—Cuéntame lo que sabes. —Tiré de Jacob hacia dentro antes de que pudiera llamar a la puerta, su puño aún en el aire.
Era domingo por la tarde. Circunstancias fuera de nuestro control (como dormir, en mi caso, o deberes para Jacob) nos habían impedido hablar desde el viernes, y no habíamos sido capaces de añadir nuestras piezas al rompecabezas de la desaparición de Sam.
—Hola a ti también. —Me besó levemente en los labios, y nos sentamos en nuestras posiciones habituales del sillón; yo sentada con las piernas apoyadas en la mesita del salón, y Jake tumbado con la cabeza sobre mi regazo.
—¿Y bien? —Le presioné. —¿Noticias desde La Push?
—Todavía sigue con los Clearwater. No creo que a Leah la dejen entrar dentro de casa. Billy estuvo ayer todo el día, pero no me ha contado nada. Supongo que Sam está hecho una mierda.
—Ugh. —Qué frustrante; Jake sabía tan poco como yo. —¿Pero cómo de mal? Aparentemente no lo suficiente para ir a un hospital.
Se pasó una mano por el pelo. —No lo sé, Bella… Todo esto es muy raro. Cuando Billy llegó a casa anoche… —Se detuvo, buscando las palabras adecuadas para expresarse. —Sé que esto suena raro, pero parecía contento.
—¿Qué? ¿Por qué iba a sentirse contento por algo así? —Estaba empezando a creer que Charlie tenía razón; quizá Billy estaba senil.
—Ni idea. Cada vez me cuenta menos. —Jacob se quedó ensimismado. Le conocía lo suficiente para saber que estaba en una de sus raras pero intensas fases depresivas. En todos los años que le había conocido, solo había estado deprimido, realmente deprimido, un puñado de veces. Pero cada una de esas veces Jake se culpaba de cosas que estaban fuera de su control, como cuando su hermana mayor Rebbeca dejó la universidad hace dos años para fugarse y casarse con un chico, o cuando Billy se frustraba por estar en silla de ruedas.
Me levanté, retirando con cuidado su cabeza de mis piernas. —Vayamos al cine a ver la película que querías ver. —Jake me miró, reacio. —Vamos, Jake. La de la carrera de coches. Yo pago.
Una leve sonrisa se extendió en su rostro. —Vale, pero yo conduzco.
Poniendo los ojos en blanco, señalé mi escayola.
Viajamos hasta Port Angeles, hablando sobre Sam durante el trayecto. Ninguno de los dos parecía llegar a una teoría plausible acerca de por qué Sam había aparecido a una hora de distancia de La Push, en el Parque Olímpico Nacional, cuando su coche estaba a casi cien millas de distancia en Seattle. La película me ayudó poco a distraerme, aunque animó bastante a Jake.
A medida que salíamos del cine, Jake parecía estar dando saltitos de la emoción. —Necesito un coche nuevo. Uno realmente rápido… y que haga mucho ruido.
—Bueno, si el ruido te interesa, siempre puedes coger prestado mi monovolumen.
—Que sea rápido también importa, Bells. No creo que tu coche sea una opción. —Desvió la mirada hacia el suelo. —Pero el dinero no crece de los árboles, ¿sabes? —Se estaba sermoneando a sí mismo, pero el impacto de su mensaje me llegó.
Antes de que el drama de Sam monopolizara mis pensamientos, mi cabeza había estado ocupada entre mis fantasías sobre Edward Cullen y mi preocupación por mi educación post-instituto. Siempre había tenido la idea de ir a la universidad, pero a medida que se acercaba el momento de tomar la decisión, me encontraba con que mis opciones eran muy limitadas, no solo por la economía, sino también por el miedo que sentía de perder lo que tenía con Jake. Nunca me había sentido contenta hasta que Jacob entró en mi vida, y sabía que si me separaba de él, aunque solo fuera geográficamente, volvería a mi antiguo aislamiento emocional.
—Estos días has estado muy callada, —comentó Jake cuando llegamos a casa de Charlie.
—Tengo muchas cosas en la cabeza, es todo. —Ahora no era el mejor momento para tener esta conversación, aunque, a decir verdad, nunca parecía un buen momento. —Sobre la universidad.
