Los 7 círculos de mi infierno.

Capítulo 9

Las palabras se atoraron en mi garganta de manera dolorosa, obligándome a toser como si fuese víctima de una terrible tuberculosis. Los ojos se me movieron de un lado a otro como si la respuesta — o a la salida de mis problemas — estuviese en la misma sala donde nos encontrábamos. ¿Realmente lo sabía?

Hasta ese punto no podía ponerme en evidencia con Adrian porque ni siquiera me había reclamado y por ende el viejo maldito no había soltado nada. ¿A qué estaba jugando? Hice un retroceso mental a las veces que nos habíamos encontrado y mirado a la cara. Bien, solo una vez y ni siquiera estaba completamente iluminado y los antifaces son… Para cubrir entidades y rostros y el mío era completamente capaz de cumplir sus funciones. Si algo se desarrollaba, tenía la excusa perfecta de decir ¿De quién me está hablando? ¡Sí! Eso era perfecto. Mi momento de pánico podía disminuir ahora… Tenía que lograrlo, pero mi tos nerviosa no me ayudaba en lo más mínimo.

— Eh, eh ¿estás bien?

Yo bebí de un vaso de agua natural y asentí con la cabeza.

— Lo siento — me disculpé—, recordé que aún no tengo el boleto para… — tosí de nuevo —. El asunto de Aspen.

Fue lo único que pude decir tangente para que dejase de lado lo de Northon. Adrian entrecerró los ojos y dejó los cubiertos de lado.

— Ya te dije que no tienes que preocuparte por eso, cariño. Haré una llamada más tarde, ¿podrás confiar en mí?

Podía confiar en él pero ¿él podía confiar en mí?

— Sí — respondí solamente y él me sonrió satisfecho.

Terminamos nuestro desayuno en silencio pero intenté no hacerlo incómodo, ya que el asunto de Northon era algo que mantenía mi cordura a raya. Cuando salimos de restaurant y tener antes que aguantar las miraditas estúpidas de Dorothy, salimos en el auto para volver a mi departamento frente al faro Point Fermin. Adrian iba muy feliz, tomándome de la mano, platicándome acerca de su familia y que incluso Lanna me había invitado a cenar con ellos en su casa, esa misma semana.

Consciente o no, accedí. Mi mente no tenía más espacio para procesar más información de la que ya había.

— Entonces— murmuró —, tu vuelo sale mañana a las 1:00 pm.

Yo volví la vista hacia él y le sonreí.

— Gracias, te lo pagaré…

— No, no tienes por qué pagármelo. Ya te dije que no tienes que preocuparte de nada.

Lo miré a los ojos con firmeza.

— Adrian, por favor. No me siento… Bien al recibir esta clase de regalos. Permíteme al menos pagarte la mitad.

Su gesto se torció con molestia.

— ¿Qué quieres demostrarme? — Me preguntó sin soltarme la mano—, ¿Qué no me amas por mi dinero?

— Tu dinero no me interesa — dije acercándome a él con suavidad y dándole un beso en la mejilla—, me interesas tú… Sólo tú.

Me acarició la cara de manera dulce y besó mis labios con mucha ternura.

— Yo sé que es así, Annie. Y por eso estoy perdidamente enamorado de ti. Es por eso que quiero que aceptes este regalo, además me sentiré más seguro sabiendo que estarás bien en un avión convencional.

— No me pasará nada si voy en tercera clase — le reproché entornando los ojos.

— No me tientes Anne Linton — dijo juguetón —, o sentirás la ira de mi palma sobre tu lindo trasero.

¿Qué?

— ¿Me darás unas nalgadas como si fuese niña pequeña por no aceptar tus regalos? — y no fue más como una pregunta sino como un reto.

Noté sus cejas alzarse con sorpresa y una pequeña sonrisa ladina se asomó por sus labios.

— No juegues, Isabella… O te juro que le pido Riggs que baje, te hago mía en el asiento trasero y te doy de nalgadas. No me importa que infrinja la ley.

Mi subconsciente sonrió ladina mientras jugaba maquiavélicamente con ambas manos. Pero entonces supe que no podía hacer eso y menos con el chofer de Adrian. Riggs se veía serio y me intimidaba un poco así que tampoco podía darle un espectáculo cuando mi novio me diera todo el poder de sus palabras, pero no podía negar que la idea era muy excitante. Pensándolo detenidamente, me mordí los labios. Adrian estaba en silencio mirando hacia enfrente con la el ceño relajado pero un poco serio.

