LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN, A EXCEPCIÓN DE MIS OC
Agradecimientos:
Byakko Yugure: gracias por tu review. Los dos por uno son buenos, dw xD Jajaja, dw, que a mi también me da verguenza ajena y bastante; cosas que pasan :v Pues para qué te digo que no, si sí, ese Burrows me lo imaginé como deberían de ser los pueblos granjeros, digo, con ese aire de familiaridad xD En eso tienes sentido, no debería ser natural que existiese alguien así, pero mira que ves, yo tuve una compañera así de... ¿sincera, podríamos decir? xD Oye... ahora que lo pienso, eso que sea la contraposición de Skye tiene algo de... calla boca, no debo decir nada :v Y con respecto a lo de Gid... -se encoge de hombros- Me pareció cute :v. Gracias por leer.
Darkkness666: gracias por tu review. Me alegra que te haya gustado Munin, y sí, ella es algo... explosiva, atípica, fantabulosa (? jajaja xD. Gracias por leer.
osita: gracias por tu review. Me alegra que te haya gustado el cap. Gracias por leer.
pandita: gracias por tu review. Me alegra que te haya gustado el cap. Gracias por leer.
Guest: gracias por tu review. Gracias por leer.
VIII
Si pagas con el cuerpo, no te sorprendas si te preñan.
El lunes, al llegar a la jefatura a primera hora, Pelusa y yo nos fuimos como torpedos haciaInformes para descifrar los archivos que llegaron a mi teléfono sobrelos cuatro lobos muertos, no sin antes ajustarnos las chaquetas que agarramos al pasar por mi departamento. Serpenteamos por Informes, atisbé a unos colegas como Lobato y Higgins, pero estaba buscando a una loba en específico, una que encontré en el mismo cubículo de siempre, fresca como ninguna.
Nirr nos saludó a ambos ondeando la pata, esta vez con un look más formal: falda ajustada negra un palmo más arriba de las rodillas, camisa de botones blanca, corbata roja y chaqueta de esmoquin negra. Ejecutiva, vamos. Todo aquel negro en ella hacía resaltar su blanco pelaje cual nieve y sus ojos verde esmeralda. Fuimos con ella.
—Hola, muchachos —nos saludó—, ¿qué tal?
—Necesitamos que nos ayudes en algo —dije a modo de saludo y le mostré mi móvil—, ¿tienes idea de si puedes desencriptar estos archivos?
Nirr tomó mi celular e intentó abrirlos. Inútil, ya lo había intentado yo, pero sabía, o mejor dicho intuía, que Munin me los había mandado con una encriptación que de segurosólo podía abrirse con un programa en la base policíaca. De esa forma ella recuperaría los archivos, de alguna forma.
Cuando Nirr desistió, abrió su escritorio y sacó un cable USB que usó para conectar mi móvil a la computadora. Tecleó como una posesa y logró en pocos minutos abrir los archivos en las cuatro carpetas.
Los lobos se llamaban Erick Jhonson, Julio Sánchez, Gabriel Provenza y Harold Swanson. Los cuatro lobos estaban libres de antecedentes para mi sorpresa, y poseían cuentas en el Banco Central de Zootopia. Eran una especie de matones a sueldo, cumpliendo cualquier encargo por una cuantiosa suma de dinero, pero durante los últimes años sus cuentas no tenían movimiento de ingreso alguno. «Así que le pusieron un alto a sus trabajos, ¿pero por qué?»
De alguna manera inexplicable, Munin había logrado rastrear la IP de la computadora donde se entró por última vez a la cuenta de uno de los lobos, Erick, y con algún programa o virus se adentró en esta e hizo una copia de los archivos. Nirr empezó a clasificar todo lo que había en grupos, limpiando mucho. Al final, nos topamos con una especie de cronología de hechos.
—Vaya —dijo la loba con sorpresa en la voz—, esto es intenso.
Y vaya que lo era, se trataba de una lista de encargos realizados.
