Disclaimer: tanto el universo de The Walking Dead como sus personajes no me pertenecen, son propiedad de AMC y de su creador Robert Kirkman.

Beth se apresuró en llegar al exterior. El tobillo le dolía como si se le estuviera rompiendo el hueso en mil pedazos, pero no se detuvo. Logró llegar hasta la ventana y se tiró sin pensárselo dos veces. Rodó un par de metros y se encontró cara a cara con un caminante que se abalanzó sobre ella. Le pegó varias patadas en el pecho para mantenerlo alejado mientras intentaba sacar el cuchillo, apartando la cara para que la saliva putrefacta no le cayera encima, al tiempo que notaba la hoja deslizándose por el cinto hasta alcanzar el aire. Se lo clavó en la sien limpiamente, dejando que cayera a su lado. Estaba intentando sacarlo del cráneo cuando escuchó el ruido de unos neumáticos rozando el asfalto. Se le aceleró el corazón, y se giró a tiempo para que los faros de un coche la deslumbraran de golpe. Parpadeó un par de veces, tratando de enfocar la vista, pero no pudo hacerlo, porque de pronto sintió un fuerte tirón del brazo, casi como quisieran sacárselo del sitio. Peleó y se resistió durante un par de segundos, hasta que notó un par de brazos fuertes que la levantaban del suelo por la cintura.

¡Daryl! ¡Daryl! —fue lo único que pudo gritar.

Un golpe dado con maldad intencionada, y todo se volvió negro.


Beth despertó con un sobresalto. La recorrió una incómoda sensación de humedad expandiéndose por su espalda y su cuello, mientras intentaba distinguir algo en la oscuridad. Aún había oscuridad, pero el amanecer no tardaría en hacer acto de presencia: podía oír a los pájaros cantar desde la ventana de la sala, los débiles rayos de sol tratando de hacerse paso por entre los árboles. Beth se levantó, secándose la frente con el dorso de la mano. Arrugó la nariz al darse cuenta de que la sensación de humedad era su propio cuerpo empapado en sudor. Su corazón aún seguía latiendo desbocado, y apenas era capaz de controlar el temblor de sus manos. Era inevitable. Cada vez que recordaba aquella noche tenía que revivir todas las emociones aterradoras que la invadieron. Casi era capaz de sentir, con angustia, las manos que la apresaban con fuerza y la alejaban de Daryl sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

Se estremeció, y esta vez no fue por el sudor frío.

Miró a su alrededor. Todos dormían profundamente en sus sacos de dormir. Maggie tenía un brazo rodeando el espacio ahora vacío en el que ella había dormido. Beth quería a su hermana más que a nada en el mundo. Era la única familia de sangre que le quedaba y lo era todo para ella. Encontrarla había sido como la prueba definitiva de que los milagros existían. Pero bien sabía Dios que esos milagros podían convertirse en pequeñas pesadillas.

No es que quisiera que su hermana mayor la ignorara. Maggie siempre le había prestado atención, incluso en la prisión: no en vano la llamaba mandona, medio en broma, medio en serio, cuando pretendía hacerla rabiar. Pero ahora ni siquiera lo decía, lo pensaba y era totalmente real. Maggie la estaba asfixiando.

La primera noche en el campamento había sido relativamente tranquila, exceptuando su llegada. Ella se había dejado embriagar por el familiar aroma de Maggie envolviéndola en sus brazos y rodeándola, igual que cuando ella iba a su cuarto y se colaba en su cama porque las pesadillas no la dejaban dormir. Era allí, en los brazos de su hermana mayor, donde sentía que ningún monstruo podría llevársela ni alterar su sueño.

Pero ella ya no era ninguna niña pequeña. Había demostrado sobradamente que era lo suficientemente madura para cuidarse solita. Una parte de ella esperaba que se volviera más comprensiva en ese tema y la dejara más libertad para actuar.

Qué equivocada estaba. Era como si Maggie se hubiera propuesto volverse el doble de sobreprotectora y mandona. No la dejaba respirar. Siempre estaba a su alrededor, mirándola de reojo, comprobando que estuviera bien, sonriéndole de forma cómplice cuando sus ojos se encontraban, tocándole en el brazo para tratar de "infundirle ánimos", evitando a toda costa que tuviera que enfrentarse a cualquier caminante, casi como si estuviera en una silla de ruedas. Como si fuera un bebé.

