Capítulo 8.
Había pasado una semana desde el día en que Dianna y yo nos habíamos besado. Todo ese tiempo me mantuve encerrada entre las paredes de la casa siempre acompañada con Hemo; que me notaba extraña y en más de una oportunidad me preguntó si pasaba algo, e incluso si quería volver a Nueva York. Yo negaba con la cabeza aunque fuera consciente de que volver a mi ciudad, donde las cosas sucedían como debían suceder, era algo sensato y que no lo podía postergar por mucho más.
El timbre había sonado hasta tres días después del beso, y yo la detenía a Hemo para que no abriera. En esas ocasiones mi amiga me miraba con el ceño fruncido y trataba de observar a través del mirador de la puerta, pero por suerte nunca había visto a nadie.
En fin, estaba claro para ambas que yo había hecho algo de lo que me arrepentía, y que por supuesto, no podía ser nada bueno.
Dejé de pensar y mantuve mi mente entretenida mientras practicaba los ejercicios de respiración que me habían dado para hacer los médicos, puesto que hoy era el gran día. Me sentía como una mujer que iba a parir, y cerré la puerta de mi habitación para que Hemo no osara molestarme a la par que hacía pasar el aire a través de las cuerdas vocales sin sentir ningún esfuerzo o "raspón" como le decían los profesionales. Lo único que me mantenía con entereza era eso: saber que hoy, si las cosas salían bien, iba a volver a hablar. De a poco, y en murmullos, pero era mucho mejor que escribir en papeles para hacerme entender. Y en cuanto al canto... Mejor no pensar en ello.
Oí el sonido del timbre y los pasos de mi amiga subiendo las escaleras. Me estaba ajustando la bata de dormir cuando golpeó la puerta y le quité la llave para que pudiera pasar. Me miró sin entender nada.
-¿Por qué le echas llave a la puerta? Aquí no te va a pasar nada, Lea.
Con manos hábiles, me peinó en un segundo y maldijo el no haberse dado cuenta de que mi aspecto no iba a ser para nada ubicado en ropa de dormir. A mí no me importaba. Es más, esas cosas estaban dejando de importarme. ¿Para qué iba a preocuparme de cómo estuviera vestida, si ya nadie me perseguía por las calles intentando tomarme fotos? Y tampoco salía de casa, como dije antes, por lo que me daba igual qué era lo que tenía puesto.
Los otros pasos que resonaban eran los que esperaba con mayor ansia, ya que deseaba hablar de una buena vez. Todo el tiempo en silencio había sido un completo martirio.
La puerta se abrió y reconocí al instante a la persona que acababa de entrar. Alto y bello, Cory esbozó esa media sonrisa que tanto me gustaba, y se quedó quieto. Probablemente debería haber corrido a sus brazos, como imaginaba que iba a hacer cada día que creía verlo volver, pero no lo hice. Me levanté y lo miré a la distancia, sintiéndolo más lejano que nunca. Sólo había pasado un poco mas de una semana, y sentía que algo había cambiado entre nosotros. Ese algo impedía que me dieran cosquillas en el estómago al verlo y hacía que lo viera cual si se tratase de un extraño. Sin embargo, la que ya no era una conocida era yo.
Los médicos llegaron una hora después que Cory, momento que aprovechamos para darnos un beso de reencuentro, y ponernos al día de las cosas que habían ocurrido en Nueva York y en la isla. Para que no me notara distinta, no rechacé el contacto de sus labios sino que lo incentivé respondiéndole de forma apasionada, pero no sentí pasión en ningún instante. Cada vez que cerraba los ojos la veía a Dianna frente a mí, aferrada a mi cintura de esa forma que me hacía creer que yo era lo único que le importaba, lo único que podía mantenerla a flote. Y entonces me reprendí el haber intentado distanciarme de ella, haber querido olvidarla. Ahora Dianna formaba parte de mi vida, y era tan importante como respirar.
La operación con los médicos fue todo un éxito, citando sus propias palabras. Los ejercicios que me habían dado para hacer dieron resultado a la hora de emitir sonido. Estuve un rato largo para hablar, pero al final lo hice, y oír mi voz fue algo que hizo emocionar a Hemo y me produjo una sensación de vuelta a la realidad. Por supuesto, no hablaba igual que antes; tenía que hacerlo en susurros, pues todavía no podía obtener más de mis cuerdas vocales atrofiadas, y hablaba un tanto más ronco y grave en relación a mi voz normal.
