Hola a todos, mis más fieles amigos.

Lo sé, lo sé.

Llevo años sin pisar esto, y os pido perdón.

Todo ha cambiado en mi vida, y todo es diferente. Ya no escribo, casi ni leo. Y lo echo en falta.

Y hoy, en uno de esos pocos días que tengo libres, he llegado y me he puesto a leer. Todas las historias que tenía como favoritas. Todas las historias que me han marcado de un modo u otro. Y volví a leer esta.

Y aquí estoy. Una quinta parte de esto estaba ya escrita hace un año, cuando acabé el epílogo. Sin embargo, todo esto no se completó hasta hoy.

Necesitaba escribir, y aquí está.

No es lo mejor que he escrito, lo sé. Tengo que practicar.

Y lo intentaré.

Oh, joder, lo haré.

Disfrutad de esto, o intentad hacerlo como yo he disfrutado hoy con todas las historias que he vuelto a leer.

Gracias a todos los que aún me mandáis PM, reviews y comentarios. Os quiero. Vosotros habéis hecho esto.

Si he vuelto a escribir, es por vosotros.


Final.

— Eres un hijo de perra, padre.

El comentario sale de tu boca como si lo hubieras escupido, y el odio es tan patente como un muro de piedra. Tu padre te mira desde su cama —si a esa tabla de metal se podía llamar así— que es su hogar desde hace unos meses. En Azkaban. Hasta el día que se muera.

Está demacrado, muerto en vida. No sabes si llorar o regodearte. Las mejillas y ojos hundidos, las arrugas y el pelo canoso, solo muestran ahora lo muerto que lleva tu padre desde hace años. Por Merlín, ni siquiera sabes que haces ahí. En la celda de tu padre en Azkaban. Dos meses después de la muerte de tu madre, seis tras el fin de la guerra. Pero ahí estás, mirándolo con odio, con el rostro neutro mientras tu padre se ríe roncamente.

— El traidor aquí eres tú, hijo —dice con suficiencia—. Tú deberías estar aquí conmigo por los mismos crímenes, deberías estar muerto por traición, pero tirarte a la zorra de la sangre sucia amiga de Potter te ha salvado de mucho, ¿verdad?

Los nudillos se te ponen blancos al aguantar la ira que te dan ganas de golpearle hasta la muerte. No puedes, no debes rebajarte a su nivel, y por Merlín no puedes darle la oportunidad de encerrarte aquí con él. Sin ella.

— ¿Sabes, padre? Me la tiro desde hace mucho, antes incluso de que me marcarais como a un cerdo. Y, ante todo, la quise incluso cuando creíais que estaba en vuestro bando, mientras ayudé a que tú acabaras aquí y que la gente inocente viviera. Mientras tú matabas a mi madre.

Durante toda la conversación tu padre se muestra neutro, e incluso burlón, pero cuando nombras a tu madre, todo cambia. Se tensa y hace asomo de levantarse, pero al final, no lo hace.

— No seas hi...

— ¡Tú la mataste! ¡Viste como enfermaba lentamente y la dejaste morir! —gritas.

— La única diferencia entre tu madre y tu puta particular es que tu madre tenía sangre limpia en las venas.

Explotas. Explotas, pero dentro de ti, sin mover ni un dedo.

—Eres la persona más despreciable del mundo. Solo me consuela pensar que morirás sufriendo en esta mierda de sitio mientras yo vivo la vida que siempre debí vivir. ¡Abridme! —grito, haciéndome oír.

El responsable de las celdas me abre la puerta y salgo de allí con elegancia, intentando evitar el trágico desenlace. Cuando el responsable vuelve a cerrar la celda, mi padre se despide:

— Espero que te sientas orgulloso de tu traición, hijo.

— No te haces ni una idea de lo orgulloso que estoy. Es decir, mírate. Te vas a morir en dos días.


Llegas a tu 'casa'. Bueno, al lugar en el cual llevas durmiendo 6 meses con Hermione Granger. Es una casa enana, casi una cabaña, en medio de Hogsmeade en la cual te refugias hasta saber que cojones hacer con tu vida.

Llegar hoy allí es triste, porque Hermione no está. Ha ido a ver a sus padres, o más bien a hacerlos recordar otra vez. Ha ido a recuperar su vida, mientras tú estás aquí.

Solo.

Sin vida alguna.

Golpeas la pared mientras sueltas un grito de pura frustración, con ganas de llorar y romper cosas.

—Deberías tener cuidado con eso, cariño.

