CAPITULO 8

Darién insultó entre dientes.

Andrew se rio cordialmente.

Jedite sacudió la cabeza.

"Desiste," Andrew seriamente dijo, aunque no podía evitar su carcajada al dar su consejo.

Darién lo ignoró y mantuvo la rienda apretada en su garañón, quien parecía ser tan temperamental como él.

Andrew continuó aunque Jedite le mandó una advertencia muda de contener su lengua. "Estaremos en la fortaleza en tres de días y luego tu esposa será toda tuya."

"Una palabra más, Andrew," Darién firmemente advirtió, "y descargaré mi frustración en vos. Ahora ve a hallar un lugar donde podamos parar y descansar."

Andrew sabiamente permaneció mudo e hizo lo ordenado.

"Si estuvieras pensando en ofrecerme un consejo, no lo hagas," Darién le dijo a Jedite sin mirar en su dirección.

Jedite mantuvo sus ojos fijos en el camino delante de ellos. Era un camino abierto, los hombres viajaban sin dificultad o demora. El clima era bueno, un día templado con una leve una brisa de otoño. Un buen día para viajar Jedite murmuró entre dientes.

"No tienes nada que reclamar," Darién estalló.

"Tonto obcecado."

"Asumo que te estás refiriendo a vos mismo," Darién dijo, finalmente girando su cabeza para mirar directamente a Jedite.

El gigante encontró su mirada dura con una sonrisa. "Ella es tu esposa."

"No exactamente."

Jedite bufó en disgusto. "Tu propia culpa."

La acusación aumentó el mal humor de Darién en varios grados "Mi culpa? Mi culpa cuando le permito atender el nacimiento de un bebé, mi culpa cuando permito que las mujeres empapadas se refugien en nuestra tienda, mi culpa cuando permito que ella atienda a los hombres heridos, mi culpa cuando... "él de repente cesó su discurso y sacudió la cabeza, maldiciendo entre dientes.

La naturaleza había interferido con la promesa de Darién, después de cinco días de esperar, su paciencia había desaparecido y su mal humor reinaba. Miró el carro donde Serena sentada con Ami. Ellas conversaban, reían y parecían estar pasando un momento delicioso, lo que lo irritó aún más.

"Maldices, murmuras y estallas con los hombres," Jedite dijo. "Ve a conversar con tu esposa."

"Por qué? Vos estás cansado de mi conversación?" Darién preguntó, luchando por mantener una rienda firme en su garañón, quien se ponía más irritable.

"Él siente tu disgusto, como todos nosotros lo padecemos. Ve y haz lo que se te antoje." Con su desafío lanzado, Jedite se alejó para unirse a Andrew.

Darién observó su espalda, un objetivo grande, uno al que él no podía sentir fallar, estaba muy tentado de apuntar a él, pero racionalmente descartó la idea. Jedite decía la verdad. Él siempre decía la verdad, incluso cuando nadie más se atrevería e incluso cuando sabía que sus palabras enojarían a Darién.

En tres días ellos llegarían a la fortaleza de Shanekill y ese viaje con infinitas demoras y frustraciones estaría terminado. Seriamente consideró esperar hasta ese momento para consumar el matrimonio, pero desafortunadamente su cuerpo estaba exigiendo satisfacción. No era que él no pudiese controlar sus impulsos. Le había ocurrido en ocasiones incontables; Pero esta ocasión era diferente. Serena era su esposa y acostarse con ella era su deber.

Darién murmuró obscenamente y su caballo bufó. "Mis sentimientos son esos, no te quejes."

Podía convencerse a sí mismo de la tontería de ese deseo obsesivo, pero la verdad del asunto era que deseaba a su esposa. Ella era como un regalo maravilloso. Cuantas más capas de envoltorio él sacaba, más ella se hacía más deseada. Lo único que restaba era acostarse con ella para reivindicar su posesión.

Dirigió a su garañón para que girase, se detuvo un momento, lanzó una mirada al carro y cabalgó directamente a él.

Ami lo vio acercarse y se persignó mientras rezaba. "Señor santo del cielo, ayúdanos."

Sorprendida y pensando que estaban siendo atacados, Serena siguió la dirección de los ojos agrandados de Ami. Su propia respiración se tomó agitada.

Darién cabalgó directamente hacia ellas. El viento sacudía su cabello oscuro, su capa rojo profundo flotaba como alas gigantes detrás de él, y sus ojos azules brillaban lanzando llamas como el infierno.

Él era el Diablo irlandés.

Serena y Ami instintivamente se movieron más cerca una de la otra.

Darién dirigió su caballo cerca del carro. "Te unirás a mí en la comida del mediodía."

Serena asintió con la cabeza, su voz se había perdido en algún lugar debajo del nudo en su garganta.

"Estás bien?" él preguntó, haciendo que Ami se ruborizara violentamente.

Serena sacudió la cabeza una vez más.

Sus ojos la codiciaban como sólo el Diablo podría hacerlo, íntimamente y sensualmente, ambas mujeres se estremecieron.

Él se alejó sin una palabra, su comando había sido dado, su obediencia era esperada.

