Capítulo 9

Despertares

Con increíble habilidad, la diosa de la belleza se aventuró a caminar entre los dormidos guerreros. Logró pasar completamente desapercibida, sus pisadas eran tan suaves que parecía flotar en el aire, su energía había disminuido al máximo para no revelar su presencia y permaneció en completo silencio.

Desde lejos sus tres Gracias la observaban con atención, parecía tan interesada en aquellos mortales que todo el asunto resultaba particularmente sospechoso.

-¿Qué le puede ser tan fascinante de esos hombres?-preguntó con disgusto Aglaya sin quitarle la vista de encima a Afrodita y cuidando que la diosa no fuera capaz de escuchar sus palabras.

-Son lindos-contestó sin dudar Eufrosine.

-Cierto, si yo pudiera me quedaría con un par de ellos-río con travesura Talía.

Aglaya las miró de reojo y, sin disipar del todo aquel aire de soberbia que la hacía sentirse superior a cualquiera de esos sujetos traídos desde el futuro a competir para los dioses, torció la boca a causa de la respuesta de sus compañeras.

Afrodita los veía llena de curiosidad, ¿qué tenían de especial esos jóvenes? ¿Por qué la fascinación de Athena hacia ellos y por qué Hera les odiaba a tal grado? Andando entre ellos fue identificando sus rasgos, muchos de ellos ni siquiera eran griegos entonces ¿por qué servían a una diosa griega? Todo era bastante confuso.

Con sumo cuidado se aproximó a Mu y delicadamente retiró un par de mechones de cabellos lavanda que cubrían su rostro. Admiró por un momento al lemuriano y luego continuó con Máscara que dormía al lado del santo de Aries, así fue avanzando con cada uno de ellos. No pudo evitar sonreír al observar la seductora risa del escorpión, parecía que aún en sueños se dedicaba a coquetear con cualquier mujer que se le pusiera en el camino. También notó la presencia de dos pares de hermanos y la increíble belleza del santo de Piscis, ante la cual sintió un tanto de celos.

Mientras se entretenía analizando a Shaka un leve quejido la puso en alerta. Se sobresaltó al pensar que alguno de ellos pudiera despertar y encontrarla ahí, por lo que rápidamente sondeó con la mirada el origen de aquel leve gemir. Avanzó entre los cuerpos de los santos siguiendo los débiles sonidos hasta que por fin se detuvo.

Delante de ella estaba Saga. El geminiano dormía profundamente pero el dolor inundaba su rostro evidenciando las pesadillas que le hacían su víctima. Saga se estremecía con desesperación y una delgada capa de frío sudor comenzó a bañar poco a poco su cuerpo; sus labios se movían en un desesperado intento de expresar las ideas que corrían por su cabeza, más la voz no emergía de su garganta. La diosa concentró su atención en leer los labios del joven de cabellos azules, por fin descifró las palabras…

"¿Perdóname?" pensó sorprendida "¿A quién le pide perdón?"

De pronto una lágrima corrió por la mejilla del santo de Géminis dejando a Afrodita sobrecogida por aquella escena. Recordó que nunca, desde el principio de su existencia, había derramado una sola lágrima de dolor o arrepentimiento, de hecho jamás había llorado, ni siquiera cuando fue humillada públicamente por su esposo, Hefesto, al descubrirla con su amante.

El origen de esa solitaria lágrima la intrigaba. Deseó poder entrar en la cabeza para sentir el raudal de emociones que recorrían el cuerpo de ese santo de Athena y por un momento envidió la capacidad de sentir lo que fuera que ese hombre estuviera sintiendo. Sin poder evitarlo se arrodilló al lado de Saga y en un impulsivo arranque secó la lágrima tiernamente con uno de sus dedos.

Ante tan delicada caricia Saga despertó de su sueño para encontrarse con una leve visión del rostro de la diosa más hermosa del Olimpo, sin embargo todo parecía tan irreal, quizá seguía dormido, a lo mejor todo era una alucinación. Pestañeó para despertar por completo pero al abrir sus ojos ella ya no estaba ahí.

El santo de Géminis se sentó rápidamente mirando a su alrededor donde sus compañeros dormían plácidamente, de haber sido real ellos hubieran sentido la presencia de la mujer a la que vio en sueños, se tocó la mejilla sintiendo aún la calidez y suavidad de sus dedos pero…todo fue una simple ilusión. Volvió a recostarse sobre la hierba con la fresca imagen de la mujer deseando poder volver a ver ese rostro de nuevo alguna vez.


En el Olimpo, Afrodita había regresado a su templo acompañada de las Gracias. A la diosa del amor aún le temblaban las manos y le resultaba increíble creer que había cedido tan fácilmente a sus instintos reprochándose el haber permitido que ese hombre la descubriera de esa manera. Haciendo su mejor esfuerzo para guardar las apariencias delante de sus damas, respiró profundamente y caminó con dirección a los jardines interiores de su templo en donde se dispuso a tomar un baño en las refrescantes aguas de un manantial que surgía justo en medio de aquel hermosísimo oasis.

-Señora Afrodita…-habló Aglaya esperando instrucciones por parte de la diosa.

-Retírense-respondió cortantemente Afrodita más no podía ocultar la inseguridad de su voz.

Las Gracias estaban sorprendidas ante la conducta tan extraña por parte de la diosa del amor. No era nada común ver así a Afrodita, y ni que decir de su conducta para con esos hombres, realmente algo estaba mal con su señora. Sin decir nada al respecto se limitaron a seguir las órdenes de la diosa y abandonaron el templo para internarse en los extensos jardines que conformaban el Olimpo.

-¿Notaron el cambio en la actitud de la señora Afrodita?-comentó con algo de inocencia Talía.

-¡Guarda silencio Talía!-la reprensión por parte de la líder de las Gracias no se hizo esperar. Ellas debían su fidelidad, respeto y honor a la diosa del amor y la belleza; por lo que de ninguna manera Aglaya permitiría esa clase de comentarios por parte de alguna de ellas.

-Aglaya ¿no crees que estás exagerando?-salió Eufrosine en defensa de su compañera.

-¡No!-continuó con la reprimenda-Todo lo que somos se lo debemos a nuestra señora, así que les recomiendo que se guarden esos comentarios estúpidos para ustedes. Además no entiendo la naturaleza de sus sospechas, estoy segura que Afrodita tiene planes para ellos, más no los que ustedes se imaginan.

Talía y Eufrosine intercambiaron miradas. En realidad no tenían bases fundamentadas para los comentarios que expresaban unos minutos antes por lo que, sin más remedio que aceptar su error, decidieron mantenerse calladas. Las consecuencias para aquellos que se atrevían a traicionar a sus dioses era severas, si alguna de las demás divinidades se enteraba sus existencias corrían un grave peligro.

Mientras tanto la diosa del amor se encontraba sentada dentro del estanque permitiendo que la frescura del agua le enfriara un poco la cabeza. Quería pensar las cosas mejor, tomarse la experiencia con calma y por sobre todas las cosas deseaba que todo volviera a la normalidad en su mente. Tomó entre sus manos un poco de agua y observó con detenimiento el reflejo de su rostro en el líquido, tras unos segundos lavó su cara para luego sumergirse en el estanque.

No alcanzaba a comprender por qué le había afectado tanto el ver las lágrimas en el santo, quizá sus existencia era tan vacía que aquella breve demostración de sentimientos consiguió cimbrarle el alma. No podía recordar si siempre había llevado su vida de esa manera, amante tras amante, solamente en búsqueda de placer, pero incapaz de sentir algo por alguien.

"¡¿En qué demonios estabas pensando Afrodita?!" se recriminaba "Si ellos hubieran notado tu presencia todo se complicaría demasiado, esa no era la ocasión para mostrarte ante ellos. A partir de ahora tengo que ser más cuidadosa y tomar las decisiones correctas. Pronto sabrán de mi, solo espero que no sospechen nada."

Emergió de las cristalinas aguas. Se sentía más relajada, así que se dispuso a continuar con su baño olvidándose del incidente con el santo de Athena cuando fue interrumpida por una par de manos que frotaban vigorosamente sus hombros.

-¿Estresada cariño?-reconoció inmediatamente la voz del hombre detrás de ella.

