Capitulo 9


-¡Pero Sr. Todd! ¡Usted no puede pedirme eso! ¡Si me descubre, me matará! Me desmembrará como a todos esos… glup –le dieron arcadas-.

-Pamplinas, no te descubrirá. Ahora, recoge tus cosas y vete. Yo te guardo la habitación.

-¡Me dijo que no quería volver a verme!

-Y eso le dijo a Shirley, y ahora están juntas trabajando.

-Pero…

-Nada.

-En un mes regreso a Plymouth, y aún no he podido rescatar a Johanna.

-Si consigo volver a mi barbería, podré vengarme, y tú coger a Johanna.

-No me gusta el chantaje ¬¬

-Ni a mí los marineros maricas, que no son capaces de enfrentarse a una simple mujer. ¿Y sabes lo que hago con ellos…? –sacó una navaja de su cinturón y la abrió, aunque a estas no les daba el mimo que se merecía. Anthony tembló de miedo. El Sr. Todd lo cogió por los pelos y echó su cabeza hacia atrás, mientras colocaba la navaja en el lugar que legítimamente le correspondía. Su garganta-. Así que dime… ¿lo harás? Y más te vale que no me entere de que vas a la policía, o al Alguacil. Yo soy tu única oportunidad para liberarla.

-Pero –tragó-, Sr. Todd. ¿Usted no quiere volver a verla? ¿Volver a abrazarla? ¿No me pide nada a cambio de ayudarme? –el Sr. Todd le dejó y se fue a la ventana, rumiando sus palabras-.

-Lo único que quiero es vengar a mi Lucy –cortó secamente-. Con saber que está a salvo ella me basta. No necesito nada más. Hace 15 años, Anthony, 15 años que no la veo. Ella no sabe quién soy, no la vi crecer. Prefiero que crea que estoy muerto. Es lo más sano para todos.

-Sí… Sr. Todd… -tomó la bolsa que estaba preparada y se fue a la puerta, la abrió y antes de salir y sin darse la vuelta, dijo:- Adiós, Sr. Todd, nos vemos mañana en el puerto… espero.

Y dicho esto, desapareció. El Sr. Todd sabía que lo conseguiría. Sabía, que la Sra. Lovett aún tenía ese corazón maternal, con el que acogía a todo aquel que lo necesitase. Aún se acordaba de los viejos tiempos, cuando acogió a un pequeño gatito, una cría, que estaba a punto de morir. Pasados unos meses, el gatito murió, y ella entró en depresión. La Sra. Lovett era así por naturaleza. Aunque todos pueden cambiar su naturaleza. ¿Acaso Sweeney Todd no lo hizo? ¿Acaso no pasó de ser un dulce barbero a un barbero asesino? Pero… ¿acaso las cosas opuestas no se atraen? ¿Y los extremos? ¿Acaso la Sra. Lovett no se había enamorado de él, siendo él su opuesto en todo? ¿Su extremo? Y esto era lo que el Sr. Todd no podía explicarse. Él era un demonio, según lo llamaba la mendiga de la esquina, un asesino en serie. Si llevase la cuenta de a cuantos habría matado, contaría que unos 50, de momento, pues acababa de empezar. Y, sin embargo, no le satisfacía. Nunca lo había hecho. Pero si Sweeney Todd promete algo, lo cumple. Él prometió vengarse. Él prometió practicar con sus clientes. Y así lo estaba haciendo. Y cuando terminase, podría pararse a pensar en otros problemas, en otras ideas. Tal vez podría exiliarse con la Sra. Lovett y Toby al mar. Era una opción, al fin y al cabo. ¿Es que todo el mundo piensa que soy de hierro? ¿Es que nadie, acaso, piensa que puede ser todo una coraza? ¿Una coraza trabajada con los años? ¿Es que nadie va a conseguir descubrir al pequeño Benjamin que aún es dueño de mis emociones? Pensaba. Si tan fuerte era el muro alrededor de su corazón, si tan espeso era el hierro que lo mantenía a flote. Si aún nadie había descubierto que sus muecas tan sólo eran porque le molestaba que le interrumpiesen cuando pensaba, que tan sólo lo hacía para alejar a todo aquél del daño que podría provocarle, entonces, ¿quién podría quererle? La Sra. Lovett estaba enamorada de Benjamin, no de él. Ella creía que él aún era Benjamin, y no lo era. El pequeño Benjamin en el que pensaba, era tan sólo como denominaba a su corazón, a su pequeño niño, gritando por salir. Mucha gente piensa cuando son adultos, que es lo que hubiese hecho su yo pequeño. Sweeney Todd hacía lo que su pequeño Benjamin le dictaba, su corazón, de hierro, enfriado con los años hasta el punto de tener siquiera actividad, aún latía. Despacito, para poder vengarse de quién le quitó su otra mitad, su todo, Lucy. Él le había entregado su corazón casi literalmente, y después se la habían llevado. Y la Sra. Lovett no podía ver que él ya no era el mismo. Que él necesitaba de otro corazón para poder seguir viviendo, de alguien que le entregase el suyo incondicionalmente y que él quisiera aceptarlo, entregando lo poco que quedaba del suyo, metafóricamente hablando, por supuesto.