—Ah. —Apoyó la cabeza sobre el respaldo del coche. —¿Y cuáles son tus planes? —Sabía que él también había estado pensado en el mismo tema, seguramente preocupándose sobre dónde estaría yo mientras él terminaba sus últimos dos años de instituto.
—Creo que necesito un trabajo, Jake. Charlie no está forrado de dinero, precisamente, y Renee apenas está sobreviviendo con sus ingresos y con los de Phil. ¿Sabías que en la Universidad de Península un semestre cuesta casi 2000? Incluso aunque viviera en casa, me seguirían faltando esos 2000 dólares. —Península era la universidad local, mi única verdadera opción. Estaba cerca de Jake y era la más barata.
Jake me observó con atención. —¿Así que no te vas a ir fuera?
Sacudí la cabeza. Su rostro era un remolino de emociones. Sin dejar de mirar el volante del coche, dijo. —Siempre pensé que te irías a Seattle, o al menos a un lugar donde los supermercados no cerraran a las nueve.
Puse mi mano sobre su brazo, mi piel pálida como el marfil contrastando fuertemente contra su tono rojizo. —Esto es lo que quiero, Jake. No estoy bien si no te veo todos los días. —Me detuve. —Mi vida antes de conocerte era… —Mi voz se rompió, el recuerdo era demasiado vívido. —Estaba sola, todo el tiempo. No puedo volver a algo así.
—Podemos hacer que funcione. Mira a… Quiero decir, hay toneladas de parejas que lo hacen todo el tiempo. —Me di cuenta de que había evitado mencionar a Sam y Leah a posta. —Eres tan, tan inteligente, Bella. Hay becas que…
—Cállate, Jacob. Me quedo. Solamente necesito dinero para pagar la matrícula, para no acabar el resto de mis días en el sillón de Charlie, comiendo Ho Hos*. —Sonreí, intentando convencernos a los dos de que era la decisión correcta. La expresión aliviada de Jacob lo hizo mucho más fácil de creer.
Mi búsqueda de trabajos comenzó el martes cuando arrinconé a Mike en el pasillo después del almuerzo. —Hey, ¿están tus padres buscando empleados? —Los Newton llevaban la tienda de deportes local del pueblo, uno de los pocos negocios que no vendían comida rápida en los límites de Forks.
A medida que nos acercábamos a clase de inglés, pude ver cómo Mike empezaba a atar cabos. —¿Estás buscando trabajo? —Ni se molestó en ocultar su impaciencia. —Porque mi madre justamente estaba pensando en reducir sus horas de trabajo. Podría comentárselo a ella.
Esbocé una sonrisa genuina. —Eso sería genial, Mike. Estoy desesperada por conseguir dinero.
Mike se apoyó encima del escrito que estaba frente al mío. —Estás intentando reemplazar el monovolumen, ¿verdad?
Entrecerré los ojos ante su insinuación. —No, estoy ahorrando dinero para pagar la matrícula de la universidad.
—¿En serio? ¿A dónde vas a ir? Yo estoy pensando en quedarme en el Estado de Washington, pero incluso dentro del mismo estado las universidades son bastante caras.
—Ehm, de hecho pensaba quedarme en Forks, —respondí mientras fingía analizar el suelo. —Y de todas formas, Península no es barata precisamente.
Mike hizo una mueca, sorprendido. —Espera, Bella. Eres Becaria Nacional de Mérito.
—Semifinalista, no hay garantías. —Odiaba el hecho de que todo el mundo leyera el boletín mensual de noticias del colegio como si de verdad contuviera noticias reales.
Él gimió en respuesta. —Lo que sea. —Al igual que Jacob, añadió. —Busca becas. Ya sabes que en el Estado de Washington…
—Si le pudieras contar a tu madre sobre el trabajo te estaría muy agradecida. —Le interrumpí, sin ganas de justificar mi futuro entero.
Pareció pillarlo. —Claro, Bella. Ya te contaré.
Esbocé la sonrisa más cálida que pude bajo aquellas circunstancias. —Gracias. — Cuando Mike se giró y caminó hacia su escritorio, mi expresión de fingida alegría se desvaneció.
