CAPÍTULO 9


La vida siguió su curso, pero para Kurt se convirtió en algo que debía ser tolerado más que disfrutado.

Carole ya pasaba varias horas al día fuera de la cama y Kurt encontraba mayores dificultades en evitar el encuentro con Blaine cuando éste hacía sus visitas profesionales.

Todavía persistía en su memoria el recuerdo de su vergonzoso encuentro, al día siguiente de la noche de San Valentín. Kurt esperó que Blaine se mostrara igual de ansioso por esquivarlo y el ojiazul le dijo sin darle tiempo de que hablara, que no quería volver a verlo. No podría soportar que Blaine llegara a darse cuenta de sus sentimientos y lo compadeciera por ello.

Por suerte, la agencia que alquilaba los trajes pudo reparar el chaleco y decidió que, si era sensato, apartaría de su mente los sucesos de aquella terrible noche.

El único problema era que, sin importar cuán firme fuera con sigo durante el día, por la noche, al dormir perdía por completo el control y soñaba una y otra vez con Blaine, y con frecuencia despertaba bañado en sudor y lágrimas.

Una mañana, el señor Hummel había comentado sobre la palidez y pérdida de peso de su hijo, diciendo que parecía que ahora que Carole estaba casi recuperada, era el turno del castaño de enfermar. Pronto Carole podría prescindir de su ayuda. Originalmente, Kurt pensó en quedarse en Lima y conseguir un empleo en Westerville o en algún otro lado, pero eso fue antes de saber que Blaine había vuelto.

Se daba cuenta de que su padre estaba inquieto y preocupado por su repentino cambio, pero aunque una o dos veces Carole intentó conducir la conversación hacia el tema de Blaine, Kurt se las ingenió para distraerla. Lo que sentía por él era demasiado doloroso para comentarlo con alguien. Jeff se había ido ya a Nueva York y a pesar de la insistencia del rubio de hablar con él, Kurt no se lo permitió. Solo escuchar el nombre de Nick lo ponía mal. Cada que le llamaba por teléfono, terminaban hablando de él. Kurt no entendía por qué la insistencia del rubio de hablarle de Nick.

— ¡Por Dios, Jeff! ¡Entiende que Nick está con Blaine y que yo no quiero saber de ellos!

— Es que si no me dejas hablar...

— No quiero escuchar nada...

Y Kurt terminaba colgando.

Simple y sencillamente había decidido eliminar de su disco duro todo pensamiento de Blaine.


...


Al día siguiente de la fiesta de San Valentin, Jeff intentó hablar con Kurt. Él debía saber que Blaine había rechazado a Nick, y que para ese chico, Blaine solo era un capricho. Kurt tenía que saber que Nick en el fondo era una persona agradable y que, si las cosas se daban, Jeff empezaría intentaría salir con Nick.

Pero Kurt no quiso escuchar así que desistio. Se despidió amistosamente de él.

— Kurt... Piensa bien las cosas. Tu puedes hacer que todo cambie a tu favor. No seas necio.

— Jeff... vamos a dejarlo, ya estoy cansado de todo este asunto.

— Bueno, no voy a insistir mas. Me voy... Sólo prométeme que intentarás estar bien, ¿vale?

— Si mamá Jeff... te lo prometo. —Le dijo el castaño con una sonrisa. —Vamos. Te acompaño a la estación de trenes.

...

Dos días después de haber regresado a Nueva York recibió una llamada.

— ¿Hola?

— Um... hola... ¿Jeff?

— Si. —El corazón del rubio se olvidó de latir por un instante.— ¿Nick?

— ¡Bingo! Sí. —sonrió.— ¿Cómo estas?

— Feliz de escucharte. —Jeff se recostó en el sofá. De pronto su día se iluminó al escuchar la voz de Nick.— ¿Y tú? ¿Qué tal están las cosas en Lima?

— No lo se... yo... regresé a Nueva York... —Jeff se levantó de un salto.