"Es atrevido," Ami dijo, encontrando su respiración.

"Él es mi marido," Serena dijo en su defensa, aunque agitada por su demanda autoritaria.

"Perdóneme, mi lady," Ami se disculpó "Es sólo que nunca había oído a un marido preguntar a su esposa sí." sus palabras desaparecieron y su rostro se ruborizó brillantemente.

Serena ignoró a la muchacha agitada y miró fijamente a su marido. Él era atrevido, pero el deseo en su atrevimiento hablaba claramente. Él la deseaba y no le importaba que Ami estuviera presente cuando habló.

Aunque de muchas formas él todavía seguía siendo un extraño para ella, en otros modos ellos se estaban familiarizando y era esa familiaridad lo que haría su primera vez juntos menos atemorizante para ella.

Ella había descubierto su lado tierno, aunque muchos se rehusaban a creer que el Diablo poseía alguna ternura. Pero ella había visto eso con sus propios ojos y esa cualidad la hacía quererlo más. Él era considerado también, aunque raramente mostraba ese aspecto y sólo si uno estaba atento podía ser testigo de esos momentos raros.

Él poseía otra cualidad que pocas personas tenían, era una que ella siempre respetaba y estimaba, aunque a ella últimamente le había resultado difícil de mantener. Él decía la verdad.

A lo largo de los últimos días, mientras ella viajaba en el carro, ella había pensado mucho en decirle la verdad. Se había dado cuenta que cuanto más tiempo pasaba peor la situación se tornaría. Y si ella consumase el matrimonio sin aclarar su pasado podía destruir cualquier oportunidad de un futuro con él.

La verdad también traía consigo un riesgo — el riesgo de perderlo y por increíble que pareciera, ese pensamiento la perturbaba más de lo que le gustaba admitir. Él había dejado sus intenciones perfectamente claras. Él la deseaba y no aceptaría ninguna demora adicional.

Qué debía hacer ella?

El carro entró en el campamento y Jedite de repente estaba allí ayudándolas. Serena se divertía al observar al gigante perder su lengua cuando estaba cerca de la sociable Ami. Él simplemente caminaba detrás de ella como un perrito perdido, entregándole sus ojos enamorados y su admiración.

Serena quitó la paja pegada a su ropa. Dejó su capa en el carro; pasó sus dedos por los rulos voluminosos de su cabello largo, asegurándose de esconder su cicatriz; y le sonrió a Rook, quien pacientemente estaba sentado esperando, su gran rabo golpeando el suelo detrás de él.

"Vamos, muchacho, vamos a ver qué planta podemos hallar en el bosque."

Serena dejó la preparación de campamento a los criados, numerosas veces había sido advertida por su marido que sus cuidados serían atendidos por otros. Ella usaba el tiempo para pasear con Rook, buscar plantas y pasar tiempo a solas.

Extrañaba su vida solitaria, a sólo depender de ella misma, a lo que se había acostumbrado a lo largo de los últimos años. Y cuando podía, buscaba unos momentos de esa soledad apreciada. El tiempo había refrescado, aclarando su mente y llenándola con una sensación de paz.

Rook fue adelante y Serena lo siguió. Esperaba que esa vez se tomaría una pausa para considerar su dilema y finalmente tomar una decisión que beneficiaría a todos.

Darién vio a Serena desapareciendo en el pequeño bosque detrás de Rook, mientras él desmontaba su garañón. Distraídamente le pasó las riendas a Andrew, quien estaba cerca y fue tras ella.

Andrew giró hacia uno de los hombres que estaba a unos metros de distancia de él e dijo, "Dile a los hombres que no se apresuren. Estaremos aquí más tiempo de lo planeado."

Le llevó unos pocos segundos a Darién para alcanzarla. Incluso con los arbustos densos le fue fácil seguirla. Ella estaba parada en un claro estrecho del bosque. Su mirada vagando por el suelo alrededor de ella y Rook olisqueaba cualquier cosa que captaba su interés. Levantado la cabeza el perro miró en dirección a Darién y volvió a las plantas que estaba oliendo.

Los dos hacían una pareja extraña. La mujer bonita de cabello rubio y el gran perro feo, que la defendía fielmente.

Pero, de qué?

Darién avanzó y Rook ladró, sorprendiendo a Serena quien se había agachado para examinar una planta. Ella se hubiera caído sobre su trasero si Darién rápidamente no hubiese ido en su salvamento. Él la tomó por debajo de sus brazos y fácilmente la levantó para ponerla de pie. "No te oí."

"No quería asustarte."

"Rook normalmente me alerta."

"Él me vio y no hizo ningún movimiento hasta que yo lo hice."

Serena golpeó levemente la cabeza de Rook. El perro se alejó para investigar el ambiente.

Darién dio varios pasos en dirección a Serena, ella a su vez dio varios pasos atrás. Estaba nerviosa y él no la culpaba, aunque no tenía intención de permitir que su aprensión lo detuviese.

"Buscabas plantas?" él preguntó, habiéndola visto con Ami en más de una ocasión con una cesta llena de plantas con sus raíces.

