Capítulo Octavo: Rompimiento
"Betty, tenemos que hablar. Te siento muy distante. Llámame" fue el mensaje que escuchó en el móvil esa mañana. Empezó a sentir que le faltaba la respiración. Su pulso se disparó y cerró el teléfono con rapidez lanzándolo como si le quemara las manos contra la cama. No tenía el valor necesario para devolver la llamada.
Ya estaba vestida para ir a trabajar y creyó estar segura de si misma esa mañana hasta escuchar la voz dolida de Henry en la grabadora de su contestador. Sus manos empezaron a sudar y sintió la piel arder en fiebre, sus piernas le fallaron. Ni siquiera cuando decidió terminar con su primer novio se sintió tan cobarde. Pero la primera vez no había sido por Henry que terminó con Walter. Esta vez había dejado de amar a uno por encima de otro. Se sintió culpable, casi sucia y eso la hizo sentir peor. No había sido sólo su decepción y la inminencia de una relación efímera. Ella había elegido a Gío, amaba a Gío por encima de Henry. Sintió ligeros temblores en su cuerpo y no pudo imaginar qué haría cuando viese a Henry.
Apretó sus manos y trató de recordar la noche anterior y la sensación de tranquilidad que Gío le había transmitido al sujetarla de esa forma tan segura que la hizo sentir protegida. Por unos segundos se trasladó a un mundo de recuerdos y fantasía pero abrió los ojos y volvió a encontrarse con la realidad.
Tomó el celular y, temblorosa, seleccionó un nombre de la lista de direcciones.
—¿Betty? —sonó del otro lado. Esperó por respuesta y luego— ¿Estás bien? ¡Betty!
"Gío, ¿dónde estás? Te necesito", cruzó por la mente de Betty pero no lo pronunció. Tras un breve momento de silencio su corazón logró serenarse. No era justo hacerle cargar con ese peso. Ese era su problema, pensó. Ya el escuchar su voz era suficiente para ayudarle a amedrentar sus temores y tomar la decisión de no permitir mentirle a su corazón y mucho menos a Henry. Todo estaba claro ante ella. Haría lo correcto. Lo haría ella misma.
—Gío. Sólo te llamé para desearte un buen día. Seguro que estás conduciendo ¿Hablamos más tarde?
La voz se escuchó más serena y jovial casi como si hablase entre sonrisas.
—De acuerdo. Cuídate. Pasa un buen día, también.
Hubo un silencio incómodo. Betty, siendo ella quien llamó primero, iba a despedirse con un rápido 'adiós' cuando escuchó desde la otra línea la voz suave y grave de Gío murmurarle:
—Te quiero.
Betty se sonrojó y sintió que eso era realmente lo que deseaba escuchar y lo que le daba fuerzas. No había paradigmas ni miramientos con Gío, sólo sinceridad y espontaneidad. Eran de las tantas cosas que tenía que aprender de él.
—¿Qué? —volvió a sonar a través del auricular en medio de una risita—. Vete acostumbrando…
—No arruines el momento —le reprochó Betty, saboreando las palabras que hacía poco había pronunciado. Se sorprendió cómo ese hombre era capaz de inyectarle tanta calma a través de su cuerpo, de sus gestos, de sus palabras. Definitivamente, pensó, estaba en el camino correcto—. Yo también te quiero… Gío.
—Así está mejor —le dijo—. Oye, Betty, mejor hablamos más tarde. Antonella está gozando de lo lindo con nosotros. Ya basta, Nella. Bueno, nos vemos más tarde. 'Ciao'.
Betty sonrió al cerrar el teléfono. No iba a darle largas al asunto. Tomó con determinación su bolso y, luego de despedirse de su familia, se dirigió a la próxima estación de tren rumbo a Manhattan.
Decídete. Hazlo ya. Después será peor.
En las oficinas, Betty trató de esquivar a Henry durante toda la mañana. Pidió un permiso a Daniel y al medio día fue al apartamento de Henry. Tomó la llave de su bolso y abrió el cerrojo. Antes de entrar en el apartamento, y aún arropando el manubrio entre sus dedos, pensó que ese probablemente sería el último día que cruzaría ese dintel. Que ya no sería como antes.
