Bueno, y aquí os presento al primer capítulo sentimental del fic (que no creo que sean muchos…), de quienes son protagonistas los hermanos Fubuki. Lo siento si me he pasado con el sentimentalismo, pero me puse en su piel y escribí, sin más (bueno, y escuchaba música triste y romántica ¬¬ quizá eso haya influenciado un poquito) Espero que os guste, y que no me matéis, porque entonces no sabréis el final del fic.
Inazuma Eleven no me pertenece.
CAPÍTULO 9
"A veces, sobran las palabras, y no hace falta decir nada. Los actos lo dicen todo"
Tobitaka tuvo una idea, de pronto. A saber a raíz de qué se le había ocurrido, solo sabía que no le apetecía seguir mirando cómo esos dos se peleaban. Shuuya y Atsuya le estaban volviendo loco. Y eso que creía que nadie podía irritarle más que el peli rosa.
-Pues me da igual, ¿vale? ¡Eres un idiota! Nadie te obliga a estar aquí, nadie ha ido a buscarte a tu casa y te ha arrastrado a este lugar, alegando que DEBES estar aquí. No has tenido que huir. ¡No tienes ni idea de la suerte que tienes! Y encima la desaprovechas –Atsuya estaba realmente enfadado con la situación del oji negro, a pesar de que este ni siquiera le caía del todo bien- Lo que yo daría por estar en tus mismas condiciones… por poder estar con quien quiero…
-¿¡Quieres dejarme en paz! ¡Me estás poniendo la cabeza como un bombo! –se quejó Goenji, más cabreado aún que su compañero. Fue el colmo de la paciencia de Seiya.
-¡Callaos! –el grito penetró en los cerebros de los otros dos, transmitiéndoles una escalofriante sensación que les hizo estarse callados. El peli morado suspiró, aliviado- ¿Por qué no vais a ver a esa tal Yuuka al instituto? Tienen recreo a la una y cuarto –Goenji y Atsuya se miraron.
-¿A qué instituto va tu hermana?
-Al mismo que va tu hermano –a Atsuya le brillaron los ojos, mirando con desesperación a Tobitaka. Este asintió. El oji verde le sonrió, agradecido.
-Entonces, vamos a verles hoy mismo –declaró el piel pálida, saliendo por la puerta, seguido de Shuuya.
-¿No vienes? –preguntó el rubio a Seiya.
-No. Será demasiado cantoso si vamos tantos –contestó Atsuya por él- Vamos tú y yo. Por mucho que me pese…
…
El chico de las nieves continuaba pensando en Atsuya, preguntándose dónde estaría, o en qué estaría pensando. No podía quitarse de la cabeza el momento en que le perdió. Cuando entró en casa y descubrió que su hermanito se había ido. Cuando le buscaba durante horas, con la esperanza de encontrarle vivo todavía. Cuando temía, con lágrimas en los ojos, que estuviese muerto… Suspiró. Habían pasado tres meses, y era como si lo estuviera. Nunca iba a verle, no le llamaba por teléfono. Y Shiro ni siquiera sabía dónde estaba viviendo. Le había visto una vez desde que decidió marcharse de casa, y en ese momento estaba demasiado nervioso y emocionado de saber que estaba bien, como para preguntárselo, aunque tampoco creía que se lo fuera a decir. La ventana era una buena alternativa a la pizarra, respecto a sitios donde mirar en clase, así que fijó su vista allí, relativamente relajada, apoyando la cabeza en su mano. Así se encontraba cuando divisó una figura borrosa a lo lejos. Llevaba una capucha. Le acompañaba otro individuo, también encapuchado.
-Vale, ya hemos llegado.
-Falta un poco para la una y cuarto –repuso Atsuya.
Shiro alzó la cabeza, apartándola de su mano.
-Esperaremos.
Sonó la campana, y el peli plata se levantó, pegando la nariz a la ventana.
-Bien, tú a por tu hermana y yo a por el mío –la otra figura asintió.
El oji verde no podía oír lo que decían esos dos, pero estaba al cien por cien seguro de que uno de ellos era su hermano. Dejó en la mesa el bolígrafo y caminó deprisa hacia el lugar en el que le había visto, como si temiera que se le fuese a escapar. Aunque no era tan extraño, teniendo en cuenta que esos tres meses eran el primer espacio de tiempo del que se separó de su hermano pequeño desde que este nació. Y habían sido los más largos de su vida.
No les dijo nada, no obstante, a sus amigos, que se le quedaron mirando mientras prácticamente corría.