—Dos muertos para un tal Pie Zambo —nombró Judy—, un secuestro para Jorobado, intimidaciones y palizas para Pescado, Stomper, Dedo Veloz, Destello, Papá Noel y Yuyu. ¡Oh, dulces galletas con queso —exclamó con un susurro—, miren quién es Papá Gato!
No estaba viendo eso en específico, pero al buscarlo, alcé las cejas por la sorpresa.
—¿Leonzález les pagó para intimidar o golpear a alguien? —murmuré. Me volví hacia Judy—. Pelusa, ¿sabes lo que esto significa?
—Venganza. Tenemos un móvil.
—Sobre todo por esto. —Me incliné sobre la pantalla y apunté un alias que, casualmente, estaba identificado—. Nuestros lobos mataron a un animal, no sabemos quien, para La Estirada. ¿Puedes leer el nombre, Zanahorias?
Judy frunció los labios, tan parecida a Stu que era inquietante.
—Natalie Jane —Exhaló y se centró—. Esto lo confirma estamos ante una venganza. Tal vez el animal que ella mandó amatar hizo enojar a alguien, y ese alguien es nuestro asesino fanático de la mitología nórdica. El punto es, ¿quién?
—Creo que la clave de todo está en Natalie Jane —comenté—. En su vida, su pasado. Tenemos que hablar con Bogo para que nos consiga una orden de cateo para con Aleh, la hija. Ella podrá hablarnos mejor.
—Nos dirá lo mismo que Jork —terció Judy—; nada importante.
No respondí a aquello, Pelusa me había hecho recordar algo: el hijo de Natalie me había dicho que su madre tenía trato con delincuentes y, mejor aún, que intuía que su madre hizo o tuvo algo que ver en la muerte de su novia. Ahora empezaba a sospecha de él, y como no había visto su apartamento, no tenía idea de cómo era su estilo de vida; quizá le gustara la mitología nórdica. Pero su otro hijo, Patrick, parecía llamarle la atención aquellos mitos por su decoración, sin embargo, aunque su motivo pudiera ser el dinero que recibirá por el seguro se vida, la teoría flaqueba, ¿por qué mataría además de su madre a los lobos que nada pintaban en su vida?
Sin embargo, estabamos de patas atadas, la información que teníamos nos permitía pedir una orden de allanamiento como mínimo para los familiares de Natalie, pero como era información obtenida ilegalmente, de nada serviría ante un juez o jurado.
Suspiré, contrariado y estresado.
—Nirr, no hace falta que te diga que lo que viste aquí se queda aquí, ¿o sí? —le pregunté—. Esto no aparecerá en el informe que haremos y que transcribirás, así que agradecería tu silencio, por favor.
Ella se frotó la muñeca derecha, moviendo la pulsera de plata de flores de frezo entrelazadas, un tic que le conocía de cuando estaba nerviosa.
—Vale, ni una palabra —asintió.
—Bien —sonreí—, gracias.
Desconecté mi teléfono del cable que lo unía al computador y éste se reinició de improvisto, tomando por sorpresa a Nirr. Yo, en cambio, dejé la sorpresa de lado y terminé por suspirar resignado cuando mi teléfono hizo lo mismo; al encender, todos los archivos que Munin había colocado-barra-enviado habían desaparecido. Habilidosa estrategia, así no podrían rastrear el origen de los archivos ni ligarlos a ella, y nos había dejado en el mismo punto.
Nos despedimos de Nirr y salimos de Informes hacia la oficina de Bogo.
—Tenemos que intentar obtener una orden de allanamiento del juez, o mínimo convencer a Bogo.
—¿Con qué? —preguntó Pelusa—. No tenemos causa probable.
Ella tenía razón, sin alguna causa que ligue fuertemente a Jork con los asesinatos, no podíamos hacer nada. Tampoco podíamos aspirar a su hermana en todo caso, negarse a hablar con la policía no era un delito... aún. Por lo que lo mejor que podíamos hacer ahora era ir con Jork y hablar de nuevo con él, intimidándolo un poco a ver si conseguíamos información valiosa.
No obstante, también teníamos que resolver los enigmas de las runas y el porqué de que el asesino las dejase y a qué hacían alusión.
