Andaba últimamente atribulado por lo que acababa de descubrir, Ichigo hizo una visita a los padres de Orihime a la mañana siguiente. Después de que lo hicieran pasar al salón, se sentó en un sillón de orejas cerca de la chimenea, para quedar frente a Unohana y Kenpachi, quienes se encontraban sentados en el sofá de crin de caballo. Sin saber muy bien ni cómo ni por dónde empezar, Ichigo apretó los puños y observó atentamente la alfombrilla con estampados de rosas, para intentar poner en orden sus ideas, lo que en aquel momento parecía una misión casi imposible.
Al final, decidió que contárselo todo sin rodeos era lo mejor que podía hacer. Y les narró los acontecimientos de la noche anterior. Terminó su relato diciendo:
—Después de ver cómo Orihime se comunicaba con mi ama de llaves, estoy convencido de que ella puede ser mucho más inteligente de lo que todos nosotros pensábamos.
Al oír estas palabras, Unohana se puso tan blanca como una hoja de papel. Después de un momento de silencio que pareció retumbar en los tímpanos de Ichigo, estalló.
—Tonterías. Nuestra hija sufrió una fiebre muy alta que la convirtió en una discapacitada mental, señor Kurosaki. ¡Ya le hemos explicado eso detenidamente!
—Y es muy posible que ustedes tengan toda la razón. Pero la pregunta es: ¿en qué medida es grave su discapacidad mental? ¿Alguna vez han tratado de averiguarlo? La chica es capaz de razonar, de manejar conceptos, señora Inoue; no es una idiota. —Se deslizó hasta el borde de la silla e hizo un gesto de cansancio—. Kenpachi, tú eres un hombre educado. Seguramente entiendes lo que estoy diciendo. Tu hija puede observar la relación entre dos acontecimientos que aparentemente no están relacionados entre sí. Si ella fuese tan débil mental como creéis, ¿podría hacerlo?
Unohana se levantó como un resorte.
—Los dos entendemos lo que está usted diciendo. Simplemente no estamos de acuerdo.
—No es mi intención culpar a nadie —les aseguró Ichigo en un tono más tranquilizador—. Por favor, no me malinterpretéis. Sólo estoy diciendo que es posible que el mal de Orihime no sea tan grave como pensábamos. Quisiera llevarla a Portland. Hacer que le hagan algunos exámenes. Allí hay médicos excelentes que podrían...
—¡No! —Gritó Unohana con voz aguda, y lanzó una mirada de resentimiento a su esposo—. ¡Temía que esto pasara! Te rogué que la mandaras a otro pueblo hasta que naciera el bebé. ¡Ahora mira lo que está pasando! ¡Quiere que le hagan unos reconocimientos!
Dijo la palabra reconocimientos como si se tratase de una vulgaridad. Ichigo soltó un suspiro:
—Sólo un examen de rutina, señora Inoue. Nada exhaustivo. ¿Qué podemos perder?
—¿Qué podemos perder? —preguntó ella fríamente—. Ése es sólo el comienzo. Luego querrá usted que Orihime se quede en Kurosaki Hall y no le permitirá venir nunca a casa.
Kenpachi alargó el brazo para sujetar firmemente su mano.
—Venga, Unohana. Ichifo no ha dicho tal cosa. Te estás precipitando al sacar conclusiones. ¿No es verdad, Ichigo?
Una sensación asfixiante se adueñó del pecho de Ichigo.
—Bueno, Kenpachi, la verdad es que me gustaría hablar contigo acerca de...
—¡Lo sabía! —Unohana soltó su mano de un tirón. Fulminó a Ichigo con la mirada—. ¡Usted nos dio su palabra, señor! Dijo que era un acuerdo temporal. Sólo de nombre. ¡Usted lo prometió!
Ichigo se frotó la cara con una mano.
—Dije eso antes de que me diera cuenta...
—¿Antes de que se diera cuenta de qué? —preguntó ella—. ¿Cómo se atreve? Tiene a la chica durante tres cortos días, ¿y ya cree que la conoce mejor que su propia madre? ¿Acaso está pensando hacer que ese matrimonio sea permanente? ¡Cómo se atreve!
—Sólo quiero lo mejor para Orihime. —Ichigo se esforzaba para hablar en voz baja—. Si ella no es tan retrasada como usted cree, Unohana, imagine cuánto sufrirá si llego a separarla de su bebé.