— ¿En serio? ¿Cómo...? ¿Cuando...? —Nick reía divertido.

— Sí. En tren. Ayer. —contestó el pelinegro. — Y bu-bueno... Yo... estaba pensando s-si te gustaría salir a dar una vuelta o a tomar un café.

A Jeff le parecía adorable el nerviosismo que era evidente en la voz de Nick.— ¡Claro que si! Te veo en la cafetería que está a dos cuadras de tu calle en 15 minutos.

— Perfecto... te veo ahí.

Y así había iniciado todo.

A partir de ese día, se dedicaron a conocerse, a salir y a divertirse. No quedaba nada del Nick arrogante que conoció en Lima. Jeff descubría cada día que de verdad era alguien increíble. Un hombre dulce, tierno, divertido, guapo, sexy, con una sonrisa de diez... y entonces poco a poco se fue enamorando de él. Y si su instinto no se equivocaba, sabía que a Nick le pasaba lo mismo. Ya no hablaban de Blaine, en absoluto. Solo hablaban de ellos, de sus gustos, de la película que habían visto, de la obra musical que tenían ganas de ir a ver... Sucedían roces accidentales que le alborotaban las hormonas. Había miradas que le hacían querer perderse en la profundidad de sus ojos cafés. Habían esos momentos de platicas interminables en las que Jeff se quedaba mirando los labios de Nick, olvidándose por completo de todo lo demás, para después ser reprendido por el pelinegro por no prestarle la atención adecuada... Si supieras que no pienso en nada mas que en ti... se decía Jeff.

Y también estaban esas ganas locas de sentir su cuerpo pegado al suyo, esas ganas locas de acariciar su piel, de besarlo todo. Y Nick se daba cuenta, porque era evidente. Jeff no podía ocultar todas esas nuevas emociones. Le encantaba la manera en que Nick se sonrojaba cuando le decía lo guapo que lucia y lo perfecta que era su sonrisa. Jeff estaba enamorado perdidamente de su sonrisa... y de sus ojos, y de su cabello, y de su piel, y de sus manos y de todo lo demás. Nick lo había atrapado y Jeff decidió que era el momento decírselo.

Lo citó en la misma cafetería de siempre. Horas antes de su cita, se dio un baño relajante, se puso loción en los lugares estratégicos. Simplemente, iba a tirar a matar. Esta sería su noche y eso lo llenaba de emoción. Optó por unos clásicos jeans de mezclilla azul oscuro y una camisa gris a rayas. Después de echar una rápida ojeada a su aspecto, salió de su apartamento.

Cuando llegó a la cafetería, Nick ya lo esperaba. Respiró profundo y fue a su encuentro. Cuando estuvo cerca de él, se inclinó para depositar un suave beso en su mejilla. Nick se ruborizó.

— Hey, Jeff. ¿Por qué la urgencia de vernos? ¿Todo bien? —Jeff había planeado todo un discurso en el que explicara todo lo que Nick significaba para él, pero al verlo ahí tan increíble como siempre, no pudo más que hacerlo.

Lo tomó de la mano hasta ponerlo de pie. Sin una palabra, lo tomó con delicadeza por la barbilla y lo besó en los labios con infinita ternura. Se sentía como si por fin hubiera llegado a su hogar. Este era el lugar al que pertenecía. Nick cerró los ojos y se entregó por completo a él, devolviéndole cada beso con una adoración que hizo que el calor creciera entre ellos. Cuando la falta de oxígeno se hizo patente, sus labios se separaron.

— Yo... Nick...

— Shhh... —Nick seguía con los ojos cerrados.— Esperé tanto este momento... —Le dijo el pelinegro en un susurro. Estaba ansioso de sentir sus labios otra vez. Abrió los ojos lentamente para encontrarse con la mirada profunda y llena de sentimientos de Jeff.

