Capítulo 10

Tres días después de haber sido enterrado en el panteón familiar el señor Kirryo, un auto deportivo se detuvo ante la alta verja del palacio.

Shon, que se hallaba podando unos bonsáis allí cerca, soltó las grandes tijeras y salió corriendo hacia el recién llegado.

—Joven Inuyasha, joven Inuyasha… —exclamaba, al tiempo de abrirle la verja.

Inuyasha, que aún se hallaba sentado ante el volante, sólo emitió una débil sonrisa, más como una mueca.

La reja quedó abierta de par en par, y el auto deportivo entró por ella.

—Joven Inuyasha… —susurró Shon, apoyándose en la portezuela del auto, que frenaba—. Joven Inuyasha… Cuánto… cuánto lo hemos buscado.

Y al hablar, de un manotazo limpiaba la lágrima que como cascada comenzaron a afluir por sus ojos.

—Fue… todo tan rápido, joven Inuyasha…

El «Joven Inuyasha», que en aquel instante no parecía un joven, sino un hombre pálido, hundido, con los ojos velados por una nube de indescriptible tristeza, abrió los labios, pero de ellos no se filtró ningún sonido. Los cerró de nuevo, apretándolos fieramente.

Él amaba a su tío. Lo amaba de veras, y quien lo dudase, y lo dudarían todos en la finca, cometía un pecado mortal.

Mil razones tenía él para vivir alejado. Evitarle un dolor a una mujer que apreciaba su tío y evitarle ese mismo dolor a su propio tío.

Mil razones, sí, pero nunca falta de afecto o interés.

Ni quiso ver llorar a Shon, ni pudo soportar su propia inmovilidad, que a Shon, tan pegado a su señor, podría parecerle absurda.

Soltó de nuevo los frenos sin decir palabra, y el auto rodó por la avenida de los tilos hacia el fondo, para detenerse ante el palacio.

Saltó al suelo.

Vestía de negro. Parecía más alto y más flaco, y en su rostro se apreciaban las huellas de más de una noche de insomnio.

Avanzó como un sonámbulo. Miró a un lado y a otro con desesperación. Ni siquiera en aquel instante ni en ninguno después de recibir en Nueva York el telegrama del doctor Jinenji, a su regreso de su viaje por la India, pensó en aquel imperio como cosa propia.

¿Qué importaba todo aquello?

Él amaba a su tío, y después de saberlo muerto, jamás se perdonaría haberlo dejado solo. Nunca podría olvidar su angustioso dolor al leer aquel telegrama, al ver su vida en retrospectiva como si pasara por una cinta cinematográfica. Los sacrificios de su tío para criarlo. El amor que le dio. La ansiedad adolescente que apagó siempre los caprichos que jamás le negó…

Apretó los labios, recordando aún, y avanzó a paso largo, como si alguien o algo lo empujara.

Una figura vestida de negro, alta y flaca, apareció en la puerta de la terraza, y al verlo lanzó un grito agónico.

—Niño Inuyasha… Niño Inuyasha…

—Kaede —susurró él bajo—. Kaede…

—¡Oh, oh…! Niño Inuyasha… Niño Inuyasha…

Y abrazándose a él como si de repente resucitara míster Kirryo y se arrodillara a sus pies dando gracias a Dios.

—Cálmate, Kaede —pedía Inuyasha, sosteniéndola en su pecho y acariciando los blancos cabellos—. Cálmate… Por favor, no hagas más doloroso mi arribo a la casa. Cálmate, te lo ruego.

No era posible.

Kaede no supo calmarse nunca, porque nunca se consolaría de la pérdida de su amo.

Tras ella, sollozante en sus brazos, vio a dos doncellas. A la lavandera, tan vieja como el tío muerto. Al capataz, con su mano ruda limpiando los ojos…

Todos lloraban, y él, que jamás sintió humedad en los ojos, experimentó en aquel instante como una sacudida, y la sensación de que algo se deslizaba de sus pupilas.

No quiso que le vieran llorar.

No pudo soportar el llanto de aquellos seres que adoraron y veneraron a su tío. No quiso asimismo, que nadie viera el suyo, y como si de repente enloqueciera, soltó a Kaede, cruzó la terraza y pasó delante de todos, encogido como un niño castigado o maltratado.

Y al cruzar el vestíbulo, la vio.

Estaba allí, en la puerta del living.

Vestía de negro, firme, majestuosa, pero con aquella expresión humana en sus enormes ojazos azules.

Él, que iba casi corriendo, de súbito se detuvo como si le clavaran en el sitio. Ni siquiera en aquel instante pudo evitar el odio que sentía por admirarla tanto.