Y esperaba, que la Sra. Lovett no le hubiese entregado ya el suyo, pues si así era, y él se lo había roto, nada salvaría al pobre Anthony.


3 días pasaron, y Anthony no aparecía por el puerto. El capitán le dijo que era normal, a veces no volvía en semanas. Él empezaba a preocuparse seriamente, tal vez lo había mandado a un destino incierto, doloroso y lo que es peor, a una muerte segura quitándole a él la seguridad de que su hija saldría sana y salva. Pero al cuarto día, Anthony apareció. Mas contento que unas castañuelas se acercó a él y se puso a trabajar.

-Anthony… Creí que estabas… ¿muerto? –dijo confuso el Sr. Todd-.

-La Sra. Lovett es fantástica –dijo sin rodeos, con una gran sonrisa-. Bueno, las dos, quiero decir. Es una gozada vivir allí, no sé cómo no podía gustarle.

-¿A qué te refieres?

-¡Las Sras. Lovett me pagan el doble al día por ayudarlas en las cocinas o en el patio de lo que me pagarían aquí en dos semanas! Y son muy atentas, enseguida te ayudan.

-Ya, ya, muy bien. ¿Y de lo mío qué hay? –preguntó serio, asqueado de lo lameculos que se había vuelto-.

-Nadie le echa de menos, tan sólo algún cliente, del que Toby se apura a callar antes de que Eleanor lo escuche y lo eche a la calle.

-¿Eleanor? ¿Desde cuándo esa proximidad y confianza? –dijo ceñudo. Que le partiese un rayo si ese chico no se estaba enamorando. Empezó a llover, precediendo a una tormenta-.

-Me obliga a llamarla así –se encogió de hombros-. Por otro lado, no creo que vuelva a venir a trabajar aquí. Ellas no me dejan. Sólo, me han dicho, cuándo el barco parta me dejarán venir de nuevo. He dicho que iba a ver a Johanna.

-Eres un traidor, Anthony –dijo el Sr. Todd con repulsión-.

-¿Qué? ¿Pero por qué?

-Te has aliado con el enemigo –dijo mientras se ponía la camisa y se iba a casa, sin terminar el trabajo.

Cuando llegó, cogió todo el dinero que tenía acumulado y buscó en el diario (periódico). Había varias ofertas de venta de pisos y apartamentos, pero lo que él necesitaba era una casa para sí solo. Decidió mirar en la sección de las ventas caras.

-Conduit Street, Brick Lane, Gee's Court, James Street… ¡Está! Bell Yard. Es la más cercana y de mejor precio que hay –pensó en voz alta. Recogió sus cosas y pagó al casero su última noche en el lugar, mientras corría veloz por las oscuras calles de Londres, mientras la tormenta arreciaba y algunos rayos caían-. Me parece que es aquí…

Vio el cartel que había en la ventana de la casa.

