Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y los tomo prestados sin fines de lucro.
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Fragile Soul
Por: Hoshi no Negai
9. Lazos que se fortalecen
Los primeros días fueron los más difíciles. Rin había sido obligada a dormir cada noche, aunque sólo fuera por unas horas. Le costaba mucho conciliar el sueño, y rara vez dormía dos noches seguidas. Aunque no quisiera demostrarlo, sus amigos sabían que nunca le perdería el miedo a cerrar los ojos y quedarse dormida. Habían pasado demasiadas cosas como para volver a la normalidad.
Kagome, aunque no volvió a sentir el peligro tan latente como antes, también se mantenía demasiado alerta, a la espera de un nuevo ataque. Los moradores seguían ahí, acechantes, pero ahora su energía era más débil y lejana, como si la protección de Tenseiga encerrara a Rin en una cúpula de cristal muy grueso y resistente. Pero por muy bien que parecieran marchar las cosas, ni Kagome ni los demás bajaban la guardia.
Inuyasha y Miroku retomaron sus viajes de trabajo y pasaban cortos periodos de tiempo fuera de la aldea. Podía ser una situación grave, pero eso no quitaba que sus familias necesitaran sustento. Aunque no sólo ocupaban sus travesías en trabajar exterminando demonios, sino que también aprovechaban para preguntarle a cuanta persona fuera posible si conocía algún remedio para evadir permanentemente a los moradores del inframundo, o preservar una vida humana más allá de sus limitaciones naturales.
Tristemente, cada erudito espiritual, monje, sacerdotisa, sacerdote y gurú les daba la misma respuesta. Que era imposible.
Supieron que Kohaku y Jaken estaban haciendo lo mismo por su lado, al coincidir con un viejo ermitaño demonio que les explicó su visita, sacando, cómo no, la misma conclusión que los demás.
Regresaban de cada vez más frustrados y cansados de cada uno de sus viajes, aunque seguían sin darse por vencidos.
Rin los veía ir y venir, apreciando en cada ocasión lo agotados que estaban. No sólo tenían que trabajar lejos de sus hogares, sino que también dedicaban parte de su tiempo en recorrer la región en busca de alguien que supiera algo que les fuera de utilidad. Como Kohaku y Jaken, a quienes no había vuelto a ver desde aquel día en el que Inuyasha y Sesshomaru volvieron del inframundo.
Todos se esmeraban tanto por ella, lo daban todo para que continuara viviendo. Y eso, aunque la hizo sentir terriblemente culpable, le tocó en lo más profundo de su alma. Tenía mucha suerte por contar con personas tan desinteresadas que la apreciaban tanto. Una parte de sí deseaba que se detuvieran y continuaran con sus vidas con normalidad. Odiaba verlos desgastarse tanto por su causa, verlos tan cansados cada vez que llegaban a sus casas. Pero la otra parte se inspiraba en su decisión y perseverancia, el hecho de que siempre volvían a intentarlo una y otra vez sin aceptar la derrota.
Creía que, como ellos, no podía simplemente pensar lo peor. Por supuesto que aún estaba aterrada, pero eso no significaba que debía resignarse a morir. Si ellos eran capaces de luchar, Rin también lo sería. No desperdiciaría todos sus esfuerzos encerrándose a llorar o siendo altamente pesimista.
Y como parte de su nueva resolución, supo qué era lo que tenía que hacer.
Aquel día en particular amaneció despejado, muy pocas nubes surcaban el cielo de un azul intenso, a diferencia de las lluvias que habían caído sobre la aldea últimamente, Rin salió temprano en la mañana de su cabaña, respirando profundamente.
Se retorció los dedos nerviosamente en cuanto comenzó a caminar, aún preguntándose si aquello que iba a hacer era lo correcto. Horas de debates mentales no habían conseguido darle toda la seguridad que necesitaba para sentirse completamente a gusto con su decisión. Aunque trataba de convencerse fieramente de que así era.
Y es que, en el fondo, por más que tratara de maquillarlo, sabía que su única alternativa era regresar con el demonio. Había estado tanto tiempo negándolo, diciéndose a sí misma que no podía hacerlo, sólo para comprender a regañadientes que había cometido un grandísimo error. Si Tenseiga la protegía, aunque fuera por poco tiempo, sus amigos ya no tendrían que acarrear con sus problemas y podrían continuar con sus vidas como siempre tuvieron que ser.
Lo que más le había hecho apegarse a su disposición de permanecer en la aldea era algo que la avergonzaba y la hacía sentir muy infantil: un tonto rencor hacia el Daiyoukai. Bueno, para ella no era tonto, pero le daba muchísima pena que los demás supieran lo mucho que en realidad le afectó el que la dejara sola. Tuvo miedo de haber significado siempre una molestia para él, como una obligación que era forzado a atender, quizá por mera cortesía. Creyó que ya ni siquiera le importaba lo que fuera a sucederle.
Recordar aquellos duros momentos jamás era fácil. Se frotó la cara con las manos para quitarse las ganas de soltar unas lágrimas. Quería dejar de llorar, había pasado demasiado tiempo como para seguir herida por lo mismo. Y más ahora que se daba cuenta que estaba equivocada.
