Capítulo 9 ( autora Virginía Camacho )
De tu mano y a tu lado Quiero vivir todos los años que me quedan Estoy tan enamorado Que la vejez no me asusta, ni el peligro, ni la muerte.
Dos hombres llegaron a la casa de Terry y Candy a media mañana, y sólo entonces Terry salió de la casa. no sin antes hacerle prometer que sería en extremo cuidadosa, que acataría sus consejos de no ir a ningún lugar sola.
—No saldré siquiera de la casa —le prometió ella, y luego de un beso, él salió al fin. Llamó a su madre para darle la mala noticia, y ésta también le pidió que no saliera sola, prometiendo ir a visitar a la viuda y llevarle sus condolencias, y luego, venir a su casa a hacerle compañía. Candy se cruzó de brazos mirando al jardín desde el ventanal de su sala. Cómo podían cambiar las cosas de un día para otro, pensó. Ahora, era prisionera en su propia casa porque tal vez había un loco desquiciado que se creía el dueño de las vidas a su alrededor. Hoy, más que nunca, se preguntó qué clase de persona podía ser él. ¿Cómo lo habían criado? ¿Con qué valores?
— ¿Se siente bien, señora? —preguntó Patricia al verla quieta y en silencio por largos minutos frente a la ventana. Candy tragó saliva y se giró a mirar a su ama de llaves.
—No, realmente no estoy bien.
— ¿Desea que le traiga algo? Un calmante… ¿o que llame al señor?
—Candy sonrió.
—No te preocupes —dijo volviendo a mirar por la ventana—. Estoy segura de que todo se pondrá bien… yo también volveré a estar bien
—Patricia la miró un poco confundida, pero Candy no se explicó, sólo dio la vuelta y se fue a su habitación.
Terry estuvo todo el día con Robert de un lado a otro. La policía les había informado que todos los objetos de valor de John Damonds habían desaparecido, lo cual podía reducirse a un asalto, y aunque eso fue lo que le dijeron a la viuda y su familia, para ellos había mucho más. Y así se lo informaron a las autoridades. Les hablaron de sus sospechas, de la investigación que venían adelantando, y así, Bert Andrew se convirtió en un sospechoso. Fue un día largo. Aunque Lucile llegó en la tarde, Candy no dejó de sentirse triste, un poco culpable. Una familia había perdido a su padre, y todo era, tal vez, por haberlos estado ayudando a ellos. Pero, ¿cómo iban a imaginar que este personaje llegaría tan lejos para conseguir lo que quería? Terry llegó a casa encontrando a su suegra haciéndose cargo de la cena. Candy estaba recostada en un sofá, con sus ojos cerrados y los pies alzados. Preocupado, se sentó a su lado.
— ¿Te sientes mal? —le preguntó. Ella abrió sus ojos, y al ver los suyos tan preocupados, sonrió.
—Sólo me empezó a doler la cabeza, pero mamá es una exagerada y me dio incapacidad médica—. Terry sonrió también, se inclinó a ella y le besó suavemente los labios.
—Y también te estás aprovechando para no hacer nada.
—Sí, pero no se lo digas a mamá —él rio ahora, y Candy se enderezó mirándolo fijamente, preguntándole con la mirada qué había pasado. Él miró en derredor y, viendo que no había nadie, suspiró.
—Ya acusamos a Bert Andrew —dijo Terry—. Hemos presentado todas las pruebas. Sólo lamento mucho el haberlo hecho ahora y no antes, el haber tenido que perder a Damonds.
—Pero no es culpa de nadie —susurró ella poniendo una mano en su brazo, consolándolo—. Hasta hace poco, no habían podido consolidar ninguna de las pruebas que tenían, y fue todo gracias, precisamente, a la labor de John.
—Si tan sólo hubiese puesto el denuncio el sábado mismo. Además, me llamó muy cerca de la hora de su muerte. Podía ser que estaba huyendo, intuía el peligro y necesitaba que lo salvaran… O tal vez, había descubierto algo muy grande, muy malo y necesitaba decirlo con urgencia…
—No te culpes. Intentaste llamarlo luego y no te contestó. No es tu culpa, no tenías manera de saber que esto iba a pasar.
—Pero es nuestro lema ser en extremo meticulosos. Nunca nos había sucedido algo así… —Candy apoyó su mano en la barba de él, acariciándole el rostro, sintiendo su tristeza. Él se acercó hasta recostar su cabeza en el hombro de ella, y Candy lo abrazó, consolándolo, y recibiendo de vuelta su consuelo. A pesar de la rápida respuesta de las autoridades ante la acusación de los hermanos GrandChester, les fue imposible localizar a Bert Andrew para hacer la respectiva detención e interrogación. Su vivienda, al parecer, había sido abandonada desde hacía días; vivía solo, sin personal doméstico, y el conserje del edificio lo único que pudo informar es que la última vez había salido sin equipajes, ni nada más, y simplemente no había vuelto.
—La policía encontró el teléfono de John Damonds —les informó Robert la noche siguiente. Había ido a la casa de su hermano para conversar acerca de todo el asunto, pues no se sentían seguros en ningún otro lugar—. La última llamada que hizo, fue a tu teléfono.
—Pero no alcancé a contestar.
—Sí, eso es evidente. Luego, al parecer, lo estuviste llamando. Ya estaba muerto entonces. No hubo signos de pelea, y no se ha podido establecer en qué lugar fue baleado. No hay registros de denuncios por disparos en áreas cercanas.