Y Beth ya estaba harta. Sólo llevaba dos días en el grupo y era casi como si fueran dos años. Se alegraba de estar allí, por supuesto: la idea de regresar a la Terminal le daba ganas de vomitar. Pero necesitaba saber que alguien confiaba en ella, que no la veían como a la cría que cuidaba a Judith cuando todos salvaban vidas en la prisión.

Necesitaba que alguien creyera en que era una adulta

Oyó toser a Bob un par de veces y girarse en su saco. Suspiró y se llevó las rodillas al pecho, abrazándose a sí misma. Sabía que Michonne estaba a dos pasos de ellos. Podía ver parte de su silueta a través de la puerta entreabierta. Había decidido hacer guardia hasta que el resto del grupo volviera de la expedición a por suministros. Frunció el ceño al recordar su conversación anterior con Daryl. Prácticamente le había ordenado que se quedara. Como si fuera una niña. Otro igual.

Cuando eran sólo ellos dos, estaba tan apegada a él hasta el punto de que le confiaría su vida con los ojos cerrados, porque era consciente de que él la tomaba en serio. Quizás no la veía como a la chica más fuerte del mundo, pero la veía como a alguien en quien confiar, capaz de defenderse sola y sin ayuda de nadie.

Dijiste que podías cuidarte tú solita. Lo has hecho.

Su voz retumbó en sus oídos, al tiempo que el recuerdo de cuando estaban en aquél club de campo buscando alcohola apareció en su mente. Parecía que había pasado toda una vida desde aquél día, a pesar de que sabía que sólo habrían unos meses.

Unos meses…

Cada vez que pensaba en ello se le encogía el estómago. Meses. Desde que había sentido el golpe en la cabeza, desde que había despertado en una cama desconocida y había conocido la existencia de la Terminal. "¿Nunca has visto las señales?", le preguntaron entonces, "están por todas partes".

Las señales, las señales, las señales…

Beth enterró la cabeza entre las rodillas, meciéndose hacia delante y atrás en un intento de acabar con la voz en su cabeza. Cada vez era peor que la anterior. Tenía que respirar profundamente y calmar el imparable martilleo de su corazón para poder seguir. Cerró los ojos y se concentró, como siempre hacía. Imaginaba que estaba en la granja, que sus padres y su hermano Shawn seguían vivos, que Otis y Patricia llegaban para comer y se sentaban todos a la mesa. Sonrió levemente al pensar en su hermano Shawn, en cómo haría el tonto hasta que su madre le regañara y entonces Maggie le sacaría la lengua y él le pegaría un codazo por debajo de la mesa, tratando de aparentar seriedad mientras bendecían la mesa. Se concentró tanto que era casi como si no estuviera en mitad del fin del mundo, luchando contra cadáveres y durmiendo en un antiguo centro de salud abandonado con diez personas más. Pegó un salto cuando notó un brazo en su hombro.

— ¿Beth? ¿Estás bien, qué te pasa? —reconoció la voz de su hermana.

—Estoy bien, tranquila. Vuelve a dormirte.

—No, ya estoy despierta. ¿Cómo te encuentras? —le hacía esa pregunta de vez en cuando: nada más despertar, mientras recogían, cuando estaban caminando bajo el implacable frío y Maggie opinaba que estaba "demasiado callada".

—Bien —respondía ella siempre, como si una sola palabra fuera suficiente para hacerle creerlo. Y Maggie siempre fruncía el ceño como si no lo hiciera, pero honestamente, le daba lo mismo.

— ¿Qué pasa? —Carol se incorporó y la miró—. ¿Estás bien, Beth?

Ella asintió y aguantó el peso de las miradas de ambas mujeres. Sabía que estaban preocupadas, pero se sentía agobiada. Al menos aún no la acosaban a preguntas. También sabía que esa fase pasaría rápidamente, en cuanto Maggie sintiera que había tanteado lo suficiente el terreno, y llegaría el día en el que tendría que soportar a la Santa Inquisición.

Pero eh, al menos ese día no era hoy.