Si ella no significara nada para él, jamás se habría arriesgado a regresar al inframundo para ayudarla, ni se quedaría cerca de la aldea para asegurar que estuviera protegida. Tal vez lo que realmente había logrado cambiar su opinión fue aquella mirada que le lanzó cuando regresó de su misión. Le daba la impresión de que se sentía derrotado. No furioso en sí, sino más bien vencido. Sesshomaru no le era tan indiferente como había estado pensando después de todo.
No tuvo que caminar mucho para encontrarlo. Estaba de pie, en medio del bosque, contemplando el amanecer que se asomaba desde un pequeño hueco entre los árboles y ramas. La bruma que se había formado por la noche estaba desapareciendo, y una perezosa brisa apenas movió algunos de sus cabellos blancos. Rin respiró hondamente, viéndolo por unos segundos. Recordaba cómo era despertar al ser una niña que no paraba de viajar, ésa era la primera imagen que solía ver. Y aunque pasaron varios años desde aquello, la paz que sentía al hacerlo no se había esfumado.
―Señor Sesshomaru ―avanzó con timidez. Aún estando a punto de hacerlo, sentía las dudas carcomiéndola. El demonio supo de su presencia incluso antes de que ella pudiera verlo, pero se mantuvo inmutable. Rin no le dio importancia a su silencio y continuó avanzando hasta quedar a su lado, aunque no demasiado cerca. Volvió a tomar una buena bocanada de aire para darse el valor de hablar. Había tomado una decisión―. ¿Cuándo saldremos, señor?
Él apenas giró la cabeza para verla, interrogándola mudamente.
―Dijo que no se quedaría en la aldea para cerciorarse de que Tenseiga me protegiera ―le explicó con voz queda, tratando de ignorar el cosquilleo en sus extremidades―. Y cambié de opinión. Quisiera volver a viajar con usted. Discúlpeme por contradecirlo la última vez, fui insensata y orgullosa, pero me equivoqué.
Sesshomaru regresó su vista al amanecer, aparentemente ignorándola. Volvió a recordar lo sucedido en el inframundo, las caras grotescas de aquellos seres que lo observaban a él y a Inuyasha desde las alturas. Recordó el odio que lo invadió, sus incontrolables ganas de hacerlos pedazos. Todo seguía ahí, arremolinándose en su interior y creciendo poco a poco.
Y a su lado estaba Rin, la razón por la cual esa ira se concentraba. Afiló los ojos sin que pudiera verlo, comprimiendo una ligerísima mueca de enfado.
―No quiero seguir siendo una carga para nadie. Después de lo que pasó la última vez… ―continuó ella. Tragó con dificultad sintiendo como se apretaba el nudo en su garganta. No quería ni pensar en el último ataque que había sufrido y el peligro que había significado para sus amigos. O el temible viaje que su señor e Inuyasha tuvieron que hacer, del cual casi no había querido oír. Podía imaginarse muy bien las conclusiones a las que habían llegado, sólo era necesario ver sus expresiones para darse cuenta. Si aceptando la proposición de Sesshomaru podía evitar que eso pasara de nuevo, la recibiría de brazos abiertos―. Tenía razón. Tuve que haberme ido con usted desde un principio, fui una gran tonta. Y lo siento. Lo siento mucho.
Rin lo miraba con sus grandes ojos fijos en él, buscando una respuesta. Pero no pasó ni un minuto hasta que el youkai se dio la vuelta, alejándose para adentrarse en el bosque.
―¡Espere! ―lo siguió, atónita―. Señor Sesshomaru, ¿no me responderá?
Él continuó caminando como si fuera incapaz de oírla. Rin sintió miedo, sabía muy bien lo que eso quería decir. Tuvo que apresurar el paso hasta casi convertirlo en un trote para mantenerse cerca de él, cuidando de no tropezarse con ninguna rama o raíz, ya que en esa parte del bosque la maleza era densa y alta. Aunque no parecía ser un problema para el hombre, que la esquivaba sin mayor esfuerzo.
―¡Por favor, espere! Sé que hice mal y me porté como una idiota. ¡Me arrepiento mucho de lo que dije! Usted tenía razón al decir que sólo sería una carga para los demás. Tenseiga puede protegerme sin hacer nada especial, prometo no serle de ninguna molestia. ¡Auch! ―como iba distraída tratando de verlo a la cara, no vio la raíz que se apareció en su camino. Tuvo suficiente suerte como para no caer, pero estuvo muy cerca de hacerlo. Aún con el empeine adolorido, levantó la vista del suelo y vio que el demonio le llevaba mucha ventaja―. ¡Señor Sesshomaru! ―salió corriendo tras él.
Pero casi chocó contra él cuando se detuvo abruptamente. Sesshomaru se había dado la vuelta en un movimiento rápido que la pilló desprevenida. Sus ojos dorados tenían la misma furia que el día en que regresó del inframundo. El corazón de Rin latió inquieto, preguntándose qué haría él a continuación.
―Ya tomaste tu decisión ―le espetó ásperamente―, morirás donde perteneces. Tú misma lo dijiste; no tiene sentido retrasar algo que de todas formas llegará. ¿Qué diferencia habrá si me acompañas o no? El resultado será el mismo, y lo sabes.
