Se que parezco disco rayado, y a lo mejor están cansadas de todo esto, pero MUCHAS GRACIAS. No saben la infinita felicidad que siento cuando me llega un review, un seguidor, o un favorito, ¡oooo si!, mi corazón salta de alegría.

ACLARACIONES: El texto en cursiva puede referirse a un pensamiento o acontecimiento del pasado, depende de la situación. No creo que haya problemas en distinguir una de la otra. Ahora, sé que no les respondo mucho sus reviews, antes lo hacía, pero mi yo negativo cree fervientemente que les molestan los mensajes privados, así que sus dudas las contestaré por aquí, así todos tienen la oportunidad de leerlas.

Y Si, con apretón me refería a manoseo, toqueteo, faje, arrimón (creo que debí usar arrimón)

Con respecto al Rey de Amerrique, lo conocerán en este capítulo.

DISCLAIMER: LA SERIE DE HETALIA AXIS POWERS NO ME PERTENECE, SON OBRA DE HIDEKAZ HIMARUYA.


CAPÍTULO 10.

CONSPIRACIÓN


Estúpido.

No, doblemente estúpido.

Que va. El rey de los estúpidos.

Arthur se maldecía así mismo por haber desperdiciado una oportunidad puesta en sus narices en bandeja de oro. Lo peor es que se había dado cuenta muy tarde y ahora no estaba seguro de que esta oportunidad se repitiera.

Después de su parada al medio día, ahora por fin habían llegado a su destino poco después del anochecer. Arribaron a un campamento muy bien establecido de las tropas de Alfred a las afueras de un pequeño pueblito.

Gilbert le había dicho que el campamento y el pueblo convivían, podría decirse que en paz. Abastecían el campamento con los recursos que conseguían de la aldea, intercambiando o negociando con los habitantes en vez de sólo saquear como viles delincuentes. Arthur no pudo evitar sorprenderse de la buena moral que tenían. Obviamente si lo que Gilbert decía era cierto.

Pero eso no significaba que los soldados fueran tolerantes con todo el mundo.

Él por ejemplo, era una excepción a ese trato.

Cuando llegaron, inmediatamente Alfred se encerró en su tienda –Arthur supuso que era la suya porque era la más grande– con ocho de sus soldados al mando, incluyendo a Gilbert y Mathías, lo más seguro para discutir asuntos importantes.

Casi de inmediato, los soldados lo obligaron a bajar del caballo y con empujones fue tirado contra un árbol, sus manos fueron atadas de nuevo y esta vez su boca también mientras recibía miradas desdeñosas y burlonas de los hombres. Llevaba alrededor de una hora en esa posición cuando urdió un plan que le devolvería la oportunidad que había perdido con Alfred. Pero primero necesitaba liberarse.

No pudo haber sido más sencillo gracias al pequeño cuchillo que llevaba escondido entre sus ropas –el cual robo al medio día– lo difícil sería desaparecer del lugar donde lo habían dejado sin que los demás lo notaran. ¿Y eso como lo haría?...

En realidad no tuvo que hacer nada porque los guardias que lo cuidaban decidieron que era una tarea muy aburrida y fueron a donde sus compañeros, confiados de que no escaparía.

Y no lo haría. De hecho esta vez entraría a la boca del lobo.

Es por eso que ahora estaba donde estaba.

Se encontraba afuera de la tienda de Alfred, en la parte de atrás, donde nadie lo veía gracias a la oscuridad. Al parecer él no era de demasiada importancia como para que los guardias aún no se hayan dado cuenta de que no seguía en el árbol.

Ahora se enfocaba en vigilar la tienda para que cuando los soldados que entraron hace más de dos horas, salieran y él pudiera entrar rápidamente… Como si lo hubiera ordenado, las ocho personas salieron, dejando a Alfred sólo. Entonces Arthur entró a la gran –y sorprendentemente bonita– carpa por la parte de atrás, de manera sigilosa.