Te giras con rapidez, debido al susto que te provoca su presencia y al hecho de que Hermione Granger te ha llamado cariño. La ves ahí, delante de la puerta. Su pelo está húmedo debido a la ligera nieve que cae fuera y sus mejillas rojas debido al frío. Está tan guapa ahí delante que te mueres por besarla, pero estás demasiado cansado, demasiado agotado, como para siquiera moverte.

Sin embargo, ella lo hace. Se acerca tras tirar la chaqueta al suelo y rodea tu cintura con sus brazos.

—¿Qué tal ha ido con tu padre? —pregunta tímidamente, enterrando la cabeza en tu pecho.

—No mejor de lo que esperaba. Todavía no sé porque me dijiste de ir.

—Tu padre se va a morir. Lo sabes. No podrías vivir toda la vida sabiendo que no tuviste una última conversación con él.

Apoyo mi mandíbula sobre su cabeza, acariciándole el pelo con una mano.

—Tienes... —suspiras— razón. ¿Qué tal tú? ¿Y tu familia?

—Al menos está viva, que ya es algo... —murmura, agotada—. Mi madre ha recordado, mientras que mi padre no consigue comprender el mundo mágico. La guerra. El hecho de que yo haya sobrevivido...

Sus ojos se cierran fuertemente, con las lágrimas a punto de caer. Y no puedes aguantarlo, sino que te agachas a su altura y coges su rostro con las manos, acercándola a ti.

—Escúchame, Hermione Granger. Se acabó. Todo. Somos libre, ambos, y si decides que quizá valgo la pena lo suficiente como para pasar todo el tiempo que podamos juntos, pienso echar abajo la mansión que he heredado, que tanta mierda de recuerdos tiene, y nos iremos a donde quieras. París, Londres, Nueva York. Donde sea. Juntos.

Su abrazo te resulta asfixiante y a la vez liberador.

—Estamos tardando ya.


/3 años más tarde/

Llegas a casa con un portazo más que sonoro, arrepintiéndote nada más darlo. Es tarde, muy tarde, y lo sabes. El gran salón está vacío, los ventanales descubriendo el paisaje más bonito de Francia, pero eso no te relaja en absoluto. No hoy.

Estás agotado, casi furioso, pero te mueres por verla.

La necesitas.

Tras 3 años de relación 'oficial', sigues necesitando a Hermione Granger como el aire para respirar.

Tiras la chaqueta del traje al suelo mientras te quitas los zapatos, dirigiéndote a vuestro cuarto. Te estás desabrochando la camisa cuando entras, y para tu sorpresa, no hay nadie.

Por un momento siente la punzada más grande de miedo, poniéndote en el peor de los casos. Pero la puerta del baño está abierta y observas una silueta en la bañera, que observa por el gran ventanal del baño el paisaje que tú antes rechazaste sin miramientos.

Te encaminas con alivio, viendo como tu preciosa leona descansa rodeada de agua y espuma, copa de vino en mano. Te apoyas en el marco de la puerta y simplemente la observas, bebiendo de ella, como si fuera el cuadro más hermoso de toda la galería. Cuando repara en que no te mueves, se gira para mirarte, y sonreírte a modo de invitación.

Una invitación que no piensas negar.

Te desprendes de tu última prenda de ropa y te acercas, mientras ella se sienta recta, dejándote tu sitio preferido. Te colocas tras ella, con tus piernas rodeándola, y ella se acomoda hacia atrás. Suspiras, casi gimes de gozo, dejando que todo el día se esfume solo para centrarte en ese jodidamente maravilloso momento.

Alza la copa sin mirarte, y tú aceptas el vino de buena gana, dando un par de tragos antes de devolvérsela.

—¿Qué tal el juicio? —pregunta con suavidad, sin estropear la tranquila atmósfera.

Bufas.

—Sabes que no es lo mío. Es tu campo, no el mío —replicas, haciéndole soltar una risilla—. Es la peor parte de trabajar en el Ministerio, pero ganamos. Ese hijo de perra va a ir a la cárcel.

Ella levanta la mirada hacia la tuya, sonriendo.

—Estoy orgullosa de ti, Draco. Aunque la verdad, siempre lo estoy —susurra con admiración, derritiéndote un poquito.

—Y a mí me hace feliz hacerte orgullosa —respondes cuan marica domesticado —. Sin embargo, creo que pronto volveremos a Londres. Aunque me destinaron aquí un año, creo que con este caso hemos acabado aquí.