Un estremecimiento se apoderó de ella, quien lo veía con los ojos muy abiertos y sorprendidos. Era como si la acabaran de herir con un gran puñal justo en el centro del pecho. Fue incapaz de moverse por los tensos y horribles segundos en los que sólo se miraban el uno al otro. Y antes de que Sesshomaru volviera a darse la vuelta para marcharse, dejándola clavada en aquella porción del bosque, pudo ver las gruesas lágrimas que comenzaban a formarse en sus ojos castaños.
―Se equivoca ―le dijo ella, sobrecogida, cuando él había dado un par de pasos. Por alguna razón, el demonio dejó de moverse―. No pertenezco a este lugar. Lo dije porque estaba enojada, pero… no lo creo. Pensé que tendría que vivir aquí el resto de mis días, tuve que aceptarlo aunque no me gustara. Siempre esperé que regresara, siempre quise volver a viajar con usted, con el señor Jaken y con Ah-Un. Prometió que me dejaría elegir, ¿recuerda? ―formó una débil sonrisa que él no llegó a ver―. Esperé… y esperé un poco más. Hasta que creí que no tenía sentido ―le dijo, respirando hondamente para tratar de dejar de llorar―. Así que pensé que si me decía a mí misma que éste era mi hogar, lo sería. Aunque amo a todas las personas que viven aquí, y a pesar de que han hecho tantas cosas por mí… no es donde siento que pertenezco.
Se enjuagó bruscamente las lágrimas con la manga de su kimono, dando un pequeño paso hacia él. Sesshomaru pudo oír el crujir de las ramitas y hojas secas bajo sus temblorosos pies. Volteó lentamente para verla, sin ablandar ni un ápice su terrible expresión. En cambio, ella volvía a demostrar su desesperanza, justo como cuando lo miró mientras Kagome limpiaba sus heridas después del último asalto de los moradores. Ese hecho parecía ahora tan lejano que daba la impresión de que habían transcurrido varios meses.
―¿Por qué nunca regresó?
Los segundos pasaron sin que saliera una respuesta. Y ella, apenada, supo entonces que seguramente era algo que no quería oír. No se había olvidado de su promesa como había creído, sino que ya no quiso cumplirla. Tal vez era mejor si no lo escuchaba decirlo.
Pero a pesar de que volvía a sentirse muy decaída, como cuando era más joven y comprendió que la había abandonado, se obligó a apartar todos sus lúgubres pensamientos. No era el momento para dejarse llevar por sus sentimientos encontrados, tenía que seguir intentando hacer lo correcto.
―¿Podría volver a viajar con usted? ―preguntó, aunque ya sabía de antemano lo que contestaría. Bajó la cabeza, derrotada, incluso antes de oírlo.
―No.
De haberlo estado viendo, se habría percatado de que su semblante se había suavizado.
―Ya veo. ¿Se irá pronto, señor Sesshomaru?
―No.
―Entonces… ―lo detuvo, titubeante, antes de que reanudara la marcha una vez más. Se sentía muy mareada y moría por descansar un poco―, ¿puedo hacerle compañía mientras se quede por aquí?
Sesshomaru cerró los ojos por unos instantes. Quería decirle que no, quería simplemente alejarse de ahí sin volver a mirar atrás. Pero algo lo detenía. Algo que no sabía identificar y que le molestaba bastante. Tenseiga dio una ligera sacudida en su cinto, llamando su atención, como si intentara responderle a Rin.
―Como quieras ―respondió cortante. Y se fue, sin darle tiempo para que lo siguiera.
Pero ella no pretendía hacerlo de todos modos. Sólo se quedó viéndolo perderse entre los árboles con expresión ausente. Quiso decirle algo más, pero de nuevo se alzaba esa gran muralla que la mantenía a raya.
Se sentía tan estúpida… ¿por qué tuvo que negarse a seguir viajando con él? Si lo hubiera hecho desde un principio, todo sería más fácil. Sus amigos no tendrían que preocuparse tanto por ella, y ella en particular tendría menos personas a las que convencer de que estaba bien. Porque aún cuando deseaba fervientemente creer que había una solución para lo que le sucedía, una parte de sí se mantenía firme y realista. Era la misma manera de pensar que tenían todos, a pesar de que trataran de ocultarlo.
Ojalá, pensó, ojalá sí existiese algo que pudiera remediar todo. Daría lo que fuera. Estaba tan asustada… ¿qué pasaría a partir de entonces? Aquella pregunta, junto a muchas otras, la ayudaba a mantenerla en vela toda la noche, sin importar que los moradores no pudieran alcanzarla. Le aterraba pensar en lo que sería de ella cuando todo se fuera en picada.
Pero mientras tanto haría su mayor esfuerzo por seguir adelante. Aunque el futuro era muy incierto no se desmoronaría ni se rendiría. No le quedaba más opción que poner todas sus esperanzas en que todo estaría bien.
Viviría, al menos el tiempo que le restaba, dando lo mejor de sí.
