Un nuevo trueno retumbó haciendo temblar los cristales del colegio. Los pasillos solitarios tenían un aspecto aún más tétrico a esas alturas de la noche. La antorcha que portaba Snape se movía por la corriente, amenazando con apagarse y dejarlo en manos de la más completa oscuridad. Echando la capucha de su túnica sobre la cabeza salió del castillo hacia la zona de las caballerizas.
La mayoría de los Thestrals estaban despiertos en sus zonas con las alas plegadas. Sus ojos, blancos como la luna, miraron al profesor curiosos. Severus se acercó hasta uno de los ejemplares colocando una mano frente a sus fosas nasales. La oscura criatura olisqueó sus dedos y los empujó con un ligero movimiento de cabeza. Severus devolvió su aprecio dándole una palmada en el lomo.
Tuvo que esperar un buen rato hasta que Lucius se dignó aparecer. Los Thestrals comenzaron a moverse intranquilos.
Nada más llegar el hombre rubio trató de sorprenderlo, pero Snape lo había escuchado llegar. Tras tantos años, aún recordaba bien aquellos pasos seguros seguidos por el sonido del bastón.
—Buenas noches, Severus.
—Buenas noches, Malfoy. —respondió sin volverse.
El aludido sonrío divertido. —Casi, casi me siento como si fuera tú alumno. "Malfoy". —Repitió el hombre imitando su recia voz. —Aun así, estoy seguro de que todavía puedo enseñar un par de cosas a este profesor.
Snape se retiró al notar el pecho de Lucius contra su propia espalda, dejando al noble con la mano estirada como si pensara asirse a algo efímero. Lo que hubiera sido tomado como un desprecio el hombre lo tomó como una deliberada provocación. Severus nunca se había dejado doblegar… al menos, no del todo.
—Bien. —Lucius habló a sus espaldas. La vista del noble se detuvo estudiándole.
—No tengo toda la noche.
— ¿En serio?— El noble alzó una ceja. —Creía que no tenías nada que hacer por las noches.
Severus apretó los puños, furioso, no quiso darle el gusto de saber que aquel comentario lo había molestado, pero Lucius si se dio cuenta de la repentina tensión de su cuerpo. El hombre arrogante veía cada uno de sus músculos como las páginas de un libro que no se cansaba de leer. No era cierto que el tiempo lo borraba todo.
—Elige mejor tus encuentros Malfoy porque si esta reunión era sólo para tratar de insultarme te recordare que una encuentro bajo las narices de Dumbledore es una gran estupidez. La próxima vez manda una carta. —Snape se encaminó hacia la salida pero un brazo alrededor de su cintura lo detuvo. Lucius aspiró su aroma con la nariz en su nuca, pero él se soltó en escasos segundos. Era como tratar de sujetar el aire.
—Tenemos que adelantar nuestro encuentro. Ven a mi mansión de aquí a dos semanas. ¡No he terminado de hablar!—le espetó alzando el tono de voz al ver que se marchaba. Lucius lo llevó hacia la esquina más oscura de las caballerizas. Dejó la espalda del oscuro profesor contra la pared y se pegó contra su cuerpo.
Severus no quería ser débil, no quería estar allí. Hubo un tiempo en el que hubiera dado la vida por ese hombre, que hubiera dejado de lado todo cuanto conocía por él, pero…
La boca del hombre rubio atrapó sus labios. Los dientes de Lucius los mordieron jugando con ellos poco antes de introducir su lengua. El beso comenzó sin demandas, pero acabó pidiendo más a medida que se intensificaba. Las manos del hombre rubio se deslizaron a su cintura acariciándolo en su descenso. Sujetando sus nalgas lo acercó más. Ambos gimieron, pero Lucius se vio obligado a parar. La punta de una barita se clavó en su pecho. A pesar de que Severus parecía haber disfrutado de aquellos escasos segundos tanto como él parecía no querer seguir jugando.
—Vete ahora mismo. —Le ordenó. —Si vuelves a tocarme te arrepentirás.
Malfoy alzó las manos en señal de paz, pero no disimuló una amplia sonrisa.
—Juega bien tus cartas Severus. —Habló el rubio mientras abandonaba los establos.
