Primero que nada… esta historia NO me pertenece… es una adaptación de un libro llamado Marido y amante de Jacqueline Baird… hehehe… Y en segunda los personajes de Sailor Moon, tampoco me pertenecen… son de la grandiosa Naoko Takeuchi…


Capítulo 9

Serena se movió, vagamente consciente del calor de aquel compacto cuerpo masculino contra su espalda y la suave caricia de una mano en su pecho. Parpadeó y como en sueños notó el roce de unos labios en su nuca. Instintivamente se dio la vuelta y abrió los ojos. Los atléticos pectorales de Darien estaban sobre ella, y en su provocadora mirada se adivinaba una invitación… Sintió una súbita oleada de deseo, alimentada por los sucesos de la noche anterior. Darien la besó suavemente.

Como si estuviera programada para reaccionar al contacto de sus labios, inmediatamente se rindió a la deliciosa tentación de aquel beso.

—¿Qué demonios…? —soltó él. Ella se quejó ante la súbita retirada de su boca. Oyó una risa, abrió los ojos y vio a Alexander gateando por las piernas de Darien.

—Serena —el niño, sonriendo, alargó los brazos hacia ella y Serena se apresuró a darle un gran abrazo; sin embargo, Darien se incorporó y lo sujetó firmemente.

—Buenos días, Alexander —le saludó con frialdad, dándole un rápido beso en la mejilla—. Hombrecito, tú y yo tenemos que hablar. La primera regla de la casa es no irrumpir tan temprano en nuestra habitación. ¿Comprendido?

—¿Qué estás haciendo en la cama de mi Serena? —inquirió Alexander.

—Estamos casados, y las parejas casadas duermen en la misma cama.

—Entonces, ¿por qué no puedo venir al despertarme?

Serena echó una mirada a Darien y reprimió una sonrisa. Estaba tan encantador con su despeinado pelo negro cayéndole caprichosamente sobre la frente; tan espléndidamente masculino. Los amplios pectorales relucían bajo la luz de la mañana, y la colcha con la que se había apresurado a taparse no podía ocultar el comprometedor estado de su miembro. Aquella expresión, entre perpleja y frustrada, lo decía todo. Estaba a punto de descubrir que en el matrimonio el sexo no lo era todo. De repente tenía que hacer frente a la paternidad y no tenía ni idea de cómo hacerlo, pensó ella y esperó a escuchar la respuesta que le iba a dar al niño.

—Porque Serena es ahora mi mujer, y porque lo digo yo.

Qué patinazo. Ella observó con interés mientras los dos, con ojos casi idénticos, se miraban fijamente. Esperaba que Alexander manifestase ruidosamente su disgusto ante la privación de los primeros abrazos y mimos de la mañana. Pero para su sorpresa, el niño puso una mano en el pecho de Darien y volvió sus grandes ojos hacia ella.

—Mark dijo que ahora que están casados son mi mamá y mi papá. ¿Es cierto?

Esa vez fue Serena la que no sabía qué contestar. Pero Darien no tenía ese problema.

—Mark tiene razón —dijo—. Somos oficialmente tu madre y tu padre.

—Entonces, ¿puedo llamaros mamá y papá? —Serena se quedó estupefacta, y todo lo que pudo hacer fue observar cómo Darien sonreía y alborotaba el pelo del niño con dulzura.

—Claro, si quieres puedes llamarnos mamá y papá —dijo volviendo la cabeza hacia Serena y mirándola de una forma que ella no podía ignorar—. ¿Verdad, Serena?

Desvió su mirada de la de Darien. Miró a Alexander y vio en sus grandes ojos zafiros una mirada suplicante, y supo que había alcanzado un punto a partir del cual no había vuelta atrás. Se había casado para quedarse junto a Alexander y ser una madre para él, pero había pensado que alguien como Darien no querría un compromiso demasiado serio con el hijo de otro hombre; al fin y al cabo, era probable que algún día deseara tener un hijo propio.

La rápida aceptación de Darien a la petición del niño le había pillado por sorpresa. Ella había pensado que quizás en el futuro Alexander los aceptaría como padres. Pero aquello había sucedido tan deprisa que se sentía algo confusa. La madre biológica de Alexander había muerto hacía sólo dos meses, y aunque sabía que Mina habría querido lo mejor para su hijo, no podía dejar de sentirse culpable, ya que la muerte de su mejor amiga le había facilitado a Serena su más preciado deseo. La vida era injusta.

