† Kyūketsuki †
By: ANAIVIV y Mussainu
Disclaimer: Inuyasha sigue perteneciendo a Rumiko Takahashi pero la historia es de nuestra autoría.
—aaa— diálogos
—aaa— pensamientos
IX. Por ella.
Llevaba ya dos días encerrada en su habitación y por como iban las cosas en su cabeza, no pensaba salir en un buen rato. Se sentía una cobarde por haber dejado a Inuyasha cuando en ese momento tan íntimo lo había visto más vulnerable que aquella vez en que supo su "secreto". ¿Es que no él le había dicho que le prometería la luna si tan solo ella se quedara junto a él, y ella, desvergonzadamente, le había dejado una nota diciéndole que no era necesario? ¿Es que ese papel no significaba que ella permanecería junto a él? Sí, una grandísima cobarde era lo que era.
—Deja de dar vueltas en círculos en la alfombra sí es que no quieres que se arruine. –dijo una voz desde el exterior de la habitación de Kagome.
—¿Qué quieres Akuma? ¿Es que no hay alguien más con quien puedas desquitar tu sadista deseo de lastimar?
—Sí, pero Tú siempre has sido mi juguete favorito.
—Me siento tan halagada pero déjame dejar algo bien claro. No soy juguete de nadie.
—Au contraire, mon amour. –respondió con la misma calma que usaba con ella. —¿Es que no fuiste el juguete de ese asqueroso Hanyou hace dos días? –con gran gusto escuchó como el frenético pasear se detenía abruptamente.
—No sé de que me hablas.
—¿No? Pensaba que serías un poco más inteligente. Kagome, mi querida Kagome, pensé que sabías que YO, soy un vampiro antiguo y pocas cosas pasan sin que yo sepa.
—¿Entonces porqué no detuviste a Naraku si sabías que él era el poseedor de la perla? –contestó, poniéndose a la defensiva ya que lo menos quería era que el hombre más inescrupuloso se interesara por lo que había sucedido con Inuyasha.
—¿Y qué diversión tendría si no hubiera una lucha de por medio?
—Eres un maldito bastardo, ¿lo sabías?
—Deberías de cuidar tu vocabulario si es que no quieres que tu precioso hanyou sufra un pequeño accidente a manos de Sergei.
Se había materializado justo detrás de ella y Kagome nunca notó el momento en que él había penetrado en su habitación ni mucho menos cuando se había colocado detrás. Ese hombre se debía de manejar con cuidado. La amenaza que más temía ya estaba sobre la mesa junto con las demás cartas en juego. Ya existía una guerra declarada contra los Jāku y ahora venía él con su omnipotente y cautivante presencia a dejar en claro que mataría a Inuyasha si es que éste se entrometía en sus planes, pero conociendo a Akuma como ella lo conocía sabía que si le parecía "bien" matar a sus Inuyasha, lo haría sin titubear.
—Él no tiene nada que ver con esto, así que no tienes porque soltar amenazas, ni para atacarle.
—Equivocada, de nuevo. –Akuma estaba disfrutando grandemente de ver como ella reculaba lentamente y al mismo tiempo mantenía ese aire altivo que le decía claramente, que dada la oportunidad, ella le sacaría los ojos con sus propias uñas, más él no era un obstinado altruista y no empezaría ahora que el juego empezaba. —Él está tras esto, ¿no? –dijo alzando la perla en el aire mostrándola como un trofeo. —… y para mí, eso es razón suficiente. No es que para mis anteriores acciones hubiera necesitado incitación alguna.
—Eres un maldito.
—Eso me han dicho. –respondió sin ninguna preocupación. —Por cierto, esta noche es La Noche. Necesito que te prepares como es debido. Deberás estar lista a las 8, espero que no me decepciones.
—¿Ésta noche? ¿Qué sucederá ésta noche?
Tomando en cuenta el resultado de la búsqueda de la perla y el brillo en esos ojos, podía fácilmente adivinar que esa noche tendrían que "defender" la Shikon no Tama de los Jāku.
—Creo que ya sabes de que es lo que hablo.
