Capítulo 8: Venganza, gratitud.

Ambos cuerpos desnudos, descansaban abrazados sobre la cama. Uno embarazado de cinco meses, pero no por eso menos hermoso; es más, de ser posible, lucía más hermoso que nunca. El otro era perfecto como sólo un dios como el podía serlo.

Ikki y Apolo. El segundo dormido abrazando al primero que aún despierto rumiaba su venganza.

Ikki, antiguo caballero de Fénix, ahora amante y futuro consorte de Apolo, quería venganza. Quería venganza de las dos personas que más había amado y que lo habían traicionado. Shun y Shaka. Por eso se fingía complaciente en los brazos de Apolo, por eso su aparente sumisión ante el dios, porque necesitaba controlarlo para poder vengarse.

Tenía el alma y el corazón rotos, Shaka de Virgo, el padre de su hijo, y Shun de Andrómeda, su amado hermanito, se lo habían roto.

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- ¿Estás bien, Shun?

Preguntó la amable voz de Shaka mientras se sentaba a su lado y le besaba la frente. Shun le sonrió con tristeza mientras se acariciaba el aún plano vientre.

Shaka suspiró con tristeza. Shun no había vuelto a sonreír desde un mes antes de que se casaran.

La desaparición y aparente muerte de Ikki lo había sumido en una depresión muy fea, lo que lo había tenido con la guardia y la defensa baja. Por lo que un aprovechado, de quien Shun no quería decir el nombre, lo había violado.

Shaka había encontrado al peliverde, inconsciente, con golpes en el cuerpo y el ano lacerado y sangrante. Shun al reaccionar sólo había llorado abrazándose a sí mismo.

Shaka lo había cuidado lo mejor que pudo, lo había obligado a comer y a bañarse, pues hasta tareas como esa el peliverde había perdido el ánimo de hacer.

Pero el golpe final para Shun vino cuando dos semanas después de su violación el médico del santuario le dijo que estaba embarazado. Shun intentó suicidarse.

Por el amor que sólo cuando Ikki desapareció, Shaka se dio cuenta de que él tenía al fénix, le juró al cielo proteger aquello que él sabía que Ikki amaba más que nada en la vida... Shun.

Ante las preguntas de todos en el santuario dijo que él era el padre. Nadie preguntó, a todos les pareció normal que después de la muerte de Ikki buscaran refugio el uno en el otro.

Shaka le ofreció matrimonio para salvaguardar el honor del peliverde y Shun, más por inercia que por otra cosa, aceptó.

Llevaban un mes casados pero sólo eran amigos, no se tocaban. Shaka amaba a Ikki y no sería capaz de lastimar al peliverde que había sido la luz de los ojos del peliazul, y Shun tenía demasiado pánico al contacto físico con los hombres como para dejarse tocar íntimamente.

El uno en el otro habían encontrado el consuelo necesario. Al estar juntos era como si Ikki estuviera con ellos, pues ambos habían sido lo que más había amado el fénix. Además de que Shaka ayudaba al peliverde que poco a poco salía de su depresión e iba aceptando a su bebé.

Pero a pesar de que eran como hermanos ambos, Shun sabía que la cicatriz de su violación, causada por el maldito padre de su bebé, jamás sanaría así como la herida que tanto él como Shaka tenían en común, la pérdida de Ikki y su bebé.

Shun y Shaka comieron juntos, charlando de banalidades y cada uno se retiró a su habitación pues dormían en habitaciones separadas conectadas por una puerta para disimular ante el mundo.

Shun se puso su camisón y se metió entre las sábanas arropándose. Miró al cielo estrellado que se veía por la ventana abierta, y una lágrima salió de sus ojos.

- Te maldigo, Hades, si pudiera me sacaría a tu hijo de las entrañas.

Sollozó el pequeño y se cubrió el vientre con las manos, sintiéndose culpable.

- Perdóname bebé, tú no tienes la culpa de lo que tu padre me hizo. Tú no tienes la culpa de que Hades me violara y me arrebatara mi virginidad - Sollozó el pequeño abrazando su plano vientre. - ¿Por qué no estás conmigo, Ikki? Te necesito hermano - Poco a poco el llanto hizo caer al peliverde en un triste sueño.

Continuará...

Os advertí que Shun seguía siendo nuestro hermoso ángel.