Capítulo 9

Nunca olvidaría la mañana en la que el abuelo regresó a casa. Venía completamente solo acompañado de un par de hombres de su guardia personal. Pero nadie más. Eso me pareció lo más extraño del mundo. ¿Dónde estaban Yuuki y Sabo? Había cosas que no me terminaban de encajar porque, a pesar de que ellos no estaban, el abuelo parecía contento y sonriente. Tuve un mal presentimiento.

Aun así, lo mejor sería esperar una explicación decente por su parte a ponerme como un energúmeno allí mismo delante de todos nuestros trabajadores. Sanji, a mi lado, pensaba exactamente igual.

Tras el típico saludo cordial de bienvenida, nos adentramos en la casa y seguimos al viejo Garp hasta la sala de reuniones. Parecía que él también necesitaba explicarnos muchas cosas. Nada más llegar, nos acomodamos alrededor de la gigantesca mesa rectangular.

-¿Y bien?-Pregunté impaciente. Sanji me miró a mí y después al abuelo.

-Imagino que tu pregunta hace referencia a tus hermanos.-Asentí serio.-Se han quedado en el norte.-Respondió sin más. En ese instante, una doncella llevó algunas viandas para que almorzáramos un poco antes del festejo que se celebraría ese día por el regreso del señor de aquellas tierras.

-¿Se han quedado en el norte?-Sanji cuestionó aquello arrugando la nariz sin comprender nada.

-Así es. Akainu les necesitaba para algunas tareas de crucial importancia.

-¿Cómo cuáles?-Sanji estaba siendo amable pero yo fruncí el ceño enfadado. En la carta que todos habíamos leído, nadie hablaba de que se tuviesen que quedar allí. Sabo tal vez, pero a Yuuki ni se la mencionaba.

-Necesita a alguien de confianza en su consejo puesto que parece que gobernará las islas de Isgard a partir de ahora. Por eso eligió a Sabo.-Mintió deliberadamente aunque yo en ese momento, no lo sabía.

-¿Y Yuu?-Intercedió Sanji. Al nombrarla a ella el abuelo suspiró cambiando su rostro por uno terriblemente entristecido.

-Las tropas del norte se están debilitando y las nuestras, con las guerras en Mansem también. Así que, hemos decidido que se organizará un matrimonio para unir ambos ejércitos y tierras.

Nada más oírle abrí los ojos de par en par.

-¿Qué, qué?-Me levanté apoyando las palmas de mis manos sobre la mesa de madera observando incrédulo y un tanto molesto al abuelo.- ¡¿Yuuki va a casarse?! ¿Cómo se ha decido eso?

-Es un matrimonio que a nuestro pueblo le conviene. Simplemente se ha decido así.

-Imagino entonces que ella no estará de acuerdo.-Apuntó Sanji suspirando resignado. Sabía cómo era Yuuki e imaginaba que resistiría a toda costa.

-Me temo que no.-Comentó Garp.

-No me puedo creer que le tendieras esa trampa.-Le señalé azorado y muy enfadado.- ¡Eso no es típico de ti!

-Ya lo sé pero nuestra gente se muere de hambre, la capital no nos ayudará si las guerras continúan. Nos quedaremos sin hombres. Sin víveres. Lo mejor es un matrimonio para ayudarnos mutuamente.

-¡¿Con Akainu?! ¡¿Con su maldito sistema esclavista?! ¡¿En qué estás pensando?!-Vi como el viejo agachaba la cabeza culpable y lleno de remordimientos. Al fin y al cabo se trataba de Yuuki, su querida nieta Yuuki. Y aquella situación, aquella decisión, le dolía como al que más. Pero yo no me achanté.- ¡¿Te has vuelto loco?!

-Luffy, cálmate.-Intentó mediar Sanji.- ¿Sabemos al menos quién será el supuesto marido?

-El hijo de Akainu.-Comentó el abuelo.

-¿Quiere decir que Yuuki heredará todas esas tierras cuando Akainu muera?-Garp asintió.

-Conozco como es ella. Y sé que cuando eso ocurra, será capaz de desmontar todo el sistema oscuro y tétrico de Isgard de alguna forma.