SE VENDE

Para contactar llame a la casa de la izquierda.

Parecía pequeña, los edificios eran estrechos, pero en el anuncio venía que tenía sótano, y eso le bastaba. Llamó a la puerta indicada.

-¿Sí, señor? –preguntó un hombre somnoliento que le recordó a Albert-.

-Venía a ver la casa en venta.

-¿A estas horas?

-Lo siento, me fugué del trabajo para buscar una casa y esta fue la que más se acomodaba a mis necesidades. Si quiere, vuelvo más tarde…

-No… Está bien, me gustan los hombres que madrugan y trabajan por las necesidades de su familia –dijo mientras buscaba las llaves en la cómoda cercana-.

-No… tengo familia. Ellos murieron.

-Oh, vaya hombre, lo siento.

-No pasa nada –dijo melancólico-.

-Bueno, vamos a ver la casa. MARÍAAAAA –gritó-. ¡VOY A ENSEÑAR LA CASA!

-¡Muy bien, cariño! –respondió la amortiguada voz de una mujer-.

-Por aquí…

Entraron en la casa. Cómo el Sr. Todd predijo, era estrecha. Pero sólo desde fuera, por dentro, estaba unida por una puerta a la casa contigua, dando así más espacio a una estancia. Había unas escaleras nada más entrar, que se perdían arriba, donde no había puertas. La puerta del sótano estaba pegada a las escaleras, al fondo del recibidor, que no era grande ni pequeño. A la izquierda, había un pasillo y bastantes habitaciones.

-Antiguamente esta sala –señaló la de la casa contigua-, era una cafetería. Mi mujer y yo solíamos venir aquí. Por ahí se va al sótano. Lo de arriba se solía usar de habitación, pero usted puede usarla para lo que quiera. Y aquí… -dijo entrando en el pasillo-. Está lo demás. En esta puerta hay una habitación amueblada –abrió la primera puerta a la derecha, dejando ver una habitación con colores algo oscuros. Una cama de madera con dosel rojo y colcha a juego de rombos bordados con hilo dorado, un armario alto con flores talladas en él, una cómoda cerca de la cama. Las ventanas estaban situadas detrás de la ventana, que daban a la calle. Una alfombra mullida cubría el suelo y una silla de madera con terciopelo rojo estaba al otro lado de la cama (el izquierdo si miras de frente (es decir, si te pones delante del cabecero))-.

-Es… preciosa –dijo, deslumbrado por la exquisitez de los detalles en el armario-.

-Cierto… venga –salieron y fueron a la puerta de enfrente-. Aquí está el baño –este también estaba amueblado. Mármol blanco adornaba el suelo, haciendo un cuadrado alrededor del mármol negro que cubría casi todo. Las paredes también eran de mármol, solo que blanco con una cenefa negra. Una tina que parecía pegada al suelo estaba al fondo de la habitación, y un tocador estaba en la pared derecha-. Por aquí… la cocina-.

Siguió enseñándole la impresionante casa, cada vez más esplendorosa, hasta que cayó en la cuenta de que algún pero tenía.

-Y dígame, señor, ¿cómo es posible que vendan un lugar como este siendo tan hermoso como lo es? ¿Y cómo es posible que el precio sea tan bajo?

-La verdad, es que esta casa no nos inspira confianza ni a mi mujer ni a mí. Sus dueños murieron aquí y nos dieron las llaves. Fueron asesinados en la cafetería. Nadie quiere vivir en una casa embrujada.

-¿Embrujada? –la última vez que había escuchado algo parecido fue de los labios de la Sra. Lovett, cuando él regresó, y era sobre su barbería-. ¡Pamplinas! La última vez que escuché eso, fue de mi barbería, y nunca me pasó nada –en ese momento maldijo su bocaza-.

-¡No puede ser! –exclamó-. ¿Es usted el barbero Sweeney Todd? –preguntó incrédulo. El aludido suspiró-.

-Sí, soy yo.