— Eso suena bien — murmuré luego de unos minutos de silencio.

Su cara se giró lentamente hacia mi lugar y me miró un poco divertido, sorprendido y luego excitado. Lo miré de manera expectante pero cuando pensé que daría su orden, relajó su pecho y suspiró en silencio. Se acomodó la vuelta de su camisa, como acalorado ¿Qué ocurría?

— Riggs, ¿podrías llevarnos a casa? — musitó en voz alta, después de todo solo había hablado para mí.

— Por supuesto, señor Cullen — respondió.

Yo parpadee sorprendida. Pensaba que íbamos a la mía. Cuando apenas mis batallas internas de pensamientos, emociones y sensaciones estaban al borde, noté que una pantalla de color oscuro sólido se interponía entre las dos partes del auto, una que dividía el asiento de Riggs y el nuestro. Parpadee de nuevo y giré mi vista hacia la ventana, en donde noté que el dedo de él aplanaba un pequeño botón y lo separaba.

— ¿A casa…?

— Sí, a mi casa— respondió con total seriedad.

— Creí que… Iríamos a la mía…

— No — contestó tajante—. Quiero que pases la noche conmigo — continuo desabrochándose el cinturón y luego el mío—, además… Creo que tengo que enseñarte algo.

Mi cara se quedó en blanco cuando me tumbó en su regazo con la cara muy pegada a la suya y sus ojos penetrantes y verdes me miraban con un tono oscuro y apasionado.

— ¿Qué…?

— Nos queda poco más de media hora en carretera y quiero mostrarte las consecuencias que tienen sus desafíos, señorita Linton.

Cuando menos me lo permití — al menos cruzar por el pensamiento—, me tomó por la cara e introdujo su lengua en mi boca, sosteniéndome con ambas manos. Yo comencé a jadear el poco aire que me permitía respirar, pero decidida comencé a devolverle el beso. Una de las palmas se metió por debajo de mi blusa y comenzó a tocar uno de mis pechos, lo masajeó con decisión, introduciendo un dedo por dentro de la copa del sostén. Pellizcó dulcemente con la punta del anular y el pulgar, justo en el centro, logrando enviar dulces sensaciones de placer por debajo de mi cintura. Eché la cabeza hacia atrás dándola el perfecto espacio para tener acceso a mi cuello y lo besó con decisión.

Yo gruñí, y fue en ese instante que me quedé a horcadas encima de él, logrando que así le fuese más fácil quitarme la blusa.

— Adrian… Riggs… Nos. Puede… — decía entrecortadamente mientras me besaba la boca.

— No puede — dijo sin más desabrochándome el sostén y metiéndose un pezón entre los labios.

Mi espalda fue recorrida por un delicioso escalofrío de placer. Lo tomé de la cabeza, halando de su cabello para que no se detuviese. Sus manos se aferraron a mi cintura con fuerza y yo comencé a mover las caderas en su propio ritmo, sintiendo como la potente erección se rozaba contra mi sexo. Me mordí los labios con fuerza y en un segundo los miré a los ojos para que supiera cuanto lo deseaba.

— Quiero desnudarte — musitó con la voz ronca y yo asentí incluso antes de que terminara la frase. También deseaba desnudarlo. Fue cuando comencé a quitarle la camisa y su esculpido torso de David quedó al descubierto para mí. Mierda, era mío. Solo mío. Como pudimos nos comenzamos a desnudar de la cintura para abajo, mejor dicho yo, porque Adrian solo logró liberar su erección.

— Quiero que te sientes — ordenó.

Esta era la primera vez que lo veía tan dominante pero me gustaba. El sexo de ese modo era algo digno de probar por vez primera. Yo lo obedecí y me apoyé en sus hombros para poder descender lentamente y que su piel me tocara.

— Mírame, sabes que me gusta — ordenó de nuevo.

Mis ojos se iban cerrando lentamente pero hice el esfuerzo de centrarme. Mi mirada se clavó en la suya con decisión mientras me penetraba primero lentamente y cuando iba por la mitad, me tomó por las caderas y me haló hacia abajo, haciéndome sisear más de sorpresa que de cualquier otra cosa por la rapidez de su embestida.