-¡¿Y mientras tanto qué?!-Pero yo seguía enfadado y molesto. Nada de todas esas tonterías que el viejo soltaba por la boca me servían como una buena excusa por la cual dejar a mi hermana pequeña a su suerte.

En cuanto acabase aquella reunión, escribiría inmediatamente una carta a Ace.

-Sabo la protegerá.

-¿Contra un marido legítimo?-Intercedió de nuevo Sanji.-En el momento en que le coloque un maldito anillo en el dedo, Sabo no podrá hacer absolutamente nada para que ese tipo, quien sea, la trate bien o con consideraciones.

-No puedo creer que hayas podido hacer algo así.-Afirmé indignado.-Cogeré un caballo y me presentaré en Isgard para asegurarme de que ella está bien. Y si no está contenta con todo esto…

-No lo sabe.-Me interrumpió el abuelo. Yo abrí aún más las cuencas de mis ojos.-O creo que es así. Tal vez Akainu la haya informado.

-¡¿No se lo dijiste?!-Golpeé la mesa con mis puños.

-No fui capaz.-La tristeza de su rostro se afianzó aún más. Desde hacía rato, el viejo Garp no era capaz de levantar la cabeza para mirarnos decentemente.-De todas formas, no puedes ir. Debes quedarte aquí.-Se levantó del asiento.-Yo tengo que ir al este. El rey requiere de mi presencia en Assiah. Al parecer hay un mago oscuro en Mansem que está destruyendo todo lo que…

-¡Me importa una mierda ese mago!-Le miré desafiante.-Voy a recuperar a mis hermanos. Algo me dice que no se han quedado voluntariamente.

-Ni hablar. Eres mi nieto y te quedarás aquí protegiendo a nuestra gente. Ese es tu maldito deber.

-¡Me da igual el deber!-Grité. Nunca había estado tan molesto.

-Escucha. Da igual lo que hagamos. El pacto ha quedado sellado así. Si quieres saber algo sobre tus hermanos simplemente escríbeles una carta.-No me convencería. No lo haría en absoluto.-Pero tienes que permanecer aquí. ¡Es una orden!-Alzó la voz el hombre de pelo canoso.

Durante unos minutos la tensión pudo cortarse con un cuchillo. Hasta que finalmente, Sanji se levantó de su asiento y colocó una mano sobre mi hombro.

-Nos quedaremos aquí.-Confirmó.

-¡¿Qué?!-Me giré hacia él exaltado pero entonces, me encontré con sus ojos llenos de decisión. Al parecer, tenía algún tipo de plan.

-Nos quedaremos y protegeremos a nuestra gente Luffy. Estamos en la frontera del territorio con Mansem. No podemos arriesgarnos a dejar nuestro hogar atrás y que algo malo ocurra.-Me dijo serio y decidido.

Finalmente, y comprendiendo un poco que no llegaría a ninguna parte de esa forma, suspiré intentando calmarme. Destensé mis músculos y relajé mis puños. Volví sobre mis pies y clavé los ojos en el abuelo. A pesar de todo, aún seguía muy enfadado.

-Me quedaré. Pero te juro que si me entero de que algo no va bien con ellos,-lo señalé,-iré y mataré a todo el que haga falta para que estén a salvo.-Sentencié.

El viejo Garp suspiró a sabiendas de que tarde o temprano, las acciones de sus nietos, se le escaparían de las manos.

El cielo era negro. Nublado. Empobrecido. La vida en Mansem era un completo sueño alternativo a la realidad. Allí, en aquella tierra llena de volcanes y cenizas, llena de fuego, la conquista contra los gigantes y los trolls se hacía cada vez más y más compleja. Caudillos, reyes en cada pueblo, mercenarios, hombres sin honor. El descontrol se alzaba en cada parte de aquel territorio. Yo lo sabía y aun así, seguía allí intentando interponer un poco de orden de parte de mi rey. Pero era imposible. Una oscuridad terrible se ceñía sobre aquellas tierras. Algo que escapaba a nuestro control.

Posiblemente, un tipo de magia negra.