—¿Qué es lo mejor para Orihime? —La mujer dejó escapar una carcajada de amargura—. ¿Quiere que prediga lo que pasará si sigue con esta locura, señor Kurosaki? Cuando ya sea demasiado tarde, usted descubrirá que yo tengo razón, que nuestra hija, efectivamente, es una idiota. Y al final tomará el camino más fácil y la internará en uno de esos horribles sanatorios. La encerrarán en un cuarto y cuidaran de ella como si fuese un animal. He pasado catorce años haciendo todo lo posible por impedir que eso suceda.
—Yo nunca internaría a Orihime en un sanatorio.
—¿Está seguro? Usted es un hombre joven y atractivo. Algún día conocerá a una joven normal, con quien le gustaría casarse. ¿Qué pasará con Orihime entonces?
—Nunca he faltado a mi palabra, jamás, en toda mi vida —contestó Ichigo—. De ninguna manera empezaré a hacerlo con mis votos matrimoniales. Orihime siempre tendrá un hogar en Kurosaki Hall.
—Está usted faltando a su palabra en este preciso instante —respondió ella—. Prometió devolverme a mi hija, y ahora está vacilando.
—Kenpachi. —Ichigo presentaba claros síntomas de cansancio—. Hazla entrar en razón. Por favor. Si hay alguna oportunidad, aunque sea mínima, de que Orihime pueda ser educada, ¿cómo podemos pasarla por alto? ¿Qué daño podrían hacerle unos pocos exámenes médicos?
El juez evitó mirar a Ichigo directamente a los ojos.
—¿Realmente crees que no someteríamos a nuestra hija a esos reconocimientos si creyéramos, aunque sólo fuera por un instante, que hay alguna esperanza? Eres tú quien debe entrar en razón, Ichigo. Unohana es la madre de Orihime. Ha cuidado de la chica desde que era un bebé recién nacido. ¿Quién puede saber mejor que ella lo grave que es la discapacidad de la niña?
En circunstancias normales, Ichigo no habría podido discutir aquello. Pero dada la franqueza con que el juez le había hablado en una ocasión anterior, él sabía que había muchas más cosas en juego de lo que a simple vista parecía. Una locura, hereditaria. Palabras muy desagradables, que constituían el mayor temor de los Inoue. Un temor tan agobiante que, por razones diferentes, ninguno de los dos podía reconocerlo. Kenpachi debido a su carrera, y Unohana por el sentimiento de culpa.
Si examinaban a Orihime... si se descubría que su desorden mental se debía a una locura hereditaria y no a los efectos de una fiebre muy alta, ellos temían tener que pagarlo muy caro: Unohana en su matrimonio, por los engaños de los que se había valido hacía treinta años; el juez, perdiendo su credibilidad política. En lugar de correr ese riesgo, mantuvieron a Orihime, su vergonzoso secreto, oculta del mundo.
—Podríamos mantener en secreto el viaje a Portland —dijo Ichigo—. Nadie tiene por qué saber que un médico la ha examinado.
—No daré mi autorización para que la sometan a ningún examen —dijo Kenpachi con firmeza.
Ichigo no necesitaba la autorización del padre, y los Inoue lo sabían. Sin embargo, no creyó que fuera prudente recalcarlo.
—Entiendo.
—Por favor, ten la certeza de que queremos a nuestra hija —agregó Kenpachi.
Con una expresión adusta en el rostro, Ichigo observó a aquel hombre, a quien alguna vez había admirado tanto. Si creía querer a su hija, entonces debía darle a la palabra amor una definición completamente diferente de la de Ichigo. No sólo por su renuencia a dejar que examinaran a la joven, sino también por todo lo que había pasado antes: la insulsa ceremonia de la boda, la fiesta en el jardín que tuvo prioridad sobre las necesidades de Orihime y muchas otras cosas que Ichigo no pudo recordar en ese momento.
¿Amor? Que Inoue siquiera se atreviese a usar esta palabra era una farsa.
—Si creyéramos que los exámenes podrían revelar algo nuevo, fuese lo que fuese —prosiguió Kenpachi—, habríamos llevado a Orihime a Portland hace muchos años.
Silencio. Un silencio palpable y acusador. En aquel momento, Ichigo supo que los Inoue se opondrían hasta el fin de sus días a permitir que los médicos vieran a Orihime. Si les llevaba la contraria, las cosas se pondrían feas. Muy feas.