No sólo se sentía culpable porque Alexander la hubiera aceptado tan pronto como madre, sino también porque se le había pasado por la cabeza que Darien no había usado ninguna protección después de la primera vez que hicieron el amor. Si albergaba alguna esperanza de que ella le fuera a dar un hijo, se iba a llevar una gran decepción. Tendría que decírselo.

—Serena —oyó su nombre en boca de Darien y supo que ahora no era el momento. Y a menos que quisiera aparecer como una malvada bruja ante los ojos de Alexander, tenía que decir que sí. Además, ella sabía que en el fondo eso era lo que deseaba. Dio en silencio las gracias a Mina y accedió.

—Sí, cariño —tomó a Alexander y lo estrechó en sus brazos. Lágrimas de tristeza y alegría inundaron sus ojos—. El tío Darien y yo te queremos mucho, y nos haría muy felices que nos llamaras mamá y papá si eso es lo que quieres. Pero debes pensar en Mina con alegría, pues ella fue la madre que te dio la vida, ¿de acuerdo?

—Sí, muy bien… mamá —dijo con una amplia sonrisa antes de abrazarla.

—Venga, Alexander —Darien se levantó de la cama, se envolvió con una toalla y tomó al niño de los brazos de Serena—. Te ayudaré a vestirte, y así Serena podrá descansar un poco más, que lo necesita —dijo haciéndole un guiño—. Y lo que tú necesitas es una niñera.

—¿Qué es una niñera? —oyó Serena preguntar a Alexander mientras Darien lo cargaba a hombros y salía de la habitación.

Darien cerró la puerta y Serena ya no pudo escuchar la respuesta. Al mismo tiempo, se dio cuenta de que la puerta se había cerrado. Darien había establecido las reglas y Alexander los vio compartiendo cama. Así tenía que ser si no quería arriesgarse a defraudar al niño y para ser franca, ya no le parecía tan horrible. Había sido muy agradable despertarse en brazos de Darien.

Aquella noche en la cena estaba convencida de que había tomado la decisión acertada cuando Darien sugirió que debían adoptar legalmente a Alexander. Serena pensó que era una maravillosa idea. Dejaría de ser su tutora para convertirse en su madre de por vida. Aquella misma noche ya no pensó en resistirse cuando Darien la tomó en sus brazos.

En las semanas siguientes Serena fue conociendo mejor a Luna. Darien, en contra del parecer de aquélla, contrató a una joven llamada Amy como niñera de Alexander; según Darien, Serena, en calidad de esposa de un importante banquero, tendría compromisos sociales a los que atender y era injusto sobrecargar a Luna o a cualquier otro miembro del servicio con esa tarea. Por si eso fuera poco, había añadido con picardía que no le parecía bien que el niño acudiese a su cuarto a primera hora de la mañana.

En cambio, en lo que Serena sí insistió fue en llevar ella misma a Alexander a la escuela infantil, aunque en realidad no era necesario, ya que disponían de chófer. El momento culminante de la mañana tenía lugar cuando Lita y ella, después de dejar a los niños en la escuela, quedaban para charlar y tomar un café.

Normalmente tras recoger al niño, Alexander y ella almorzaban juntos y jugaban un rato. Luego Serena dedicaba una o dos horas a trabajar en el estudio. Algunas veces, lo dejaba al cuidado de la niñera y se quedaba más tiempo trabajando o iba de compras con Lita por las caras boutiques de Atenas.

En cuanto a su marido, ahora lo conocía un poco mejor y veía el futuro con moderado optimismo. Darien solía dar a la mayor parte de la gente la impresión de ser un hombre más bien serio, lo cual no era de extrañar dado el poco cariño que había recibido de niño. Ella no dudaba de que él se hubiera preocupado de su hermana, pero lo más probable era que la diferencia de edad entre ellos explicase los malentendidos que abundaron en su relación. En todo caso, cuando disponía del tiempo, Darien era fantástico con Alexander, y cuando los tres estaban juntos, normalmente los fines de semana, Serena casi podía creer que eran una auténtica familia.

