Capítulo 9

Levanté mi vaso de whiskey, bebiendo lentamente. El líquido pasó amargo y pesado por mi garganta, haciéndome apretar los ojos y suspirar entre dientes. Miré a mi alrededor, observando la oscuridad invadir lentamente mi oficina. Aquel plano que acababa de terminar era lo único que seguía iluminado por luces flotantes mientras la tinta se secaba para que no se arruinara el papel al momento de guardarlo. La ventana atrás de mí dejaba pasar una pálida luz blanca de la calle y de los edificios que estaban enfrente, alargando cada sombra del lugar de los muebles y sillas de mi alrededor.

Cerré los ojos y me recargué por completo en la silla, girando un par de veces hasta que me detuve de nuevo, repasando con mi índice aquella agenda de piel café. La abría en una página cualquiera, donde mis actividades por las próximas tres semanas estaban plasmadas detalladamente, cada hora y minuto de los próximos días estaban ahí, comida, reuniones, hasta las citas de placer. Como si ella supiera que no podría vivir sin su supervisión y su directiva, manejando mi tiempo y mi vida como si fuera de ella.

Era de ella.

—Hasta ahora lo sé, es tuyo —dije en voz alta ante aquel pensamiento.

Suspiré una vez más. Mis actividades no era lo que me importaba, sino aquellas letras. Aquellas letras redondas y ligeramente inclinadas. Aquellos puntos sobre las i y las j, aquellos trazos horizontales apenas dados sobre las t, aquellas curvas hechas en las z y las p. Todo era fascinante en su escritura, firme y suave al mismo tiempo, como ella, como su personalidad. Además, todo estaba en inglés, nada de italiano, como si en esa agenda además de recordarme lo que tenía que hacer durante el día, me tuviera que recordar donde estuve y donde pertenecí por tanto tiempo. Pasé un dedo por aquellos números avisándome de las horas de mis reuniones, juntas o salidas. Cada hora programada por ella, visualizada por ella, como si de una adivina se tratara.

Podría quedarme apreciando cada letra, cada firme letra que hacían las preciosas manos de mi asistente, durante horas, añorarla un poco menos mientras lo hiciera, detallar cada trazo como deseaba detallarla a ella con mis dedos, mis manos enteras, mi boca y mi piel. Delinearla, poro a poro, centímetro a centímetro, cada curva, cada línea, marca, cicatriz, conocerla por completo.

—Hasta para escribir con quien cenaré lo haces precioso —murmuré, aunque eso no me gustara del todo, porque lo escribía como si muy poco le importara con quien saliera.

La había visto escribir tantas veces, concentrándome más en ella que en lo que hacía en aquellas dos agendas, mirando las rosadas yemas de sus dedos, sus perfetas manos o la cremosa y dorada piel de sus muñecas y brazos, pasando la mirada por su cuello con lunares salpicados, delineando con la mirada su mandíbula contorneada y suave. Encontrando detalles perfectos, algo que no creí que ninguna mujer podría poseer, porque era perfecta, para mí lo era en exceso, perfecta con sus labios carnosos y rosados, con sus mejillas rellenas y sonrojadas, con su nariz recta, no pequeña, no grande, simplemente perfecta en su cara, y aquellos rizos castaños claros y rojizos a la luz del día. Y sus ojos, no había nada en el mundo más perfecto que ese par de gemas de miel, dorados como un rayo solar, como si su madre la hubiera puesto junto a una ventana cuando nació para que la luz amarilla del día la bañara y la cubriera por completo, para que el sol se reflejara en cada célula de su cuerpo y fuera un espejo del sol en la tierra.

No. No sabía en qué momento empecé a sentir algo por ella o cuando fue que empezó a gustarme tanto como lo hace ahora. Ni siquiera podía definirlo bien, aceptarlo en voz alta, tan sólo era un susurro en mi mente al que me negaba escuchar, pero tampoco ignoraba del todo. Al principio había asumido que me gustaba como todas las mujeres que había conocido en su momento, que sólo ambicionaba aquel cuerpo exuberante que vislumbraba aun con todas esas túnicas, faldas y blusas de grises aburridos, que quería acariciar aquel par de senos que a veces se dejaban ver o se marcaban debajo de su ropa, que deseaba aquellas piernas gruesas y fuertes alrededor de mis caderas, aspirar directamente de su cuello el perfume que me enloquecía cuando apenas entraba a mi oficina, besar aquellos labios que eran capaces de retarme, gritarme, insultarme, como nadie más lo había hecho. Sólo una noche, juraba para mi mismo que sólo eso necesitaba, una noche con ella para dejarme de tantas tonterías, de tantos delirios y deseos, que eso me bastaría para calmar mi mente y mi cuerpo.