Necesitaba pensar las cosas detenidamente antes de tomar una decisión, no porque le importara particularmente salvaguardar la relación que tenía con sus suegros, sino porque la felicidad de Orihime podía estar pendiente de un hilo. Si, como Rangiku sospechaba, la chica podía sentir afecto, entonces seguramente quería a sus padres, lo mereciesen o no. Por su bien, Ichigo no quería provocar un distanciamiento, al menos sin una buena razón.
Sin duda confundiendo el silencio de Ichigo con un cambio de actitud, Unohana recobró la compostura ligeramente. Con un tono de voz más tranquilo y moderado, volvió a hablar.
—Sé lo muy engañoso que puede ser el comportamiento de Orihime, señor Kurosaki. De vez en cuando puede hacer gala de cierto grado de lo que podría parecer una inteligencia normal, pero enseguida experimenta una regresión. Créame. Aunque odio usar esta palabra, mi hija es una idiota. Nada en el mundo podrá cambiar eso.
Tan agotado que no podría describirlo con palabras, Ichigo suspiró y volvió a frotarse la cara con una mano. Casi no había pegado ojo la noche anterior. Orihime... con su dulce rostro y sus perplejos ojos grises. No podía quitársela de la cabeza.
Quizás Rangiku y él estuviesen aferrándose desesperadamente a una falsa esperanza. Pero tenía que cerciorarse de eso, ¡maldición!
—Lo siento. —Trató de escaparse por la tangente—. Creo que no debí venir aquí. Os he alterado a los dos y, si tenéis razón, lo he hecho sin motivo alguno. Es sólo que yo... —Se encogió de hombros—. Anoche... al verla... tuve la seguridad de que había alguna esperanza.
Miró a Unohana a los ojos y pudo ver su dolor, y supo que ella creía de todo corazón que su hija había heredado la locura de su familia. ¿Sería posible que fuera tal su certeza al respecto, y que tuviera tanto miedo de que su esposo se divorciase de ella, que no quisiera ver ninguna otra posibilidad?
—No hay ninguna esperanza —dijo ella con voz trémula—. Bien sabe Dios que quisiera que la hubiese. Por el bien de Orihime, tiene usted que sacarse todas esas dudas de la cabeza.
Por el bien de Orihime. Ichigo se mordió la lengua para no decir nada que luego pudiera lamentar.
—En los últimos tres años, su condición ha empezado a deteriorarse —señaló Unohana —. Tanto es así que agredió físicamente a su cuidadora. Si permitimos que siga teniendo ese tipo de comportamientos, será necesario internarla en un hospital psiquiátrico, señor Kurosaki. Sé que usted vino aquí esta mañana con las mejores intenciones y que no es una mala persona. Pero debe usted confiar totalmente en mí. Yo no ideé por placer todas esas reglas que Orihime debe seguir. Lo hice para salvaguardar su futuro. Por esta razón, debe usted hacérselas cumplir, tal y como prometió que lo haría. De lo contrario, no habrá quien la controle, y todos mis años de trabajo habrán sido en vano. No quiero que mi hijita termine en un manicomio.
—Yo tampoco quiero eso. Créame, por favor. —Desde luego que le creemos —intervino Kenpachi. Ichigo se puso de pie.
—Siento mucho haberos importunado de esta manera.
—Tonterías —lo reprendió Unohana —. Orihime es nuestra hija, y la amamos.
Aquella palabra de nuevo. Amor. Ichigo habría querido preguntar a aquellas personas si entendían su significado.
Kenpachi se levantó y abrazó a su esposa.
—Así es. Me alegra que hayas venido a vernos para hablar de las inquietudes que tenías. No habríamos esperado que fuese de otra manera.
Mientras Ichigo se despedía de los Inoue y se marchaba de su casa, miles de preguntas le daban vueltas en la cabeza, y ninguna de ellas se podía responder de una manera sencilla. ¿Estaban los padres de Orihime tan absortos en sus propios asuntos que no podían ver los de Orihime?
¿O acaso Rangiku y él estaban arremetiendo lanza en ristre contra molinos de viento?
—¡Señor Kurosaki! ¡Señor Kurosaki! ¡Espere un momento, por favor!
