HISTORIA ORIGINAL DE MATHIAS MALZIEU
Monika me amenaza todos los días con echarme si persisto en convertir su tren fantasma en un espectáculo cómico, pero no lo concreta con acto por razón de la influencia de clientes. Hago todo lo que puedo para asustarles, pero no puedo evitar provocar risa involuntariamente. Por mucho que cante "Oh When the Saints" cojeando como Magnus, que rompa huevos contra los rebordes de mi corazón en el silencio de la curva de los candelabros, que toque la lira de mis engranajes para conseguir melodías rechinantes, y que termine saltando de vagón en vagón hasta plantarme encima de las rodillas del público, no importa, se parten de risa.
Arruino sistemáticamente mis efectos de sorpresa, mi tic-tac resuena en todo el edificio. Los clientes saben exactamente cuándo se supone que voy a sorprenderles; algunos habituales ríen incluso por adelantado. Francis cree que estoy demasiado enamorado para dar miedo de verdad. Antonio viene de vez en cuando a dar una vuelta en el tren fantasma. Mi reloj tictaquea cada vez más fuerte cuando le veo instalar su perfecto trasero en el banco de una vagoneta. Hay veces que se pone de pie para robar algún beso, y sonríe cómplice sabiendo que no era el único ansioso por nuestros encuentros nocturnos.
Vamos, ven a mi árbol en flor, esta noche apagaremos la luz y dejaré pares de gafas sobre tus brotes. Con la punta de tus ramas rayarás la bóveda celeste y sacudirás el tronco invisible que sostiene la luna. De nuevo caerán los sueños como una nieve tibia en nuestros pies. Tus raíces en forma de tacón de aguja las plantarás en la tierra, firmemente ancladas. Deja que me suba a tu corazón de bambú, quiero dormir a tu lado. Suena medianoche en el reloj.
Advierto algunas virutas de madera en la cama; algunas partes de mi reloj se astillan. Antonio desembarca sin gafas pero con una mirada tan concentrada como si tuviéramos un encuentro de negocios.
-Estuviste muy raro anoche, incluso me dejaste marchar sin decirme adiós, ni un beso, nada. Jugueteabas con tu reloj, hipnotizado. Tuve miedo de que te cortaras con las agujas.
-Lo siento mucho, solo quería probar una cosa para que te quedaras un poco más de tiempo, pero no funcionó.
-No, no funcionó. No juegues a eso conmigo. Te quiero, pero ya sabes que no puedo quedarme hasta el amanecer…
-Lo sé, lo sé… Es precisamente por eso que intenté
-Además, podrías quitarte el reloj mientras estamos juntos, me hace daño cuando me abrazas…
-¿Quitarme el reloj? ¡No puedo!
-¡Claro que puedes! ¡Yo no vengo a encontrarme contigo bajo las sábanas con el traje y zapatos de baile!
-¡Sí, a veces ocurre! Estás muy guapo desnudo y con el pantalón tan ceñido.- Un ligero claro se apunta entre sus cejas. -Pero yo no podría nunca sacarme el reloj, ¡no es ningún accesorio!
Él responde torciendo su gran boca elástica a modo de "No te creo en absoluto…"
-Ya sabes que me gusta la forma que tienes de creer en tus sueños, pero de vez en cuando hay que bajar de las nubes, hay que crecer. No vas a pasarte la vida con esas agujas que te atraviesan el abrigo -declara Antonio, con tono de maestro estricto. Desde nuestro primer encuentro, jamás me había sentido tan lejos de él, a pesar de ocupar la misma habitación.
-Pues en realidad sí. Funciona así de verdad. Este reloj forma parte de mí, es él quien hace latir mi corazón, es vital para mí. Tengo que adaptarme. Procuro utilizar lo que soy para trascender las cosas, para existir. Exactamente igual como haces tú sobre el escenario cuando cantas; es lo mismo.
-¡No es lo mismo, pícaro! -dice dejando resbalar la punta de sus dedos por encima de mi esfera. La idea de que él pueda pensar que mi reloj es un "accesorio" me hiela la sangre. Yo no podría amarlo si tomara su corazón por un postizo, sea de vidrio, en carne o en cáscara de huevo. -No te lo saques si no quieres, pero vigila con tus agujas…
-¿Crees en mí completamente?
-Yo diría que de momento creo en un setenta por ciento, pero de ti depende que me convenza poder llegar al cien Arthur…
-¿Por qué me falta el treinta por ciento?
-Porque conozco bien a las personas.
-Yo no soy "las personas"
-¿Eso crees?
-¡Exactamente!
-¡Eres un farsante nato! ¡Hasta tu corazón es un artificio!
-¡Mi único artificio verdadero es mi corazón!