Me negué por tanto tiempo que no era más que eso, que Millicent sólo era una mujer más, en un momento más, pero una que no obtendría, ya fuera por orgullo, por el de ambos, pero sobre todo porque jamás le permitiría ver a ella que podía gustarme en serio. Así que empecé a salir con más y más mujeres, intentando aliviarme de algo que ni siquiera sabía que era, confiando ciegamente que en alguna de todas ellas encontraría lo que empezaba a sentir que me hacía falta, que en uno de esos cuerpos dejaría de imaginar el de mi asistente, que en una de esas voces gimiendo en mi oído me haría olvidar la voz de Millicent discutiendo conmigo. Busqué en todas ellas algo que me hiciera sentir que no sentía nada por mi bella asistente, nada que pusiera en riesgo mi vida. Pero fue inútil, pues entre más cuerpos, entre más pieles y voces, hacía darme cuenta de que nadie me aliviaba aquella hambre que empezaba a sentir.

Entonces, dejé de salir con aquella insistencia enloquecedora cada noche. Aceptando de una vez por todas que ninguna de aquellas mujeres me sanaría de la necesidad que tenía por dentro. De lo que desconocía pero que empezaba a adueñarse de mí. Nunca me había enamorado de verdad. Sí, pude haberme sentido atraído por muchas mujeres, muchas lograron gustarme hasta el punto de preferirlas para más de una noche, muchas aún pueden gustarme de ese modo, pero con los días todo empieza a ser insípido y vacío, como si en vez de llenarme, me estuviera comiendo las entrañas.

Tal vez por la única que sentí algo cercano al enamoramientos fue con Pansy en el colegio, pero quién de nosotros tres no lo había hecho; a Theo llegó a gustarle, me di cuenta cuando por un tiempo no podía dejar de mirarla en silencio, mientras ella leía, estudiaba, escribía, cuando los pechos de Pansy empezaron a crecer y sus caderas dejaron las curvas de niña; Draco fue más astuto y valiente que nosotros dos, fue el único que se atrevió a pedirle un cita y posteriormente pedirle que fuera su novia, las cosas no duraron mucho entre ellos, lo bueno fue que no terminaron mal y su amistad sobrevivió, haciéndose más fuerte que nunca, algo que provocaba el disgusto y el odio en el imbécil de Potter, y que nosotros tres disfrutábamos de ver y provocar más. Respecto a mí, yo jamás me atreví a confesarle algo a mi única y mejor amiga, sí, Pansy era preciosa, inteligente, con un carácter endemoniado, pero no iba a arruinar nuestra amistad cuando siempre tuve claro que era un gusto más, una atracción más. Olvidable, al fin y al cabo.

Pero Millicent.

—Millicent —su nombre podía ser dicho en suspiros y susurros que nadie alcanzaría a escuchar, pero que me complacía realizar.

Debía ser sincero, nunca la noté en el colegio, nunca lo hice de la manera correcta. La recordaba, claro que lo hacía como a cada uno de aquellos que perecieron o sobrevivieron a la guerra. Era una chica no tan inteligente, dejada, desaliñada y que jamás respondía a los insultos, levantado siempre la frente, apretando los labios y girándose para no seguir escuchando. No hacía más, no hacía menos, eso era todo en ella. Me molestaba el doble que fuera así, que no se atreviera a gritar, a protestar, a vengarse, que no peleara o hiciera algo en mi contra para que dejara de molestarla, provocando el doble mis burlas, la crueldad de mis palabras y acciones. Una regla clave de nuestra casa era que nunca debías mostrar debilidad ante nadie, ni siquiera entre tus compañeros o amigos, eso no era digno de ningún miembro de la casa de Salazar; cualquier signo de debilidad era un punto para golpear, para atacar y destruir sin miramientos. Por eso ella no me parecía digna, ni siquiera alguien para respetar. Idiota de mí en realidad. No sabía porque Pansy la soportaba cuando mi amiga era todo lo contrario, haciéndola su inseparable amiga, manteniéndose a su lado a pesar de todo, defendiéndola en ocasiones de nosotros. Pero todo cambio en Millicent cuando la guerra se empezó a vislumbrar en el horizonte. Todos cambiamos, pero ella lo hizo de una trágica manera que apenas llegué a soportar.

