Twilight así como todos sus personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, la historia es una adaptación.
Algo Prestado
Sumary:
UNOS TRAGOS DE MAS Y... TOMA ALGO QUE NO ES SUYO
Bella Swan es una joven abogada de Nueva York, que siempre soñó con encontrar un gran amor.
En el día de su cumpleaños de 30 años, su mejor amiga Alice organiza una fiesta para ella, y Bella es sorprendida por un acontecimiento inesperado: en esa noche, después de unos tragos de más, ella acaba en la cama con Edward Cullen, un buen y viejo amigo de la facultad... que es el novio de Alice.
Capitulo 9
Paso tres días evitando a Alice, una cosa muy difícil de hacer. Nunca estuvimos tanto tiempo sin hablar. Cuando ella finalmente me encuentra, atribuyo mi ausencia al trabajo, digo que he estado increíblemente ocupada – lo que es verdad —, aunque haya encontrado tiempo más que suficiente para estar soñando despierta con Edward, para telefonearle y mandarle e—mails. Ella me pregunta si estoy libre para un desayuno almuerzo el domingo. Le digo que si, imaginando que de esa forma puedo enfrentar de una vez el encuentro cara a cara. Combinamos encontrarnos en EJ's Luncheonette cerca de mi casa.
El domingo a la mañana, llego primero a EJ's y noto aliviada que el lugar está lleno de niños. Sus gritos alegres me distraen y me dejan un poco menos nerviosa. Pero todavía estoy muy ansiosa de pensar en estar con Alice. Fui capaz de lidiar con mi culpa evitando cualquier pensamiento respecto a de ella, casi haciendo de cuenta que Edward es soltero y que estamos de vuelta en los tiempos de la carrera de derecho, antes de haber tenido la genial ideas de presentárselo a Alice. Pero esa táctica no va a ser posible esta tarde. Y tengo miedo que pasar un tiempo con ella me acabe forzando a terminar todo con Edward, cosa que desesperadamente no quiero hacer.
Minutos después, Alice entra cargando su gran bolsa negra de Kate Spade, esa que ella usa cuando tiene muchas cosas para resolver, especialmente las relacionadas con la boda. Como era de esperar, noto su familiar carpeta naranja sobresaliendo de la bolsa, llena de recortes de revistas de novias. Me duele el estomago. Me había preparado para Alice, pero no para el la boda.
Ella me saluda a la moda europea, con un beso en cada mejilla, mientras sonrío e intento actuar con naturalidad. Entonces empieza con una historia sobre la cita a ciegas de Charlotte la noche anterior, con un cirujano llamado Skip. Alice cuenta que no salió muy bien, que Skip no era suficientemente alto para Charlotte y que no le preguntó si ella quería postre. Aunque a Alice no le gusta que critique a Charlotte, a no ser que ella la critique primero, no menciono esa posibilidad.
— Ella es demasiado exigente — protesta Alice mientras somos llevadas a una mesa que queda entre dos bancos de respaldos altos. — Es como si ella buscase los defectos.
— No veo problema en ser exigente. Pero ella tiene una serie de patrones de exigencia completamente equivocados.
— ¿Cómo lo sabes?
— A veces es un poco superficial.
Alice me mira sin entender.
— Lo que quiero decir es que ella se preocupa demasiado por el dinero, las apariencias y cuanto bien relacionado está el tipo. Ella sola se está limitando las posibilidades de encontrar a alguien.
— No creo que ella sea tan exigente — dice Alice. — ella salió con James y él no está bien relacionado. Es de una ciudad oscura de Wyoming. Y el cabello de él se está poniendo medio ralo.
— Montana — digo, impresionada con cuan superficial Alice puede sonar. Creo que ella ha sido así desde que llegó a Manhattan, tal vez durante toda nuestra vida, pero a veces, cuando uno conoce mucho a una persona, no ve como realmente es. Entonces, honestamente, creo que conseguí negar esa parte fundamental de la personalidad de ella, tal vez no queriendo vera mi amiga bajo esa luz. Sucede que desde mi conversación con Jasper me resulta difícil ignorar su tendencia a la superficialidad y a la agresividad.
— Montana, Wyoming, sea donde sea — dice ella, sacudiendo las manos en el aire como si ella misma no viniese del medio Oeste. A mí me incomoda mucho el modo en que Alice deprecia nuestras raíces, llegando hasta despreciar a Indiana, llamándolo un estado atrasado y feo.
— A mí me gusta el cabello de él — digo.
Ella sonríe sarcásticamente.
— Veo que estás defendiendo James. Interesante.
La ignoro.
— ¿Has hablado con él últimamente?
— Algunas veces. Mayormente por e—mail.
— ¿Algún llamado?