Pero Darien no era en verdad un hombre fácil de conocer, salvo en el sentido bíblico del término. Siempre se rodeaba de cierta reserva o frialdad, y el estricto control con el que dirigía su vida, dividida en diferentes compartimentos, era desalentador. Los negocios eran su prioridad; siempre presto para viajar a Nueva York o Sidney durante algunos días, ya lo había hecho tres veces en el corto período que llevaban juntos. Serena intentó convencerse de que no la afectaba; estaba encantada de tener a Alexander para ella sola por un tiempo, pero no le quedaba más remedio que admitir que lo echaba de menos durante aquellas ausencias.

El último miércoles Darien regresó de forma inesperada. Se había marchado el lunes para Nueva York y ella no lo esperaba hasta el jueves como muy pronto.

Después de cenar, con Alexander ya en la cama y sintiéndose extrañamente inquieta, Serena había salido a tomar el aire a la terraza. En la Oscuridad apoyada en la balaustrada, su única compañía eran la luna y las estrellas.

—Nos encontramos a la luz de la luna, hermosa Serenaa —dijo una voz parafraseando a Shakespeare y dándole a Serena un susto de muerte. Al volver la cabeza vio a Darien.

—No deberías estar de regreso tan pronto —exclamó sorprendida—. No está bien que te tomes esas libertades con Shakespeare —bromeó. Darien le pasó la mano por el pelo y sonrió.

—Tienes razón, preferiría tomármelas contigo —deslizó el otro brazo por su cintura y la besó.

Cuando se tomaron un respiro, él la miró a los ojos y ella se sintió impotente para apartar la mirada, impotente para ocultar su propio deseo.

—Ay, Serena, mi dulce Serena, te echaba de menos —le dijo sonriendo con ternura, una sonrisa que sólo le había visto con Alexander. Ella, emocionada, era incapaz de hablar—. Y estoy seguro de que a ti te pasaba lo mismo la respuesta estaba en el fulgor que emanaban sus ojos celestes.

Aquella noche hicieron el amor con una ternura y una pasión que ella nunca había experimentado antes. Más tarde, cuando estaba acurrucada en sus brazos y con la cabeza apoyada sobre su pecho, el constante y rítmico latido del corazón de Darien era música para sus oídos. Por fin Serena aceptó lo que en el fondo ya sabía desde hacía mucho tiempo.

Amaba a Darien. Para él, el deseo y la pasión podrían no ser más que sexo, pero para ella siempre hubo algo más. Lo amaba con toda su alma.

Él no era aquel hombre duro y poco cariñoso que ella se había imaginado. Luna y todo el servicio lo adoraban, y Alexander le tenía auténtica veneración. La máscara austera y fría con la que se presentaba ante el mundo se desvaneció tan pronto como puso los ojos en Alexander. Era maravilloso con el niño, y últimamente tenia la sensación de que aquella actitud amable y cariñosa también se hacía extensible a ella. ¡Cuánto deseaba que así fuera! Ella juró que haría todo lo que estuviera en su mano para que el matrimonio fuera un éxito, con la esperanza de que en algún momento Darien la amase como ella lo amaba.

Meditando sobre aquella noche, Serena ahogó un suspiro mientras esperaba a Lita en una tienda. Su marido era un hombre difícil y complejo, y un adicto al trabajo, aunque para ser justos, antes de bajar al gimnasio del sótano, siempre la despertaba con un beso, y algunas veces con algo más. Él estaba en una forma física impresionante, y tenía que estarlo para soportar su agenda de trabajo. Cuando Serena bajaba a desayunar con Alexander, Darien solía estar a punto de marcharse o ya se había ido, y regresaba a la noche para pasar al menos una hora con Alexander antes de acostarse.

Cenar a solas con Darien ya no era la penosa experiencia del principio. Pero bajo la conversación informal siempre subyacía una tensión sexual que Serena ni podía ni quería negar. Siempre esperaba con ganas que llegase la hora de dormir con él, ya que en los brazos de Darien se sentía completamente viva y, gracias a él, cada vez más aventurera en materia sexual.

Serena había intentado convencerse de que la suya era una respuesta natural ante un despertar sexual tardío y que no tenía nada que ver con el amor, pero después de la noche de aquel último miércoles no podía seguir fingiendo. Lo amaba, no podía evitarlo. Darien era un amante imaginativo y maravilloso. Siempre generoso hasta el extremo, se concentraba en cómo hacerla gozar de mil formas diferentes antes de buscar su propia satisfacción.