-¿Qué haces aquí Ares? ¡Es el colmo que una diosa no pueda tener un poco de privacidad en su propio templo!-respondió con indiferencia y algo de resentimiento ante la interrupción del dios de la guerra.

Ares sonrió lleno placer. Afrodita representaba todo un reto para él y que ella se resistiera a caer de nuevo es sus brazos solo conseguía excitarlo más y más, tarde o temprano sabía que sería el primero en domar a aquella imponente criatura.

La diosa del amor se soltó bruscamente de las poderosas manos de Ares y saliendo del agua se envolvió con la túnica que reposaba a orillas del estanque. Apurando el paso procedió a caminar de regreso hasta su templo no pudiendo evitar mirar al dios a los ojos antes de retirarse. Encontró aquel par de pupilas marrones tan llenas de odio, resentimiento, arrogancia y violencia, eran tan diferentes a los ojos del mortal al servicio de Athena, simplemente no había punto de comparación.

"Maldita sea" pensó al darse cuenta de que otra vez se encontraba pensando en ese hombre.

Como si pudiera leer sus pensamientos el gesto en la cara de Ares reflejó un tanto de confusión e intriga ocasionando que un escalofrío recorriera el cuerpo de Afrodita, no podía permitir que Ares se enterara de las dudas que tenía, de lo contrario ella corría peligro.

-¿Qué es lo que te sucede?-preguntó él con severidad.

-Nada que sea de tu incumbencia-respondió con frialdad la diosa alejándose de él.

Sintió que la tomaba con una fuerza extraordinaria de los brazos y la obliga a voltearse para poder verla directamente a los ojos. Con valentía consiguió sostenerle la mirada a Ares conservando en todo momento la calma para no levantar más sospechas en el vengativo dios.

-Más te vale no mentirme Afrodita, no tienes idea de lo que soy capaz cuando me traicionan-le amenazó mientras apretaba más fuerte los brazos de la diosa que no lograba liberarse por más que lo intentaba.

Por fin Ares la soltó para luego retirarse del lugar dejando a una tambaleante Afrodita esforzándose al máximo para contener las lágrimas que comenzaban a inundar sus verdes ojos. Sintió la cálida sensación de las lágrimas recorriendo su mejilla, por primera vez en su vida estaba llorando, pero no eran lágrimas de dolor o de tristeza, eran de odio y rabia. Nadie trataba a la diosa del amor de esa manera. Nadie.


Tras haber caminado dos días seguidos, los santos dorados por fin alcanzaban a ver el arco que delimitaba la entrada a la ciudad de Atenas. Los primeros rayos del sol iluminaban el cielo azul anunciado la llegada un nuevo día para los habitantes de la ciudad griega por lo que los aldeanos salían de la ciudad con sus rebaños encaminándose hacia los vastos pastizales que rodeaban a Atenas saludando cortésmente a los santos al encontrarse con ellos. Una vez que entraron a la ciudad de la diosa virgen el ambiente era bullicioso, tal como lo recordaban de la primera vez que recorrieron el lugar unos días atrás.

-¡Por fin!-exclamó Milo estirándose al caminar-Una cama mullida para dormir, ropa limpia, comida caliente.

Los demás santos sonrieron ante el acertado comentario del escorpión. Habían llegado a pensar que en realidad era más agotador el camino de ida y de vuelta hacia el lugar de la misión que las tareas encargadas por los dioses. Llegar a Atenas era como entrar a un centro vacacional donde podían descansar un poco antes del inicio de una nueva travesía.

Localizando el templo central entraron inmediatamente para saludar a su señora, esperaban deseosos que les informara acerca del estado de Shura hacía ya unos días que no sabían nada de él ni de Aldebarán. Sin embargo esta vez Athena no se encontraba en su trono como de costumbre, en realidad no había nadie en la habitación por lo que volvieron a salir en busca de la diosa de cabellos negros.

-La señora Athena está en el campo de prácticas-les informó una de las damas de compañía de la diosa de la sabiduría-Por favor síganme y les llevaré con ella.

Ni tardo ni perezoso el escorpión fue el primero en seguir los pasos de la hermosa jovencita y sin perder oportunidad buscó la manera de iniciar una conversación con ella. Unos pasos detrás el resto de la comitiva camina observando los detalles en el templo de Athena, a pesar de haber pasado algunas noches ahí esa parte del lugar jamás la habían visto.

Llegaron a la entrada a la enorme explanada donde se realizaban los entrenamientos y prácticas de los ejércitos de la diosa, y justo en medio Athena se encontraba escoltada por sus generales observando con atención a los soldados en plena acción. Apenas se dieron cuenta de la presencia de los santos dorados los militares formaron líneas y mediante golpes de sus lanzas y espadas contra los escudos saludaron a unos sorprendidos caballeros de Athena.

-¡Genial! Deberíamos obligar a los soldados y a los santos de bronce y plata que hagan lo mismo cuando entremos-comentó con una sonrisa Máscara al ver la reacción de los soldados ante su presencia.

Rieron de solo pensar en lo que el guardián de la cuarta casa decía mientras avanzaban hacia donde la diosa de sabiduría les esperaba de pie. El rostro de la diosa se iluminó al ver frente a frente a sus santos sanos y salvos, aquellos días en ascuas le habían parecido tan largos, pero la espera por fin llegaba a su fin.

-No saben como me alegra verles de regreso mis santos-saludó con visible alivio Athena a sus guerreros dorados-Permítanme presentarles a Néstor, general de las tropas atenienses y a Erasmus, su mano derecha.

Ambos hombres ofrecieron una discreta reverencia a los trece jóvenes quienes devolvieron el gesto con la misma formalidad y respeto.

-Un placer conocer en persona a quienes se han convertido ya en leyenda de esta ciudad-habló Néstor con una voz digna de uno de los hombres más cercanos a la diosa de la sabiduría.

-El gusto es nuestro señor-respondió Dohko algo apenado por el comentario del hombre.

No esperaban esa clase de recibiendo por parte de los habitantes de la ciudad y mucho menos esperaban a que tan solo unos días de estar en la edad del mito sus nombres y presencias ya fueran tan conocidas en toda Grecia.

-Tess, por favor acompaña a mis santos hasta sus habitaciones para que puedan cambiarse descansar un poco y después avísale a Herse de su presencia para que haga los arreglos pertinentes.

Al escuchar el nombre de la sacerdotisa Milo le dio un codazo en las costillas a Camus ocasionando que una mirada asesina del de Acuario se dirigiera a él debido a lo "discreto" que el escorpión podía ser. Sin embargo Mu notó la extraña conducta entre los santos de Acuario y Escorpión, desafortunadamente el carnero dorado sacó sus propias conclusiones…aunque no estaba de más preguntarles después a los implicados el significado de sus acciones.

Siguieron otra vez a la chica hasta el pasillo de las habitaciones donde cada uno entró a la que le correspondía. Una vez adentro aprovecharon el tiempo para bañarse y cambiarse las ropas antes de pasar al salón donde se serviría el desayuno para todos ellos, aún era temprano por lo que seguramente pasarían el día ahí antes de partir de nueva cuenta hacia su próximo destino.

Camus se encontraba sentado en su cama terminando de secarse el cabello con ayuda de una toalla cuando un par de golpes en la puerta llamó su atención. Se levantó y procedió a abrir la puerta encontrándose con Mu que esperaba del otro lado. El acuariano no pudo disimular la sorpresa que le ocasionaba la visita del santo de Aries, ¿qué podría ser tan importante que el lemuriano no podía esperar hasta el desayuno para hablar con ellos?

-Hola Camus, disculpa que te moleste ¿puedo pasar?-preguntó cortésmente el santo de la primera casa.

-Claro-alcanzó a contestar el galo haciéndose un lado para que el de cabellos lilas entrara a la habitación.

-¿Y Milo?-preguntó Mu al no ver por ningún lado al santo de escorpión.

-Aún se está bañando. Perdona la insistencia Mu ¿qué te trae por aquí?

-No pude evitar notar el extraño comportamiento que tú y Milo mostraron ahí afuera cuando la señora Athena se refirió a su sacerdotisa ¿sucede algo entre ella y tú?