Sí, no dejó de ser callada, pero se volvió más retraída y fría, totalmente otra persona. Tenía un aura más fuerte, oscura y dura, como si la guerra empezara a endurecerla para convertirla de piedra. La muerte de sus padres a manos de mortífagos fue el punto sin retorno, cambiándola para siempre en una versión de ella misma que jamás pensamos pudiera tomar. Pude darme cuenta que no dormía lo suficiente y tampoco comía como debía, que Pansy era quien colocaba alimentos en su plato que ella apenas tocaba con el tenedor, haciendo que su figura se alargara, se estilizara, y a pesar de que la palidez se adueñó de su piel, que las ojeras cubrieron sus ojos opacos, que su cabello se volvió casi lacio, no podía negar que me parecía bellísima; pálida, fría, estática, pero estaba hermosa, era como si a esa piedra de carbono empezaran a pulirla y comprimirla para volverla un diamante. Tan triste y bella al mismo tiempo.

También noté los cambios en su actitud, ignoraba a Pansy la mayor parte del tiempo, más bien ignoraba a todos a su alrededor. Se dedicó más a la escuela, volviéndose una de las más aplicadas y fuertes de nuestra generación, demostrando de una vez por todas porque el sobrero la puso en ese sitio, que era una sangrepura dotada de talento, poder y más magia de lo que uno creería posible. Ganaba tanto los duelos académicos como esos que Amycus y Alecto nos hacían tener con los demás, usando hechizos que a los hermanos dementes alegraban por su crueldad, pero que a nosotros cuatro nos rompía por dentro, porque Millicent había dejado de ser quien era realmente, había dejado de ser ella. Pasaba largas horas en la biblioteca, inconscientemente a veces me encontraba siguiéndola, quizá para olvidarme de mi propia vida. La veía desde lejos, leyendo libros de magia negra y oscura cuando a los Slytherin nos dieron pase libre a la sección prohibida, aprendiendo hechizos peligrosos y mortales que nunca la vi a utilizar, pero era obvio que lo haría con quienes mataron a sus padres si es que los encontraba, haciéndome pensar de que lado de la guerra estaría, aunque sinceramente pensaba que sólo lucharía por ella misma, sin bandos, sin expectativas a nada, a nada más que su venganza.

Y su mirada que siempre nos dejaba en claro que ignoraba nuestras burlas, se volvió vacía, helada, cortante, miraba con rabia y resentimiento a todos, mirando los antebrazos de cada persona que la rodeaba, intuyendo que debajo del uniforme se escondía la marca tenebrosa. A veces sentía que mi propia marca ardía bajo su mirada, haciéndome sentir culpable y vulnerable, haciéndome detestarla más por tener ese efecto en mí, en mis emociones y sentimientos. Nadie se salvó de su mirada, yo sobre todo fui asesinado por ella varias veces, cuando intentaba hacerla reaccionar, cuando luchaba por que me volviera a ignorar, porque me era más fácil ver que fingía ignorarme que sentir que lo hacía de verdad. Pero nunca obtuve nada de ella, ni siquiera una mirada o un gesto de que me escuchaba, los únicos que aun parecían existir para ella eran Pansy, Draco y Theo, y no era como si les hablara, simplemente notaba que estaban ahí, pero yo, yo no forme parte de su mundo ya.