—Como si toda la ciudad hubiese cerrado los ojos esa noche —masculló Candy sin mirarlo. Robert sí lo hizo, y su silencio hizo que ella se volviera a él.
—Cuando les conviene, la gente puede ser muy, muy silenciosa, guardar los más horrorosos secretos.
— ¿Estás diciendo que a lo mejor hay un testigo, pero que no dirá nada?
—Es muy probable. Yo no denunciaría un caso así, a menos que pueda obtener un beneficio.
—Es obvio, tú no mueves un dedo si no puedes obtener a cambio algo—. Terry se aclaró la garganta llamando al orden a su hermano y a su esposa.
—Mañana será el funeral de Damonds —dijo, y Candy lo miró atenta—. No quisiera que fueras, Candy, pero…
—Debo ir. Si es necesario, me pondré un chaleco antibalas, iré rodeada de diez o cien hombres, pero debo ir, Terry. Conozco a la familia de John desde hace muchos años. No puedo…
—Te entiendo.
—Vas a ceder —se asombró Robert mirando a su hermano y meneando la cabeza—. Jesucristo, un hombre enamorado es prácticamente un…
—Un ser humano común y corriente —lo interrumpió Candy mirándolo con ojos entrecerrados.
—Por favor, no empiecen —pidió Terry cerrando sus ojos.
—Tengo varias cosas pendientes con mi querido cuñado, cielo —comentó Candy con una falsa sonrisa—. Como, por ejemplo, ¿tuviste algo que ver con que Sean estuviese en ese hotel en París justo esa noche, a esa hora, en ese lugar? —Terry la miró ceñudo, como si le molestara que ella sugiriera una cosa así. Robert simplemente sonrió.
—Sí. Lo llevé ahí.
—Lo sabía, maldito hijo de… mi querida suegra Ellynor—. Robert se echó a reír al ver que ella no era capaz de maldecirlo como se debía.
— ¿De verdad llevaste a Sean a ese hotel? —Robert miró a su hermano y respiró profundo.
—Quería saber si de verdad ella era tuya, o seguía con un pie afuera.
—No tenías que hacer algo así. No te correspondía para nada…
—Pero lo hice.
— ¿Qué te hace pensar que está bien?
—Tuvimos excelentes resultados.
—No fue eso lo que me hiciste pensar en un comienzo. ¿Te das cuenta, Robert, de que las cosas pudieron haber salido muy mal? ¿Eres de los que te gusta apostar y perder, acaso? ¿Por qué poner en riesgo algo que está seguro? —Mira…
— ¡No se peleen! —exclamó Candy, haciéndose oír por encima de la voz de los dos hermanos, y ambos se miraron en silencio—. No tiene caso ya, Terry —siguió ella tocando su brazo—. No te pelees con tu hermano por eso.
—No, Candy. Al contrario. Creo que es muy necesario que mi querido hermano mayor y yo tengamos al fin esta conversación. Mira bien —siguió Terry mirando a Robert y señalando a Candy—, ella es mi mujer, estaré con ella para toda la vida, será la madre de mis hijos. No vuelvas, por ningún motivo, a ponerla a prueba con respecto a nada. No es tu problema, no te concierne, no es tu trabajo.
—Sólo intentaba…
—No te justifiques tras tus buenas intenciones —insistió Terry con tono decidido, y Robert tuvo que admitir que jamás lo había sentido tan serio—. Si las cosas hubiesen salido mal, jamás te lo habría perdonado, Rob. Todo lo que tenga que ver con Candy, hace parte de la intimidad de mi matrimonio, y por muy hermanos que seamos, ahí no puedes entrar. Si no lo entiendes, si no te entra en esa cabeza melenuda, ve y búscate una mujer de la que enamorarte para que vivas en carne propia lo que se siente. Hasta entonces, no te atrevas a ser juez de nadie—. Robert y Terry se miraron el uno al otro en silencio por varios segundos. Preocupada, Candy miraba a uno y a otro. No dudaba que los ánimos podían calentarse en cualquier momento, y, realmente, era horrible ser el motivo de una pelea entre hermanos. Pasado casi un minuto en el que ninguno dijo nada, Robert se encogió de hombros y miró hacia otro lado.
—Lo que tú digas. Sabrás lo que haces.
—Y aunque no sea así —contestó Terry —, no intervengas de nuevo. No te lo perdonaré—. Robert suspiró ruidosamente.
—Entonces, perdóname también por haberle dado dinero a Sean la primera vez.
—Eso te lo debe perdonar Candy.
—No, él dirá que debo agradecerle —contestó ella—. Con eso, nos está diciendo que sus intervenciones a veces son para bien, y que debemos aceptarlo.
—Ya te dije que no, Rob—. Él se echó a reír.
—Empiezas a caerme bien —le dijo a Candy—. Está bien, está bien —suspiró—. No meteré más mis manos en nada que tenga que ver con su… relación.
— ¿De veras que nunca te has enamorado? —él la miró casi con pereza, como si el mero tema le aburriera sobremanera. Candy hizo rodar sus ojos sacudiendo su cabeza sin podérselo creer. Tenía treinta y cuatro años, alguna mujer debió amar alguna vez. Pero su cuñado era peor que una tumba ilegible.