— ¡Oh, sí nena! — siseó echando la cabeza hacia atrás.

Mis uñas se clavaron en la piel de sus trapecios y me quedé ahí absorbiendo las sensaciones.

— Adrian… — gemí.

Y en ese instante, soltó una fuerte palmada sobre mi trasero. Aquella sensación me sacudió por dentro de manera catártica, logrando que su sexo se sacudiera dentro de mí y expandiendo el placer. Y sin pensarlo, comenzó a moverse de manera lenta. Oh Dios, que lentitud.

— Apoya tus manos en mis rodillas… Necesito verte — dijo tomándome de las caderas.

Yo lo obedecí. Mi cuerpo se contorsionó hacia atrás, posicionando las palmas primero en sus muslos y luego en las rodillas, dejando a la vista el movimiento lento de mis pechos en cada embestida suya. El cabello me colgaba en la espalda, casi tocando la pantalla de color negro que nos separaba de lo demás. Me mordí los labios en cuanto comencé a notar que se comenzaba a mover con ganas y su boca besaba mi estómago y luego el centro de mis pechos. Aquello era la perdición y el sagrado cielo, tal vez.

— Dios, Annie… Te ves tan sensual así — gimió dándome otra palmada.

— ¡Ah! — chillé por lo bajo y me centré de nuevo en sus ojos oscuros y verdes.

La cara la tenía tensa por la pasión y el cabello despeinado. Dios, que precioso hombre. Me aferré de nuevo a sus hombros y comencé a llevarle el ritmo. Subiendo y bajando como si de eso dependiese mi vida.

Y de nuevo otra palmada.

— ¡Oh!

— Acepta mis regalos, Isabella… — y de nuevo una más en la otra, solo incitándome a ir más fuerte y mucho más placenteramente. Y paró de la nada —. Entiende que lo hago porque te amo.

— Adrian… Por favor… — pedí sintiendo frustrada porque no lograba liberarme y las sensaciones se depositaban con fuerza en mi sexo.

— Di que aceptarás mis regalos… — y me sostuvo de las caderas, evitando que me siguiese moviendo.

— ¡Cullen! Por Dios… — chillé desesperada.

— No… — me desafió cuando intenté besarlo.

Mierda, de verdad me estaba castigando y no precisamente por las nalgadas que en realidad, me habían gustado.

— ¡Está bien! Los aceptaré… — casi le rogué y juré —. Pero por favor…

— ¿Lo prometes? — dijo sudado y a la expectativa mientras jadeaba el aire y respiraba por la boca.

— ¡Sí!

Y de la nada, sonrió triunfante.

— De acuerdo, pequeña…

De un solo movimiento, bajé de su regazo y depositó mi espalda en el asiento de cuero. Ahí, se arrodilló frente a mí y abrió mis piernas, dejándome expuesta, ansiosa y sin él.

— Te ves increíblemente preciosa desde este ángulo — murmuró besando la parte interna de mi ingle y su lengua cálida serpenteó mi piel delicada.

Los músculos de mis muslos se tensaron a la vez y mi cabeza se irguió hacia atrás con aquella caricia tan húmeda.

— Por favor… — Suplicaba.

— Créeme mi amor — musitó arrodillándose frente a mí —, también te necesito.

Acto seguido de sus palabras, se clavó en mi interior con tanta fuerza que tuve que morderme casi la lengua para no gritar. Sus embestidas primero fueron duras y luego realmente suaves, como llevando su propio ritmo. Tomó mi cadera de manera firme y echó la cabeza hacia atrás mientras me apretaba un seno con la mano izquierda.

— ¡Dios!

— Más rápido, Adrian… — le pedía mientras intentaba grabar cada gesto suyo de placer en mi memoria.

— ¿Duro? — Inquirió con los ojos desorbitados por la pasión.

— ¡Sí!, ¡DURO!

Mierda, no podía creer lo que le había pedido.

— Aférrate a mis brazos, nena.

— ¿Qué?