Y verla irse aquel día que la guerra terminó, que la batalla dio fin. Joder, eso sí que fue un evento que no pude quitarme de la mente por semanas enteras. Fui a liberar a todos de las mazmorras, ahí donde nos había enviado la vieja de McGonagall. Pansy no perdió tiempo en tomar la mano de Theo y correr para buscar a Draco, después de besarme la mejilla y abrazarme apenas, buscando al rubio en el salón junto a sus padres. Todos salieron corriendo. No sabía a quienes esperaban ver el resto de mis compañeros, sus padres o estaban muertos o estaban siendo llevados por los aurores, pero ellos corrían y suponía que eso era la reacción normal. La última en salir fue ella. Miré a Millicent separarse de la pared del fondo, caminando lentamente como si le diera igual salir o no hacerlo ya. Atravesó las rejas y tomó caminó hacia la sala común en silencio, un silencio que ni siquiera sus pasos hacían eco en aquellas paredes. Sí. Era claro que a ella ya no le interesaba ver a nadie más. Ya no tenía razones para correr o saber de alguien más. Pansy, la única persona que le importaba estaba bien y supuse que eso le bastaba. Aunque no sabía porque iba a nuestra sala común cuando era claro que estaría vacía.

Negué con la cabeza en ese momento, volviendo al gran salón, buscando a mis amigos. Los encontré en un rincón apartado del resto, hasta de los señores Malfoy. Pansy sentada al lado de Draco, tomando fuertemente su mano, mientras Theo cruzado de brazos miraba a Daphne a lo lejos, quien tenía entrelazada su mano con la de Astoria, su hermana menor. Ambas estaban bien y eso parecía bastarle a Theo. Nadie decía nada, nadie hablaba, sólo se escuchaban los llantos, los sollozos y una que otra palabra de aliento. Miré a Draco y a Pansy juntos. Lucían agotados, desolados, y me di cuenta de que así me sentía yo también. Me sentía como si ahora no supiera a donde ir, que hacer, ninguno de nosotros cuatro sabía cuál era el próximo movimiento. Potter había vencido, y aunque nunca tuvimos los ideales de Voldemort, era claro que para el otro bando nosotros éramos también los malos, por no oponernos a un poder que nos sobrepasaba, por luchar simplemente para seguir con vida, aunque en el proceso quitáramos algunas.

Y entonces ella apareció de nuevo, sosteniendo en una mano su varita con fuerza, con la túnica bien puesta, libre de polvo y el escudo de la serpiente luciendo en todo su esplendor. Muchos percataron de su presencia, sobre todo los leones cuando la vieron caminar a través de los heridos y los muertos sin voltear a verlos, sin hacer una sola mueca de compasión o asco, simplemente como si todo le diera igual. Tuve la necesidad de sacar mi varita o al menos tenerla prepara en la palma de mi mano, por si alguno de esos leones pretendía herirla por rabia mal contenida y dirigida, pero aparte de mirarla con molestia, no hicieron más. Ni ahora entendía porque tuve esa necesidad de protegerla, de defenderla a pesar de todo.

Llegó hasta nosotros sin mirar a nadie más, inclinándose para besar la sien de Pansy con fuerzas, tocando apenas con un dedo el cabello que caía sobre la frente de Draco, sin decir nada, ni una palabra, ni un gesto que pretendiera dar apoyo o esperanza, de hecho, pareció ahogarnos más, girándose para ver a Theo a quien le dedicó un asentimiento de cabeza, mirándome por un segundo a los ojos, antes de salir de nuevo por donde había llegado. Pansy la miró dolida al verla alejarse, Draco sólo suspiró quedamente mirándola apenas para luego bajar la mirada como si lo hubieran golpeado una vez más, Theo se giró para verla desaparecer como si estuviera a punto de detenerla, de mantenerla a nuestro lado aun si fuera a la fuerza, y entendí esa reacción, porque, aunque no era nuestra amiga como tal, era parte de nosotros, siempre había estado ahí y verla desaparecer era perturbador. Y yo, yo no supe que hacer o pensar.