La puerta se cerró tras él con un pequeño temblar ocasionado por el portazo que dio, probablemente por la exaltación de que pronto estaría en una batalla, por no decir épica. Los cuadros dejaron de tambalear quedando inclinados ligeramente hacia la izquierda; una lámpara había caído evitando su rompimiento al caer en la alfombra que recubría la amplitud del cuarto; el vaso, que ella siempre mantenía en la mesa de noche, amenazaba con perder el equilibrio y estrellarse, o por lo menos derramar su contenido. Todo eso y más sucedió, y Kagome seguía estática en su lugar. Un ojo experto hubiera divisado ese movimiento en sus puños, producto de la rabia contenida. Akuma siempre lograba ponerla de mal humor y a la defensiva.
—¿Qué es lo que descubriste? ¿A dónde has ido? ¿Por qué tu ropas están manchadas de sangre y lodo? ¿Encontraste a Kagome–sama? ¿En dónde se encuentra la Shikon no Tama? ¿Porqué has regresado hasta ahora?
Tenía el ánimo y el humor por los suelos, y las constantes interrogantes de Miroku no hacían nada más que empeorarlo. Kagome, la mujer en quien más confiaba, le había traicionado. Inuyasha quería descargar su ira sobre algo o alguien, y más le valía a cualquiera de ellos mantenerse a 2 metros de distancia si es que apreciaban su salud.
—Basta ya. No estoy de ánimo como para que me acosen con tantas preguntas sin sen…
—La perla se encuentra cerca. Puedo sentirla. –le interrumpió Kikyo.
—¿Lo dice enserio, Kikyo–sama? La vez pasada dijo que no podía sentir los fragmentos con seguridad y ésta bien podría ser una confusión.
—Es verdad. –aseveró Inuyasha. —La perla se encuentra cerca. Si la perla está por aquí, estoy seguro de que podré encontrarme con Kagome o por lo menos alguien que me pueda llevar hacia ella. Necesitara mucha ayuda divina porque no le creeré tan fácilmente después de lo que me hizo pasar.
—¿Vienes, Inuyasha? No podemos esperar mucho. Si la perla se encuentra cerca, como asegura Kikyo–sama, no podemos perder tiempo.
—Keh.
—¿Qué habrá sucedido? Desde que desapareció ayer, no ha estado más que enfadado y enfureciendo por cualquier cosa.
—Su humor no es algo por lo cual preocuparse pero tienes razón. Ahora se encuentra más irritable que nunca, y eso mi querida Sango, ya es decir mucho. Estoy solamente suponiendo, pero creo que su cambio de humor tiene que ver con Kagome–sama.
—¿Cree que ya la haya visto?
—Es un probabilidad. Ten en cuenta que ésta es su época después de todo.
—Probablemente tenga razón, y si no la ha visto puede que hoy sea la oportunidad y dudo que sea en una situación grata.
—¿Por qué lo crees?
—Podría llamarlo intuición femenina.
—¿Y tu intuición, te dice algo sobre nosotros?
—No creo que funcione así, más déjeme asegurarle que si no retira su mano pronto, tendrá solo una de la cual preocuparse.
—La maldición Sango, la maldición. –respondió oscuramente, enseñándole la susodicha mano.
—El Kazaana desapareció cuando matamos, o por lo menos eso creíamos, a Naraku, y la excusa de la mano maldita ya dejó de ser válida.
—Puede ser que mi agujero negro haya desaparecido, más la mala y perversa energía, sigue presente sin querer desaparecer. Lo más trágico y deprimentes es que aún no he encontrado cura.
—Eliminando la fuente, le aseguro de que no vuelve.
—Que mala eres, Sango. Yo siempre preocupándome por ti, y tú solo me golpeas injustificadamente. Y ahora amenazas con mutilarme.
—¿Injustificadamente? Hum, creer que todavía tiene la desfachatez de decirme mala cuando usted es un pervertido.
—Esa, es un razón bastante discutible y apuesto las peludas orejas de Inuyasha, a que no es verdadera. Pero nunca, y hago énfasis en el nunca, he amenazado, ni comenzaré a hacerlo, en mutilar tu perfecto cuerpo. Sería un sacrilegio. Semejante belleza debe ser guardada para la posteridad.
