Los personajes de CCS son propiedad intelectual del grupo CLAMP. La historia es de mi autoría.
"Los registros secretos del corazón de una chica"
Capítulo 8, parte II.
Sakura POV
Los reflectores del estadio se encendieron con la energía de la afición celebrando nuestra primera victoria contra la preparatoria Seijo. Era un juego amistoso y no significaba nada para futuros campeonatos, la única finalidad era incentivar a los estudiantes de nuevo ingreso a participar en la prueba que se llevaría a cabo el próximo sábado para seleccionar a los próximos integrantes del equipo.
El entrenador Tsuji pronosticó su victoria antes que diese inicio el partido en el oído de Naoko Yanagisawa, nuestra editora del periódico estudiantil. Y aunque ella no estuviese muy interesada en escuchar las declaraciones de un hombre adicto a la goma de mascar mentolada, la noticia no pasó desapercibida por el ávido oído de Kimiko Asuhara. Una reportera impertinente que podía convertir su libreta de apuntes en un instrumento de tortura.
Las ovaciones cambiaron a risas en un instante cuando los muchachos comenzaron a volcarse encima de su entrenador. El equipo estaba conformado en su mayoría por chicos de último año que se amaban como hermanos. Hiroto, no perdió oportunidad de fotografiar a todos los tipos rudos de Rinkan College abrazándose unos a otros, mismos que al siguiente día negarían rotundamente su pequeño momento afectivo dándose puñetazos en la cafetería para reafirmar su masculinidad.
Abandoné mi lugar en las graderías siguiendo a la turba de estudiantes que se obligaban a marcharse a sus hogares como un reflejo. Ese día no llevé cartulinas para apoyar al equipo, ni tuve el valor suficiente de utilizar la camiseta con el número 2 que Syaoran me había obsequiado porque seguía molesto conmigo. Teníamos una conexión especial en el campo de juego, el único lugar donde Syaoran era realmente feliz; fuerte y a la vez vulnerable.
Verlo perseguir un simple balón de fútbol me otorgaba el privilegio de percibir su sentimiento de libertad en un mundo donde él poseía el control absoluto de la situación. Cada partido significaba para mí una cita con el chico que amaba. Nos encontrábamos en un dominio en el que él podía sonreírme con una espontaneidad que casi lastimaba cuando buscaba mi mirada aprobatoria después del juego. Syaoran sabía que no necesitaba ganar para demostrarme que era un campeón, pero me gustaba que tratara de impresionarme de alguna manera.
—¡Sakura! —me llamó Nakuru, abrazándose del cuello de mi hermano—. Iremos a celebrar al Ciento 5, ¿vienes con nosotros?
Sonreí de la manera más amable que pude alegando que debía trabajar esa noche. Comenzaba a detestar que todos los amigos de mi hermano me incluyeran en sus planes sólo por ser la hermanita menor de Kinomoto, uno de los chicos más calientes y deseados del basquetbol. Nadie pensaría lo mismo si miraran por un segundo su habitación. Todavía me preguntaba cómo Nakuru soportaba los besos de Touya, siendo que no cambiaba su cepillo dental desde hacía un año porque no encontraba otro diseño Disney que le gustara.
Probablemente Touya sintió orgullo de mi aburrido plan de mantener fuera de mi cuerpo las manos de sus grandulones amigos que no perdían oportunidad de abordarme en los pasillos. Nunca faltaba un chico que cargara mis libros o me esperara afuera del baño para escoltarme a mi próxima clase. Kenichi hacía lo posible por alejarlos de nuestro camino, pero la mayoría de veces resultaba imposible.
—¡Perfecto, te llevaremos con nosotros! —chilló la castaña, serpenteando sus manos sobre el torso de mi hermano que estaba demasiado aturdido para protestar—. Sabemos que es un restaurante familiar así que no habrá demasiado alboroto si nos sirves bien. Tú sólo piensa en la bonita propina que te daremos.
De pronto me sentí abrumada. Tuve que sentarme en el banquillo de bebidas para soportar las miradas maliciosas de los sujetos que babeaban por verme en faldas cortas y patines. Nunca en vida había sido tan popular entre los hombres y exageradamente fastidiosa para las mujeres, quienes se encargaban de convertir la escuela en un sanguinario campo de batalla donde yo era el único enemigo a exterminar. Tomoyo decía que me envidiaban por ser el nuevo centro de atención masculina, cosa que no se la creería ni un niño de cinco años por mi escasa belleza. Mi intuición me dictaba que había algo oscuro detrás de todo eso.
Pese a mis negativas acabé en el asiento trasero del lujoso convertible de Nakuru con un tipo llamado Kosaku colocándome su asqueroso brazo encima. Mi alivio surgió con el saber de que Syaoran se encontraba en los vestidores y yo podía marchar con tranquilidad por el estacionamiento sin arriesgarme a recibir una dura mirada de su parte advirtiéndome sobre mi comportamiento impúdico. Los celos de Syaoran me espantaban y llenaban de una inmensa satisfacción al mismo tiempo, porque eran el único indicio que tenía para demostrar que de verdad le importaba.
—¿Dónde está tu amiga? —me preguntó Eriol, evidentemente sofocado por el enorme cuerpo de Kosaku acaparando el asiento trasero. En lugar de pensar en Tomoyo asistiendo a una cena de beneficencia con su madre, cuestioné a Kosaku acerca del uso de esteroides.