Asistieron al funeral de John Damonds custodiados por casi todo un contingente de guardaespaldas. Terry y Robert estaban uno a cada lado, haciéndola sentir más segura. Si el mismo presidente podía asistir a actos públicos, ella podía ir al funeral del viejo amigo de su padre, pensó. Raymond Cameron asistió con su esposa, pero Candy sólo los miró de lejos. No quiso tener contacto con ninguno de los dos.
—Tu tío aún no ha ido a las oficinas para que le explique lo sucedido —le susurró Terry al oído—. Pensé que iría esta misma semana, pero no ha sido así.
—No importa —contestó ella mirando a Raymond con un poco de rencor—. Si no le importó lo que sucedía con la empresa en vida de papá, dudo que ahora ponga un poco de atención.
—Su parte es grande —siguió Terry—. Debería interesarse un poco más.
—Pero a lo mejor la mujer le dijo que no, o quién sabe—. Terry miró hacia donde estaba Raymond, observando a la alta y curvilínea mujer que estaba a su lado. Era una clara muestra de lo que la cirugía estética podía hacer en el cuerpo de una mujer ya un poco mayor, y que se resistía a demostrar su edad. Era guapa, sin duda, pero muy artificial. Definitivamente, pensó, a Raymond le faltaba mucho peso en las pelotas.
Candy miró la tumba del viejo amigo y socio de su padre con muchísima tristeza; inevitablemente recordó el día en que enterró a su padre. Hoy, estaba más segura que nunca de que su muerte tampoco había sido fortuita.
—Tengo una idea —le dijo a Terry, tomando su mano, cuando ya iban de vuelta a casa. Él miraba su teléfono, pues Robert le estaba enviando mensajes uno tras otro, pero Candy siguió—. ¿Y si traspaso todos mis bienes a tu nombre? —dijo, y Terry de inmediato la miró.
— ¿De qué estás hablando?
—Bert Abdrew quiere acabar con lo que es mío. Pero… ¿y si ya no es mío?
—Lamentablemente, eso no cambiaría mucho las cosas —sonrió él un poco desconcertado por su idea—. Ya está despedido, fuera de la mesa de socios, buscado por las autoridades. Ya no tiene nada que hacer, sólo es ubicarlo, que conteste nuestras preguntas, e irse directo a la cárcel—. Candy se cruzó de brazos tragando saliva.
—Tengo el presentimiento de que no se rendirá.
—Haremos que se dé por vencido.
—Terry… Está resentido. Quiere vengarse de papá a través de mí. No descansará hasta verme acabada.
—Y yo no se lo permitiré —aseguró él con voz severa—, llegaré hasta el fin del mundo y seré yo quien acabe con él. ¿Me comprendes? —ella no respondió, y Terry tomó su barbilla entre sus dedos haciendo que lo mirara—. ¿Me comprendes, Candy ? ¿O no crees en mi palabra?
—Sí, te creo, pero también sé que ese hombre se obsesionó.
—No puede hacer nada ya —le explicó Terry—. Aunque White Industries te perteneciera en su totalidad, no puede apropiarse de nada; es tuyo legítimamente, y aunque no hubiese hecho nada malo, aunque no hubiese usado la empresa para sus negocios sucios para así corromperla, aunque no tuviera nada que ver con la muerte de Damonds y quisiera pelear legalmente, la ley te ampara a ti. A él se le dio su parte aun sin haber sido adoptado, ni llevar el apellido. Lo que se le dio no es nada despreciable, así que no tiene ningún derecho a reclamar. Puede estar todo lo resentido y obsesionado que quiera, pero no puede ya poner un dedo sobre tu herencia.
—Es por eso que está tan molesto —suspiró Candy—, y ha decidido que, si la herencia de papá no va a ser para él, no será para nadie.
—Muy inmaduro de su parte. Mezquino, además. Si daña una empresa como ésta, no sólo te daña a ti, sino a cientos de familias—. Candy asintió, recordando el dolor en los ojos de la familia de John Damonds. Ya había empezado a dañarlos, pero confiaba en Terry cuando le decía que lo detendrían. Recostó su cabeza en su hombro dejando salir el aire. Esperaba salir pronto de esta pesadilla.
— ¿Vas a salir hoy? —le preguntó Terry a Candy días después, mientras desayunaban. Ella apoyó el codo en la mesa viéndolo comer, y no pudo evitar sonreír internamente. Verlo siempre la ponía de buen humor, no importaban las nubes negras que cubrieran su cielo. Habían sido días largos y algo solitarios. Robert había venido en un par de ocasiones, pero era sólo para hablar de trabajo con su hermano. Su madre también había venido, intuyendo que su hija debía sentirse encerrada en esta casa, y Candy empezaba a preguntarse cuánto tiempo estaría presa aquí. Necesitaba que atraparan rápido a Bert Andrew, pero el maldito, luego del asesinato de John Damonds, tal vez había comprendido lo grave de su situación y simplemente había desaparecido. No había salido del país, al menos, por la vía legal, y podía estar en cualquier lugar del mundo dándose la gran vida.
—No —le contestó—. Hoy me quedo en casa—. Terry la miró en silencio por unos segundos, y mientras Patricia le rellenaba la taza de café, tomó la mano de su esposa y la apretó suavemente.
—Todo esto va a pasar. Nos estamos dando prisa para que esto se resuelva rápido —le dijo, y Candy suspiró.