Miré el maldito mapa de la zona una y otra vez intentando dar con los focos de ese tipo de encantamiento que hacía a los seres de allí más fuertes, crueles y sanguinarios. Algo distante de su naturaleza. Suspiré cerrando un instante los ojos pensando por una milésima de segundo que si Sabo hubiese estado allí, ya habría encontrado la clave de todo. Llevaba más de tres años sin hablarme con él y sin escribirle una carta y aun así, en mi interior, le echaba de menos. Yuuki ya me había regañado en cada uno de sus escritos sobre ese tema así que sabía que algún día, tendría que intentar solucionar aquello que nos separó.

-Comandante.-Uno de mis soldados más fieles apareció de repente por la puerta de mi tienda. Yo alcé mis ojos con el ceño fruncido y la vista cansada.

-¿Qué ocurre?

-Han llegado dos cartas para usted.-Me tendió dos pequeños rollos de papel.

-Gracias.-Contesté sin más.-Por cierto, vayamos levantando el campamento. Avanzaremos hacía Blexturm e intentaremos reestructurar la ciudad de alguna forma cuando lleguemos allí.

-¿Alguna novedad sobre esa magia oscura?

-He dado con un par de focos. Pero solo dos.-Me crucé de brazos observando el mapa apuntillado con banderitas y figuras.-Ninguna pista más. Lo peor es que…-me llevé una mano al mentón,-no parecen tener una relación concreta…-Él observó el panel y suspiró.

-No lo parece.

-Bueno, de todas formas seguiremos buscando e insistiendo.-Dije dando por concluida la conversación. Mi soldado hizo un saludo respetuoso y salió de la tienda para cumplir con sus órdenes. En ese momento, yo cogí los dos pequeños tubitos y los desenrollé.

El primero estaba escrito de un puño y letra que desconocía pero que, al ver la firma de un señor, pensé que hacía referencia a la ciudad a la que su partida se disponía a dirigirse. La carta hablaba de esa magia. Hacía referencia a que algo maligno se estaba apoderando de la ciudad arrebatándole el alma. Y pedían ayuda porque habían sido atacados recientemente por un grupo de gigantes que vivían cerca de sus murallas. Decía que esos seres al principio pacíficos, se habían vuelto agresivos y violentos. En tres días habían arrasado con la mayoría de los pueblos granjeros colindantes a la ciudad. Todo era un completo desastre.

"Por la presente, reclamo al Comandante Portgas D. Ace su ayuda inmediata como intercesor en las guerras de Mansem. Necesitamos su ayuda con urgencia. Si la ciudad cae ya no habrá nada por lo que luchar".

Aquel era el último párrafo que venía escrito en ella. Yo suspiré. Teníamos que darnos toda la prisa del mundo o las bajas que habían sufrido., las pérdidas y toda la sangre derramada acabarían convirtiéndose en algo completamente en vano. Y pensé que si defendíamos ese lugar, podríamos abastecernos e idear un plan un poco más acorde a lo que estaba ocurriendo. Tal vez encontrásemos la pista perfecta para destruir ese poder oscuro que se empeñaba en matar a aquella parte del mundo.

Cerré la carta con una decisión en la mente claramente tomada. Pero entonces, abrí el otro pequeño rollo de papel. Que contenía una letra perfectamente reconocible; la de Luffy. Avancé por la carta y a medida que leía cosas sobre Yuuki, sobre matrimonio, sobre Sabo, sobre Isgard, mi rostro se iba desencajado.

¿Qué diablos era toda esa idea espantosa? Isgard era un reino muerto y olvidado por todos. ¿Cómo se le había ocurrido a ese viejo charlatán arreglar ese desastre? Ni siquiera el Rey Marco de la capital era capaz de meterse en algo así. ¿Cómo demonios se le había ocurrido hacer un trato con ese ser despreciable que intentaba obtener el territorio de esa manera? La sola idea de que Sabo fuese su consejero, o de que Yuuki se casara con el hijo de él, me horrorizaban. Si podía haber algo peor que las guerras que luchaba era sin duda aquello. Mi familia rota por un enlace absurdo y sin sentido. Y estaba convencido de que, esas decisiones no las habían tomado ellos mismos por su propia voluntad. Garp me oiría en cuanto me topase con él.