— ¿Por qué no me dijiste nada? —replicó el rubio acariciando suavemente su mejilla. Le encantaba sentir su piel.

— Porque... no lo se Jeff... tenía miedo. —Rozó su nariz contra la de él, para después depositar un breve beso en sus labios. Ninguno de los dos era consciente de la gente que los observaba. Sólo existían ellos dos.

— Estoy enamorado de ti, Nick.

— Y yo de ti, Jeff. —Sus labios se encontraron nuevamente. La gente aplaudió.

— Vamos a casa.

...

Jeff era completamente feliz ahora que estaba con Nick. Tenía que contarle a Kurt, así que le marcó.

— ¿Hummel? cómo estás?

— Bien, Jeff... Carole está casi recuperada.

—Me da gusto. ¡Oye! ¡Tengo algo muy importante qué contarte!

— ¿De qué se trata? —preguntó el castaño.

— Bueno... se trata de Nick...

— ¡Por Dios Jeff! ¡Entiende que Nick está con Blaine y que yo no quiero saber de ellos!. —Jeff se alejó el auricular para no escuchar los gritos histéricos de Kurt. ¡Dios! ¡Por qué tienes que ser tan necio!

— Es que si no me dejas hablar...

— No quiero escuchar nada...

— ¿Kurt?... ¿Kurt?... ¡KUUURRRTTTT!

Jeff decidió no insistir mas. Las cosas con su amigo se arreglarían tarde o temprano... Si tan solo le dejara explicarle que Nick ya no era una amenaza para él y que en realidad nunca lo había sido. Nick ahora era su novio. Y Blaine estaba claramente enamorado de Kurt. El mismo Blaine se lo había dicho a Nick, quien a su vez se lo contó a Jeff. Optó por un correo electrónico.

*Kurt:

Sólo espero que cuando te des cuenta de las cosas, no sea demasiado tarde. Nick volvió a Nueva York y ahora somos novios, pero lo más importante: BLAINE TE AMA!

Te quiero.*

Pulsó el boton "enviar", cerró su computadora y se dirigió a la sala de estar. Nick lo esperaba...


...


Thad estaba decidido. A pesar de la insistencia y del cambio tan increíble en la conducta de Sebastian, su decisión de separarse de él era irrevocable. Volvería a Nueva York.

Sebastian estaba de pie en medio de la habitación. En un principio pensó que solo jugaba, que solo estaba tratando de darle un escarmiento por sus constantes infidelidades. Pensó que en cuanto Thad se diera cuenta de su cambio de actitud, recapacitaría y desistiría de su idea de abandonarlo.

— ¿Thad? ¿qué estás haciendo?... — Thad iba de aquí para allá, abriendo y cerrando cajones, colocando cuidadosamente sus pertenencias en la maleta que estaba sobre la cama.

— Me parece que es muy claro...

— Pero... tu no puedes...

— ¿Qué? ¿...irme? —lo interrumpió el pelinegro.— Mírame... lo estoy haciendo.

— Pero... ¿es que ya no me amas? —Sebastian a paso decidido se acercó a él.

— No se trata de falta de amor... se trata de mi...

— Pero... Te prometí que iba a cambiar.— Lo envolvió en sus brazos. Thad se puso tenso, pero terminó por ceder ante el calor que desprendía el cuerpo de Sebastian. Claro que lo amaba. más que a nada. El ojiverde se inclinó y lo besó. Dulce. Tierno. Volcando en ese beso todas sus emociones. Thad se aferró al cuello de Sebastian, enredando los dedos en su cabello, dando pequeños tirones mientras Sebastian profundizaba el beso, puso sus manos en la cintura del pelinegro y lo atrajo más hacia él. Un leve jadeo escapó de los labios de Thad.

— No me beses... —dijo con voz entrecortada.— No me lo hagas más difícil...

— Te prometo que todo será diferente... —Sebastián lo volvió a abrazar, esta vez con más fuerza y desesperación.