El santo de Acuario se quedó mudo ante la pregunta de su compañero de la primera casa, le resultaba increíble escuchar esa pregunta en la boca de Mu, aunque él hubiera pensado lo mismo de haber visto la manera en la que Milo le clavó el codo entre las costillas.

"Maldito bicho, las vergüenzas que me haces pasar" pensó con la cara más roja que un tomate.

-No es lo que piensas Mu-se apresuró a contestar algo nervioso el santo de Acuario-Lo que viste fue un malentendido, la situación no es lo que parece, pero desafortunadamente tampoco puedo explicarte mucho ya que no es asunto mío y…

-¡Mu! ¿A qué debemos el placer de tu visita?-interrumpió con su usual optimismo Milo que salía del baño con una toalla enrollada en la cabeza y una en su cintura.

La mirada de Camus le advirtió al escorpión que la presencia de Mu no traía nada bueno para ellos, sea lo que sea había conseguido molestar a su amigo de Acuario.

-¿Qué sucede?-insistió el santo de escorpión pasado los ojos de Camus a Mu y así sucesivamente.

-Nada Milo, no te preocupes-aclaró las dudas Mu aceptando la explicación de Camus y sonriéndole a ambos santos al mismo tiempo que se retiraba de la habitación-Nos vemos en el desayuno.

Apenas se hubo cerrado la puerta detrás del santo de Aries, Milo no perdió oportunidad de cuestionar con los ojos a su camarada de la undécima casa acerca de la misteriosa visita del lemuriano. Camus volvió a tomar asiento en la cama y con una inquisidora mirada "asesinó" al pobre santo de Escorpión que ya comenzaba a preocuparse.

-¡Todo es culpa tuya Milo!-le reclamó bastante alterado-¡Si fueras más discreto me hubiera ahorrado la vergüenza delante de Mu! Pero ¡no! ¡Tenías que ser tan explícito delante de todos! ¡Darme un codazo delante de todo el mundo! ¡Increíble!-gritaba Camus haciendo miles de ademanes que permitían constatar su frustración, y así siguió y siguió.

Milo se limitaba a observar algo sorprendido de la conducta tan poco racional de Camus y se mordía el labio de vez en cuando al no entender nada de lo que le decía su inseparable amigo. En varias ocasiones abrió la boca en un intento de preguntar algo pero terminaba siendo interrumpido por el acuariano que seguía desahogándose sin detenerse. Por fin Camus guardó silencio y se cruzó de brazos fijando la mirada en el escorpión.

-¿Eh?...¿Camus?-se atrevió a preguntar Milo tras unos momentos de silencio.

-¿Qué quieres?-fue la tajante respuesta de un furioso santo de Acuario.

-Creo que no entendí que es lo que hice-comentó con una mueca parecida a una sonrisa en los labios el escorpión dorado mientras se rascaba la cabeza en señal de nerviosismo.

Camus respiró profundamente en lo que parecía el augurio de una nueva explosión del santo. Inconscientemente Milo retrocedió un par de pasos preparándose para lo peor.

-Mu piensa que tengo una "relación" con Herse-explicó apenado el de Acuario.

El de la octava casa hizo hasta lo imposible para no reírse de ese comentario pero por más que se esforzó una sonora carcajada se escapó de su garganta marcando el inicio de un indetenible espasmo de risas.

-No veo lo divertido en este asunto-replicó con frialdad Camus.

-Es que…-intentaba hablar Milo pero las carcajadas se lo impedían-Es que…tú y…Herse…¡Ay!...me duele el estómago…de tanta risa…

-¡Basta Milo!-demandó Camus-Esto es muy serio, ¿sabes que puede pasar si alguien se entera?

-No exageres Camus, ya todos en el Santuario saben que no eres un casto varón, así que no veo cual pueda ser el problema con que piensen que también te conseguiste una chica en la edad del mito-respondió quitado de la pena Milo entrando al baño de nueva cuenta para vestirse.

Aquella observación le cayó como balde de agua fría al de acuario. Si bien no era una inocente palomita nunca pensó que todo el Santuario tuviera esa imagen de él, pero claro…¡eso se ganaba por pasar tanto tiempo con Milo! Dime con quien andas y te diré quien eres, pensó mientras desaprobaba con la cabeza.

-Ese no es el punto-continuó Camus con fastidio-Me refiero a lo que podría suceder si Athena se entera.

-¡Ups! No creo que le parezca correcto que su sacerdotisa ande por ahí con un santo-contestó Milo desde el baño.

-¡Exacto! Inclusive podríamos causarle problemas a Herse-concluyó el de acuario.

-Pues no se que le hayas dicho a Mu pero parece que se lo creyó todo.

-Eso espero.

Mu abandonó la habitación de Milo y Camus con más preguntas que respuestas. No sabía que hacer y le alarmaba la potencial situación que se pudiera desarrollar en el templo de Athena, no quería ni pensar en lo que podría pasar si la sacerdotisa se metía con un santo, de solo imaginárselo se le enchinó la piel.

Caminaba pensativo por el corredor sin prestar mucha atención a lo que se pasaba a su alrededor, por poco se estrella contra Saga, Aioros y Dohko que también pasaban por el pasillo y ni siquiera se dio por enterado despertando sospechas en los santos de Géminis, Sagitario y Libra.

-Mu ¿te sientes bien?-preguntó preocupado el santo de Libra.

-Si, no se preocupe maestro-contestó sin mucho convencimiento el ariano.

Los tres santos intercambiaron miradas, no había peor mentiroso que el santo de Aries, quizá con la posible excepción de Shaka.

-Mu…-le habló Saga-Tú no estás bien, cuéntanos que te pasa.

Aries permaneció callado por un momento pensando en lo poco apropiado que sería esparcir chismes entre sus compañeros de Orden, pero si sus sospechas eran correctas el daño colateral de un escándalo iba a ser grande.

-¡Vamos Mu!-insistió Aioros pasando su brazo sobre los hombros del de cabellos lilas-Cuéntanos que te pasa, no nos dejes preocupados.

Sin más remedio Mu se dirigió, acompañado de sus tres amigos, hasta la habitación de Dohko para poder conversar del tema que tanto le aquejaba. Entraron los cuatro santos a la habitación y se acomodaron para prestar toda su atención al carnero dorado y sus inquietudes. Una vez que cada quien hubo encontrado donde sentarse todos los ojos se centraron en Mu quien comenzó con algo de indecisión a contar su historia…

-¡Milo tiene algo con la sacerdotisa de Athena!-confesó sin muchos miramientos el lemuriano ocasionando que a los presentes se les cayera de la mandíbula de sorpresa.

-¡¿Qué?!-preguntó Saga al punto del colapso.

-¡¿Milo y Herse?!-balbuceó Aioros.

-No puede ser-alcanzó a susurrar un conmocionado santo de Libra.

Mu solo asentía con la cabeza sintiéndose culpable de revelar esa "verdad" a sus demás compañeros.

-Yo vi como Milo le dio un codazo a Camus cuando Athena habló de ella-explicaba compungido Mu-Al principio pensé que era Camus quien mantenía una relación con ella, pero al cuestionarlo me explicó que no era así y que en realidad no podía decirme nada porque no era asunto suyo.

-Si Camus sabe y no es asunto suyo entonces tiene que ser de Milo-concluía en voz alta el santo de Sagitario.

-Y conociendo a Milo que es un conquistador sin remedio…no hay duda que tiene que ser él-complementó Saga.

-Aioria me contó que la última noche que pasamos aquí Milo quería escaparse con una de las damas de compañía de Athena-comentó Aioros recordando una plática con el león dorado.

-Tenemos que hacer algo con el bicho, de lo contrario nos va a meter en problemas-decía Saga mirando a los demás.

-Maestro ¿usted que opina?-preguntó Mu a Dohko que no participaba en la conversación-¿Maestro?...

Dohko estaba completamente perdido en sus pensamientos. No comprendía que le impresionaba más; si el saber que Milo andaba detrás de la sacerdotisa o el repentino arranque de celos que le atacó al enterarse de semejante noticia.

-¿Maestro Dohko?-le llamaba Aioros sin recibir respuesta.

-Qué extraño…-comentaba Mu mirando a Saga y Aioros.

-¡Maestro!-subió Saga el tono de su voz al mismo tiempo que pasaba su mano frente a la cara de Dohko tratando de llamar su atención.