Ella asintió y miró en el suelo alrededor de ella.

Negar lo obvio no le estaba haciendo bien a ninguno de los dos. Darién eligió ser directo. "Entiendes que este momento llegaría."

Su cabeza asintió rápidamente y sus ojos se agrandaron. "Si, pero estoy nerviosa."

Él dio pasos lentos, cautelosos hacia ella mientras hablaba. "Te aliviaría saber que no consumo nuestro matrimonio por deber, sino por deseo?"

Serena sonrió. "En verdad? "

Él caminó más cerca hasta que estuvo a meros centímetro de ella. "En verdad, lo hago."

Ella habló suavemente y no retrocedió. "Eso alivia mi preocupación."

"Estoy contento, entonces" él dijo y extendió la mano para pasar su dedo encima de sus labios. "Tu sabor permanece en mis labios y me recuerda cuanto me gusta su sabor."

Ella dijo lo obvio. "Deseas saborearme."

"Cada parte de vos, Serena," él susurró y bajó su boca sobre la suya, su mano deslizándose detrás de su cuello para acercar sus labios.

Su beso fue potente. No había ternura o mera provocación esa vez; él exigió y ella simplemente se rindió. Ella quería hacerlo. La verdad fuese dicha, ella lo deseaba tanto como él la deseaba.

Y la verdad?

Nada más importaba. Nada más existía aparte de ellos dos y de su deseo de ser uno. Ella ansiaba ese sentimiento de unidad, ser uno, y esperar que sintiese lo mismo que ella.

Su boca brevemente dejó la suya para hablar. "No te lastimaré."

"Lo sé," ella dijo poco antes de que él reclamáse su boca nuevamente.

Sus besos se hicieron urgentes y sus manos vagaron por su cuerpo, comenzando por sus pechos, deteniéndose en su cintura estrecha, encima de sus nalgas redondeadas. Él la empujó contra la rigidez de su miembro excitándola y ella gimió suavemente en su boca.

Su sonrisa era maliciosamente satisfecha cuando separó sus labios de los suyos. "haré que tus gemidos resuenen por todo el bosque."

Ella se ruborizó. "Todos oirán."

"No me importa," él dijo con una carcajada. "Tus gemidos me complacen."

"Y tus gemidos?" ella lo provocó intrépidamente.

"Piensas hacerme gemir?" él preguntó sorprendido y encantado.

"Puedo intentarlo," ella lo desafió, movió su mano para explorar su pecho duro, su vientre plano y tras una vacilación breve ella pasó su mano entre sus piernas para apretar su falo hinchando.

Él jadeó, ella gimió.

Estaba por retirar su caricia tentativa cuando la mano de él cubrió la suya y la apretó con más fuerza.

"Tus caricias siempre son bienvenidas."

Sus palabras la complacieron.

"Pero ahora es mi turno."

Su mano soltó la suya, se movió para tocar íntimamente entre sus piernas. Su cuerpo inmediatamente se aflojó, ella apoyó su cabeza contra su hombro, sus manos se aferraron a su túnica, sus gemidos amortiguados por su pecho.

"Me voy a tomar mi tiempo con vos e introducirte a todos los placeres de la pasión."

Él continuó másajeándola íntimamente.

Sus susurros sugestivos le causaban estremecimientos, especialmente cuando él dijo, "Esta vez cuando alcances el clímax estaré dentro tuyo."

"Si, Darién," ella apenas murmuró, "dentro mío."

Él se estremeció esa vez, su invitación inocente alimentó su pasión próxima a la erupción.

Rook gimió sorprendiéndolos a ambos y ellos se separaron.

Darién le ordenó al perro que se fuera, su voz era áspera e impaciente.

El gran perro simplemente lo ignoró y miraba con ojos lastimeros a su ama.

"Por tu propio bien, dile que parta, Serena," Darién dijo, comenzando a desatar el cinto.

Serena conocía bien a Rook y de repente sintió temer. "Algo está mal."

Darién gimió e intentó permanecer tranquilo. "Nada está mal. Él quiere tu atención."

"No, él está intentando decirme algo."

"Él está celoso."

"Tonterías. Algo lo perturba."

"Si, mis manos en tu cuerpo," él estalló con rabia.

"Darién, por favor," ella imploró. "Te lo digo, algo está mal."

Él respiró profundamente y reunió sus emociones contradictorias. Una parte de él quería matar al perro y otra parte le advertía prestar atención.

Los gemidos de Rook se hicieron más altos.

"Qué pasa, muchacho?" Darién preguntó, sus propios sentidos estaban alertas.

Rook partió hacia el bosque.

Darién maldijo silenciosamente y lo siguió. Serena caminó detrás de ellos.

Varios minutos pasaron y Darién estaba comenzando a creer que su primer sospecha era correcta— el perro simplemente estaba celoso. Pero cuando Rook atravesó varios arbustos y dio vuelta a un árbol, Darién tenía la respiración contenida.

Serena surgió jadeante detrás de él.

Jedite yacía en un claro pequeño, cubierto con sangre de la flecha clavada en su pecho.