Mantuvo la vista fija en todo momento en el exterior mientras lo hacía, para asegurarse que nadie lo veía. Cuando estuvo totalmente adentro, se sorprendió un poco por el estado del lugar, ya que sin saber muy bien las razones habría pensado que Alfred era un hombre un poco desordenado. Bueno, Gilbert le había dicho que su habitación era un desastre y eso le costó muchas reprimendas de su abuelo. Pero ahora, viendo el lugar ordenado y limpio podía decir que Alfred había cambiado. Por lo que veía, la tienda estaba dividida por telones traslúcidos en por lo menos tres secciones, él estaba donde se encontraba la cama. Era sencilla y para una sola persona, pero estaba bien tendida y las mantas que la cubrían se veían suaves. Al lado había un baúl grande, del otro había un mueble con unos pergaminos encima, pequeñas cajas y un recipiente con agua con una toalla al lado. Giró su mirada a través del manto enfrente de él para divisar la sección más grande e iluminada de la carpa, en ella había una mesa en el centro en la cual se podía ver lo que parecía un gran mapa y Arthur supo que Eurasia estaba en él. También había una espada recargada en un mueble en una esquina, otros baúles, y otra mesa con libros y demás cosas.

Curioso por ver en lo que Alfred estaba trabajando, se disponía a caminar hacia esa sección mientras miraba a los lados para ver si el otro rubio aparecía.

-¡¿Qué estás haciendo aquí?!- Arthur saltó ante la varonil voz que habló detrás de él e inmediatamente se giró para ver a Alfred sin camisa, con una toalla en sus hombros y el cabello mojado, mirándolo entre curioso y enojado.

Arthur no pudo evitar mirar al otro de arriba abajo, de seguro el otro se acababa de bañar. Se sonrojo un poco ante la vista que tenía, porque a pesar de todo Alfred era muy atractivo…

Pero después frunció el ceño por sus pensamientos y se concentró en el rostro de Alfred ignorando el varonil y atractivo cuerpo que tenía enfrente.

-Quería hablar contigo- Dijo calmadamente. Alfred, indiferente al escrutinio, también frunció el ceño.

-¿Y sólo por eso te crees con el derecho de entrar a mi tienda como si fuera tu casa? Peor aún, como un ladrón ¿no podías entrar como la gente normal? ¿Por el frente?

-Si lo hubiera hecho de seguro tus guardias me habrían golpeado o amordazado- Explico cruzando sus brazos.

-Entonces tal vez deba llamarlos para que lo hagan- Alfred amenazó caminando a la entrada, hasta que Arthur se interpuso en su camino.

-Alfred no… por favor, necesito hablar contigo- Pidió con una mirada suplicante. Alfred suavizó un poco su expresión al ver la cara de Arthur, pero no se movió de su lugar. Suspiró.

-¿No puede esperar a mañana? estoy muy cansado.

-Es que… es importante, y tiene que ser a solas- Ante esto último, la curiosidad de Alfred se disparó.

-Habla rápido entonces- Dijo cruzando los brazos.

Bien.

Esta es tu oportunidad Arthur.

Así que por favor, no lo arruines. Solo sonríe y se amable.

-Yo… me preguntaba… si podría ver a mi hermano.- Dijo sereno y humilde, rezando para invocar el lado piadoso de Alfred. El otro sólo rodó los ojos con fastidio y suspiro.

-Arthur cuantas veces tengo que recordarte que eres un esclavo, no tienes ese privilegio.

-¡Pero es mi hermano! ¡Mi familia! Él es el único que me queda en Eurasia. Por favor Alfred, sólo quiero saber que está bien.

-Él está bien. Entiende que no puedo dejar que tengas contacto con él. –Arthur empezó a exasperarse.

-¡Pero sólo serán unos minutos!... te lo ruego, te daré lo que quieras –Alfred alzó una ceja con escepticismo

-No tienes nada que pueda interesarme. Mentiroso

Arthur sonrió amargamente

-No…porque me has quitado lo que has querido- Su voz herida y su mirada hacia el suelo hicieron que Alfred sintiera un poco de culpa por hablarle así después del contacto tan ameno que habían tenido al mediodía. Pero así tenían que ser las cosas le gustara o no. – Y no estarás satisfecho hasta que te lo de todo ¿no?- Y miró a Alfred con una expresión indescifrable, metió la mano en su camisa rebelando un collar de tela muy sencillo, lo pasó por su cabeza para quitárselo y agarrándolo desde la punta se lo tendió a Alfred.