—De… deje de decir tonterías.
—¿Tonterías? Yo solo digo las cosas verdaderas. Una belleza como la tuya solo puede encontrarse en todas las ninfas unidas y aún así, no podrían ser igualadas. –respondió, tomándole el rostro entre las manos. Parecía que estaba midiendo sus palabras con la verdad, y por el ceño en su rostro se podía decir que se encontraba legítimamente confundido. —San… –probablemente fue causa de los nervios, porque su voz sonó lastimeramente aguda. Después de pasados los segundos, y de haberse aclarado la garganta, decidió que ya era momento de continuar. —Sango, he de preguntarte algo… ehm… importante y… probablemente muy personal.
—¿Qué… qué sucede?
—Me gustaría saber sí…
—Eh, Miroku, Sango. –gritó Inuyasha, bastante exasperado. Les miraba con el ceño fruncido, desde lo alto de una pequeña colina.
—¿Qué sucede Inu…Yasha? –preguntaron ambos al mismo tiempo separando las palabras en una clara muestra de exasperación. Pareciera que tanto Miroku como Sango querían continuar la conversación.
—Tienen que ver esto. Parece que ésta noche será "interesante".
—¿A qué te refieres?
—Solo sube.
—Podrías fácilmente decirme qué es lo que sucede.
—No sería lo mismo. No podría explicarlo.
Era verdad. Probablemente no existieran suficientes palabras o sinónimos como para lo que se suscitaba debajo de esa colina. En donde antes había un mar de jade provisto por la cuidada grama, ahora había una marea de siluetas que se movían al unísono. No era mucho lo que se podía escuchar, más sin embargo lo que se lograba colar por sobre los tranquilos murmullos nocturnos, era suficiente como para erizar los cabellos de la nuca.
Gruñidos. Las siluetas gruñían feralmente. En un suave movimiento de la luna, saliendo de su ocultamiento de detrás de una nube, ésta pudo iluminar la marea y dejar ver lo que en realidad eran esas siluetas. Personas. Miles de ellas probablemente. Un nuevo movimiento del astro celeste mostró que la poca superficie del suelo que no estaba cubierta por gente, estaba plagada de hojas finas de color platinado. Armas.
Un verdadero, y enfurecido, ejercito se preparaba a atacar. ¿Pero a quién?
—¿Quiénes son? –se atrevió a pregunta Miroku después de haber salido de su azoramiento.
—Vampiros. –le respondió Kikyo.
—¿A quienes van a atacar?
La respuesta se dio a conocer cuando detrás de las puertas de la mansión, en la que estaban apostados afuera los vampiros, salieron cuatro personas envueltas en el manto de las sombras. Parecía que no sabían que había una tropa esperándoles afuera ya que no llevaban armas con las cuales defenderse, y sin embargo no se mostraban sorprendidos. ¿Es que pensaban enfrentarse a mano limpia? Debían de estar completamente locos.
—¿Y ahora ellos quién demonio son?
La luna, la única iluminación disponible y confiable, brilló sobre las sombrías figuras iluminándoles por vez primera el rostro. Tres caras era completamente desconocidas pero la de la de extrema derecha era enfermizamente familiar. Ahí, con el cabello ondeando salvaje y enfundada en un pecaminoso traje color vino, que se adhería a ella como una segunda piel, se encontraba Kagome y sin embargo no era ella. Ni siquiera Inuyasha, que la había visto hacía ya unas horas, la reconocía como la misma mujer.
—¿Kagome–sama?
—¿Kagome?
—¿Qué demonios hace esa tonta mujer? ¿No sabe el peligro en el que se encuentra? ¿Es que no ve que hay una miríada esperándoles?
—Ella lo sabe.
—¿Kykio?
—Mírala bien, Inuyasha. ¿Qué no es a eso a lo que viniste? Anda, observa bien a tu "Kagome".
—No deberías de disfrutarlo tanto, Akuma. –reprochó Raynard.
—¿Bromeas? Nunca pensé que podría divertirme tanto. En mis siglos de vida jamás imaginé que mis enemigos vinieran a mis pies a morir. Es hilarante.
—Takiira, Kagome. –ambas mujeres se voltearon a encararlo. —Simplemente no mueran.