-¿Qué?-reaccionó por fin el antiguo maestro.

-Estábamos hablando y usted como que de repente dejó de prestar atención a lo que decíamos-contestó con sospechas el santo de Géminis-¿Le sucede algo?

-No, no se preocupen-fue la respuesta del de Libra ante la insistente mirada de los santos más jóvenes-Solo estaba pensando.

-¿En qué?-preguntó sin pensarlo mucho Aioros.

-Pues…en esta situación-contestó titubeante Dohko, no podía decirles a los muchachos que en realidad le había sacudido el piso solo pensar en Milo y Herse juntos.

-¿Y bien?-trató de animarle Mu a que compartiera sus ideas con ellos.

Dohko les miró sin decir una sola palabra.

-¿Estás seguro de lo que dices Mu?-preguntó suplicando en sus adentros que el santo de Aries estuviera equivocado.

-En realidad no lo estoy, son solo sospechas pero podríamos preguntarle a Milo. Ya saben como es, estoy seguro que no lo negará en caso de que fuera verdad.

Sonaba como una buena idea, con lo descarado que era el escorpión en cuestión de amores seguramente ni siquiera se molestaría en negarles sus actos o sus intenciones, lo único que tendrían que hacer era confrontarlo a la hora del desayuno y entonces se enterarían de la verdad.

-Ok, entonces eso haremos, pero tenemos que disimular un poco. Será mejor que le preguntes Mu cuando ambos estén solos.-aclaró Aioros a lo que los otros santos aprobaron la idea del de Sagitario-Ahora vamos a comer algo porque me muero de hambre.

Así los santos salieron de la habitación con rumbo hacia el comedor para tomar el desayuno.

En el comedor del Templo de Athena, Máscara de Muerte y Aioria se encontraban sentados en lados opuestos de la mesa. Nunca se habían llevado bien, así que no tenían muchos temas de conversación en común, por lo que la indiferencia inundaba el ya de por sí incómodo ambiente entre ambos santos. Fueron los primeros en llegar y esperan con ansías que sus demás compañeros aparecieran pronto puesto que la situación no era muy agradable. De vez en cuando se veían de reojo y luego pretendían no hacerlo.

-Ya se tardaron mucho-comentó el de Cáncer tratado de hacer conversación.

-Si-respondió el santo de Leo sin saber que más decir.

De nuevo el silencio.

-Ojalá sirvan algo bueno para desayunar-esta vez era el león el que hacia el esfuerzo de decir algo.

-Sí, seguramente-contestó Máscara.

Y otra vez volvieron a callarse. Miraban para todos lados, se hacían los desentendidos hasta que por fin aparecieron Kanon y Shaka para terminar con la tortura de ambos santos.

-¡Kanon! ¡Shaka! ¡Qué bueno verles!-saludó Aioria agradecido de la presencia de sus amigos.

-Que bueno verte otra vez gato…-correspondió el saludo Kanon-Los quince minutos que no te he visto se me han hecho los más largos de mi vida-terminó con broma.

Shaka y Máscara sonrieron a causa del comentario del ex marina, no así Aioria que torció la boca al sentirse burlado.

-Muy gracioso-dijo entre dientes.

Poco a poco los demás caballeros comenzaron a reunirse en el comedor, pero la comida no aparecía por ningún lado.

-Como que se están tardando y yo ya tengo hambre-se quejó Milo agarrándose el estómago.

-Además exigente-le respondió Shaka-Me quieres decir Milo ¿cómo pretendes que preparen tanta comida en media hora? Seguramente no nos esperaban.

-Pues sí, pero explícaselo a mi estómago.

Shaka giró los ojos, era batalla perdida seguir explicándole las cosas al escorpión. Muy quieto en un rincón de la mesa Mu esperaba el momento preciso para encarar a Milo, no estaba seguro de que momento acercarse puesto que el santo de la octava casa estaba enfrascado en una conversación con el león dorado acerca de la mejor receta que alguna vez hubieran probado, se notaba que ambos tenían hambre.

De repente Mu supo que tenía una oportunidad frente a sus ojos cuando Aioros prácticamente raptó a su hermano menor para alejarlo de Milo y Saga se apropió de la silla que el santo de Acuario ocuparía junto a su amigo casi empujando al galo en el proceso ocasionando con ello un par de malas palabras en francés por parte del agredido.

-Milo ¿te molestaría si te hago una pregunta?-le dijo el de Aries separando al peliazul del grupo.

-Me molestaría menos si tuviera algo que comer, pero ¿qué deseas Mu?-contestó con su ya conocido sentido del humor el escorpión.

-En realidad no sé como preguntarte esto así que nada más lo haré…-comenzó el lemuriano-¿Tienes o intentas algo con Herse?

Milo abrió los ojos ante la pregunta y comenzó a carcajearse a más no poder llamando la atención de todos sobre los dos santos. Sus compañeros lo observaban como si estuviera loco puesto que no dejaba de reír y de tambalearse hacia adelante y atrás.

-No pasa nada-dijo aún riéndose Milo a sus amigos-Es solo que Mu me contó un buen chiste.

No muy convencidos de la explicación los guerreros de Athena volvieron a sus respectivas conversaciones ignorando por completo lo que fuera que hizo ahogarse de risa al escorpión, conociendo a Milo cualquier cosa pudo haber tenido ese efecto en él.

-No, Mu, no tengo ni pienso intentar nada con Herse. Ella es una sacerdotisa, yo soy un santo y además no soy su tipo-fue la terminante respuesta de Milo.

-¿Cómo es eso que no eres su tipo?-preguntó por demás alarmado el de Aries.

-Ya lo sabrás algún día carnerito-habló Milo dándole una palmadita en el hombro.

No había pasado mucho tiempo cuando la puerta se abrió para dar paso a una decena de doncellas cargando toda clase de platillos para el desayuno, detrás de ellas entró Herse sonriente como siempre.

-Bienvenidos de nuevo, santos.

-¡Hola Herse! ¿Qué cuentas? ¿Nos has extrañado?-ese era el desenfadado de Milo.

La chica se rió de las preguntas del santo-Si, mucho Milo-respondió haciendo que cuatro santos alzaran una ceja al sospechar algo.

-Espero que ustedes también nos hayan extrañado a nosotras-escucharon la voz de la diosa que entraba a la habitación.

-Puede apostar que sí, señora-le contestó Kanon.

Poniéndose de pie los santos recibían a la diosa de la sabiduría que llegaba para acompañarles en el desayuno. Como ya era usual Athena tomó asiento en la cabecera de la mesa y con un ademán les indico a los jóvenes que podían comenzar con su comida sin tener que esperar más.

-Athena, ¿sabe algo de Shura?-preguntó Aioros mientras comían.

-Sé que ha mejorado pero aún no despierta, no deben preocuparse por él. Soterios, el hombre que lo está cuidando, es de mi entera confianza, de hecho vivió varios años en esta ciudad sirviéndome como médico de mis tropas.

-No es desconfianza, es solo que no supimos nada de Shura y Aldebarán en días por lo que teníamos muchas dudas al respecto-intentó aclarar las cosas Saga.

-Aldebarán permanecerá con Shura durante todo el tiempo que esté convaleciente. Hay tantos enemigos ahí afuera que no me gustaría dejar sin protección al santo de Capricornio, tan pronto Shura pueda trasladarse hasta esta ciudad les prometo que Aldebarán se unirá al grupo.

El desayuno transcurrió en tranquilidad con los santos contando sus anécdotas a la diosa y a la sacerdotisa, explicándoles a detalle como habían conseguido derrotar a la Hidra.

-¿Y quién es esa chica Kal?-preguntó intrigada la diosa.

-Una amiga que conocimos en Nemea-le dijo Milo.

-En realidad no es amiga mía-complementó Máscara de Muerte con evidente disgusto en el rostro.

-¿Y por qué piensas eso Máscara?-le confrontó la diosa.

-Por nada en especial, es que esa mujer me da muy mala espina. No confía en ella.

-Es un paranoico, su excelencia-dijo en broma Afrodita sonriendo con complicidad a su amigo de Cáncer-Kal nos dio una información equivocada cuando enfrentamos al león de Nemea y a este no se le olvida ese error de la chica.

