Lo había echado de menos durante tres días y la había dejado insatisfecha con sus llamadas telefónicas, así que no era raro que hubiera querido asegurarse de que pasara unas horas con ella. Quería disfrutar de Edward Cullen hasta derrumbarse de agotamiento.

Pero no había pretendido hacerle creer que necesitaba toda esa sensualidad antes. Deseaba a Edward en su interior exactamente tanto como él deseaba estar allí. Pasó las manos por una erección que podría haber servido de modelo para la decoración del Partenón del Placer y decidió aclarar las cosas.

—Mmm, ¿Edward? entretanto él le había quitado el sujetador y tenía sus senos en las manos. Cuando frotó uno de sus pezones con el índice y el pulgar, sintió una oleada de placer que le llegó hasta el abdomen. Ese comentario que hice sobre tomarte tu tiempo... Creo que puedes haberlo malinterpretado...

Calló abruptamente cuando él la puso sobre la encimera de la cocina, abriendo sus muslos para colocarse entre sus piernas. El frío granito hizo poco para apagar el fuego que ardía en su interior.

—No lo creo frotó el triángulo de seda amarilla con dos dedos, hasta que Bella estuvo a punto de salirse de la piel.

—Yo me temo que sí sintió que su cuerpo se tensaba internamente y supo que estaba a punto de tener un orgasmo. Se agarró a sus hombros, preguntándose si lograría que la tocase justo donde necesitaba. Porque para mí no sería ningún problema ir al dormitorio ahora mismo, desnudarme y...

Él apagó sus palabras con un beso, y detuvo un momento el suave masaje sobre la braguita, que estaba volviéndola loca.

—No irás a negarme el placer oral más satisfactorio, ¿verdad? Apretó el pulgar contra el centro pulsante de placer, sintiendo, sin duda, su agitación. Me muero por probarte.

Bella casi se deshizo al oírlo. Habría llegado al orgasmo si él no hubiera retirado la exquisita presión de su pulgar en ese momento.

Rodeó su cintura con las piernas, manteniéndolo cerca, anhelando la liberación que él era capaz de proporcionarle con tan poco esfuerzo. Le habría dicho que no podía esperar, que lo necesitaba en ese momento, pero su pensamiento estaba tan disperso que hablar le resultaba imposible. Sólo podía sentir, cada uno de sus nervios esperaba el siguiente toque de Edward.

Él buscó los lazos de satén de sus caderas, que sujetaban sus braguitas. Los desató con rapidez y dedicó un tiempo a disfrutar de la vista.

Bella no creía posible que la tensión subiera aún más, pero ante esa mirada íntima, su cuerpo respondió con más calor, más hambre, más deseo.

—Creo que tengo buen ojo para las exquisiteces en su punto justo dijo él por fin, clavando en ella una mirada verde y salvaje. ¿Qué dijiste sobre que me tomara mi tiempo para disfrutarlas?

Ella pensó que había sido una buena idea, una idea fantástica. Pero no podía despegar la lengua del paladar. El dolor que sentía entre las piernas era tan intenso que sólo podía esperar.

El primer roce de su lengua provocó los espasmos. Sintió ola tras ola de placer, que se alimentaban con esa lengua que insistía cada vez más. No controlaba sus sentidos, sólo sentía que su cuerpo explotaba en un torrente de puro éxtasis.

Enredó los dedos en su pelo, con las rodillas sobre sus hombros, cabalgando en ese mar de sensaciones. Nunca había sentido un nirvana tan largo e intenso, pero no pensaba parar hasta haber obtenido el máximo placer del increíble contacto.

Finalmente, cuando se derrumbó agotada contra los armarios que había a su espalda, Edward la levantó de la encimera y la depositó en el suelo de la cocina, sobre una gruesa alfombra estampada con uvas moradas. A Bella le hubiera dado igual estar sobre la tierra. Había descubierto un placer que no había creído posible, pero aún anhelaba la plenitud de sentir a Edward en su interior. Le echó los brazos al cuello y lo atrajo sobre ella, buscando su boca. Vagamente sintió cómo se desvestía mientras la besaba. Algún rincón de su mente registró que se estaba poniendo un preservativo, preocupándose por ella incluso en ese momento de abandono total. Depositó una lluvia de besos en su rostro, abrazándolo.

Segundos después estaba entre sus muslos. Grueso, caliente y duro. Apretó su trasero exigiendo su penetración y él la llenó, obligándola a soltar un grito animal de júbilo por la unión. Abrió los ojos y vio la intensa mirada verde de Edward conectar con ella, profunda, íntima. Una conexión que le daba miedo analizar.