El resto del grupo hizo aparición unas horas después, con las manos vacías, pero indemnes de cualquier daño.

— ¿Cómo ha ido? —preguntó Tyreese, adelantándose.

—O la ciudad está abandonada o aquí es donde viven los pitufos —resopló Abraham, dejándose caer con poca gracia sobre uno de los sofás. Rosita frunció el ceño pero no dijo nada. Beth se acercó a Carl y tomó a la niña en brazos cuando ésta comenzó a soltar ligeros quejidos, un aviso de que los sollozos incesantes no tardarían en llegar. Empezó a mecerla suavemente sobre su cadera, apartándole los suaves pelitos que caían sobre su cara de la frente, al tiempo que le susurraba palabras tranquilizadoras.

Notaba la mirada de Daryl en ella. Le sostuvo la mirada hasta que Judith empezó a tirarle con sus manitas de la rebeca, tratando de llamar su atención con un puchero plasmado en su cara. Bajó los ojos hacia la niña y se dio la vuelta, intentando con ello dejar de sentir aquellos ojos penetrantes atravesándola, pero era lo mismo. Sabía que la estaba mirando. Era casi como si quemara.

Sabía que él quería acercarse a ella, decir algo, comprobar que estaba bien. Pero era él el que había metido la pata esta vez, tratándola como si fuera una cría. Tendría que disculparse si quería algo. Él era el único que solía confiar en sus decisiones antes de que la secuestraran. Ahora era como todos los demás. Y una parte de ella lo entendía, quería hacerlo, lo necesitaba para no enfurecerse –pero otra parte, la menos racional, parecía gritar "¿Por qué voy a entenderlo? ¿Me entienden ellos? ¿Acaso confían en mí lo más mínimo? Para ellos aún soy la niña muerta".

Y eso la enfadaba. La enfadaba de tal manera que tenía que contenerse para no tensar el agarre sobre el cuerpecito de Judith, para sostener sus cuerdas vocales y no montar un numerito. Nunca había sido una chica a la que le gustara llamar la atención, pero el cuerpo le pedía ponerse a chillar.

Cerró los ojos y pegó la cara a Judith. El olor de la pequeña siempre la tranquilizaba: ella olía a sudor, a suciedad y a sangre de caminante, pero el aroma del bebé era una mezcla de leche en polvo, talco y ese olor que tienen todos los infantes. Era como su ancla en mitad del océano, ese pequeño fragmento de normalidad que quedaba en aquel caos.

—Todo está limpio —dijo Rick—. Parece que alguien vivía aquí y se marchó por alguna razón.

— ¿Cómo es posible? —dijo Carol.

—Quizás pasó como en la granja —sugirió Carl.

—No… no hay ni una sola de esas cosas por aquí —respondió Daryl—. Habría sangre, muertos, caminantes tirados en alguna parte. Esto está como los chorros del oro.

—Entonces, ¿es seguro? —preguntó Ellie.

—No nos quedaremos para comprobarlo —respondió Rick.

— ¿Qué? —Beth se giró para mirar al líder del grupo—. ¿Por qué?

—Vamos a Washington —contestó Glenn.

— ¿A Washington? —repitió ella—. ¿Qué se nos ha perdido en Washington?

Abraham se aclaró la garganta e hizo amago de ponerse en pie.

—Eugene tiene la cura para todo esto —se adelantó entonces Tara. Abraham le lanzó una mirada envenenada, pero ella se encogió de hombros. Beth sintió que se le descolgaba la mandíbula. Se hizo a un lado para ver más allá del enorme hombre que tenía frente a ella y dirigir la mirada hacia el supuesto salvador, que se removió, incómodo.

—La cura —dijo, sintiéndose repentinamente estúpida por no ser capaz de decir algo que no fuera lo que otros habían dicho—. ¿Para… para la enfermedad?

Él asintió, al tiempo que Abraham se levantaba y se ponía frente a ella.

—Es mi misión protegerlo. La misión de todos, de hecho —añadió el pelirrojo, que pareció quedarse finalmente a gusto—. Y es buena idea que nos pongamos ya en marcha. Rick, ¿hay algún medio de transporte?

—Hay un autobús en el colegio, pero tiene una rueda reventada.