-¿Es verdad que la Sra. Lovett le echó de su casa?

-Sí…

-Vaya hombre, ¿y qué hizo?

-Yo no hice nada –se defendió-. Su hermana me besó en un mal momento…

-Ya veo, celos –rió bajito-.

-No lo sé, y no me importa. Sólo le pido discreción con el asunto. De momento no me interesa de que ella se entere de que sigo vivo. Tengo en el dinero que necesita y me quedaré con la casa, pero no quiero que nadie sepa que hago aquí o quién soy ¿entendido?

-¡Por supuesto!-contestó contento-. ¡Pero usted no tiene que pagar! ¡Con un afeitado me sirve! Usted afeitó a mi hermano, ¿sabía? Fue con su nieta a su barbería, me dijo que era un barbero exquisito. ¡El mejor que había visto! ¿Se acuerda de él?

-No –como para no acordarse, había sido el único que había escapado a su guadaña.

-Bueno, si me afeita, le dejo la casa gratis.

-No sé si abriré el negocio de nuevo. Y no tengo una silla de barbero.

-Vayamos a mi casa, allí tendrá todo lo que necesita. ¡Y no se preocupe! Mi mujer y yo íbamos a mudarnos en cuanto vendiésemos la casa y a mudarnos a Escocia. En cuanto me afeite y se instale, nos iremos sin decir nada. ¡Prometido! Pero debo advertirle… que sonidos raros embargan a esta casa de vez en cuando, nadie sabe de donde provienen, no creo que…

-No se preocupe, sobreviviré.

-Está bien. ¡Vayamos pues! ¡Hacía días que necesitaba afeitarme!


Una vez terminó de afeitarle y de aguantar todas las alabanzas, recibió por fin las llaves de la casa y pudo instalarse. Había dos habitaciones en la casa, una a la derecha del baño y la otra enfrente. Se puso en la de la derecha, era algo más oscura, cambiando los colores rojizos por los verduzcos. El antiguo dueño de la casa se fue con su mujer a Escocia y le dieron las llaves de su casa. Si la vendía, podría sacar un gran pellizco con el que terminar de amueblar la casa. Fue entonces, cuando escuchó sonidos procedentes de alguna parte, con matices de eco. Pensando y pensando, se dio cuenta de que el sótano era lo único que no había visto. Bajó despacito, y se encontró en un pasillo de piedra, al mirar a la izquierda un poco más adelante, se veía lo que servía de bodega, actualmente vacía. Vio un par de ratas y descubrió de donde venían los sonidos de "la casa embrujada". Pero el pasillo seguía y al fondo se veía un giro a la derecha. Decidió seguir las galerías, dejando señales en las paredes con la pintura roja que el "amable" y pesado señor le había regalado porque a él le sobraba. Lameculos –pensó el Sr. Todd cuando se la dio.

Pronto se dio cuenta de que las galería donde estaba, eran las alcantarillas de Londres, y por consiguiente, las catacumbas de St. Dunstan's. No podía haber elegido una casa mejor –pensó orgulloso de su buena suerte. Encontró varios cadáveres en el camino, monjes, supuso, lo que le venía de perlas para esconder las pruebas de sus asesinatos. Supuestamente, y pronto se dio cuenta también, las alcantarillas seguían los patrones de las calles de Londres y algunas se metían bajo los edificios. Decidió averiguar algo y fue trazando el camino que creía correcto, mientras dejaba marcas rojizas en las paredes. Al poco tiempo, una luz naranja inundó los pasadizo y se acercó poco a poco. Cuando giró la última esquina, se quedó petrificado.


Este capitulo es un poco venganza contra una amiga mia ¬¬ ella sabe lo que hizo xDDD Las calles que nombro son 100 reales sacadas de internet. No se si pertenecen a Londres, ya que no se especificaba mucho, aunque eso busqué. Para desgracia mía, no salían ni Bell Yard ni Fleet Street, así que no estoy muy segura. ;) ¡RR please!! ¡Que me teneis a dos aguas!