-¿Qué es eso?-Preguntó levantando una ceja.

-Es un medallón que me dio mi padre cuando era niño, siempre lo he tenido conmigo, es muy sencillo, pero es muy valioso para mí. Es lo último que me queda, ¿si te lo cedo, me dejarías ver a mi hermano? Después de todo, significa que has tomado todo de mí.- Alfred parpadeó confundido ante la oferta de Arthur ¿para qué quería él algo como eso?...

Pero… si significaba tanto para Arthur y se lo tendía así, de manera tan sencilla, es porque estaba desesperado. Aun así no tenía intenciones de negociar con el chico de ojos verdes… hasta que centró su atención en la cruz que colgaba del collar y sus ojos se abrieron en la sorpresa, arrebatándoselo a Arthur.

-¿Cómo lo obtuvo tu padre? ¿Quién se lo dio?-El tono de su voz era sorprendido y ansioso.

-Ha pertenecido a mi familia desde hace mucho, desde la época de la Reina Alice. A partir de ahí ha sido transmitido de generación en generación incluso antes de que William Kirkland fuera nombrado Rey, hasta llegar a mi abuelo, mi padre y por último a mí.

Alfred no podía creer lo que veía en su mano ¿Cómo era posible?... y un gran deseo de quedarse con el collar lo invadió. No ganaría nada con él, es más, a simple vista se podía ver que no tenía ningún valor monetario. Si lo quería sólo tenía que arrebatárselo a Arthur, de hecho ya lo tenía en sus manos, no tenía que hacer ningún trato, pero aun así…

-Podrás hablar con tu hermano, un guardia te vigilara, sólo quince minutos ni un minuto más… ¿entendiste?

-Si… pero

-¿Pero? Dios santo, te aconsejo que no tientes tu suerte porque podría arrepentirme ¿sabes?- Arthur sólo se mordió el labio y abrió la boca para decir algo, pero alguien afuera gritó el nombre de Alfred, interrumpiéndolo.- No te muevas, ahora vengo.

El chico sin camisa camino a la entrada mientras votaba la toalla a un lado. Cuando salió a la noche fresca, se encontró con los rostros serios de Gilbert Y Mathías.

-¿Qué pasa?

-Alfred… Arthur escapo, los guardias dicen que sólo lo descuidaron unos momentos y cuando volvieron ya no estaba ¿mandamos hombres para que lo busquen? O esperamos hasta mañana- Mathías explico.

-No, no se preocupen, eso no es necesario… Arthur está aquí conmigo- Ante estas palabras, los rostros serios fueron reemplazados por unos de sorpresa y los dos hombres se miraron entre sí, luego sonrieron maliciosamente mirando de nuevo a Alfred.

-¿Y se puede saber qué hace dentro de tu tienda?- preguntó Gilbert con tono pícaro

-Sí Al, ¿Y cómo es que entro?-Cuestiono Mathías

-Pudo hacerlo porque los irresponsables de mis hombres se fueron quien sabe a dónde, a hacer quien sabe qué cosa y lo dejaron sólo, vino hablar conmigo de algo que les contaré mañana porque estoy muy cansado y quiero dormir, así que por favor, llévenlo de vuelta donde estaba.

-Oye Alfred ¿Lo vas a dejar dormir en la intemperie? No creo que eso sea muy considerado, digo se puede enfermar o… ¿Qué?- Mathías cuestiono ante la mirada de "¿hablas en serio?" que le estaba dando Alfred.

-Vaya, ahora tengo que ser considerado con mi prisionero

-Bueno, yo solo decía que no lo dejes dormir afuera

-¿Así que estás dispuesto a compartir tu tienda con él?- Al ponerlo en palabras, a Alfred le disgusto un poco la idea.-O ¿cedérsela?

-Pues yo tenía en mente que podía quedarse con la de Eidan, de todas formas él ya no la ocupa porque duerme con Henry.

-¡¿En serio?! ¿Duermen juntos? Pero siempre creí que se odiaban-Preguntó Gilbert intrigado

-Pues ya vez que no…

-¡Hey, hey! no me importa quien duerme con quien, ya váyanse que ya me quiero dormir.