—Otra vez autobuses no, por favor —oyó que gemía Glenn, frotándose los ojos. Abraham le ignoró.

—Podemos arreglarlo sin problemas —de pronto el hombre estaba lleno de entusiasmo. Beth retrocedió para evitar que aquella ingente mole le aplastara.

—Entonces está decidido —asintió Rick. Sasha se acercó a ella y la miró, preocupada. Dios, otra vez esa mirada no, por favor, se dijo. Pero para su sorpresa, no estaba fijándose en ella, sino en el bultito inquieto que tenía en los brazos.

— ¿Te importa que la coja? —preguntó, estirando los brazos.

—Oh —soltó, sorprendida—. Sí, claro.

Sasha cogió a la niña con cierta inseguridad, como si temiera tirarla al suelo en cualquier momento, mientras la posición defensiva de Beth se disipaba lentamente, dejando que la sonrisa se hiciera paso.

—Así, con cuidado —murmuró distraídamente.

—Lo tengo —afirmó Sasha, sonriéndole. Ella le devolvió la sonrisa y se apartó un par de pasos para dejarle libertad.

Beth estaba demasiado confusa para fijarse en nada más. Miró a la niña como si fuera el único punto de la habitación, ajena a la persistente voz de su hermana y a Ellie, que la había cogido del brazo y parecía estar hablándole.

¿Nunca habías visto las señales?

Estamos por todas partes.

Vendrá la ayuda. La cura llegará.

Venían casi por instinto. ¿No te parece increíble cómo las circunstancias hacen que las personas desarrollen instintos que no sabían que existían?

¿Eh, Beth?

¿Beth?

— ¿Beth? —oyó que la llamaban. El zarandeo era cada vez más persistente, y era como si su cabeza fuera a estallar de un momento a otro. Respiraba entrecortadamente, porque de pronto cada inspiración se había vuelto un esfuerzo inmensurable —. Beth, ¿qué te pasa?

Parpadeó un par de veces. La luz se había vuelto un borrón confuso que volaba de un lado a otro de la habitación, mareándola y desorientándola. Estiró el brazo libre en busca de apoyo, pero sólo se topó con el vacío. Y de pronto notó unas manos grandes y duras sujetarla por el codo, manteniéndola estable, al tiempo que liberaban su otro brazo.

—Te tengo —le dijo Daryl—. Tranquila.

Beth alzó la cabeza y se lo encontró más cerca de lo que se esperaba. Demasiado cerca. Tragó en grueso y se apartó el pelo de la cara, sacudiendo la cabeza.

—Beth, cálmate —le instó él, sujetándola con más fuerza—. Dejadla en paz.

Antes de que pudiera hacer o decir nada más, sintió que tiraban de ella suavemente. Simplemente cerró los ojos y se dejó guiar, como de costumbre.

Cuando volvió a abrirlos, no la recibió la abrasadora luz de los fluorescentes deslumbrándola, ni la aterradora oscuridad. Sólo los delicados rayos de sol abriéndose paso por las cortinas de hilo blanco y a los laterales de la figura del cazador, que estaba agachado para ponerse a su altura. Sus ojos azules eran lo único en lo que podía fijarse.

—Calma —volvió a decir—. Concéntrate y respira hondo, lentamente. Así, eso es —dijo cuando ella le obedeció. Tras unos cuantos minutos, su respiración ya se había acompasado y los latidos de su corazón volvían a ser normales—. ¿Mejor?

Ella asintió lentamente.

—Bien. ¿Quieres agua?

—No, no, estoy...

— ¿Bien? —dijo él con tono burlón, pero sin maldad alguna. Beth sonrió levemente, cerrando los ojos.

—Sí.

—Parece que si estás bien o no es la pregunta del millón últimamente —comentó él, apartándose y sentándose a su lado. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba sentada en una camilla de una de las consultas. Miró a su alrededor, a las blancas paredes, hasta detener los ojos en un cartel de un reloj y la inscripción "Mejórate pronto", con la palabra "pronto" subrayada.

—Eso parece —respondió ella, repentinamente cansada, sin apartar los ojos del cartel—. Ojalá pudieran dejarme en paz.

—Se preocupan por ti.

