¡Hola!
Gracias a damcastillo, Escristora, Miss Lefroy y Malevola por sus reviews.
IX
Lucretia no conocía a la tal Constantine, pero a Ignatius sí le afecta la noticia que trae su hermano. Los Prewett se van rápidamente de la fiesta, disculpándose por no poder quedarse y con la tristeza pintada en el rostro de cada uno. Mientras su padre y el señor Prewett se despiden intercambiando palabras vacías y protocolarias, ella se fija en Ignatius, que tiene la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. Su hermano, que tiene complexión de oso enorme y amenazante, le dice algo en voz baja con la mano en su hombro. Si intenta animarlo o sólo está hablándole de detalles de la muerte de su prima, Lucretia lo ignora.
La joven sube a acostarse poco después, y en sus sueños recuerda a la joven rubia a la que vio cogida del brazo de Ignatius, la mujer de la que estaba celosa. Constantine muere de diferentes formas en su cabeza, y al final Lucretia la observa alejarse cogida del brazo de un desconocido.
Despierta bruscamente, asustada sin saber por qué, y mira alrededor. Aún está oscuro, y los dientes le castañean. Lucretia se tapa hasta la barbilla, pero sigue teniendo frío. De modo que manda al elfo a buscar a su madre, que rápidamente decreta que tiene fiebre y se queda con ella durante el resto de la noche.
Eso no ayuda a que cuando amanece Lucretia se sienta mejor; pese a que escucha decir a Melania Black que está ardiendo, ella cada vez tiene más frío. Dormiría, pero su estómago ha decidido poner su granito de arena en la tarea de hacerla sentir fatal y tiene unas terribles ganas de vomitar.
—Lucretia—cerca del mediodía, su madre la deja sola durante unos minutos, momento que Orion aprovecha para colarse en el cuarto de su hermana. La joven alza la mirada y se encuentra con los ojos grises –de un gris que en nada se asemeja al de los iris de Ignatius, uno que se acerca más al azul– de su hermano.
—¿Qué?
—Tu novio ha venido.
Lucretia frunce el ceño.
—¿Qué novio?—Orion pone los ojos en blanco y la joven comprende que no le va a servir disimular—. ¿Para qué está aquí?
—¿Se puede?—inquiere otra voz desde fuera del dormitorio. Con una sonrisa burlona, Orion sale de la habitación, y apenas unos segundos después entra Ignatius Prewett.
Lucretia no se ha mirado a un espejo para saber qué aspecto tiene, pero desde luego no puede ser peor que el de Ignatius. El joven tiene unas tremendas ojeras y la expresión tan cansada que da la impresión de que va a quedarse dormido en cualquier momento. No obstante, y a pesar de la tristeza que hay escrita en cada rasgo de su cara, se sienta en la cama y sonríe.
—Hola—lo saluda Lucretia. Se aventura a incorporarse, y cuando Ignatius la abraza, cálido como un día de verano, se siente un poco mejor—. ¿Qué haces aquí?
—Venía a ver cómo estabas—Ignatius suspira—. Esta tarde es el funeral—comenta.
—Lo siento—murmura Lucretia. Ignatius sacude la cabeza.
—Friedrich…—empieza él—. El marido de Constantine estaba intentando ayudar a derrocar a Grindewald. Ya sabes que el continente es un caos por él—lo cierto es que a Lucretia nunca le ha interesado en exceso saber qué ocurre fuera de su cómoda burbuja, pero presta atención a Ignatius—. Lo mataron por eso. Y Constantine murió simplemente por estar relacionada con él—explica.
Lucretia se muerde el labio. No puede evitar recordar lo que Ignatius le dijo en verano: que planeaba ayudar a plantar cara a Grindewald. Probablemente haya cambiado de idea… ¿verdad?
—Aquí no nos afecta—murmura.
Ignatius la mira.
—Si las cosas siguen así, nos afectará. Además, los muggles tienen su propia guerra.
Lucretia arquea las cejas.
—¿Y qué? Son muggles—en su cabeza, es imposible que esos seres puedan representar una amenaza para los magos.
Ignatius le acaricia el pelo.
—Estás ardiendo—murmura, casi para sí. Luego sacude la cabeza—. Lucretia, antes los muggles se peleaban con espadas. Ahora tienen bombas, armas de fuego…—explica con paciencia—. Aunque te guste ignorarlos, existen; y también pueden hacer daño a los nuestros.
Lucretia tiene la cabeza demasiado embotada como para sentir curiosidad por las armas de fuego de los muggles, pero hay algo que sí tiene claro:
—No puedes ir.
Ignatius le da un beso en la frente.
—Voy a ir—aclara.
Lucretia lo mira con los ojos abiertos de par en par por el miedo.
—Pero mataron a… al marido de tu prima. Y si vas, a ti también pueden hacerte daño. Y a mí, por estar relacionada contigo.
—De momento, a ti no te pasará nada. Aquí aún no nos afecta. Y si llegase la guerra a Inglaterra, te llevaría lejos para que no te hicieran daño.
Lucretia no está segura de cómo espera Ignatius que eso la convenza, pero se dice que seguirá intentando que Ignatius recapacite cuando se encuentre mejor. Está muy cansada, y ahora que ha caído entre los brazos del joven, donde no hace frío, se siente mejor y el sueño lo tiene más fácil para apoderarse de ella.
Notas de la autora: Conste que Constantine ya había salido antes (valga la redundancia). En fin, mentiría si dijera que no me lo paso pipa escribiendo de este par de dos.
En fin, ¿qué tal? ¿Bien, mal? ¿Regular? ¿Reviews?