Athena miró al santo de Cáncer aún pensativa, tal vez valdría la pena averiguar un poco más acerca de la misteriosa jovencita que ayudaba a sus santos.

-Tengan cuidado mis santos, aquí las cosas no son lo que parecen-comentó la diosa de la sabiduría poniéndose de pie-Ahora con su permiso me retiro, tengo que supervisar las reuniones de seguridad de la ciudad. Les veré en el almuerzo.

Tras despedir a su señora, los guerreros continuaron comiendo y conversando hasta que saciaron su hambre. Por fin abandonaron la habitación.

-Herse ¿podría pedirte un favor?-preguntó Saga, quien salió de último, a la joven sacerdotisa.

-Por supuesto, Saga. ¿En qué puedo ayudarte?

-Necesito que me consigas unas cosas-respondió el geminiano mientras entrega a la rubia un papelito donde anotó todo lo que necesitaría.

La chica abrió el papelito y leyó el contenido del mismo, su rostro delató de inmediato la sorpresa que le ocasionaba aquella petición del santo. Volteó a verlo interrogándole con los ojos.

-No te preocupes, son solo algunas cosas que necesito para unos pendientes-confirmó Saga guiñándole el ojo.

Ella le regaló una traviesa sonrisa-Esta misma tarde te llevaré todo a tu habitación-contestó.

Por su parte algunos de los caballeros salían al patio de prácticas para estirar un poco las piernas y de paso ayudar a la digestión del desayuno. Afuera el clima era perfecto, el sol brillaba en el azul cielo y una fresca brisa mitigaba el calor de Grecia.

-¿Qué les parece un poco de entrenamiento?-preguntó ansioso Aioros, hacía tiempo que no tenía una sesión completa de ejercicios.

-Me caería bien un poco de ejercicio después de tanta comida-se anotó Kanon al reto mientras se estiraba un poco.

-Creo que ya me estoy anquilosando a falta deentrenamiento, mucho caminar y poca acción-Afrodita se unía al grupo.

-Yo paso, mi espalda me está matando de tanto dormir en el piso-el león dorado no estaba dispuesto a mover un solo músculo más, necesita una larga siesta en una mullida cama.

-Nosotros sí iremos ¿verdad Camus?-decía el santo de Escorpión, su compañero de Acuario confirmó con la cabeza.

-Agradezco la invitación pero creo que mi espíritu necesita más el ejercicio, desde que llegamos a este lugar he tenido pocas oportunidades de conversar con Buda, así que, si me disculpan, pasaré la mañana meditando-explicó el de Virgo alejándose con dirección a los jardines situados al frente del Templo.

-Creo que entonces solo seremos nosotros-comentó Mascara de Muerte-Mu se quedó con el maestro Dohko conversando quien sabe de qué.

Y así transcurrió la mañana para nuestros héroes. Entre golpes y ataques las horas parecían volar, entrenar de esa manera casi les hacía sentirse en casa, se veían a sí mismos dentro del viejo Coliseo rodeados de las voces de los aprendices y santos que se reunían a observar los intensos entrenamientos de la orden dorada, siempre era un espectáculo el apreciar las increíbles habilidades de esos jóvenes.

Dentro de la habitación de Dohko, Mu explicaba al castaño lo que el santo de Escorpión le confirmó unos momentos antes del desayuno.

-Así es maestro…-decía el lemuriano- Milo aseguró que no existe ninguna relación con Herse, de hecho parece entender que sería inapropiado algo entre un santo y ella.

El de Libra hubiera preferido no escuchar esa última parte, sin embargo le tranquilizaba bastante que el escorpión estaba fuera de la jugada y, más importante, que el peliazul no tenía pretensiones para con la joven princesa de Atenas.

-Es un alivio escuchar eso-le dijo a Mu.

-Sí, ya me quedo más tranquilo. Ahora, si le parece bien, me retiro hacia mi cuarto, creo que necesito algo de descanso-se despidió cortésmente el ariano al abandonar los aposentos del guardián de la séptima casa.

-Gracias Mu, que descanses-Dohko no pudo evitar sonreía al cerrarse la puerta, por fin podía respirar tranquilo.


-¡Ya llegamos!-exclamó Aldebarán entrando a la casa de Soterios acompañado por Minta y cargando en uno de sus hombros una enorme cesta llena de alimentos.

-¡Estoy en la cocina!-les respondió Zeva.

El santo y la niña se apresuraron a llevar todos los víveres que habían comprado a la cocineta donde la joven griega se encontraba preparando el desayuno para la familia.

-¿Te ha dicho tu abuelo algo acerca de Shura?-preguntó Aldebarán a Zeva mientras comenzaba a sacar todas las compras de la canasta y a acomodarlas en la alacena.

-No, pero recuerda que el abuelo te explicó desde el principio que la recuperación sería tardada.

-Lo sé, es solo que me desespera el que ni siquiera haya despertado. Ya lleva tres días dormido y sin dar señales de mejoría.

-Alde, no seas exigente. Shura está haciendo su mejor esfuerzo para recuperarse y tú lo sigues presionando, si continuas así solo conseguirás ponerlo nervioso. Puede que esté dormido pero estoy segura que puede escucharte, así que no quiero oír más de esos comentarios-le reprochó la niña quien trepándose a una silla sermoneaba al toro dorado como si fuera su mamá.

Por su parte Aldebarán y Zeva trataban de no reírse de la chiquita, ciertamente había algo de verdad en sus palabras, sin embargo la manera de expresarse hacía la escena por demás divertida.

-¡Buenos días!-saludó cortésmente el anciano Soterios-Veo que Aldebarán y Minta ya han ido al mercado a hacer las compras del día-comentó al ver la comida llenando una mesa no muy grande instalada en la cocina.

-Así es abuelo-contestó la niña-Compramos todas las provisiones de la semana ¡ah! Y me olvidaba…-inmediatamente comenzó a registrar entre las cosas hasta encontrar una bolsita llena de hojas secas-Te trajimos las hierbas medicinales que nos pediste.

Soterios tomó entre sus manos la bolsita y sacó unas pocas hojas en su mano. Procedió a olerlas, a sentir la textura y, por último, se metió una hoja a la boca para probar su sabor. Aldebarán, Minta y Zeva miraban con curiosidad todo el ritual que el anciano realizaba con las hierbas que seguramente usaría para el tratamiento de Shura.

-Esto servirá-afirmó por fin.

Con calma se dirigió hasta el fogón para poner a hervir un tanto de agua mientras que depositaba en una taza algunas de las hojas secas con la intención de preparar una especie de té.

-¿Vas a desayunar algo abuelo?-le interrumpió Zeva que ya comenzaba a servir los platos.

-No Zeva, pero gracias. Primero voy a darle esta infusión a Shura y después comeré algo.

-Hablando de Shura-se atrevió a preguntar Aldebarán de la misma manera que lo había hecho cada mañana desde que llegaron ahí-¿Cómo sigue? ¿Ha habido alguna mejoría?

-Si te refieres a que si ya ha recobrado el conocimiento, no, aún no ha despertado; sin embargo te aseguro que ha mejorado mucho. Ya no se queja de dolor ni tiene fiebres, parece que el envenenamiento ha cedido-respondió el anciano pacientemente.

-¿Ves? Te lo dije-le reprochó Minta al santo de Tauro-¡Pero no me crees!

Una sonrisa fue todo lo que Aldebarán dio como respuesta a la niña que continuaba viéndolo de manera traviesa. Los cuatro permanecieron en silencio enfocándose en las labores que les correspondían.

Después de desayunar, y como ya era costumbre, Aldebarán ayudó a las dos jovencitas con el mantenimiento del pequeño huerto de la entrada. De hecho también auxilió a unos vecinos con un árbol caído sobre el patio y prestó sus servicios para la reconstrucción de una casa, tener un santo de Athena en la aldea era toda una novedad, y de mucha ayuda también. El toro dorado se había convertido en una verdadera celebridad en el pueblo.

Había pasado las últimas mañanas andando entre los aldeanos, conociendo gente y ayudando a cuanta persona podía, esa era su naturaleza. Le gustaba departir con todos y rodearse de amigos y así lo había conseguido.