Sabía que Bogo nos daría una negativa para con la orden, pero teníamos que intentarlo. Cuando llegamos a la puerta de su despacho, tocamos dos veces para hacernos oír por sobre el estruendo normal de la jefatura. Oímos el bufido que significaba «entren» y le hice palanca a Pelusa con mis patas para que se impulsara, saltara, llegase a la altura del pomo de la puerta y la abriese.
Una vez dentro, cerramos la puerta y el silencio absoluto se hizo en la oficina.
—Estaba por llamarlos —dijo Bogo a modo de saludo.
—¿Ah, sí? —preguntó Judy.
—Encontramos a un especialista en lo que a mitología nórdica se refiere —nos hizo saber, sin levantar la vista de los documentos en su escritorio—. Se encuentra en La Biblioteca Principal de Zootopia, aquí en Downtown, a dos calles al sur del Banco Central. Es un viejo lobo, el bibliotecario, él los pondrá en camino para atrapar al asesino. Espero.
Vaya, eso sí que era una buena noticia.
—¿Algo más, señor? —quiso saber ella.
—Tenemos una desaparición posiblemente asociada a su asesino, pero no estamos seguro.
—Disculpe, jefe, ¿pero cómo que no está seguro? —inquirí.
—Nuestra posible víctima desapareció el viernes por la noche y no ha aparecido hasta ahora —contestó, bufando, alzando la mirada de sus papeles—. No he mandado a realizar una búsqueda porque aún no han pasado las setenta y dos horas, y porque por cualquier tontería nos llaman. —Soltó aire, hastiado—. Por eso odio las ruedas de prensa. Leonzález sólo causó que la población se volviera paranóica; por cualquier estupidez están molestando porque creen que el asesino de Natalie Jane está tras su pista.
—Ya veo —asentí.
—Ustedes vayan a la biblioteca y obtengan toda la información que puedan. —Deslizó un folio por el escritorio y Judy pegó un salto para tomarlo—. Ahí —prosiguió— están las fotografías de las runas dejadas por el asesino, muestrenselas al lobo a ver qué sabe. Pueden retirarse.
Inspiré profundo para no preguntar nada más, sabía que cuando Bogo decía «pueden retirarse», debíamos retirarnos si no queríamos ganarnos una semana entera en Informes. Mientras iba junto a Pelusa al estacionamiento interno de la jefatura, me preguntaba si que el alcalde hubiera hecho una rueda de prensa para notificar a la ciudad sobre lo ocurrido, era una forma de desviar los ojos de todos de la víctima hacia nosotros. Después de todo, aunque no estaban conectados directamente, los unía la contratación de los lobos matones a sueldo, y tal vez él supiera que ellos estaban fuera de actividades por el último encargo que hicieron: el asesinato por Natalie.
Estaba cien por ciento seguro de que Zanahorias estaría pensando igual que yo, porque tenía el ceño fruncido que yo asociaba con su concentración y además movía la nariz tan rápido que parecía que se le fuera a desprender. Subimos a la patrulla, Judy condujo, y nos enfilamos hacia la biblioteca.
Estacionamos frente a ella, un edificio marrón cuadrado de un piso, ancho y largo como una cancha de fútbol, con adoquines marrón chocolate adornando su fachada y alrededores del edificio. Empujé la puerta de cristal y dejé pasar primero a Pelusa; la seguí. En la estancia pululaba un olor a ozono; deja me explico, ¿sabes cuando entras a un lugar que está controlado? Bueno, así, toda la biblioteca parecía estar con un aire adecuado y así lograban evitar que los libros que fuesen muy antiguos se dañaran.
Fuimos caminando por el recibidor, no sin antes ver de reojo que la biblioteca estaba dividida por decenas de estantes larguísimos, como una especie de panal o rejilla; llegamos al escritorio del bibliotecario-barra-dependiente, quien nos escaneó con ojo crítico. Era un lobo de, si me tocase adivinar, unos sesenta o setenta años, muy entrado en edad, con el pelaje que alguna vez fue negro azabache, vuelto plateado.
—Buenos días —saludé con voz suave—, ¿es usted el bibliotecario?