Antes de volver a salir Snape se aseguró de llevar bien sus ropas y se maldijo una y otra vez…
Williams despertó. Sus ojos marrones se abrieron y trató de desperezarse pero un súbito dolor en el pecho lo detuvo. ¿Dónde estaba? Cuando comenzó a acostumbrarse a la oscuridad distinguió una gran cortina blanca que rodeaba la cama por el lado izquierdo y una pequeña mesilla con ruedas en el izquierdo. ¡Estaba en la enfermería!
Los ojos de Williams se abrieron de par en par mientras se sentaba abruptamente. La brusquedad con la que apoyó su espalda contra la fría cabecera hizo temblar los vasos que había sobre la mesilla. El pecho del joven comenzó a subir y bajar con rapidez y su gran cuerpo comenzó a temblar. No quería estar allí. Era como volver a estar en aquel hospital de sabanas blancas. Ya había pasado en aquel lugar casi un año y no quería regresar. Aún… aún recordaba ese calor asfixiante, el olor de los medicamentos y la sangre, el dolor y a él... el cuerpo inerte de un hombre que antes de morir le dijo que lo amaba aún sabiendo que Bill no le había correspondido del todo. Recordaba aquel brazo que había tratado de acariciar sus manos poco antes de caer inerte y sin vida como su dueño… Recordaba a Eric y el hedor de la sangre.
Aquella habitación lo oprimía. No quería estar allí tenía… que salir como fuera. Bill no fue capaz de contener las nauseas. Bajó de la cama, pero en su prisa derribó la mesilla cayendo al suelo. Williams profirió un gritó ahogado al golpearse el brazo. No quería estar allí. La enfermera entró en la estancia sorprendiéndolo.
— ¿Profesor, que le sucede?
—No me toque. —gritó. La enfermera al principio se sorprendió apartándose, pero Bill sabía que ese estado no la duraría mucho. —Me he caído. —Añadió tratando de suavizar su tono de voz. Williams todavía estaba de rodillas sobre el suelo y con las manos apoyadas frente a él. Su respiración casi se había regulado.
La mujer encendió las luces y lo miró severa. —Vamos a tener que cambiar sus sabanas y el camisón. —Habló mientras lo ayudaba a ponerse en pie. —Le traeré también algo para el estomago y una palangana por si vuelve a tener ganas de vomitar.
—No… no es necesario me voy a mi habitación. Ya estoy bien… mejor. —Agregó al ver la ceñuda expresión de la mujer.
—Vuelva a la cama ahora mismo. — ¿Y esas marcas?— Instintivamente Bill tapó la gran cicatriz del accidente en el banco pero la mujer se refería a otra cosa. Alrededor de las mangas cortas del pijama que habían dejado al hombre se habían formado dos marcas profundas. El pijama le venía tan justo en los brazos que le oprimían los músculos. —No creo que tengamos ninguno más grande. —En un abrir y cerrar de ojos la cama fue mudada y el desorden limpiado. — Si no podría llamar a sus hermanos para que le traigan otro pijama de su cuarto.
—Yo mismo iré. —El joven tuvo que volver a sentarse nada más mirar aquel semblante nada dispuesto a discutir. —Llame a mi hermano él puede ocuparse de traerlo.
La mujer le miró a los ojos como si tratara de leer su mente. —Tiene unas ojeras muy marcadas jovencito. Debería tratar de cuidarse algo más. Aproveche y duerma.
—En mi habitación podría hacerlo. Ha sido un simple golpe.
— ¿Simple?
—No ha sido nada…
—Comparado con alguna de las cicatrices que hemos visto esta mañana por su cuerpo no, pero se desmayó y lleva inconsciente casi todo el día. Hasta que venga el médico del hospital, de aquí no se mueve ni para estornudar.
—No lo entiende. —Bill se sorprendió hablando más alto de lo que tenía intención.
—Mañana hablaremos con el médico.
Bill volvió a acostarse, en cuanto lo volvieran a dejar solo se marcharía, pero antes siquiera de tener ocasión de protestar la enfermera lo durmió.
A la mañana siguiente en cuanto Ron supo que su hermano se había despertado salió corriendo hacia la enfermería tras mandar a Ginni en busca del pijama.