— ¿Por cuanto tiempo? ¿Hasta que llegue alguien mas? ¿Algun otro chico que despierte tu apetito sexual?

— ¡No! ¡Mierda, Thad! ¡Para siempre, amor! ¡Por favor, no te vayas! — Ahora que estaba a punto de irse, se había dado cuenta de lo mucho que lo amaba.— ¡Por Dios, Thad! ¿qué tengo que hacer para que no te vayas?— Le acarició el rostro con manos temblorosas.— ¡Yo te amo!

— No se daña a quien se ama, Sebastian...— dijo Thad liberándose de sus brazos.— Lo siento... Mi decisión está tomada, y a pesar de lo mucho que yo te amo, es el momento de amarme mas a mi mismo. Quizás más adelante... No lo se.

Cerró su maleta. tomó el boleto de avión que estaba sobre la mesita de noche y se dirigió al vestíbulo. Sebastián lo siguió.

— Pero... ¿A dónde irás? ¿Cómo podré saber de ti? —Sebastian no cabía en su asombro. Esto era real y sucedía muy rápido. Thad lo estaba dejando. Sebastian estaba perdiendo al amor de su vida.

— Regreso a Nueva York. Mi vuelo sale en un par de horas...

— ¡Maldita sea, Thad! ¡Tu no me puedes dejar! ¡Tu no te puedes ir!

— Adiós, Sebastian. —Se encaminó hacia la puerta cuando escuchó la bocina del taxi, informando que ya estaba ahí. Se detuvo en el umbral, le dirigió una última mirada y con expresión triste, se dio la vuelta y salió para siempre de la vida de Sebastian.

...

Había pasado ya una hora desde que Thad se había ido y Sebastian seguía sin creerlo. Miro su reflejo en el espejo que estaba al final del pasillo. Esta vez lo había echado todo a perder y era definitivo. ¿Qué será de mi vida sin Thad?, pensaba el ojiverde. Tu te lo buscaste, tu y tus malditas infidelidades. Ahora, pórtate como un hombre y enfrenta tu realidad. Thad ya no va a estar.

— ¡Idiota, idiota, idiota, idiota!... ¡Eres un pedazo de mierda, Smythe! —Se gritaba a si mismo frente al espejo.

Fue al comedor por una copa de whisky, misma que se tomó de un solo trago, sintiendo como el líquido le quemaba la garganta. Necesitaba hablar con alguien. Después de servirse otra copa, se dirigió al teléfono y empezó a marcar...

— ¿Hola?

— ¿Kurt?, soy yo, Sebastian.

— ¿Qué demonios quieres, Smythe? Te dije que no quería saber nada...

— No me cuelgues... Por favor... —Su voz sonaba pastosa, extraña, Kurt lo percibió.

— ¿Estás bien?

— No. ¡Mierda Kurt! ¡No estoy bien!... ¡Thad se fue! ¡Maldita sea, me dejó!

— Lo se...

— ¿Qué? ¿Tú lo sabías? ¿Por qué? ¡Debiste decirmelo!

— No me correspondía a mi decírtelo, Bass... Lo siento mucho, de verdad...

— Kurt... yo-yo lo amo! Se lo he dicho pero parece que no fue suficiente... Y no me digas que me lo merezco, porque ya lo se! ¿Qué hago ahora?

— No lo se... darle su espacio, dejarlo libre, dejarlo vivir... Dios Sebastian, en estos momentos no soy tu mejor opción para aconsejarte...

— ¿Por qué?, ¿Qué pasa?

Sebastian escuchó atentamente. Supo por primera vez de Blaine y que indirectamente, el médico sentía unos celos enfermizos de él. Si Kurt no notaba esos celos, entonces debía estar ciego. Esos celos eran cosa completamente infundados, pues Kurt siempre se había mantenido firme en su decisión de no iniciar nada con él, porque estaba con Thad. Kurt siempre había sido un hombre de decisiones firmes. Nunca había conocido a nadie como Kurt.

