Disclaimer: Rowan y Arah son personajes nacidos para el universo de los Juegos del Hambre y nos pertenecen a Cora y a mí.
Regalo de cumpleaños para Coraline T.
Capítulo 9
Arah
Hay fantasmas en este lugar, estoy segura. También estoy segura de que alguno debe haberme poseído, porque no encuentro ninguna explicación lógica para el hecho de que, por tercera noche consecutiva, estoy sola en mitad del pasillo, buscando la abertura para entrar al pasadizo oculto.
Esta tarde, cuando Jess empezó a hablar sobre la milagrosa mejoría que había encontrado el doctor en el duque y como cada vez parece más probable una recuperación completa, he empezado a sentirme más y más ansiosa. De alguna manera, he acabado compartiendo un secreto con el duque. Aún más sorpresivo resulta el hecho de he estado esperando a que sea de noche para ir a su habitación.
Cuando me ha dicho que no le diría a nadie sobre esto, sea lo que sea, le he creído.
Ante mí misma, soy capaz de admitir que, después de haber hablado con él, lo odio un poco menos. Más que eso, me doy cuenta de que me intriga, me intriga profundamente.
No estoy segura de si eso se debe realmente a lo que he compartido con él en las últimas dos noches o a las palabras de la duquesa. No sé si quiero averiguarlo o si es, inclusive, una buena idea el acercarme más a él, porque me da la impresión de que, si en dos noches ha podido hacer que mi determinación se tambalee así, puede inclusive hacerme dudar de mi decisión de no casarme con él.
La duquesa anuncia que le duele la cabeza, así que Jess y yo cenamos juntas, con ella parloteando algo sobre una nueva pieza que intenta aprender con su violín para tocársela a su hermano en cuanto se recupere.
—¿Te sucede algo? —pregunta al cabo de un rato.
Levanto la mirada de mi plato, sorprendida.
—No. ¿Por qué?
—Has estado muy callada. Además, estás comiendo menos que de costumbre.
Fuerzo una sonrisa.
—Uno de mis vestidos me queda justo— le digo—, y quiero ponérmelo el sábado.
Ella parece aceptar esa respuesta.
—Seguro te ha pasado como a mí y has estado comiendo más dulces de la cuenta— dice, comprensiva—. Yo debería empezar a comer menos— dice lanzándole una mirada acusadora a su plato.
Me río.
—Recuérdame pedirle a Amara que le encargue a alguien que limpie bien tu espejo— le digo—. Está claro que no te ves con claridad.
Ella suelta un resoplido desdeñoso, pero sonríe, complacida.
—Por cierto ¿quieres ir a mi habitación? Podemos jugar a las damas un rato.
Deben ser más o menos las nueve y treinta. Estoy segura de que, si me meto con Jess en su habitación, me darán al menos las once treinta. No puedo.
—En realidad— le digo antes de pensar —, estoy algo cansada. ¿Te molestaría si me voy a dormir en cuanto terminemos de cenar?
Ella parece contrariada.
—Lo que pasa es que tú no sabes manejar el tiempo— se queja—. Por eso deberías dormir más durante la mañana. Para mí, el día empieza a mediodía— dice sonriente— y gracias a eso estoy fresca como una lechuga.
No le digo que, en realidad, estoy más despierta que nunca. En su lugar, me muestro apenada.
—Sí, tienes razón— le digo con una sonrisa—. Tal vez mañana lo intente.
…
Observo la capa del duque, doblada en un rincón. Amara la encontró esta mañana, pero no dijo ni una palabra al respecto. Son casi las diez y treinta. Termino de lavarme la cara y la contemplo con el ceño fruncido. Anoche, cuando él se durmió, volví a tomarla.
No estoy segura de por qué.
La tomo, con la intención de devolvérsela, pero me arrepiento y la dejo de nuevo en el rincón, tomo un abrigo del armario y me echo la capucha encima. Me apresuro a salir al pasillo y camino con menos cuidado que la noche anterior, un poco más segura de lo que hago. Lanzo una mirada a ambos lados antes de descorrer el tapiz. Llevo una vela conmigo, pero decido no encenderla. Camino a oscuras, con la mano pegada a la pared y tirito un poco, porque hoy ha vuelto a nevar y los pasillos se encuentran helados. Esta vez, cuando me paro frente al panel, no dudo. Lo empujo y me cuelo en la habitación.
No me sorprende el hecho de que él esté despierto. Sé que me esperaba, aunque noto en sus ojos cierto aire de sorpresa, como si no esperara que llegara realmente. Es el tipo de mirada que me da ganas de abofetearlo.