No fue capaz de contener su ira ni dominar su lengua.

—Vaya —exclamó entre amargo e hiriente—. Te has puesto de luto… ¿Por qué? ¿A qué fin? No me digas que en un año escaso le has tomado cariño, tanto como para vestirte de negro.

Ella no contestó.

Le miraba.

No parecía la misma. Había como una firmeza desconocida en sus ojos, y una fuerza íntima transmitida al cuadro enérgico de sus labios.

Él quiso herirla.

No sabía por qué, o sí lo sabía. Sabía que no pudo olvidarla y que su recuerdo lo siguió noche y día, y sabía asimismo que huyó de allí por evitarle un dolor a su tío, porque él no era partidario del matrimonio y amaba a aquella mujer… sí, la amaba, pero jamás se casaría con ella.

—Supongo que ya nada te retendrá aquí —gritó rabioso por aquella majestuosidad femenina que penetraba en su ser—. Ha muerto él… Aquí no queda ya ningún enfermo.

—Quiero hablarte —dijo ella por toda respuesta.

Y Inuyasha Taisho quedó como paralizado ante aquel tuteo espontáneo, en nada forzado.

—Si quieres escucharme ahora…

—¡No! Voy a descansar. –Gruño molesto, pero a la vez como si tuviese miedo de lo que ella le diría.

—Te ruego que me escuches. Mañana se dará lectura al testamento, y antes deseo que sepas algo.

—Vaya —y para herirla, se olvidó incluso del dolor desgarrador que producía en su ser la muerte de su tío—. Por lo visto te has familiarizado con algo que te causó horror hace pocos meses. ¿Pretendes cazarme ahora? ¿Ahora qué estoy solo? ¿Ahora, qué soy el dueño de todo este imperio?

No respondió.

Giró sobre sí misma, entró en el living y dejó la puerta abierta.

Él avanzó hacia aquella puerta, como si algo o alguien más poderoso que su voluntad le empujara.

La vio allí, erguida, hermosa como nunca. Distinguida, dentro de sus sencillas ropas negras. En sus azules ojos seguía imperando la melancolía, y en su boca aquella suavidad de beso, pero algo… algo distinto había en ella. No sabía qué, mas estaba seguro de que existía ese algo.

Giró sobre sí y quedó frente a él.

—Cierra la puerta, por favor.

No quiso.

Dio un salto y alcanzó aquella puerta y huyó por el vestíbulo, sin volver la cabeza.

Cuando entró en su cuarto, vio a Kaede, mojado el rostro por el llanto, disponiendo su alcoba.

—No, no… —gritó al ver a Kaede—. No, por Dios —y apretó las sienes con ambas manos, como un frío con desesperado y desgarrador dolor de cabeza—. Déjame solo. Olvídate por un instante de que he llegado, Kaede. Déjame tumbarme en la cama y cerrar los ojos y pensar… pensar… que voy a oír la voz de tío Myoga de un momento a otro…

—Cálmate, niño Inuyasha. Cálmate…

—No me llames niño Inuyasha—gritó de nuevo como un histérico—. No me obligues a sentirme más mezquino de lo que soy. No despiertes en mí, con tu voz, recuerdos de mi infancia. No me obligues a evocar aquellos días, cuando tío Myoga aún confiaba en mí. Por favor —como un fardo se tiró sobre el lecho—. Por favor…

—Oh, niño Inuyasha… yo sabía que iba a dolerte, pero como te habías ido… no pensé que… que… fuera tanto.

—¿Qué dices? ¿Pero, qué dices? —gritó como un agónico insignificante—. ¿Cómo no voy a sentir dolor? ¿No ves qué estoy desgarrado? ¿No me conoces tú? ¿No sabes qué le quería? ¡Le quería! ¡Como si fuera mi padre y mi madre y mi amigo y mi todo…! Me fui… sí, sí, me fui. Y me iría otra vez, si él estuviera vivo. Y no escribiría. Y gozaría en la vida como un maldito, pero le seguiría queriendo como un hijo, como un hermano, como un amigo.

Y ocultando el rostro entre las manos, no fue capaz de contener el ronco sollozo, desgarrador, como si algo se rompiera dentro, que parecía arrancar cuchilladas a su garganta.

Kaede cayó a sus pies y su mano temblona se hundió en el cabello alborotado de Inuyasha.

Como cuando era niño y tío Myoga le castigaba por una travesura. Cuando a los quince años, casi al final de su bachillerato, se echó novia. La hija de un colono, a quien míster Kirryo apreciaba mucho. Como cuando a los diecisiete años hubo de dejar Springfield para irse a Nueva York. Así lloraba ahora, como entonces que era un chiquillo, pero no con llanto de hombre.