Relajó los hombros con una exhalación, pasándose de nuevo la manga del kimono por la cara para borrar cualquier rastro de lágrimas. Pero no todo era tan malo, ¿verdad? Detuvo su andar ligero cuando se abría paso entre los matorrales para ir a la aldea, tratando de localizar al demonio de blanco en la espesura del bosque. Al menos él seguía ahí.
…
De nuevo los días seguían pasando, con el mismo ritmo pausado con el que el invierno le había cedido el lugar a la primavera. La aldea ya había reanudado por completo las actividades que la fría estación había puesto en espera, y era común ver a los hombres arando la tierra y a las mujeres en los campos de arroz desde muy temprano.
El grupo del hanyou estaba más o menos igual que siempre, contando con los frecuentes viajes que hacía con su amigo el monje para trabajar. Seguían angustiados por la situación de Rin, pero había algo raro ante lo cual no sabían cómo actuar.
Rin se veía un poco más calmada y animada, como si la primavera en sí la hiciera despertar de un largo y mal sueño. Sonreía con más frecuencia, se alimentaba mejor, cumplía con sus ocupaciones con mayor disposición e incluso, para sorpresa de todos, se esforzaba por dormir un poco más de lo acostumbrado.
No habían pasado más de dos meses desde el regreso de los hermanos del inframundo, y para ella era como si hubieran encontrado justo la respuesta que necesitaba. Kagome y Kaede estaban estupefactas, ya que sabían mejor que nadie el estado tan afligido y temeroso con el que Rin había estado viviendo los últimos años. Verla recuperarse poco a poco era desconcertante.
―Es porque Sesshomaru está aquí ―aseguró Miroku a su esposa y mejor amigo cuando vieron a Rin pasar en compañía de Jinenji, tarareando distraídamente mientras se dirigían a la parcela de plantas medicinales―. El que esté cerca le hace bien.
―¿Tú crees? ―preguntó escéptica Sango―. Sesshomaru ni siquiera se deja ver, y no parece estar muy contento por estar aquí.
―A veces Rin va con él ―comentó Inuyasha algo malhumorado. A él también le desagradaba la actitud de su hermano, pero debía admitir que agradecía su presencia. Ni ellos ni Rin habían tenido tanta paz desde hacía mucho tiempo.
―¿Crees que quiera llevársela? Como dijo que lo haría…
―No lo sé ―el híbrido se encogió de hombros―. Lo habría hecho antes, imagino. No sé qué pasa entre esos dos, pero…
―Sea lo que sea, está ayudando a Rin ―completó Miroku.
―La pregunta es si podrá ayudarla de la manera que lo necesita ―murmuró Sango. Los hombres no dijeron nada, sólo continuaron caminando en silencio. Inuyasha y Miroku habían regresado de un trabajo en una aldea cercana, y Sango tuvo la suerte de encontrarse con ellos justo en la entrada del pueblo, cerca de los campos de cultivo donde estaban Rin y Jinenji en ese momento―. Por cierto, ¿tienen alguna noticia de Kohaku?
―Según Myoga, él y Jaken estaban buscando a Totosai. Como el viejo desapareció hace poco para hacer no sé qué cosa, les cuesta localizarlo. Debe estar escapando de alguien a quien no le quiere hacer una espada, el muy cobarde ―Inuyasha roló los ojos, acomodando mejor sobre su hombro el barril de arroz que llevaba consigo.
―¿Habrán encontrado algo útil?
―Ya habrían regresado de ser así ―observó Miroku―. ¿Quieres que vayamos a buscarlo? ―le preguntó poco después, recordando lo mucho que se preocupaba Sango con las salidas de su hermano pequeño. Nunca olvidaría la enorme angustia de haberlo perdido por culpa de Naraku, así que ahora trataba de cuidarlo y estar lo más pendiente de él que le fuera posible.
Sango sonrió conmovida. Su marido siempre sabía interpretar hasta sus más pequeñas acciones.
―No, déjalo. Sabe cuidarse solo. Además, creo que no se perdonaría regresar con las manos vacías.
―Y Jaken tampoco ―apuntó Inuyasha con una mueca―. Ese enanito fastidioso será un inútil, pero no sabe rendirse. Debe ser por eso que Sesshomaru lo mantiene con él. O será que Jaken siempre sabe cómo encontrarlo y Sesshomaru no puede huir.
Sango y Miroku rieron entre dientes, imaginándose más posible la segunda opción.
Rin y Jinenji los vieron a lo lejos, ya entrando en el campo de cultivo. Rin contuvo una pequeña sonrisa, cosa de la que su amigo se alegró. Había extrañado verla sonreír, algo poco frecuente en los últimos tiempos. Pero su mueca cambió cuando la chica cerró los ojos repentinamente, llevándose una mano a la frente y se inclinó un poco hacia adelante.
―¿Estás bien? ―le preguntó preocupado, extendiendo un brazo hacia ella en caso de que se cayera.
―Sí, sólo es un pequeño dolor de cabeza, no te preocupes ―contestó tras recuperarse.
El hanyou, no muy convencido, se encogió de hombros y puso manos a la obra. Rin hurgaba entre las plantas a su lado despreocupadamente, sin percatarse de los rápidos vistazos que le lanzaba cada cierto tiempo.