El muchachote se rió, extendiendo su otro brazo a los hombros de Eriol, como si acabara de percatarse de su presencia. Era curiosa la estrecha conexión que los populares sostenían con Hiraguizawa porque no encajaba en ninguno de los perfiles aceptados por esas personas. En parte me sentía identificada con el pobre diablo, digo, éramos dos seres carentes de belleza, objetos de burlas a nuestras espaldas y crueles bromas en la escuela, con la diferencia de que yo tenía un gusto decente por la moda gracias a Tomoyo.
—Entreno mi cuerpo todos los días en el gimnasio —respondió Kosaku, aleteando sus absurdas pestañas largas hacia mí—. Tú debes conocerlo, queda cerca de su restaurante y mi padre es el dueño.
—Es bastante obvio —comenté, sacudiendo su mano de mi hombro.
Nos quedamos en silencio al borde de un semáforo en rojo, Nakuru aprovechó la oportunidad para liberarme de la mirada amonestadora de mi hermano con un beso y Eriol carraspeó sonrojado. —Entonces, ¿ya decidiste a qué club vas a unirte? —farfulló, aparentando serenidad en medio de su azoramiento.
—Al de animación, por supuesto. —Kosaku se adelantó a mi respuesta acariciando mi hombro desnudo con su pulgar.
Me incliné hacia adelante, golpeando el asiento de Touya con el pie para que recobrara los aires de hermano sobreprotector que necesitaba en ese momento. Era la primera vez que lo veía tan enamorado de una chica, pero si no actuábamos pronto, yo también estrenaría un novio que tenía el cuello más grueso que un tronco y una ridícula mirada de cachorro.
—¡Wow! —exclamó Eriol, golpeando accidentalmente el rostro de Kosaku con su brazo para darme un abrazo—. No sabía que querías ser porrista. Creí que eras más del tipo intelectual, ya sabes. Pero te deseo mucha suerte en la prueba.
Yo le sonreí agradecida, esperando que nadie notase mi sonrojo de culpabilidad. Ahora comprendía porqué tantas chicas estaban tras las gafitas de Hiraguizawa, él sabía identificar perfectamente a una damisela en peligro y se aprovechaba de lo tonto y debilucho que parecía para sacarlas de apuros.
—Deberías considerar la propuesta de Hiraguizawa —dijo Touya, limpiándose el labio inferior con el pulgar luego de que Nakuru se incorporara al tráfico gracias al estruendoso claxon que nos golpeó por atrás—. Ninguno de nosotros desea ver tu monstruosa figura en uniforme de porrista. Destruirías el gimnasio completo si te pones a saltar, sin mencionar el horrible vozarrón que tienes.
—Eso supondría una ventaja para los Linces —opinó Eriol con expresión sabionda, refiriéndose al estúpido equipo de basquetbol—. Espantará al equipo contrario antes de comenzar el partido y eso nos otorgaría la victoria automática, ¿verdad?
—Yo creo que tu hermana es bastante linda —aseguró Nakuru, acallando las risas masculinas con su oportuna participación. Había estado a punto de perder la compostura arrojándome encima de Hiraguizawa para romper sus lentes de un puñetazo; en casa exterminaría a Touya arrojándolo por las escaleras y si todavía respiraba después de tan fatídico evento, le atoraría su horrendo cepillo dental en la garganta—. ¿Verdad que es así, Kosaku?
Kosaku no habría hecho mención de mi trasero si ocupara su tiempo en ejercitar el cerebro. Aquello desató una incómoda conversación sobre mi cuerpo que nadie quería escuchar. Cuando por fin llegamos al restaurante de mamá, Touya necesito ayuda para salir del automóvil y Kosaku parecía tan excitado de mirarme andar, que daba la impresión de un perro que menea el rabo a su dueño. Eriol por su parte, se echó a correr en dirección a los baños debido a la severa hemorragia nasal que sufrió tras conocer la posible talla de mi sujetador.
Escuché a mi hermano balbucear que yo continuaba siendo una niña entre los pechos de su novia que lo consolaba patéticamente antes de echar un vistazo al taller de reparaciones del señor Hien, que quedaba a unos metros de distancia de nuestro restaurante. Como era habitual a esas horas de la tarde, las solteras de Tomoeda comenzaban a reunirse a su alrededor consultando desperfectos que ellas mismas le habían ocasionado a sus automóviles por no perderse la oportunidad de apreciar a Hien Li inspeccionarlos sin camiseta. No cabía duda que los hombres Li, eran expertos manipuladores de hormonas lucrativas para su negocio. Syaoran utilizaba la misma estrategia los fines de semana que las propinas escaseaban en su bolsillo.
Ingresé al restaurante por la puerta de servicio a colocarme mi vergonzoso uniforme rosa que hacia juego con los patines, tenía la esperanza de que el color fuese suficiente distractor para que nadie posara su mirada sobre mi gafete de empleada. Mamá tomó personalmente la fotografía y se encargó de enfocar mi peor ángulo. Tomoyo me consolaba diciendo que mi cabello revuelto y la genuina sonrisa de niña traviesa que mostraba eran adorables, pero nadie me sacaba de la cabeza que era espantosa. Los niños de primaria lucían mejor en sus credenciales de Sugar City que yo en cualquier fotografía.