Llegada la media tarde el santo se encaminó de regreso a la casa de Soterios, ya era hora del almuerzo y quería checar como andaba todo con Shura. Cruzó el poblado saludando a cuanto aldeano se le atravesaba con la alegría propia de él. Tan pronto entró a la casa la situación se volvió sospechosa.

Sentada en uno de los muebles de la sala Minta permanecía quieta y cabizbaja, algo no estaba bien. Buscó con la mirada a Zeva o a Soterios pero no alcanzó a ver a ninguno de ellos, en la cocina las ollas de comida burbujeaban como si llevaran ya varios minutos hirviendo y los platos no habían sido colocados en la mesa. Con desconfianza se aproximó a la niña, preparándose para alguna trágica noticia.

-Chiquita, ¿qué sucede? ¿Dónde están todos?-preguntó con suavidad.

Ella le miró con tristeza-Shura ya despertó-contestó con una voz apenas perceptible.

El corazón de Aldebarán dio un brinco dentro de su pecho. Shura por fin despertó pero ¿por qué Minta estaba tan triste? ¿Y por qué Zeva y Soterios habían dejado todo atrás?

-¿Están ahí adentro?-volvió a cuestionar el toro apuntando la puerta de la habitación de Shura. La niña asintió con la cabeza.

Con temor Aldebarán fue recorriendo el breve espacio entre él y la puerta hasta quedar frente a ella. Respiró profundamente para luego empujarla viendo como poco a poco la habitación quedaba al descubierto de sus ojos.

En la cama estaba sentado Shura, frente a él Soterios parecía examinar algo en el rostro del santo de Capricornio, por último Zeva permanecía de pie junto a la ventana, que estaba cubierta con una manta dejando la habitación en penumbras. La joven fijó sus ojos en el santo de Tauro al verlo entrar por la puerta.

-¡Shura! ¡Amigo! ¡Ya despertaste!-exclamó Aldebarán contento y casi corriendo hacia la cama donde estaba el santo de Capricornio.

-¿Aldebarán?-preguntó Shura moviendo el rostro hacia donde estaba el de la segunda casa.

El santo se detuvo en seco, algo no estaba bien. Rápidamente ubicó al anciano preguntándole con los ojos que estaba pasando. Exigía una respuesta.

-Aldebarán, hay un problema con la vista de Shura-explicó el viejo-Parece ser que no puede ver.

-Estoy ciego, amigo-finalizó Shura con decepción.

La sangre se le heló en las venas al pobre Tauro, no daba crédito a lo que oía.

-¿Pero…?-balbuceó.

-Puede ser un efecto del envenenamiento, pero no brinquemos a conclusiones, necesitaremos un poco de tiempo para saber más-intentaba suavizar las cosas Soterios-Sería un poco extremo decir que estas ciego permanentemente jovencito.

-Soterios tiene razón, Shura. Pronto las cosas se van a solucionar, si lograste sobrevivir a la Hidra podrás sobreponerte a esto-habló con renovado optimismo el de la segunda casa.

Algo parecido a una sonrisa apareció en la boca del Capricornio.

-Al menos estoy vivo y creo que no te he agradecido lo que hiciste por mí. Gracias Aldebarán.

Conteniendo las lágrimas el toro dorado se abalanzó sobre Shura para abrazarlo, fuera como fuera era un enorme alegría tenerlo de vuelta.

-No tienes nada que agradecer mi amigo, nada.


Ya más relajados y descansados, los santos dorados volvieron a reunirse en el comedor al llegar la hora del almuerzo. Esta vez todo estaba listo para recibir a los huéspedes favoritos de la diosa de la sabiduría, inclusive Herse se encontraba esperando por ellos dentro del comedor.

-La señora Athena me ha encargo que la disculpe-comentó la joven-Ha tenido que salir de improviso y no podrá acompañarnos durante la comida.

-No tiene porque disculparse, sabemos que está muy ocupada y le agradecemos que esté tan pendiente de nosotros a pesar de las muchas obligaciones que debe cumplir día a día-respondió el santo de Virgo.

-Pero está todo bien ¿verdad?-preguntó un intuitivo Mu.

-Sí, no se preocupen. Solo es un compromiso de rutina-se apresuró a confirmar Herse ¡cómo odiaba tener que mentirles! Pero las instrucciones de Athena fueron muy específicas, nadie debía enterarse de que iría a visitar a Shura, nunca mencionó el motivo sin embargo en el fondo de su corazón la sacerdotisa sabía que las noticias no eran buenas.

-¿Estás bien?-la cuestionaba Aioros al verla ausente.

-Solo repasaba lo que tengo que hacer esta tarde-ella sonrió, no quería levantar sospechas.


En la penumbra de la habitación, Shura permanecía sentado en la cama pensando una y otra vez en el estado en que se encontraba. No tenía miedo a perder la vista, sabía muy bien que su cosmos le ayudaría a moverse sin necesidad de sus ojos, sin embargo sí le atormentaba pensar en las muchas cosas que se perdería si la ceguera resultaba ser permanente. No podría disfrutar de los colores, no volvería a ver los rostros de las personas, jamás apreciaría de nuevo los maravillosos amaneceres que tanto le gustaban, se perdería de tanto…pero al menos estaba vivo.

Un delgado rayo de luz se filtró a través de la puerta que se abría lentamente. El rechinar de la madera llamó la atención del santo de Capricornio obligándolo a voltear instintivamente la cara hacia donde dedujo que se encontraba la entrada de la habitación.

La joven diosa de la sabiduría hacía su entrada, caminado silenciosamente hasta llegar a la cama donde reposaba su guerrero. Se sentó en el borde justo al lado de Shura para tomar la mano del santo entre las suyas con una ternura que él nunca había sentido en su vida.

-¿Cómo estás Shura?-le dijo con voz delicada.

-Señora, que gusto escucharla de nuevo.

-Me alegra mucho verte vivo, sé que tu vista aún no regresa más te pido, mi querido santo, que no pierdas la esperanza. Te prometo que haré todo lo que esté en mi poder para devolver el brillo a tus ojos verdes.

Una traicionera lágrima se escapó de los tristes ojos del Capricornio, rodando lentamente por su mejilla. Delante de ella no podía fingir que estaba bien porque no lo estaba, le dolía tener que vivir en las tinieblas, no se resignaba a perder el colorido mundo que alguna vez conoció. Ya había estado ciego antes, el mismo Shaka le había arrebatado la vista sin embargo en aquella ocasión la situación era muy diferente, la vida que vivía era prestada y tarde o temprano volvería a unirse a los muertos, en donde no necesitaría ver puesto que en el Inframundo no existía nada que mereciera ser apreciado.

Para Athena las cosas tampoco eran fáciles. Era tan doloroso verlo sufrir de esa manera, podía sentir como su alma lloraba con desilusión y ella tenía las manos atadas. Malditas reglas que le impedían ayudarlo, perversos dioses que causaban más daño que bien, si pudiera rompería sus ataduras solo que eso solo significaría más odios y rencores hacia sus protegidos. Permitió que una lágrima se le escapara, después de todo él no podría verla desahogarse y necesitaba tanto sacar todos esos sentimientos de su pecho.

-Por favor Athena, le suplico que no llore por mí-le dijo él estrechando la suave mano de la deidad.

-¿Cómo sabes que…?

-Quizá estoy ciego pero puedo sentir la tristeza de su aura.

Que tonta había sido, olvidó por completo que esos jóvenes podían leer su cosmos a la perfección, en lugar de ayudar a su santo había conseguido preocuparle, se recriminó.

-Le juró señora que no pienso darme por vencido, con su ayuda saldré de esta porque creo en usted y le confío mi vida.

No pudo evitarlo, se lanzó sobre Shura abrazándolo con fuerza, ella tampoco se daría por vencida, seguiría luchando.


La noche había caído sobre Grecia y el silencio en el Templo de Athena era sepulcral. Cada uno de los santos se había retirado a descansar, preparándose para la aventura que comenzaría la mañana siguiente.

Incapaz de conciliar el sueño Dohko permanecía acostado en su cama observando fijamente el techo. Torció la boca y una leve sonrisa se dibujó en sus labios al recordar la avalancha de sentimientos que había experimentado ese día, hacía tanto tiempo que no se sentía de ese modo, y muy en fondo le gustaba esa sensación.