—Niño Inuyasha… niño Inuyasha… Cálmate, hijito. Piensa que ahora tienes mucho que hacer. Has de ayudarla a ella… Ella es buena. La queremos todos. Hizo mucho por tu tío y todos la respetamos y la queremos. Has de ayudarla tú, niño Inuyasha.

Éste dejó de llorar.

Le dio rabia que Kaede le viera como si fuera un niño realmente.

Se sentó en el lecho con las largas piernas colgando. Miró a Kaede como si ésta fuera un fantasma.

—Ayuda… ¿a quién, Kaede?

La mujer pareció asombrarse.

No se le ocurrió pensar que él ignoraba lo ocurrido.

Por eso, bajo, reverenciosa, susurró:

—A la señora Kirryo.

Fue como si a Inuyasha le entrara dinamita en las piernas, y saliera fuego por sus ojos.

—¿A la señora Kirryo? ¿Qué dices? ¿Qué locura estás diciendo? ¿Es qué te has vuelto loca de repente?

Y sus pies se agitaban de un lado a otro y sus manos asían a Kaede por los hombros y la sacudían como si fuera una pluma.

—Niño Inuyasha… niño Inuyasha… que me matas.

—¿Qué dices? ¿Qué dices? —gritó como si perdiera el juicio.

—Digo que ella te necesita.

—¿Ella? ¿Quién?

Y como si no quisiera oír la respuesta, apretó las sienes con ambas manos y como un muñeco de marioneta, golpeó su propia cabeza contra el respaldo de un sillón.

Kaede estaba tan asustada, creyendo que se volvía loco, que no supo hacer mejor cosa que echar a correr gritando:

—Señora Kirryo. Señora Kirryo…

La delgada figura enlutada, serena, bonita, majestuosa, apareció ante ella, como si estuviera allí mismo.

—¿Qué ocurre, Kaede? ¿Por qué grita usted así?

Kaede señaló la puerta de la alcoba de Inuyasha.

—Está… está… como loco.

No se agitó Kagome Higurashi. Ni palideció, ni sonrió. Suave, como ella era, avanzó hacia aquella puerta abierta, al tiempo de decir quedamente:

—Vaya abajo, Kaede. Ocúpese de que todo esté dispuesto para la comida. A las cuatro vendrá el notario. Me dieron aviso esta mañana…

—Sí… sí, señora.

Kagome se dirigió a la puerta de aquella alcoba.

De momento no entró. Quedándose apoyada en el marco, mirando al hombre que seguía golpeando su cabeza en el respaldo del sillón, como si se hubiera vuelto loco.

Capítulo 11

Al sentir los pasos, elevó la cabeza.

Pálido, los ojos desorbitados, los cabellos revueltos, la miró fija, tan fijamente, que por un segundo, ella no fue capaz de soportar aquella mirada.

—Quiero ver a Señora Kirryo —dijo él, como si de su boca saliera fuego vivo.

Y aún no se le ocurrió pensar que la esposa de su tío fuera aquella muchacha.

—Señora Kirryo soy yo, Inuyasha. Me he casado con tu tío hace aproximadamente dos meses.

Inuyasha recibió el impacto como si miles de demonios le entraran por el cuerpo.

Dio un paso al frente, con la mirada extraviada, pero luego se detuvo. Quedándose firme, como clavado en el suelo, y sus ojos la miraban como si fueran a destruirla.

—Tú… tú…

—Yo —admitió ella serenamente—. Yo, sí…

Podría suponerse que el hombre iba a estallar, pero no fue así. Pasó los dedos por los cabellos, los alisó de modo maquinal, y, pesadamente, como si fuera un fardo, cayó en el sillón, menguado y como sin fuerzas.

—Tuvo que hacerlo…

Él rió.

Una risa sibilante, hiriente, dañina.

—Claro, claro… —la miró desde el lugar donde estaba. La veía alta, erguida ante él, sin altivez, con serena suavidad de mujer mil veces femenina—. Claro… fue fácil. El hombre solo, sentimental… romántico… —y después, con los dientes apretados—: Lo has matado pronto… —la miró de arriba abajo, como si la desnudara a dentelladas—. Era de esperar… Joven, bonita, seductora… Como para volver loco a un viejo enfermo.

¿Qué decía? ¿Estaba loco él?

Pero, no supo por qué, no lo desmintió.