—Te creo, mi amor. Pero no voy a salir. Salir implica toda una logística con los hombres que me cuidan, y no tengo nada urgente que hacer afuera, así que prefiero estar aquí hoy.
—Si te aburres mucho —sonrió él—, puedes redecorar la casa
—Candy se echó a reír.
—Podría pensármelo.
— ¿Lucile vendrá a verte?
—En la tarde.
—Cuando todo esto acabe —le prometió él acariciando suavemente su mejilla—, nos iremos a darle la vuelta a Europa —ella sonrió enternecida, recordando los planes que habían tenido que dejar atrás por toda esta situación. Se acercó a él y le besó los labios. No quería que su marido se sintiera presionado; ya estaba haciendo bastante por ella y lo adoraba por eso. No salir era su manera de ayudarlo, y a que estuviese más tranquilo.
Terry salió en su auto, y otra vez Candy se quedó sola en la casa. le esperaba otro largo día.
—Señora —la llamó Patricia, y Candy se giró a mirarla. Ella le señaló la escalera de servicios pidiéndole que la acompañara, y Candy la siguió pensando en todas las cosas que debían hacerse. No pensaba redecorar la casa, al menos en los siguientes cinco años; estaba muy contenta con lo que tenían actualmente.
Llegó al cuarto de ropas y miró a Patricia preguntándose qué era lo que sucedía. ¿Algo andaba mal con las máquinas lavadoras y secadoras? Se extrañó mucho cuando la vio cerrar la puerta con seguro. La miró de manera interrogante, y Patricia le señaló algo más allá de ella. Candy se giró a mirar con el corazón retumbando en su pecho por un mal presentimiento. De uno de los rincones, de repente, salió un hombre, un hombre alto, muy parecido a su padre de joven. Bert Andrew. Sorprendida, un poco asustada, se giró a mirar a Patricia, pero ella bloqueaba la puerta.
— ¿Qué está pasando aquí? —preguntó mirando a uno y a otro. Patricia la miraba como si no le importara su miedo; su atención, realmente, estaba en el hombre a sus espaldas—. ¿Patricia? —Patricia ha sido mi informante todos estos meses —le dijo Bert Andrew con voz tranquila, y sorprendida, Candy la miró.
— ¿Qué?
—Es mía —sonrió Bert—, y estaba aquí, absorbiendo toda la información que pudiese de ustedes dos… sobre todo de tu marido.
— ¿Patricia? —preguntó Candy con voz quebrada, sintiéndose sumamente traicionada, pero Patricia simplemente se encogió de hombros.
—Lo conozco a él desde antes que a usted… lo amo. Haría por él lo que fuera.
— ¿Hasta asesinar? —Patricia no le sostuvo la mirada, y Candy tragó saliva mirando en derredor y estudiando sus posibilidades. Pero no encontró nada que pudiese usar como un arma, ni para defenderse. Buscó en sus bolsillos, pero entonces recordó que había dejado su teléfono en la sala. Estaba sola aquí, debía entendérselas por sí misma contra estos dos, y Candy empezó a preguntarse si de verdad era así como iban a terminar las cosas en su vida. No, se dijo, y miró a ambos con odio. Lucharía, lucharía hasta el final. Tenía mil motivos para seguir viviendo.
Espérame, mi amor, espera por mí. No importa qué tan negra esté la noche. Ni qué tan hondo sea el abismo. Si tú estás al otro lado, esperándome llegar. Yo saltaré alto, podré ver en la oscuridad.
Candy miró el cuarto de ropas todo lo minuciosamente que sus nervios le permitían. Sentía el corazón palpitando en su garganta, la sangre agolparse en su cabeza, y las palmas de las manos húmedas. Respiró profundo varias veces y miró de nuevo a su medio hermano recién descubierto, pero verlo le dolía, pues se parecía bastante a su padre. William había muerto a los cincuenta y siete años, demasiado joven. Había unos cuantos años de diferencia con su madre, Lucile, que apenas tenía cuarenta y nueve, pero habían sabido entenderse, y al final de sus vidas, habían estado muy enamorados. Esto era una prueba fehaciente de que hasta los hombres más correctos tenían taras en sus hojas de vida, pequeños errores que podían convertirse en enormes complicaciones; y esta complicación en especial estaba poniendo su vida en riesgo.
Miró a Patricia como si aún no se pudiese creer su traición, su engaño. Y entonces tuvo una idea. Necesitaba tiempo mientras algo se le ocurría. ¿Sería capaz de hacer que estos dos confesaran todo? Así como en las películas, donde el asesino soltaba toda la información. Quién sabe, tal vez ocurriera un milagro, y esa puerta se abriera, salvándole a ella la vida.
—De qué conoces tú a… esta persona? —le preguntó a Patricia, y cuando ella abrió la boca para hablar, Bert se adelantó.
— ¿Para qué quieres saberlo?
—Sólo no me puedo creer… todo esto. Confiaba mucho en Patricia. Pensaba… hacerla mi ama de llaves.
—Sólo es una sirvienta para ti…
—Fuiste tú el que la puso aquí, ¿no? —le devolvió ella mirándolo ceñuda, sintiendo que la ira calmaba sus nervios—. Si es una sirvienta o no, no es asunto mío. Cuando llegué a esta casa, ya trabajaba aquí.