— Algunos.
— ¿Te encontraste con él?
— Todavía no.
— Carajo, Bella. El está perdiendo el impulso — ella se saca el chicle de la boca y lo envuelve en una servilleta. — Quiero decir, no vas a dejarlo escapar... No vas a conseguir nada mejor.
Examino el menú y siento la rabia y la indignación creciendo dentro de mí. ¡Qué cosa más grosera para decir! No es que crea que hay algo malo en James, pero ¿por qué no puedo conseguir nada mejor? Después de todo, ¿qué significa eso? Durante toda a nuestra amistad, siempre estuvo implícito que Alice es la bonita, la suertuda, la encantadora. Eso es una cosa. Pero simplemente decir eso de esta forma — no vas a conseguir nada mejor — es muy diferente. La audacia de ella es realmente para cortar el aliento. Me quedo formulando posibles respuestas, pero me trago todo. Ella no sabe cuanto su comentario es fruto de su innata falta de consideración. Además, tomando en cuenta la situación, realmente no tengo derecho a enojarme con ella.
La miro por sobre el menú, preocupada porque ella sea capaz de leer todo en mi rostro. Pero ella no está ni cerca. Mi madre siempre dice que soy transparente, pero, como Alice no mira con atención, no ve nada.
Nuestro camarero se aproxima y registra de memoria nuestros pedidos, cosa que siempre me impresiona. Alice pide una tostada y un cappuccino y yo pido un omelete griego y papas fritas. Que ella sea la delgada.
Alice toma su carpeta naranja y comienza a sacar varias listas.
— Bien. Tenemos mucho más que hacer de lo que imaginaba. Mi madre telefoneó anoche y estaba toda " ¿Ya hiciste esto? ¿Hiciste aquello?", entonces empecé a entrar en pánico.
Le digo que tenemos tiempo de sobra. Me gustaría que tuviésemos más.
— Faltan tres meses, Bells. Va a llegar antes que nos demos cuenta.
Me duele el estomago cuando pienso cuantas veces más voy a ver a Edward en estos tres meses. ¿En qué momento vamos a parar? Mejor que sea cuanto antes. Mejor que sea ahora.
Me quedo mirando a Alice mientras ella prosigue revolviendo la carpeta, haciendo pequeñas observaciones en los márgenes de las notas, hasta que el camarero trae nuestra comida. Le doy una espiada a mi omelete — queso cheddar. Comienzo a comer, mientras Alice charla sobre la tiara y el velo.
Asiento con la cabeza, escuchando apenas en parte, todavía sintiéndome amargada por sus palabras groseras.
— ¿Me estás oyendo? — pregunta Alice finalmente.
— Claro.
— Bien, ¿entonces qué fue lo que acabo de decir?
— Dijiste que no tenías idea de donde encontrar la tiara.
Ella muerde la tostada, todavía en duda.
— Bien. Entonces realmente me estabas oyendo.
— Te lo dije — hablo, poniéndole sal a las papas.
— ¿Sabes dónde puedo conseguir una?
— Bien, vimos algunas en Vera Wang, en una vidriera del primer piso, ¿no? Y estoy casi segura que en Bergdorf tienen tiaras.
Me quedo recordando el comienzo del compromiso de Alice, cuando, por lo menos de cierta forma, me involucré de corazón en la historia. Aunque tuviese envidia porque la vida de ella estuviese organizándose tan perfectamente, me sentía feliz por ella y era una madrina dedicada. Me acuerdo de nuestra larga búsqueda del vestido de boda. Creo que vimos todos los modelos disponibles en Nueva York. Recorrimos el camino hasta Kleinfeld, en Brooklyn. Fuimos a tiendas de departamentos y a las pequeñas boutiques del Village. Llegamos a intentar en los grandes diseñadores de Madison — Vera Wang, Carolina Herrera, Yumi Katsura, Amsale.
Pero Alice nunca daba la sensación que se espera de una novia, esa sensación en la que te ves embargada por la emoción y estalla en llanto en pleno probador. Finalmente identifiqué el problema. Era el mismo que cuando se probaba bikinis. Ella quedaba deslumbrante con todos los vestidos. Los modelos pegados al cuerpo destacaban sus caderas estrechas y su altura. Los grandes vestidos al estilo princesa enfatizaban su minúscula cintura. Cuanto más vestidos se probaba, más confundidas estábamos. Entonces, finalmente, después de un largo y cansador sábado, cuando llegamos a nuestro último compromiso en Wearkstatt, en Soho, decidí que esa sería nuestra parada final. Una muchacha muy jovencita, le preguntó a Alice qué se imaginaba para ese grande día. Alice se encogió de hombros, desamparada, y me miró esperando que yo respondiese.