―Ah, mira. Ya comenzaron a salir ―Jinenji señaló unas pequeñas bayas de color naranja en la planta que tenía enfrente.
―Eso fue rápido ―se sorprendió Rin―. Las plantamos hace poco.
―Son como la semilla de la Planta Milenaria. Crecen rápido si sabes cómo cuidarlas ―comentó Jinenji mientras metía algunas cuántas frutillas en un pañuelo y se lo pasaba a su amiga―. Mastícalas bien, ¿de acuerdo? El jugo es lo que necesitas, pero la piel es algo rasposa y difícil de tragar, así que no es necesario que lo hagas.
―Te dije que estoy bien, Jinenji ―protestó suavemente al recibir las diez frutillas en su palma y las examinaba sin mucho entusiasmo. Las había probado antes y tenían un sabor espantoso.
―De todas formas te hacen falta. No intentes engañarme, por favor ―pidió, evitando verla a la cara. Había querido sonar firme, pero le era imposible evitar su timidez―. Sé que sigues sintiéndote mal. Sólo quiero ayudarte.
Rin abrió la boca queriendo reprochar, pero la cerró poco después. Suspiró con derrota, fingiéndole toda su atención a las plantas que tenía adelante luego de guardar el pañuelo con las bayas en su obi.
―¿Se nota mucho?
―No tanto como antes. Pero si te encuentras mal, deberías decirlo.
―No quiero seguir preocupando a nadie ―murmuró más para sí. Después de todo, aún se encontraba débil, sin importar que estuviera alimentándose y durmiendo mejor. Ella sabía lo que significaba. Aunque los moradores no la atacaran (todavía los sentía cada vez que dormía, a pesar de que sus presencias eran más lejanas), su salud no mejoraba. Y no parecía que lo volvería a hacer. Por lo que no era necesario que los demás se enteraran de ese detalle, al menos no por el momento.
Jinenji no contestó y continuó con sus labores, buscando algo más de valor para expresarle abiertamente su inquietud. Ojalá pudiera ser tan franco como Kohaku, pensó, o tan inteligente con las palabras como lo era Kagome. Ella podía convencer a cualquier persona de hacer lo que sea con sólo unas palabras bien seleccionadas. Era un don que le encantaría tener.
Rin alzó la vista tras varios minutos de silencio. Le había parecido ver un destello blanco entre los árboles, arriba de la pendiente. Trató de ignorarlo al principio, pero al cabo de unos minutos no lo soportó más y se puso en pie.
―¿Sucede algo? ―preguntó calladamente Jinenji, siguiéndola con sus enormes ojos azules.
La chica volvió a mirar hacia ese punto en el que creyó ver algo, preguntándose si había sido su imaginación. Pero no lo creía así.
―¿Te importa si subo un momento? Creo que vi algo.
―¿A Sesshomaru?
Ella hizo una mueca entre sonrisa nerviosa y disculpa, asintiendo una vez con la cabeza. Era común que Rin se levantara de repente y fuera al bosque por unos cuántos minutos. No tenía idea de lo que hacía estando con ese demonio, pero fuera lo que fuera, la dejaba en un estado distraído por un par de horas. Jinenji se alegró de que Kohaku no estuviera ahí para verlo, le supondría un golpe bastante duro.
―Sube con cuidado. Recuerda que llovió anoche y puede estar resbaloso ―le advirtió quedamente, regresando a sus actividades. Rin le dedicó una sonrisa agradecida y se puso en marcha, bajo la disimulada mirada preocupada de su buen amigo.
Como Jinenji había predicho, la subida estaba resbalosa y enlodada, pero no le costó más que unos pocos traspiés y algo de barro y pasto en las sandalias llegar a la cima. Dio una honda bocanada para recuperar el aliento, aprovechando para echar un vistazo desde la altura. Cada vez le costaba un poco más hacer esfuerzo físico, un pequeño dolor se alojaba en su pecho y le dificultaba respirar con normalidad. Al igual que las piernas le temblaban un poco y se sentía ligeramente mareada. Afortunadamente, el imprevisto no solía durar casi nada y le era fácil no tomarle importancia cuando se iba.
Cuando giró hacia el bosque, se lo encontró al instante. Aunque algo oculto por las sombras de los árboles, su figura de perfil era claramente visible. Se había detenido y la observaba sin cambiar de postura. Rin fue hasta él, justo en el límite del bosque con el sendero, e hizo una inclinación rápida a modo de saludo.
―Buenos días, señor Sesshomaru ―le dijo muy amable.
El demonio sólo la observó unos segundos más antes de continuar su camino, y Rin no tardó en seguirlo sin salirse del sendero. Casi nunca hablaba con ella, sino que se limitaba a permitirle acompañarlo por un momento, escuchando lo que tenía que decirle sin dar muchas muestras de que le prestara atención. Aunque la mujer sabía que lo hacía.
―¿Ha sabido algo del señor Jaken? ―Rin se quedó esperando unos segundos y como no hubo respuesta, supo que tampoco él tenía noticias suyas―. Ojalá regrese pronto. Creo que Ah-Un lo echa de menos, se ve algo melancólico.