—Llegas con cinco minutos de retraso —regañó Nadeshiko, apareciendo a mis espaldas con un caramelo abultando su mejilla derecha y una bebé de grandes ojos marrones en brazos.
—Sí, señora. Lo sé —me disculpé, medio recuperándome del susto de muerte que me había dado. Mamá intentaba ser objetiva en los negocios escudándose de una actitud austera, pero en el interior sabíamos que era la jefa más flexible del mundo.
—¿Qué esperas? Ve a trabajar —me ordenó, chasqueando los dedos.
Sonreí poniendo en marcha mis patines. El restaurante se encontraba atestado de jóvenes revoltosos procurando no destruir las mesas y el ruido proveniente de las máquinas de videojuegos resonaba más fuerte que la música de fondo.
—Ni te molestes en preguntar su orden —me dijo Rose, deslizándose a mi lado. Era una hermosa pelirroja de dieciocho años que trabajaba a tiempo completo porque se convirtió en madre antes de terminar la preparatoria. Mamá le advirtió que si no se inscribía en la escuela nocturna ese año, la despediría del trabajo. A cambio le dejaba retirarse dos horas antes con goce de sueldo y ayudaba cuidando a la pequeña Aiko mientras Rose estudiaba en su tiempo libre—, los hombres no dejan de pedir hamburguesas y las mujeres ensaladas.
Me aproximé a la mesa 5 consiente del consejo de Rose, ahorrándome la vergonzosa tarea de presentarme ante personas que ya me conocían. Nakuru estaba preguntándome sobre las calorías que contendría una porción de pizza italiana cuando el automóvil de Amy Hitori aparcó frente a la puerta principal.
Esperaba mirar las cabelleras azabaches de sus mejores amigas agitándose a su lado, pero el escenario se tornó todavía más desagradable al notar que era Syaoran quien abandonaba el asiento del copiloto convertido en una maraña de nervios irritados. Lidiar con mujeres que gritan y lloran histéricamente a la vez, no era el punto fuerte de Syaoran, sin embargo él no hacía nada por defenderse. Ni siquiera se inmutó cuando Amy le arrojó su bolso a la cara y casi lo arrolla con su Mercedes escapando de manera improvisada.
—Sakura, las hamburguesas no se prepararán solas, hermanita —musitó Touya sin despegar sus ojos del ventanal. Nakuru me obsequió una sonrisa consoladora decidiéndose al final por una ensalada caprese y los oscuros ojos de Kosaku instalados en mis piernas me obligaron a marcharme.
La vista se me nubló observando a Syaoran recoger el bolso de Amy con manifiesta culpabilidad gravada en sus expresiones. En Rinkan College se rumoraba que había una sola razón por la que Amy retaba a Syaoran y sucedía cada vez que él se enredaba con una de sus amigas. El descubrimiento de su engaño dolía como una estaca paralizando mi corazón. Si hubiese sabido que Syaoran terminaría su relación conmigo por culpa de mis tonterías, jamás habría aceptado pasear con Landon.
Deslicé mis órdenes por el mostrador, con un fuerte nudo oprimiendo mi garganta. —¿Te sientes mal, querida? —se apresuró a preguntar la señora Ohashi, ignorando la escayola en su brazo izquierdo. Ella era la cocinera principal antes de resbalar en su baño hacía dos semanas. Mamá le había asignado el puesto provisional de cajera y había enviado a Maemi a la cocina para auxiliar a Yuto quien la odiaba por razones desconocidas.
—Estoy un poco cansada, eso es todo —me lamenté, mordiéndome el labio.
—Debe ser difícil para ti trabajar después de la escuela —le escuché decir, recibiendo mi segunda sonrisa conciliadora del día—. No te exijas demasiado, aprovecha que tenemos muchachos lindos esta noche y disfruta de tu juventud. —Me lo aconsejaba una mujer que llevaba casi cuarenta años unida a su novio de infancia.
Resoplé equilibrando la bandeja de comida mientras regresaba a la mesa en la que ya se encontraba instalado Syaoran expandiendo su aura de miseria por el restaurante. Ignoré la molestia que su presencia me producía colocando con éxito los platos correspondientes y estuve a punto de retirarme al momento que Kosaku tiró de mi brazo, forzándome a sostenerme de su cuello para no resbalar.
—Siéntate con nosotros —pidió con esos suplicantes ojos de cachorro que me trastornaban.
Me agité en sus brazos previniendo la reacción violenta de mi hermano que apretaba los puños en el otro extremo de la butaca. Syaoran en cambio hizo caso omiso de nosotros arremetiendo contra unas patatas fritas con queso y tocino que ni siquiera le gustaban.
—Ya déjala en paz —bufó Eriol, tomando un sorbo de su malteada—. Pueden despedirla de su trabajo por tu culpa.
Kosaku me liberó de su agarre metiéndose el rabo entre las patas. Si no fuese tan bruto seguramente tendría novia por lo dulce que era bajo esa exagerada cubierta de músculos.
