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Zmeya
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El tiempo pasaba tan rápido que no llegaba a percatarse de cuánto había gastado hasta el momento. La muerte del hombre que los conocía desde niños fue lo que le recordó lo inevitable de los días y los años. Como sacándolo de un trance en el que había vivido los últimos años.
Yakov había sabido, debido a las señales de su cuerpo, que no le quedaba demasiado en ese mundo, y un día simplemente había desaparecido silenciosamente para no perturbar la paz de los jóvenes naga que conformaban aquella especie de grupo que nadie había llegado a llamar familia.
Yuri Plisetsky, quien había encontrado su cuerpo, era incapaz de comprender por qué sus congéneres actuaban tan calmadamente, como si no hubiera sido una sorpresa. Y es que ciertamente se habían resignado a aceptarlo cuando llegara el momento, ya que ellos también se habían dado cuenta de que la vida de Yakov había sido más longeva de lo habitual para los individuos de su especie.
Christophe llegó poco tiempo después, habiendo escuchado noticias, para darles el pésame y despedir al hombre que, a pesar de no ser más que un conocido para él, sabía que era alguien preciado para su mejor amigo. El hecho de que viniese acompañado de un hombre humano había hecho que Yurio casi lo echara a golpes de allí. Más tarde, cuando las cosas se hubieron calmado entre ellos, Chris les explicó que el chico era un funcionario con el que había tenido que vivir durante su estancia en una de las ciudades del centro de Europa.
"Puedes tomarlo como mi asistente personal", había dicho. Aún así, el pobre hombre no pudo evitar que los ojos de Yurio lo siguieran fulminándolo a cada paso de su corta estancia en el lugar.
—Cuando muera, me gustaría ser enterrado con esa cámara y los demás objetos —fue lo que, en los días posteriores, dijo un pensativo Viktor mientras los dedos de Yuuri (sobre quien estaba recostado) mecían sus cabellos—. En uno de esos libros decía que los humanos en el Antiguo Egipto ocultaban a sus faraones junto a sus posesiones para que fueran con ellos al más allá.
—No hables... de morirte de esa forma tan frívola, Viktor, es inquietante —se quejó su compañero.
Yuuri no era capaz de entender cómo podía decir cosas así casualmente, como si estuviese hablando del clima. Desde que Yakov no estaba, Viktor parecía darle más vueltas a todo de lo usual.
Y pensar en perder esa tranquilidad a su lado por un segundo era suficiente para generar un terror indescriptible que lo hacía aferrarse al cuerpo del más alto en un intento de olvidar lo que acarreaba el paso de los años, de convencerse de que existía un para siempre, a pesar de que la eternidad era imposible de lograr.
Poco a poco, las cosas fueron volviendo a la normalidad.
Habían pasado, como todos los años, por el largo letargo de la hibernación, que había servido para enfriar sus ideas y volver con energías renovadas. La primavera siempre era una etapa complicada, donde no era difícil encontrarse a Yurio espiando a Mila y Otabek con recelo o a Minako encerrarse porque había "decidido ser una mujer moderna" que no quería tener nada que ver con el sexo opuesto (aunque Yuuko le había contado secretamente que en realidad era a causa de un desengaño amoroso).
De alguna forma, todos habían aprendido a valerse por sí mismos.
Y a la vez, era como si atesoraran la extraña compañía más de lo que se atrevían a decir.
Viktor había descubierto, después de tanto tiempo, que se sentía feliz viviendo en aquella pequeña burbuja de la que ahora resultaba ser el mayor por causas del destino. Aunque, si hubiera sido realmente una aldea o algo por el estilo, habría tenido que renunciar a alguna especie de sucesión absurda. Aún era difícil asimilar el hecho de que Yakov nunca más estaría para explicarles las cosas con alguna historia del pasado o para decirle que dejara de recoger cualquier objeto brillante que se le cayera a algún humano en el camino. Pero, estaba bien.
Cuando Georgi y Christine aparecieron para quedarse un tiempo prolongado después de sus largas travesías por la vida humana, no le molestó hacerse cargo de darles una buena bienvenida y celebrar su regreso.
Cuando el conocido del que Yuuri tanto hablaba, Phichit, llegó con un teléfono móvil de alta tecnología (el cual no pudo usar debido a la inexistente conexión donde vivían, lo que pareció generarle algo parecido a un infarto), no tardaron en agotar las baterías haciendo fotografías (esas mismas que en la cámara digital le habían asustado tiempo antes) de todo lo que tenían alrededor.
Cuando Yurio llegó un día llorándoles a él y a Yuuri porque se había enamorado de "la malvada novia de su mejor amigo", pronto lo envolvieron en la maraña de chaquetas que Viktor coleccionaba hasta que (no sin quejarse antes) pudo serenarse y dormir tranquilo.
Sus vidas seguían girando, a pesar de las adversidades, y ellos vivían lo mejor que podían.
Las serpientes eran animales de sangre fría, seres despiadados que engullían a sus presas sin miramientos y no debían preocuparse por formar lazos con nadie. Sin embargo, mientras seguía abrazando a Yuuri en un comportamiento más propio de otras especies, Viktor podía asegurar sin ninguna duda que lo invadía una fuerte sensación de calidez.
Quizá el mundo no era perfecto, quizá nunca podría saber cómo sería el futuro.
Pero, si alguien le hubiera preguntado, no habría dudado en decir que era inmensamente feliz.
N/A:
Este capítulo estaba pensado para ser más, digamos, fuerte. Pero parecía que estaba forzando demasiado angst para una historia que era más fluff que otra cosa.
En realidad, podemos decir que esto viene siendo "el final".
No lo pondré como finalizado aún, ya que tenía pensado hacer un epílogo para cerrar definitivamente. Si me sale algo medio decente aparecerá por aquí en unos días...
¡Ha sido un placer estar con vosotros!