Sesshomaru lo dudaba. Tanto él como el dragón preferían que el pequeño demonio se mantuviera callado, así que no extrañaban realmente su presencia. Y con su ausencia, Ah-Un prefería quedarse en la aldea, cerca de Rin. Le encantaba dormir en la puerta de su cabaña y dar paseos con ella al anochecer, estando muy atento siempre a cualquier pequeña cosa que ella hiciera.
Si Ah-Un estaba melancólico, no tenía nada que ver con Jaken.
―Señor Sesshomaru ―lo llamó al cabo de uno o dos minutos de haber estado pensando una nueva idea―. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?
Él sólo la miró por el rabillo del ojo, sin molestarse en darle mayores señales de su atención.
Rin estaba muy tentada a sacar las bayas que le había dado Jinenji y ofrecérselas al youkai. Pero justo cuando llevaba la mano al obi se dio cuenta de que era una idea muy tonta. ¿Para qué podría necesitar algún medicamento el señor Sesshomaru? Seguramente no se había enfermado jamás, y encontraría aquel infantil gesto como algo poco menos que una burla.
Dio un prolongado suspiro de derrota y volvió a bajar la mano.
―Es que… quisiera hacer algo por usted. Sé que no está aquí porque quiere, y bueno… Me gustaría poder retribuirle de alguna forma ―admitió cabizbaja.
―No necesito nada ―le contestó él, haciendo que alzara la cara de nuevo. Seguía igual de enojado, pero aún así no se iba de la aldea. Sabía que era sólo por protegerla, y era por eso que sentía la necesidad de remunerárselo.
―Lo siento ―murmuró ella con una pequeña y triste sonrisa―. Es muy noble de su parte hacer esto por mí, nunca podré pagárselo ―se atrevió a decir con una pizca de ironía. Como si ella fuera capaz de hacer algo una mínima parte de importante para él de lo que el demonio estaba haciendo―. Pero si existe algo que necesite, por favor dígamelo. Lo que sea. Es lo menos que puedo hacer.
Rin no se dio cuenta de que Sesshomaru comprimía una pequeña mueca de disgusto. Él no quería absolutamente nada a cambio de lo que hacía. Porque a fin de cuentas, por más que odiara aceptarlo, no era suficiente. Nada de lo que estaba haciendo era suficiente.
Estuvieron en silencio por el transcurso de unos minutos más, y la chica notó que Sesshomaru había reducido levemente su paso para que pudiera seguirlo sin tener que trotar. Él no sabía exactamente por qué lo hacía, pero ya se había acostumbrado a mantener un ritmo más pausado cada vez que la sentía cerca, cosa que Rin agradecía silenciosamente.
―Vaya, creo que ya me he alejado bastante ―murmuró Rin al ver que los campos de cultivo quedaban atrás. Ya ni siquiera podía ver la gran figura de Jinenji a la distancia―. Será mejor que vuelva, le dije a Jinenji que no tardaría. Hasta luego, señor Sesshomaru ―hizo una reverencia superficial. El youkai también se había detenido, aunque no la miraba de frente. A ella eso le bastaba―. Que tenga un bonito día. ¡Y muchas gracias! ―se despidió sonriente.
―¿Por qué me agradeces? ―le preguntó, logrando que volteara extrañada. Cada vez que se marchaba, le daba las gracias. Todos los días sin falta. Suponía que era por brindarle la defensa de Tenseiga, pero la primera vez había sido más que suficiente.
Rin borró rápidamente la incredulidad de su pálido rostro y volvió a dedicarle una sonrisa vaga.
―¿Por qué no habría de hacerlo? ―se encogió de hombros―. Después de todo lo que hace, sería una falta de respeto. Además de por mantener a raya a esos… fantasmas o lo que sean ―se estremeció con desagrado, recordándolos―, por estar aquí. Lo eché mucho de menos, y me alegra poder verlo, aunque sea un poco. Es casi como en los viejos tiempos, ¿no le parece? Aunque se me hace raro no escuchar al señor Jaken quejándose ―soltó una risita callada, imaginándoselo recriminarla por siempre dejarlo afuera y no tomarlo en cuenta―. Así que muchas gracias, señor Sesshomaru. Pero… si no le gusta que lo repita tanto, puedo dejar de hacerlo. Me han dicho que hablo mucho, aunque yo no lo creo. Me parece que son los demás los que no hablan lo suficiente. ¿Le molesta que le agradezca? ¿Quiere que lo deje de hacer?
Sesshomaru sólo la contempló unos segundos más y volvió a la marcha, esta vez torciendo su camino para internarse en el bosque.
―Haz lo que quieras.
No pudo ver la sonrisa radiante de Rin ante su nueva despedida, ni como se iba andando tan contenta de regreso a la aldea.
Ella tenía razón. Aquello era casi como en los viejos tiempos. No había perdido su costumbre de hablar por los codos y seguirlo a todos lados, así que eso no había cambiado. Por un momento, un pequeño momento, Sesshomaru quiso realmente estar de vuelta en esos días en los que le daba caza a Naraku. Pero enseguida rectificó para sus adentros. Era mejor no tener ninguna información suya, más allá de esa en la que sabía que se encontraba bien.
No le gustaba la inquietud que sentía hacia Rin, ni esa molesta sensación de querer mantenerla a salvo. Una que iba creciendo cada vez más.