Sin embargo aún le preocupaba el haber sentido celos, y no por el sentimiento en sí, sino que sabía perfectamente que no podía existir nada entre él y Herse, ella era una sacerdotisa y él un santo al servicio de la diosa virgen ¿en qué momento habían aflorado todas esas emociones hacia la joven? La situación era impensable, así que esa sería la última palabra, se tragaría todo y continuaría su vida como si nunca la hubiera conocido.

-Además a lo mejor a ella ni siquiera le intereso-se dijo a sí mismo mientras se sentaba en la cama.

Entonces cayó en cuenta de lo que acaba de decir. Se golpeó la frente con la mano en claro reproche a su conducta y a su comentario. Recién acababa de tomar una determinación y ya estaba rompiendo sus propias reglas al pensar en semejante tema.

-Ahora si que la senilidad me está afectando-murmuró decepcionado de su propia conducta.

Se puso de pie para buscar una remera con que cubrirse el torso desnudo, necesitaba salir para tomar algo de aire, con un poco de suerte el fresco de la noche podrían despejarle la cabeza. Vistiéndose abrió la puerta de la habitación y recorrió los vacíos corredores del templo de Athena hacia la salida principal.

Alcanzó a divisar la salida iluminada por el resplandor de la luna y la brisa acarició su rostro. Se detuvo, cerró los ojos y respiró con fuerza tratando de recobrar la calma y de tranquilizar al fantasma de la duda que comenzaba a asustarlo ante el orden de los acontecimientos.

-¿Dohko?-escuchó llamar su nombre-¿Qué haces aquí a esta hora?

"No puede ser" pensó al descubrir frente a él a Herse sentada en las escaleras de la entrada mirándole expectante y esbozando una tímida sonrisa.

-No tengo sueño, así que pensé salir a respirar un poco de aire-respondió intentando disimular la sorpresa-¿Y tú?

-A veces vengo aquí cuando necesito meditar algo, a estas horas de la noche suele ser un lugar muy tranquilo. Además hoy hay luna llena, solo en estos maravillosos días podemos observar a la luna tan majestuosa y hermosa como en realidad es.

El santo de Libra alzó los ojos al cielo para encontrarse con la plateada luna brillando intensamente sobre su cabeza, estaba tan encerrado en sus ideas que ni siquiera había notado el espectáculo que Artemisa les regalaba.

-Tienes razón, realmente es hermosa-respondió a Herse-Me retiro, para que puedas seguir disfrutando en paz de esta noche, buenas noches-se despidió caballerosamente para empezar el regreso a su habitación.

-¡No! Espera…-se apresuró a detenerlo la rubia-No es necesario que te vayas, si lo deseas puedes quedarte a platicar.

-No quiero interrumpirte…-intentó excusarse el de Libra, en realidad quería quedarse pero el objetivo de salir de su cuarto era olvidarse por un momento de ella y ahora tendría que tenerla en frente conversando.

-Pero si no será molestia, al contrario será un placer conversar contigo-respondió la chica con una sonrisa e invitándole con la mano a sentarse a su lado.

Dohko suspiró profundamente, no tenía mucha opción y tampoco quería herir sus sentimientos, así que caminó hasta sentarse al lado de la sacerdotisa. Al principio un incómodo silencio inundó el ambiente, él no buscaba de que hablar y ella esperaba a que él diera el primer paso en la conversación.

-¿Por qué no me cuentas qué les ha parecido nuestra época?-Herse rompió el silencio, si ese tímido santo no iba a atreverse sería ella quien se lanzaría al ruedo.

-Extraña, muy extraña-contestó Dohko con una sonrisa nostálgica en los labios-Hemos visto y vivido cosas que nunca esperamos, por más que intentamos imaginar lo que nos deparaba creo que ni siquiera nos acercamos.

-¿Por qué lo dices?

-Bueno…para empezar nos encontramos dioses caprichosos por doquier, aunque de esos ya tenemos muchos en casa-río el santo-Nos ha atacado un wivern, una ninfa acosa a Aioria, Milo quiso llevarse un grifo de mascota, un león gigantesco trató de comernos, dos mujeres locas del inframundo masacraron a inocentes frente a nuestros ojos, un mar de cangrejos nos persiguió, luchamos contra un ejercito de muertos y una hidra casi mata a Shura ¡demasiado para una semana!

La chica no pudo evitar reírse del comentario del de Libra, ni siquiera imaginaba como sería su mundo pero no podía ser nada parecido a la edad del Mito a juzgar por la reacción de Dohko. Por su parte el antiguo maestro la observaba anonadado, en realidad era bonita.

-Disculpa que me ría-le dijo Herse al notar la insistente mirada del santo sobre ella-Es solo que ustedes han pasado por más cosas de las que un ciudadano promedio vería en su vida entera. No creas que eso nos sucede todos los días.

-Ni te preocupes, en realidad a mi también me da risa recordar todo. Será una buena anécdota para contarles a mis hijos y mis nietos.

-¿Tienes hijos?-preguntó la sacerdotisa intrigada.

-¿Hijos? Biológicos no, pero tengo un alumno, Shiryu, al que quiero como si lo fuera y también esta Shunrei, a ella la adopté cuando apenas era un bebé y desde entonces ha permanecido conmigo. Ojalá pudieras conocerla, es una dulzura de niña.

Herse pudo notar como los ojos se le humedecieron al santo al hablar de su familia, a leguas se podía apreciar el cariño que les tenía y cuanto los extrañaba. Aquel era hombre era todo lo que ella esperaba.

-Estoy segura que los verás pronto y que ellos te esperan con ansias.

Él solo sonrió con tristeza.

-Es normal extrañarlos ¿sabes?-continuó la joven-Yo he estado separada de mi padre y mis hermanas por años, a pesar de vivir a unos cuantos metros apenas y puedo verlos debido a al voto de servicio que he hecho para la señora Athena.

-Lo siento mucho, debe ser terrible pasar tanto tiempo lejos de las personas que quieres.

-Así es, pero esa fue mi decisión; ustedes en cambio vinieron aquí por culpa de los dioses, de lo contrario dudo que te hubieras alejado tanto de Shiryu y Shunrei.

-De vez en cuando es bueno tomarse unas vacaciones de la paternidad-bromeó Dohko-Además ellos ya están bastante grandecitos para cuidarse solos.

-Entonces espero que estés disfrutando tus vacaciones-le siguió el juego Herse.

-¿Crees que estas son mis vacaciones? ¡Ni lo sueñes! Vacaciones serán las que me tome cuando regresemos a nuestro tiempo, pienso pedirle a Shion dos semanas para irme a la playa o algo así.

-¡Ah! Ya veo. Me parece una excelente idea, oye por cierto ¿quién es Shion y por qué tienes que pedirle permiso?

-Shion es nuestro Patriarca, el máximo santo de la orden de Athena y el encargado de mantenernos a todos a raya, en especial a esos doce "angelitos" que duermen apaciblemente dentro del templo-esto último dicho con tremenda ironía por parte de Libra.

-No te creo que sean como dices, se ven tan serios y bien portados-dijo asombrada de la declaración de Dohko.

-Es porque no has pasado más de tres horas con ellos, son de lo que no hay. Solo Saga y Aioros se salvan de caer en la misma categoría y eso por muy poco, cuando se juntan con sus respectivos hermanitos ni quien los detenga.

-Me gustaría verlo-rió la joven.

-No, no te gustaría, puede ser demasiado peligroso.

-Pues valdría la pena arriesgar mi vida por…

-¡Shhhh! ¿Escuchaste eso?-la interrumpió el santo.

El rostro de Dohko había cambiado de risueño a preocupado. Poniendo su dedo sobre sus labios le indicaba a la sacerdotisa que guardara silencio, aparentemente escuchaba algo que ella no podía oír. La ayudó a levantarse y sujetándola del brazo la escoltaba hasta la entrada del templo sin despegar la mirada del cielo como si buscara algo.

-Dohko ¿qué pasa?-murmuró Herse consternada.

-Algo no está bien, entra al templo ahora y, sin importar lo que escuches, no vayas a salir.

-Pero…

-Pero nada Herse, haz como te digo.