—¿Sorprendido? —pregunto mientras entro y me quito el abrigo. La habitación está caliente. La chimenea se encuentra encendida—. ¿Por qué está encendida la chimenea?
—Le he dicho al muchacho que tenía frío— dice con un encogimiento de hombros—. Los pasadizos se ponen muy fríos cuando cae nieve— explica.
—¿Sabe?, encuentro ese tipo de comportamiento muy confuso de su parte.
Él no pregunta a qué me refiero. Supongo que lo sabe, sabe que no entiendo el motivo por el cuál a veces es increíblemente grosero conmigo y en otras tiene ese tipo de atenciones.
—Acércate— dice mientras ladea la cabeza. Lanzo una mirada a la habitación y noto que los sofás y las sillas están demasiado lejos—. En la cama estará bien— dice él—. No muerdo— se burla—, y aunque lo hiciera, aún estoy muy débil para intentarlo.
—¿En serio se siente débil?
—No le digas a nadie que he dicho eso— dice y aparte la mirada. Me doy cuenta, con sorpresa, que ha sido algo que se le ha escapado.
—No lo haré— le prometo—. Pensé que se sentía mejor— digo mientras avanzo un poco y me apoyo en uno de los postes de su cama.
—Mejor no significa bien —explica él—. Esta mañana he intentado bajarme de la cama yo solo.
—¿Y ha ido mal?
Él sonríe, haciendo que el extremo izquierdo de su boca se eleve más que el derecho. De pronto, siento que debo parpadear.
—No te lo contaré. ¿Cómo está Jess?
—¿No ha venido a verlo aún? —pregunto enarcando las cejas.
—No— dice muy serio—. A Jess… se le dio muy mal la muerte de mi padre. Supongo que todo esto— dice abarcando la habitación con un gesto de su brazo— le trae malos recuerdos. ¿Por qué? ¿Ha dicho que lo ha hecho?
—No. Pero anoche, cuando dijo que Jess conocía esos pasadizos, pensé que ella también los estaba usando.
—Tú has sido la única visita familiar que he tenido, Lady Arah.
—Bueno, yo no soy de su familia.
—Lo serás— dice muy convencido.
—Me gustaría que no hiciera eso.
—¿El qué?
—El hablar como si yo no tuviera opciones. Como si esto— digo señalándonos—, fuera algo inevitable.
Él aprieta la mandíbula y no me responde de inmediato.
—Siéntate aquí— dice corriéndose un poco, de manera que quede algo más alejado del borde de la cama, dejando espacio suficiente para que pueda sentarme sin ir a tocarlo—. Prometo que, en el momento en que te haga sentir mal, te dejaré marchar sin rechistar—dice muy serio. Paso mi peso de un pie al otro antes de, finalmente, separar mi cuerpo del poste al que me he aferrado y hacer lo que él quiere.
Me aferro al abrigo entre mis manos, ahora que he entrado en calor y lo dejo a sus pies. El observa la pieza blanca con una ceja enarcada, pero no dice nada.
Acomodo las faldas de mi vestido, solo para tener una excusa para no verlo a la cara y, cuando él finalmente carraspea, me tardo unos segundos más en voltear a verlo.
—Bueno…— digo incómoda—, ya estoy aquí.
Él estira la mano y toma, con suavidad, la mía, girando mi palma de tal manera que quede apretujada contra la suya. Irradia calor, no tanto como la primera noche, cuando ardía en fiebre, pero sí lo suficiente como para hacer que me estremezca.
—Tienes opciones— empieza diciendo—. Yo siempre te daré opciones, puede que no te parezca de ese modo ahora o que tu familia no te lo haga sentir de esa manera, pero las tienes— abro la boca para replicar, pero él me silencia con un gesto y continúa hablando—. Más allá de lo que pareces pensar de mí, no soy un tirano. No te obligaría a caminar hacia un altar a sabiendas de que esto, nosotros, no es lo que quieres.
—Y, sin embargo, acabas de decir que es inevitable.
—Porque sé que, eventualmente, terminará sucediendo— dice muy tranquilo—. No importa cuánto desees negarlo o cuánto te moleste. Dios sabe lo mucho que me ha molestado a mí, pero no puedes sacarme de tu cabeza. Te atraigo— dice—, del mismo modo en que un imán atrae al metal. Y— me silencia cuando separo los labios, lista para rebelarme—, a mí me pasa lo mismo. Puede que te hayas enterado de este compromiso hace apenas unas semanas, pero yo he crecido sabiendo que tú eras mi destino.
—Entonces no soy yo quien lo atrae. Es la idea que se ha hecho de mí.
Él, para mi sorpresa, sonríe.