O tal vez, lo que odiaba no era eso. Sino saber que no podría conseguirlo.
…
―¡No puede ser…! ―explotó el exterminador por fin, rompiendo el mutismo que los rodeaba desde hacía minutos. No era nada fácil de asimilar lo que acababa de oír―. ¡Es que no puede ser posible! No podemos dejar que… ¿cómo podríamos…? ¿Cómo puedes decirnos que nos resignemos como si nada?
―Kohaku ―trató de explicar la pulga Myoga, incómoda. Estaba sentada sobre el hombro de Totosai, quien les había contado a Jaken y a Kohaku algo que definitivamente no querían oír. Toda la determinación que habían reunido al inicio de su viaje oscilaba peligrosamente para convertirse en desesperación―. Hemos buscado y hecho todo lo que está a nuestro alcance. Lo siento, pero así son las cosas.
―Totosai ―habló esta vez Jaken. Su piel verde estaba casi de un blanco nada saludable―, ¿no puedes hacer un arma que pueda vencer a esas cosas? ¿Alguna más fuerte que Tenseiga?
Myoga y Totosai intercambiaron miradas incómodas, pero Kohaku abrió los ojos con renovada esperanza.
―¡Sí, eso podría funcionar! Quizá lo que se necesita para combatir a los moradores es un arma que aún no se ha creado. Dinos lo que necesitas y lo buscaremos.
―Eso no funcionará, muchacho ―negó el herrero―. Pensé que te lo había dicho la madre de Sesshomaru. Aunque se logre desvanecer la esencia de los moradores, es imposible eliminarlos. No pueden morir, su energía regresa de donde salió completamente intacta. De ser posible, alguien ya lo habría hecho. ¿Crees que son los primeros que lo intentan? ―preguntó algo irritado. ¡Había hecho un gran esfuerzo reuniendo información para ellos, y aunque se los explicara mil veces, no lo asimilaban!―. Varios demonios han buscado la misma respuesta que ustedes, aunque ninguno por su misma razón. Todos querían asegurarse la inmortalidad, ¡la verdadera! No sólo vivir largo tiempo, sino ser incapaces de morir bajo cualquier circunstancia. Han probado armas y técnicas de gran poder, pero ninguno lo consiguió. Sé de demonios que bajaron al inframundo con el único propósito de reclamar el infierno, ¿saben? Muy pocos lograron regresar, y si lo hicieron sólo fue porque no se atrevieron a pelear y se arrepintieron en el último momento.
―¡¿Entonces, quieres que dejemos que se lleven a Rin como si nada?!
―No es lo que queremos ―lo corrigió Myoga―, créenos que no es así. Es sólo que a veces no hay salida. La muerte es algo inevitable para todos los seres vivos.
―No me importa la muerte ―resopló Kohaku―, me importa adónde se va el alma después. Nadie puede salir del infierno, ¿verdad? Ni siquiera los demonios, y allí sufren un destino terrible. No puede ser el de Rin, sencillamente no puede.
El exterminador apretó los puños y cerró los ojos con fuerza. Un increíble dolor se alojó en su pecho, y recordó muy vívidamente aquellos días oscuros en los que Naraku lo controlaba, aquella impresión de estar atrapado entre sensaciones horribles, como si un velo negro, pesado y venenoso lo cubriera de tristeza, remordimiento y dolor.
Rin no sólo era su amiga, era alguien a quien quería muchísimo, sin importar si lo correspondía o no. La respuesta que le había dado no tenía relevancia. Y no podía permitir que algo le sucediera, quería protegerla de alguna forma. ¡Y lo más triste era que ni siquiera podía intentarlo!
Jaken se quedó viendo al vacío, tratando de asimilar toda la información. Sentía una impotencia muy parecida a la de Kohaku, aunque hacia una dirección diferente. ¿Cómo el infierno podía ser el destino de una niña como Rin, que jamás le había hecho daño a nadie? Era una criatura inocente, pura. ¿Por qué tenía que pasarle esto? Si pudiera cambiar su lugar con el de ella, lo haría con mucho gusto.
Y su señor Sesshomaru… estaba más que seguro de que pensaba lo mismo.
―Tenseiga… ―murmuró, evocando la imagen de su amo al salir del Inframundo con Inuyasha. Su gesto había sido algo nuevo para él. Jamás lo vio de aquella manera, tan… derrotado― ¿de verdad no puede hacer nada?
―Tenseiga es un arma poderosa que se alimenta de energía. Pero no cualquier tipo de energía ―explicó Totosai, inclinando la cabeza―. No es como Colmillo de Acero que usa el youki de su maestro para activarse o la energía de sus enemigos para contraatacar, sino que se basa en algo diferente. En la compasión y las emociones del que pide sus poderes. Puede hacer grandes cosas siempre y cuando sea la verdadera intención de aquel que la usa.
―¿Eso no es suficiente? ―Jaken levantó la mirada del suelo, expectante.
―No sabría decírtelo. Sólo existe una espada como ésa, y los únicos que han podido usarla son Sesshomaru y su padre. No sé qué resultados podría tener con cada uno.
