Del otro lado del espejo

Capítulo 8

¿Por qué no podía alejarse? A pesar de que corría y corría. No podía alejarse de esa risa que la volvía loca. Seestaba desesperando por llagar a la puerta que permitía ir al sótano. Siempre alcanzaba la misma puerta, pero justo antes de abrirla algo sucedía y todo se volvía negro, un lugar desolador donde solo podía escuchar esa voz aguda y estridente seguida por risas, sus risas.

−Dime, sangre sucia. Dime.

Pero esta vez era diferente. Se vio a si misma en el suelo. Podía sentir el frío de la loza, el aroma a ceniza que emanaba la alfombra unos centímetros de ella. El calor de la chimenea a su lado, casi abrazadoramente consumiendola.

Le dolía el cuerpo, cada uno de sus músculos y huesos. Era una sensación espantosa, una sensación que no deseaba volver a sentir pero cada vez volvía con mas fuerza. No quiso gritar al principio, no quería darle la satisfacción de que la estaban lastimando. Pero cuando el siguiente hechizo vino sobre ella, no pudo dejar escapar un gruñido, y siguiente lo sintió peor. Ya al cuarto o quinto intento –había perdido la cuenta− el grito desgarró su garganta como esas maldiciones habían desgarrado su cuerpo.

Le preguntaba una y otra vez qué habían sacado de la bóveda, qué estaban buscando con tanto ahínco. Pero ella no había estado en ninguna bóveda. Nunca habían estado en ninguna. Preguntaba por la espada, esa espada que había pertenecido a Gryffindor.

− ¡Te lo Preguntaré una vez más! ¿De dónde la sacaron? ¿De dónde?–murmuró junto a ella, pero no lo suficientemente cerca como para sentir su cuerpo. Agradeció al cielo por eso. No podía verla tan cerca de ella y no poder hacer algo. Pero su cuerpo ya no le respondía.

–La encontramos… la encontramos…¡Oh, Por favor!

Escuchó unos gritos que la llamaban pero el dolor era peor, más agudo que aún sus propios gritos de súplica.

–.

−es… es falsa. –logró decir mientras un hilo de sangre se escurría por su boca.

– ¡Mientes, asquerosa sangre impura, y yo lo sé! –Pateó su costado y le lanzó una maldición silenciosa. –¡Entraste a mi bóveda en Gringotts! ¡Di la verdad! ¡Confiesa!

Pero antes de que Hermione pudiera siquiera pensar en responder le lanzó otro doloroso Crucio.

Hermione entreabrió los ojos cuando dejó de sentir el intenso dolor. Pero no pudo relajarse. Algo le rozó el costado de su rostro. Algo frío y filoso.

– ¿Qué más se llevaron de allí? ¿Qué más tienen? ¡Dime la verdad o te juro que te atravieso con este puñal!

–Por… por favor…

Otro maleficio, y otro… la varita de Bellatrix parecía estar en su elemento mientras su dueña lanzaba un hechizo tras otro, una maldición tras otra. Hermione no podía hacer más que gritar, gritaba con todas sus fuerzas, pero el dolor no cesaba. No iba a cesar nunca.

−quiero que me digas. ¡Dime! –respondió la mujer con una locura en su voz que la atemorizó, pero estaba segura que en sus ojos se notaría aún más. No quiso mirar. –¿Qué más se llevaron? ¿Qué más? ¡Dime! ¡Crucio!

–¿Cómo entraron a mi bóveda? –Preguntó Bellatrix. –¿Los ayudó ese desgraciado duende que está en el sótano?

–¡Lo conocimos esta noche! –Gimoteó. Le costaba tanto trabajo hablar, apenas podía encontrar fuerzas para respirar. Sus pulmones le ardían, su cuerpo le dolía, tenía ganas de morir. –Nunca hemos estado en tu bóveda. ¡ésta no es la espada verdadera! ¡Es una copia, solo una copia!

Había hecho acopio de toda su fuerza para decir esa frase lo más alto que pudo. Tal vez la escuchara alguien.

– ¿Una copia? –Repitió Bellatrix con voz estridente–. ¡Mentirosa!