-Bueno, entonces está decidido, descansa Alfred, no me cabe la menor duda que vigilarás muy bien a Arthur.- Mathías le guiñó un ojo-Vámonos Gil..

-¡Esperen…

-Voy detrás de ti, adiós Al, no te enojes, no todos los días tienes la oportunidad de dormir con un príncipe sensual a tu disposición. Ahh, y mañana nos cuentas como estuvo tu noche- Ahora fue Gilbert el que le movió ambas cejas insinuante con una sonrisa.

-Par de idiotas- Susurró para sí mientras entraba de nuevo. Vio a Arthur donde lo había dejado, casi. Estaba hojeando un libro que había agarrado de un mueble cercano. Qué bien. Y ahora tenía a Mathías abogando por Arthur sólo porque ya lo consideraba un tipo de amigo después de unas cuantas pláticas. Alfred suspiró. De acuerdo, nada le cuesta tener al principito cerca, además en la parte donde estaba su cama había una alfombra que le permitía andar descanso sin tocar la tierra fría. Bien podría dormir Arthur ahí. Y si no le gustaba, que se fuera. Carraspeo para llamar la atención del rubio y extrañamente se quitó un peso de encima al ver que el otro ya estaba más relajado.

-Ven. Dame tu mano- dijo Alfred extendiendo la suya.

-¿Para qué?- Ante la negativa, Alfred rodó los ojos y tomó la muñeca de Arthur poniendo alrededor un grillete de metal. Agarró el otro extremo de la cadena que lo sujetaba –que tenía un buen largo-, poniendo el otro grillete alrededor de una de las patas de su cama.

-Dormirás aquí, la cadena es lo suficientemente larga para que no tengas que estar en una sola posición, así que más te vale que te comportes.

-Si claro, como un perro al pie de tu cama ¿no?

-¿Prefieres dormir allá afuera?

-…No…

-Entonces deja de quejarte. Toma.-Alfred le extendió una manta.

-¿Qué es esto?

-Se llama sábana y se usa para cubrir tu cuerpo, o has lo que quieras con ella.-Alfred se dio la media vuelta, pero se detuvo al recordar algo-Dame el cuchillo.- Arthur abrió los ojos con sorpresa, y después se hizo el desentendido.

-¿Cuál cuchillo?

-El que usaste para liberarte, porque no creo que hayas cortado la cuerda con los dientes ¿verdad?- Con cautela y de mala gana, casi como un niño, Arthur le dio el arma a Alfred y sonrió ladeado.

-¿Acaso tienes miedo de que pueda hacerte algo mientras duermes? Si es así, tengo que decir que estoy decepcionado de que pienses eso de mí, yo no sería capaz de hacer algo tan sucio y atacar a alguien con la guardia baja. Si quisiera matarte lo haría de frente.- Alfred dio una carcajada y miró a Arthur incrédulo.

-¿Matarme tú… a mí? Por favor, la única forma en la que podrías hacerlo es matándome del aburrimiento. Y ya cállate y duérmete – Alfred le lanzó una almohada en la cara enfatizando su punto y luego salió del "cuarto", dejando a Arthur maldiciéndolo. Pero al final, Arthur se quedó callado y se acurrucó con la almohada en su sencilla cama.


Poco tiempo después, Alfred entró de nuevo ya dispuesto a dormir, con el medallón en una mano. Volteó al suelo, el otro rubio había caído como piedra, vaya, al parecer el joven príncipe no estaba acostumbrado a realizar viajes tan largos y extenuantes. No lo culpaba, él mismo también estaba muy cansado. Alfred miró un momento a Arthur en su improvisada cama. Su rostro se veía tan apacible y vulnerable. Nada comparado con la ferocidad que mostraba cuando no estaba de acuerdo con él.

Le agradaba la forma en que Arthur lo retaba.

Tan indomable…

Rebelde…

Y aunque no lo hiciera apropósito, eso solo lo hacía ver más apuesto.