―Es muy difícil saberlo con el carácter del señor Sesshomaru ―agregó Myoga, cruzando sus cuatro brazos―. El Gran Señor dio instrucciones para que sólo fuera él quien pudiera usar a Tenseiga. Porque necesita aprender de ella algo que le hace falta. Así lo dijo, ¿verdad, Totosai?
―Sí, creo que fue algo así. Si al menos me hubiera permitido examinarla luego de perder el Meido Zangetsuha, podría tener idea de la envergadura de su poder… ―el herrero se rascó la calva cabeza, mirando al cielo nocturno. Había interceptado a Kohaku y a Jaken en el aire, y estaban conversando en un camino de tierra cerca de un bosque desde hacía más de una hora. Había estado hablando con otro fabricante de espadas demoniacas, un amigo suyo que lastimosamente tenía más éxito que él, aunque su calidad no fuera tan buena como todos sus clientes creían. Le preguntó si por casualidad conocía algo con lo que eliminar a los moradores. Aunque ya sabía de antemano su respuesta, tuvo que confirmar sus sospechas y llevárselas al par de compañeros de viaje. Nadie más conocía ni un arma ni método para combatir tales enemigos, los cazadores más eficaces y letales del otro mundo. Solo el Colmillo Sagrado podía hacerles frente, aunque no sabía hasta cuándo.
―Crees entonces… ―Kohaku avanzó, apretando los labios― que si el señor Sesshomaru de verdad lo quisiera, ¿podría salvar a Rin? ¿Crees que Tenseiga podría evitar que su alma caiga en poder de los moradores?
Totosai lo miró con sus inmensos ojos, meditando. A él también le gustaría mucho saber la respuesta a esas preguntas.
―No lo sé ―repitió. Su vaca de tres ojos que había estado echada en el camino durante la plática, se levantó y acercó a él, lista para ser montada―. Lo siento, chico, pero aunque fabriqué la espada, no sé todos sus secretos. Aunque si te digo la verdad ―se montó al lomo, con el gran martillo reposando entre sus brazos cruzados y bajando la mirada― me parece que ni siquiera Sesshomaru lo sabe. Lamento no ser de más ayuda.
―Si sabemos de algo más iremos a decírselos ―asintió apenada la pulga Myoga justo antes de que el animal emprendiera el vuelo hacia el cielo nocturno. Cuando ya el exterminador, el demonio sapo y la gata de dos colas fueron tragados por la altura y distancia, agregó preocupado―. ¿Crees que Sesshomaru podría hacerlo? Esa niña significa mucho para él.
―Es la lección que debe aprender ―repitió el anciano youkai, misterioso―. Los poderes de las espadas aumentan según sea el empeño de su maestro. En el caso de Inuyasha, roba energía para defenderse a sí mismo y a los suyos. En el caso de Sesshomaru… ―suspiró, meditabundo. Aquella espada era complicada de entender, y más aún teniendo semejante dueño―. Tenseiga podría ser muy poderosa, sólo si él supiera cómo pedirlo. Pero es demasiado orgulloso para darse cuenta de ello.
Aún en el lugar en el que los habían dejado, Jaken y Kohaku observaban ausentes el último trocito del cielo en el que el trío había desaparecido, como si ahí fuesen a encontrar las respuestas que necesitaban entre las distantes nubes.
Porque aunque habían comprendido muchas cosas, y ninguna de ellas servían como consuelo, había aún una duda que quedaba en el aire. Una cosa bastante incierta y preocupante.
¿Sesshomaru era el único que podía hacer algo?
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Si yo fuera Jaken o Kohaku, estaría dándome golpes en la cabeza contra la pared para ver si así se me ocurría algo. ¡Es que nadie tiene suerte! Por más que busquen, sólo se quedan en callejones sin salida. Aunque puede haber una pequeña luz después del túnel, una que aparentemente sólo los viejitos pueden ver. Pero, ¿será cierto eso que insinúan?
Este capi ha tenido un poco de todo, y vemos que las cosas están… quizás un poco mejor. ¿No querían un acercamiento entre Rin y Sesshomaru? Bueno, ahí está xD. Primero, ella le pide que lo deje acompañarlo de nuevo, pero él le dice que no porque es cierto, no habría realmente ninguna diferencia. Y por eso, como un nuevo gesto de amabilidad (bien disimulada), Sesshomaru le ha permitido acercársele poco a poco y dejarla estar con él, cosa que ha obrado maravillas en el carácter de Rin. Pero, lastimosamente, no en su salud. Y aunque ella ya lo sepa, sigue intentando dar lo mejor de sí.
Muchas gracias a M.J Hayden, Inuykag4ever, Ibeth (x2), Lizzy, Suzu, Sammy Blue, Dulce Locurilla, Faby Sama, Leiitakhr, Hikary-neko, Janet-Knul, Ryht, InuYashasama2, Marvivi, Cristina97 y Ephemerah por sus lindos reviews. Espero saber qué les pareció este capítulo también, y ojalá no se les haya hecho pesado o aburrido. Perdonen la falta de acción, el próximo capítulo será un poco mejor.
Es todo por hoy, nenas guapas. Nos veremos el próximo sábado. ¡Besos, abrazos, peluches y caramelos para todos!