Mi turno transcurrió sin más novedades, no rompí ningún plato esa noche a pesar de vagar tan distraída con la acosadora mirada de Syaoran sobre mí. Nadeshiko me felicitó por mi buen trabajo enviándome a casa una hora antes de lo debido. El restaurante cerraría temprano porque realizarían un serio inventario de la despensa.
El vestidor del servicio lucía aterrador con la escasa luz que irradiaba la bombilla sobre mi cabeza. No comprendía cómo mamá podía llamar a esa habitación oficina. Además de los viejos casilleros y el montón de cajas vacías apiladas en una esquina, se ubicaba el escritorio de mamá con un antiguo ordenador encima. Me preguntaba si el aparato funcionaba en realidad porque nunca la había visto utilizarlo.
Respondí los mensajes de texto Tomoyo y Kenichi arrojando los patines al suelo, de pronto me encontraba de mal humor pensando que tenía el peor trabajo del mundo. Quería estar en un escenario con decenas de luces adornando mi entorno, escuchando mi propia voz entre los gritos eufóricos de la audiencia que clamaría impaciente por mí.
Mis sueños se vieron opacados por la presencia de Syaoran que absorbía la serenidad de mis aposentos con su mirada ambarina. Habría saltado de felicidad a sus brazos de no haber presenciado su sospechosa discusión con Amy. Cerré mi casillero dejando que el sonido chirriante de las bisagras llenara el espacio entre nosotros. No teníamos nada de qué hablar, Syaoran sabía que si volvía a acostarse con alguien a mis espaldas todo acabaría entre nosotros y fue entonces cuando comencé a preguntarme si en realidad existió algo.
—No esperaba verte en el partido de hoy —susurró cauteloso.
—Ahora soy alumna de la preparatoria, es mi obligación apoyar al equipo, no te hagas ilusiones —espeté, ocultando el dolor en mis palabras.
—Aún así, eres como mis calcetines de la suerte, nunca pueden faltarme para tener un buen juego —me reí de su inusual frase de conquista. Apostaría a que Kosaku era mejor alagando chicas que él—. Y yo, ¿qué soy para ti?
—Eras lo más importante para mí —contesté, cruzando los brazos sobre mi estómago. La habitación había comenzado a girar frente a mis ojos a una velocidad vertiginosa, lo único que permanecía constante era Syaoran representando el centro de mi vida.
—Dime por qué era —gruñó, llegando a mi lado en un arrebato desconcertante—. ¿Tienes otro capricho ahora? ¿Has encontrado a alguien que puede darte mejores cosas que yo, y por eso quieres dejarme?
—Tú nunca has estado conmigo —reclamé cerrando mis manos en las solapas de su chaqueta. Estaba tan enojada que las chispas de amor que brotaban de mis ojos cada vez que lo veía, se convirtieron en ácidas lágrimas de amargura—. Eres un maldito… me engañaste, Syaoran.
A Syaoran se le escapó el fulgor dorado de su mirada con el hermoso color de sus labios. —¿Qué dices? —instó con una estrangulada voz trémula que jamás le había escuchado.
—Habría soportado cualquier cosa viniendo de ti, menos que te acuestes con otras mujeres. —Hasta ese punto, creí que iba desmayarme desechando la poca dignidad que me quedaba, si es que alguna vez la tuve frente a Syaoran.
—Es eso —suspiró aliviado, reafirmando sus brazos alrededor de mi cuerpo—. Perdóname si lo que viste te lastimó, pero te juro que no he tocado a nadie desde que me lo pediste, incluso antes, a partir de la noche que confesaste amarme. Porque todavía es así, ¿cierto?
La respuesta le bastó a mi corazón para derretirse nuevamente a sus pies. —Sí, te amo, sólo a ti. —Y también pareció gustarle a Syaoran que me regaló una sonrisa deslumbrante, contemplándome con algo cercano a la adoración.
El parpadeo de las luces le otorgó intimidad a nuestro acercamiento. Sabía lo que iba a suceder. Íbamos a darnos nuestro primer beso. El cabello de Syaoran hizo cosquillas sobre mi frente cuando sus labios aterrizaron en mi mejilla, acariciando la otra con su mano cálida en mi piel. Las sensaciones que surgían dentro de mí siempre que me tocaba me orillaron a cerrar los ojos y gimotear su nombre impaciente. Mis manos se trasladaron con voluntad propia a su cuello, exigiendo con premura sus labios apagando la ardorosa ansiedad de los míos.
Sin embargo Syaoran tenía otros planes trazando los contornos de mi mandíbula con sus besos atrevidos; si no hubiese estado sujeta por él, me habría desmayado sintiendo su lengua arrastrarse a mi oreja para recordarme que yo le pertenecía. Un jadeo desvergonzado se escapó de mi garganta cuando vislumbré a mi madre abriendo la puerta de su oficina escoltada por el señor Hien. Me quedé de piedra esperando el diluvio de regaños sin apartar mis manos culpables de Syaoran, quien se tensó escuchando la voz de su padre. Poco a poco consiguió estabilizarme lo suficiente para sacar sus manos de mí y observar a los adultos con una sonrisa nerviosa hasta que nos dimos cuenta que ellos ni siquiera se habían percatado de nuestra presencia.
