CAPÍTULO 8

La invitación para la cena en casa de Charlie Swan llegó dos días después. Aunque venía a nombre del Conde de Masen, el ofrecimiento se extendía a su madre y su hermana, aunque Alice no podría asistir, pues debía acudir a una pequeña reunión familiar con su futura familia política.

Edward rezaba porque todo siguiera marchando igual de bien. Hasta ahora, cada paso que había dado había sido acertado y esperaba que esa noche Charlie Swan lo autorizase para cortejar formalmente a Isabella.

Desde que terminó su relación con Kate no había vuelto a coincidir con ella y en parte, lo agradecía. Sabía que cuando se marchó de su casa la dejó bastante enfurecida, pero esperaba que con el paso del tiempo se calmase y aceptase que todo había finalizado.

Por otra parte, la noche anterior se reunió con Emmet en su despacho.

Allí le había informado de los avances con Isabella y de qué muy pronto tendría que arreglar los papeles concernientes a su matrimonio con ella.

No es por desalentarte, pero creo que el padre no te lo va a poner tan fácil como la hija.

Ese hombre es capaz de cualquier cosa por Isabella. En el hipotético caso de que se niegue a darme permiso para cortejarla, estoy seguro de que en cuanto su hija hable con él aceptará.

Pareces muy seguro de ti mismo —Emmet estaba sorprendido por la seguridad con la que hablaba su amigo.

Creo que Isabella está empezando a tener sentimientos por mí, y eso es un gran punto a favor.

¿Y tú? ¿Sientes algo por ella...? —Preguntó curioso Emmet.

Edward no respondió a su pregunta, principalmente porque su secretario les interrumpió, pero aun así no habría sabido que responder.

¿Sentía algo por Isabella? Desde luego, la muchacha no le era indiferente, despertaba en él curiosidad y algo más, algo que sin duda atribuía a la ansiedad por lograr su objetivo. Tenía claro que en cuanto pusiera un anillo en su dedo esa sensación desaparecería. Lo que era imposible de negar es que era una belleza y que había sido la única mujer capaz de despertar su apetito sexual sin siquiera estar en la misma habitación, como ocurrió en su último encuentro con Kate. Al menos, disfrutaría de sus derechos conyugales con deseo y no solo como una obligación.

La sacudida que recibió el coche, cuando una de las ruedas chocó con los adoquines le hizo volver a la realidad. Su madre permanecía agarrada al pequeño tirador situado en el techo.

—No sé qué hacen con nuestros impuestos. Deberían arreglar las calles, porque este traqueteo es incomodísimo.

—Puedes sugerírselo al alcalde en la próxima reunión en la que os encontréis.

—Si no fuera porque me tacharían de loca e imprudente lo haría. El ser mujer nos limita mucho a la hora de hablar sobre ciertos temas en público. Eso es algo, que me temo, vosotros nunca llegaréis a entender. Pero, afortunadamente, tengo un adorable hijo que estoy segura le hará llegar mi mensaje si se da la ocasión. —Sonrió divertida su madre.

—No lo dudes, madre. —Respondió correspondiendo su sonrisa. —Por cierto, hay algo que quiero comunicarte antes de llegar a la casa de los Swan. No quiero que la noticia te tome por sorpresa. —Continuó ante la expectante mirada de su madre.

—Me intrigas, Edward.

—Voy a solicitar a Swan que me permita cortejar de manera oficial a su hija.

Esme no pudo ocultar su expresión de júbilo al recibir la noticia.

—¡Oh, Dios mío! ¡Es una excelente noticia! Isabella es una mujer extraordinaria, no podrías haber elegido mejor, Edward.

—Lo sé, madre —Aceptó él coincidiendo con su progenitora, aunque los motivos que hacían de Isabella la candidata perfecta eran diferentes para ambos.

—Así qué... ¿Esa es la razón por la que mi jardín ha mermado en este último tiempo?

—Culpable. —Edward esbozó una sonrisa burlona haciendo reír a su madre.

—En ese caso, no tomaré represalias. Me alegro de que mis flores te estén ayudando a ganarte el corazón de esa jovencita.

