Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.
Notas de la autora:
+ La historia es Original de Jazzi W. y baso este fan-fic en la adaptación de "Esta vez sí" de Betsy. Uchiha -Song Hyo Wook que amablemente me la cedió (¡Muchas gracias!)
+ Habrá claros OoC y mi redacción no es buena, pero espero que sea de su agrado.
Advertencia: Este capítulo contiene lemmon.
Capítulo VIII:
La verdad
—No —contestó Ichigo. Le había preguntado si podría perdonar a alguien que representara lo que él había sido para mí en la escuela. Su voz y su respuesta me dejaron sin armas. Cualquier otro hubiera contestado un sí, pero el respetaba el hecho de que yo no pudiera olvidar toda la pesadilla que fue la adolescencia— Dime que me vaya y lo haré —pidió, acariciando mi mejilla. Mi piel cosquilleó pidiendo más, mi cuerpo gritó, mi corazón enloqueció y mi mente…
Ella, ya se había esfumado.
—No puedo —afirmé, desviando la mirada.
Era como una oveja indefensa ante un majestuoso león. No sabía que esperar ni que hacer. Parecía que ya no había vuelta atrás y aún así, ninguno de los dos se atrevía a avanzar.
Casi en cámara lenta, tomó mi cara entre sus manos, en vez de un letal zarpazo. El león me miró con esos hermosos ojos en color miel y me besó. Un beso de piedad, un roce de labios que partió mi corazón ¿Cómo había llegado a pedir el contacto de Ichigo más que nada? ¿Cómo la persona que me hizo llorar tantas veces, era la misma que hacia mi cuerpo vibrar y sentir mi alma resplandecer?
Una lágrima salió, traidora mientras lo miraba.
Él tragó saliva fuertemente y pegó su frente a la mía. Sin intentar nada más, sin decir nada, movió su rostro rozando su pómulo a mi mejilla y besó la zona humedecida por las lágrimas, limpiándome. Llevé mis manos a su cabello y él bajó a mi cuello y lo lamió suavemente, haciéndome cerrar los ojos incapaz de negar algo que era evidente, incapaz de recordar algo más que el hombre frente a mí.
—Te deseo… —murmuré mientras él me abrazaba más fuerte, pegando mis caderas con las suyas.
Su respuesta fue muy fácil de comprobar.
—Sé que debería detenerme —afirmó contra mi oreja, su lengua lamía y jugueteaba. Presioné su pecho con el mío y sus manos bajaron hasta detenerse en mis glúteos, presionando, haciéndome gemir.
—N-no… Por favor… —contesté torpemente, mis manos se metieron dentro de su saco.
Deslizó sus manos por mi vestido (que tenía pequeños botones en todo el frente, hasta llegar a la rodilla) y desabrochó uno a por uno, con una lentitud como si fuera la cosa más normal del mundo. Cerré los ojos, incapaz de verlo mientras sentía como me quitaba mi vestido por los hombros. Él gimió y sus manos bajaron los tirantes de mi sostén.
—Mi bello cisne… —murmuró rozando su nariz contra la mía.
Lo miré y comprobé que sus ojos brillaban. Tragué el nudo que tenía en la garganta.
¿Cómo podía decir eso, después de todo?
—Ya no soy la torpe y fea chiquilla que… —le reproché amargamente.
Él hizo una mueca. Tomó mi cara entre sus manos, de nuevo. Esta vez con enojo… con ¿Dolor?
—No tienes idea… No sabes nada —gruñó entrecortado, estampando sus labios con los míos, desatando algo desconocido dentro de mí, algo intenso y primario, o tal vez reflejo de la electricidad que su cuerpo emanaba. No, no había lugar para las palabras.
Su lengua entró en mi boca impaciente mientras yo me aferraba a él, murmurando su nombre entre mis labios. Le quité su saco, impaciente por sentirlo más de cerca. Desabroché los botones de su camisa y él seguía besándome, inhalando, al tiempo que devoraba mi cuello. Sus manos me apretaron más contra él y caminamos, hasta que sentí el borde de una mesita de pared, la cual tenía un pequeño arreglo como decoración de la oficina. Me senté en él y sus manos impacientes hicieron a un lado las flores. Abrió mis piernas y me volvió a besar, pegando su frente a la mía. Trató de controlar su respiración y mis manos lo tocaron dibujando cada músculo de su torso, cada tensión de su espalda.