Mi boca cayó abierta por la anhelante despedida que se alzó entre ellos luego de confirmar su viaje semanal al supermercado. Ni siquiera tuvieron que besarse para saber que algo estaba sucediendo ahí. La forma en que mi madre inclinó su cabeza hacia la mano del Sr. Li cuando éste le acarició el rostro, lo decía todo. Me dolió en el alma identificar el brillo esperanzado en los ojos de mi madre porque era ver mi reflejo de tonta niña enamorada. Aunque también había una chispa de ilusión en el gesto de Hien.
—Buenas noches, señora Kinomoto —saludó Syaoran casi preguntándose si ahora debía llamar a mi madre de otra manera. Si no hubiésemos estado tan cerca el uno del otro, el sonrojo de sus mejillas habría pasado desapercibido por mí. Ese pequeño detalle en Syaoran no significaba cohibición, al contrario, era una advertencia de lo furioso que se encontraba.
—H-hola, cariño —contestó Nadeshiko, tropezándose con sus pies al retirarse de la puerta. Afortunadamente, Syaoran la atrapó evitando que cayera al piso.
—¿Estás bien? —instó el Sr. Hien, trayendo frente a nosotros el sucio pañuelo que guardaba en el bolsillo trasero de su pantalón. No resistí el impulso de hacer una rápida comparación entre el apuesto hombre embadurnado de grasa y barba de tres días cubriendo la mitad de su rostro y mi padre, el eterno intelectual de traje. Lo único que se me ocurrió es que tarde o temprano, terminas enamorándote de un chico malo.
—Soy tan torpe —rió mamá, acomodando el cabello de Syaoran en gratitud.
—Yo pienso que es lindo —le consoló el castaño, bajo el escrutinio indignado de su hijo por coquetear frente a nosotros.
—Es hora de recoger a Ryuri —musitó Syaoran, previniendo que las cosas se pusieran incluso más extrañas—. Te veré en la escuela —se despidió dándome una última mirada.
Agité mi mano en el aire y en cuanto la puerta se hubo cerrado bloqueando la espectacular vista masculina, coloqué los brazos en jarras hacia mi madre que corría a esconderse detrás de su escritorio como si fuese ella la adolescente hormonal que fue atrapada besándose con su novio en horas de trabajo.
—Mamá, sabes que no tengo ningún problema en que comiences a salir de nuevo, pero debo advertirte sobre algo. —Tomé sus manos entre las mías para que dejara de revisar los cajones en los que sabíamos, no encontraría nada—: el Sr. Li está viendo a otra mujer, incluso la lleva a dormir a su casa. Syaoran me lo dijo el otro día y no creo que estuviese mintiendo al respecto.
No había visto esa dolorosa expresión de horror en mi madre desde que expulsaron a Touya de la escuela por embadurnar de mermelada el baño de profesores.
—¿Una mujer? —repitió mi madre con la mirada perdida en la unión de nuestras manos.
—¿Por qué no platicas con él sobre este asunto? Syaoran pudo haberlo malinterpretado y no sería correcto terminar una amistad de años por esta clase de tonterías.
No la culpaba por haberse enamorado de Hien Li, era extraño que no hubiese sucedido antes con lo cercanos que eran. Hacían todo tipo de cosas juntos, inclusive compartieron la crianza de Ryuri hombro con hombro. Y pese a lo bien que me caía el Sr. Li, no quería que mi madre sufriera por su causa, igual que lo hacía yo con Syaoran.
—Déjame sola —pidió mamá, arrebatándome sus pequeñas manos frías. Reconocería el sufrimiento de su compungido corazón aunque lo ocultase con la mejor mascara del mundo. Éramos tan parecidas y nos conocíamos tanto, que casi podía sentir su dolor.
—Te quiero —suspiré, dejando un beso en su mejilla.
Habría deseado quedarme y ofrecerle mi regazo para llorar, pero mamá nunca hacía eso frente a nosotros. Pensé que no era sólo el engaño de Hien lo que apesadumbraba su pecho sino también el sentimiento de traición a la memoria de mi padre. Sabía que mamá lo adoró con toda su alma y se culpaba terriblemente por querer a otro hombre de forma similar, eso sin contar que el conocimiento de Touya sobre este suceso, deterioraría el poco respeto que mi hermano pudiese sentir por ella.
*.*.*
El acoso de los chicos había cesado al cabo de dos días después del partido, algo me decía que Syaoran estaba involucrado en el asunto pero ni siquiera él había conseguido frenar el profundo desprecio que la comunidad femenina expresaba hacia mí.
—Estoy harta de todo esto —gruñí a una conmocionada Tomoyo que leía con una ceja alzada el mensaje escrito en el espejo. Nunca en mi vida me habían llamado zorra, lo escuché a mis espaldas tantas veces esa semana que quizá comenzaría a creérmelo y en lugar de borrar el labial carmín que perjudicaba mi reputación en el baño del tercer piso, lo rompería con mi zapato.
Nakuru apareció boquiabierta con sus amigas intercalando su atención del espejo a mí.
—Por fin tengo un buen motivo para matar a esa perra —vociferó con sus mejillas sonrojadas de cólera—. Te juro que nadie volverá a meterse contigo después de esto.