Ella parecía tan decidida, tan segura de lo que debía hacer ahora cuando nosotros claramente estábamos perdidos. Nos había dejado, abandonándonos de algún modo. Había dejado a Pansy atrás cuando era claro que la necesitaba, se había alejado de nosotros como si no le importáramos un poco más, aunque al irse despedir de Pansy y de Draco tal vez significara algo. No podíamos culparla, entre todos ella era la que tenía las manos limpias, la conciencia más tranquila tal vez. Pero fue tan injusto que nos dejara. Sin decirlo, sin pedirlo, sin exigirlo o buscarlo, necesitábamos a alguien, sólo un poco, un poco de ayuda para salir, para movernos, sólo un segundo, un minuto más hubiera bastado, sólo requeríamos de alguien que nos recordara que podíamos salir de toda esa guerra que aun no llegaba a su fin. Y pensé que ella venía a eso, pensé por un segundo que ella venía para asegurarse que estuviéramos bien, y para recordarnos quienes éramos y hacia donde debíamos ir, pero no, no lo hizo, simplemente vino a despedirse sin decir adiós.

Pasaron años. Supimos que hacer. Yo vine a Italia, Theo, Draco y Pansy se quedaron. Los dos primeros luchando para recuperarse económicamente con la ayuda de las hermanas Greengrass y Pansy sorteando y salvando cada obstáculo por ella misma, sin aceptar nuestra ayuda para nada, por que ella era tan capaz de lograrlo sola, esa eran sus palabras para nosotros. A mí no me quedó nada en Inglaterra, así que agradecí que la familia de mi padre y de mi madre no trasladaran todo de Italia, dejando una buena fortuna en su lugar natal, lo suficiente para que yo pudiera salir adelante, lejos de las reglas de mi madre. Nunca supe que sería bueno en eso, dirigiendo una compañía y creando edificios nuevos, pero como decía Pansy, tenía una gran imaginación para las cosas que requirieran ser perfectas y bellas.

Graduarme en arquitectura fue un gran e importante paso en mi vida. Tomé la presidencia de manos del antiguo colega de mi padre, a quien le pertenecía el treinta por ciento de todo esto, pero él ya estaba lo suficientemente cansado como para preferir retirarse y descansar de toda una vida con el cargo de la empresa sobre él, después de la muerte de mi padre.

—Sólo estaba esperando a que crecieras lo suficiente para que pidieras tu lugar en este sitio —fue lo que me dijo con una amable sonrisa— Me hubiera gustado que mi hijo tomara la presidencia, pero él prefiere otras cosas para su vida, además de que sólo a ti te pertenece este lugar, así como lo dijo tu padre.

Le agradecí por todo el tiempo que había estado, y me dediqué a mi nuevo trabajo, creando, restaurando y diseñando nuevos edificios o casas para el mundo, elevando la compañía a un nuevo nivel, haciendo que mi nombre igual sobresaliera por todos lados. Encontré una nueva pasión, un nuevo estilo de vida. Y también encontré un gusto mayor en las mujeres, una mayor distracción, olvidándome de todos los horrores vividos en la guerra. Encontrando en los brazos femeninos paz, calor, dulzura. Encontré mis otras pasiones en las suaves pieles, en los aromas dulces de los senos y un ardiente fuego en los vientres. Siempre había sido un mujeriego, como decía Pansy, y volví a tomar esas actividades con mayor frecuencia, las invitaciones a fiestas, a reuniones o a bares, de parte de mis clientes y amigos, no se hicieron esperar, haciendo que mis encuentros con diferentes mujeres se dieran con más diversidad y precisión. Una agenda se hizo indispensable, la cual adjudique para cada asistente que tomaba su rol bajo mi mandato, en su mayoría mujeres igual de preciosas, aunque Theo decía que yo no discriminaba a ninguna, pues algunas no eran más guapas que una sirena del lago negro.

Pasé varios años de esa manera, hasta que Millicent se hizo presente nuevamente en mi vida. Fue una total aparición en realidad, jamás me hubiera imaginado encontrándomela de nuevo, y menos en la posición que estaba a punto de tomar. La miré de pies a cabeza, ella ahí, de pie en el umbral de mi puerta y mi jefe de recursos humanos presentándomela como mi nueva asistente. Me alegré de verla, algo en mí se sintió dichoso y satisfecho al verla, saber que no había desaparecido totalmente como Pansy creía, como Draco se preocupaba, como Theo sospechaba o como yo daba por hecho. Ahí estaba, con un impecable traje de color azul muy oscuro de dos piezas, con el cabello totalmente agarrado y un pequeño bolso negro colgando de su hombro, al cual le vi enterrar las uñas cuando me acerqué a saludarla. Mi felicidad fue genuina, así como mi decepción y enojo al escucharla decir que no éramos ni siquiera conocidos, que ella sólo sería mi asistente, poniendo la distancia y la barrera de inmediato.