Se enfurruña en respuesta, haciéndote sonreír.

—Con lo que me gusta París… —murmura, mirándote otra vez—. Aunque bueno, siempre es bueno volver a casa. Volver a la vida normal.

Te ríes sin ni siquiera poder evitarlo.

—Granger, nuestra vida tiene poco de normal.

—Lo sé, lo sé… —responde entre risas—, pero al menos, es lo que conocemos.

Se remueve en la bañera, volviendo a acomodarse, pero te tensas inmediatamente.

Oh, joder.

Ya no eres un maldito crío hormonado de 16 años. No lo eres. ¿Pero por qué cojones tu polla siempre reacciona así ante ella? Necesitas aprender a controlarte, por Merlín…

Y sabes que ella se da cuenta de tu encantadora erección porque cambia de posición, poniéndose de rodillas en la bañera frente a ti, acariciando tu cara con lentitud. Sus pechos sobresalen del agua en esta posición, y te es inevitable comértelos con los ojos. Oh, joder, jamás te cansaras de esas malditas tetas

—¿Puedo demostrarte cuan orgullosa estoy de ti por lo de hoy…, Draco? —y la muy cabrona, por si no fuera suficiente con el tono seductor de las palabras, ronronea mi nombre como si lo saboreara cual dulce. Y sabe que eso es mi perdición.

Nuestras bocas chocan con pasión, mientras mis manos se encargan de explorarla entera. El agua me facilita la tarea, deslizando mis manos por esas increíbles tetas hacía su espalda, para terminar en ese culo tan…

—Tócame, Malfoy.

Tu vista vuelve de donde se perdió para mirarla a los ojos, esos ojos del color del whisky de fuego, que ahora te ruegan sin pudor.

—Pensé que eras tú la que me iba a mostrar cuan orgullosa estabas de mí —murmuras juguetón.

Su gemido de frustración es su mejor respuesta, pero lo vuelve a intentar:

—Pero te necesito. Oh, Merlín, te necesito.

Tu mano baja sin pudor, tocándole dónde más quiere, haciéndola suspirar.

—Tranquila, preciosa. Ya te tengo.


/Otros 3 años más tarde/

—Como pares te juro que te castro.

La amenaza gemida por la desnuda mujer que se encontraba tendida en tu cama te hizo reír.

Tenías ambas piernas femeninas encima de los hombros, mientras que tu boca recorría perezosa el muslo derecho de tu mujer. El olor a sexo, sudor y chocolate inundaba la habitación, solo un incitante más para que tu erección siguiera en alto, esperando para ser usada.

Pero tendría que esperar.

Hacía tanto que no la saboreabas, hacía tanto que no bajas hasta ese altar tuyo... Demasiado. No podías esperar por enterrarte ahí y no salir hasta estar saciado. Pero era tan divertido jugar con ella...

—No creo eso sea lo más conveniente, preciosa... —susurras en su muslo, sacando tu lengua con picardía. Subes suavemente, sin poder aguantar la tentación, rozando con la nariz levemente la zona que ella más desea que toques. Su gemido no se hace esperar — Joder, hueles tan bien, tan jodidamente delicioso...

Y te entierras.

Había sido demasiado jodido tiempo sin su sabor, y era tan obvio. Todo era salvaje, excitante, animal. Sus uñas se hundieron en tu espalda como nunca, haciéndote gruñir de total deseo. Jamás pensaste que ese dolor tan punzante fuera tan placentero, pero es superior a ti. Al igual que comerla con total devoción, casi con furia, aumentando el ritmo a medida que sus gritos se hacían más roncos y graves.

No fue hasta el tercer orgasmo cuando decidiste que necesitabas estar dentro de ella. En ese jodido instante.

Te mira con los ojos entreabiertos, con esa sonrisa tan Slytherin que tanto te gusta, abriendo las piernas pesadamente, esperando por ti con casi dejadez. Está agotada, extasiada, pero al igual que tú, nunca jamás queda satisfecha hasta que os unís.

A veces te preguntas como eres un cabrón tan afortunado.

Y te acercas porque no puedes más. Entierras tu rostro entre su cuello y su hombro, sin necesidad de mirar para entrar en ella; la conoces tan bien, os conocéis tan bien que solo es necesario un empuje para entrar en ella. Y a punto estás cuando el puto llanto empieza otra vez.

Gruñes por no llorar.

Una suave carcajada suena bajo ti, perezosa y grave. Alzas el rostro para ver a tu esposa ronronear, restregándose contra ti.

—Te toca a ti, cariño.