—No importa desde cuándo la conozco. Trabaja para mí.
—Trabaja para ti… Pero ella acaba de decir que te ama—. Candy miró a uno y a otro, notando que esa información hacía que el semblante de Bert se descompusiera, y el de Patricia se volviera un poco sombrío.
—Lo conozco desde la escuela —contestó Patricia al fin—. Estuve allí cuando se enteró de quién era su padre. Lo acompañé cuando lo buscó y le pidió ser reconocido, y vi cuando su padre lo rechazó. He estado con él… toda mi vida.
— ¿Y también planeaste junto a él acabar la empresa que es mi herencia? ¿Matar a Damonds? ¿Secuestrarme a mí, y hacerme daño? —Patricia desvió su mirada hacia él, que sonrió de medio lado.
—Lo de Damonds fue su culpa —dijo él—. Descubrió cosas… que no debía. Yo siempre supe que era un perro fiel a ustedes, pero lo tenía controlado… esa noche… se nos salió de las manos.
—Qué, descubrió que tenías un topo en mi propia casa? —Bert se admiró un poco de sus conclusiones.
—Sí. Exactamente. Como entenderás, no podía permitirle seguir viviendo.
—Lo cual terminó siendo un auténtico desperdicio. Al final, terminé enterándome de todo, que introdujiste drogas en nuestras mercancías, que hiciste tratos en nombre de nosotros para hacer lavado de dinero… Ya la policía lo sabe todo, y te buscan, además, por la muerte de John Damonds.
—Tengo mis maneras de evadir a la justicia. Lo he hecho todo este tiempo, lo seguiré haciendo. ¿O crees que este es el primer negocio que hago, hermanita querida? —ella lo miró un poco sorprendida—. Le propuse a nuestro padre diversificar nuestra empresa, pero siempre hizo caso omiso de mí. Soy brillante, tanto o más inteligente que él, le propuse una idea tras otra, y todas las descartó. Para él yo no era nadie, nunca siquiera me enseñó una fotografía tuya, tuve que saber cómo eras viéndote de lejos, y me di cuenta de que jamás me vería a mí, porque estaba encandilado contigo.
—Soy su hija, por supuesto que estaba encandilado.
—Lo odiaba! —exclamó él, sin darse cuenta de que estaba haciendo justo lo que ella quería, soltar información—. Te odiaba a ti por tener todo lo que a mí se me negó. ¿Tenía yo la culpa de haber nacido siquiera? ¡No! la culpa era de él. Mi madre era una simple muchacha sin recursos, y él la enamoró y la embarazó.
— ¿Y por qué ella nunca lo buscó?
— ¡Porque era una tonta!
—Entonces, no puedes culpar de eso a mi papá.
—Sí era su culpa, porque, aunque aparecí tarde, yo era su hijo. Idéntico a él, no podía ni debía negarme mis derechos. Me alegra tanto que se haya muerto, ¡me facilitó tanto las cosas!
—Tú…
— ¡Oh, estuve allí! —gritó él con regocijo—.
Cuando le dije cuánto lo odiaba, sufrió ese infarto, y al ver que se moría, disfruté muchísimo diciéndole lo que pensaba hacerte a ti, su hermosa niña.
—Tú lo mataste —susurró Candy con los ojos humedecidos.
—Lo vi retorcerse como un gusano. La muerte más merecida del mundo.
—Ninguna persona merecer morir a mano de sus propios hijos.
—Pero yo para él no era un hijo, ¿no es cierto? Se negó a darme su apellido, a reconocerme en sociedad…
—Porque vio en ti la maldad. Vio tu alma podrida. ¿Quién querría relacionarse con semejante porquería?
— ¡Cómo te atreves!
— Si te hubieses conformado con la parte que papá te dio, hoy tendrías una buena vida. Si hubieses venido a mí —siguió Candy sintiéndose un poco atragantada—, diciéndome quién eras… yo habría comprendido. Tal vez no de inmediato, pero lo habría entendido… quién sabe si hasta me hubiese alegrado de tener un hermano. Pero… has obrado tan mal que sólo puedo sentir tristeza. No puedo sino comprender lo que papá vio en ti para impedirte entrar a la familia.
— ¡Cállate, zorra! —exclamó Bert entre dientes—. ¿Qué vas a saber nada? No eres más que una niña rica acostumbrada a los lujos más caros. Toda tu vida estuviste entre paños y manteles, ¿cómo vas a comprender lo que yo sentí?
— ¿Entonces sólo me odias por mi vida privilegiada?
— ¿Qué importan las razones por las que te odio?
—Sólo puedo decir que no eres más que un resentido. Pudiste ser alguien por ti mismo, escalar, llegar lejos. Pero el resentimiento te ha atrofiado la mente.
— ¿Estás buscando que te mate aquí mismo?
— ¿Y dónde piensas hacerlo? ¿De verdad crees que podrás llevarme a otro lado, sacarme de mi propia casa? —él se mordió los labios, como si apenas cayese en cuenta de eso. Y fue cuando, de su espalda, sacó un arma—. Puede que consigas dispararme —dijo ella tragando saliva, mirando el cañón del arma con ojos grandes—. A esta distancia, me harás mucho daño. Pero el disparo se oirá en toda la casa, los hombres que fueron contratados para mi protección, te encontrarán, te atraparán, e irás a la cárcel con cadena perpetua, porque no sólo se te acusará de mi muerte, sino de los delitos que cometiste para hundir mi empresa. Ah… —agregó, como si aquella fuese una conversación muy casual—, no sólo tú… También Patricia irá a la cárcel—. Candy giró su cabeza para mirar a la joven, que se había movido para que, en caso de que disparara, ella no se encontrara en el fuego cruzado—. Dijiste que morirías por él, pero morir es fácil. ¿Irías también a la cárcel por él?