Se retiró a un ámbito puramente físico, unió los tobillos tras su espalda y lo atrapó contra ella. Alzó las caderas para recibirlo entero, ardiendo de pasión por él.

Mientras otra oleada de orgasmos asolaba su cuerpo y Edward se rendía a su propio placer, no pudo evitar recordar la mirada posesiva de sus ojos y deseó no haberle entregado más de lo que pretendía.

—Diablos.

No era la palabra de cariño que una mujer deseaba oír después de un acto sexual, pero fue la única que se le pasó a Edward por la cabeza durante los diez minutos siguientes.

Estaban en el suelo de la cocina. Él ni siquiera sabía si la casa era de ella o si la compartía con otras personas. Había creído que vivía en el hotel. Lo cierto era que no parecía haberlo preocupado que apareciese nadie cuando empezó a desnudarla. Ni cuando la había desarmado por completo sobre la encimera de la cocina.

Diablos. Necesitaba ordenar sus pensamientos para no cometer la estupidez de decir esa palabra en voz alta.

—¿Estás bien? se despegó de ella, obligando a su boca a moverse, a decir algo que no entrara en la categoría de blasfemia.

—Aparte de algún posible roce de la estera, estoy fantásticamente. Gracias por enseñarme el significado de la palabra «multiorgásmica» suspiró ella, adormilada.

—¿Lo dices en serio? preguntó él, atónito.

—No me digas que todas las demás mujeres con las que has estado eran diosas del orgasmo, o me sentiré como si llevara retraso en mi desarrollo sexual.

—Diablos, no dejó escapar él. Ni siquiera sabría distinguir entre uno simulado y uno real, así que es todo un halago para mi ego saber que... te disparaste.

—Como un cohete trazó un dibujo sobre su pecho con un dedo, con aspecto de que no le importaría pasarse el resto del día allí tumbada.

—Sí, bueno, me ahorraré las palmaditas en la espalda hasta comprobar si tienes alguna rozadura la levantó de la estera junto con su ropa, teniendo cuidado de no tocar la parte baja de su espalda, por si estaba irritada.

Miró a su alrededor y comprendió que no tenía ni idea de dónde podía estar el dormitorio.

—Espera Bella estiró las manos sobre su hombro para agarrar la botella de champaña y las frambuesas de la encimera. Mi dormitorio está por allí dijo, señalando con el dedo del pie. Si tengo rozaduras, es culpa mía, fui yo la que se volvió loca al final.

Él soltó un resoplido, sabiéndose culpable. Hizo una pausa ante el primer dormitorio, miró dentro y vio una enorme cama cubierta con un edredón de parches de colores, de aspecto femenino. Iba a entrar cuando Bella lo detuvo estirando la pierna.

—Ésa es la habitación que Jasper compartirá con su nueva esposa hasta que su casa esté terminada. ¿No es bonito el edredón de boda?

—¿Jasper? Edward tragó saliva, sintiendo un ataque de pánico al oír las palabras «esposa» y «boda» tan cerca la una de la otra. Se preguntó por qué razón Bella compartía la casa con un hombre.

—Es uno de mis hermanos. Ésta es la casa en la que crecí, mi dormitorio está dos puertas más allá.

Fantástico. Acababa de hacer el amor en el suelo de la cocina de la casa familiar. Hasta entonces había sido un tipo mucho más cauto en materia sexual.

—No hay problema por estar aquí dijo ella, removiéndose en sus brazos. Jasper está en Italia de luna de miel y Emmett no volverá hasta el próximo fin de semana.

Por lo visto también había un Emmett. Entró lentamente en un dormitorio lleno de muebles de color blanco, decorados con flores pintadas. Al contrario que la vibrante mujer que llevaba en brazos, los colores eran suaves y apagados. Azules y dorados se combinaban con toques rosas, dando a la habitación una innegable elegancia femenina.

La depositó sobre la cama y la ladeó lo suficiente para ver las manchas rojas en la parte baja de su espalda. Mientras se maldecía por su falta de cuidado, ella dejó el vino y la fruta en la mesilla.

—¿Y tus padres? dejó la ropa en el suelo, junto a la cama, sintiéndose como si estuviera de vuelta en la universidad, colándose en casa de su novia. Se sentó al borde de la cama y miró a su alrededor. Estudió los hombros tensos de Bella. ¿Dónde están?

Ella movió la cabeza demasiado rápidamente y alcanzó las frambuesas.

—Los dos murieron hace años sin darle tiempo a procesar la noticia u ofrecerle sus condolencias siguió hablando. Perdimos a mi madre cuando tuvo a los gemelos: mi hermano Stefan, que estudia primer curso en la universidad y una niña, que murió con mi madre. Unos años después perdimos a mi padre de un infarto; mi hermano mayor, Nahuel, volvió a casa para cuidar de nosotros.