—Eso no significa que tengáis que acosarme todo el rato —giró la cabeza para encontrarse con su mirada confundida—. Sí, no te hagas el loco. No necesito niñera, Daryl.

—Yo sólo…

—Te preocupas por mí, ya, lo sé —suspiró ella—. Pero no podéis seguir haciendo esto. Tenéis que… dejarme un poco de espacio. Necesito respirar.

Daryl asintió tras unos instantes.

—Vale —musitó.

—Y lo siento —añadió ella. Cuando él levantó la vista, más confundido que antes, dijo—: Por ser así antes.

—No, tenías razón.

—No, no tengo por qué ser así, ni tratarte así. Sé que no fue fácil para ti tampoco. Te dejé tirado —murmuró.

— ¿Qué? Chica, mírame —le ordenó él. Beth despegó los ojos de la moqueta y le miró—. ¿De qué estás hablando?

—Aquél día, en la funeraria… te quedaste solo. Nadie debería estar solo.

—No estaba solo —respondió él rápidamente—. Unos tipos se cruzaron conmigo. Querían quitarme las cosas, pero al final me "dejaron" unirme —dijo, con el más que evidente sarcasmo tintando su voz.

— ¿Unos tipos?

—Sólo eran unos capullos. Llevaba toda la puta noche corriendo y de pronto el coche desapareció. No sabía qué camino seguir, así que me quedé allí. Cuando me encontraron estaba sentado en la carretera. Los imbéciles creerían que yo era una presa fácil. Unos matones.

—Pero Daryl Dixon les dio su merecido —bromeó ella.

—Ni lo dudes —respondió él, siguiéndole la broma. Beth se echó a reír. Sus ojos se encontraron de pronto, y ella sintió que el corazón e daba un vuelco. La miraba de la misma forma que la había mirado en la funeraria. La sonrisa se disipó de su rostro lentamente, mientras se le aceleraba el corazón por motivos completamente distintos a los que la habían llevado a esa camilla.

Sintió que necesitaba llenar ese vacío con algo. Se aclaró la garganta, tratando de reunir fuerzas para sacar la voz de la garganta, y puso su sonrisa más artificial, aparentando normalidad.

—Y… ¿cómo encontraste a Ellie? —preguntó en tono casual. Daryl apartó los ojos de ella y fue casi como si pudiera volver a respirar.

—Me la encontré a punto de congelarse en mitad del bosque. Se desmayó antes de que pudiera decir ni media palabra.

—Y la ayudaste —dijo Beth, mirándole como si fuera la mejor persona del mundo.

—No fue nada —gruñó él.

—Le salvaste la vida, Daryl. Te lo dije. Aún queda buena gente —sonrió ella, divertida por la forma en la que su cara se enrojecía.

—Ya, bueno, no tardé en arrepentirme. La cría despertó e intentó pasarme por la hoja de mi cuchillo —dijo, haciendo hincapié en lo indignante que era que hubiera estado a punto de ser asesinado por su propia arma.

—No te conocía y estaba asustada, es normal.

—No, lo peor fue después. Esa cría es un tornado —resopló, pero la sonrisa de ella se ensanchó aún más.

—Te cae bien —sentenció Beth con dulzura.

—Es un maldito dolor de cabeza —desdeñó él sus palabras.

—Te cae muy bien —dijo ella, sin dejarse influenciar. Daryl se encogió de hombros.

—Además, no era capaz de callarse cuando estaba dormida —añadió Daryl—. Siempre estaba murmurando en sueños.

Beth se tensó de pronto.

— ¿Qué decía?

—No lo sé, tampoco es que me pusiera a escucharla. No se estaba quieta nunca, como si quisiera atraer a cada caminante de Georgia.

—No es justo que haya tenido que pasar por todo eso —dijo ella en voz baja—. Sólo es una niña.

—No es mucho más joven que tú —razonó Daryl—. Y tú has pasado por lo mismo.

Beth se removió en la camilla un par de segundos antes de ponerse en pie.

—Voy a salir fuera un rato, ¿vale? A respirar aire puro y todo eso —le dijo—. Tendré cuidado, lo prometo —aseguró, como si fuera Maggie con quien estaba hablando. Se giró y salió de la consulta a toda prisa, cerrando la puerta tras de sí.