—¿Preocupado, Raynard–kun?
—No Takiira, solo soy previsivo. Sería bastante molesto tener que empezar desde cero.
—¡Akuma! –exclamó una voz de entre la multitud, la cual Kagome reconoció como la del anciano Shinju. —Devuélvenos la perla y evitaremos un innecesario derramamiento de sangre.
—Ja. Eres gracioso, Shinju. Nosotros no sangramos. Polvo eres y en polvo te convertirás. Recuérdalo.
—Fue un hablar en sentido figurado. ¿Nos darás lo que es nuestro por derecho? –claramente ese hombre estaba perdiendo la paciencia.
—¿Y qué diversión habría en eso? Estoy seguro que tus "hijos" estarán más que ansiosos de destazarme. Así que, ¿Porqué negarles el placer?
—Déjenos manejar esto, Shinju–dono. –intervino un hombre que se encontraba al lado del enjuto hombre. —Además tiene razón. Estamos ansiosos de desmembrar a ese bastardo. Es una vergüenza para los de su raza.
—Mantén la calma Tetsu. No sabes lo que ese hombre nos haría si nos descuidamos.
—Demo…
—Basta. He dicho que no nos debemos de apresurar.
—Déjalo, Shinju. Mientras más rápido empiece la diversión, mucho mejor.
La conversación no continuó. Una daga, no mucho más grande que una mano y afilada como una navaja de afeitar, fue arrojada desde algún lugar desconocido de entre la furiosa multitud. El cuchillo iba dirigido a Akuma quien con facilidad inimaginable la evadió dejando que ésta se incrustara en el marco de la puerta.
—¿Comenzamos? –dijo el sangriento conde, mostrando sus blancos dientes en una mordaz sonrisa.
Las cuatro figuras desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, dejando solo el espacio vacío en el umbral de la puerta. El ejercito empezó a compactarse de tal manera en que los ancianos, como el honorable Shinju, y las mujeres se mantuvieran protegidos en el centro. Los hombres, que se encontraban dispuestos alrededor del círculo, se pusieron a la defensiva esperando que muy pronto se suscitara un ataque de parte del bando contrario.
Una risa, oscura y maníaca, empezó a inundar el páramo mientras que una niebla gris y espesa empezaba a acumularse a los pies de la multitud. Poco a poco el ejercito comenzó a diezmarse a la par que la risa crecía volviéndose más siniestra y la niebla se espesaba.
—Por Dios. –exclamó horrorizada Kagome. Llevándose las manos a la boca miró estremecida como a poco las personas desaparecían.
No era niebla lo que ella creía que era esa nube grisácea, sino que eran los cuerpos de los Jāku, o por lo menos lo que de ellos quedaba. Akuma, ese atractivo joven y sádico conde, se estaba divirtiendo al matar inmisericordiosamente a sus desprevenidos enemigos. Si los vampiros pudieran sangrar en su muerte, el césped estaría presentando un brillante color granate.
—Bailen mis marionetas, bailen. –al parecer, Takiira se había contagiado de la energía de Akuma. Su sed de sangre era casi desesperante. A Kagome se le antojo muy parecida a Kagura.
—Me siento enferma.
—Es normal. –comenzó Raynard, que de alguna forma se había materializado junto a Kagome en una parte relativamente alejada de la masacre. —Las primeras veces en que salí con Akuma a "cazar" estuve vomitando la mayoría del tiempo. Supongo que después de tanto tiempo de conocerle ya no me sorprende lo que haga.
—¿Lo dices enserio?
Raynard simplemente se encogió de hombros y desapareció en un rápido movimiento. En destellos se le podía divisar entre la multitud pero de la misma manera en que aparecía se desvanecía dejando la vaga sensación de creer que probablemente él nunca estuvo ahí.
—Mierda. –masculló Inuyasha antes de salir disparado hasta donde estaba Kagome, que por estar distraída no se había dado cuenta de que uno de los hombres del bando contrario se encontraba a su espalda y balanceaba peligrosamente una afilada espada. Estaba apunto de morir y ella no se percataba de ello.
—Inuyasha.
—Tengo que ayudarle. –respondió a la implícita súplica de Miroku.
