Lux In Tenebris.
IX.- Reminiscencias del pasado.
Parte II -Tenebris.
Habías pasado en la oscuridad más de la mitad de tu existencia, con los recuerdos atormentándote a cada momento. Te habías vuelto una deidad solo por un capricho de alguien más poderoso y habías tratado de cumplir tu función creando mundos enteros desde cero, con características diferentes cada uno.
Pero eventualmente te sentías tan solo que los terminabas creando a ellos, a veces 5, a veces 6 cuando te incluías en la ecuación, incluso una vez solo creaste a uno y le diste las personalidades de todos. Eso no funciono muy bien.
No importaba cuanto intentaras, su final nunca era feliz.
Si los hacías ricos peleaban a muerte por el dinero, si los hacías pobres se mataban unos a otros para evitar el hambre. Si los hacías dioses se traicionaban por el poder. Hubo tantos mundos y tantos escenarios diferentes que en algún punto de los milenios que viviste olvidaste cual era tu relación con ellos.
¿Por qué querías que fuesen felices? Especialmente el del color de la melancolía. Pero esa pobre alma parecía estar destinada a sufrir por toda la eternidad a tu mando.
—Basta... —Susurraste desapareciendo el mundo que habías creado cuando él murió de nuevo tratando de salvar a tu yo mortal. Te cubriste el rostro húmedo con tus temblorosas manos, querías ocultar tu dolor a pesar de que todo era oscuridad.
—Tal vez sea hora de que pases la batuta. —Susurró una voz a tus espaldas. Se trataba de un ser al que habías creado accidentalmente. Un dios omnipotente sin un nombre. —No creo que tu ego pueda soportar un fracaso más.
Comento y tenia razón. Tu ego estaba agrietado y muy dañado, si algo debía tener un dios creador era un gran ego y el tuyo se habia reducido a un pequeño capullo con el tamaño de un gato. Quizás tenia razón, era hora de retirarte.
Así que elegiste el exilio, el no ser recordado era lo que merecías por tantos fracasos. Y viviste en la oscuridad por mucho tiempo hasta que cometiste el error de entrometerte en los asuntos del nuevo dios, cuando le diste una poderosa arma a alguien que quería romper el balance de ese nuevo mundo.
No fue paso mucho tiempo cuando todo se volvió un caos. Y no te sorprendió que en medio de ese caos volvieras a recibir la visita del que antes era la muerte, pero esta vez con intenciones hostiles.
Te rehusaste a contraatacar, es más, te rehusaste si quiera a defenderte cuando él te atacó con la misma arma que le habías dado para que liberara a la diosa del lago. El demonio en el que ahora se habia convertido la muerte (y que se hacia llamar Osomatsu) absorbió toda la fuerza de deidad que te quedaba y te destruyo hasta devolverte a tu patética forma humanizando.
—Tenebris, te ves patético. —Dijo el demonio con una sonrisa burlona en los labios. Estabas tendido en el suelo a sus pies y él te mantenía en ese lugar clavando el filo de la guadaña contra tu pecho.
—¿Vas a matarme? ¿Es por eso que me has encerrado en este cuerpo?
—Tienes una mirada interesante, Tenebris. Casi como la de un demonio. Más que matarte estaba pensando en encerrarte por la eternidad. Así nadie puede pedir tu ayuda de nuevo.
—¿Vas a desterrarme de mi destierro para desterrarme de nuevo?
—Eso suena como una buena idea. Pero para evitar que te levantes contra mi, tengo que tomar algunas medidas.—Osomatsu sonrió amplio. Sus ojos escarlata brillaron con intensidad y sus alas negras agitanaron la oscuridad al rededor de ti. Fuiste arrastrado hacia el infierno, el lugar donde solía estar el lago de almas y que ahora se encontraba seco.
La guadaña que atravesaba tu pecho se transformo en cadenas que te mantuvieron quieto y de rodillas en el inframundo. Las medidas a las que Osomatsu se habia referido era a tus recuerdos, los borró todos, incluso las imágenes que ni siquiera sabias que contaban como recuerdos.
De esa forma te convertiste en un cascaron vació, en espera de ordenes. Tu trabajo asignado por Osomatsu era castigar a las almas que llegaban allí, torturarlas antes de que decidieras si convertirlos en demonios o desaparecerlos por completo.
Cada sufrimiento que le causabas a los pecadores se convertía en poder para Osomatsu y en poco tiempo se volvió casi imparable.
Casi.
Cuando te habías ganado el respeto de los demonios inferiores (por tu crueldad) de pronto la cantidad de almas que llegaban disminuyo y esto dejo debilitado a Osomatsu. Casi perdiendo la guerra que tenia contra el cielo.
¿Que habia pasado?
Aparentemente la diosa del lago se habia alzado contra Osomatsu y su ejercito, reemplazando al antiguo dios (llave) y creando humanos con poderes divinos para derrotar a los súbditos del rey demonio.
Exorcistas.
Vesta y Fontus.
Por un tiempo Osomatsu estuvo matando a los exorcistas y aunque ellos morían y sus almas quedaban bajo tu tortura los exorcistas continuaban existiendo y levantándose contra el señor del inframundo. Entonces, cansado y débil Osomatsu utilizo su ultimo recurso.
—Ve al mundo humano y acaba con esos exorcistas de una vez por todas.—Dijo quitando las cadenas que te mantenían inmóvil. Tus alas negras se estiraron al sentirse liberadas. —Quiero que termines con el ejercito de Choromatsu, para que así él se rinda ante mi.