Y de un solo movimiento, salió y entró de mí con fuerza haciendo que mis piernas se tensaran y se abrieran más de lo que pensé posible. Halé aire con mis pulmones como si me hubiesen zambullido en un gran estanque de agua templada y luego caliente. Se comenzó a mover con fuerza y mis manos se aferraron a sus brazos como me lo había ordenado. Mis pechos se movían con propiedad y saltaban en cuanto sus caderas se removían contra mi sexo. Una gota de sudor le resbaló por su frente y su ceño fruncido de manera seria. Y entonces sentí no podía soportarlo más.

— Ya no puedo más — susurré con los ojos cerrados.

— Dámelo todo, Anne— musitó con los dientes apretados y una línea tensa formada con sus labios.

— ¡Oh!

Aquel orgasmo catártico estalló en la cabina trasera del auto y él se vino conmigo. Sentí la calidez de su cuerpo esparciéndose dentro de mí mientras se sacudía con violencia en mi interior y las venas de su cuello se marcaban al momento que ponía rígida su cabeza y la echaba hacia atrás. Mis dedos se clavaron en su piel y con ese último acto, se derrumbó en mí.

— Dios santo — murmuró con su cabeza en mi pecho, el cual subía y bajaba con urgencia tratando de tranquilizarme.

Jadee con tranquilidad mientras le tocaba el cabello húmedo.

— Fue… Increíble— confesé sorprendida.

Alzó su cabeza y sonrió satisfecho aun sin salirse de mí.

— Debería obligarte a recibir más obsequios, cariño.

Yo no pude evitar reír.

— Podría negarme más seguido — le guiñé un ojo y entonces, nuestras risas se unieron.

Llegamos diez minutos después. Mi ropa interior estaba totalmente desacomodada pero solamente me importaba que no pudiesen darse cuenta de que no llevaba calzones debajo. Adrian en cambio, iba completamente impecable, como si no hubiese sucedido completamente nada y yo parecía haber corrido un enorme maratón de 10 kilómetros. Siempre era lo mismo.

Cuando llegamos, me di cuenta que la fachada de su casa era completamente lujosa. El color cremoso de la entrada tenía paredes metálicas de acero que abrían con seguridad automatizada y tenía un nombre de la pinta de Las calabazas, un lujoso vecindario donde fácilmente podría vivir alguna de las Kardashian. ¿Dónde estábamos?

Con todo el caballerismo del mundo, abrió mi puerta y me tendió la mano para salir. Yo acepté sonriente y entonces Riggs bajó tras nosotros con ademán profesional.

— Es todo, Riggs. La señorita Linton se quedará conmigo, se puede retirar.

— Por supuesto, señor Cullen — y bajó la cabeza—. Señorita.

Sonreí lo más amable que pude y el hombre se retiró.

Adrian tecleó un código en la pantalla táctil de la entrada que bien resultó ser una entrada completamente futurística y ante nosotros se abrió una enorme puerta. Las paredes dentro eran tan diferentes al exterior, eran mucho más acogedoras y más lujosas aún. Tenía un color azul oscuro combinado con un beige y blanco. Había fácilmente muebles al estilo victoriano y cuadros de estilo pincel seco de flores. Me quedé en la entrada con mirada estupefacta mientras Adrian se quitaba el saco y lo colocaba en el perchero.

— Pasa, por favor.

Caminé como si apenas estuviese a punto de aprender a hacerlo y me quede frente a un mueble individual de flores vintage estampadas.

Adrian me miró confundido y se acercó a mí.

— ¿Estás bien?

Yo parpadee perdida.

— Sí…

— Mmm no lo pareces.

— Es que… Nunca había estado en un lugar así — confesé intimidada.

Me tomó de la cara y me besó los labios.

— ¿Te intimida?

¿Qué quería le dijera? No quería mentirle más y me quedé callada.

— Oye, oye… — llamó mi atención — Sabes que me gusta más tu departamento que este enorme lugar, Annie.

— ¿Por qué? — pregunté confundida.

— Porque cuando estoy contigo lo siento mi hogar, y este lugar es tan solitario y enorme para mí. No me siento… Cómodo. Por eso quería que te mudaras conmigo… Yo quería convertir este lugar en un hogar como el que tú tienes.

Mi cara se quedó pasmada. Enredé mis manos y brazos alrededor de su cuello, parándome de puntas.

— Adrian Edward Cullen… Mi hogar está donde tú estés.

Sonrió con la frente pegada a la mía.