Se apresuró a llegar al exterior, ignorando a su hermana, que otra vez volvía a la carga con la dichosa pregunta de "¿Estás bien?". Tuvo que reprimirse para no girarse y soltarle lo que realmente quería contestar, que había sido separada de Daryl, la habían metido en un coche y la habían tenido secuestrada meses, pero que no se preocupara, que ella estaba bien.

Abrió la puerta principal de un empellón y se alejó un par de metros hasta llegar a uno de los árboles que adornaban la entrada. Se apoyó en el tronco y se obligó a calmarse. No podía estar perdiendo los estribos cada dos por tres. No podía. Cerró los ojos y se relajó.

—Beth.

—Dios —gruñó. Abrió los ojos y se encontró a Ellie caminando hacia ella.

— ¿Estás bien?

—Sí, la pregunta del millón —murmuró.

— ¿Qué?

—Nada. Sí, estoy bien, gracias —respondió mecánicamente. Ellie se puso las manos en las caderas, negando con la cabeza.

—Eres una hipócrita.

Beth alzó una ceja.

— ¿Qué dices?

—Siempre estabas diciéndome que tenía que aguantar, que tenía que ser fuerte. Que todo acabaría. Y ahora huyes como una cobarde.

—No huyo —contestó, pero su voz era tan débil que dudó que la hubiera oído.

— ¡Estoy harta, Beth! Eres mi mejor amiga, mi única amiga. Si no eres capaz de ser sincera conmigo, entonces… —pareció titubear. Beth puso los ojos en blanco y se giró en el tronco del árbol, apoyando la palma contra la corteza para darle la espalda a la chica, en un intento de que comprendiera que quería estar sola. Entonces lo oyó —. ¡Beth, joder, deja de pasar de mí!

— ¡Cállate! —siseó al instante.

—Beth, no puedes… —pero Beth había tirado de ella y le había tapado la boca para evitar que dijera nada más. Se retorció e intentó resistirse, pero Beth no la soltó. Señaló al horizonte con cuidado.

Ni siquiera había terminado de bajar el brazo cuando empezó a ver a los primeros caminantes. Si su oído no la engañaba, a estos les seguían varios más. Demasiados. Notó cómo Ellie comenzaba a temblar incontrolablemente.

—Eh, tranquila, tranquila —le susurró al oído—. Mantente callada y sígueme.

Ellie asintió y Beth la tomó de la mano, guiándola por la oscuridad de vuelta al centro de salud. Una vez dentro, cerró con fuerza la puerta para evitar que esas cosas entraran y empezó a correr a toda velocidad hacia la sala de espera.

—Beth, ¿dónde estabais? Creí que… —comenzó Maggie, pero se detuvo al ver la expresión de su hermana.

—Hay un grupo de esas cosas ahí fuera —soltó, casi sin aliento. Una vez dicho, se apoyó sobre las rodillas y comenzó a jadear, agotada por el sprint y la adrenalina que corría por sus venas. Rick se puso en pie de un salto y cogió su arma, pero Ellie le agarró por el brazo.

—Son demasiados —le dijo ella.

— ¿Cuántos? —preguntó Glenn.

—Verás, no he tenido tiempo de contarlos —restalló Ellie—. Pero más de los que podemos combatir, eso está claro.

—Pero estamos a salvo —dijo Rosita—. No pueden entrar, ¿verdad?

—No —respondió Beth—. He cerrado la puerta.

Todos se quedaron en silencio de pronto. Se respiraba la tensión en el ambiente.

—Jesús —suspiró finalmente Rick—. De acuerdo, tenemos que asegurar las puertas. Si Judith se despierta y empieza a llorar…—no terminó la frase, pero todos sabían lo que pasaría. Daryl se separó de la pared y Michonne hizo lo propio, pero ambos se quedaron ojipláticos cuando vieron a Beth adelantarse para unirse a ellos.

—Beth, ¿qué estás haciendo? —preguntó Maggie.

—Ayudar —respondió con naturalidad.

—Es muy peligroso.

—Es tan peligroso para ti como para mí.

—Beth… —comenzó Daryl, pero se calló al ver la mirada que le lanzó ésta. Sí, la conversación estaba bastante reciente para olvidarla, y Beth estaba segura de que no le apetecía tener que volver a repetirla. Retrocedió y asintió una vez. Maggie lo observó todo con la más implacable incredulidad.