Le sonreí arrancando un puñado de papel higiénico para borrar las evidencias. —No necesitas hacer nada, no quiero problemas, de verdad —admití subiendo al lavabo de mármol, segura de que no se desbordaría con mi peso—. Los he estado evadiendo desde que inició el curso, tengo la esperanza de que algún día se aburran de hacer estas cosas.
—¿Hablas en serio, cuñadita? —Nakuru me miró como si me hubiese vuelto loca y Tomoyo secundó su moción asintiendo con la cabeza—. El martes casi te fríen viva en el almuerzo y ayer convirtieron tu casillero en un acuario. ¡Tuviste que comprar de vuelta todos tus útiles!
—Me gustan más los que tengo ahora —justifiqué—. Y no exageres, sólo fue un poco de sopa caliente. No iba a convertirme en una patata frita ni nada.
—No tienes remedio —masculló exasperada, apuñando las manos a sus costados—. Tu hermano no puede intervenir en asuntos de chicas pero yo sí —declaró saliendo del baño con su séquito de seguidoras guardando sus espaldas—. Nadie volverá a burlarse de mi futura hermanita.
Los ojos de Nakuru que habitualmente parecían un par de caramelos traviesos, pasaron a ser fierros incandescentes que amenazaban con arremeter contra la persona equivocada. El eterno pleito entre la reina de las Silky Girls y Nakuru Akizuki era legendario. La persecución de mi cuñada hacia la cafetería me pareció eterna, debía impedir que se armara un escándalo magistral por mi causa. Toyomo me gritaba desde varios metros atrás que la esperara pero yo no podía darme ese lujo. Pese a mis habilidades de corredora en atletismo llegué justo con el estruendo de la cachetada que Nakuru le dio a Amy.
Los murmullos atronadores no se hicieron esperar entre la multitud que en breves parpadeos formó un círculo alrededor de las chicas que se debatían en silencio como tampoco lo hizo Syaoran, apareciendo en defensa de su amiga.
—Aléjate de ella —bramó Syaoran, sosteniendo la mano que Nakuru estrellaría por segunda vez en la mejilla de Amy, que se limitaba a sostenerse el rostro con su mano cuya muñeca estaba misteriosamente vendada. Su hermoso rostro también parecía desmejorado, pálido y anguloso.
—Apártate tú de mi camino, imbécil —espetó Nakuru y yo admiré su valentía para no echarse a llorar. Syaoran sostenía tan fuerte su muñeca que la punta de sus dedos se había puesto blanca—. Ésta perra está destruyendo la reputación de Sakura y a diferencia de ti, yo sí sé cuidar de los míos.
Al igual que yo, Touya encontró inconcebible la intromisión de Syaoran en la discusión femenina. No tardó en manifestarse a liberar a su novia del agarre de Syaoran con un empujón. El mundo se me vendría abajo si ellos comenzaban a pelear.
—Sakura… —murmuró Amy, asomándose tras la espalda de Syaoran—, te juro que no tengo nada que ver en este asunto. Yo sería incapaz…
—No le creas una palabra, Sakura —vociferó Nakuru, agitándose en los brazos de sus amigas que la retenían para que no fuese a saltarle encima a Amy—. Ella tiene demasiados motivos…
—Cierra la boca —le amenazó Syaoran—, o la única que va a lamentar algo, eres tú.
—Salgamos de aquí —sugirió mi hermano, cogiéndome del brazo al igual que a su novia.
Nakuru lo observó con la decepción gravada en sus expresiones y yo no sabía qué sentir al respecto. En parte me sentí aliviada porque no habría soportado una pelea entre los hombres que amaba, pero a la vez, estaba decepcionada de que una chica ajena a la familia haya tenido más coraje que nosotros para defender mi honra aún si eso implicaba retar a Syaoran, el malvado príncipe a quien todos inclinábamos la cabeza resignados a sus preceptos.
Noté que la gente no nos abría paso a nosotros sino al director de disciplina que se había hecho presente demasiado tarde para atestiguar los sucesos. Cuando preguntó lo ocurrido a cada uno de nosotros, ninguno se atrevió a decir nada. Inclusive los raros comensales que no se unieron al barullo guardaron silencio. A cambio pasamos los próximos treinta minutos dando vueltas en la pista de atletismo bajo el sol incandescente sobre nuestras cabezas. Tomoyo se había dado por vencida a la segunda ronda fingiendo un desmayo y Syaoran corría todo el tiempo pendiente de Amy que era la siguiente candidata a ocupar una cama en la enfermería. No sucedió, sin embargo.
Estaba tan agotada y confundida que tuve un desempeño nefasto en la audición de porristas. Resbalé en los últimos segundos y sinceramente no tenía ánimos para levantarme del piso hasta que me vi obligada a tomar la mano que Amy tendía hacia mí.
—Has hecho un buen trabajo —me alentó, sentándose en los banquillos conmigo.
Una chica que balanceaba una pelota sobre su nariz audicionaba en ese momento y de pronto me sentí en el acuario admirando el espectáculo de una foca saltarina. Me preguntaba dónde guardaba la trompeta que tocaría a continuación.
—No tienes que mentirme —suspiré, abrazándome las piernas para esconder el rostro entre ellas. Tal vez optaría por unirme al club de matemáticas con Kenichi o al coro, que era lo más cercano a mi sitio de pertenencia.