Ambos llegaron hasta la residencia Swan dónde fueron recibidos por Charlie.

—Tiene una casa magnífica, señor Swan —Admiró Esme Cullen.

—Todo es obra de mi hermana. Ella me ayudó a crear un hogar para Isabella cuando llegamos a Londres.

—¿No nos acompañarán ella y su hija está noche? —Edward estaba intrigado por la ausencia de ambas.

—Por supuesto, estarán apunto de bajar. Ángela no se ha encontrado muy bien a primera hora de esta tarde y por eso se están retrasando.

—Pero ya estoy perfectamente recuperada para poder disfrutar de esta magnífica cena. —Irrumpió la mujer saludando a los presentes, aunque la mirada de Edward quedó prendida en Isabella, que entró acompañando a su tía.

Tenía que reconocer que estaba hermosa. Llevaba un vestido de media manga con escote cuadrado que aprisionaba sus pechos y acentuaba su cintura. Era de un color verde agua el cual le hacía parecer una sirena saliendo del mar.

—¡Buenas noches! —Saludó algo intimidada por la mirada que le estaba dirigiendo Edward.

Una vez en el salón degustaron las maravillas que la cocinera había preparado para ellos; sopa de mariscos, faisán en salsa de ciruelas, lubina al limón y tarda de queso y frambuesas.

—Creo que nadie cocina mejor que Sue en todo Londres. —Afirmó Ángela tras recitarles el menú del que disfrutarían.

—Nos ha preparado todo un festín, señor Swan. —Dijo Edward.

—Bueno, a falta de un evento glamuroso como el que usted nos permitió presenciar, espero recompensarles con una buena cena. Mi madre siempre decía que no hay nada más importante que un estómago lleno y feliz.

—Una mujer sabía, su madre. —Apreció Esme Cullen.

—Mi madre era el corazón y mi padre la cabeza de nuestra familia. Ella compensaba la severidad de nuestro padre. —Añadió Ángela— Aun así, fuimos afortunados. Ambos estarían orgullosos de ver hasta dónde ha llegado mi hermano.

—Sin duda. No todo el mundo es capaz de abandonar su país en busca de un mejor porvenir. —Alabó Edward.

—A veces hay que arriesgarse en la vida. Gracias a mi empeño por demostrarle a mi padre que podía valerme por mí mismo, encontré a René y tuve una maravillosa hija.

Padre e hija se miraron cómplices y melancólicos. En América habían disfrutado de grandes momentos. En ocasiones, añoraban el que antaño fue su hogar y rememoraban todos los recuerdos allí vividos.

—Perdone mi curiosidad, pero... ¿Cómo es América? Siempre he escuchado hablar de su enormidad y de qué es la tierra de las oportunidades, pero... ¿Qué tan cierto es? —Quiso saber Esme.

—Es inmensa, amplia, salvaje...

—Es diferente. —Habló Bella captando aún más la atención de Edward, pues este no había dejado de mirarla desde que hizo acto de presencia— Todo es más relajado, la sociedad no es tan rígida, hay más libertad en algunos ámbitos. Allí los sueños pueden hacerse realidad.

—Tienes la oportunidad de construir tus sueños. Hay más aceptación que aquí. —Puntualizó Charlie

—Llueve menos… —Rio Bella contagiando a los presentes— Aunque se echa en falta el verde de la campiña inglesa, aquella es una tierra más seca.

—Habla como una americana, señorita Swan. —Habló Edward.

—De nacimiento lo soy, aunque mi corazón y mi alma ama por igual a los dos países.

—¡Vaya! Parece un lugar hermoso. ¿Volverían allí? —Interino Esme

Isabella y su padre se miraron.

—De visita, probablemente. —Respondió Charlie— Ahora nuestra vida está aquí. Por mucho que nos guste aquello, la tierra tira y yo soy inglés de pura cepa y a Isabella... Aunque haya nacido en América y sea un poco rebelde, he intentado convertirla en toda una señorita inglesa.

—Ejem —Carraspeó Ángela mirando divertida a su hermano.

—Bueno, mi hermana ha intentado convertirla en una señorita inglesa. —Se corrigió Charlie.