— Pero... Mierda, Kurt ¿Ya le explicaste? ¿Ya le dijiste que entre tu y yo nunca ha habido ni habrá nada?

— No... no tiene caso.

— ¡No seas idiota, Hummel! ¡Tienes qué explicarle! Dime una cosa. ¿Lo amas?

— ¡Claro que lo amo! Pero él me ha dejado muy clara su opinión respecto a mi...

— ¡Porque tu no has hecho absolutamente nada por desmentirlo! ¿Kurt? Se que esto te parecerá extraño, sobre todo porque hasta hace un mes yo quería tenerte en mi cama, pero tienes que luchar por él.

— No tiene caso, Bass... él está ya con otro...

Después de una larga charla colgaron. Sebastian le hizo prometerle que lo visitaría en Los Ángeles. Como amigos. Sebastian ahora sabía perfectamente que solo eso podía existir entre ellos. Amistad. Porque él amaba a Thad, y porque Kurt amaba a Blaine.

Una idea cruzó por su cabeza. Descabellada, quizás. Pero sería una forma de redimirse con el castaño. Revisó su agenda y lo decidió.

...

Thad no podía creer que finalmente lo había hecho. A pesar del gran amor que sentía por Sebastian, se sentía liberado. Nuevo. Listo para vivir por él y no para otros. Regresaría a Nueva York, empezaría desde cero. Solo. Haría lo que tanto le gustaba: cantar y bailar. La casa de Brooklyn estaba a su nombre y su cuenta bancaria estaba bastante bien, así que no tendría de qué preocuparse por una temporada.

El vuelo transcurrió sin novedad alguna. Seis horas en un avión le habían alcanzado perfectamente para dormir. Fue a recoger su equipaje y después se dirigió al área de taxis. Cuando iba llegando a la fila, chocó accidentalmente con un hombre.

— Lo siento... —La voz de ese hombre lo hizo detenerse por completo y voltear a verlo.

— No hay problema. Iba distraido. — Thad estudió al hombre. La voz correspondía perfectamente su cuerpo. Era un hombre alto, delgado, cabello oscuro y alborotado, labios perfectamente definidos. Pero lo que más lo atraía de él, eran sus profundos ojos grises. Después de lo que pareció una eternidad, el hombre sonrió. No podía ir a ningún lado porque ambos estaban esperando su turno para tomar el taxi.

— ¿Tuviste buen viaje? —preguntó el desconocido.

— Este... yo... sí, gracias. —Hacía mucho tiempo que Thad no se encontraba en una situación como aquella. Con un hombre atractivo que estuviera interesado en saber de él. Se le había olvidado que existían hombres interesantes. Esos pensamientos lo hicieron sonreír.

— Me alegro... Soy Dominic.— Le dijo extendiendo una mano. Thad hizo lo propio. —Thad.

— Mucho gusto, Thad. ¿Tu primera vez en NY?

— No... de hecho, viví aquí toda mi vida, después me mudé a LA —La mirada de Dominic era muy fuerte y Thad se sentía desnudio ante ella.

— Ya veo... ¿Negocios?

— No... las cosas en LA no funcionaron para mi... asi que decidí regresar. —Era el turno de Thad para abordar el taxi. —Me tengo que ir.

— Hasta pronto, Thad. —Subió al taxi y antes de cerrar la puerta, le dijo: —Voy para Brooklyn... Si te viene bien, podemos compartir el taxi. ¿En serio lo dijiste, Thad?

— Claro, ¿por qué no? —Respondió Dominic subiendo al taxi.

Las cosas en Nueva York definitivamente irían excelentes.


...


