Bueno, otro capi más, se acerca el final, y tengo un AVISO que dar (resaltado, para los que no suelan leer las notas de autor, ;D) Estoy actualmente escribiendo el capitulo once, y queda ya muy poco para el final, pero he llegado a un punto más muerto que el Mar Muerto, y después del domingo que viene, no sé si podré actualizar el siguiente, así que ya desde ahora pido un poco de paciencia, ok?

Gracias a todos los que leáis mi fic...

Y, sin más, os dejo con la historia

isacullen-timeguardian


Miles' POV

Aquella noche también vino. Había venido todas las noches desde aquel día, pero aún así me alivió verla en mi cuarto.

- Pensabas que no vendría, ¿verdad? – inquirió –

- Sinceramente, sí.

- Tendré tiempo de llorar mañana.

Se acerco, y comprendí que perdía el tiempo intentando que hablara. Quizá después...

- Oye, Miles – murmuró, adormecida –

- Dime.

- Te vas a enfadar, pero creo que me voy a suicidar.

- ¡¿Qué?

- ¡Cállate, idiota! Nos pillarán.

- Era una broma, ¿verdad? – inquirí con aprensión –

- No, no lo era. No sé si puedo vivir sin ti.

- Claro que puedes. Además, no perderemos el contacto por completo. Llamaré todos los días si así lo quieres. Y, dentro de un tiempo, podrás venir tú también.

- Él no querrá.

- Vamos, es ilegal retener a un mayor de edad contra su voluntad.

- ¡Pero si para eso quedan cinco años!

- Franziska, nos volveremos a ver. Vendré por tu cumpleaños, y en Navidad, y en más ocasiones.

- Pero...

- No voy a aceptarlo. Si te suicidas, yo también lo haré. Es mi última palabra – torció el gesto y se le llenaron los ojos de lágrimas –

- No quiero que te vayas... No... No...

- Franziska, yo tampoco quiero irme. Quiero quedarme para siempre contigo. Pero no puedo.

- Miles, haz que pare. Haz que pare este suplicio. Por favor...

- No sé cómo. No puedo. No puedo, yo...

- Miles – se incorporó – Basta. No puedo hablar de esto.

- Hablemos de otra cosa – coincidí – Ah. Tengo algo para ti.

- ¿Qué es?

- Es algo que me recordó a ti en cuanto lo vi.

- No me lo vas a dar ahora, ¿verdad?

- ¿Te desilusionaré demasiado si te digo que es cierto?

- Supongo que sí. Me gustaría tener la oportunidad de agradecértelo como es debido.

- De acuerdo. Te lo enseño. Pero no te lo daré hasta mañana.

- ¡Eh! ¿Por qué?

- Para que no se den cuenta de que nos vimos de noche, ¿quizás?

- Ah, eh, cierto. Bueno, da lo mismo.

Me levanté y me vestí. Me acerqué al escritorio y saqué una cajita del cajón. Ella encendió mi lámpara y se acercó.

- Ten.

- Gracias, Miley.

Sonrió. Abrió la cajita tranquilamente, y sacó el dije. Frunció el ceño y lo giró entre los dedos.

- Wow, Miles – sonrió más ampliamente – Es un broche. ¿Cómo sabías que estaba buscando un broche así?

- ¿Lo estabas buscando?

- Sí. Mañana averiguarás por qué – me guiñó un ojo - ¡Es precioso!

- Me alegro de haber acertado.

- Vaya que lo has hecho. Es perfecto, el color, el tamaño...

Observé el pequeño triángulo dorado con una piedra de color turquesa dentro. Lo había elegido porque pegaba con su cabello y sus ojos, y porque, además, no pesaba demasiado. No tenía ni idea de que ella quería algo así. Sonreí, divertido.

- Vaya, no sé qué decir... Tú siempre me haces regalos tan bonitos... A mí me cuesta mucho encontrar el regalo perfecto para ti, Miles – murmuró –

- Pero, Franziska, ¡no tienes por qué regalarme nada! – sonreí dulcemente – El único regalo que necesito eres tú. Si estás a mi lado, es suficiente.

- ¡Con más razón! – frunció el ceño - ¿Qué puedo darte? ¿Qué puedo darte para compensar que yo no voy a estar a tu lado?

- Franziska...