Y lo sabes.

Bufas por no llorar.

—Juro que cuando se vuelva a dormir no te vas a escapar —gruñes apartándote de su calidez (Merlín sabe lo que te costó) y colocándote unos calzoncillos que encuentras tirados en el suelo.

—No tengo pensado ir a ninguna parte —oyes a tus espaldas cuando te diriges a la puerta de vuestro cuarto.

Y sonríes.

Y sales de tu cuarto y vas al contiguo, y tu sonrisa pasa de ser pícara a ser una de total gilipollas.

En su cuna, llorando como si no hubiera mañana, estaba el pequeño Scorpius, de tan solo unas semanas, esperando atención. Te inclinas y lo coges con suavidad, sin dejar de reparar que tus manos juntas son casi tan grandes como él. Lo apoyas contra ti y empiezas a moverte con suavidad, como te ha enseñado Hermione. El bebé se calma, pero sigue murmurando y el sueño parece tenerlo lejos.

—Hola, pequeño —susurras con dulzura—. ¿Te encuentras bien? ¿Qué necesitas? —preguntas, como si él pudiera contestarte de alguna manera—. ¿Estás cansado? Todos lo estamos. Sé que es algo nuevo para todos, pero necesito que te tranquilices. Mamá y yo estamos descansando y lo necesitamos—le explicas, como si él pudiera comprender ya con su temprana edad tus malditas necesidades sexuales—. Ha pasado mucho tiempo desde que haya podido abrazar a tu mami, y tengo que aprovechar ahora que puedo.

El niño se remueve inquieto y te tragas una risotada que se muere por salir. Cualquiera diría que te entiende y sabe que no vas a abrazar a mamá. Que niño más Malfoy, por Merlín.

—Algún día serás como yo, pequeño Scorpius. Algún día tendrás a todas las chicas de Hogwarts deseando por estar contigo y tú tendrás que ir apartándolas para pasar por los pasillos —deliras contra su cabecita, sonriendo con solo pensarlo—. Y con suerte algún día encontraras a alguien como tu madre que te cogerá y jamás te soltara. Porque es así, Scorpius. El amor llega y no se va, por mucho que quieras. Yo no quería amar a tu madre. La odie durante mucho tiempo, y cuando caí, no podía querer más que salir de allí. Pero yo era otro, no era como ahora. El amor repara, pequeño. Y si encuentras a alguien que te repare como tu madre me reparó a mí, créeme, tendrás mucha suerte.

Observas como el niño se ha relajado contra ti y suelta pequeños ronquidos, haciéndote aumentar esa sonrisa de gilipollas domesticado que has patentado desde su nacimiento. Lo echas en su cuna y lo miras, casi sin parpadear.

—Tienes mucha suerte, hijo.

Y sabes que es verdad. Tanto tú como su madre sobrevivisteis a la guerra por los pelos, gracias a Potter y a todos los demás, pero ahí no acabó todo. Incluso después de todo, aún había mortífagos con ganas de rebanarte el cuello, y la prensa jamás se cebó tanto con algo que con la historia de amor entre los eternos enemigos.

Pero aquí estáis, años después.

Después de una boda casi internacional.

Después de un embarazo que parecía eterno.

Después de un parto que te cambió la vida.

Te preguntas si tu padre sintió lo mismo por ti cuando naciste, y temes siquiera saber la respuesta. Pero ves ahora al pequeño Scorpius y te preguntas como podrías no quererlo. Es algo intrínseco a ti. Ese bebe fue creado para que tú lo amaras. Y no sabes si es porque es tu hijo, o porque es su hijo. El hijo de ella. El hijo de Hermione Granger.

Que sabes que te espera en la cama, desnuda y deseosa.

Acaricias la cabeza del pequeño con ternura y le das un beso rápido, intentando no despertarle.

—Te quiero, hijo mío. Descansa.

Y vuelves con tu leona.

Te espera en la cama, tal y como prometió. Los grandes ventanales dejan ver la luz de la luna y las luces de las farolas de las calles de Londres, donde os mudasteis cuando vuestros trabajos volvieron a permitirlo.

Y la ves allí, perfilada por la luz de la noche, mirándote casi con suerte, como si no creyera que fuera posible que llegarais allí.

Y ríes.

Y ella se ríe también.

Y te tiras a por ella y ella se ríe y solo calla cuando tus besos se apoderan de ella y ella simplemente se deja llevar.

Que Merlín te ayudara, eras un cabrón con mucha jodida suerte.