Blaine estaba echo un lío. Después de la fiesta de San Valentín todo se había vuelto aún más confuso. Kurt con Jeff. Nick coqueteando con el rubio. Kurt dedicándole miradas que no sabía cómo clasificar. Kurt bailando con el rubio. Nick intentando llevárselo a la cama. Kurt bailando con el rubio... y luego Blaine y Kurt haciendo el amor. No había podido dejar de pensar en esos increíbles momentos que había pasado con el castaño. La manera en que su cuerpo había reaccionado ante su toque, la manera en que Kurt gemía cuando Blaine lo besaba. La manera tan sublime en que se el ojiazul se había entregado a él.

Por primera vez...

Sin duda eso había sido un choque de emociones. Kurt se había entregado a él por primera vez. Nunca nadie lo había tocado. Nunca nadie le había hecho el amor. Blaine había sido el primer hombre en la vida de Kurt y eso lo confundía porque aún existian esas dudas que no sabía cómo disipar. Esas dudas que no lo dejaban dormir.

Kurt nunca había hecho el amor con nadie hasta el día de San Valentin, pero tenía una relación con Sebastian... ¿o no?

Tenía deseos de hablar con Kurt de todo eso, pero a la vez sentía miedo... Miedo de lo que el castaño le fuera a decir, porque Kurt había sido sumamente claro ese día después de hacerlo suyo... Yo no debí permitir que me hicieras el amor; puedes atribuirlo a mi frustración por amar a alguien que no me ama de vuelta. Estaba claro que Kurt lo había usado... ¡Vamos, él se lo había dicho! Nos usamos uno al otro, ¿o no? ¿Entonces por qué las cosas no le cuadraban?

Estaba en medio de esa conversación con sigo mismo cuando tocaron a la puerta. No tenía deseos de saber nada de nadie. Lo único que quería era que alguien le sacara la mierda del cerebro para poder pensar con claridad.

A regañadientes se dirigió a la puerta, dispuesto a echar al que se había atrevido a llegar en medio de su creciente mal humor. Después de respirar profundamente tres veces y de repetirse a sí mismo que debía mantener la calma, abrió la puerta.

—Si.

— Buenas tardes... Estoy buscando al Dr. Blaine Anderson.

— Soy yo. —Respondió el médico.— En este momento no estoy dando consulta.

— No vengo a consulta, gracias. —replicó el visitante.— Mi nombre es Sebastian Smythe y vengo a hablar contigo. —dijo con firmeza el músico.— de Kurt Hummel.

— Qué demon...

— ¿Me permites pasar?

— ¿Y a ti quién te dice que yo quiero hablar contigo? Ni siquiera te conozco. Así que regresa por donde veniste. Creo que la casa de los Hummel está en dirección opuesta.

— Sí eres guapo. —lo miró de pies a cabeza.— Kurt tiene muy buen gusto, después de todo.

— No se de qué estás hablando. Ahora, si me disculpas, estoy ocupado. —Blaine hizo el intento de cerrar la puerta, pero el ojiverde no se lo permitió.

— Me vas a escuchar, Blaine. Hay muchas cosas que tienes qué saber.

— ¿Qué cosas? ¿Qué dejaste a tu prometido por estar en una relación con Kurt? —Blaine le dedicó una feroz mirada. —No se que hiciste con él... No se en qué momento él accedió a ser tu...

— Haber. Detente. —Sebastian cerró los ojos en un intento por no explotar.— Estás equivocado si piensas que...

— ¡Tu y Kurt pueden irse a la mierda! No me interesa...

— ¡Basta! —Se acercó al medico con actitud desafiante, abriéndose paso en el pequeño espacio que quedaba libre en la puerta. Blaine tenía bloqueada la entrada.— No voy a tolerar que me insultes ni que sigas tratando a Kurt como un cualquiera.

Sebastian era un cínico, pensaba Blaine. El ojiverde paseaba por la sala de estar.

— ¡Vaya! Me encanta tu hospitalidad, Blaine. Supongo que puedo sentarme.— Sebastian tomó asiento en el cómodo sillón junto al ventanal. —Tú deberías hacer lo mismo. Con confianza. Estás en tu casa. —Lo miró lleno de diversión.