Fruncí el ceño y apreté la carta en mi puño cerrado, arrugándola con rabia. No podía permitir que mis hermanos cayeran en las manos de aquel tipo arrogante e irascible que no dejaba a títere con cabeza si algo no iba como a él le gustaba. No podía dejar que la sangre de Yuuki se mezclara con el hijo de un tipo así. Eso era impensable. Pero… ¿qué podía hacer yo? No podía alejarme de la guerra que luchaba por un bien propio y egoísta. El rey no iba a permitir que eso pasara. Tampoco podía abandonar a la gente de Blexturm a su suerte contra aquella magia negra.

Sin embargo se trataban de mis hermanos. Se trataba de Yuu…No había nada que valiese más para mí que ellos a pesar de que llevase años sin verlos. Eran mi familia. Me mordí el labio lleno de frustración. ¿Qué debía hacer? Seguir con mi deber o ayudar a mi familia. Cualquiera de las dos decisiones era mala. Si dejaba una de las dos cosas, sabía que todo acabaría mal.

Y justo en ese instante, la tela de mi tienda volvió a abrirse.

-Comandante. Ha llegado el médico de refuerzo.-Alcé mis ojos, apartando la frustración de ellos, hacia mi soldado. Venía acompañado de un hombre de pelo negro y mirada fría y distante. Estaba serio y parecía que no había tenido un viaje tranquilo hasta llegar allí. Tenía en su brazo derecho algunas vendas.

-Gracias, puedes dejarnos a solas.-Mi hombre asintió, saludó y se fue. Yo suspiré.-Os ofrecería un asiento cómodo y mullido como en la capital pero aquí, por desgracia, las cosas no son tan lujosas.

-No me importan en absoluto los lujos.-Respondió seco.-Estoy aquí para cumplir una misión.

-Así es. Encargarte de los heridos.-Confirmé. Él asintió.- ¿Cómo te llamas?

-Trafalgar Law.-Le analicé. Su tez. Su forma de hablar. Su acento. Cada detalle coincidía con algo que tenía en mente.

-¿Eres de Isgard?-Arqueé las cejas expectante. De pronto, su expresión cambió.

-Sí.-Parecía que había algún de sentimiento ligado a la nostalgia en su tono de voz.

-¿Por qué estás aquí?-Pregunté.

-Tengo que cumplir con una misión, Comandante.-Reafirmó lo que había dicho al principio. Yo me alcé y me crucé de brazos. Tal vez, él pudiera ser la clave para solucionar los dos frentes que se abrían ante mí.

-No.-Negué. Trafalgar entrecerró los ojos sin comprender nada de lo que yo le intentaba decir.- ¿Por qué estás aquí?-Volví a hacerle la pregunta y de pronto, él pareció reaccionar.

-Quiero recuperar Isgard. Quiero ayudar a mi gente de alguna forma, señor.-Le oí. Esa era la contestación que yo estaba buscando. De repente vi un poco de luz.

-¿Tienes práctica en batallas?-Interrogué.

-No mucha, pero soy capaz de desenvolverme bastante bien.

-De acuerdo. Pues he cambiado de idea. Necesito información urgente de Isgard. Vas a ser mi espía personal. ¿Qué te parecería ir allí y ver qué es lo que está pasando? Necesito algún tipo de información. Toda la que sea relevante o no sobre ese tal Akainu pero sobre todo, sobre su hijo...

….

Observé a mi alrededor el estampado de las pareces de aquella habitación mordiéndome el labio con fuerza. Me sentía triste. Encerrada. Sola. Llevaba allí casi tres meses y no había conseguido aun una forma práctica y plausible de escapar. Simplemente era imposible.