Ichigo oyó esta voz justo al llegar a la calle, tras salir del camino de entrada a la casa de los Inoue. Tirando de las riendas de su caballo negro para que se detuviera, se volvió ligeramente sobre la silla de montar y vio a Unohana salir corriendo de la sombra de un frondoso roble para atravesar el jardín. Llevaba una falda con mucho vuelo que caía hasta el tobillo y se agitaba detrás de ella como una bandera azul. Sintió una pena infinita. Si Unohana estaba en lo cierto, Orihime nunca podría hablar, y mucho menos llamar a alguien.
Ella se detuvo al llegar al canal de desagüe que se encontraba junto a la calle, apretándose el vientre con una mano como si intentase recuperar el aliento penosamente. Ichigo esperó con paciencia hasta que ella pudiera hablar. Él notó que incluso después de correr para salvar la distancia que los separaba, la mujer aún estaba pálida. Los ojos de la madre buscaron su mirada.
—No podía permitir que se marchara sin hablar con usted de un asunto de gran importancia para mí.
—Por supuesto. ¿De qué se trata?
La mujer trago saliva y tomó aire con gran dificultad.
—Debo pedirle un favor muy grande, señor Kurosaki. De ahora en adelante, por favor, no me haga preguntas acerca de la condición de Orihime frente al juez. Si tiene usted alguna inquietud, hable conmigo en privado.
—¿Por qué debo ocultarle mis inquietudes al juez? —Ichigo trataba, sin éxito, de interpretar la expresión del rostro de su interlocutora.
—Mi esposo no se encuentra bien. No quiero que se le moleste con tales nimiedades.
¿Nimiedades? Apenas pudo contenerse para no echar por la boca sapos y culebras. ¿Pensaba que el futuro de Orihime era una nimiedad? ¿Hasta dónde era capaz de llegar aquella mujer para proteger su posición de respetable esposa del juez? Ichigo comprendió que no le interesaba saberlo. Sobre todo, si Orihime era el cordero que ella quería sacrificar.
—Lo siento —dijo él fríamente—. No sabía que el juez estuviera mal de salud.
—Ya, bueno, a él no le gusta hablar de esto. Después de todo, tiene que pensar en su carrera.
Sí, desde luego, la asquerosa carrera del señor juez. ¿Cómo pudo habérsele olvidado?
—Tengo esperanzas de que Ken mejore con el tratamiento apropiado y con un poco de reposo. Sin embargo, lo mejor, por el momento, es evitar perturbarlo. Temo que cualquier tipo de agitación, especialmente si está relacionada con Orihime, pueda hacerle sufrir una recaída.
Al mirar a la mujer a los ojos, Ichigo vio el temor que se reflejaba en ellos; pero sospechó que era por ella misma, no por su esposo. Después de todo, la mujer tenía un secreto que proteger. La ironía de todo aquello era que su marido ya sabía que era posible que la locura fuese cosa de familia y, por razones que Ichigo desconocía, no se lo había dicho a ella.
Ichigo supuso que Inoue debía de creer en el antiguo adagio que decía que reconocer algo era darle validez.
¿Cómo podían dos cónyuges vivir en la misma casa, hacer el amor, tener hijos y, no obstante, ser tan poco honestos el uno con el otro?
Todo lo que Ichigo quería era alejarse de aquellas dos personas. Estar lejos para poder pensar. Tenía algunas decisiones que tomar. Decisiones muy importantes. Por el bien de Orihime, tenía que cerciorarse de tomar las adecuadas.
—Tendré presente el estado de salud del juez antes de venir a hablarles de mis preocupaciones. Como le dije, no tenía idea de que él estuviera enfermo.
Unohana cerró los ojos por un momento. Cuando volvió a abrirlos, unas lágrimas se deslizaron por sus pálidas mejillas.
—Sé bien que tiene usted un mal concepto de mí, señor Kurosaki. Cree que no merezco llamarme madre, ¿no es verdad?
Decir eso era quedarse corto, pero Ichigo pensó que no servía de nada herirla. Ella era una mujer tan pusilánime, que apenas podía soportar mirarla.
—No soy el tipo de hombre que hace juicios precipitados sobre las personas.
—Independientemente de lo que pueda parecer, he hecho lo que he considerado mejor para mi hija. —Hablaba con voz trémula—. Siempre. No ha sido fácil. El resto de mi familia también me exige tiempo. Pero la he tenido en casa, y en ningún momento me he enfadado con ella por todos los apuros que me ha hecho pasar. Creo que muchas madres habrían optado por el camino más fácil.