– ¡Podemos demostrarlo fácilmente! –Exclamó la voz de un hombre. Un hombre que ella conocía, tan cercano pero tan lejano al mismo tiempo. –¡Ve a buscar al duende, Draco; él sabrá decirnos si la espada es auténtica o no!

Se sintió desfallecer aún más. Estaba perdida.

Los duendes, dueños de esa obra de arte que era la espada de Gryffindor, eran sumamente orgullosos de su trabajo. Él desmentiría lo que ella estaba diciendo, sin lugar a dudas, la matarían.

Por una milésima de segundo levantó la vista lo suficiente para ver que frente a ella, a un metro o poco más, estaba Lucius Malfoy. Su rostro pálido, su cabello platinado tenía algunas hebras sueltas y su respiración estaba agitada.

Era extraño que no fuera él quien estuviera apuntando la varita, quien no la blandía. Supuso que era su deseo ferviente verla desfallecer de dolor, dado que ella era una sangre sucia, una sangre sucia que había logrado superar a su hijo en todo menos quidditch. Pero claro, para superarlo en ese deporte estaba Harry Potter, un sangre impura.

Sus ojos grises estaba fijos en ella, pero no había satisfacción en ellos. Había algo más, algo que no pudo reconocer.

Los pasos de Bellatrix a su espalda la hicieron bajar la mirada una vez más. Estaba lista para recibir otro maleficio pero éste nunca vino. Pasos por las escaleras y alguien trayendo al duende.

−Dime, pequeña cosa. ¿Es esta espada falsa o de verdad?

El duende estaba casi desmayado, apenas podía tener los ojos abiertos y solo se mantenía erguido por el hechizo que Malfoy mantenía con su varita.

Con cada minuto que el duende tardaba, Bellatrix se ponía más y más nerviosa. Hasta que miró con odio a Hermione y le lanzó otro Crucio.

El pequeño ser se sobresaltó e hizo un esfuerzo increíble para poder inspeccionar la espada rápidamente. Para que dejara a Hermione en paz. Un gesto que era sorprendente en un duende.

–¿Y bien? –Le dijo Bellatrix al Duende–. ¿Es la espada auténtica?

–No–Respondió el duende con esfuerzo. –Es una falsificación.

–¿Estas… seguro? –insistió Bellatrix con un tono entrecortado. –¿Completamente seguro?

–Sí. –Afirmó el duende.

–Bien. –Dijo y con un somero golpe de la varita el hizo un corte profundo en la cara al duende. Ella lo apartó de una patada. –Y ahora –Dijo con voz triunfal –, llamaremos al señor de las tinieblas.

Se remangó la túnica y toco la Marca Tenebrosa con el dedo índice.

–Y creo que podemos prescindir de la sangre sucia. –Dijo Bellatrix. –Puedes llevártela Greyback.

Hermione escuchó un gripo ensordecedor. Alguien exclamaba a toda voz que la dejaran. Pero ella ya no podía moverse y poco escuchaba. Vio un movimiento de luces, sombras de personas que gritaban pero ella solo escuchaba como si estuvieran en cámara muy lenta, apenas reconociendo algunas sílabas.

Los sonidos comenzaron a hacerse más lejanos, como si la escena se estuviese alejando, o peor, ella se estuviese alejando de la escena. Tal vez su cuerpo se estaba dejando llevar y Hermione estaba muriendo.

De pronto Dobby apareció frente a ella, agazapado frente a su rostro. Acercándose a Hermione como si estuvieran solos en esa habitación.

Le tomó del brazo y comenzó a empujarla. Hermione quiso hablar pero no podía. Quiso moverse pero solo lo hacía con la ayuda del elfo. Movía su boca, pero los sonidos rehusaban salir. Hermione se estaba desesperando, quería decirle que Harry y Ron estaban en el sótano, que fuera por ellos y los salvara. Que ella ya no importaba.

−El amo le pidió a Dobby que ayudara a Jane Potter.

Dobby seguía tirando de Hermione como si fuera un peso muerto, como una bolsa llena de cosas pesadas. Pero no la llevaba hacia la salida o la puerta del sótano. La estaba arrastrando hasta el fuego.

−Dobby. −Su voz había sonado tan extraña en sus oídos. Pero había logrado hablar, era lo único que importaba. –Cuida… cuidado con… el fue… fue… go.

−Dobby debe proteger a Jane Potter, eso le pidió el amo a Dobby.