Me levanté de la cama aun con aquel dichoso vestido puesto. Lo odiaba. Odiaba cada parte de aquel encierro sin sentido. Odiaba las rejas de las ventanas, la puerta cerrada con llave. Odiaba no poder ni siquiera salir a tomar mínimamente el aire. Incluso hacía todas las comidas allí dentro. Todo por culpa del abuelo. Fruncí mis labios en una pequeña mueca de dolor. ¿Cómo podía haberme hecho algo así a mí? Yo que le quería tanto…

Pero lo peor sin duda no era eso. Lo peor era que no sabía absolutamente nada de Sabo desde que se marchó. Ni una carta. Ni un mensaje. Nada. Eso me hacía temer por él. Por su vida. Atravesar el océano era muy peligroso. Tardith y las guerras por liberar a los esclavos eran un problema. Acercarse a esa mujer sería una complicación. Estaba convencida de que si le descubrían, ella no tendría piedad con los asesinos o traidores pero, esa tampoco era una opción. Acabar con la única persona en ese dichoso mundo que luchaba por un motivo justo era un tremendo error. ¿Y yo, qué podía hacer para impedirlo? Aunque me escapase de ese lugar, estaba convencida de que no tendría ninguna forma de comunicarme con él. Todo era muy difícil.

Me acerqué a la ventana llena de rejas y miré a través de ella la extensión de la ciudad de Klimberg. Estaba convencida de que en otros tiempos habría sido una de las ciudades más bellas del mundo. Suspiré agotada.

No. En realidad no saber de Sabo no era lo peor. Que el abuelo me hubiese dejado allí abandonada no era lo peor. No saber nada de Ace, de Luffy e incluso de Sanji tampoco era lo más grave. Lo peor de todo era lo que iba a pasar al día siguiente. Un lazo político, militar. Un lazo de casas, de familias. Un estúpido matrimonio.

Nada más pensarlo noté como todo mi cuerpo temblaba.

Había visto desde la ventana a ese ser tosco y enorme. Era desagradable y violento. Daba miedo. La mejor manera de describirlo con una sola palabra podía ser, terrorífico. Y yo tenía que unirme a él. A la fuerza. Sin querer. Aunque me pusiese a objetar o a patalear. Aunque me tuviesen que llevar a rastras hasta ese dichoso templo. Hiciese lo que hiciese, no serviría de nada para poder huir de él.

Aunque no lo pareciese, estaba asustada.

Había estado en situaciones románticas e íntimas con otros hombres pero eso de allí no podía llamarse exactamente hombre. Ni siquiera sabía que iba a ser de mí al día siguiente. O la noche siguiente, cuando su intención fuese ir más allá conmigo.

En ese instante cerré los ojos intentando no pensar en eso. Sentí un escalofrío recorrerme la piel. Tenía que encontrar una forma viable de poder escapar pero yo, allí, completamente sola, sin ningún tipo de apoyo logístico sería imposible. Como mucho podía llegar hasta la puerta de la fortaleza pero, ¿después? Estaba convencida de que si un guardia me veía, llamaría a los demás y eso supondría volver a empezar desde cero con todo. Así que ya está, no había forma humana de huir.

En ese instante, llamaron a la puerta. Con un pequeño adelante de mis labios una de las doncellas que me atendía últimamente, se internó en el dormitorio. Llevaba una tela entre los brazos.

-Finalmente lo tengo señorita.-Yo ni siquiera la miré. Lo que había tras la ventana me parecía mucho más interesante.

-Me da igual. Llévatelo. No me lo voy a poner.-Solté fría y distante.

-Pero señorita, como futura reina, es una tradición que…

-¿Futura reina?-Fruncí el ceño y la miré.- ¿Acaso pensáis que voy a ser reina de este infierno? ¿Con él? Estáis completamente desquiciada.-En el instante en el que dije aquello vi como la mujer, de mediana edad, agachaba el rostro entristecida. Yo suspiré sintiendo como me había pasado un poco de la raya.

-Siento mucho que no os agrade este sitio señorita. Sé que tal vez ahora parezca sombrío y desalentador pero Klimberg antaño fue un lugar maravilloso en el que vivir a pesar de sus problemas.-La mujer dejó la tela sobre la cama y sin decir nada más, se dio la vuelta para salir del dormitorio. En cuanto lo hizo, oí como echaba la llave.

Me mordí el labio desviando mis ojos desde ese bulto sobre la cama hasta la puerta. Y cuando me vi sola de verdad, avancé hacia el colchón, deslicé la tela y descubrí el precioso vestido azul que había tras ella. Era de una tela suave y fina que simplemente caía con un bonito fruncido en la cintura. Tenías las manchas largas y el escote redondo. Estaba segura de que habría sido el vestido que hubiese elegido si alguna vez tuviese que ponerme uno o tuviese que casarme. Sin embargo en ese instante, con solo verlo sentía como si fuesen unas cadenas a punto de ser colocadas sobre mis muñecas. Y entonces, empecé a agobiarme. Mi situación no podía acabar así, sin más.