—Y fue precisamente eso lo que me convenció de que debía conocerla antes de que formalizar las cosas. Mi padre estaba convencido de que, cuando su familia se vino abajo, lo más sensato era deshacer el compromiso. Yo no estaba tan seguro y por eso exigí que fuera mía la decisión. Por eso fue que viaje a la costa— continúa—. Y por eso fue que me decidí a conocerla, aún y cuando, en ese momento, no pudiera decirle quien era o qué quería.
—Y me tomó por tonta.
Él agita la cabeza.
—Nunca fue mi intención jugar con usted. Mi idea era simplemente echarle un vistazo, preguntarle tal vez una dirección o pedirle que me dejara descansar de mi viaje bajo el árbol que crecía en su jardín.
No entiendo que está pasando. Si esto es alguna especie de efecto de la taza a medio tomar con su medicamento o si este es, realmente, el duque. No encuentro palabras para interrumpirlo, así que lo dejo seguir hablando.
—Ni siquiera estaba seguro de si esperaba que me gustaras o no. No sabía mucho sobre ti. Conocía algunos detalles, como esto— dice estirando un brazo y rozando, demasiado brevemente, mi mejilla, el punto en que se concentra la mayor parte de mis pecas— o el curioso color de tu cabello. No sabía si me iba a sentir atraído o tentado o, inclusive, si podría llegar a hablarte. Pero necesitaba que, por una vez, la decisión final fuera mía.
—Pero usted es el duque. Todas las decisiones son suyas— me veo obligada a decir.
—Soy el duque ahora— replica, descargando en mí la intensidad de aquellos ojos azules—. Pero te sorprendería lo limitadas que eran mis decisiones hasta hace un par de meses. Y en esto no estaba dispuesto a ceder— continúa—, puede que mis padres, mi padre principalmente, pudieran tomar muchas decisiones por mí, pero esto… esto iba a ser para siempre. Tanto si se mantenía como si se descartaba el compromiso. Sería tu presencia o tu ausencia definitiva con la que yo tendría que lidiar— continuó—. Y quería ser yo quien fuera responsable de ello. Así que lo preparé todo. Ev me ayudó, me consiguió ropas que no desentonaran y me ayudó a escabullirme por unos cuantos días, el tiempo suficiente para ir y volver para hacer lo que necesitaba, pero sin levantar sospechas.
Me quedo callada.
Sé cómo fueron para mí las cosas. Salir de casa a sentarme a leer en el jardín, esa práctica que madre odiaba tanto, y encontrarme con un muchacho, más o menos de mi edad, que me observaba con tanta atención que me hizo sentir la necesidad de cubrirme con los brazos, porque sus ojos azules parecían desvanecer la ropa que tapaba mi desnudez. No ayudaba mucho el hecho de que fuera tan atractivo que casi resultaba incómodo. Traía ropas sencillas, no lo suficientemente humildes para hacerlo pasar por alguno de los aldeanos, pero sí para que pareciera educado, como un ayudante de cámara de algún noble o algo por el estilo.
Él me había saludado, con gentileza, sus palabras eran claras y cultas. Y yo me había acercado a él, como una polilla hacia una llama, dolorosamente consciente de que, si me acercaba demasiado, mis alas podrían acabar convertidas en cenizas.
—No eras lo que yo esperaba— continuó él y yo me sonrojé, incómoda.
—Seguro que, con tanto tiempo para idealizarme, esperaba que fuera más bonita.
Él suelta un resoplido.
—Eres hermosa— dice, como quien señala algo obvio—. Pero no era eso a lo que me refería. Una vez que me hablaste, fue como si esa no fuera la primera vez— empieza y yo no puedo más que estar de acuerdo con él. Resultó demasiado sencillo hablar con aquel desconocido—. Y eras inteligente. No te ofendas, pero no esperaba que lo fueras.
—Bueno, venida a menos o no, me educaron. Soy de la nobleza.
—Ser educado y ser inteligente muchas veces no es lo mismo. Tú tenías ambas cosas y además…
—¿Además…?
—Y, además, no parecía importarte en lo más mínimo quien era yo.
—Bueno, técnicamente usted no era usted.
Él sonríe, haciendo que se marquen esos profundos hoyuelos.
—Me refiero a que, por una vez, estaba en libertad de que alguien me viera por quien soy. No por mi título.
—Me parece que exagera— le digo—. Es decir, apenas si estuve con usted por unas pocas horas. Y no fue como si… no— enrojezco al recordar lo que pasó ese día.
—No hizo falta nada más. Puede negarlo cuanto desee— dice él, tranquilo, empezando a mover los dedos, jugueteando con los míos—. Pero sé que usted me vio, a mí, ese día. Y estoy seguro de que, en parte, eso es precisamente lo que le da miedo.