Cuando le apetecía, para sorpresa de Serena, Darien era un conversador inteligente y agudo. También había descubierto que compartían gustos musicales y el mismo amor por la lectura, aunque él prefería las novelas de suspenso político y ella una buena novela policiaca.

Él era un auténtico fan de las ilustraciones de Serena y un gran admirador de su talento artístico.

Como era natural, sus conversaciones giraban a menudo en torno a Alexander y a los asuntos relativos a la vida social de la familia. Hasta aquel entonces habían almorzado todos los domingos con Lita y su familia y algunas veces salían a cenar las dos parejas sin los niños. También habían asistido a un par de cenas formales de trabajo, cosa que ya no le desagradaba tanto.

La fiesta que iba a celebrar al día siguiente por la noche era para presentar a Serena a los parientes lejanos y a la élite social de Atenas que no habían asistido a la boda. Debía tener lugar en un hotel de lujo de la ciudad, y Darien le había dado instrucciones estrictas para que aquella mañana se comprase un vestido nuevo, lo que Serena no se tomó demasiado bien.

Hacía semanas que ella había abandonado la costumbre de ponerse camisones de algodón. En su lugar, se prodigaba en el uso de ropa interior delicada. También tenía un gran vestuario de ropa de corte clásico. Serena no era aquella remilgada hogareña que Darien había creído. Siempre que Alexander se lo había permitido, había llevado una vida social activa participando en un grupo local de teatro y en un club de lectura. Cuando sus padres vivían, habían disfrutado de una ajetreada vida social en Suiza, y Serena había aprendido cómo comportarse en todos los ambientes. Siendo adolescente, su madre le había enseñado los rudimentos de estilo para una mujer de su estatura, y de hecho aún tenía algunos de los vestidos de su madre. Al principio los había guardado como recuerdo, pero ahora se los ponía. En honor a la verdad, Darien siempre tenía un cumplido para ella. Además, al regresar de su primer viaje de negocios tras la boda, la había llevado al banco y le había abierto una cuenta con una tarjeta de crédito de gasto ilimitado.

Ella se opuso, pero él le confesó, esa vez sin un ápice de cinismo, que odiaba ir de compras y que era pésimo para los regalos, pero que quería que ella y Alexander tuvieran todo lo que desearan. Luego la había obsequiado con un fabuloso anillo de esmeraldas y diamantes que había comprado en Nueva York al pasar por Van Cleef y Arpel. Serena valoró especialmente el detalle de que Darien, siendo adicto al trabajo y detestando ir de compras, hubiera hecho un hueco en su apretada agenda para escaparse a Van Cleef sólo por ella, lo que le daba esperanzas de que su relación pudiera convertirse en algo más que un matrimonio de conveniencia.

Serena dio a Alexander un beso de buenas noches y se marchó de la habitación. El niño le había dicho que parecía un sabroso pirulí morado. Se miró en el espejo de la suite principal y pensó que nadie podría decir que aquel traje era infantil. Nunca en su vida se había puesto nada tan provocativo.

El vestido de tirantes cubría su busto y le dejaba al descubierto la espalda hasta la cintura, ajustándose a sus caderas y muslos como una segunda piel. Esa vez llevaba las sandalias de tacón alto que tanto le gustaban. Y con la ayuda de Luna se recogió el pelo formando una cascada de rizos de modo que la hacían parecer más alta.

—Por Dios, no vas a salir vestida así —la voz de Darien la sacó de sus pensamientos.

Serena se quedó sin respiración al verlo tan atractivo vestido con un traje de etiqueta.

—¿No te gusta? —dijo con cara de decepción, y giró sobre sí misma—. Lita dijo que estaba hecho para mí —le sonrió provocativamente.

Darien se quedó boquiabierto. Cierta parte de su cuerpo saltó de alegría. Ver aquella espalda desnuda hasta el trasero era suficiente para que le temblaran las rodillas.

—Lita debería ver a un especialista —dijo sonriendo—. Ese vestido roza lo indecente pero estas absolutamente asombrosa —se acercó a ella y beso en la punta de la nariz.

—Gracias, amable señor —repuso con humor— pero Alexander opina que parezco un sabroso pirulí morado.

—Ese chico tiene muy buen gusto para ser tan crío, y coincido totalmente con él —dijo tirando de ella suavemente hacia él—. No me importaría comerte ahora mismo.