Quedándose allí como estaba. Sólo hizo un movimiento y cerró la puerta. Quedándose de espaldas a ésta, apoyada contra la madera.

De súbito, Inuyasha se puso en pie. Parecía infinitamente más alto y duro, severo como un juez.

—No te lo voy a perdonar nunca. ¡Nunca! ¿Me oyes? Y no porque te hayas casado con él y te hayas apoderado de su fortuna. ¡Dinero! Bello es, pero en este caso es pecado y basura. Maldito pecado el tuyo, que no voy a disculpar jamás, aunque pasen miles y miles de años. Pero no es eso. El dinero y el poder de este imperio no me duelen. Es que tú… tú, que has sido besada por mí, que me querías, que si sigo insistiendo te vas conmigo a París, y que no insistí porque vi lágrimas en tus ojos… Necio de mí que me enternecí entonces y huí como un ladrón arrepentido. Tú, que estuviste temblando en mis brazos y conoces el calor de mis besos… te has entregado a otro… a otro…

—Era tu tío —dijo ella apacible, sin desmentir aquella barbaridad que nunca entro en su cabeza ni en la de su casi fugaz esposo.

—Era un hombre. ¿Y, sabes? ¿Sabes? —Parecía presa de súbita locura—. ¿Sabes, te digo? Ni a mi padre le perdono una cosa así. Ni a mi hermano, ni siquiera a la sombra de mí mismo.

—Inuyasha… a tu tío y a mí… no nos interesa que nos perdones. Tal vez te hayas equivocado o tal vez no. No me hice jamás una pregunta así. No soy capaz de analizar mis sentimientos, cuando reconozco que la persona en quien los deposité, no los merece. Tú le abandonaste cuando más te necesitaba. Él dio todo cuanto era, por ti. Tenía toda su confianza puesta en tu persona. Eras su continuador. Y te fuiste. En fechas memorables, cuando todas las familias se reúnen, tú te fuiste. Despiadado, desleal, olvidando lo que el hombre significó en tu infancia y en tu adolescencia, y luego, cuando fuiste una persona adulta, por tu abandono le obligaste a agotarse antes.

—Mientes. Le agotaste tú… Tú, que no eres mujer decente.

—Me ofendes mucho, pero no voy a discutir lo que tú ignoras y lo que yo no pienso decirte. Puedes creer lo que quieras. Ahora él está muerto, y de momento, mientras no sea leído el testamento, yo seré aquí la continuación del señor Kirryo.

—Quédate con tu imperio y con tu fuerza. Debo ser tan sentimental como él, porque lo único que me duele… es que hayas sido suya.

¿Por qué no se lo dijo?

¿Por qué?

Porque pensó en su esposo. Porque sabía lo que éste esperaba de Inuyasha Taisho, y no podía defraudar a un hombre que confiaba en ella, ni aún muerto éste.

Giró sobre sí.

Quedándose de espaldas a él, dando un paso hacia la puerta.

Inuyasha, como si mil demonios lo impulsaran, dio un salto y fue a plantarse delante de ella.

No era capaz de mirarla con desprecio, pero en su ser lo sentía. Lo sentía como una herida abierta que no puede curarse nunca.

—Eres una maldita perra —gritó con ronco acento, como si fuera a desgarrar la garganta—. Has venido aquí con esa intención. La maduraste bien. ¡Ahí es nada, el pobre sentimental enfermo, condenado a morir cargado de millones! Es lo que no voy a perdonarte jamás. ¡Jamás! ¿Me oyes bien? Me da pena pensar que un hombre a quien consideré inteligente, se haya prendado de ti. Haya entregado su vida así, cuando era ya un despojo.

—No te considero tanto, Inuyasha Taisho, para considerar en ningún sentido tu desprecio. Puedes pensar lo que quieras. La realidad es que soy la viuda de tu tío, y me voy a quedar aquí. Y si quieres compartir mi imperio, el que tu tío me puso en las manos, tendrás que bajar un poco esos humos.

—Te vas a quedar con todo, amiga mía. Te vas a quedar con todo y que Dios te maldiga —extendió el dedo enhiesto, señalándola. En sus ojos parecía arder un fuego abrasador—. Pero no pienses… nunca lo pienses, que maldigo tu poder, el que te dejó mi tío al morir. Me has dañado. No por el dinero que me arrebatas, y el poder que me robas. Porque debo ser tan necio, tan absurdo, tan infantil, que creí en la pureza de tu boca aquella vez, y pensé, estúpido e iluso, que eras una mujer honesta.

—Lo soy, Inuyasha Taisho, aunque tú creas lo contrario, pero no voy a perder el tiempo discutiéndolo.