—Supongo que nosotros también debemos de ayudar, ne?
—Kagome–chan es nuestra amiga.
Se unieron en la encarnizada lucha con la única razón de proteger a su amiga. Kagome, quien al verlos no pudo reprimir un chillido, una mezcla de asombro y gozo, les sonrió con el corazón como siempre lo hacía. El momento de la reunión no duro demasiado ya que algunos Jāku que se encontraban escondidos entre los ramajes, decidieron salir a pelear y atacar a los que ellos consideraban los más débiles. Peligrosa equivocación.
Kagome esquivaba los sablazos provenientes de tres hombres. Decidiendo que atacando por separado no conseguirían nada, decidieron asestar sus golpes al mismo tiempo ya que si ella podía esquivar uno, no podría con los demás. Utilizando una pequeña daga, que portaba en una funda de la pantorrilla izquierda, se protegió del ataque de una espada y con agilidad logró alejarse lo suficiente para que el filo de otra no le asestara contra el pecho pero no corrió con la misma suerte al tercer intento.
Un dolor punzante estaba presente en su antebrazo y al parecer no se iría muy rápido tomando en cuenta que la daga utilizada para atacarla, y que anteriormente estaba en posesión de uno de sus agresores, estaba incrustada firmemente en su carne. El maldito le había atacado cuando se encontraba acuclillada después de mantener el equilibrio con el salto que había dado para huir de uno de sus atacantes. Que cobarde.
—Vaya, vaya parece que no siempre se puede esquivar un ataque. Aún siendo tú la tan nombrada Kagome.
—Y mucho menos se puede esquivar cuando viene por detrás. Un golpe así es solamente perpetrado por un cobarde.
—No me gusta esa palabra. Podrías decir mejor que soy un hombre precavido que piensa en su propia seguridad.
—Teniendo esa manera tan egoísta de ver las cosas no lograrán nada en un futuro. Pensando solamente en el bienestar de uno mismo es algo inconcebible.
—¿Es que piensas darme una lección de moral antes de que mueras?
—No precisamente. Pensaba hacerlo antes de que TÚ murieras.
—Pero de qué urgh…
El pobre hombre no había tenido oportunidad de realizar un segundo ataque. Su pecho había sido atravesado por una espada, la Tessaiga. Inuyasha miraba con cierto orgullo como es que su enemigo se convertía en polvo ante sus ojos. Primero desaparecían los pies y lentamente el resto del cuerpo. De no ser por una muerte, ese espectáculo sería una cosa grandiosa de ser visto. La frase, polvo eres y en polvo te convertirás nunca estuvo mejor aplicada.
—Mujer tonta. –comenzó Inuyasha una vez que los restos de ese hombre volaban con la brisa. —¿Es que eres tonta o simplemente necia? ¿No pudiste quedarte como te lo pedí?
—Tengo mis razones para no quedarme.
—¿Te importaría compartirlas?
—Son… personales.
—¿Qué demonios? Kagome, más te vale que me digas que es eso tan importante como para unirte a semejante calaña.
—Y yo dije que son razones personales.
—Y una mierda.
—Kagome. –de un solo y preciso salto, Raynard se colocó detrás de ella envolviéndola protectoramente con un brazo.
—¿Y quién demonios eres tú?
—Kagome, no pierdas el tiempo. Falta poco para el amanecer y parece que Akuma quiere terminar con esto antes de que el Sol lo haga.
—Te pregunté que quién eras tú.
—Cállate. No tengo porque responderle a una basura como tú.
—Temee.
—Inuyasha. Basta.
—¿Así que ÉL era esa razón tan personal? Debiste de habérmelo dicho antes.
—Kagome. –Raynard le había extendido la mano. —Akuma nos llama.
—Hai.
—Temee.
—No interfieras Inuyasha.
No podía decirle que no deseaba que él estuviera involucrado en la pelea ya que si Inuyasha decidía participar probablemente estaría en peligro. Akuma no diferenciaría amigo de enemigo estando en una acalorada situación. Akuma ya le había advertido que si él interrumpía no se detendría a pensar y solo protegería la Shikon no Tama.