-¿Lo ves? Siempre caes de pie. Pero también me gusta eso de ti.
-No quiero que te guste "eso de mí", quiero que me quieras "a mi entero"
Sus párpados pestañean al ritmo de los tic-tac- de mi corazón. Varias expresiones divertidas y dudosas desfilan por la comisura de esos labios que hace demasiado tiempo que no beso. Las palpitaciones se aceleran bajo mi esfera. Una picazón muy conocida. Él arranca entonces con su redoble de tambor que llama a las cosas dulces, un conato de hoyuelos se ilumina.
-Te quiero entero -concluye. Posa sus manos estratégicas, me corta el aliento. Mis pensamientos se diluyen de mi cuerpo. Apaga la luz. Su cuello está salpicado de minúsculos granos de belleza, constelaciones que descienden hasta su pecho. Me convierto en el astrónomo de su piel, hundo mi nariz en sus estrellas. La acaricio con todas mis fuerzas y él se hace flor para mí con todas sus caricias. Sus emanan una dulce electricidad. Me acerco aún más.
-Para aumentar mis estadísticas de confianza, te voy a dar la llave de mi corazón. No podrás quitarlo, pero podrás hacer lo que quieras, exactamente cuando te apetezca. De todos modos ya eres la llave que me abre por entero. Y tú, dado que te doy toda mi confianza, vas a ponerte gafas y dejarás que te mire a los ojos a través de los cristales, ¿de acuerdo?
Mi español acepta y se echa el cabello hacia atrás. Sus ojos sobresalen de su rostro. Luego se pone unas de las gafas de Alice inclinando la cabeza a un lado. ¡Oh, Alice, si lo vieras, cómo te enfurecerías! Podría decirle que lo encuentro sublime con las gafas, pero como no iba a creerme prefiero acariciarle la mano. Entonces me digo que viéndome tal como soy, tal vez me encontrará menos a su gusto. Me angustio. Dejo mi llave en su mano derecha. Estoy nervioso, y eso produce un ruido estridente en mi corazón.
-¿Por qué tienes dos agujeros?
-El de la derecha es para abrir, el de la izquierda para dar cuerda.
-¿Puedo abrirlo?
-Está bien.
Hunde con delicadeza la llave en mi cerradura derecha. Cierro los ojos, luego los abro, como cuando nos besamos largo rato. Sus párpados están cerrados, tan magníficamente cerrados. Es un momento de una serenidad apabullante. Toma un engranaje entre sus dedos índice y pulgar, suavemente, sin ralentizar su funcionamiento. Una marea de lágrimas sube de un solo golpe y me sumerge. Suelta su sutil presa al ver mi reacción y los grifos de la melancolía dejan de manar. Antonio acaricia un segundo engranaje.
¿Me estará haciendo cosquillas en el corazón? Río ligeramente, apenas una sonrisa sonora. Entonces, sin soltar el segundo engranaje con su mano derecha, vuelve sobre el primero con los dedos de la izquierda. Cuando me aprieta con los labios hasta los dientes, me produce un efecto a lo Hada Azul de Pinocho, pero más verdadero. Salvo que no es mi nariz lo que se alarga.
Él lo siente, acelera su movimiento, aumentando progresivamente la presión sobre mis engranajes. Ciertos sonidos se escapan de mi boca sin que pueda detenerlos. Estoy sorprendido, molesto, pero sobre todo excitado. Se sirve de mis engranajes como si fueran potenciómetros, mis suspiros se transforman en gemidos.
-Tengo ganas de tomar un baño -murmura. Hago seña de estar de acuerdo; no me imagino con qué no iba a estar de acuerdo, por otra parte. Brinco sobre los dedos de mis pies para ir hasta el baño y llenar una buena bañera con agua muy caliente. Procedo despacio, para no despertar a Monika. La pared de la habitación colinda con la de su dormitorio, se le oye toser.
Los reflejos plateados dan la impresión de que el cielo y sus estrellas acaban de caer en la bañera. Es maravilloso ese grifo ordinario que esparce blandas estrellas en el silencio de la noche. Entramos delicadamente en el agua, a fin de no salpicar esta delicia. Somos dos gusanos estrellados de gran formato. Y hacemos el amor despacio; somos los amantes más lentos del mundo, apenas nos rozamos con nuestras lenguas. Soy cuidadoso con dejarlo completamente listo antes de hundirme en su calidez. El chapoteo del agua le haría a cada uno creerse dentro del viene del otro. Rara vez he sentido algo tan agradable.
Murmuramos chillidos, a Antonio le está costando mantenerse callado pero hay que contenerse. De repente, él se alza, se da la vuelta y nos convertimos en animales de la selva. Termino cayendo cuan largo soy, como si acabara de morir en un western y él se pone a gritar muy flojito contra su brazo.