Ella lo miró con ojos chispeantes, Y él vio sus pupilas dilatadas. La tomó del cuello y ella cerró los parpados y entornó los labios en espera de la boca de Darien.

—Mejor no sigo o nunca saldremos de aquí —dijo poniéndola de cara al espejo—. ¿Qué te parece?

Serena notó una sensación de frío en la piel, y al ver su imagen reflejada en el espejo con aquel formidable collar de diamantes alrededor de su cuello no pudo disimular la sorpresa.

—Darien —pronunció su nombre en un susurro, abrumada por aquel obsequio—. ¿Compraste esto para mí? —él respondió con una sonrisa.

—Sí, hoy se cumplen seis semanas de nuestra boda. ¿Te gusta?

—Me encanta —dijo con total sinceridad, impresionada de que hubiese recordado cuántas semanas llevaban casados—. Es el regalo más fabuloso que me han hecho nunca. Gracias.

Serena tuvo que atajar una pequeña lágrima.

—Pero yo creía que tú nunca comprabas regalos.

—Tuve algo de ayuda —confesó con pesar, y la abrazó por detrás mientras se miraban abrazados al espejo—. Pedí a Lita que se asegurara de que comprabas un vestido para la ocasión y que me dijera con qué tipo de joya combinaría. Me dijo que diamantes, así que me lo puso fácil.

Luego Darien la soltó e introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta.

Compré los pendientes y la pulsera a juego —le abrochó la pulsera a la muñeca—. Espero que puedas ponerte los pendientes tú misma —dijo dejándoselos en la mano— porque si sigo tocándote no vamos a ir a ninguna parte.

Serena había sentido la presión de su erección, y en sus ojos brilló un destello de malicia.

—Por mí no hay inconveniente —ella se volvió y se abrazó a su cuello—. Preferiría quedarme aquí —se asió con más fuerza mientras lo miraba a los ojos—. Las fiestas no son lo mío. Se me dan mejor las distancias cortas —afirmó con una sensual sonrisa.

—No, brujilla, no me vas a engatusar. Pero espera a que regresemos y ya verás.

El inesperado regalo y la imponente presencia de Darien a su lado le dio a Serena la seguridad necesaria para saludar a los invitados a la entrada del gran salón de baile.

—Aquí de pie me siento como si perteneciera a la realeza. ¿Es necesario hacer esto? —preguntó.

—Ya nos falta poco —murmuró él, y entonces alguien lo llamó por su nombre—. Takis, me alegro de verte. No sabía si vendrías.

Serena miró de reojo a Darien y enseguida notó que a su marido no le hacía ninguna gracia ver a aquel hombre. Luego miró al desconocido. Era una persona de estatura media, delgado, con el pelo negro y bastante apuesto.

—No me perdería tu fiesta de bodas por nada del mundo. Estuve en la primera, ¿recuerdas?

Parecía griego, pero Serena notó que hablaba con acento estadounidense. Luego se dirigió a ella.

—¿Así que tú eres Serena? —dijo tomando su mano y llevándosela a los labios—. Es un placer conocerte, y una sorpresa. Nunca pensé que Darien tuviera tan buen criterio. Solían gustarle las modelos como palos, pero tú eres deliciosa, una perfecta muñequita.

Serena estaba aún intentando esclarecer si aquello era un insulto o un cumplido cuando el hombre se dirigió de nuevo a Darien.

—Una bella mujer y un hijo. Eres un canalla afortunado, primo.

—Gracias, Takis —dijo Darien sin perder las formas—. Sabía que te alegrarías por mí. Ahora, si nos perdonas es hora de atender a los invitados.

La tensión entre los dos hombres era palpable Serena, curiosa, echó un vistazo a su marido pero antes de que pudiera decir nada, Darien la exhortó a que se mezclara con los invitados.

—Espera un momento —se detuvo—. ¿De qué iba todo eso? ¿Por qué no le has dicho a ese hombre que Alexander no es tu hijo, sino el de Mina?

—No había necesidad. Ahora es nuestro hijo, ¿o, acaso una cara bonita te lo ha hecho olvidar? —la provocó con suavidad.

—No… —Serena negó con la cabeza—. Y no te hagas el celoso —se burló—. Pero me sorprende. Al fin y al cabo, es tú primo. Seguramente lo sabe.