El calor del fuego le era cada vez más intenso pero Dobby no tiró polvos sobre él, lo que significó que no viajarían por medios Flu.

Ya no escuchaba nada, los movimientos se detuvieron por completo, ahora solo Dobby y ella se movían y hacían algún tipo de sonido. Hermione miró hacia el frente, la puerta del sótano estaba cerrada. El duende se retorcía pero no soltaba la espada.

Sintió que Dobby la dejaba y se paraba junto a ella. Con un movimiento de dedos, Hermione se vio flotar en el aire hasta que quedó derecha, aunque flotaba a unos centímetros del suelo.

Sobre la chimenea había un espejo espléndido. Con sus marcos de madera y apliques de joyas preciosas. Hermione se vio absorbida por este maravilloso ejemplar de espejo, que parecía ser único.

Su mirada se fijó en el espejo, donde se podía ver a la perfección todo lo que ocurría allí, Belatrix estaba parada de espalda al fuego, con algo que colgaba de brazo, algo lo suficientemente grande para ser... Un cuerpo, demasiado grande para ser de un duende, pequeño para ser de un adulto….

¿Dónde estaba ella? Oh, sí frente al espejo pero… no. No estaba.

A pesar de estar frente a él a una distancia de treinta centímetros, no se veía. Su reflejo no estaba. ¿Qué estaba sucediendo?

−Dobby desea que Jane Potter atraviese el espejo.

−Dobby. –Su voz volvió a la normalidad. –Yo no soy Jane Potter. Soy Hermione Granger.

El elfo sonrió y negó fuertemente con su cabeza, haciendo que sus orejas golpearan con su nariz roja como un tomate.

Estiró su pequeño bracito y señaló algo en el salón. El bulto que sostenía Bellatrix, con su varita apuntando a él, gritándola a dos personas que estaban frente a ella con las varitas en alto. ¿Serían Harry y Ron?

−Esa es Hermione Granger. Dobby sabe. Dobby quiere ayudar.

La empujó con fuerza contra el espejo y ella puso sus brazos para protegerse del impacto inminente que ocasionaría severos golpes. Pero nunca llegó el impacto.

Se quitó los brazos que le protegían el rostro y abrió los ojos. Estaba del otro lado del espejo, sin duda. Veía la escena como si fuera por una ventana.

De pronto la puerta del sótano explotó, las varitas salieron volando y todo se volvió humo. Había gritos pero ella apenas podía escuchar.

−Llevate a Hermione, Dobby. ¡A Hermione!

Pero a pesar de que sabía que Harry gritaba cada vez más fuerte, su voz iba desvaneciendo.

−¡Harry! –Llamaba ella golpeando el vidrio espejado. −¡Harry!¡RON! ¡HAARRYYY!¡ROOOOOOOOOON!

...

Los alumnos iban y venían corriendo por los pasillos del castillo. La emoción de dejar la escuela, aunque fuera por tan solo un par de semanas parecía dar energía a todo el mundo. Muy pocos alumnos se quedaban a pasar las navidades en la escuela, entre los Slytherin, Severus Snape era uno de ellos.

De los amigos de su hermano James, Solo Lupin se quedaba. Hermione sintió pena por el pobre muchacho, era obvio que nunca tuvo una vida fácil, y el hecho de tener amigos como James o Sirius se la había facilitado bastante en este tiempo, pero ahora ambos amigos se iban de la escuela a pasar las navidades en sus respectivas casas. Aunque el humor de Sirius era en total contraste al del resto.

Sirius Black refunfuñaba, maldecía y hasta intentaba encadenarse a toda estatua o armadura que encontrara en su camino.

−¡Black! Deja esa cadena. –Había exclamado la profesora McGonagal.

−Usted no entiende… ¿Qué debo hacer para NO tener que ir a casa de mis padres?

−Lo siento. –dijo la mujer ahora un poco más suave. –Sus padres han enviado una carta explícitamente diciendo que debíamos cerciorarnos de que suba al tren de vuelta a Londres.

Sirius volvió a refunfuñar pero se encamió igualmente a la salida junto con el resto de los alumnos que dejaban la escuela.