Sus manos acariciaron de mi cuello a mis senos, desabrochando el broche del sostén y haciéndolo a un lado. Me mordí el labio mientras él continuaba con el vaivén. Arqueé mi espalda y él aprovechó el movimiento; me jaló hacia sí, hundiéndose en mi pecho, besando y lamiendo mis sonrosados botones. Sin pensarlo, aferré mis manos a su cabeza empujándolo más hacia mí… Como si eso fuera posible. Gemí mientras él mordía mi piel suavemente. Cada centímetro de mi piel parecía llamar a sus labios y yo no podía más que repetir su nombre… Solo de eso ocupaba mi mente, no recordaba ni siquiera el mío.
Me quitó la ropa interior, besando lentamente mis piernas y me sentí expuesta. Él me veía, había tantas cosas en sus ojos. Sin dejar de observarme, se acercó a mí para levantarme y cargarme hasta el sofá de mi oficina, ese en el que tantas veces trabajé hasta tarde y me tendió sobre él. Yo no lo dejé escapar en el proceso y lo besé impacientemente, con un sentimiento desconocido por mí hasta entonces. Una vez que llegamos, por lo que vi, él también estaba ansioso por un contacto más profundo.
Mis manos temblorosas y nerviosas intentaron quitarle su pantalón, pero al observar que tenía su aprobación, me deshice de esa molesta prenda con decisión y firmeza. Ichigo era todo un hombre… aún con sus bóxers negros, podía darme cuenta de ello. Ahora no necesité hacer nada, él rápidamente se los quitó y me quedé muda. No es que fuera la primera vez que viera a un hombre desnudo… pero aún así, no podía dejar de observarlo como una tonta colegiala.
Duramos un rato explorando, disfrutando, de nuestros cuerpos. Cada detalle que descubría de su cuerpo me sorprendía. Comencé a acariciarlo en un lugar que jamás me había atrevido antes… ¡Y no me arrepentí! Me gané un sensual gemido de su parte, una voz ronca envuelta en terciopelo que me volvió más loca.
Los dos supimos que ya era el momento.
Lo atraje hasta mí, atrapó mis manos con las suyas y las llevó arriba de mi cabeza. Luego tomó mi rostro entre sus manos y me besó… La sensación de su lengua entrando en mi boca mientras nos uníamos en un solo cuerpo, fue simplemente indescriptible. Mis manos perdieron su lugar atrapándolo, perdiéndose en él, mientras se movía y mis caderas lo encontraban.
—Rukia… —susurró de nuevo, hundiéndose en mí. Debería estar prohibido para él decir mi nombre.
Grité, importándome poco si alguien podía escuchar.
Llegó al cielo conmigo, haciéndome sentir como nadie jamás lo había hecho… Cerré mis ojos y traté de respirar mientras él tenía su rostro escondido en mi cuello. Su respiración estaba haciéndome cosquillas. Levantó su cara, recargando su cabeza en una de sus manos, sonrió torcidamente y nuestros ojos se encontraron en un punto fijo.
—Hola… —murmuró y yo sonreí sin poder evitarlo.
Me sentía como un recién nacido, con mi piel sensible y el cuerpo débil.
—Hola… —contesté.
Quitó unos mechones de cabello que estaban en mi frente y acarició mis labios con sus dedos.
—Deseé mirarte así desde el primer momento en que te vi en la fiesta —confesó, tomando una de mis manos.
—Me gustó hacer el amor contigo… Más de lo que puedo decir —revelé ya sin pudor.
El bajó su cara y me dio un pequeño beso.
—¿Mucho? —musitó.
—Mucho —afirmé.
—Rukia… —comenzó Ichigo, pero el ruido del teléfono me recordó donde estábamos. Sentí mi cara arder y él sonrió pegando su frente con la mía.
—No contestes… —me susurró al oído.
—Rukia, sé que estás ahí… ¡Contesta! Deja de una maldita vez el trabajo —se escuchó la voz de Matsumoto repicar en la habitación y ambos reímos ante la idea de mi amiga de lo que se suponía estaba haciendo. Me levanté y caminé desnuda levantando mi vestido, poniéndolo sobre mi cuerpo mientras alcanzaba el teléfono.
—Hola Matsu… —murmuré con una sonrisa boba, mi mente aún no regresaba.
Me sentí en un sueño, y una parte de mi se preparaba para caer de la cama.
—Hasta que contestas —expresó de manera infantil— ¿Cenamos juntas? —preguntó.
Yo veía el atardecer vislumbrarse por la ventana.
—No… No sé… Mira, tengo unos pendientes aquí… Te marco en cuando salga —pedí sin convicción. Ella aceptó y colgó pidiéndome que no trabajara demasiado.
Me giré para ver mi trabajo.
Ichigo estaba sentado, aún desnudo, mirándome como si fuera a desaparecer. Me quedé sentada en el sillón frente a él.
—Rukia, yo necesito hablar de… —se llevó una mano al cabello, yo negué con la cabeza.