Alfred no se dio cuenta que poco a poco se había arrodillado en la suave alfombra para ver al rubio de cerca. Pero el aturdimiento no duro mucho hasta que Arthur se movió para acomodarse mejor. Entonces Alfred frunció el ceño y se enderezó abruptamente. ¿En qué tonterías estaba pensando? Mejor se dirigió a un mueble que se hallaba junto a su cama donde colocaba sus artículos personales. Agarró una cajita en especial, pequeña, de oro, con la imagen de una pica negra en la tapa superior, adornada con elementos alrededor, un objeto muy hermoso. Regalo de su madre.

Lo abrió, rebelando una cadena de metal.

Colgando de ésta. Un medallón.

Un medallón idéntico al que tenía en la mano.

Idéntico al que Arthur le acababa de dar.

La pieza de madera tenía forma oval con toda la orilla surcada por relieves de hojas, dentro de este anillo había otro más pequeño y en el centro de éste, una hermosa cruz adornada con ramificaciones en sus cuatro lados. Estas ramificaciones partían del centro, donde brillaba una diminuta joya de zafiro.

Alfred se quedó mirando el medallón que su abuelo le había obsequiado cuando empezó a educarlo, hace ya más de diez años. Siempre lo llevaba con él, a excepción de las veces en las que corría el riesgo de perderlo. Su abuelo le dijo que era una pieza muy especial para los Jones, ya que había pertenecido al Rey Alfred hace mucho tiempo. Corrió su pulgar a lo largo de la reliquia y fijó su mirada en la de Arthur. Eran total y absolutamente idénticos. Sin duda hechos por la misma persona. Lo único que los diferenciaba es que el suyo tenía una joya azul, la de Arthur tenía una joya verde.

Pero ¿Por qué tenía una pieza igual? Su abuelo le explicó que ese medallón era único. Y que representaba muchas cosas.

Que en el pasado había significado un lazo muy especial e inquebrantable entre sus dueños.

Las manos delicadas de la joven mujer se abrieron, rebelando un hermoso medallón, una pieza sencilla pero muy importante para ella. Tomó la mano de su amado y enfocó sus ojos verdes en los de él.

"Te entrego este regalo como símbolo de mi devoción, para que sepas que estarás en cada una de mis oraciones, para que ilumine tu camino… te devuelva a mis brazos a salvo y te recuerde que pase lo que pase, mi amor siempre estará contigo"

Los ojos azules frente a ella la miraron con toda la ternura y amor que sentían. Envolvió el regalo en su puño. Al mismo tiempo tomó ambas manos de la mujer, besó ambas con dulzura y depósito un medallón exactamente igual en las finas manos.

"Te entrego este medallón para que sepas que si no regreso vivo, mi alma estará cuidando siempre a la tuya, que atesoro cada momento juntos, que te de la fuerza y la sabiduría para seguir y para que tu corazón espere a que el mío vuelva a su lado"

Se miraron unos instantes sabiendo perfectamente que pensaban lo mismo.

No querían alejarse el uno del otro, pero su separación era inevitable.

Lo único que pudieron hacer fue fundirse en un beso furtivo, dulce y lleno de amor como despedida.

El Rey subió a su caballo y se alejó con su ejército hacia la guerra, bajo la mirada anhelante de su reina.

Fuera cual fuera la razón de que Arthur poseyera uno igual, no tenía porque se de mucha importancia, le preguntaría a su abuelo después, pero mientras tanto, guardó el medallón de Arthur con el suyo, le dio una última mirada al príncipe y se acostó a dormir.


Elizabeta caminaba por el poco iluminado patio de servicio, donde vivía la gente que trabajaba en el castillo. Llevaba en sus brazos sábanas limpias y bien dobladas, y en su rostro, un ceño fruncido que expresaba su molestia.

-¿Eliza serias tan amable de llevarme mantas limpias por favor? Pero en la noche porque no estaré en casa hasta esa hora.-Hablaba para sí misma "imitando" la voz de Antonio. – Ese Antonio, la próxima vez no dejaré que me convenza tan fácilmente.

Pasó enfrente de algunas casas donde había algunos soldados charlando. Uno de ellos pasó a su lado, sonriéndole, pero ella lo ignoró olímpicamente. Sonrió cuando por fin vio su destino, la casa de Antonio. Llegó a la puerta y empezó a tocarla.