James sonrió a la profesora y salió corriendo tras su amigo. Justo antes de llegar a la puerta de entrada, James había puesto su brazo sobre los hombros de su amigo y volvían a reir mientras salian a la tarde fría pero despejada de invierno.

Hermione divisó a su hermano prácticamente enseguida, junto a Sirius Black. Ver a James y a Sirius así, le producía una nostalgia abrumadora. Era como ver a Harry y a Ron. ¿Habría Sirius hecho lo mismo por James que Ron por Harry? Indudablemente. Así como Remus habría hecho lo mismo que ella.

−Hola.

Una voz dulce la hizo voltear. Emma estaba allí parada, con un sobretodo verde, y su cabello rubio recogido en una limpia trenza. Se meneaba hacia delante y atrás sobre sus talones.

−Hola Emma. ¿Cómo estas?

−Yo bien. ¿tu? Hace dos semanas que no vienes a la escuela. ¿está todo bien?

Era verdad, dos semanas habían transcurrido desde que Hermione había vuelto a ser ella. O por lo menos recordaba ser ella. Su vida actual cambió radicalmente desde entonces.

Lucius no había dejado de escribirle cartas, y ella respondía a cada una. Le parecía completamente imposible creer que este era el mismo Luciuis Malfoy que ella conoció cuando tenía doce. Cuando Ginny comenzó en la escuela, cuando todo su mundo terminó de derrumbarse y la hizo creecer de pronto.

¿Sabría Lucius lo que era un horrocrux? O peor, ¿sabría lo que estaba a punto de empezar?

Esas preguntas siempre plagaban su mente cada vez que respondía las cartas de Lucius.

−Bien. Estoy… bien.

−Me alegro. ¿volveras para luego de las vacaciones de navidad?

−Sí, claro.

Emma sonrió a su amiga y se alejó camino al tren, dejando a Hermione observando a su hermano.

Estas dos semanas, Hermione había estado dándole vueltas al asunto de quiénes podían ser las otras dos personas que habían participado del hechizo. Tenían que ser dos personas sumamente importantes y de confianza de Dumbledore o de sus padres. Pero… a pesar de que intentaba por todos los medio encontrar a esas personas, no podía hacerlo.

Sus padres se habían negado a decirle… era peligroso para la seguridad de Hermione o del propio hechizo. Pero ella había crecido con Harry Potter, no podía dejar pasar un misterio como este.

−¿Qué haces aquí?

−Hola a ti tambien, James. –Sonrió ella−. Vine a buscarte.

−¿para que? Es decir, vamos a casa ¿no?

−Sí…

Hermione iba a darle una pobre explicación cuando desvió su mirada al frente. Allí estaba el grupo de séptimo de Slytherin. Rosier los hermanos Lanstrange, Lucius… Bellatrix.

De pronto, al verla, un fuerte escalofrío le recorrió el cuerpo entero. Su rostro era mucho mas joven, su cabello negro y ondulado estaba pulcramente recogido en una media cola, dejando que le cubriera su espalda. Su piel blanca era deslumbrante y sus ojos aún no poseían ese brillo de locura, aunque se podía ver cuál era su destino.

Lucius levantó la mirada en ese momento. Él tampoco era lo que ella recordaba. Un hombre adulto, lleno de rencor y malas compañías. Un hombre destinado al fracaso por ideales absurdos. Porque Harry, aún sin ella, encontraría la forma de vencer a Voldemort.

Pero ese Lucius era un joven con su mirada gris llena de una esperanza en el futuro. Tal vez un futuro con ella. Constantemente tenía el cejo fruncido, y sus ojos grises mostraban seriedad y frialdad. Pero aquel que lo conociera realmente, aquel que podía ver que ese Lucius era solo una fachada, podía también descubrir que sus ojos se iluminaban cuando veía a Hermione o que transmitía mensajes ocultos con esos profundos ojos plateados.

−Bah, ya veo que no viniste por mi. –Escuchó que se quejaba James.

−¿Por qué no vas al tren? Yo te alcanzo enseguida.

−¿Por qué? Despue de todo ellos también iran a King Cross.

Hermione suspiró. Pero por dentro no podía evitar reír ante el hecho irrefutable que James y Harry eran muy parecidos entre sí. Golpeó la nuca de su hermano en forma de juego y riendo se encaminaron a las carrozas que llevaban al Expreso. Ya encontraria tiempo de hablar con Lucius en le tren, solo era cuestión de buscarlo.