—El pasado hay que dejarlo ahí, Ichigo… —contesté cerrando los ojos, no quería pensar.
No quería, sabía que dolería.
—No, Rukia… No lo está. Lo que acaba de pasar entre nosotros lo comprueba.
—No entiendo… ¿De qué hablas? —pregunté confundida.
—Kaien es mi mejor amigo… Siempre lo ha sido… pero… —comenzó rápidamente y yo me levanté. Caminé hasta él, me senté a su lado y tomé su rostro entre mis manos, sintiendo mi piel arder.
—Ichigo, por favor… No es necesario.
—Para mi si —continuó— Sentía celos de él… Celos de que fuera el mejor en el equipo, celos de que fuera el más popular y yo solo su hermanito… Celos de que la chica que yo quería, solo tuviera ojos para él… —murmuró con los ojos cerrados, su mandíbula se tensaba mientras yo sentía un extraño estremecimiento.
Mi estómago se contrajo, al recordar lo hermosa… y distinta que era Senna de mí… No quería saberlo, no entendí de qué iba todo esto.
—¿Te gustaba Senna? —pregunté enojada y él rió agónico.
—No. En la preparatoria estaba enamorado de una Enana… Fue la única vez que he amado a alguien… —contestó mientras dejaba caer mis manos. Él las soltó como esperando mi reacción. Lo miré y él intentó acariciar mi rostro, no lo deje, no podía…
—¡¿Qué? —exclamé impresionada, levantándome.
Ichigo no podía decir eso, cuando alguien que ama a una persona no se comporta de la forma en que él lo hizo.
—Cuando te vi en ese pasillo, eras tan diferente a todo, a todo lo que yo aborrecía. Pensé que podría tener una amiga, pero al final resultaste igual a los demás, al ver a Kaien desaparecí de tu vista —continuó y yo solo negué.
—Es broma ¿Verdad? No conocía a nadie… Me gustó un chico… ¿Qué importaba si era tu amigo o no? ¡Me hiciste la vida imposible cada día durante casi dos años, Ichigo! —gruñí sintiendo mis ojos picar.
—¿Y crees que no lo sé? No sabía que más hacer. Al principio fue coraje y después la única manera de tener tu atención… Me enamoré de ti cada día más… Y tú me odiabas igual… Cuando quise remediarlo, era imposible —desvío la mirada, apretando sus puños.
—Eso no es lógico, Ichigo… ¡No lo es! —repliqué ya con gruesas lágrimas.
Sentía rabia, dolor y miedo.
—Rukia… —me llamó delicadamente, pero no me importó y me volteé.
—¿Y ahora qué? —pregunté mientras él me giraba, obligándome a mirarlo, ya se había puesto sus bóxers. Sentí la electricidad de su piel pasar con la mía. El dolor y placer, me iban a volver loca.
—Ahora ya es distinto —contestó y yo cerré los ojos.
—No… ¡No lo es! —estallé. Comencé a recoger mi ropa en un intento de no verlo y él me observaba estático— Traté de ser una persona madura, pero no lo soy y no lo he superado. Cuando cumplí los dieciocho me miraba al espejo y me odiaba. No confíe en ningún hombre, por miedo a que encontrara los defectos que tú remarcabas una y otra vez. No volví escribir, por miedo a que alguien más se burlara de mí… No lo he superado… ¡No puedo! —grité mientras me limpiaba mis mejillas empapadas.
Él me siguió observando y noté que una lágrima calló por su pómulo.
La había perdido para siempre.
Nunca debí haberle dicho nada, pero las palabras taladraban mi boca. Necesitaba que ella supiera todo, porque al tenerla entre mis brazos supe que no estaba con mi primer amor de adolescente. Rukia era el amor de mi vida. La amé antes y la amaba ahora, pero hay algunas veces que las heridas no cierran nunca.
Siempre dolerán.
—Te lo dije antes… Pídelo y lo haré —contesté, tratando de que mi voz sonara segura.
Hacía muchos años… demasiados, que no tenía ganas de perderme, de llorar hasta quedar seco… Hasta ahora.
—Vete —murmuró entre dientes.
Levanté mi ropa, me puse el pantalón y la camisa a medio abrochar y recogí mi maletín.
Miré la oficina mientras ella seguía de espaldas a mí. No debí haberla hecho mía, su recuerdo sería el infierno y ella ni siquiera me miraba. Esta vez también había metido la pata. De que servía amarla tanto, si yo mismo lo había arruinado muchos años antes.
—Eres un cisne, Enana. Siempre lo fuiste. No le creas al idiota que te llamaba rana, por cobarde… —murmuré antes de salir, dejando lo que quedaba de mi corazón atrás.