—Patricia la miró con el ceño fruncido, como si la pregunta le molestase. Candy sonrió preguntándose cuánto tiempo había pasado. ¿Cinco, diez minutos? ¿Cuánto tiempo se necesitaría para que sus escoltas notaran su ausencia?
—Sabes que él te desechará como un trapo, ¿no es así, Patricia?
—No lo hará.
—Oh, ¿no acabas de oír que para él sólo eres una especie de empleada? Tú le confiesas tu amor, pero para él no eres nada. Se deshará de ti.
—Cállate, maldita —ordenó Bert entre dientes, y acto seguido le quitó el seguro al arma—. No paras de hablar y hablar. Ya me cansé de escucharte.
—Entonces habla tú. Dime qué piensas hacer luego. No vas a escapar, te lo aseguro—. Bert se acercó a ella en dos zancadas, y la atrapó con un brazo mientras con la otra mano le ponía el cañón del arma en la sien.
—Entonces vamos a tener que salir de aquí a como dé lugar. ¡Patricia, abre la puerta!
—Pero… esto es una locura.
—¡Que abras, joder! Te estoy hablando.
—Esas son las palabras que tu amado te dedica a diario? —preguntó Candy en tono de burla, pero lo cierto era que la sensación del arma en su cabeza estaba haciendo que desfalleciera de puro miedo. Sin embargo, no podía dejar de luchar, aunque sólo fuera con palabras.
—¡Deja de hablar! —gritó Bert hundiendo más el arma contra su cabeza, llegando a hacerle daño, pero Candy no le dio el gusto de quejarse, ni siquiera hacer gesto de dolor.
— ¿Sabes lo que te hará mi marido cuando te atrape?
—Ese maldito es el siguiente en la lista.
—Ah, cómo se nota que no conoces a los GrandChester —se burló Candy—. Te harán papilla.
—No darán conmigo. Los he vigilado por meses, conozco todas sus rutinas, sé cómo actúan.
—Los vigilas por unos meses y crees que ya sabes todo de ellos? —siguió ella—. Dios, no sabes nada. Te acabarán; Terry te estrangulará con sus propias manos, y Robert… ¿sabías que es luchador profesional? —él volvió a hacerle señas a Patricia para que abriera la puerta, y ella, un poco dudosa, hizo caso. En cuanto la puerta estuvo abierta, Candy empujó duro su codo hacia atrás, dándole firmemente a Bert contra las costillas, haciendo que momentáneamente aflojara el agarre con que la tenía, y, levantando la pierna, enterró el talón de su pie contra el empeine del de él. Cuando lo escuchó quejarse, se dio la vuelta, y con la base de la muñeca, lo hirió en la nariz. Todo fue demasiado rápido. Patricia la miró un poco petrificada, pero reaccionó tarde, y cuando se movió, ya Candy gritaba corriendo hacia la sala. Un disparo se escuchó, y Candy ya no gritó más.
Terry sintió su teléfono vibrar mientras iba en el auto hacia las oficinas, así que acomodó el manos libres para atender la llamada.
— ¿Ya vienes para la oficina? —preguntó la voz de Robert, y Terry asintió.
—Estoy saliendo apenas —dijo—. No me gusta nada la idea de dejar a Candy sola, pero…
—No está sola, está con dos gorilas que la sabrán cuidar—. Terry suspiró en silencio. Era difícil explicarle a su hermano el miedo que tenía. Perder a Candy era ahora su peor pesadilla, y lo peor es que ese miedo no era de ahora, que su seguridad estaba amenazada, sino antes. Ya antes se había preguntado qué haría en caso de que ella lo dejara, como había sucedido por una semana, qué sería de su vida, cómo seguiría adelante. Estas últimas noches no había podido dormir bien. Despertaba en la madrugada buscándola, asegurándose de que estaba a su lado, viva. Esto no debía ser normal. Debía hallar pronto la manera de solucionar todo esto, encontrar pronto a Bert Andrew, ponerlo bajo el cuidado del estado, y liberarse al fin de esta pesadilla. Cortó la llamada con su hermano asegurándole estar allí en breves minutos, pero entonces, el auto se apagó de repente. Tuvo que maniobrar para orillarse, y no quedarse a la mitad del camino. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué de repente se apagaba su auto? Salió y levantó el capó revisando el motor, dándose cuenta de que el motor parecía estar en perfecto estado, la batería tenía carga aún, y también estaba bien de agua, pero el auto simplemente había dejado de andar cuando sólo se había alejado un par de kilómetros de su casa. Miró en dirección a ella, pero desde aquí no se alcanzaba a divisar por las curvas del camino y la vegetación. Tendría que volver a pie para cambiar de auto, pues era urgente que hoy fuera a la oficina, tenía mucho que hacer.
Para completar la extrañeza de aquella situación, Terry vio a Coco llegar corriendo hasta él, con su lengua afuera, a toda velocidad.