No tenía mucho tiempo. Tomó una pequeña maletita negra que estaba en el aposento y empezó a tomar las poquitas cosas que le pertenecían en la vida de Henry. No pudo evitar que las lágrimas brotaran abundantes desde sus ojos, empañándole la visión y el corazón. Pero era mejor así, pensó mientras limpiaba por décima vez los cristales de sus anteojos, las lágrimas quizás arrastrarían todo ese desamor que llevaba por dentro. Y sintió como si una parte de su vida se le estuviera escapando. Pero nunca había estado tan decidida. Vio una luz y sabía que el dolor no sería para siempre. Que aquello pasaría.
Cerró el maletín y escribió una pequeña carta a Henry en su puño y letra. Las palabras le llegaron claras a su cerebro, tal vez porque las había pensado toda la noche. La dobló con cuidado y escribió en el doblez:
'Nos vemos a las 6 p.m.'
Betty dio un último vistazo a su alrededor y suspiró antes de cerrar la puerta.
—0—
Los goznes de la puerta emitieron un ligero quejido al abrirse lentamente, con timidez. Betty cruzó el aposento con pasos vacilantes hasta encontrarse con aquel que estaba sentado en la mesa del comedor, el cuerpo encorvado, en silencio. Al notar su presencia, Henry levantó el rostro mostrando unos ojos enrojecidos tras el cristal de sus espejuelos. Betty se detuvo de golpe frente a él, las dos manos aferradas unas de la otra, dándose fuerzas, los labios apretados en una rígida línea horizontal, las mejillas pálidas.
El le mostró el papel que sostenía en su mano derecha y lo volvió a colocar en la mesa.
—Entonces… ¿éste es el fin? —Betty no contestó, se mantuvo firme en donde estaba. Henry se incorporó en el asiento donde estaba y le dijo en un hilo de voz—. No creas que me toma de sorpresa… Yo… yo me lo temía.
Hizo un gesto con la cabeza de decepción que a Betty le partió el alma. Se atrevió a dar un paso hacia delante.
—Henry, yo… lo siento. Sabes que hubiera querido ayudarte. Sobre todo ahora… en estos momentos difíciles en tu vida…
El la interrumpió, lo último que quería en esos momentos es que tuvieran lástima de él.
—No lo sientas. Estaré bien —Hubo una pausa. De repente, un presentimiento ensombreció su semblante —¿Es… Gío?
Betty no vaciló ni un instante.
—Sí.
—¿Por qué él? ¿Por qué no otro? —al ver la cara de alarma que Betty puso, trató de calmarse tomando control de toda la ira que sentía en ese instante. Un fuerte dolor de cabeza le estaba matando—. Es sólo que… no creo que estés haciendo bien.
Betty apretó sus manos y le contempló en silencio. Su corazón se empezó a inquietar pero decidió no decir nada.
—¿El… te obligó a hacerlo?
¿Cómo se atreve...!
—¡Henry! ¡Basta! ¿Acaso estás escuchando lo que estás diciendo? ¿Cómo Gío me podría obligar a quererlo? Es más, ¿sabes qué? ¡El me hace muy feliz!
Se paró en seco. No era su intención que esas palabras surgieran de sus labios de esa manera. Pero ya habían sido pronunciadas y el daño, se había hecho.
—El te hace feliz… imagino que yo nunca pude. Entiendo —dijo con amargura— Así que, esa es tu decisión final: me dejas por él.
—No, Henry —Betty lo encaró—. Tú eres el que me está abandonando por tu familia.
—El no es hombre suficiente para tí, Betty.
Ella dijo segura —Esa es mi propia elección.
—Sí, es tu elección, lo sé. Lo siento —dijo, derrotado. En realidad todo aquello no parecía sorprenderle .
—No quiero que te enojes conmigo —se acercó hasta tocarle el hombro—. No sé cómo, pero quisiera…
Henry hizo un movimiento con el hombro que hizo que Betty le quitara las manos de encima.
—No esperes que seamos amigos. No me lo pidas, por favor. Lo siento.
—Henry…
—Por favor.
Se cubrió el rostro con las manos. No estaba llorando pero sabía que pronto lo estaría. Se mantuvieron así, congelados en el espacio, por un largo tiempo, sin pronunciar palabra.
—Adiós, Henry.