—Baka. Solo deja que me encargue de esto y cuando por fin tenga la perla en mi poder pediré que nada de esto haya sucedido y así poder volver a estar junto a ti como antes. –ese había sido el deseo de Kagome desde el primer momento en que decidió unírseles a Akuma y a los demás.
—¿Qué te sucede?
—Ah, no nada. Solo estaba pensando.
—Ese hanyou es muy estúpido.
—¿Perdón?
—Ahí viene.
Y efectivamente, Inuyasha estaba prácticamente volando de tan rápido que corría. Con el ceño en su frente y la forma en que apretaba el mango de Tessaiga se podía adivinar que estaba furioso. Por la manera en que su mirada, penetrante y oscura, estaba fija en Raynard se podía ver que su primer objetivo sería el acompañante de Kagome.
—Temee.
Raynard, siendo hombre de tantos años que le proveyeron sabiduría, esquivo la embestida de ese testarudo hanyou logrando que el ceño de Inuyasha se frunciera más. Si las cosas continuaban, Inuyasha estaría en problemas. Era cierto que él era un mitad bestia ágil y rápido pero Raynard. Raynard era algo diferente. Él era un vampiro de ya varios siglos de existencia y no un youkai poderoso. Inuyasha debería de andarse con mucho cuidado si es que no quería salir lastimado pero conociéndolo, como solo Kagome le conocía, era ya seguro de que él no pensaría mucho antes de atacar.
—Matte, Inuyasha.
—Deberías de preocuparte más por lo que está a tu alrededor. –dijo en un suspiro una voz detrás de ella. —No sabes que podría pasar. –con una frialdad propia de un despiadado enemigo, uno de los hombres a los que antes se había enfrentado sacó una wakizashi enterrándola en el costillar de Kagome.
Si el dolor en el antebrazo era malo, la apuñalada en las costillas era un martirio. Podía sentir como la tibia sangre empezaba a hacer contacto con su piel. Más no era momento de estar pensando en el dolor cuando había alguien que amenazaba con volver a atacarla. Si quería salir con vida de ese encuentro, en el que hubiera podido terminar con facilidad de no haber sido por las dos heridas en lugares bastante específicos para el movimiento, tenía que mantenerse alerta. ¿Más cómo hacerlo cuando Inuyasha descuidadamente contra un poderoso rival?
Por el otro lado, Miroku y Sango se vieron atacados por una horda de furiosas personas de ambos sexos y de todas la edades, tomando en cuenta de que el círculo protector que habían hecho los hombres más fuertes y jóvenes se había visto casi completamente destruido por Akuma solamente.
Se escuchó un ruido seco, como de un madero cayendo en el suelo, y después un borboteo seguido por una maniaca risa. Akuma tenía un cuchillo atravesado en la garganta del viejo Shinju de tal manera en que el dolor seguía pero la muerte no llegaba. Una despiadada forma de torturar. Kagome estaba segura de que el joven conde dejaría que Shinju–dono se ahogara con su propia sangre antes de darle una muerte digna de un buen contrincante.
—¿Ahora que van a hacer? Su líder ha muerto. Ríndanse.
Un suspiro comunitario empezó a dejarse escuchar por el bando contrario. Estando Shinju–dono muerto, o en proceso "de", por el gorgoreo de sangre, no había casi ninguna posibilidad de victoria. ¿Qué hacer? Esa era la gran interrogante en las mentes de los Jāku.
—No olviden que todavía tenemos a la nueva cabeza del clan. –gritó uno de los hombres. —Él puede ayudarnos.
—Es verdad. –asintió otro.
—¿Pero en donde está?
—¿Alguien ha visto a la nueva cabeza del clan?
—Yo le he visto. –intervino una mujer. —Estaba con esa extraña mujer que vino con los intrusos.
—¿Dónde los has visto?
—Detrás de esos árboles.
En un desesperado intento de salvación, la mayoría de los hombres se dirigieron hacia donde la mujer les había indicado. En efecto, ahí se encontraba el nuevo "jefe" del clan y tal como lo había dicho la mujer, él estaba en compañía de esa extraña mujer.