Ichigo no ponía eso en duda. Supuso que Unohana, a su lamentable manera, había hecho su parte correspondiente de sacrificios maternales. Ella parpadeó y se secó las mejillas con una mano. Había algo en la expresión de su rostro —Ichigo no sabía qué—que casi hacía que la compadeciera.
—De ahora en adelante, sólo hablaré de mis preocupaciones con usted. —Tras decir esto, se quitó el sombrero y le dio un suave golpe al caballo con las rodillas para que empezara a andar—. Que tenga usted un buen día, señora Inoue.
Ella alzó una mano.
—¡Espere un momento, por favor! Deme unos minutos más de su tiempo y luego dejaré que se marche.
—Dígame.
La mujer se mordió el labio inferior.
—Sé que nos ha prometido que nos devolverá a Orihime después del nacimiento del bebé. Pero, entretanto, hay algunas cosas que debería usted saber de ella, cosas que no pude decirle la otra noche frente al juez. Debido a su estado de salud, ¿entiende usted?
—¿De qué cosas me está usted hablando?
Se retorció las manos.
—Haga lo que haga, nunca permita que Orihime se acerque a un gato sin supervisión. Y, si tiene invitados en casa con niños pequeños, no debe tolerar en ningún momento que ella se quede sola con uno de los críos. Bajo ninguna circunstancia.
—¿Le importaría decirme por qué?
—¿Acaso no es obvio? Ella no lo haría a propósito, como se imaginará, pero temo que le haga daño a un niño o un animal. —De nuevo se le llenaron los ojos de lágrimas, y las comisuras de su boca empezaron a temblar—. Sólo haga caso de lo que le digo. ¡Por favor!
Tras decir estas palabras, la mujer se dio la vuelta para alejarse de allí y volvió sobre sus pasos para cruzar el jardín. Él la siguió con la mirada durante largo tiempo.
-o-
Al regresar a Kurosaki Hall, Ichigo se dirigió a su estudio, donde esperaba encontrar un poco de soledad. Pero Rangiku tenía otros planes para él. Antes de que pudiera ponerse cómodo en su silla, llamó a la puerta y, acto seguido, entró sin pedir permiso. Simplemente con mirarla supo que no se conformaría más que con una narración completa de su conversación con los Inoue.
—¿Qué ha ocurrido?
Ichigo se levantó y se dirigió al aparador, donde sirvió dos copas de coñac. Como él rara vez bebía a una hora tan temprana, el ama de llaves arqueó las cejas al recibir una copa.
—¿Tan grave es?
Ichigo se volvió hacia las ventanas acristaladas que daban a la parte occidental de los jardines.
—Digamos simplemente que, después de hablar de nuevo con los padres de Orihime, estoy más confundido que nunca. —Guardó silencio por un momento, observando con ojo crítico los arbustos esculpidos que rodeaban los arriates de rosas—. Maldición, Rangiku. Tenía tantas esperanzas anoche. Estuve despierto hasta el amanecer. Miles de ideas me pasaron por la cabeza... que ella no es una retrasada como piensan sus padres, que a lo mejor la fiebre la afectó de alguna otra manera que ni siquiera hemos tenido en cuenta. Quizás en su capacidad de hablar, o de oír.
Rangiku estaba aparentemente tan frustrada como Ichigo.
—Bueno, pues su oído está bien, téngalo por seguro. Cuando la llamo, ella casi siempre se vuelve al oír su nombre. —Frunció el ceño, pensativa, y frotó la copa entre sus manos—. Pensé que éste era el motivo por el cual usted quería que un médico la examinara, señor, para saber qué tiene exactamente.
Ichigo se rio amargamente.
—Si decido someterla a unos exámenes médicos, o llego a sugerir siquiera que me gustaría que ella se quedase aquí después de que nazca el bebé, tendré que librar una verdadera batalla.
—Los Inoue ya no tienen ningún derecho legal. Usted puede hacer lo que le dé la real gana.
—Es verdad, pero ellos son los padres de Orihime. Si estás en lo cierto, y ella puede establecer vínculos afectivos, un distanciamiento sería... —Ichigo dejó que su voz se fuera apagando. Después de un momento, dijo—: No quiero partirle el corazón sin que haya un buen motivo.