-Antonio ábreme, soy Eliza, traigo tus sábanas- Pero nadie respondió- ¡Hey Antonio!- Nadie abría la puerta- ¡Voy a dejar las sabanas aquí si no abres!- Nadie. Eliza torció la boca y se preguntó si Antonio aún no estaba en casa. Ash, si ese es el caso, no quiere regresar más tarde. Pero antes de darse la vuelta, la puerta se entreabrió un poco invitándola a pasar. Uf, que suerte, no tendrá que esperar a Antonio, sólo entrará rápido a dejar su encargo.

Entró cautelosamente y se dio cuenta que había algunas velas encendidas y una sombra que se movía en el cuarto continuo. Su enojo aumento.

-Antonio te estoy gritando como loca que me abras y estás nada más ahí haciéndote el…e-el…a-ah- para evitar seguir tartamudeando dejó caer las mantas y se tapó la boca con ambas manos, también porque no podía creer quien estaba frente a ella.

Un hombre alto, guapo, de apariencia elegante y gallarda, con lentes y cabello castaño, la miraba con el rostro sereno. Roderich Edelstein.

-Buenas noches Elizabeta- Dijo el hombre con su melodiosa y educada voz. Inclinando un poco su cabeza ante una dama.

-Bu-u- buenas noches… señor Edelstein- contestó sorprendida la chica, cuando ella se inclinó ante el noble, vio las ropas sencillas que llevaba y su rostro tomó un gran color rojo.-¿Cómo e-es qu-ue? ¿Cuándo-o llegó señor?

-Hace unas cuantas horas. Elizabeta, acompáñame por favor, es importante que nos informes de la situación.- ¿Nos?. El hombre le indicó a Eli que pasara al cuarto de donde él había salido y cuando lo hizo, se sorprendió al ver también a Kiku Honda y a Iván Braginski. Los tres señores feudales vivos. Libres. Aquí en el castillo. Escondidos en la casa de Antonio. Mirándola ansiosos. Junto con Antonio, Lovino y hasta Francis. Y Eli lo comprendió todo. Para eso la habían hecho venir.

-Por favor Elizabeta-san, Antonio-san nos ha informado acerca de las cosas que han sucedido, pero tengo entendido que usted ha estado más cerca del Rey y el príncipe, quien por cierto, en estos momentos se haya ausente.- La voz calmada de Kiku la saca de sus pensamientos.

-Así es señor Honda.

-Entonces ¿sería tan amable de iluminarnos con todo lo que sepa al respecto por favor?

Elizabeta asintió y con el rostro serio empezó a contar cada detalle que conociera de la invasión, desde el primer día, cuando las tropas de Alfred llegaron sorpresivamente al castillo, hasta ayer, cuando ayudó a Arthur a empacar para salir de viaje con Alfred. Mientras los seis hombres frente a ella escuchaban con atención, y en la mente de tres de ellos, se empezaba a formar un arriesgado plan.


-¿Y qué tal se la pasaron tú y Arthur anoche?-Fue lo primero que Gilbert preguntó cuándo Alfred se sentó junto a ellos alrededor de una pequeña fogata, para tomar el desayuno.

-No empieces Gilbert- Contestó aún adormilado

-Bueno, entonces ¿dónde está?- Intervino Mathías mientras se llevaba a la boca un pedazo de carne.

-Sigue en la tienda, durmiendo.

-¡Ah! ¡Entonces se la pasaron bien!- Gilbert gritó mientras reía.

-No estoy de humor Gilbert- Dijo Alfred agarrando el puente de su nariz. En verdad no lo estaba. No había podido dormir bien, vaya Dios a saber porque.

-Entonces cuéntanos para que quería hablar contigo- Habló Mathías.

-Quiere que lo deje visitar a su hermano en las celdas del castillo- Los dos hombres voltearon a verse entre sí, interrogantes.

-Y se lo negaste- Afirmó Gil.

-No, le di permiso, le di quince minutos con él.

-¿Y se puede saber porque hiciste eso? –preguntó Mathías.

-Porque uno de ustedes va a estar escuchando todo lo que tengan que decirse- El tono de Alfred explicaba lo que era obvio.

-En ese caso es mejor que les des tiempo a solas, piénsalo, si hay alguien ahí con ellos, obviamente no van hablar de lo que en verdad quieren hablar, lo mejor es que ellos crean que están solos, y alguno de nosotros escuchará desde las sombras.