— ¡Lárgate! —La actitud de Sebastian lo estaba sacando de sus casillas.— ¡No se a que demonios vienes a mi casa!

—Ya te lo dije. Vine a hablar contigo.

— Pero yo no...

— Sí, sí, hombre. Ya escuché... pero aunque no quieras, vas a oírme. —Sonrió.

¿De qué demonios se reía?

— ¡Ya! ¡Llegué a mi límite de tolerancia! Si te crees que tienes el derecho de venir a mi casa y comportarte como un payaso, lamento decirte que estás equivocado. —Blaine se acercó al ojiverde, lo sujetó firmemente de su brazo obligándolo a ponerse de píe y arrastrándolo a la salida.

Sebastian se liberó del agarre de Blaine y se encaminó por sí solo hacia la puerta. Tener una plática tranquila con Blaine iba a ser prácticamente imposible. Pero no podía irse sin que él supiera la verdad. Una vez que estuvo en la puerta, se volvió para mirar a Blaine.

— Te lo voy a decir una sola vez. Estas completamente equivocado con respecto a Kurt. Entre Kurt y yo nunca hubo nada. Kurt siempre se negó a ser mi amante. Él nunca ha tenido ningún amante. Ni yo, ni Jeff, ni nadie.

— No quiero... —Sebastián hizo un ademán con su mano, indicándole que se callara.

— ¡Propuestas tuvo muchísimas! A un hombre tan atractivo como él le llueven pretendientes pero él siempre se negó a ceder. Sí. Yo le insistí muchísimo, y siempre recibí las mismas respuesta: "No Sebastian, Thad es mi amigo. No Sebastian, vas a perder a Thad. No Sebastian, no estoy interesado en ti..." No te voy a negar que hice mil intentos y Kurt siempre se mantuvo firme. Lo besé en dos ocasiones y él me rechazó.

—¿Qué...?

— El abrigo de piel fue un regalo que Thad, mi ex novio, escogió para él. Fué el quien decidió qué regalarle, no yo. Fue Thad quien llevó a Kurt a la agencia teatral a escoger el traje para la gala de San Valentin... Para Kurt siempre ha sido muy importante la amistad y su propia integridad. ¿Cómo puedes siquiera pensar que Kurt sería capaz de enredarse con alguien comprometido? Se supone que lo conoces desde niño, ¿no? Tú no te mereces un hombre como él.

— No puede ser... —Blaine no daba crédito. Todo este tiempo se había dedicado a insultarlo, a ofenderlo, a lastimarlo.— Pero ¿y el beso que se dieron en la estación de trenes?

— ¿El beso que se dieron? ¿o querrás decir el beso que yo le di y que él rechazó?

— ¿Pero por qué no me lo dijo?

— ¿Le diste la oportunidad? No, ¿verdad? Te limitaste a insultarlo y a tratarlo como una zorra. ¿Cómo pudiste, Blaine? ¿Cómo pudiste insultarlo hasta el cansancio? si sólo basta mirarlo una sola vez para darte cuenta de la clase de hombre que es.

Blaine había echado todo a perder. Intentó replicar, abrió la boca para decir algo, pero no había nada qué decir.

— Kurt es la persona más recta y más orgullosa que conozco y si él nunca ha sido capaz de tener sexo con nadie, es porque debe estar reservando ese momento tan especial para hacerlo con quien verdaderamente ama. Desconozco si esa persona puedes ser tu.

Se hizo un tenso silencio. Blaine se sentía el peor de los hombres. Todo este tiempo Kurt había tenido que aguantar su insultos cuando la realidad era completamente distinta.

— Y bueno... Ahora ya lo sabes. Lo demás es trabajo tuyo.— Sebastian hizo el intento de irse, pero se detuvo.— ¿Me permites darte un consejo? —Blaine asintió.— ¡No seas idiota! Si lo amas -que a juzgar por tu expresión yo creo que así es- no lo pierdas. Yo perdí a Thad y no sabes cuánto me duele.