—No, no queremos eso. Tengo la sensación de que esa pobre chiquilla ya ha sufrido lo suficiente en su corta vida.
Tan brevemente como le fue posible, Ichigo le contó todo lo que se había dicho durante su conversación con los Inoue, incluyendo las extrañas advertencias de Unohana: que nunca se debía dejar a Orihime sola con un gato ni con un niño.
—Eso es absurdo —dijo Rangiku, enfadada—. La chica es inofensiva.
—No lo fue anoche al agredir a Loli —le recordó Ichigo—. Y tampoco se portó como un ángel cuando la traje a casa en el carruaje.
—¡La provocaron y perdió los estribos!
Ichigo no podía negarlo. Miró fijamente las profundidades del color del ámbar de su coñac. Cuando volvió a alzar la vista, había tomado la decisión de contarle todo lo ocurrido a Rangiku, incluso lo relacionado con el tío de Unohana y el temor de los Inoue de que su hija pudiera estar loca. No se permitió pensar que estaba faltando a la promesa de guardar el secreto que le había hecho a Kenpachi. Rangiku nunca repetiría lo que él iba a contarle, y el futuro de Orihime estaba en juego.
Mientras él hablaba, Rangiku se puso lívida.
—¡Dios bendito! —susurró ella cuando él terminó de hablar—. La chica no está loca, señor. Apostaría la vida por ello.
Ichigo pensaba lo mismo.
—Sin embargo, creo que los Inoue temen que pueda estarlo, lo cual explica su renuencia a permitir que un médico la reconozca.
Rangiku negó tristemente con la cabeza.
—¿Porque un médico podría descubrir que ella no está simplemente tocada, sino completamente loca?
—Un descubrimiento semejante podría destruir la carrera política de Kenpachi y, si esto sucede, su esposa parece creer que se divorciaría de ella.
—En otras palabras, los árboles no les dejan ver el bosque.
Ichigo dejó escapar un suspiro.
—No lo sé. A lo mejor somos tú y yo quienes no estamos viendo las cosas con claridad. Sólo el tiempo lo dirá, supongo. —Miró a Rangiku a los ojos mientras una leve sonrisa se esbozaba en sus labios—. Por suerte, aún tenemos suficiente tiempo. No estamos precisamente jugando mientras Roma arde. Ella sólo está embarazada de cuatro meses. Tenemos cinco meses más para observarla y tomar una decisión. Si después de unas pocas semanas los dos tenemos la plena certeza de que se puede hacer algo para ayudarla, la llevaré a Portland, y que sus padres se vayan al infierno.
Rangiku alzó su copa.
—Brindo por ello.
Ichigo no pudo menos que sonreír.
—No será nada agradable. Si decido ir en contra de su voluntad, se enfrentarán a mí con todas sus fuerzas.
—Pues encontrarán en nosotros dos las hormas de sus zapatos. —De los ojos del ama de llaves salieron algunas lágrimas cuando bebió el resto del coñac. Agitando una mano frente a su cara, parpadeó y tomó aire a través de los dientes—. ¡Dios! ¡Esta cosa me hace arder desde la cabeza hasta los pies!
Ichigo se rio.
—Bueno, ¿entonces hemos llegado a una decisión?
—Es más bien una decisión a cambio de otra; pero sí, hemos llegado a una decisión. Llevaremos a la chica a Portland para que un médico la examine.
—Si vemos indicios de que tiene capacidad de aprender —apuntó Ichigo.
—Estoy segura de que así será.
—No te hagas demasiadas ilusiones, Rangiku. No quiero verlas truncadas. Hemos de ser prudentes.
—No se truncarán —le aseguró ella con un brillo desafiante en los ojos—. Es posible que la chica no sepa matemáticas ni ninguna de esas cosas, pero tiene la capacidad de aprender. Apuesto mis queridas ligas a que es así.
—Espero que tengas razón. —Más tranquilo de lo que se había sentido en muchas horas, apoyó un hombro contra la pared—. Hay otro problema que no hemos tratado: tenemos que conseguir otra cuidadora. Sé que tienes mucho trabajo, y no puedo esperar que asumas la responsabilidad adicional de cuidar de Orihime. Tenemos que contratar a otra persona. ¡Ah!, y a propósito, ¿dónde está ella ahora?
—En su habitación. Le pedí a una de las criadas que se quedara con ella mientras yo venía a hablar con usted. Hisagi ya ha arreglado la puerta, por cierto. Cambió el revestimiento y la cerradura. Quedó como nueva.