Se dirigió a la puerta.

Otra vez él se le puso delante.

—Yo te quería. Debía quererte —gimió como un niño dolido—. Debí quererte, sí, porque no hice más que pensar en ti. Ahora mi nostalgia por ahí, en brazos de cualquier mujer, y cuanto más pretendía olvidarte, más te adoraba, más hurgaba tu recuerdo en todo mi ser, como una necesidad física y moral que me aniquilaba, porque, voluntariamente, renunciaba a ella.

Kagome fue a abrir los labios.

Iba a decirle… a decirle aquello. «Yo fui como una hija para tu tío. Jamás, jamás medió entre ambos ni una palabra amorosa. Era demasiado noble aquel hombre, y si se casó conmigo, si me obligó a ello… fue por hacerte un bien. Tenía ese deber, y no iba a defraudar a la persona que me ofreció un hogar y un afecto que nunca tuve.»

Pero no lo dijo.

Se dio cuenta al abrir los labios, que, de decirlo, Inuyasha se convertiría de nuevo en el hombre déspota, despiadado, rencoroso y ansioso de venderlo todo y huir para no volver más, llevándola con él o dejándola allí, tendida en el arroyo.

Y eso no. Ella no contaba en aquel instante. Contaba el hombre muerto que le pidió, tantas y tantas veces, que jamás abandonara la hacienda, ni permitiera que Inuyasha la vendiera.

Que Inuyasha la juzgara como quisiera. Ella tenía el deber impuesto de renunciar al amor y la felicidad, entretanto Inuyasha Taisho no se convirtiera en una segunda parte de su tío Myoga.

Por eso dio otro paso y por eso él la agarró por el brazo, la acercó a sí y la miró fieramente a los ojos, como si éstos fueran espadas y cortaran con doble filo.

—Lo enloqueciste, ¿verdad? Eso fue. El viejo tonto sentimental, en las postrimerías de su vida acabada, cegado por el deslumbramiento femenino que irradia de ti. ¿No es eso? Te aprovechaste de eso. Atrévete a negarlo. Di, atrévete.

Y con fuerza, como si ella fuera algo despreciable e inútil, la empujó de tal modo, que el cuerpo frágil, vestido de negro, cayó medio ladeado contra la puerta.

Desde allí lo miró.

Sin odio, sin rabia. Sabía lo que sentía o creía saberlo, y no era capaz de evitar aquella brutal desesperación. No, porque iba a cumplir un deber por encima de sus sentimientos, por encima de su amor y por encima incluso del desprecio que él demostraba sentir hacia ella.

Por eso se levantó.

Abrió la puerta.

Inuyasha gritó fuera de sí, como si le golpearan la nuca y lanzara un alarido agónico:

—Te voy a maldecir. Te voy a maldecir mil veces por haber sido suya.

Ella salió.

No era capaz de responder en aquel instante, sin exponerse a estallar en sollozos. Corrió hacia su alcoba, se cerró dentro y quedó jadeante, apoyada en la madera, mirando al frente con hipnotismo.

«Me has dejado una ardua tarea que cumplir, Myoga Kirryo. Pero voy a cumplirla cueste lo que cueste, y aunque tenga que renunciar para siempre a mi propia dicha.»

Y en sus ojos aparecía aquella indescriptible resolución por la cual, ella quizá no lo sabría nunca, míster Kirryo la hizo su esposa en favor de su propio sobrino.

No volvió a verlo en toda la mañana, y a las cuatro en punto, la misma Kaede fue a llamarla a su cuarto.

—Ha llegado el notario, señora Kirryo.

—Voy, Kaede.

La mujer parecía dudar. Sin lugar a dudas, deseaba decir algo y no se atrevía. Kagome llegó a conocerla tan bien, la sabía tan allegada a ella en su afecto, que, poniéndole la mano en el hombro, susurró bajo:

—Dilo, Kaede querida. Dilo —dijo tuteándola.

—Él… está desesperado. ¿Qué dirá el testamento, señora?

—No lo sé, pero… diga lo que diga, los dos tendremos que quedarnos aquí, creo yo. Pues de otro modo, mi matrimonio con el amo no tendría objeto de ser. Y tu amo, Kaede querida, nunca hizo nada por nada.

—Eso… eso espero.

Continuara….

Hola… lamento la demora pero la universidad me tiene un poco agotada y no había tenido tiempo de subir ningún capitulo…por eso aquí les pongo 2 espero que lo disfruten y me dejen muchos reviews… ^^….. si no….no sé cuánto tiempo me demore en actualizar jajajaja (risa diabólica}