-Vaya Gilbert, y pensar que ponía en duda tu capacidad de pensar. –Gilbert frunció el ceño y Alfred rió.-De todas formas gracias por ofrecerte. Sólo espero que nos enteremos de sus planes antes de que los feudos aparezcan.

-Eso quiere decir que los soldados que mandaste ayer a explorar no encontraron nada.

-Exacto, y eso me pone de malas. No quiero irme sin hallar algo, pero tampoco podemos estar mucho tiempo aquí, nos iremos pasado mañana aunque no encontremos nada.

-De acuerdo.- Dijeron los oficiales al mismo tiempo.


La noche era fría y oscura pero llena de estrellas. En los jardines de la hacienda la nieve se acumulaba en las ramas de los árboles y en las fuentes, congelando el agua, mostrando un paisaje realmente hermoso. Esta noche no estaba nevando, a lo cual daba gracias. No se quejaba, le encantaba visitar las provincias de su reino, con sus climas, su gastronomía y sus costumbres tan variadas, pero debía admitir que Rossiya no era uno de sus lugares favoritos. Claro, estaba acostumbrado al clima frío de Britania, pero Rossiya lo era cien veces más.

Aunque en este momento se sentía bastante cálido bajo las suaves mantas de su cómoda y caliente cama. Dormía plácidamente, con el sueño de la inocencia que un niño suele tener.

Hasta que una mano empezó a mecer suavemente su hombro para que despertara.

-Max…Max, tesoro despierta.- La voz de los susurros bajos pertenecía a Mary, el ama de llaves. Y una muy buena amiga.-Levántate amor, tienes que vestirte.

Maximilian empezó a despertar y a bostezar mientras se sentaba en la cama y se frotaba los ojos. Miró a Mary, quien encendía unas cuantas velas y se acercaba a su ropero. Volteó a las ventanas y no vio los leves rayos del sol que solían colarse por las cortinas cuando amanecía.

-Mmmm pero es muy temprano Mary, todavía no amanece- Hizo el ademán de volver a acurrucarse, pero Mary se lo impidió gentilmente.

-Lo se amor, pero tienes que levantarte, esto es muy importante…tu madre te necesita.- Ante esto, Max saltó de la cama y miró a su nana.

-¿Qué tiene Mary? ¿Le pasó algo?

-Tranquilo mi niño…ella…está bien- La vacilación en su voz no convenció al chico- Por favor, sólo ponte esto, de prisa Max. Tienes que venir conmigo.- El niño vio la ropa que Mary había escogido. Era sólo un conjunto sencillo negro. Camisa y pantalón. Obviamente zapatos también. Sin preguntar porque, Maximilian sólo se vistió a toda prisa, y cuando estuvo listo, él y la mujer salieron de la habitación.

Inmediatamente Mary tomó su pequeña mano y la sujetó de forma reconfortante.

Caminaron por el pasillo rumbo a la habitación real. Sin embargo, mientras se acercaban Maximilian pudo ver que los guardias no se encontraban en sus lugares designados y las mucamas que pasaban a su lado llevaban caras de tristeza, incluso algunas lloraban.

El corazón de Maximilian empezó a latir acelerado.

Algo no estaba bien.

Cuando por fin llegaron a la habitación, vio a algunos guardias afuera y en la puerta a William hablando seriamente con el doctor real. En cuanto William lo vio, Max soltó la mano de Mary y corrió a su encuentro.

-¿Qué pasa William? ¿Mamá está enferma? ¿O papá?- Su voz tenía una gran cantidad de angustia, la cual sólo aumento cuando vio el rostro acongojado del guardia real. El hombre lo mira pero no dice nada, sólo lo abraza, como un padre abraza a un hijo, tratando de transmitirle seguridad y protección.

-Mi príncipe… tiene que ser fuerte mi príncipe, por su madre, por el reino, es una carga tan injusta para un niño, pero el Señor quiso que así fuera. Sólo recuerde que no está sólo, pase lo que pase que yo lo cuidare, no me apartaré de su lado, daré mi vida para protegerlo.