La cena transcurrió entre risas y anécdotas, algunas conversaciones banales y otras algo más intensas, sobre todo cuando ambos hombres tocaron temas políticos., aunque no se extendieron mucho en ese aspecto ante la irritación de sus acompañantes.

Los platos entraban colmados de deliciosos manjares. Todo estaba resultando delicioso.

Tras degustar el postre, Charlie invitó a Edward a su despacho para disfrutar de un buen vaso de brandy.

Él aceptó encantado. Por fin había llegado el momento. Durante toda la noche se había comportado correctamente con Isabella, siendo cortés y manteniendo una distancia prudencial por respeto a su padre, pero ahora, había llegado el momento de dar el segundo paso.

—Me gustaría proponerle algo, milord. —Habló Charlie tendiéndole el vaso.

—Por supuesto, pero nada de formalidades, solo Edward.

—Está bien, Edward. Como arquitecto, me gustaría que formase parte de un proyecto.

—Soy todo oídos. —Dijo Edward expectante

—Como bien sabe, me dedico al comercio entre nuestro país y Estados Unidos. En los últimos años he logrado expandir el negocio y tratar con comerciantes franceses y españoles, lo que me ha supuesto en ocasiones acumular una gran cantidad de mercancía que me he visto obligado a retener en los navíos por falta de tener un lugar donde almacenarlas. Por eso, quiero construir un par de naves que me sirvan de almacén, además me gustaría añadir maquinaria que me facilitaste el embalaje y etiquetado de las cajas.

—¿Y dónde encajo yo en todo esto?

—Me gustaría que fuese el encargado del proyecto y que hiciese los planos. Por supuesto firmaríamos un contrato y serías retribuido por sus servicios.

—¿Yo? —Preguntó Edward sorprendido.

—Sé que los nobles prefieren otro tipo de actividades más... Ociosas. Pero…, Tengo la impresión de que no es un conde al uso...

—No se equivoca. Para mí más que un trabajo sería un regalo. Me encanta la arquitectura, pero debido al fallecimiento de mi tío no he podido desarrollarla todo lo que me gustaría. He colaborado en algunos proyectos, pero lo que me propones... Es todo un reto para mí. Y me encantan los retos.

—Entonces... ¿Es un sí?

—Por supuesto. —Aceptó Edward.

—Perfecto. En ese caso nos reuniremos con los abogados para redactar el contrato. —Charlie se levantó y chocó su caso con el de él para brindar.

Edward bebió y tomó aire antes de abordar el tema que llevaba toda la noche rondando su cabeza. La propuesta de Charlie le había sorprendido y puede que no fuese el momento más oportuno, pero no podía desaprovechar la oportunidad.

—Yo también quiero comentarle algo, Charlie, para ser sinceros, mi intención era comentárselo antes de que me hiciera su oferta. Aunque me temo que lo que yo quiero tratar es algo más…. Personal.

—¿Personal? —Preguntó Charlie intrigado.

—Sí, es referente a Isabella. —Aclaró Edward observando como el rostro del anfitrión se volvía serio. Ante su silencio, decidió continuar hablando— He tenido el placer de coincidir con su hija en algunos actos durante estas semanas, y debo decirle que me parece una mujer admirable. Además de bella, su nobleza e inteligencia podrían cautivar a cualquier hombre y debo confesar que todas esas cualidades no me han resultado indiferentes. Nuestros encuentros; fortuitos e inocentes nos han permitido conocernos más a fondo. Me siento extrañamente cómodo y feliz cada vez que coincido con ella en alguna estancia, por ello y antes de ser más osado, me gustaría tener su permiso para poder cortejarla oficialmente.

Charlie continuó en silencio tras el discurso de él. Caminó hasta sentarse detrás de su escritorio y apuró de un solo trago el coñac que quedaba en su copa, para a continuación, volver a llenarla de nuevo.

—¿Isabella está al tanto de sus intenciones? —Preguntó seriamente.

—Las conoce. Se lo hice saber el otro día, cuando coincidimos en el museo. Ella se encontraba con su tía y yo con mi hermana y su futuro marido.