Titubeante la rubia se encaminó hasta la entrada viendo de reojo al santo, sin embargo justo cuando estaba a punto de entrar una sombra cayó desde el cielo aterrizando frente a ella ocasionado que gritara aterrorizada ante lo que tenía enfrente.

-¡Herse!-grito con desesperación Dohko.

Una hermosa mujer de largos y brillantes cabellos castaños sujetaba a la sacerdotisa impidiéndole huir de ella. Su cuerpo desnudo resaltaba bajo los rayos lunares y esbozaba una maquiavélica sonrisa en los labios mientas sus largas garras apuntaban directamente al cuello de Herse haciendo brotar unas pequeñas gotas de sangre al clavarse en la fina piel de la chica, y sus enormes alas se expandían haciéndola ver aún más impresionante.

-Acércate un paso más, santo de Athena, y mis garras atravesaran el cuello de esta chica-le amenazó.

Dohko apretó los dientes ante la amenaza, no quería exponerse a que aquel ser cumpliera su palabra y terminara de un solo golpe con la vida de Herse. Tenía las manos atadas.

-Mátala de una vez Ocípete.

A espaldas del santo de Libra otros dos de esos seres acaban de poner los pies en la tierra. Los cabellos de una eran negros y los de la otra eran rojos oscuros, fuera de eso las tres eran idénticas.

-¿Por qué no me dejas divertirme Celeno? Contigo todo es muerte inmediata, no hay nada de juego previo-refutó Ocípete a la de cabellos negros.

-Como gustes entonces, yo y Aelos nos encargaremos del santo.

Al escuchar los tres nombres Dohko descubrió la identidad de esos seres…

-Arpías-habló para él mismo.

-Nos hablabas mortal-en un pestañeo del santo, Aelo ya estaba cara a cara con él, separada solamente a centímetros del rostro del de Libra haciendo que, inconscientemente, se retirara hacia atrás para alejarse de ella.

-¡Señorita Herse!

Las voces de dos soldados que recién aparecieron llamaron momentáneamente la atención de los monstruos. Esta vez Celeno no perdería la oportunidad de deshacerse de un pobre humano. Desplegando sus alas voló con una sorprendente velocidad hasta el soldado y tomando su cara entre sus garras unió su boca con la suya.

El hombre luchó lo más que pudo para liberarse de la arpía pero poco a poco su rostro comenzó a tomar un tono entre pálido y amarillento, como si le estuvieran robando la salud y la vida. Por fin dejó de moverse, estaba muerto. El terror inundó los ojos del segundo soldado al observar la mirada calculadora de la arpía sobre él, sería el siguiente en morir.

- ¡ACUBENS! (Pinza de cangrejo)

-¡ROYAL DEMON ROSE!

-¡Afrodita! ¡Máscara!-gritó Dohko feliz de ver a sus compañeros de Orden.

Piscis y Cáncer habían llegado justo a tiempo. Un par de golpes del cangrejo hicieron que Celeno cayera al suelo sin llegar a tocar al soldado que aún no salía del susto. Por su parte Afrodita de Piscis lanzó sus rosas a las manos de una sorprendida Ocípete quien ante el ataque liberó accidentalmente a la sacerdotisa que de inmediato corrió a refugiarse dentro del templo seguida de cerca por el soldado sobreviviente.

-A ver que puedes hacer ahora que te enfrentas al alguien más fuerte que tú-habló con arrogancia Máscara viendo a la arpía intentar levantarse trabajosamente.

-¡Malditos!-chilló Ocípete arrancando las rosas de su mano y elevándose hacia el cielo.

Aelo volvió a fijar sus penetrantes ojos amarillos en Dohko y sonrió con malicia.

-Tú y tus amigos pueden despedirse de este mundo-dijo volando al lado de su compañera y de Celeno.

-¡Maestro! ¡¿Qué sucede aquí?!-preguntaba Shaka llegando al lugar acompañado de los gemelos.

-¡¿Pero que demonios es eso?!-decía Kanon viendo a las tres arpías flotando en el aire.

Saga gruñó al verlas, fueran lo que fueran no significaban más que problemas para ellos. Mu, Camus, Milo, Aioros y Aioria no tardaron mucho en llegar frenando de golpe su carrera al ver a sus compañeros observando el cielo. Varios integrantes de las tropas de Athena hacían acto de presencia en respuesta al grito de la sacerdotisa, el miedo se dibujó en sus caras al ver a las arpías frente a ellos.

-¡Ustedes! ¡Retrocedan!-les ordenó Afrodita a los soldados-¡Nosotros nos haremos cargo!

Antes de que las tropas lograran seguir la orden del santo, y sin previo aviso, Ocípete lanzó un aullido tenebroso que hizo cimbrar los edificios de la ciudad completa, pero eso no era lo peor. Tapándose los oídos con las manos los santos cayeron hincados por el dolor infligido por aquellos chillidos demoníacos, sentían que en cualquier momento sus tímpanos estallarían. Era tanto el dolor que ni siquiera podían pensar con lucidez en algún plan para librarse de las arpías.

-¡Ese ruido me está volviendo loco!-gritó con desesperación el santo de Escorpión, de buena gana hubiese aceptado el Tesoro del Cielo de Shaka.

Teniendo a los santos a su merced los monstruos volvieron a atacar. Mientras Ocípete continuaba con sus gritos, Celeno y Aelo se abalanzaron sobre los jóvenes levantándolos fácilmente de los brazos uno a uno para elevarse de nueva cuenta y dejarlos caer desde las alturas o estrellándolos contra el edificio principal.

-¡Augh!-se quejó Saga cayendo estrepitosamente al suelo para revolcarse de nuevo por el dolor.

Cada vez era peor. No soportarían mucho, si ellas no los mataban pronto, estaban seguros que perderían la cordura debido al terrible malestar que esos chillidos hacían en su cerebro.

-Creo que llegó la hora de acabar con su miseria-dijo Celeno caminando hacia Máscara de Muerte-Suplícame que te mate-continuó mientras tomaba al santo del cuello y acercaba su cara a él.

-Púdrete en el infierno, maldito demonio-alcanzó a murmurar el santo a pesar del dolor.

Indignada la criatura estuvo a punto de hundirle las garras en el pecho, pero se contuvo. Sonrió con perversidad y se preparó para succionar la vida del santo de Cáncer, colocando su boca a escasos centímetros de la de él.

-Seré misericordiosa contigo-susurró.

Justo cuando sus labios iban a rozarse tres destellantes luces doradas golpearon a las arpía liberando a los santos del tormento al que eran sometidos y salvando la vida del guardián de la cuarta casa.

Aún en el piso Saga de Geminis abrió los ojos.

"¡Es ella!" pensó al encontrarse con una visión inesperada.

-¿Quién es el idiota que se atreve a interrumpirnos?-gimió Aelo poniéndose de pie con una herida considerable en el brazo.

-Deberías tener más cuidado al dirigirte a una diosa, vil criatura. ¿Acaso no me conoces? Soy Afrodita, diosa de la belleza.

Continuará…


¡Hola!

¡Uff! Al fin terminé este capítulo que por cierto me quedó larguísimo. Sé que me he atrasado un poco en las actualizaciones pero es probable que esta situación continúe por el siguiente par de meses. El fin a año significa una sola cosa: informes de fin de año y menos tiempo para escribir T.T por eso les pido un poquito de paciencia si ven que de repente me tardo en actualizar.

Pasamos a los reviews…Gracias a Sanae, XxkarynaxX, marinlucero, Dama de la Estrellas, Ale y Asuka, espero ya les haya llegado el reply review.

Bombon, no puedo enviarte a los santitos en Navidad porque ¡ya son míos! Wuajajaja (nahhh…de hecho son de Masami Kurumada T.T). Espero que veamos pronto la venganza de Saga (me sonó a título de película ¬¬) y sí, pienso hacer sufrir un poquito a estos traviesos niñotes. Kilder, creo que este capítulo comienza a aclarar el panorama en cuestión de Afrodita, Saga ha sido el primero en levantar la mano pero no será el único y en un corazón taaaaan grande como el de Afrodita seguramente cabe más de un santito. Alfa, espero que me cuentes que te ha parecido este capítulo ;).

Me despido con muchos besos y abrazos.

Sunrise Spirit