— Gracias, Sebastian.

—Adiós Blaine. —Sebastian cerró la puerta detrás de él.

Blaine se recargó en la puerta y lentamente se dejó caer hasta el suelo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Se jaló fuertemente el cabello y se llevó el rostro a las manos.

¿Por qué había sido tan estúpido? Trataba de analizar todos sus encuentros con Kurt, dándose cuenta de que en ningún momento le había permitido decir o explicar algo. Se había dedicado a insultar al castaño en cada mínima oportunidad que había tenido. Si hubiera actuado diferente... Tenía que hablar con Kurt. Ofrecerle una disculpa por su actitud.

—Tengo que decirle que yo... pero ¿y si no quiere escucharme?

Tenía que hacer al menos el intento...

...

— Blaine preguntó ayer por ti — comentó Carole, observándolo mientras permanecía inmóvil ante la ventana de la sala, contemplando con expresión distante al exterior.— Kurt, hijo, ¿no quieres decirme qué pasa contigo? ¿Puedo ayudarte? —preguntó la señora Hummel, afligida, cuando el joven no respondió a su primer comentario.— No debes seguir así. Has perdido peso... te has vuelto reservado y melancólico. Blaine tampoco se encuentra muy bien que digamos. Si han reñido, quizá podrían hablar y...

—No se trata de una simple riña, Carole —repuso el castaño con tono sombrío sin volverse. La simple mención del nombre de Blaine, era suficiente para llevar a sus ojos las ridículas lágrimas que vertía casi cada noche, cuando estaba a solas en su cuarto.

—Tu padre me dijo que Nick regresó a Nueva York.

La sensación que lo embargó, una mezcla de esperanza y de inquietud, le advirtió lo vulnerable que era. Se dijo que la partida de Nick nada significaba y que, en todo caso, aun si la relación del médico con ese chico había terminado, de cualquier manera no había esperanza alguna de que Blaine experimentara por él lo que Kurt sentía: amor.

Por los comentarios de Blaine respecto a que no podía darle a Nick lo que él quería, pudo percatarse del poco interés que el médico tenía en establecer un compromiso permanente, y Kurt lo amaba demasiado para convertirse en su amante en una aventura sexual superficial.

— Hablando de Nick, escuché que está feliz en...

— Por favor... No quiero saber nada de Nick... Quiero que me entiendan todos... ¡Quiero poder olvidar! —por alguna razón, saber de la dicha de otros sólo acrecentaba su propia desolación... Carole cambió de tema.

— Tu padre y yo tenemos una cita para visitar a los Motta mañana. No los hemos visto desde antes de Navidad.

Los señores Motta eran amigos de los Hummel de mucho tiempo atrás y vivían en Dayton. Habían pasado la Navidad y el Año Nuevo con la hija de ellos en Westerville, pero regresaron recientemente y parecía que Blaine había decidido que la señora Hummel ya se encontraba en condiciones de hacer el viaje.

—Estoy segura de que estarían encantados de que nos acompañaras. Kurt movió la cabeza.

—No, gracias, Carole. No me siento muy sociable por el momento. En realidad, ahora que te estás recuperando, creo que debo empezar a buscar un empleo. Tendré que empezar a revisar las ofertas en Nueva York.

— ¿Regresarás a Nueva York? —Kurt asintió.— Pero Kurt, tu padre y yo habíamos deseado que...

— No hay nada que me detenga en Lima, Carole. Prefiero regresar a la seguridad de mi apartamento en Nueva York.

— Oh, bien. Es tu vida, hijo y te apoyamos en todo.

— Lo se, Carole. Y te lo agradezco. —le dio un cálido abrazo a la esposa de su padre.

Mañana mismo empezaría a organizar su viaje de vuelta a Nueva York...