—Naraku–sama. –exclamó uno de los hombres que fue en su búsqueda. —Necesitamos de su ayuda. Shinju–dono ha muerto y necesitamos quien nos ayude a acabar con ese demonio.
Mostrando su más sardónica sonrisa, Naraku le miró. —¿Y porque tendría que ayudarles a un montón de imbéciles?
—¿Naraku–sama? No entiendo.
—¿Para que darles mi apoyo a un puñado de inútiles cuando puedo muy bien tomar la perla con mis manos y evitarme el trámite de cumplirles un deseo que nunca pensé en realizar?
—¿Entonces nos estuvo engañando? Shinju–dono tenía razón, nunca debimos confiar en alguien como usted.
—Es verdad. Debieron escuchar a ese decrépito anciano.
De detrás de un árbol salió Kagura portando como siempre su abanico. Sus labios no soltaron ningún sonido pero todos sabían que es lo que era. La mujer del abanico era un demonio despiadado y servía a las ordenes de Naraku.
—Corran. –gritó el mismo hombre que había acudido en pos de su "salvador".
Del cielo, negro y siniestro, salieron remolinos de viento que destazaron todo lo que había a su paso. Los que no eran asesinados por el poderosos remolino, se veían atraídos a su centro en donde la fuerza era tal que casi podían sentir la carne siendo arrancada de sus huesos.
—Idiotas. –dijo Naraku antes de desaparecer en busca de Akuma. —Después de todo, unirme con estos estúpidos Kyūketsuki no fue tan pésima idea. Con Akuma distraído por los demás, e Inuyasha, cuya presencia no esperaba tan de repente, enfrascado en una pelea con el segundo más fuerte, no me será muy difícil obtener la perla.
—Naraku. –bufó Inuyasha después de sentir su aroma en el aire.
—No te distraigas hanyou, bien podría costarte la vida. –aunado a sus amenazas, Raynard hundió sus garras, tan afiladas como una espada, en el pecho desprotegido de Inuyasha.
—Ugh. –se dobló sobre su cuerpo tratando de controlar el dolor y los espasmos. Escupió una buena porción de sangre en el suelo antes de estabilizarse. Se sentía mareado. ¿Ese vampiro poseía veneno en las uñas como Sesshômaru?
—Inuyasha. –gritó Kagome. Corrió lo más rápido que pudo hasta llegar a él. Si las cosas continuaban, Inuyasha moriría.
—Vete. –le gritó el hanyou, empujándola hacia un lado. —Esto es una pelea entre hombres.
—¿Eres idiota? ¿No ves que él es más fuerte y rápido que tú?
—Eso no me detuvo antes.
—Esto es diferente.
Inuyasha no le respondió, sino que de un solo empujón la lanzó lejos. Ya era un problema encargarse de ese vulgar vampiro y no quería tener que preocuparse más por que Kagome estuviese en peligro.
Raynard adoptó una pose que ella conocía demasiado bien. Él estaba dispuesto a acabar de una vez por todas con ese enfrentamiento. Inuyasha no tendría ninguna posibilidad de poder salir bien librado de un ataque como ese, no cuando le costaba tanto trabajo respirar por una herida en el pecho.
Inconciente de que pronto un ataque decisivo sería lanzado en su contra, Inuyasha permanecía con una defensa relativamente baja. Plantó firmemente los pies, temiendo que pudiese tambalear, y apretó más fuerte la empuñadura de la herencia de su padre. No se dejaría vencer tan fácilmente.
Solo fue cuestión de unos cuantos segundos para que todo terminara. Había sangre en el suelo, en las manos de Raynard, en el cuerpo de Inuyasha, en el rostro de ambos y en el cuerpo de Kagome. Los tres respiraban agitadamente. La adrenalina seguía corriendo por sus venas haciendo casi imposible darse cuenta de que es lo que había sucedido hasta que Kagome escupió una buena cantidad de sangre en el piso.
Aún asombrado, Inuyasha miró hacia abajo, entre él y Raynard se encontraba Kagome y atravesándola se encontraba la mano del Kyūketsuki. Kagome, tan descuidada y preocupada como siempre, se había interpuesto entre ellos recibiendo el golpe de manera directa.