—En realidad, estrictamente hablando, es el primo de mi primera mujer, y no me cabe duda de que lo sabe. Es de ese tipo de personas que se enteran de todo. Pero Alexander no es asunto suyo.

—Está bien —dijo Serena en voz baja.

No podía dejar de recordar que en las últimas semanas algunas personas la habían mirado de forma extraña, lo que había atribuido a una curiosidad natural. Ahora, sin embargo, ya no estaba tan segura.

—He notado una actitud algo rara en algunas personas, incluso en Lita el día de nuestra boda —lo miró desconcertada—. ¿No deberías aclarar lo de Alexander? No queremos que la gente llegue a conclusiones erróneas.

—Serena, cariño —dijo con sarcasmo levantando una ceja—, es de conocimiento público que tanto tú como yo hemos declarado que Alexander es el hijo de mi hermana. Pero la gente cree lo que quiere creer. Por lo que a mí respeta, me da absolutamente igual lo que otras personas piensen. El niño sabe la verdad, y eso es todo que importa.

—Sí, pero…

—¿De acuerdo, dan por sentado que tú eres su madre, y qué? En la vida, como en los negocios, a veces conviene dejar un pequeño margen de incertidumbre. Y si es tu reputación lo que te preocupa, olvídalo; en tanto que eres mi mujer, estás por encima de toda crítica. Y si la confusión ayuda al buen nombre de Mina, ¿qué mal hace? Alexander podría agradecérnoslo en el futuro.

Serena frunció el ceño. Lo que le decía Darien parecía razonable, pero era proteger el nombre de su hermana a expensas del de ella. Bueno, no exactamente, admitió. En realidad él no había mentido. Sólo había manipulado la situación, dejando que la gente creyera lo que quería creer. Más o menos lo mismo que él había hecho con ella cuando le había propuesto un matrimonio de conveniencia. Serena se preguntó qué otras verdades a medias habría.

No tardaría mucho en descubrirlo.

Serena echó un vistazo a la multitud. Ya no se sentía tan segura. Los camareros circulaban entre los invitados con bebidas y canapés, un quinteto tocaba música de baile y todo el mundo parecía estar disfrutando.

—Me encanta el collar —la voz de Lita atrajo la atención de Serena hacia Lita y Andrew—. Es perfecto, Darien —afirmó Lita, y sonrió a Serena—. Le di unas instrucciones tan detalladas que no podía fallar. Tienes que estarme agradecida por su elección —dijo en tono de guasa. Todos se rieron, incluyendo a Serena, aliviada por la oportuna interrupción de Lita. Darien tenía razón. No había de qué preocuparse. Después de todo, ¿qué importaba lo que algunos pensaran?

—¿No permitirás que Lita salga impune después de lo que te ha dicho? —Serena le lanzó a Darien una mirada burlona.

—Su marido es mi abogado. Créeme, si le digo algo a Lita me demandará —bromeó para regocijo de todos. Luego Andrew propuso un brindis.

—A la salud de dos buenos amigos, Serena y Darien que el vuestro sea un matrimonio duradero y feliz.

—Gracias —contestó Darien mirando a Serena. De repente se dio cuenta de que ya no le importaba que ella hubiera mantenido oculto a su sobrino, ni tampoco si sabía algo de la fortuna que iba a heredar. Se merecía ese dinero y mucho más. Dio las gracias a Dios y a Mina por haberla encontrado y por haber tenido el buen sentido de casarse con ella.

Ella le dedicó una brillante sonrisa. Él no podía explicar el efecto que Serena le producía, pero ya no le importaba, simplemente se limitaba a disfrutarlo. Le invadió una sensación de euforia. Lo más cerca que había estado de sentirse así era cuando cerraba un acuerdo especialmente ventajoso. Pero ni siquiera eso podía compararse con el placer que sentía en aquel instante, con Serena contemplándolo con ojos de enamorada a la vista de todos.

Darien nunca había sido un hombre dado a manifestaciones de afecto en público. Pero en ese momento, rodeado de todos sus amigos y conocidos, quiso decir unas palabras.

—Quiero expresar mi mayor gratitud a mi bella esposa, por ser lo bastante valiente como para tomar a un cínico como yo por marido —acto seguido la besó, deseando que llegara el momento de quedarse a solas con ella.


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