Maximilian no entendía el porqué de esas palabras, pero no le gustaba nada. Entonces Andrei, el consejero real salió del cuarto y cuando vio al príncipe, también se acercó a abrazarlo.

-Maximilian… Oh Dios, no sabes cómo lo siento… no sabes lo que daría por evitarte esta pena pequeño…

¿Pena? ¿A qué se referían?

Maximilian no tuvo tiempo de pensar cuando todos en el pasillo se inclinaron, anunciando a la persona que el niño más quería ver. La Reina Catharina salía lentamente del cuarto, con una capa negra cubriendo su ropa de cama. Iba un poco despeinada y su rostro estaba surcado por lágrimas.

Se veía totalmente devastada, cansada y demacrada, pero en ese momento no importaba. Se acercó al niño y se inclinó a su altura tomando sus hombros. Miró a su hijo a los ojos y tomó una bocanada de aire que le diera fuerzas para decirle lo que pasaba.

-Sé que es difícil tratar de encontrar las razones cuando algo malo pasa cariño…pero debes entender que las cosas suceden por algo…- La Reina tomó el rostro del niño entre sus delicadas manos.- Mi amor… nuestro Rey… tu querido padre… ha fallecido…

En ese momento, el corazón de Maximilian se rompió dolorosamente en pedazos.

Una horrible sensación de soledad se instaló en su pecho cortando su respiración.

Subió a su garganta impidiéndole hablar.

Y llegó a su cabeza, obligando a sus hermosos ojos azules a llenarse de lágrimas

El Gran Libertador…El Rey Abraham… Su padre…

Estaba muerto

Su madre lo abrazaba y le susurraba palabras para darle consuelo…

Pero él no escuchaba

No sentía nada

Sólo vacío y dolor

Lo peor…

Esto era apenas el principio de sus desgracias…


Sus pasos retumbaban con eco en los pasillos de mármol gracias a sus botas negras. Su caminar era decidido y su rostro se mostraba serio. Cuando se acercó a la puerta al final del pasillo, no tuvo que decir nada ni detenerse para que los guardias que custodiaban las puertas de madera las abrieran de par en par sin ningún tipo de indicación. Ellos sabían que él no tenía que anunciarse.

Detuvo su paso apresurado al entrar a la habitación y lentamente se acercó al centro de la misma. Se arrodilló en una rodilla y bajó la cabeza en un gesto de respeto. Se mantuvo así hasta que el otro habló.

-Alejandro, me alegra verte. Supongo que ya tienes noticias.- Dijo una voz masculina.

-Si Su Majestad, el barco que mandó a Eurasia toca puerto mañana, nuestros soldados se instalaran en Hispania, van a esperar su arribo. – El cabello semi largo del joven se movió cuando por fin levantó la cabeza, rebelando unos lindos ojos chocolate.

-Muy bien.- El hombre treintañero, se levantó del escritorio donde había estado trabajando. Su piel era morena, mucho más que la del joven frente a él. Su cabello era oscuro, sujeto en una coleta con mechones de cabello enmarañado, un estilo un poco… extraño para un noble. El Rey de Amerrique. Carlos Avila.- Quiero que dejes todos los asuntos de Baja Amerrique en orden. Pronto partiremos. Tenemos muchos asuntos que discutir con los nuevos gobernantes de Eurasia. - Sonrió. Su contextura robusta y su voz gruesa lo hacían más intimidante, recordándoles a todos en el castillo que él era la máxima autoridad, pero la sonrisa simpática que le dio al joven, delataba que era una persona muy accesible.

-Lo que usted diga mi Rey- El llamado Alejandro asintió pero no se levantó del suelo. En cambio el Rey se dirigió a él y le puso una mano en el hombro, el joven le devolvió la sonrisa y se levantó para salir detrás de su Rey de la habitación.


Wooo cada vez hago los capítulos más largos, espero que les parezca bien porque será así a partir de ahora, me he dado cuenta que faltan muchas cosas más por mencionar.

Como se imaginarán, Alejandro es México y el mero mero Rey Carlos, obviamente Cuba.

Ya saben, dudas, aclaraciones, comentarios, críticas, recomendaciones, todo es bien recibido. Lo aclarare con todo gusto!