—Soy capaz de tomar mis propias decisiones, Maggie.

—Pero…

—Chicos —siseó Glenn—, creo que ahora mismo tenemos cosas más importantes que hacer.

Maggie pareció confusa.

—No hay tiempo para discutir —sentenció Beth, antes de darse la vuelta y seguir a Rick y Daryl. No tardó en oír los pasos apresurados de su hermana tras ella. Reprimió un resoplido. Al menos había cedido un poco. Sólo tenía que tener fe en que no intentaría cogerla de la mano y todo estaría bien.


Beth estaba empujando con la ayuda de su hermana una estantería contra una de las salidas de emergencia. La chica se había negado a dejarla sola y ella se había visto obligada a aceptar a regañadientes, sabiendo que aquél no era ni momento ni lugar para empezar una pelea de hermanas.

—Ya está —jadeó Maggie, apartándose el pelo de la cara—. Listo.

Beth suspiró. Su hermana estaba roja por el esfuerzo de llevar media hora cargando muebles contra las distintas partes del centro de salud, despeinada y con una gota de sudor cayéndole por la frente, pero sabía que ella misma no tendría mejor aspecto. Estaba tan agotada que podría tirarse en el mismo suelo y dormir todo un día, pero en estos momentos no podían permitirse algo así. Seguro que los caminantes ya habrían oído parte del alboroto y estarían por allí cerca. Tenían que estar en guardia.

Pareció que Maggie abría la boca para decir algo, pero en ese instante un fuerte estruendo las sobresaltó a ambas. El sonido de los cristales rotos sucedió al golpe inicial, y cuando Beth miró a su hermana, supo que ella también pensaba lo mismo: los caminantes habían echado abajo una de las barricadas.

Ambas se precipitaron hacia la puerta, pero antes de que Beth pudiera continuar, notó que Maggie la detenía con el brazo.

—Quédate aquí —le dijo.

—Maggie, ¿estás de broma? ¡Se nos van a echar encima!

— ¡Cierra las ventanas que quedan por cubrir y encárgate de que los demás mantengan la calma! ¡Corre! —la instó, dándole un pequeño empujón. Beth se sintió tan desamparada como el día en el que la prisión cayó y Maggie se marchó antes de ordenarle que metiera a los niños en el autobús. "Es tu trabajo, todos tenemos trabajos que hacer".

"Es por el Bien Común".

"Todo lo que hagas es por el bien del resto. Haz lo que tienes que hacer".

"Es tu trabajo, Beth. Tu responsabilidad. Si tú no haces tu trabajo el sistema se desmorona".

"Cada uno tiene que sacrificarse para salvar a los demás".

"Tu trabajo, tu trabajo, tu trabajo…"

Beth sintió que volvía a faltarle el aire. Era como si de pronto, aquél inmenso pasillo se hubiera vuelto minúsculo y el oxígeno hubiera desaparecido de golpe. Vio alejarse a Maggie junto con el resto, y aunque sabía que tenía que ponerse en marcha, era como si las piernas no le respondieran. Estaba allí, inmóvil, incapaz de hacer otra cosa que no fuera jadear y echarse a temblar como un cachorrito asustado.

—Beth, ¡Beth! —notó cómo tiraban con fuerza de su brazo. Se giró para encontrarse cara a cara con Ellie—. ¡Vamos!

Beth asintió y empezaron a correr juntas hacia el resto de las consultas. No tardaron en darse cuenta de que los muebles eran demasiado pesados para moverlos ellas solas. Ellie estaba tan delgada como un pajarillo, y ella tampoco era un peso pesado.

—Quédate aquí —le dijo, antes de desaparecer de vuelta a la sala de espera. Allí sólo estaban Carl, Judith, Tyreese y Bob. Había tres cadáveres de caminantes tirados en el suelo, y se le heló la sangre al notar que estaban a dos pasos de la pequeña. Sin embargo, ésta estaba profundamente dormida—. ¿Qué ha pasado aquí?

—Ha caído otra barricada —dijo Carl, jadeando por el esfuerzo—. Hemos tenido que matar a los que han llegado.