— Justo como lo siento en mi corazón.

Nos besamos dulcemente hasta que sentí como su pulso se aceleraba.

— ¿Qué me haces que no puedo estar sin ti? — preguntó pegando su frente a la mía y tocaba mi cara con el dorso de su mano.

— ¿Por qué dices eso? — Le inquirí ausente mientras rozaba mis labios con los suyos.

— Sabes por qué… — respondió apretándome a su cuerpo —. Lo sabes…

Nos deslizamos lentamente hasta uno de los muebles que había en la sala. Lo amaba, amaba completamente a Adrian y no importaba las consecuencias de amarlo tan intensamente. Mi corazón desbocado me pedía estar junto a él y precisamente por esa razón mi vida tenía sentido. Teniéndolo conmigo, las cosas tomaban un sendero más fácil y más digno de vivir. En ese instante nada me preocupaba, nada tenía más valor que el calor de sus besos y caricias dulces. Me removí del asiento para quedar completamente acostada y él subió las manos encima de mi cabeza, besando mi cuello y luego la zona de mis pechos.

— Deberías prepararte para mañana, cariño… Tu vuelo sale en un par de horas.

Abrí los ojos, volviendo a la realidad de golpe.

Oh.

— Lo… Olvidé…

— Suerte que lo recuerdo todo — sonrió—, pero no quiero que pierdas tu vuelo a Aspen, Annie. Es importante, ¿lo recuerdas?

Asentí suspirando.

— Pero… Nadie dijo que no podía desvelarme un poco — parpadee traviesa.

Mi novio abrió los ojos impresionado y eso me gustó.

— ¿Quieres más? — preguntó sonriendo.

Acto seguido, le guiñé un ojo con total descaro. Se comenzó a desnudar del torso con lentitud y luego a desabrocharse el pantalón mientras yo me recargaba en los codos para poder admirarlo.

— Alza las piernas, pequeña… Te lo haré con tus pies a cada lado de mi hombro…

Mi cuerpo tembló a la expectativa y me mordí los labios pero incluso antes de que pudiera reaccionar, ya me tenía con la boca ocupada por la suya mientras me abría los muslos con sus rodillas y los alzaba sobre sus trapecios.

Mi cuerpo estaba completamente cansado por toda la deliciosa actividad de la sala. Afuera estaba oscuro y podrían ser más allá de las 1:00 am. Entre abrí los ojos y me noté con las piernas enredadas con las de Adrian en su cama tamaño King size. ¿Por qué tenía una cama enorme para alguien que vivía solo? Su mano aprisionaba mi cintura y uno de los dedos se enredaba en mi cabello largo. Me tenía tan pegada a sí mismo que el pensamiento de quedarme ahí para siempre no me pareció mal idea.

Pero entonces, me atreví a mirarlo dormido.

Se veía tan tranquilo y sereno, y no es que nunca lo estuviese pero me hacía sentir mucho más culpable de lo que en realidad era ya. Mi corazón se estrujó con fuerza mientras palpitaba cerca de él. ¡No quería perderlo! Una lágrima rodó por mi mejilla de manera traicionera, haciendo que un sollozo saliese de mi cuerpo.

Se removió de su lugar para mi mala suerte y despertó asustado.

— Preciosa, ¿estás bien? — Inquirió preocupado, evidentemente por lo sucedido.

— Lo siento… No quería… — balbucee aun intentando tranquilizarme.

— ¿Te duele algo?

Yo negaba en silencio.

Tenía que encontrar la manera de que él no sospechara de mí.

— Yo… Me sentí… Nostálgica.

Quitó los cabellos de mi frente con decisión mientras me besaba poco a poco. Sentí su preocupación palpable.

— ¿Tuviste una pesadilla?

Asentí sin más.

— Cuéntame, quizás te sientas bien…

— Soñé con… Con mi familia… Ahora que volveré a Aspen… Me he puesto — y el llanto me traicionó de nuevo.

— Ya, ya… ¿Necesitas que te acompañe?

— No, tú sabes que… Estás ocupado — sorbí por la nariz.

— Haría cualquier cosa por ti, pequeña. Eso no lo dudes, pero es que no me gusta verte así…. ¿Segura que no quieres que vaya contigo?