—¿Qué… qué es lo que hiciste mujer estúpida? –dijo Inuyasha sosteniéndola antes de que cayera en el fangoso suelo.
—Por una vez quise serte de ayuda Inuyasha. –empezó Kagome con la voz cortada.
—Baka.
—¿Sabes porque es que me fui de tu lado ayer? Fue porque Akuma sabe como usar la perla de Shikon. Pensaba que si me enteraba de cómo es que funcionaba probablemente pudiera robarla y pedirle que todo lo que pasó en estos años se olvidara pero… –le manchó el haori blanco con su sangre cuando tosió. —… supongo que eso no se podrá hacer. Aunque no me arrepiento de lo que acabo de hacer. He podido verlos por una última vez, te he ayudado, que es lo que más deseaba, poder serte útil, y además cuando muera podré encontrarme con mi madre, abuelo y Souta.
—No digas idioteces Kagome. No vas a morir.
—¿Sabías que siempre has sido un pésimo mentiroso?
—Cállate.
—Tengo sueño… Inuyasha. –dijo entrecerrando los ojos.
—No te atrevas a dormirte Kagome. Te lo advierto.
—Solo estoy un poco cansada. Cerraré los ojos hasta que me sienta mejor y después podremos salir a buscar la perla.
—Kagome, no estamos en el Sengoku.
—Claro que sí tontito. Ahí está la anciana Kaede. Mira, nos está esperando.
—Mierda Kagome, no me hagas esto.
—Kagome. –dijo Raynard, que después de darse cuenta de que la había atacado había permanecido silente.
Una fría y penetrante mirada le dio Inuyasha. Ese asqueroso hombre no podía pronunciar su nombre como si ella le perteneciera. Ella era de él y él de ella. Así era y así sería.
—No te atrevas a tocarla. –gruñó.
—Idiota. –le contestó Raynard igual de excitado. —¿Es que no ves que está muriendo?
—Es todo por tu culpa y ella… ella no está muriendo. Ella no puede morir. Ella regresará conmigo y le pediré perdón por las cosas que le hice en el pasado y entonces permanecerá a mi lado por siempre.
—¿Es que no ves que aún puedes salvarla? Ve de una maldita vez por la perla y pide que todo esto nunca hubiese pasado.
Ponderó por un momento la posibilidad de dejarla a manos de ese hombre desconocido, antes de decidir que efectivamente esa era la única manera en que podría salvarla.
—Si le haces algo te mato.
Y sin decir más, se marchó en busca de aquello que tantos problemas les había causado. La Shikon no Tama era la única manera de ayudarle y de mantenerla a su lado y no le importaba que es lo que tuviese que hacer, pero la obtendría. Todo lo que haría, sería por ella. No iba a perderla una vez más y menos cuando era de manera tan definitiva.
Capítulo terminado el 29/08/08
Momento Cultural:
Au contraire, mon amour: Al contrario, mi amor.
Demo: Pero…
Wakizashi: Espada corta.
Idea principal: ANAIVIV
Realización y Edición: Mussainu
Perdón!!
Sé que tardé demasiado pero verán… No es bueno decir excusas (niños, no lo hagan) pero es que… es que… me encandilé con unos mangas y pues no he podido dejar de leerlos XD. Además, esta si es una válida razón, tenía que estudiar para mis exámenes de textos filosóficos y de biología. No sé si ya lo había mencionado antes, pero ya los había reprobado una vez. Bueno, retomando la excusa anterior (XD), tenía que estudiar y adivinen que!! Pasé Biología con un 8 (Yay!!) y filosóficos con un / (no tan Yay pero sigue siendo bueno XD).
Tengo que decir que el próximo capítulo será el final, así que esperen con ansias y con paciencia.
Lamento tardar tanto con las actualizaciones pero es que estaba escribiendo el capítulo III de mi fic de Ranma (Por favor no digas adiós) y no me llegaban las ideas.
Espero que sigan leyendo y nos acompañen hasta el final.
Recuerden que un reviews siempre alegra el día ( o la noche, son las 10:33 pm).
Gracias por leer!! No olviden dejar su Review!! Solo denle clic en el botoncito morado en la parte izquierda de hasta abajo!! Solo son unos cuantos minutos!!