—Lamento todo lo que ha sucedido —se disculpó ahorrándonos minutos perturbadores de silencio—. No sabía que mis amigas estuviesen causándote semejantes aprietos, los problemas con mi novio no me dejan estar al pendiente del grupo todo el tiempo. Prometo que no volverá a suceder. —Su intensa mirada, casi tiñó de azul la venda blanca de su muñeca y confieso que llegué a sentirme mal por ella—. Supongo que sabes por qué las chicas están celosas de ti. No es común que Syaoran llegue todos los días a la escuela con una niña y menos con su adorable vecina a la que le guarda tanto cariño.
—¿Fue tu novio quién te lastimó? —cuestioné ignorando el dolor que me producía ser la pequeña vecina de Syaoran y no su novia oficial.
Amy soltó un jadeo disfrazado de sonrisa. —No, pero el daño es en parte su culpa —se acarició la muñeca que temía ocultara más que una torcedura o moretón. La idea de que Amy hubiese atentado contra su vida, era espeluznante. Aunque ello encajaría a la perfección con su aspecto depresivo—. Es el peor bastardo que puedes conocer en la vida, pero así me enamoré de él y no puedo dejarlo por más que lo intente.
No me atreví a gratificar la sinceridad de sus palabras con un consejo que ni yo misma podría seguir. El resto de animadoras la instaron a volver a la mesa de jurados y Kenichi no perdió el tiempo acomodándose a mi lado.
—Son unas putas, no les creas una mierda —gruñó, obligándome a mirarlo.
Sonreí.
—¿Piensas así de todas las porristas? Te recuerdo que puedo ser una de ellas —bromeé, jugando con el bolígrafo que lo ameritaba como miembro del club de matemáticas. Él lo guardaba orgulloso en el bolsillo de su camiseta desde que fue admitido hacía dos días.
—No, tú sólo eres una pendeja que no conoce su lugar.
—Dios mío, Kenichi. ¿Cuándo aprenderás a moderar tu vocabulario? —chillé incorporándome de un salto. Fijándome en su cara de fastidio decidí hacer de lado el asunto yo también—. Además, las chicas dicen que estuve como un pez en el agua. Seguro me aceptan.
Kenichi se rió, conduciéndome fuera del gimnasio para reunirnos con Tomoyo que todavía no sabía por qué club optar. —El problema contigo es que eres un pez de agua dulce en el mar.
Después de desahuciarme a muerte, Kenichi nos obligó a asistir a la espeluznante reunión de Adictas al Chocolate, que en realidad resultó ser el club de fans de Syaoran encubierto.
—¿Qué demonios hacemos aquí? —protestó Tomoyo, a punto de arrancar los cabellos azules de su cabeza.
La pequeña habitación contaba con una agradable galería de fotos en las que Syaoran al parecer posó a voluntad, tenía una con un cinturón de herramientas en la cadera nada despreciable y otra donde aparecía en bóxer, la cual preferí no mirar.
—Bueno —dijo Kenichi, aceptando la bolsa de regalos que ofrecían las chicas en la mini-sala de conferencias—. Hay que reconocer que el tipo no es abominable a la vista.
—¡Lo detesto! —se quejó Tomoyo, arrugando la fotografía de Syaoran que venía incluida en los souvenirs—. Incluso dibujándole cuernos luce atractivo.
—Li-san es muy amable posando para nosotras a cambio de chocolate —informó una pecosa castaña de lentes.
—Eso explica de dónde saca tanto chocolate —murmuré para mí misma, arrastrando a mis amigos fuera de la conferencia cuando comenzó la lluvia de testimonios absurdos sobre el primer encuentro con Syaoran y el flechazo definitivo.
—Solicitaré trabajo de medio tiempo en la biblioteca —suspiró Tomoyo, una vez recorrimos todos los clubes que implicaban escasas actividades físicas—. No quedan esperanzas para mí en este lugar.
—Todavía no hemos visitado el club de magia —intervino Kenichi, atiborrándose los chocolates que nos obsequiaron como si fuesen palomitas de maíz acarameladas.
—Soy experta en desaparecer dinero —agregó con sorna Daidoji—, ¿crees qué eso cuenta?
—No seas idiota —rebatió Kenichi con su oscuro cabello revuelto cubriéndole los ojos—. Todo es preferible antes que envejecer en la biblioteca.
—Creí que los nerd amaban los libros —musitó Tomoyo, batallando con la cortina roja que nos separaba del club de magia.
—No soy un nerd —replicó Kenichi, limpiándose los rastros de chocolate con el dorso de su mano—. Simplemente soy más listo que tú.
Ellos emprendieron una carrera hacia los únicos asientos vacíos frente al escenario. Tomoyo agitó los brazos entre la multitud después de engañar a un pobre chico para que le cediera su silla. No terminaba de comprender por qué un lugar así estaría atestado de chicas hasta que dio inicio la función. Una ovación general se elevó con la presentación del gran mago quién no era otra persona más que Hiraguizawa vestido con un traje decente.
Las mujeres se volvieron locas atrapando los capullos de rosas que esparció con su varita y de pronto una baraja de naipes estaba levitando frente a él. Tomoyo se derritió en su silla, robándose el oxígeno del teatro con sus bastos suspiros fantásticos. Ella había encontrado el tipo de chico que le gustaba mientras Kenichi se rompía la cabeza tratando de descifrar el truco de todo aquello.