— ¿Y Rick? ¿Y los demás?

Silencio.

— ¿Qué? —repitió Beth, con la voz más estrangulada de lo que pretendía.

Un grito rasgó el aire, y dos segundos después apareció Ellie, seguida tras seis caminantes. Beth sacó el cuchillo del cinto y se lo clavó al primero, mientras otro la agarraba por detrás. Sus dientes estaban a escasos centímetros de ella cuando Bob le arrancó la cabeza.

— ¡Beth! —chilló Carl. Estaba forcejeando con un caminante, tratando de que no le mordiera, pero incapaz, por tanto, de poder sacar su arma. Señaló con la cabeza a algo tras ella, y al girarse, vio que se trataba de un extintor de incendios. Comprendiendo lo que quería decir, se dirigió a toda velocidad y sin pensárselo dos veces, rompió el cristal con el puño fuertemente cerrado y sacó el extintor. Carl y ella se miraron, y, tras asentir, él empujó al caminante en su dirección. Pero Beth ya estaba preparada, y en cuanto abrió la boca, el frío metal dio a parar contra su cara, lanzándola de golpe al suelo. Sin perder más tiempo, empezó a golpear una y otra vez al cadáver hasta que sólo quedó un puñado de sesos desparramados por la moqueta empapada de sangre. Se dio la vuelta a tiempo para ver cómo Ellie lanzaba al cuerpo reanimado de una mujer contra la pared y le clavaba un cuchillo en la sien.

Beth se acercó al primer caminante que había matado y le arrancó la hoja, derramando más fluidos desagradables en el proceso.

No tardaron en oírse más gruñidos en la distancia. Bob se lanzó contra la puerta y la cerró de golpe. Beth se apresuró en ayudarle a mover el sofá para bloquear la salida, pero sabía que aquello no aguantaría mucho. No le hizo falta más que mirarles a los ojos para saber que todos pensaban lo mismo.

—Tenemos que irnos —dijo entrecortadamente Carl—. No podemos con todos. Y Judith…

—Dámela. Dámela, tú tienes que disparar —repitió al ver la indecisión en los ojos del chico. Finalmente, le tendió el portabebés improvisado y se lo colgó, con la pequeña con los ojitos muy abiertos mirando a ambos lados en busca de respuestas a todo aquél caos en mitad de su siesta.

— ¿Cuántas balas nos quedan? —preguntó Beth. En su propia arma sólo quedaban tres.

—Tres —dijo Carl.

—Cuatro —respondió Tyreese.

—Dos.

—Mierda —susurró Beth—. Bien, ¿alguna idea de por dónde podemos largarnos?

—Hay una salida de emergencia al final del pasillo. Si somos rápidos podemos irnos sin hacer ruido. Intentemos ahorrar balas y ser discretos. Lo último que queremos es atraer a más caminantes con un bebé llorando y los disparos —siseó Carl.

Echaron a correr y Tyreese apartó con cuidado la mesita de café que había apoyada. Beth se preguntó cuánto habría aguantado eso de haber intentado entrar alguien ahí. Carl y Tyreese iban los primeros, limpiando el paso de los caminantes que había por allí, pero estaba claro que no se encontrarían muchos. Aquella salida daba a un callejón en el que sólo una valla separaba la naturaleza de lo urbano.

—Al bosque —susurró Carl.

—Pero Maggie-

—Estarán bien, Beth. En serio —le dijo Bob. Beth asintió una sola vez antes de seguirles a las entrañas de aquél boscaje. Tenían razón: si quería que los demás la tomaran en serio ella tenía que tomarles en serio a ellos. Podían hacerlo. Pero ella tenía que proteger a los que estaban ahí. Haría que Daryl se sintiera orgulloso de ella.


A/N: ¡Y hasta aquí el capítulo nueve! El primer capítulo del 2015 y no estoy segura de si me gusta o no. No estoy acostumbrada para nada a escribir escenas "de acción", así que por favor, perdonad las metidas de pata y la falta de adrenalina, estoy aprendiendo. Digamos que éste es un regalo de Reyes para la comunidad fanfiction. Un poquito penoso, pero hecho con mucho amor.

¡Gracias por leer! ¡Se agradece cada review desde el corazón!