—Yo no tengo miedo— debato—. Simplemente no quiero ir por la vida pensando que, tal vez, la decisión más importante la han tomado por mí. Quisiera que, si lo hiciera, si lo eligiera a usted, fuera completamente por mí. No porque me obligan — le suelto.
Él parpadea.
—Puedo aceptar eso— dice finalmente—. Porque en el momento en que lo hagas, en el momento en que me elijas, sabré que eres completamente mía. Y lo serás.
—No ayuda el hecho de que usted lo diga de esa manera.
Él me dedica una brillante sonrisa.
—¿De qué manera? ¿Cómo si lo supiera? Lo sé. Sé que, tarde o temprano, usted me amará.
—Si está tan seguro, entonces ¿por qué retenerme aquí? ¿Por qué no deshacer el compromiso y dejar que yo lo elija?
Su sonrisa se vuelve más pronunciada.
—¿Públicamente? Porque no soy un idiota, Lady Arah. Estoy seguro de que, si llego siquiera a insinuar que es usted libre, se subirá a un carruaje y volverá a su casa y que, en cuanto lo haga, su madre la casará con el primer imbécil que le parezca funcional— yo doy un respingo. Ni siquiera había considerado esa posibilidad—. Puede que no lo vea usted de esa manera, pero, con esto, me encargo de protegerla y de darle el tiempo que necesita.
—Tiempo ¿para qué?
—Para enamorarse de mí, obviamente.
Me echo a reír.
—¿Enamorarme de usted?
Él no parece tomarse a mal mi reacción. El desafío en mi risa parece, más bien, gustarle.
—Se sorprenderá de lo sencillo que le resultará— me advierte—. Puedo ser muy persuasivo y, una vez que mi herida sane, tendré otros métodos a mi favor, más allá de mis palabras.
Me estremezco y siento la necesidad de apartarme y, a la vez, de acercarme más a él.
—Lo hace sonar como si yo ya estuviera al borde, como si estuviera simplemente esperando a saltar al precipicio.
Esta vez, es él quien ríe.
—No, tal vez no aún— coincide—. Pero tengo tiempo.
Hago una mueca.
—¿Qué es lo que quieres de mí, Lady Arah? Como te he dicho, su idea de cancelar el compromiso está fuera de cuestión. Sin embargo, tampoco planeo obligarte a casarse conmigo si eso no es lo que, llegado el momento, deseas. Así que ¿qué es lo que quieres?
Lo veo frunciendo el ceño.
—Pues tomando en cuenta que lo que realmente deseo está, al parecer, fuera de mi alcance— empiezo diciendo—. Supongo que entonces me gustaría, al menos, poder conocerlo.
—Conocerme— repite él.
—Si usted está tan seguro de que me enamoraré de usted— digo con calma—, entonces lo más lógico sería que, al menos, supiera de quién me tengo que enamorar ¿no? —él no pasa por alto el tono afilado en mi voz.
—Muy razonable de tu parte—dice él.
—¿Cuándo podemos empezar?
Él sonríe un poco.
—¿Te molestaría demasiado si te dijera que mañana?
Debo lucir algo contrariada, porque agrega:
—Me siento algo cansado— dice en apenas un susurro—. Y, además, eso me da una excusa para obligarla a que venga mañana.
Mis ojos se abren, sorprendidos.
—Ya es muy tarde— digo viendo, con sorpresa, que son casi las dos de la mañana—. ¿Cómo se siente?
—¿Quieres que te diga la verdad?
—Ha dicho usted que no me mentiría— replico llevándome las manos a las caderas.
—En realidad, me siento mucho mejor— dice con una sonrisa cansada—. Ten cuidado al volver a tu habitación.
—Siempre lo tengo— digo bajándose de la cama y empezando a ponerme el abrigo.
—Y, ¿lady Arah?
—¿Si? —digo mientras me peleo con los broches, viéndolo con el rostro ladeado.
—Espero que mañana vuelva a ponerse usted mi capa.
Resoplo y le doy la espalda, caminando con las mejillas encendidas, mientras, a mis espaldas, lo escucho reírse.
Cuando llego al pasadizo y estoy lejos de su mirada, no puedo evitar sonreír también.
Seré rara, pero no puedo evitar fangirlear al leer estos capítulos, escritos ya hace tantas semanas.
Cora, espero que estés disfrutando de tu regalo. Y las personas que no son Cora y que leen ¿me dejan sus opiniones? Solo así puedo mejorar.
Un abrazo y gracias por leer.
E.