—Es realmente bueno, ¿no crees? Siempre me he preguntado cómo lo hace. —Tragué saliva al percibir que la persona invisible a mi lado, había sido sustituida por Syaoran, que admiraba con la ingenuidad de un niño el maravilloso espectáculo de magia.
—Si tanto te intriga, deberías suplicarle que tome como aprendiz —sugerí, cruzando las piernas sin mostrarle un ápice de emoción en mi voz aunque mi corazón latiera desbocado en su presencia.
—Supuse que estarías enojada —susurró luego de reírse un poco y es que, era absurdo que Syaoran Li suplicara favores a nadie.
—¿Qué esperabas? —sollocé con un hilo de voz—. Tal vez nuestros amigos no conozcan la relación que existe entre nosotros, pero yo sí lo sé Syaoran, y tú también. Me dolió que pusieras a Amy por encima de mí, que soy tu chica.
—Ella es inocente —siseó apretando la mandíbula.
—Yo tampoco soy una zorra y tú no hiciste nada por defenderme. Sólo solucionaste el maldito problema que te convenía. ¿Crees qué no sé que amenazaste a medio colegio para que ningún hombre se me acercara? No te odio por eso, pero no me ayudaste con el problema que más lo ameritaba.
No entendí por qué Eriol vociferó que para el próximo truco necesitaría una asistente si iba a señalarme específicamente a mí, que ni siquiera levanté la mano para ofrecerme. —¡Me escogió a mí! —gritó emocionada Tomoyo, y yo la dejé ir en mi lugar.
—¿Por qué darle tanta importancia a algo que sabemos es mentira? —continuó Syaoran, interrumpiendo mi contacto visual con Kenichi, que sostenía un conejo blanco en su regazo.
—A mí sí me importa mi reputación y a ti te importó mucho la de Amy cuando la llamaron mentirosa. —Aparté mi brazo evitando que llegara a él para tocarme, por primera vez en la vida no quería tenerlo cerca—. Dime una cosa, ¿tú tienes algo ella, cierto?
—Es mi amiga y tiene problemas, Sakura. Tú hiciste lo mismo con Daidoji hace tiempo, ¿recuerdas? —Asentí espantando la imagen de mi cabeza. Dios librara a Tomoyo de toparse nuevamente con ese hombre.
—La quieres para ti, por eso te urge tanto que abandone a su novio —acusé, reprimiendo las ganas de ser yo quien abandonara primero el teatro y lamentarme con tranquilidad.
—Lo único que quiero para mí —murmuró Syaoran luchando contra mi obstinación para sostener su mano—, eres tú.
No sabía si era Tomoyo la que realmente levitaba en el aire o era mi corazón que ascendía emocionado por las palabras que tanto había esperado de su boca.
—¿Sabes por qué hay tantas chicas en este lugar? —preguntó sacándome de mi ensoñación. Negué con la cabeza—. Es por una apuesta.
—¿Una apuesta? —repetí, inclinándome incrédula hacia su rostro.
—Todo comenzó el año pasado cuando las Silky Girls se enteraron de que Eriol y yo éramos inocentes de pies a cabeza. Ni siquiera habíamos dado nuestro primer beso… ya sabes, esperábamos a la indicada. —Contempló mi mano entre las suyas, dándome la impresión de que se refería a mí como la indicada—. Ellas pusieron en juego nuestras virtudes y al cabo de dos semanas, ya me habían robado mi primer beso en las duchas. Fue una chica mayor, Hanako Ise —escupió cada palabra con un rencor que me permitió saborear el dolor contenido en ellas.
—¿Y qué sucedió con tu virginidad? —tartamudeé avergonzada.
Syaoran se encogió de hombros, dibujando círculos en la palma de mi mano. —No sé, estaba drogado cuando pasó.
Eriol despidió a Tomoyo del escenario con un ramo de rosas como agradecimiento a su colaboración, sin saber que se había ganado una autentica admiradora. —Entonces, Eriol…
—Oh, él está intacto —aseguró Syaoran de pronto con una sonrisa deslumbrante adornando su rostro—. No fue hasta que esas estúpidas obtuvieron todo de mí, que se dirigieron a él. Pero para entonces, ya estábamos preparados.
Creí ver en él al pequeño héroe que rescató a la familia de pichones para mí cuando éramos niños. —Ven a mi casa mañana, pasaremos el día como en los buenos tiempos —prometió, despidiéndose de mí con un discreto beso en la mejilla—. Puedes traer a tu estúpida amiga también, de todos modos, sé que vendrá.
Me regaló un guiño que hizo revolotear a las mariposas en mi pecho. Las estrellas fluorescentes en el techo del teatro, titilaron por primera vez para mí.
Notas de autora:
El capítulo no abarcó todo lo que yo pretendía, así que tendrá una tercera parte para que comprendan el titulo asignado. Siento que hemos visto a un Syaoran más sincero y expresivo, bueno, seguirá así, quién sabe xD. Y no me ha quedado mucho tiempo de editar porque en la universidad están apretando tanto para averiguar quién se asfixia primero y yo creo que ya me ahogué. En fin, espero que les haya gustado. Tengan una feliz semana. :)