Por la forma en que se movían sus dedos sobre la fruta, Edward reconoció su dolor por la pérdida.

—Lo siento sus palabras eran un pobre consuelo para un dolor que probablemente ella nunca olvidaría. Se tumbó a su lado y la abrazó, como si eso pudiera ayudarla. ¿Cuántos años tenía Nahuel?

—Veintidós, acababa de terminar la carrera. Dejó en suspenso su vida para estar con nosotros, hasta que Emmett y Jasper lo obligaron a cumplir su sueño de correr carreras automovilísticas en el circuito europeo. Para entonces; ya eran suficientemente mayores para cuidar de Stefan y de mí tomó un sorbo de champaña directamente de la botella y se la pasó.Todos mis hermanos se toman el rol protector muy en serio.

—Con todo lo que han perdido, no me extraña que quieran conservar lo que les queda tomó un sorbo de espumoso, saboreándolo como su experta culinaria le había enseñado. Supongo que esa protección se duplica con respecto a ti, ¿no?

—Entiendes muy bien la naturaleza humana, Cullen le quitó la botella. ¿Se debe a tus años como reportero o también tienes una faceta de psicólogo?

—Las mejores historias son las que tienen que ver con los dramas humanos. Nunca he buscado la objetividad. No escribo un reportaje a no ser que tenga rostros y nombres reales. Acción y argumento. Es lo que más me gusta de mi trabajo.

—Eres muy apasionado con respecto a tu carrera, por lo que parece tomó otro trago de champaña, agarró una manta que había a los pies de la cama y los tapó a ambos. ¿Crees que siempre serás un periodista dedicado a recorrer el mundo?

Él se puso en estado de alerta. No sabía si preguntaba por curiosidad o si estaba calculando la posibilidad de que pudiera convertirse en un hombre de familia. El tipo de hombre que sus protectores hermanos italianos desearían para ella. El tipo de hombre que Bella acabaría escogiendo.

Por muy bien que lo pasara con ella, y a pesar del momento de conexión íntima que había experimentado sobre el suelo de la cocina, Edward sabía que nunca renunciaría a su trabajo, que se había convertido en su misión en la vida, por una mujer.

—Estoy muy comprometido con mi trabajo dijo, midiendo sus palabras. Aun así no sonaron muy diplomáticas cuando quedaron flotando en el silencio que había entre ellos. Bella se aclaró la garganta y se arrebujó en la almohada.

—Sólo preguntaba porque parece que tienes buena mano para tratar con criminales como Royce King se acabó el vino y dejó la botella en el suelo. ¿Qué tal fue la entrevista? ¿Te pareció tan horrible como yo te había insinuado?

Fue como una descarga de agua fría para su ego. Había temido que ella intentara hablar de matrimonio, cuando sólo quería hablar sobre su ex amante.

Por suerte, aún le quedaba el consuelo de su comentario sobre los orgasmos múltiples.

—Fue todo lo bien que puede ir una conversación con un megalómano.

—Sigue siendo un egocéntrico, por lo que veo Bella se sonrió al imaginarse al intenso e inteligente Edward sentado frente a su ex novio, un hombre enamorado de sí mismo.

Agradeció la oportunidad de dejar el delicado tema del trabajo de Edward para hablar de Royce. De hecho, tomó nota de no volver a sacar el tema de Edward y su trabajo. Era obvio, por su reacción, que ni siquiera podía considerar el dejarlo. Eso la favorecía, porque en ese momento sólo deseaba una relación agradable, sin visos de convertirse en algo serio.

Una inquieta voz interna le preguntó cuándo sería si no era ya, pero se negó a contestarla.

—Admito que tiene un concepto desmesurado de su propia valía él colocó una almohada bajo su cabeza y estudió su rostro. Dime que me meta en mis asuntos, si quieres, pero tengo curiosidad por saber qué puedes haber visto en él.

«Un escape», pensó ella. En aquellos tiempos había estado demasiado absorta en sus esperanzas y sueños para darse cuenta de ello. Explicar lo que había sentido por Royce implicaba admitir sus debilidades.

—Su confianza, supongo la había deslumbrado su forma de moverse por el mundo sin pensar en las consecuencias. Por supuesto, esa cualidad tan atractiva era común en la gente egoísta y egocéntrica. En esa época estaba arriesgándome mucho en mi carrera, intentando hacerme un nombre como chef en una ciudad desbordante de talento culinario. También quería crear cierta distancia entre mi familia y yo, algo que nunca se me ha dado bien. Supongo que me atraía el que Royce se creyese capaz de manejar cualquier cosa, de convencer a cualquiera.