—Tú vas a ir la universidad local. —Dijo la voz, llena de escepticismo. Por primera vez ni me di cuenta de que había entrado, pero por supuesto que Edward Cullen elegiría justamente hoy para volver a hablarme.
No estaba de humor para continuar nuestros usuales aunque extraños piques. —Sí. —Esperaba que si no me explicaba demasiado me dejaría en paz.
—¿Por qué? —Todavía no le había mirado, ni tenía la intención de hacerlo, pero su tono era casi amable. Incrédula, pero amable. De mala gana, me giré hacia él. Edward mantenía su habitual distancia, pero me sorprendí al verle inclinado hacia mí, estudiándome como si fuéramos amigos de toda la vida y le acabara de contar que tenía una enfermedad incurable.
Me revolví, incómoda. —No todos los padres pueden ser médicos, ¿sabes? — No soné cruel, pero sí patética.
—No me lo trago.
—No puedo permitirme nada más. Además, me gusta estar aquí. —No tenía ni idea de por qué seguía hablando con él, pero, como siempre, me sentía incapaz de ignorarle.
—No, no es verdad. Odias Forks. ¿Te acuerdas? "Llueve todo el tiempo, no hay nada que hacer, etcétera, etcétera." —Sus cejas se alzaron, como retándome a que le contradijera.
Apreciaba el hecho de que no hubiera mencionado la parte sobre mis frecuentes visitas al hospital, pero aún así seguía estando exasperada. —Aquí tengo una vida. Por sí solo, Forks apesta, pero tiene partes que no son tan malas. —La cara de Jacob me cruzó la mente.
Edward me observó, aún dudoso pero en silencio cuando el Sr. Berty comenzó su clase. Di golpecitos en la mesa con mi lápiz durante la hora en entera en un esfuerzo por eliminar mis nervios. Y si también resultaba que molestaba a Edward, mejor que mejor.
Cuando la clase terminó, en lugar de desvanecer en el aire, Edward se quedó de pie, inmóvil, mientras yo cogía las muletas. Adaptándose a mis pasos, me acompañó por el pasillo. Pretendí ignorarle, pero en realidad, el hecho de que estuviera a pocos centímetros de distancia sin la intención de escapar corriendo era en lo único que podía pensar.
Finalmente, cuando el resto de la clase pasó a nuestro lado y se alejó, Edward se giró hacia mí y dijo. —No puedes quedarte aquí solo porque tengas miedo, Bella.
Era la primera vez que decía mi nombre. Y me odié a mí misma por darme cuenta. —No tengo miedo de nada. Me quedo porque aquí soy feliz. Aquí es donde pertenezco.
Él sonrió de medio lado. —Solo lo dices porque tienes miedo de arriesgarte. —Como si estuviera hablando en contra de su propio juicio, siguió, —eres inteligente. Debes permitirte hacer algo más con tu vida. Quédate aquí si es lo que de verdad quieres… pero no lo hagas porque tengas miedo.
Después se giró sobre los talones y desapareció elegantemente. Le observé. Debería haberme sentido molesta por su extraño interés en mi vida. Quería sentirme molesta. Pero no lo estaba. Estaba enfadada porque pensaba que estaba asustada, pero más que nada, estaba obsesionada sobre el hecho de que pensara que me merecía más. Incluso aunque no fuera así. Incluso aunque ese "más" nunca existiera.
Aquella noche me dije que Edward no tenía derecho a decirme algo así. Después de todo, yo, y solo yo, sabía lo que quería. Edward Cullen no me conocía. Y, a pesar de mis intentos por estar enfadada con él, una pequeña parte de mí se dio cuenta de que era posible que Edward no me odiara en realidad. Esa teoría me gustó más de lo necesario. Y, como siempre, enterré mi reacción lo más lejos posible. Algo bastante difícil, ya que al día siguiente, cuando entré en clase de inglés, Edward estaba sentado en su escritorio, esbozando una sonrisa expectante. A su lado, sobre mi silla, había una carta de solicitud para Dartmouth.
* Ho Hos: Son unos dulces de chocolate que se venden en .