—Debo suponer que fue uno de sus encuentros fortuitos, ¿No es así? —Preguntó enarcando una ceja.

—A veces hay que darle algunas pistas al destino. —Respondió Edward suspicazmente.

—Debo decirle que esto no me ha pillado del todo por sorpresa. Llevo algún tiempo intuyendo que algo ocurre. Sobre todo, desde que ciertos obsequios llegan a esta casa con demasiada frecuencia. —Respondió Charlie con un tono sorprendentemente calmado— Voy a serle sincero, Edward. Mi hija es lo más importante que tengo en este mundo, lo más preciado. Ni está casa, ni mis negocios, ni mi fortuna... Nada se compara al valor que ella tiene para mí. El día que nació me prometí a mí mismo que la cuidaría y la protegería, que evitaría cualquier sufrimiento para ella. Desgraciadamente, no pude evitarle el dolor de la pérdida de su madre, pero en ese fatídico momento, volví a reafirmar me en mi propósito; me aseguraría de que su vida fuese feliz.

—Lo entiendo, yo...

Charlie alzó una mano haciéndole callar.

—Sé que, para muchos solteros de Londres, Isabella es el caramelito de la temporada, uno de los premios gordos, aun careciendo de título. Yo mismo quiero que encuentre un marido adecuado, que se encargue de cuidar de ella, para así poder disfrutar en paz de los años que me quedé de vida.

—Señor, le prometo que mis intenciones son honestas. —Afirmó Edward creyéndose su propia mentira. Necesitaba convencerle a toda costa— Mi título y mi posición le asegurarían un buen futuro a su hija.

—No lo dudo, aún a sabiendas de los rumores que corren sobre su situación económica. Rumores que no sé si debo creer o no. Aunque mi buena fe, me impulse a no creerlos.

—Y hace bien, porque no son ciertos. —Edward apretó la mandíbula en señal de frustración.

—Pero... ¿Se aseguraría de hacer feliz a mi hija?

—Lo intentaría con todas mis fuerzas.

Charlie asintió ante la firmeza de sus palabras.

—Isabella siempre ha deseado casarse por amor, y yo, en el fondo he deseado lo mismo para ella. Sí mi hija ha accedido a aceptar sus atenciones es porque no debe serle indiferente, por tanto, cuenta con mi permiso. Aun así, hablaré con ella.

—Gracias, Charlie.

—No me las de. Solo asegúrese de cumplir sus palabras. Si no lo hace…. No querrá conocer mi otra cara. Soy un hombre pacífico, pero si alguien daña a mi hija... Le aseguro que puedo convertirme en una bestia.

Edward tragó saliva ante la amenaza velada de Swan.

Tenía que calmarse. Había conseguido su propósito, tenía el permiso de él para tratar oficialmente a Isabella. Qué él conociera los rumores sobre su situación económica le había descolocado, pero afortunadamente no creía en ellos.

Debía restarle importancia a su amenaza.

Cortejaría a Isabella el tiempo suficiente para que su matrimonio no despertase habladurías y sé casaría con ella. Hacerla feliz sería fácil, sobre todo si estaba enamorada de él.

Podría fingir y hacerse pasar por un loco enamorado. Ella le resultaba agradable, al fin y al cabo, y estaba deseando conocer cómo sería en la intimidad.

Paso a paso, no se precipitaría. Lo más difícil ya lo había conseguido, ahora debía disfrutar de su pequeño triunfo.

¡Hola! ¿Qué tal todo?

Pues Edward ya tiene autorización oficial para cortejar a Isabella y parece que la buena fe de Charlie ha sido un punto a favor para él.

Veremos que ocurre en el próximo capítulo, porque a alguien no le va a hacer mucha gracia conocer que la relación entre Edward y Bella está avanzando con paso firme.

Muchas gracias a todos por los favs, follows y reviews.

Espero ansiosa leer vuestros comentarios.

Nos leemos el próximo viernes, pero antes tendréis un adelanto en la página de Facebook de Élite Fanfiction en la iniciativa Martes de Adelantos.

Un saludo

Nos seguimos leyendo.