Mientras los tres hermanos hablaban Harry y Hermione esperaban fuera pacientes. Potter se intranquilizó al oír que Williams alzaba la voz. Quiso entrar, pero su amiga lo detuvo.
—Son su familia Harry no podemos entrar. Si se da cuenta de que le hemos oído se enfadara más.
—Venga, Bill no tienes porque estar asustado. —Ron estaba acongojado al verlo así.
— ¡Asustado!—Bramó como un ogro. Por un estúpido segundo Ron pensó que si fuera un dibujo animado, sus cabellos rojos se hubieran movido como impulsados por un huracán con aquel grito. —Ronald Weasley que sabrás tú lo que es el miedo —Ginni no lo aguantó más y salió corriendo con lagrimas en los ojos. —que no has salido de las paredes de este colegio. No sabes que hay fuera de aquí y seguirás sin saberlo. Nada es tan fácil como tú te crees. Te levantas por la mañana y sólo piensas en estudiar si es que…— Bill se calló al ver a su hermano mirarlo con una mezcla de miedo y tristeza. — ¿Dónde… dónde está Ginni?—Preguntó de pronto. Ron abrió la boca para mentirlo, pero no le dejo hablar.
—Vete… vete Ron. —El joven retrocedió mirando hacia el suelo y salió fuera. Hasta que estuvo junto a sus amigos no se dio cuenta de que aún sujetaba el pijama de su hermano.
— ¿Estás bien?—Preguntó Harry.
—Tengo que encontrar a Ginni.
—Ha subido a la habitación con Hermione. Tú hermano parecía majo pero en realidad es un idiota.
—No hables así de él.
— ¿Cómo puede tratarte de esa manera? Cuando tu madre se entere…
— ¡Ella no se enterara!—Al instante Ron se tapó la boca. —No quería gritar.
—A sido grosero y…
Su amigo negó. —No lo entiendes Harry.
—Pues no, no entiendo por qué esta tan enfadado.
—No está enfadado… tiene miedo.
— ¿Miedo? —preguntó incrédulo.
—Bill estuvo ingresado en un hospital durante muchísimos meses. Primero pensamos que no lograría salvarse, después nos dijeron que podía perder el brazo. Realmente…—Ron bajó aún más la voz, pero no impidió que el hombre que escuchaba oculto continuara oyendo la conversación. —debió de pasar algo más. Creo que perdió algún compañero, pero no lo sé. Lo poco que se lo averigüé fue escuchando a escondidas, de todas formas, no sé ni la mitad. Bill solía venir las vacaciones con su amigo Eric, era como tener a Snape en casa, pero era el único que hacía reír a mi hermano a carcajadas.
— ¿Qué quieres decir?
—Era demasiado serio y estirado, daba miedo. Tenía cara de estar enfadado todo el tiempo, pero cuando se acercaba a decirle algo al oído siempre le hacía gracia. Después del accidente no lo volví a ver así que supongo que… Bueno, desde entonces no soporta los hospitales ni nada que se parezca a uno. Ayudarme a sacarlo de aquí. No creo que lo soporte por más tiempo.
—Haré todo lo que pueda.
Cuando ambos se perdieron de vista Snape salió del abrigo de las sombras. Sus ojos miraron de soslayo hacia la puerta de la enfermería. Toda aquella información lo había sorprendido, pero no creía que Williams pensara de esa manera. Por una vez en la vida y sin que sirviera de precedentes tenía razón sobre que aquellos mocosos y tristemente la mayoría de los adultos no tenían ni idea de lo que realmente pasaba. Fuera de las paredes de Hogwards la vida no era tan perfecta a no ser que vivieras feliz en la ignorancia o fueras uno de los de arriba.
Al pasar por la puerta pudo escuchar con claridad el comentario de una de las enfermeras. La mujer con total deliberación habló en voz alta para que pudiera escucharla.
—Por lo visto Snape no debió de sujetarlo bien porque parece que se golpeó la cabeza. Parece confundido.
El profesor se detuvo en el marco clavando sus cristalinos ojos negros en ella sin mostrar expresión alguna. —Estoy acostumbrado a que me señalen culpándome de estupideces, pero no voy a cargar con esta culpa. Estoy seguro de que si se cayó fue de recién nacido de las manos de una enfermera inepta.
—Me está insultando.