Y ahí lo supe. Cada una de mis asistentes mujeres había pasado por mis brazos, tarde o temprano yacían en la cama de algún hotel, porque no estaba tan idiota como para llevarlas a mi departamento, sabiendo que podrían atosigarme en cualquier momento. Pero ella, Millicent no. Y no es porque no la encontrara igual de atractiva que antes. Eso no podía negárselo. Estaba ahí luciendo tan bella, más que antes, aun con aquel gesto de que había comido una pimienta cuando me vio, aun con las manos tensas y los ojos fieros. Me percaté de que estaba más viva que cuando la vi irse, ya casi nada quedaba de aquella chica huyendo del castillo a pasos tranquilos. Tenía la piel clara y bronceada, el cabello brillante y rizado, las mejillas llenas de color y los labios más rojizos que nunca, pues la ausencia de labial era claro, aunque brillaban húmedos. Pero por mucho que me gustara, ni ella ni yo caeríamos a lo que siempre hacía.

Quise sonreír al ver su gesto al revisar mi agenda negra y he querido sonreír siempre al decirle lo que debe anotar, pensándola indignada y celosa, pensándola resentida y posesiva, y de verdad, de verdad que no supe en qué momento llegó a gustarme la idea de que se sintiera celosa de todas aquellas mujeres, que se sintiera posesiva conmigo. En qué momento yo, Blaise Zabini, que nunca había pertenecido a nadie, menos a una mujer, la idea de que ella deseara que fuera suyo, de que le perteneciera, llegó a complacerme tanto, tanto como el que ella me perteneciera a mí.

Aun así, dejaba de lado todas aquellas ideas. Sí, podía parecerme guapa y tal vez me sintiera atraído a ella como lo estuve de tantas mujeres, hasta que pasó aquella comida con los hermanos Ferraro, verla sucumbir, sonrojarse y tartamudear, ante las intenciones de cualquier hombre me hizo darme cuenta de que mi asistente no solo me parecía guapa y exquisita, sino que podía gustarme como no llegué a pensar o no me atrevía a pensar todavía. Le reclamé, diciéndole que no era nada profesional, haciéndola rabiar, reclamarme, haciéndonos pelear como nunca lo habíamos hecho antes, porque por primera vez Millicent Bulstrode no se dejó amedrentar como en el colegio, cuando no respondía a mis ofensas y bromas, por primera vez demostró de lo que estaba hecha, por qué perteneció a la casa de Salazar, porque sus hechizos eran tan fuertes y porque su magia dominaba todo el lugar cuando se molestaba. Ahí estaba ella, reclamando y discutiendo conmigo, como si yo no fuera su jefe, como si fuera su igual en todo sentido, y eso, eso me enloqueció por completo, porque cada una de las mujeres con las que había dormido, sucumbían, se dejaban manejar siempre de alguna manera, y ella, Millicent que debía obedecerme al menos porque era yo su jefe, no lo hizo en ningún momento.

Enloquecí de inmediato por ella, y a un nivel que ni siquiera conocía en mí, y más por aquellos celos que empezaron a devorarme por dentro tiempo después, como si algo me estuviera mordiendo las entrañas. Me gustaba, me gustaba tanto y eso lo comprobé aquella noche, esa estúpida noche que la vi cenando en un restauran tan de poco prestigio, con aquel sujeto que ni por asomo estaba a su nivel, y no me refería a su nivel económico, sino lo que ella valía como persona. Era tan inteligente, tan fuerte, tan eficaz, era capaz de lograr tanto, y aquel tipo jamás podría merecerla de alguna manera. Entonces me di cuenta de que Millicent no merecía estar con alguien como él, ni cenar en un lugar así siempre. Millicent merecía más de lo que otros pretendieran ofrecerle, más de lo que podrían regalarle, merecía lo que yo podía y quería darle a ella.