Negué de nuevo, era mejor mantenerlo al margen, sin saber que era lo que me iba a deparar el volver a mi ciudad.

— Está bien, está bien… — me besó de nuevo la cabeza acurrucándome entre sus brazos —. Solo descansa por favor… No quiero que te sientas mal.

Cerré mis ojos y me perdí en su embriagador perfume.

— No te vayas nunca — le pedí desde el fondo de mi corazón.

— No me iré si tú no quieres — y sonrió con tristeza—, ¿por qué me pides eso? No me iré incluso si tú así me lo pidieras.

Yo alcé la mirada, jamás le pediría eso.

— A veces creo… Creo que te perderé.

No supe cómo pero terminé en su regazo como bebé pequeño, me sujetó de la barbilla y me miró fijamente a los ojos. ¿Cómo hacía para estar siempre así? Adrian terminaba consolándome siempre.

La luz de la luna hacia brillantes sus esmeraldas verdes y yo me perdí en ellos.

— Jamás se te ocurra eso, Isabella Anne Linton. Estoy completamente enamorado de ti y no me perderás, ¿A qué le tienes miedo realmente? ¿Hay algo que yo no sepa?

Mis nervios se dispararon, ¿era la oportunidad perfecta para decirle la verdad o era mejor callar?

— ¿A qué te refieres? — inquirí con la voz rota.

— Siento que sucede algo, pero no tienes el valor de decírmelo — dictaminó con voz dulce pero firme.

Tragué saliva.

— Edward…

— Sólo dilo. Hemos estado juntos todo este tiempo y ¿no eres capaz de decirme al completo tus sentimientos hacia a mí? Incluso los malos, quiero saberlos, Anne. No me importa que sean, me importa que tú estés bien. Me preocupo cada noche que hablas dormida y lloras— abrí los ojos sorprendida —, sí — responde ante mi reacción — lloras por mí y me pides que jamás me vaya de tu lado. ¿Qué ocurre? ¿Hay algo?

Dios, no.

— Tengo miedo de perderte.

— Pero ¿por qué? — preguntó casi al desespero.

Podía decirle la verdad a medias… Solo la mitad.

— Porque… Todo este cambio que habrá en tu vida, puede que te cambie también… Que me cambies a mí…— mentí a medias.

— ¿¡Por qué haría eso?! — Casi me gritó pero bajó la voz para no asustarme —, es decir ¿Por qué? ¿No te he demostrado que te amo? — Y negó con la cabeza en silencio —, ¿Hice mal en decirte la verdad?

— ¡No! Me gusta que… Seas honesto conmigo— confesé—, es solo que… No soy como tú.

— ¿Entonces? En algún momento te ibas a enterar de mi procedencia. Preferí que lo supieras por mí. Y claro que no eres como yo, Anne. Tú eres mejor.

— No digas eso — le pedí avergonzada.

— ¿Es el dinero lo que te mantiene así?

— Nunca ha sido el dinero — refuté casi herida.

— Entonces déjalo ir… Tú siempre serás mi mujercita adorada — y tocó mi nariz con la punta de su dedo índice con una sonrisa preciosa—, te amo perdidamente y jamás te dejaré sola. Lo juro.

Mi infierno tenía círculos, enormes círculos de fuego que amenazaban con quemar el centro, donde me encontraba. Justo ahí, mantenía lo que más amaba en el mundo y por lo cual yo estaba completamente segura que podía morir. No hacía falta que nadie me hiciera pensarlo o decidirlo, porque justo en el centro de ese círculo estaba Adrian también, mi ángel precioso de esmeraldas verdes.

Alrededor estaban 7 aros de fuego, el primero y más cercano, eran las mentiras. El segundo era mi pasado, el tercero eran las malas decisiones que había tomado, el cuarto mi inferioridad como persona, el quinto mi pesada carga de consecuencias, el sexto eran las personas que yo había lastimado en todo mi camino, incluyendo la memoria de mis padres y mi abuela y el séptimo y más cruel: las personas que se aprovecharon de mí y ahora amenazaban el centro de mi círculo: Adrian.

Y con ese último aro, me refería a Bill Northon.

Cerré los ojos… Él no se iría nunca. Adrian se quedaría junto a mí, aunque nada me lo aseguraba, ni siquiera él mismo.

POBRE ANNE