Shiro llegó al pequeño jardín trasero del instituto, donde había plantados unos pocos árboles que podían ocultar a dos o tres personas. Allí era donde había visto a los dos encapuchados, desde su ventana. Sin embargo, ya no había nadie allí. Alguien le empujó contra la valla, de espaldas, amenazándole con algo afilado en el cuello. El peli plata levantó las manos, asustado.
-¿Atsuya? ¿Eres tú? –la punta del arma del chico dejó de apretarle el cuello. El oji verde lo dejó caer al césped y se apartó de su hermano. Shiro se dio la vuelta, mirando a Atsuya, sonriente- Atsuya, por fin… -fue a abrazarle, y aunque al principio el pequeño le correspondió, después le apartó con suavidad.
-Eh, déjate de mariconadas… Shiro. ¡Shiro, ya! –el mayor le soltó, nervioso- Bueno, ¿cómo te va, y todo eso? –preguntó el peli rosa, recogiendo su navaja del suelo.
-¿Qué…? ¿Desapareces tres meses y solo se te ocurre preguntarme que cómo me va y todo eso? –reprochó el peli plata, algo mosqueado. El menor bajó la cabeza, sin saber qué contestar.
-Lo siento, es que… no podía ir a verte…
-Entonces no tenías que haberte ido, ¿no lo crees?
-Yo… -Atsuya miró a la valla, evitando los ojos de su hermano mayor. No quería mentirle. No a él- perdóname, Shiro.
-Hermano… -dijo Shiro, en un suspiro- eres lo único que me queda. ¿No podrías volver a casa conmigo? ¿Tan horrible es tenerme como compañero de piso?
-Cállate… -le lanzó una mirada asesina, con los ojos vidriosos.
-No te entiendo, Atsu. De verdad que lo intento, pero no te comprendo –el peli plata suspiró, meneando la cabeza con tristeza.
…
Goenji caminaba a grandes pasos por el pasillo de las aulas de primero de secundaria. La clase de su hermana era primero A, pero no la veía por ninguna parte. Pensó que podía estar en el sitio donde sus amigos y ella siempre se quedaban en el patio. Junto a la red del viejo campo de vóley. Tampoco la vio allí. Se chocó con una chica pelirroja, más bajita que él, tirando sus libros sin querer. Se agachó para cogerlos, pero al incorporarse su capucha se bajó, y la chica soltó de nuevo los papeles que tenía en la mano, reconociéndole. El oji negro volvió a ponérsela, nervioso.
-¿Goenji?
-¿Sí?
-¿Qué… qué haces aquí? Hace días que no te vemos, ¿dónde estabas? –Goenji era el único que trataba bien a Natsumi Raimon. El único que sabía que en el fondo, tenía alma, y era humana. Ni siquiera Aki sabía eso.
-No puedo decírtelo, Natsumi. Será mejor que me vaya –suspiró, saliendo por la puerta.
-¡Espera! Si buscas a tu hermana, Toramaru me ha dicho que hoy está enferma –le informó la oji roja, alzando la voz- Te echo de menos –añadió, casi susurrando. Shuuya se paró un momento, serio, esbozó una sonrisa y siguió adelante.
…
El hermano de Shiro Fubuki respiró con fuerza, cerrando los ojos, pero sin poder contener una pequeña lágrima. Quería contarle toda la verdad a Shiro, y pedirle ayuda, quería salir de esa banda, volver a casa y no volver a meterse en líos nunca más, porque era por eso por lo que estaban allí en ese momento. Pero no podía decir nada. Ni una palabra, decía el juramento. E incumplirlo no le convenía. Un sollozo involuntario se apoderó de su cuerpo. Se sintió débil, y lleno de impotencia. De tener la solución delante de sus narices y no poder hacer absolutamente nada. Apoyó la espalda en el muro de la valla y se dejó caer contra él. El mayor se apoyó junto a él. No se había percatado de sus lágrimas. Atsuya aprovechó que miraba a otro lado para secarlas y calmarse. Lo último que quería era que su hermano se pusiera más nervioso, viéndole llorar. Él era el fuerte de los dos, y si el fuerte se derrumbaba, el otro no sería menos.
-Shiro. Espero que me perdones. Yo sí que quiero volver a casa, y… que todo esto acabe –le tembló la mandíbula, pero se controló- Pero hay un problema, y es que he prometido cosas. No contarte nada, está entre esas promesas, así que no te puedo decir qué me pasa. Lo siento, tanto… hermanito.