El cuco suena al ralentí. Antonio se duerme. Lo contemplo durante un largo rato. La longitud de sus pestañas acentúa la ferocidad de su belleza. Resulta tan deseable que me pregunto si su oficio de cantante no lo habrá condicionado hasta el punto de posar para pintores imaginarios incluso en pleno sueño. Parece un cuadro de Modigliani, un cuadro de Modigliani con un hermoso hombre que ronca un poquito.
Su vida de cantante que sube y sube retoma curso desde la mañana siguiente, con su manojo de gente que, especie de fantasmas de carne, deambula a su alrededor sin función precisa. Toda esta fauna perfumada me asusta más que una manada de lobos en una noche de luna llena. Todos son falsas apariencias, palabrería más hueca que un panteón funerario. Aprecio la valentía que tiene de nadar por encima de ese torbellino de barro y oropeles.
Cualquier día me lo mandan a la luna para experimentar las reacciones de los extraterrestres al erotismo. Cantará, bailará, responderá a las preguntas de los periodistas de la luna, le harán fotografías, y terminará por no volver nunca más. A veces me digo que solo faltaría Iván en el papel de cereza pasada coronando el pastel podrido.
La semana siguiente, Antonio canta en Sevilla. Saco la plancha rodante fabricada por Francis y cabalgo por las montañas rojas para encontrarme con él en su habitación del hotel al final del espectáculo.
De camino, la paloma mensajera me entrega una nueva carta de Alice. Apenas unas pocas palabras, siempre las mismas palabras que no se le parecen en nada. Habría preferido… Me gustaría tanto que conociera a Antonio. Claro, Alice se asustaría a causa del amor que vivimos, pero estoy seguro de que la personalidad de mi cantante le gustaría.
Imaginar a esos dos charlando constituye un dulce sueño que no deja de mecerme. La mañana siguiente del concierto, nos paseamos por Sevilla como una pareja más de enamorados. La temperatura es agradable, un viento tibio nos acaricia la piel. Sin embargo, nuestros dedos resultan torpes cuando quieren hacer cosas de gente normal en pleno día.
De noche, telecontrolazos por el deseo, se conocen de memoria, pero, ahora, diríase que se trata de cuatro manos izquierdas a las que alguien hubiera pedido escribir "Buenos días". Estamos aturdidos por el día, por la luz; somos una auténtica pareja de vampiros que deambula por la ciudad sin gafas de sol. El colmo del romanticismo. Y para nosotros, besarse a orillas del río Guadalquivir, a plena tarde, es la cima de erotismo.
Por encima de esta felicidad simple y evidente planea, a pesar de todo, una nube de amenazas. Estoy orgulloso de él como jamás lo he estado de nada más. Pero conforme pasa el tiempo, las miradas extasiadas de los machos de mi especie se ponen cada vez más celoso. Me consuelo diciéndome que, sin gafas, tal vez Antonio tampoco la vea, esta bandada de hombres que son más atractivos que yo.
Me siento solo en medio de esta multitud cada vez mayor que viene a aplaudirle, mientras por mi parte tengo que reacomodarme el papel de extranjero y volver solo a mi desván sombrío. Y aún más solo en tanto el no acepta la idea de que eso me hace sufrir. Me parece que sigue sin creer en mi reloj corazón.
Aún no le he contado que, con este corazón postizo, mi comportamiento era tan peligroso como el de un diabético que se atiborra de cruasanes con chocolate de la mañana a la noche. No estoy seguro de que me apetezca contárselo. Si me amparo en las teorías de Alice, ahora mismo estoy con un pie en la tumba. ¿Estaré a la altura? ¿Resistiría mi vieja chapuza de corazón?
Y para salpimentar esta salsa ya de por sí bien picante, Antonio está al menos tan celoso como yo. Sus cejas se fruncen como las de un león dispuesto a saltar tan pronto como cualquier señorita atractiva entrara en mi campo de visión, incluso fuera del tren fantasma.
Al principio eso me parecía halagador, me sentía capaz de volar por encima de cualquier obstáculo. Mis alas eran nuevas; estaba convencido de que él me creía. Pero al descubrir que me tomaba por un farsante, me sentí debilitado. En lo profundo de mis soleados nocturnas, yo también he arruinado mi propia confianza. Ya no es más una salsa picante, nuestra historia, sino una sopa de erizos.
La verdad es que me sorprendió un poco resivir reviews después de dejar abandonada la historia por tanto tiempo ^^; es agradable...
Bueno, por fin han hecho el amor... Pero las cosas se pondrán un poco difíciles a partir de aquí. Hay una sombra alargada que se posará sobre nuestro pequeño Arthur... Ya veremos que sucede ;)