Di vueltas durante unos minutos por toda la habitación. De vez en cuando me paraba y visualizaba el vestido. Lo analizaba. Negaba y volví a caminar dando círculos.

-Tiene que haber una dichosa manera de huir.

No obstante, tres minutos más tarde, la puerta volvió a abrirse tras girar la cerradura. Por ella la doncella que me había llevado el vestido, entró y se hizo a un lado. Tenía el rostro agachado y parecía que esperaba a que alguien pasase. Y efectivamente era así. Cuando le vi avanzar di dos pasos hacia atrás. Todo mi cuerpo se tensó. Noté como mi pulso se aceleraba presa del miedo. Sin embargo, era algo que no estaba dispuesta a mostrarle. Así que respiré hondo, me crucé de brazos y fruncí ligeramente el ceño.

-Mi hermana llegará a la fortaleza exactamente dentro de una hora. Quiero que os quitéis esos harapos y que bajéis callada y obediente al salón principal.-Me ordenó con aquella cara llena de enfado. Estaba segura de que su horrible padre le había enviado allí para que mantuviésemos algún tipo de conversación.

-No voy a bajar.-Le desafié. Él suspiró y avanzó hasta aproximarse lo suficiente a mí como para casi, acorralarme contra el marco de la ventana. No le aparté la vista ni un solo segundo.

-Lo haréis.-Había relajado sus facciones pero seguía pareciendo un ser cruel y despiadado.

-No.-Vi como arrugaba el entrecejo volviendo a enfadarse pero al segundo rehusó. Eso me extrañó sobremanera. ¿Qué se suponía que significaba ese gesto?

-Por favor.-Me miró serio y yo abrí mis ojos de par en par completamente desconcertada. ¿Acababa de pedírmelo por favor?

-¿Cómo…?

-No pienso repetirlo.-Y de repente, dio un fuerte golpe con el puño cerrado sobre la pared que había detrás de mí. Di un pequeño botecito del susto. No me lo había esperado.-Te cambiarás.-Me miró a los ojos de una forma seria e intimidante a la vez.-Bajarás. Y cenarás con nosotros.

-Ya he dicho que no voy a hacerlo.-Su mirada se oscureció.

-Me da igual. Ya os he dicho que es una maldita orden.-Gruñó.-Si no estáis lista para ese momento, juro que subiré y yo mismo os colocaré ese bonito vestido en vuestra suave piel.-Su mano izquierda se hundió entre mi mejilla y mi pelo suelto castaño. Sonreía de una manera demasiado atrevida y supe que sería capaz de hacerlo. Tragué saliva asustada pero no deshice el contacto visual.

-Atreveos.-Le rebatí casi temblando. Las consecuencias iban a ser terribles.

Sin embargo, ocurrió algo más que escapó a mi completo control. Kid se incorporó, me miró, soltó un bufido y después esbozó una extraña sonrisa en altiva y sádica.

-Una hora.-Dijo sin más. Se dio la vuelta y salió de la habitación seguido de la doncella. Cuando la puerta se cerró con llave sentí como mis piernas perdían su fuerza y me deslicé hasta sentarme en el suelo con la espalda apoyada sobre la pared. Mi frente se perdió entre mis brazos y mis rodillas. Había sido un momento demasiado tenso.

Me mordí el labio tratando de recuperar el ritmo normal de mi respiración. Era una pesadilla. Tenía que serlo. Necesitaba huir. No podía casarme con él. No podía hacerlo. Alcé mis ojos hacia ese vestido que seguía sobre la cama, una vez más. Tenía que buscar alguna manera y debía de ser precisamente a esa hora en la que tenía que bajar. No habría otro momento antes del infernal enlace. Pondría en práctica todo lo que mis hermanos me habían enseñado. Estrategia. Lucha. Observación. Sigilo. Era esa noche o nunca.