Cuando los profesionales se retiraron de nuestra casa, caímos en la cuenta de que era la hora del almuerzo, y propusieron preparar unos sándwiches e ir a comerlos a la orilla del mar, pues hacía un día fabuloso. No obstante, era tal mi necesidad de ver a Dianna que les propuse, despacio:
-¿No quieren que vayamos a almorzar a algún bar? Conozco uno en el que sirven platos deliciosos.
Hemo me dedicó una sonrisa satisfecha, pero supuse que no se debía a mi voz, sino al hecho de que al fin quisiera salir de esas cuatro paredes en las que me mantenía encerrada desde hacía una semana exacta. Por supuesto, lo adjudicaba a la llegada de Cory, que estaba más cariñoso que nunca y parecía que quería recompensar el tiempo separados mediante palabras bonitas y abrazos fugaces.
-¿Dónde queda ese bar?-quiso saber él, mientras se cambiaba de ropa superior, mostrando su pecho desnudo. Nunca tuvo ningún músculo, y eso era algo que aún me encantaba.
No sabía si era buena idea llevar a mi novio al mismo sitio en que estuviera Dianna, pero de todas formas ya era tarde para cambiar de parecer, y con tal de verla aunque fuera un minuto me bastaba.
-Está cerca.-dijo Hemo, peinándose frente al espejo- Si vamos por la orilla llegaremos rápido.
Estuvimos de acuerdo en que era una buena idea y salimos luego de unos minutos. No dejé a mi amiga que decidiera cómo debía vestirme, ni peinarme, pero igual había vuelto a colocarme prendas formales y que me sentaban bien.
Caminamos a paso lento, relajado, pues próximos al mar era imposible no llevar su propio ritmo. El cielo se había nublado un tanto, pero seguía brillando el sol a lo alto, y varias personas se echaban a broncear sus pieles sobre reposeras y mantas. Cory entrelazó sus dedos con los míos, y aferrándome al recuerdo que guardaba de la primera vez que habíamos andado de la mano, sostuve la suya, decepcionada al no sentir nada. Me ponía mal mi actitud, no poder amarlo como antes. Cory era una muy buena persona y lo que menos se merecía era algo así.
Llegamos al bar rápido, tal como había dicho Hemo que iba a ser. Muchas personas se dedicaban a almorzar, riendo y hablando, y otras tantas lo hacían solas. En la barra reinaba la misma chica de la otra vez, la de los pechos inflados. Hice memoria y recordé que se llamaba Naya.
-Busquen una mesa que yo iré a pedir la comida- propuso Hemo, y mi novio se dispuso a sentarse en una. Dejé mi cartera de cuero sobre la silla que estaba a su lado.
-Voy al baño.- le avisé, y él me guiñó un ojo en señal de aprobación. Para ir al baño tenía que pasar por detrás de la barra, y me dirigí hacia allí reparando en que mi amiga y Naya se habían puesto a hablar y se reían a carcajadas. Me agradaba que hubieran hecho buenas migas, siempre y cuando Hemo hubiera pedido el almuerzo, pues me moría de hambre. En eso pensaba cuando Naya se dio a vuelta y me dijo:
-¡Lea! Me estaba preguntando si te habías vuelto a tus pagos, pues no volviste a los fogones.
Hemo, por supuesto, no entendía a lo que se refería, pero tampoco parecía muy concentrada en la conversación. Giré y me acerqué para poder responderle, considerando el nivel de escasa intensidad con el que hablaba.
-Sí, es cierto. Siento haber desaparecido.-me disculpé, y al oírme hablar sonrió de oreja a oreja. Era una chica bonita, pero ni por asomo se parecía a Dianna, que era la persona más hermosa que había visto nunca.-¿Cuándo es el próximo fogón?
Naya me respondió luego de gritar algo a uno de los cocineros a través de una ventana en la puerta que daba a la cocina.
-No lo sé, uno de estos días supongo.- se encogió de hombros y miró a mi amiga un instante.- Mañana vamos de campamento, ¿les gustaría venir? Lo hacemos una vez al año, y es una experiencia única.
-¡Claro!- se apuró a responder Hemo y me percaté de que se había ruborizado un poco. Sin embargo, el maquillaje que llevaba servía de camuflaje.- Tendríamos que consultarlo con Cory, pero ya puedes contar conmigo.
Fruncí el ceño de forma automática cuando oí el nombre de mi novio, y Naya hizo otro tanto. Pero antes de hablar, adoptó una expresión que demostraba que sabía quién era. Recordé que la vida de Lea Michele, gracias a la prensa, era algo más que público, y me pregunté si realmente Dianna la ignoraba.
-El novio de Lea, ¿cierto?
Asentí y comprendí que estaba metida en un embrollo inmenso. Naya me miró con una mirada extraña; pedí disculpas y corrí a encerrarme al baño.