-¿Sabes que no me llamabas así desde los ocho años? –Shiro sonó sorprendido.
-¿Ocho? Seis, como mínimo –replicó Atsuya, intentando sonar irónico, con los ojos enrojecidos, haciendo un esfuerzo sobrehumano por aguantar.
-Ya. Entonces, ¿estás seguro de que no puedes volver? ¿Nunca más? –el peli plata se entristeció. Estaba decaído.
-No. Sí. Bueno, no sé… quizá algún día pueda. Pero no será dentro de poco, de eso estoy seguro –dijo, también triste, pero con algo de esperanza en el fondo de su corazón. Miró a su hermano de soslayo, y comprobó que él también le miraba.
-Atsu… -Shiro suspiró- te echo de menos. No sabes cuánto.
Con esas palabras, todo el lío de sentimientos y emociones que estaba hecho Atsuya se enredó más, haciendo que algo se rompiera dentro de él, y su fachada de gamberro se fue al carajo. ¿A quién quería engañar? Se moría de ganas de abrazar a su hermano, y que nada ni nadie les separara nunca más. Lamentablemente, lo segundo no iba a ser posible, pero Atsuya olvidó su orgullo un instante y, en un impulso, se apartó de la valla y abrazó con fuerza a Shiro, que no lo esperaba para nada, pero le abrazó también. No tardó mucho en darse cuenta de que el pequeño estaba llorando, y no fue por otra cosa que a él también se le escaparon unas lágrimas, de la emoción.
-Perdóname, Shiro. Lo siento… lo siento mucho… hermanito –balbuceaba entre sollozos.
Abrazados así, el peli plata recordaba las noches en las que los dos dormían juntos, por culpa de las pesadillas de Atsuya. Probablemente, él fue quien peor lo pasó con la muerte de sus padres. Era el más pequeño, y al principio no entendía muy bien por qué su madre ya no le cantaba por las noches, y por qué el mayor estaba triste todo el tiempo. Cuando empezó a comprender, Shiro era el único que lograba consolarle. Aunque los malos sueños seguían allí, al menos al despertar su hermano estaba allí a su lado, para abrazarle, igual que ahora. Ahora, el peli rosa deseaba con todas sus fuerzas que aquello solo fuera otra de sus pesadillas, y que pudiese despertar de una vez por todas. Pero un carraspeo le hizo despegarse de Shiro, mientras se secaba las lágrimas y reprimía los sollozos. Goenji había vuelto del instituto.
El peli plata miró al rubio, y luego a su hermano, después, otra vez al rubio.
-Chicos, ¿pero qué…? –Atsuya le interrumpió.
-¿Has hablado con tu hermana?
-No le encuentro por ninguna parte –contestó el oji negro.
-Está enferma –intervino Shiro.
-Lo sé -Goenji ni le miró a los ojos
-Goenji –le llamó Shiro.
-Bueno, iremos a tu casa, entonces –Shuuya asintió.
-¡Goenji! –El nombrado se dio la vuelta- ¿Lo dices en serio? Esto es… ¿vas a hacer lo mismo que Atsuya? ¿¡Te has vuelto loco o es que hay alguna razón por la que voy a quedarme totalmente solo! –gritó, enfurecido. El rubio le vio la cara, por fin, se mordía el labio. No sabía qué decirle a su mejor amigo.
-Lo siento.
-Lo siento, lo siento… ¡cállate de una vez! ¡Siempre dices lo mismo, me prometes que te lo pensarás, pero se te olvida, o no quieres recordarlo! ¡Y ¿sabes una cosa? ¡Empiezo a perder la paciencia! –Shiro, después de gritar todo eso, salió de entre el escondite de los árboles del jardincito y volvió a clase. Ya habían pasado los veinte minutos de descanso.
Preguntas y advertencias (¿?):
1: ¿Cómo ha estado? ¿Muy cursi? Hmm, no sé, es que me levanté por la mañana y no quedaban tostadas, ahí supe que tenía un mal día y tuve que escribir esto… S:
2: Espero que os guste el Goenji x Natsumi, porque creo que va a haber un poco. Si os soy sincera, a mí no me hace mucha gracia… bueno, es que no pegan para nada. Pero bueno, yo soy así de rara. (Lo sé, no es una pregunta, pero comentad)
3: ¿Os gusta la media historia que os he contado del pasado de los hermanos?
4: Solo advierto que en el capítulo siguiente se me olvidó que Yuuka estaba enferma, así que estará como si nada cuando los chicos vayan a verla u.u Perdón. Vaya cabeza tengo.