El lobo asintió con un parpadeo.
—Díganme qué necesitan, oficiales —dijo, con una voz de antiguo fumador.
—Estamos interesados en algunos conocimientos sobremitología nórdica —intervino Judy—. Tenemos entendido que usted es especialista en la materia.
El lobo sonrió con falsa modestia.
—Ustedes dirán.
—¿No tiene un lugar con más privacidad? —pregunté. No me animaba preguntarle cosas referentes a un caso al aire libre y sobretodo en un lugar lleno de oídos atentos, mentes receptivas como esponjas y silencio absoluto.
—Podemos ir a mi…podemos llamarla oficina.
—Me parece bien —asentí.
El lobo salió de la recepción en la que estaba y camino con paso tranquilo hasta una puerta de madera contrachapada que, al abrirla, daba a un estudio no grande, pero tampoco pequeño, que tenía en dos de las cuatro paredes libros amontonados en una especie de Jenga literario. En el centro del estudio había un escritorio de madera pulida con grabados rúnicos, lo que me hizo alzar una ceja con curiosidad. Verás, una parte de ser policía es sospechar hasta de tu sombra, por lo que no negaré que se me pasó por la mente que nuestro lobo mayor podría ser el asesino, posibilidad que fugazmente vino y fugazmente se fue. Era imposible. Se sentó en la silla con espaldar de tela y algodón y nos hizo una seña para que nos sentásemos en las dos que había delante del escritorio.
No iba a negar que aquella estancia tenía un aire a oficina de docente de universidad. «Tal vez lo fuese; tal vez aquel lobo fuese un profesor en sus años mozos.»
—Bien… ¿le parece si le llamamos profesor? —preguntó Pelusa. Yo me asusté un pelín, ¿es que acaso ella ya me leía la mente?
—Si gustan, y mi nombre es Erick —respondió el lobo.
—Bien, señor Erick —proseguí—, quisiera que nos diera una fugaz clase de mitología nórdica. Puedo suponer que entenderá que lo que hablaremos aquí será secreto de sumario, ¿cierto? —Al ver que Erick asentía, continué, conforme—. Verá, profesor, como sabrá ha habido un homicidio de una, podríamos decir, figura relativamente importante en Zootopia.
—Natalie —fijó, con el ceño fruncido y la mirada en otra época—. Estudie con ella. No nos llevamos bien. Muy engreída, estirada.
«Mira, pues…»
—Verá… —Le pedí a Pelusa los folios con las fotografías, me los entregó, saqué las fotos y las coloque una al lado de la otra sobre el escritorio— el asesino ha dejado estos dos trozos de madera con inscripciones grabadas a fuego en la superficie en cada uno de las escenas del crimen. Al principio barajeamos la posibilidad de que sean letras, porque como verá, son a «R» y «X» del alfabeto, sin embargo, gracias a un compañero que identifico la de la letra equis, supimos que se trataban de runas. Sabemos de éstas lo que el internet nos proporciona, que no es mucho, sólo rasgamos la superficie. Así que como usted ya podrá intuir, sabemos el origen mitológico de lasrunas, pero lo que pudieran significar simbólicamente se nos escapa.
Erick tomó las fotos, las miró lo más cerca que pudo de su rostro con hipermetropía le permitía y se quedó así, mirando las dos fotos, con la calma y la paciencia que los años otorgan. Después de observar ambas fotos unos dos minutos cada una, habló.
—En efecto, son runas. —Hizo una pausa, tal vez eligiendo las palabras a decir—. Pero como verán, son dos runas con connotaciones, sino raras, peculiares. ¿Podrían explicarme en qué tipo de escena encontraron las runas?
—Esta —dijo Judy, apuntando a la de la letra «R»—, la encontramos en una escena donde la víctima tenía un simple tiro en la cabeza. —Apuntó a la otra—. Y esta, en una escena de tiroteo donde todos los implicados murieron.
—Ya veo, ¿de casualidad en la de la equis, fueron cuatro los asesinados?
—Sí —comenté, tratando de disimular mi sorpresa—, de hecho, sí. ¿Cómo lo supo?