—Si matas a los humanos ellos solo volverán, lo sabes.
—No si usas esto. —Chasqueo los dedos y una guadaña se materializo entre sus manos. —He golpeado tan fuerte a la nueva muerta para tener de regreso mi arma, que más vale que la uses correctamente.
—Mm... —Tomaste el arma, era la guadaña de la muerte. No era tan poderosa como la tuya, pero no tenias fuerza para invocarla nunca más. —¿Que la hace diferente?
—Cuando logres extraer las almas de los exorcistas usa la guadaña, con ella desaparecerás por completo sus almas, sin que vuelvan a renacer. Sin exorcistas adiós a la resistencia. Ve, al mundo humano y cumple con tu misión.
Y asi fuiste enviado al mundo humano.
[]-[]-[]-[]-[]-[]-[]-[]-[]-[]-[]-[]-[]-[]
Osomatsu habia fallado en algo, no bastaba con exterminar las almas de los exorcistas para que estos dejaran de existir. Habías descubierto como funcionaba parte del sistema cuando te encontrabas en el inframundo castigando a los seguidores de Choromatsu.
Habia exorcistas de dos tipos, Vesta y Fontus. Y todo el poder provenía de las Fontus, la fuente de energía de los exorcistas, para detenerlos tenias que atacar a la fuente, no matarla al instante, eso solo haría que otra nueva naciera.
Tenias que hacer que se extinguiera, que la fuente de energía de los humanos se secara. Tenias que lograr que la fontus regente te vendiera su alma, asi al corromperla por completo destruirías la posibilidad de que pudiera reencarnar.
Ya que no necesitabas realmente la guadaña la guardaste en un sello detrás de tu cuello, podrías invocarla rápidamente en caso de necesitarla, pero no lo creías necesario.
Tu misión te llevó hasta una enorme casa con grandes ventanales de color azul, a la mitad de una ciudad llamada "Urbo de Dio" Parecía estar deshabitada yen un silencio casi sepulcral cuando te adentraste al lugar. Volaste atravesando de la gran biblioteca que se encontraba dentro y colaste hasta la ultima habitación del edificio más alto.
El lugar era un desastre, con objetos rotos y manchados de sangre, habia cabellos negros dispersos por diferentes puntos de la habitación y restos de comida podrida en el suelo.
El olor era casi insoportable. Apestaba incluso peor que el azufre del infierno.
Buscaste señales de vida en el lugar, antes de que una espada se clavara en la pared muy cerca de tu rostro. Sentiste unas gotas recorrer tu mejilla mientras sorprendido veías a tu atacante.
Era una chica, tan delgada que te sorprendía que pudiera mantenerse en pie.
—¿Quien eres? —Pregunto moviendo su cabeza en tu dirección.
—¿Puedes verme? —Cuestionaste intrigado, pues no se suponía que nadie en el mundo humano pudiera verte. (incluso los exorcistas no deberían tener esa habilidad) Observaste con más detalle a la chica, no parecía ser mayor de 17 años, su cuerpo aun parecía ser el de una niña. Su piel era tan blanca que dudabas que hubiera salido al sol alguna vez en su vida y sus ojos eran casi blancos y su rostro... —Estas ciega.
—Mi Vesta gusta de usar ácido. Pero estoy recuperándome. —Hablo en tono animado, como si lo que acababa de decir no fuera desconcertante. Un hombre le habia tirado ácido directo a la cara. No te dio tiempo de pensar en nada más cuando una segunda espada se clavo del otro lado de tu rostro, atrapándote asi contra la pared.—Ahora. ¿Quien eres? Estoy segura de que no eres un demonio, te hubieras desintegrado a penas cruzar mis barreras protectoras.
—Digamos que soy... como un espectador. Estoy aquí para hacerte compañía.
—Como... ¿un ángel guardián? Excepto que eres más como un demonio. ¿no?
—Vaya, eres muy perceptiva. Creo que debí notarlo desde el primer momento que me atacaste incluso sin verme. —La chica sonrió, desapareció sus espadas con un chasquido de dedos.
—Te daré el beneficio de la duda. —Dijo, estiro sus manos hasta tu pecho, lo tentó un poco antes de moverse hacia la pared y camino despacio sujetándose de la pared.— Señor misterioso. Si has venido a matarme tienes que saber, que incluso si estoy ciega en este momento puedo defenderme perfectamente.
—Creo que he notado eso. —La viste dirigirse hasta la puerta que habías abierto para entrar allí.
—Y si esperas a que recupere la vista tus oportunidades de matarme disminuirán aun más. —bufaste casi ofendido. —Pero no tengo intención de pelear contra ti si no eres quien ataca primero. Te agradezco que abrieras la puerta, he estado aquí por no se cuanto tiempo. —Se encamino escaleras abajo y la seguiste de cerca.
Incluso aunque estabas volando ella parecía saber que estabas cerca, pues al llegar al primer piso se giro en tu dirección.
—También, si eres de verdad un ángel o un demonio, incluso si fueses un desafortunado humano que dio con este lugar por casualidad. Tienes que saber que te sera imposible salir de este territorio. Hay una barrera que evita que cualquiera pueda salir de aquí, asi que estas atrapado aquí conmigo.
—Mierda. —Gruñiste tan bajito que dudabas que te hubiera escuchado, pero subestimabas el sentido de la audición de una ciega. Ella rio bajito antes de estirar su mano en tu dirección.
—Mi nombre es Karako. Llevémonos bien el tiempo que dure esta tregua.
Así fue como tu convivencia con Karako empezó.