—Coco? —se preguntó, dando varios pasos a ella. La perra empezó a ladrar, no llegó hasta él, sino que parecía pedirle que la siguiera. Terry la miró un poco ceñudo, pero dado que, de todos modos, tenía que regresar, emprendió el camino de vuelta. Sin embargo, Coco lo conminaba prácticamente a correr, ladrándole cuando disminuía el ritmo.
—Estás muy rara, ¿sabes? —le dijo con una sonrisa, y entonces pensó en Candy. ¿Y si ella estaba en peligro, y por eso su Golden retriever lo buscaba? Era sabido por todos que eran los mejores guardianes. Candy en peligro. El ácido hielo del frío bajó por su cuerpo, y lo obligó a apretar el paso. Llegó a la casa, y, justo en ese momento, se escuchó el disparo.
—No —fue lo que pudo decir casi en un susurro. Entró a la casa, hallando la escena de Candy en el suelo, Bert con el arma en sus manos dispuesto a darle a su mujer el tiro de gracia. Algo se apoderó de él, y tomando uno de los adornos de una mesa del vestíbulo, y dando un alarido de furia, la arrojó con tanta fuerza, que dio de lleno en la cabeza de Bert, abriéndosela de tajo. Él erró el tiro, que se incrustó en el suelo muy cerca de Candy, que seguía quieta en el suelo. Se escuchó el grito de una mujer, tal vez alguien del servicio, y Terry corrió saltando y evadiendo muebles hasta que estuvo frente a frente a Bert, que, aturdido por el golpe y la sorpresa, trató de ubicarlo con su mirada. Otro grito, pero Terry ya no escuchaba nada, pues de un puñetazo lo mandó al suelo, y una vez allí, pateó con fuerza su mano haciendo que soltara el arma, y con un golpe más, lo dejó al fin inconsciente. Sin embargo, no se quedó para ver el resultado de su obra, sino que se volvió rápidamente a Candy, que permanecía en el suelo. El cuerpo le temblaba, ella estaba muy quieta. ¿Y si estaba muerta? Oh, Dios, ¿qué iba a hacer?
— ¿Candy? —llamó con un hilo de voz, y su mano le tembló por la indecisión de moverla. ¿Y si al volverla le provocaba un daño irreversible?
—Oh, Candy… La tocó, sintiéndola cálida, y despabilando al fin, buscó rápidamente su pulso. Al hallarlo, dejó salir el aire. Ella estaba viva. Empezó a palpar su cuerpo buscando la herida. Había sangre, pero no sabía de dónde manaba, y al fin se atrevió a moverla, dándose cuenta de que la herida estaba en su cadera. Ésta había entrado y salido, rogando, sin haber dañado ningún órgano vital.
—Estarás bien, mi amor —le prometió, y ella abrió al fin los ojos. Al mirarlo, sonrió.
—Sabía que vendrías —le dijo. Terry la acercó para abrazarla mejor.
La sala se llenó de gente, criados, los guardaespaldas, que de una vez pusieron a Bert bajo su custodia. Candy escuchó que daban parte a la policía, que llamaban una ambulancia. Sentía en su cintura un dolor quemante, y la mano de Terry restañando la sangre le daba cierta tranquilidad. Él era tan terco que no la dejaría morir, ni si la misma parca se presentaba aquí en persona, él la dejaría ir. No pudo sino sonreír y recostar su cabeza en su pecho sintiéndose mareada y débil. Coco empezó a ladrar, y Terry se dio cuenta de que Patricia estaba contra la pared, mirando la escena llena de horror. Debía estar muy conmocionada por los disparos y la sangre, pero no se explicaba por qué Coco le gruñía como si deseara despedazarla.
—Coco —la reprendió, y Candy movió la cabeza para mirar a la perra y luego a Patricia, advirtiendo el pánico en su mirada. ¿Qué debía hacer? ¿Debía entregarla también a las autoridades?
—Nadie debe salir de la casa —advirtió Terry con autoridad—. Ese hombre entró gracias a alguien, tenemos un traidor aquí dentro, así que nadie sale. Vigilen que todo el personal esté completo, nadie entra ni sale sin mi autorización.
—Sí señor —dijeron los hombres, y Terry se levantó del suelo con Candy en brazos caminando hacia un sofá, donde la depositó con suavidad. Una vez allí, recibió el tratamiento de primeros auxilios por parte de uno de los escoltas. Ella sentía que perdía la conciencia por momentos, había perdido bastante sangre, pero luchaba por mantener los ojos abiertos y estar alerta. Pocos minutos después, llegó la ambulancia, y Terry, a su lado, la acompañó todo el camino. Lo escuchó notificarle a su hermano la situación, y pocos metros después, por fin cayó en un dulce sueño.
Terry caminaba de un lado a otro. Había visto a su mujer demasiado pálida, demasiado débil, fría. Odiaba esta sensación, este miedo, pero no podía parar de sentirlo. Era espantoso. Afortunadamente, Robert llegó pronto a su lado, y se hizo cargo de todo lo relacionado con Bert Andrew, quien estaba recibiendo las acusaciones pertinentes del caso.
—Tú ya ibas de camino hacia las oficinas —comentó Robert sentándose en una de las sillas de la sala de espera. Terry no paraba de moverse de un lado a otro esperando noticias del médico que estaba atendiendo a su mujer—. ¿Por qué estabas en la casa al momento en que ocurrió todo esto? —Terry miró a su hermano sin decir nada. No podía explicar sin que sonara a fantasía la verdad.