—Verán, oficiales, las runas, o alfabeto nórdico tienen dos connotaciones. Por un lado son, como ya he dicho, símbolos que componen el alfabeto nórdico o escandinavo, runas que se emplearon para escribir, así como usted, la jovencita o yo usamos las letras latinas. El otro significado venía de la pata con su mitología; como ya han de saber, si investigaron y pasaron por encima de la historia de relatos, el origen de las runas se remonta al tiempo en que Odín, el dios Aesir, Padre de Todo, se colgó durante nueve días y nueve noches en el Árbol de los Mundos, Yggdrasil, para obtener conocimiento y así logró dominar las runas.
—Hasta aquí lo sigo —dije.
—Bien, porque ahora entraremos en el significado y las atribuciones de las runas. —Erick entrecruzó las patas en el escritorio—. Cada una está atribuida a un dios, sea Aesir o Vanir, y cada una posee un significado propio. Para ponerlos en casos sencillos, esta runa, la de la equis, es Gebo, y su significado es «regalo», «obsequio» o «generosidad».
—¿Y el sentido de eso es…? —quiso saber Judy.
—Todo cobra sentido cuando se encuentra el dios al que está asociada dicha runa —prosiguió Erick.
—A Freya —solté, recordando lo que Lobato había leído en el callejón.
—Muy bien, oficial —felicitó el profesor—. A Freya, diosa Vanir, diosa de la belleza y el amor. ¿Comprende el por qué están ligadas Gebo, el regalo, con Freya, la diosa de la belleza? —Negué con la cabeza, ni puñetera idea; Zanahorias hizo lo mismo—. Verán, oficiales, como toda mitología, la nórdica también contiene mitos dentro de los mitos, historias secundarias, por decirlo de una forma simple. Como que Frey, dios de la fertilidad y el verano, entregara su espada, el arma más afilada de los Nueve Mundos, por amor. En este caso, una que se asocia a Freya y a la runa. —Inspiró y espiró—. Hubo una vez en que Freya andaba por Nidavellir, el Mundo de los enanos, y se encontró con cuatro enanos que estaban haciendo un collar. La diosa se obsesionó, el collar tenía que ser suyo. Los enanos se lo darían siempre que le pagasen lo que costaba y el precio era que Freya tenía que casarse con cada uno de ellos, uno detrás del otro, durante un día. De cada uno de esos matrimonios la diosa tuvo un hijo, todos enanos, pero con características distintas a los enanos originales por su sangre Vanir, naciendo así la raza de los Svartalf, o elfos oscuros, o enanos oscuros.
—Entonces —recapituló Zanahorias—, ¿el asesino mató a los cuatro lobos y dejó la runa Gebo, como un regalo para nosotros?
—Puede ser. Aunque no encuentro el aspecto a la diosa Vanir en ninguna parte más allá de la simbología y el sobreentendimiento al relato de los Svartalf. Puede ser que el asesino se esté reservando la alusión a la diosa para sí mismo.
—¿Respecto a la otra runa, profesor?
Al viejo lobo le sentaba bien que le dijeran profesor, y reforzó mi teoría de que, en efecto, tuvo que haberlo sido de joven.
—La otra runa se llama Raido, que significaría «paseo», «rueda» o «viaje», y curiosamente es una runa a la que nunca se le atribuyó dios o entidad alguna. Asumo que esa runa fue la que encontraron con Natalie, ¿correcto? —Asentimos—. Entonces supongo que aquí haría alusión a su inicio como asesino.
—Tal vez, pero no lo creo —acoté—. Profesor, el hecho es que estos dos homicidio no son los primeros, existe uno hace nueve años, más brutal, del cual podemos dar constancia Zana… la oficial Hopps —me corregí— y yo, se trataba de la runa Algiz, atribuida a Heimdall. ¿Qué le dice?