Por eso lo hice. Ardía de rabia al saber que salía con él, dormía con él, lo besaba a él. Pero invitarla a salir y que aceptara, aun con mis indefinidas intenciones, no iba a ser fácil. Ella prácticamente sabía de mis pasos, de mis rutinas para con las mujeres, sabía que cosas daba de regalos, que flores escogía para todas ellas, para todas ellas que llegaban a ser tan iguales entre sí, menos ella, ella no era igual a nadie que hubiera conocido. Actuar como siempre sólo la haría rechazarme de inmediato, aunque aun así lo hizo cuando le dije que cenaría conmigo. Sí, supe que lo haría, que me rechazaría, aunque guardé la esperanza de que no lo hiciera, y por eso mismo no la invité como se debía, no le pregunté ni le ofrecí mi invitación, simplemente le dije que cenaría conmigo, haciendo caso omiso de sus protesta y negación. Aunque nunca imaginé que me devolvería la jugada de aquella manera, citándome con aquella mujer que además de un cuerpo y un rostro espectacular, no me ofrecía la misma satisfacción que sentía al ver a Millicent.

Supe que tendría que tomar medidas más extremas. El despido fue lo primero que llegó a mí. Sabía que su situación económica no era la mejor, que había vendido lo último que le quedaba en Inglaterra para instalarse definitivamente en Italia, y que necesitaba de este trabajo más que nunca. Así que use aquello, dándole aquella carta de despido como si me alegrara tener que hacerlo. Había una gran probabilidad de perder en ese juego, ella podría aceptar mi despido e irse, y entonces la habría perdido inmediatamente, aunque tendría que idear un plan alternativo de inmediato, como besarla, sí, eso hubiera hecho. Pero cuando vi su mirada enardecida y luego controlándose, supe que lo había conseguido, que lo pensaría de manera fría y que rápidamente descubriría mis intenciones, aunque yo lo negara. Ahí estaba la serpiente tomando el control, la razón de fuera de Slytherin en toda su gloria.

Jamás pensé que se atrevería a coquetearme, hasta que lo hizo, haciéndome sentir y saber que si las circunstancias fueran otras y Millicent fuera la mujer de la noche en alguna fiesta y me coqueteara de aquella manera en que lo hizo, yo habría caído de rodillas de inmediato. Fue ahí que me percaté que me gustaba más de lo que podía llegar admitir nunca. Que me gustaban sus ojos casi dorados, su cabello castaño rojizo, su piel cremosa de dorada crema, que sus manos me fascinaban, que sus pechos parecían paraísos y que sus piernas y caderas podrían esclavizarme para siempre a su santa voluntad.

Y ahí estaba, la mujer que se merecía todo, luchando para conservar su trabajo, aceptando algo que jamás lo hubiera hecho en su santo juicio, vistiendo un vestido que jamás creí ver en ella pero que sólo me hacían desearla más todavía, imaginándome todas esa piel dorada y cremosa debajo de la tela. Y entonces, en aquellas cenas descubrí más cosas, como su apetito para no limitarse a comer una simple ensalada, su glotonería para las cosas de chocolate, su capacidad para tomar vino sin detenerse, haciéndola reír y enrojecer. Su risa fresca, sus bromas crueles, sus comentarios inteligentes. Todo de ella me fascinó y llevarla a la cama casi se volvió una necesidad, quería desnudarla, desnudarme junto a ella, acariciarla completa, desde los pies hasta el último de sus cabellos, besarla hasta que me dijera basta, hasta que a ella se le enrojeciera la piel de tantos besos y caricias. Pero si la besaba sin que estuviera de acuerdo, ella se alejaría, por eso me aguanté cada noche de los viernes, por eso me desquité más los fines de semanas conociendo más mujeres, hasta el punto de que nadie podía satisfacerme, que era como tomar arena cuando moría de sed, de sed de Millicent, de sed de ella.

Pero ella, sorprendiéndome, fue la primera en acercarse. El alcohol culpó ella, y yo le agradecía a aquella botella de vino tinto del 71, pues ella colocó sus manos en mi cuerpo, apretó sus pechos en mi pecho y llevó su aliento a mi cuello. Le dije que me estaba tentando, no mentí, pues eso estaba haciendo, y ella rio sin culpa, como si eso fuera lo que pretendiera, como si besarme también lo deseara. Y la besé, tuve que besarla, apretarle la cintura con fuerzas, para que sintiera por ella misma que encajábamos demasiado bien, que su calor combinaba con el mío, que su aroma equilibraba mi esencia, que su piel podía responder a la mía como sus labios lo estaban haciendo, que sus apetitosos pechos ardían sobre mi camisa.