—El auto… se apagó de repente, y tuve que devolverme.
—Qué extraño.
—Sí, pero fue lo que sucedió—. Robert suspiró. —Tenías razón —dijo—. Bert tenía un soplón en tu casa. Patricia Méndez, una de tus empleadas domésticas—. Terry lo miró con ojos de sorpresa. —Imposible.
—Pues no.
—Candy confiaba mucho en ella.
—Pues ya ves que es una perra traidora.
—Candy despidió a diez empleados… ¿y se quedó con la peor de todas?
—Te he dicho que nunca confíes ciegamente en las mujeres. Ya está en manos de la policía.
—Va a estar conmocionada cuando se entere —dijo Terry, y Robert lo miró elevando una ceja.
—Yo, por el contrario, creo que ya lo sabe. Tu mujer no es tonta, y según lo que todos contaron, ella luchó por su vida—. Terry lo miró ladeando su cabeza.
—Vaya, eso suena como si la admiraras —él se encogió de hombros.
—Digamos que se está comportando como una GrandChester. ¿Tú le rompiste la nariz a Bert? —Terry negó extrañado—. Entonces lo hizo ella. Si es capaz de pelear con uñas y dientes y no darse por vencida ni en los momentos más peliagudos, estoy dispuesto a darle una oportunidad—. Terry sólo sonrió sacudiendo su cabeza, y en el momento lo llamó el médico que atendía a Candy informándole que ella estaría bien, que su herida no había sido grave, y que sólo debían dejarla unas pocas horas en observación esperando su evolución. Entró a verla minutos después. Ella estaba un poco pálida sobre la camilla, con suero conectado a sus venas, pero al verlo, su ahora un poco apagada sonrisa apareció. Extendió a él su mano llamándolo, lo que no fue necesario, pues él de inmediato estuvo allí.
—Estás bien, mi amor —dijo él acercándose a ella y besando su frente—. Estarás mejor.
—Lo sé.
—Dios, tuve tanto miedo al verte allí, en el suelo, sangrando… sentí que mi alma se iba tras de ti —Candy cerró sus ojos escuchando sus palabras—. Mataré a ese maldito, juro que le haré pagar.
—Ya está encerrado.
—Te hizo daño, eso no se lo perdonaré.
—Shhht… —lo calló ella elevando su mano hasta su rostro—. Ya todo pasó. Regresaste, me salvaste—. Él suspiró y besó su mano. Cuando se mejorara, cuando volviera a la casa, le contaría cómo Coco fue a buscarlo al sitio donde su auto había dejado de funcionar, y había llegado hasta ella apenas a tiempo. No creía en milagros, aunque él mismo había sido testigo de unos cuantos, pero no podía dejar de pensar en que todo lo que había ocurrido, y que lo había obligado a él a regresar a la casa. Tal parecía que había alguien en algún lugar empeñado en que Candy siguiera viva. Lo que no podía dejar de agradecer, porque ese también era su deseo. Se acercó a su mujer y le besó la mejilla con mucha suavidad.
—Está Patricia en casa? —preguntó ella, y Terry frunció el ceño.
—Esa malnacida ya está detenida.
—Cómo dieron con ella?
—Las demás personas del servicio dio cada uno su testimonio, y todos coincidían menos el de ella. Además, tenemos el video de una cámara de seguridad donde ella le permite el acceso. Bert Andrew llevaba varios días en nuestra casa, comiendo y durmiendo allí. Cuando pienso en el peligro en el que estuviste…
—No pienses en eso. —Es evidente que buscó el momento adecuado para hacer su movimiento. Patricia nos escuchó hablar esta mañana que estarías sola, así que decidieron actuar. Qué esperaba conseguir, no tengo ni idea. No habría podido pasar de las rejas de seguridad sin que lo atraparan.
—Se lo dije —susurró ella—. Le dije que no tenía caso. Al parecer, fue a nuestra casa sin un buen plan.
—Porque es un imbécil. Ha acabado con toda su vida por un resentimiento. Si hubiese obrado con un poco más de inteligencia, habría obtenido mucho más.
—Me da pesar por él.
—Porque eres muy buena. Yo sólo deseo que en prisión le den una muy buena bienvenida. Los forenses están comparando la bala hallada en nuestra sala con la que mató a Damonds. En caso de que haya coincidencias, su estancia en la cárcel va a ser muy, muy larga—. Candy cerró sus ojos al oír eso. Le daba pesar por él, por su hermano. No sabía de él desde hacía mucho, lo había conocido en muy malas circunstancias, pero no podía dejar de pensar en que todo esto era muy triste.
Terry retiró de su frente su rubio cabello con mucha suavidad.
—Debes descansar —dijo—. No te hablaré más de ese sujeto, así que duerme.
—No te vayas.
—No me moveré de aquí, así que puedes estar tranquila —ella sonrió.
—Te amo, lo sabes.
—Oh, mi cielo, yo te amo más. Nada va a perturbar tu sueño.
—Lo sé—. Ella suspiró, y tan sólo unos segundos después, se quedó dormida, sabiendo que tenía un dragón custodiándola como si de un tesoro se tratase. Él era muy capaz de escupir fuego cuando la ocasión lo requiriese.
Continuará...