—¡Qué rápido lo ha hecho!
—Sí, bueno, tuve que darle la lata. Usted ya conoce a Hisagi. Si es posible dejarlo para mañana... —Su voz se fue apagando.
—Siento mucho que hayas tenido que trabajar más de la cuenta, Rangiku.
Ella hizo un gesto con la mano para desestimar las disculpas.
—No me molesta cuidar de la chica. Por lo que a mí se refiere, ella puede seguirme mientras yo hago mi trabajo. En casa de sus padres no la encerraban en su habitación, ¿verdad?
—No.
—Bueno, entonces, si huye de mí y sale corriendo, no pasará nada. Sabemos dónde encontrarla.
Ichigo reconoció, asintiendo, que ella tenía razón. Su principal preocupación era que, dado que le gustaba deambular por el bosque, Orihime se atreviera a alejarse de la casa y se hiciese daño. Hasta que diera a luz, era preciso tomar medidas especiales para garantizar su bienestar.
—¿Estás segura de que no te molesta cuidar de ella? Por razones obvias, no quiero que salga sola de casa.
—No me molesta. —Rangiku lo observó durante un momento—. En cuanto a no dejar que salga sola, quizás pueda usted encontrar tiempo para acompañarla.
—¿Yo? —Esta sugerencia cogió a Ichigo desprevenido. Después de la reacción física que la cercanía de Orihime le produjo en el carruaje aquella mañana, no le hacía ninguna gracia la idea de quedarse a solas con ella—. Creo que sería mejor que le pidiera a uno de los empleados de la casa que la acompañe.
Rangiku torció el gesto.
—Señor, después de lo que pasó con Loli, ¿cómo puede siquiera ocurrírsele una idea semejante? Debemos tratar a Orihime como un miembro de su familia. Ella no es una mascota a la que cualquier persona que esté disponible puede sacar a pasear.
Sabiendo que el ama de llaves tenía razón, Ichigo dejó escapar un suspiro.
—Miraré mi agenda para ver si puedo tratar de pasar un poco de tiempo con vosotras todas las tardes. —Rogó que no le preguntase por qué necesitaba su presencia. Tras sacar el reloj de su bolsillo, miró la hora. Aquella tarde había quedado con dos hombres que estaban interesados en comprar una de sus yeguas—. Bueno, pues, ya que hemos resuelto esto, supongo que debo...
—Hay otro pequeño asunto —le interrumpió Rangiku.
Ichigo puso cara de sorpresa.
—Como le dije anoche, de alguna manera tiene que lograr que Orihime entienda que su cuerpo está aumentando de tamaño debido a que está esperando un bebé. Se sigue negando a comer.
Ichigo gruñó.
—Rangiku, no creo que ella entienda nada de lo que yo le diga.
—Entonces hágale un dibujo.
—¿Un dibujo? Yo no sé dibujar. Además, la chica se pone muy nerviosa en mi presencia. ¿No sería mejor que una mujer se lo explicara?
Un brillo se reflejó en los ojos de Rangiku.
—No me mire a mí. Yo tampoco sé dibujar. En cuanto a que yo deba explicarle lo que está sucediendo, considero que es una tontería. Usted es el marido de la chica.
—Soy su marido en el sentido menos estricto de la palabra.
—Situación que debe usted rectificar. Se lo he dicho desde un principio.
—La chica es...
—Encantadora.
—Ningún hombre que tenga un poco de decoro...
—Y también muy dulce.
—Rangiku, por el amor de Dios, sé razonable.
—Me parece perfectamente razonable. —Ahora la mujer discutía alegremente—. Según la ley, ella ya es su esposa. Además, está esperando un bebé que llevará su nombre. Usted mismo ha dicho miles de veces que no tiene ninguna intención de casarse con otra mujer. ¿Por qué no hacer de éste un verdadero matrimonio?
Rangiku dejó que la pregunta quedara flotando en el aire, puso su copa en el aparador y salió de la habitación. Una vez que se hubo marchado, Ichigo se quedó mirando el suelo con la mirada perdida.
Un verdadero matrimonio... Cerró los ojos para intentar ahuyentar este pensamiento, pero negar la realidad del mundo que lo rodeaba no ayudaba en nada a aliviar el dolor de la soledad arraigada en lo más profundo de su ser.