Dejó la llave sobre la mesa de la sala.
—Betty.
Ella volteó a mirarle.
—Espero que alguna vez sepas que sólo quise otra oportunidad para hacerte feliz.
Por respuesta, ella le sonrió tristemente y se marchó.
Se sintió desfallecer con cada paso que daba, escalón por escalón. Y con cada paso, dejaba atrás una vida que no regresaría. Abrió la puerta principal y Gío alzó la mirada, sentado como estaba, en la escalinata de la entrada del apartamento. Se levantó de repente al ver el rostro desfigurado por el dolor de ella que estaba frente a él. Betty se abalanzó hacia él como náufrago en alta mar, con desesperación y angustia. Le abrazó y lloró hundiendo el rostro en su hombro.
El le susurró palabras consoladoras a su oído tratando de mitigar el dolor que sólo podía imaginar que sentía. Ella levantó el rostro y le miró con ojos enrojecidos.
—Yo lo amaba, Gio.
—Lo sé.
Se desplomó otra vez en lágrimas estropeando el suéter azul que Gio vestía. Pero a él no le importó, la apretó con fuerza contra sí. Bien sabía que las batallas de la vida eran duras y que siempre alguien terminaba siendo ganador o perdedor. En ese momento no existía tal victoria, pensó. Allá arriba se encontraba el derrotado Henry y no había sido culpa de nadie. El entendía que Henry la había querido y estaba completamente seguro que Betty lo había correspondido de igual o en mayor medida. Pero lo que una vez tuvieron ya había terminado y no había nada que ninguno de los dos pudieran hacer. Aferrarse a una causa perdida sólo acabaría por destruirlos mutuamente. Y ya tenían tantas heridas sin sanar, heridas que sabía que Betty había recibido las de mayor gravedad. Estaba consciente que iba a ser un camino difícil pero estaba dispuesto a caminarlo junto a ella.
"Dame tan solo una oportunidad. Dame esta oportunidad y te juro que te haré olvidar todo ese dolor. Te lo prometo". El no pronunció las palabras, pero, en cambio, convirtió sus pensamientos en amor y los materializó con sus generosos dedos que no cesaban de acariciar su espalda, suave y firmemente, como si tratase de transmitirle cada oración, cada pensamiento.
Parados así, abrazados en medio de la calle, sobre la calzada, empezaron a llamar la atención. Los transeúntes los miraban curiosos. Ella seguía convulsionando en su hombro. La guió hasta la van parqueada frente a ellos.
—Vámonos a casa.
—0—
Gío abrió la puerta y se encontró de frente a una Hilda preocupada. El soltó a Betty y la dejó escapar hacia los brazos de su hermana quien, en medio de la sorpresa, alternó la mirada entre él y Betty. El señor Ignacio surgió de la cocina.
Hilda subió las escaleras rumbo a su habitación, Gío la siguió con la mirada. Sintió una mano en su hombro.
—Tenemos que hablar —el señor Ignacio le instó a acompañarlo a la cocina y el obedeció. Por más que el padre de Betty trató de instar a Gío que hablase sobre lo que le ocurría a su hija, él no cedió ni un ápice. El no era nadie en estos momentos de su vida. El no tenía derecho. Pero no se marchó. Entre la cena y las cervezas pasaron las horas, allí en la casa Suárez. Gío empezó a creer que el padre de Betty evitaba, por alguna razón desconocida que se marchara. Y, no era que necesitara que lo hiciera, durante todo el tiempo que estuvo allí, no pudo evitar desviar la mirada varias veces en dirección al techo deseando saber cómo se encontraba Betty en esos momentos.
El le dio tiempo. Raras veces se veían en el día pero se llamaban todas las noches. Estaba satisfecho con tan solo oír su voz y saber que estaba bien. Aunque sintió muchas veces la urgencia de correr a su casa y consolarla cuando la escuchaba tras la otra línea del teléfono. Nunca supo cuánto habían crecido sus sentimientos hacia ella, hasta entonces que puso a prueba su fortaleza. Oírla hablar de otro, llorar por otro, sufrir por otro eran cosas que nunca creyó que haría en su vida. Por eso supo que Betty era diferente y que sus sentimientos eran reales y palpables como su propia piel.
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Próximo capítulo: Cita -1ra parte-