De camino al punto de espera de las carrozas que avanzaban solas, Hermione volteó a tiempo para ver a Remus Lupin sendado en la escalinata de la escuela. Le dio pena aquel muchacho que estaría destinado a tener una vida sola, una vida de sufrimiento y discriminación. ¿Como era posible que una persona tan buena, tan amable y honesta, tan pura, fuera el dueño de una vida tan dura?

−James, ¿Lupin se quedará en la escuela? –Preguntó sabiendo la obvia respuesta.

−Si. –dijo volteando a ver a su amigo jugar con una piedra del piso. –Sus padres no pueden tenerlo en casa, están muy ocupados trabajando.

−Comprendo. –Hizo otra pausa para meditar algo. –Ve y dile que venga con nosotros.

−¿eh? Te has vuelto loca ¿Verdad?

−No, mamá y papá no se molestarán por un invitado mas, además, no puedo dejarlo allí solo.

−No te estarás ablandando ¿verdad Slytherin? –Dijo James con una amplia sonrisa en su rostro.

Hermione no pudo responder dado que su hermano ya estaba corriendo hacia Remus para contarle la buena noticia. Sabía que sus padres no se enfadarían, pero por las dudas, enviaría un expetro patronum con la noticia.

Levantó la varita y pronució las palabras adecuadas. Instantes más tarde, un buho plateado y brillante aparecía frente a ella. Hermione dijo unas cuantas palabras y el animal salió despedido en busca de su destinatario.

−No sabía que podías hacer eso. –La voz grave de Lucius la hizo sobresaltarse. En su fuero interno sabía que era un cumplido de parte del chico, y al voltear y verlo, con sus ojos grises encendidos, lo comprobó también.

−Sí. Hay muchas cosas que desconoces de mí, Malfoy. –Respondió ella con son de broma. Un pequeño movimiento en la comisura derecha de la boca de Lucius le indicó a Hermione que estaba sonriendo. Ella dio un paso hacia él, quedando muy cerca. –Me gustaría verte sonreír más segudo, en lugar de ese estúpido gesto casi inadvertido de tu boca.

Acto seguido le rozó con la punta de su dedo índice la mejilla y con él, recorrió el labio inferior hasta la comisura. Lo vio cerrar los ojos por un instante y dejar salir el aire, que aparentemente contenía, por la boca.

−No comiences algo que ambos sabemos, no podemos continuar.

A modo de reprenda Hermione chasqueó la lengua. Se alejó un paso y suspiró.

−Estaré en casa para las navidades, tal vez quieras venir a… saludar.

−Me encataría pero no puedo. –Era extraordinario cómo cambiaba Lucius cuando estaba con ella, aunque fuera a dos pasos de distancia y estuvieran conversando. –Mis padres harán un fiesta y debo estar presente. Ya sabes, protocolo.

Hermione asintió despacio, sin querer mostrar su descepcion.

−Pero me gustaría que vinieras, si puedes. Podría presentarte a mi abuela y mis padres.

Eso lo cambiaba todo.

No sabía que Lucius tuviera familia, pero claro que no había nacido de un repollo. El hecho de visualizarlo como un hijo prodigio, con padres y abuelos. Normal, como cualquier otra familia.

−¿Cuándo será la fiesta?

−El 25, creo.

−mientras no sea en noche buena, es posible que esté ahí. Mi abuela vendrá de Francia para las navidades, ya sabes. Este año ha habido un cambio de planes inesperado. –Hermione sonrió, adivinando el pensamiento de Lucius. –generalmente mis padres y hermano viajan a Paris. De todos modos, supongo que podré asistir, aunque debo pedir permiso.

−Te enviaré una lechuza con la invitación formal.

Hermione asintió y estuvo a punto de decir algo, cuando escuchó el silbato del tren a lo lejos, solo quedaban dos llamadas mas.

Levantó la mirada hacia la escalinata justo a tiempo de ver a James y Remus cargando la maleta del último, ambos con una amplia sonrisa en el rostro.

−Será mejor que me vaya con ellos. –Fue el saludo de Hermione y avanzó hacia donde estaba su hermano y su amigo, para subir a la carroza y de allí al tren.