Y hubiera durado todas las horas y toda la noche besándola si no fuera por aquel tipo que no la merecía diciendo su nombre casi gritando y a ella separándose de mí con lágrimas en los ojos, corriendo atrás de él. Tuve que perseguirla y mis ganas al alcanzarla era decirle que jamás corriera atrás de alguien, que ella no estaba para eso, que ella sólo existía para que corrieran atrás de ella como yo lo había hecho, como yo quería hacerlo, porque eso era lo que se merecía también. Pero al verla casi llorar por él, por aquel sujeto tan débil y poca cosa, me llené de rabia y más al escucharla decir que mi única intención era arruinar su relación. Si, eso deseaba, pero no arruinarla, solo hacerle ver y sentir que ella merecía lo que veía, lo que yo le daba sin pedirle nada a cambio, porque no le estaba pidiendo los besos que empezaba a desear, ni el sexo que quería tener con ella. No le pedía más que su compañía, su presencia por tenerla todas esas horas en la oficina se estaban volviendo insuficiente.

Solo quería hacerla feliz, complacerla, compensar lo que había hecho en el colegio y en inicio de nuestra relación laboral. Darle todo lo que quisiera.

Y ahora estaba lejos, lejos con Pansy quien la necesitaba más que yo, eso era seguro, aunque empezaba ya a extrañarla. Una semana lejos de aquí y estaba seguro de que estaba empezando a alucinarla por todos lados, cada día despertaba con la idea de que la vería aquí, cuando llegara la oficina, que me recibiría con aquel rostro serio que yo desearía hacer sonreír con alguna broma y que me miraría desesperada y rabiosa, pero igual me encantaría de aquella manera, porque Millcient era eso, era rabia, fuerza, alegría, dulzura y coquetería. Y me tenía loco, completamente loco.

Pero no estaba. Estaba tan lejos para poder besarla como lo he hecho por estas semanas, por esos viernes que espero con ansias, aunque finja que no es así y me repita a diario que no son tan importantes esos días. Porque, aunque Millicent se muestre enojada al inicio de nuestras veladas, parezca relajada hasta la mitad de la cena y este tan callada y distante cuando la llevó hasta la puerta de su casa, cedé a los besos, corresponde con intensidad, muerde mis labios, choca sus dientes con los míos y acaricia mi lengua con la suya, dejándome su sabor a mujer llena de vino y chocolate. Y es así como debe saber una mujer en realidad. Y está lejos, lejos de mis manos que la quieren apretar, que la quieren estrujar con más tiempo y fuerza, lejos de mi olfato que quiere deleitarse con el aroma de su cabello, lejos de mis ojos que pueden mirarla para siempre.

—Lejos de mí como tanto lo deseas, Millicent.

Pero pronto regresaría, pronto la tendría entre mis brazos, pronto la besaría y no sabía si ahora controlaría mis ansias de besarla completa. Mi sangre, mi magia, todo de mi gritaba y reclamaba por ella, como si la necesitara para equilibrarme, para estar bien y en paz conmigo mismo. No lo sabía, no sabía lo que pasaría después. Además de que sólo faltaban dos meses para que ella por fin terminara su contrato conmigo, tenía tan sólo esos meses para lograrlo, pero en caso de no lograrlo, no sabía que haría. Pero algo haría. No me podía permitir perderla, no ahora que empezaba a descubrir cosas dentro de mí que no sabía que existían o que podía llegar a sentir.

Y si Millicent era la culpable, entonces ella tendría que hacerse cargo de todo esto provocado por y para ella. No había otra solución y ella tendría que saberlo.

—No tengo remedio.

Dije a la nada, mirando al techo. Pensándola, siempre pensándola.


Hola, hola. Hace mucho que no pasaba por aqui, es que tuve algunos problemillas. Pero espero que les haya gustado y me lo hagan saber.

Nos leemos pronto.

By. Cascabelita