—¿Y esperabas que encandilara a esa panda de protectores que matarían a cualquiera para defender a su hermanita pequeña? preguntó él, enredando un mechón de su pelo en el dedo.

—Puede que sí, inconscientemente. Pero no fui yo quien inició la relación. Me echó el ojo desde el principio, y yo era tan inocente que me rendí a su acoso sin pensarlo.

—A Bella le gusta el romance sonrió Edward, separando el mechón de pelo en tres partes. ¿Quién dirías que inició lo nuestro?

—Yo diría que fue un caso de combustión espontánea fascinada, lo miró empezar a trenzar los tres finos mechones. Aunque tengo la impresión de que ninguno de los dos estamos listos para una relación en este momento.

—¿Puedes aclarar eso? preguntó él, dejando de trenzar.

—No quiero ofenderte, Edward, pero es obvio que estás muy comprometido con una profesión que no te deja tiempo para la vida social no pensaba haberlo dicho, pero no pudo evitarlo. Él había sido quien le había sugerido que se enfrentase a sus problemas, y le había gustado el método tras pasarse años dando rodeos a las cosas. Yo, por mi parte, estoy hasta el cuello, vadeando entre esqueletos del pasado. Además; no he probado ni una receta nueva en toda la semana y no he llamado al crítico que va a reseñar los restaurantes... dijo, aunque eso no tenía nada que ver. La verdad es que estoy demasiado liada para entrar en combustión a todas horas.

—¿Estás sugiriendo que deberíamos dejar de... arder juntos? preguntó Edward pensativamente. Lo dijo con voz suave, distraída, casi como si estuviera demasiado ocupado con la trenza para prestar atención a las respuestas.

Pero ella sabía que Edward no era como el resto de los hombres, que no se expresaba de forma directa y descarada como sus hermanos. Estaba escuchándola con atención.

—No es eso exactamente... no sabía cómo expresarlo, no tenía su facilidad de palabra. Estaba acostumbrada a gritar en casa, para hacerse oír, pero no a elegir palabras exactas. Sólo puedo tener experiencias sexuales un número determinado de veces antes de empezar a sentirme incómoda. Tengo las mismas necesidades que cualquier mujer, pero no puedo entregarme al sexo como algo recreativo durante demasiado tiempo.

—Como parece obvio que, de momento, no estás más dispuesta a ir en serio que yo, entiendo que quieres que lo dejemos comentó él, sujetando la punta de la trenza con dos dedos y rebuscando en el bolsillo de la camisa, que estaba en el suelo.

A ella se le encogió el corazón al oírlo; no había pretendido decir eso.

—No necesariamente, sólo quiero que sepas que no suelo hacer esto y que no sé cuánto tiempo estaré a gusto con una relación tan casual.

Una relación en la que él sólo estaba dispuesto a ofrecer fruta tropical y orgasmos que harían llorar de júbilo a cualquier mujer adulta. Distraída por sus pensamientos, había olvidado las maniobras de Edward con su pelo hasta que vio una goma y una espiral dorada en sus manos.

—Estás poniendo un límite de tiempo a nuestra relación declaró él llanamente. Colocó el adorno dorado en la trenza y luego la sujetó con la goma.

Bella, ignorando la inquietud que le producía el poner un límite a lo que había entre ellos, acarició la prieta trenza y jugueteó con el adorno dorado.

—¿De dónde has sacado esto?

—Vi a una mujer en la playa que hacía trenzas a los turistas de las Islas Caimán. Aprendí, y le pedí uno de estos adornos para probar contigo.

—Gracias a Bella se le aceleró el corazón al saber que había pensado en ella. Quizá eso se podía considerar afecto o ternura.

Le sorprendió descubrir cuánto lo deseaba. Y aún más que Edward la estrechase contra su pecho. Mientras escuchaba el latido de su corazón, supo que estaba reflexionando sobre lo que había dicho. Y que no tenía una buena respuesta a su problema, porque seguía en silencio.

Edward le acarició la mejilla, mientras ella luchaba contra su desilusión. Finalmente, cuando estaba a punto de dormirse, él contestó.

—No te culpo por poner un límite de tiempo, Bella, porque no tengo ni idea de cómo solucionar esto su voz sonó suave al principio, pero se fue afirmando, volviendo más determinada. Pero sí sé que no estoy preparado para que se acabe.

Woow, yo tampoco estoy preparada para que se acabe después de semejante sesión de ardiente pasión… estaría loca si deseará que se acabará… en el prox. Cap. Conoceremos al Hermano Sobre protector de Bella, Emmett, por cierto se destornillaran de risa… nos leemos guapas. Un besote.