- Dímelo, Miles. Pídeme lo que sea – insistió –

- Regálame un beso. Uno de verdad. Uno que me diga que me amas. Eso es lo único que te voy a pedir.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dijo nada. Tomó mi rostro entre sus manos y se acercó despacito. Mis ojos se cerraron de forma automática cuando ella presionó sus labios sobre los míos con dulzura. Me besó suavemente, lentamente, y casi pude sentir que me derretía y me convertía en uno con ella. No fue muy largo. Cuando nos separamos, me estremecí. Me esforcé por construir una frase coherente. Mi cerebro no quería colaborar hoy.

- Franziska...

- Te amo. Con todo lo que soy.

- Como yo a ti, mi vida. Como yo a ti.

Ella temblaba, y caí en la cuenta de que estaba llorando. Iba a decirle algo, pero unos golpes en la puerta nos hicieron congelarnos. ¡Eran la una de la mañana! ¿Quién...? Ella estaba blanca como la cera.

- ¿Miles? – llamó una voz –

- Ahh... – suspiró, y compartí su alivio. Sólo era Violet –

- Violet, yo... – Franziska se encogió de hombros – Pasa.

Ella entró, muy nerviosa.

- Miles, Franziska no está...

- La Srta. von Karma – corrigió ella misma. Violet se puso pálida y se llevó las manos al pecho –

- ¡Srta. von Karma! Tú... ¡Miles! – entonces, ambas se miraron a los ojos y Violet cerró la puerta. Se había echado a llorar – ¡Franziska! ¡Has... vuelto!

Franziska se soltó de mi abrazo y estrechó fuertemente a su amiga. Reían y lloraban a la vez. Violet me llamó con un gesto. Me acerqué y las abracé también. Franziska se rió.

- Miles, estás llorando.

- Ya lo sé – musité – No importa.

Sonrió y me besó suavemente un momento. Luego nos miró a Violet y a mí y un sollozo la hizo estremecerse. Se apartó.

- Ahora soy feliz – pudo decir – ¿Por qué ahora? ¿Por qué cuando ya tengo todo lo que necesito?

La abracé con fuerza, y Violet me dirigió una mirada significativa por encima de ella. Sonreí y articulé "sí" con los labios. Ella alzó las cejas. Un momento después, pareció calmarse, y nos miró a los dos, llorosa. Violet le puso una mano en el hombro, pero no dijo nada. Dudo que nada de lo que pudiésemos decirle entonces fuera a animarla.

- Franziska, deberías dormir algo. Y tú, Miles, también – dijo Violet suavemente – Mañana va a ser un día agotador.

- Sí, lo sé. Pero aún no. No quiero irme a dormir todavía. No quiero perder el tiempo en algo tan trivial como dormir.

- Si no duermes ahora, mañana será la pesadilla de tu vida, Franziska – insistió ella. Franziska se echó a reír de forma extraña, burlona –

- Será la pesadilla de mi vida de cualquier manera, así que da igual, ¿no crees?

- Franziska, debes hacer lo que dice Violet – intenté – Los momentos malos parecen peores cuando uno está cansado. Anda, ve a descansar un rato.

- Tendré pesadillas.

- No lo creo. Estás demasiado agotada como para eso. Vamos, ve. No me pienso ir sin despedirme de ti, lo juro.

- Pero...

- ¿Confías en mí?

- Sí, Miles. A ciegas – sonrió –

- Entonces ve a dormir. Mañana en la mañana seguiré ahí.

- De acuerdo. Toma. ¿Me lo darás en la mañana temprano?

- Sí. Al levantarnos – cogí el dije de su mano –

- Bien. Hasta mañana, Miley.

- Dulces sueños... Srta. von Karma.

Ella se echó a reír y me besó en los labios otra vez.

- Te amo – murmuré –

- Que sea para siempre – me susurró. Violet esperaba en la puerta –

- Será – prometí –

- Te amo.

La besé una vez más y ella se fue con Violet. Al poco, oí la puerta de su cuarto cerrarse con sigilo. Guardé el dije y apagué la luz. Me metí entre las mantas, aún impregnadas del olor de Franziska. Aquella noche di vueltas y más vueltas hasta conseguir sumirme en una especie de sueño extraño, brumoso, con pesadillas, mezcladas con recuerdos y otros sueños anteriores.


Y, hasta aquí su último día juntos!

Alguien más que yo quiere una caja de pañuelos?

;D

Nos leemos!

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