—A Algiz se le da el significado de protección. Algiz, Raido y Gebo, ¿eh? —Erick se quedó en silencio por un buen rato—. Simbólicamente no parecen tener un significado concreto, pero a nivel espiritual sí; es decir, fíjense. ¿Qué les dice las runas?: protección, viaje y regalo. Tal vez el asesino sufrió a causa de a quien marcó con Algiz, porque, supongo yo, ese animal no lo protegió; luego fue a por Natalie y la marcó con Raido, declarando así una especie de viaje, y ahora con Gebo, los cuatro lobos serían un regalo para el asesino como para todos. ¿Esos cuatro animales eran delincuentes por casualidad?
—Sí —contesté, impresionado.
El profesor suspiró.
—Esta es toda la ayuda que puedo darles por ahora, oficiales, porque yo tampoco estoy del todo seguro.
—Muy bien —dijo Judy, levantándose y tomando poco a poco las fotografías para guardarlas en el folio—, señor Erick, esto será todo. Por favor, le recuerdo que lo que hablamos aquí no puede comentarlo con nadie.
—Gracias por su ayuda —añadí, levantándome también—. Y profesor Erick, ¿le importaría si lo visitásemos si necesitáramos ayuda?
—No hay problema, siempre brindo mis conocimientos para quien lo necesite.
—Hasta luego entonces. —Le di un apretón de patas y me arrepentí al momento, aquel lobo podría ser ya mayor, pero su agarre era aplastante.
Pelusa se despidió de igual forma, pero supongo que con ella Erick fue más suave. Una vez salimos de la biblioteca y nos subimos a la patrulla, con el próximo punto fijado en el departamento de Jork para hacerle una visita más formal que la simple charla que me dio.
Ya en Plaza Sahara, Judy estacionó donde le indiqué, bajamos y caminamos hacia el piso del hijo de Natalie, presioné el intercomunicador al piso del lobo y esperé respuesta. Nada. Repetí mi accionar tres veces más y tres veces no obtuve respuesta.
—¿Estará almorzando? —vaticinó Zanahorias.
Miré la hora en mi teléfono; 12:58. Podría ser, pero por la apariencia que me había dado la última vez, podía estar durmiendo también.
—Puede ser —seguí su idea—, ¿pero por qué no contestar tres timbrazos? Sordo no está.
Mirando a ambos lados de la desierta calle en el Distrito, Zanahorias se acercó a la reja y la examinó con detenimiento.
—Pelusita, no. —Carajo, aquel apodo se me salió sin querer; ella me miró con una ceja arqueada y una pequeña risita—. Estamos en una calle a simple vista —dije, tratando de desviar el tema, cosa que se me da muy sutilmente—, no podemos forzar la cerradura. Y mira... —Apunté la de la reja—, esta es de esas que se abren con la llave magnética.
—O sea que no puedes abrirla.
Rodé los ojos, sonriendo.
—Te sorprenderá saber, Judy, que no sé hacer todas las cosas. —Caminé hacia el callejón que separaba el edificio del contiguo; ahí, como una revelación, estaba la escalera de incendios—. Pero creo que podemos usar otra vía.
Con una seña con la cabeza le indiqué que me siguiera al callejón, cosa que ahora que lo pienso era bastante sugestivo, pero ella me siguió. Cuando estuvimos debajo de la escaleras de incendios, le hice un gesto y me agaché colocando una de mis patas sobre la otra, para hacerle palanca a ella. Pelusa captó, tomó carrerilla y saltó, se aferró a los barrotes de la escalera, entró y de una patada hizo caer la escalera desplegable del piso uno. Subí, y ascendimos al departamento de Jork.
Entramos por la ventana hacia el cuarto que, deduje, era una especie de depósito de algo, había de todo un poco.
—Vamos —apremió Pelusa.
Asentí y la seguí, pero cuando llegamos a la sala tuvimos un gran problema.
—¡Oh, demonios! —exclamó Judy.
Ahí, en la sala del piso, estaba el cuerpo sin vida de Jork Jane, con los ojos blancos y la cabeza ladeada con un hilo de saliva espumosa cayéndole de los labios. En el suelo, junto a su pie, estaba una jeringa vacía.
—Maldita sea —mascullé.
Ahí estaba el que empezaba a ser mi sospechoso.