Snape alzó su muñeca mirando el reloj. —Llegó tarde a mis clases.
La mujer bufó palabras nada femeninas hasta quedarse a gusto, pero a lo largo de su vida había escuchado cosas mil veces peor.
Durante todos los descansos que tuvieron los muchachos trataron de hablar con toda la gente que pudiera tener un mínimo de autoridad, pero no les hicieron caso, menos aún cuando Ron tampoco podía dar ningún motivo para ello. Le dejarían salir de allí cuando estuviera bien y eso era todo.
Williams, se dejó caer sobre la cama, exhausto e impotente. Charlie acababa de hablar con él a través del pequeño artilugio que le regalo su padre y lo único que le había dicho era que no perdiera la calma porque si no acabarían por echarlo de allí. Que fácil era decirlo cuando no sientes aquella presión, esa asfixiante sensación de que el techó se desploma sobre ti hasta convertirte en nada. Y encima para empeorar la situación aquel dichoso médico no podría aparecerse por la tormenta. Los relámpagos retumbaron iluminando por un instante la habitación. Era como estar en una película de miedo. Si pudiera ver la tele a lo mejor… pero en el colegio no tenían ese tipo de cosas. Para cuando Bill se durmió sus ojos estaban completamente rojos por las largas horas trascurridas sin tan siquiera pestañear. Sus parpados cayeron adentrándolo en un profundo sueño que no llegaría a ser nada reparador. El sudor bañaba su cuerpo, un cuerpo que se debatía por devolver a su dueño a la cordura.
Los gritos desde la enfermería llamaron la atención de Snape. El oscuro profesor se dirigió hacia la estancia y abrió la puerta levemente, aunque no entró. Bill, tumbado en una de las camas del fondo se revolvía como si la vida le fuera en ello. Con sigilo entró acercándose hasta él. Alzando la barita le iluminó. Las sabanas estaban en el suelo y sus cabellos pelirrojos se pegaban a su rostro por el sudor. Todo su cuerpo estaba empapado por la transpiración. Snape sabía bien lo que era tener pesadillas… si es así como se puede llamar a soñar con la realidad. Los dientes del joven se apretaban con tanta fuerza que aunque trataba de hablar difícilmente se entendía algo. El profesor lo sujetó por un brazo zarandeándolo con suavidad, pero no logró despertarlo. De nuevo insistió, sin embargo sólo consiguió que se moviera algo menos.
Severus se volvió para salir de la enfermería. Ya casi había cerrado la puerta tras de sí cuando escuchó al joven estremecerse soltando un grito ahogado. Severus lo miró. En sus manos estaba que dejara de sufrir así o al menos aliviarlo. Sabía que parte del problema era esa habitación. Volvió a acercarse a la cama y apartó un mechón del pelo del rostro de Bill. El joven parecía un cachorrillo. Al poner de nuevo una mano en su hombro pareció sosegarse un poco. Snape negó con la cabeza ante la absurda idea que se metía en su cabeza.
El profesor lo alzó en brazos con la ayuda de una mano bajo las rodillas, otra bajo su trasero y un poco de magia. Bill había transpirado tanto que aquel mínimo camisón se transparentaba dejando ver cada músculo de su cuerpo. Era físicamente perfecto por mucho que aquello le fastidiara admitirlo y además incluso así de sudado desprendía un olor agradable.
Lo dejó en la habitación de Williams y se sentó agotado sobre el sofá que había junto a la cama. Como por encanto desde que lo cogió, pareció tranquilizarse como si supiera que ya no estaba en la enfermería. Ahora, en su rostro relajado ya no se veía la angustia que parecía devorarle. Snape se quedó velando sus sueños durante horas, pero tampoco supo cuantas porque al final también cayó dormido.
Bill abrió los ojos en mitad de la noche. Se sentía como si hubieran caminado sobre él una legión de Ñus. Se volvió despacio sin darse cuenta de que tendría que estar en otro lugar y miró hacia el sofá donde dormía Snape. Parpadeó varias veces, sin embargo la imagen no desapareció de sus retinas. Al final decidió que él mismo estaba dormido y soñaba que Snape velaba sus sueños. Y ya que aquello no le disgustaba decidió que seguiría soñando unas cuantas horas más.