— El la boda de ella va a ser en la ciudad – yo empecé.
— Me encantan los la bodas en Manhattan.
— Y va a ser a principios de septiembre. Entonces estamos contando con un clima caluroso... Y creo que Alice prefiere vestidos sencillos, sin muchos volados.
— Pero con algo de gracia — agregó Alice.
— Bien. Nada muy demasiado despojado — yo digo. Dios nos libre.
La chica presionó un dedo contra su sien, hizo una salida rápida de la sala y volvió con cuatro vestidos, ajustados en el busto y que se iban ensanchando en dirección al piso , todos prácticamente iguales. Y fue entonces que decidí que iba a escoger uno de los modelos para ser el vestido. Cuando Alice se probó el segundo de ellos, un blanco suave con cintura baja y bordado de cuentas en la pechera, respiré profundamente y dije:
— Oh, Alice, te queda tan lindo — dije. (Y lo estaba, por supuesto.) — ¡Es este!
— Te parece? — La voz de ella temblaba. — ¿Estás segura?
— Absolutamente — confirmé. — Debes comprar este.
Minutos después, encargamos el vestido y hablamos sobre las fechas de pruebas. Alice y yo somos amigas hace años, pero creo que fue la primera vez que me di cuenta de la influencia que ejerzo sobre ella. Escogí su vestido de boda. La ropa más importante que ella va a usar en su vida.
— ¿Entonces no te importa resolver algunas cosas conmigo hoy? — pregunta ella ahora. — La única cosa que realmente necesito con urgencia son los zapatos. Preciso los zapatos para la próxima prueba del vestido. Creo que podemos mirar en Stuart Weitzman y después ir a Barney's. ¿Puedes venir conmigo, verdad?
Baño el omelete con ketchup.
— Claro... Pero realmente tengo que trabajar hoy — le miento.
— ¡Siempre tienes que trabajar! No sé quién es peor: tú o Edward — dice ella. — Últimamente él está trabajando en un gran proyecto. Nunca está en casa.
Continúo mirando hacia abajo.
— ¿Si? — pregunto, pensando en las noches recientes en que Edward y yo nos quedamos en el trabajo hasta tarde, hablando por teléfono. — ¡Qué mal!.
— Ni me hables. El nunca está disponible para ayudarme con las cosas del la boda. Eso está realmente comenzando a darme un ataque de nervios.
Después que comemos y conversamos todavía más sobre bodas, caminamos hasta la avenida Madison y giramos a la izquierda en dirección a Stuart Weitzman. Cuando entramos en la tienda, Alice estudia una docena de sandalias, diciéndome que la horma de los zapatos es perfecta para sus pies estrechos y su talón pequeño. Finalmente llegamos al sector de zapatos forrados de seda, en el fondo de la tienda. Alice examina cada uno de ellos, escogiendo cuatro pares para probarse. Me quedo observando mientras ella pasea por la tienda, al estilo pasarela, antes de escoger el par con el taco más alto. Casi pregunto si ella está segura que los zapatos son cómodos, pero me contengo. Cuanto antes ella tome una decisión, más pronto voy a ser dispensada por el resto del día.
Pero Alice todavía no desistió de mí.
Ya que estamos por aquí, ¿podemos ir a Elizabeth Arden para darle una mirada a los lápices labiales? — pregunta, mientras paga por los zapatos.
Concuerdo, reticentemente. Vamos caminando hasta la Quinta Avenida, y voy soportando la charla sobre máscara de pestañas a prueba de agua y debo recordarle comprar una para el día de la boda, porque no hay posibilidad de que pase la ceremonia sin llorar.
— Claro — digo —, Te voy a recordar.
Pienso que si le soy útil a Alice, puede ser que mi culpa disminuya. Imagino a Alice descubriendo mis maldades y yo diciendo: " SI, todo es verdad. Me atrapaste. Pero déjame recordarte que ¡NUNCA, ni una vez ABANDONE MIS OBLIGACIONES COMO MADRINA!"
— ¿Puedo ayudarlas, señoritas? — pregunta la mujer detrás del mostrador de Elizabeth Arden.
— Si, estamos buscando un labial rosa. Un rosa vivo, pero al mismo tiempo suave, inocente y adecuado para una novia — explica Alice.
— ¿Usted es la novia?
— si. — Alice le da la típica sonrisa falsa de quien trabaja como Relaciones Públicas.
La mujer retribuye la sonrisa y hace sus recomendaciones decisivas, escogiendo prontamente cinco opciones y exponiéndolas sobre el mostrador delante de nosotros.
— Aquí está. Perfecto.
Alice le dice que yo voy a precisar un tono complementario porque soy la madrina.
— Que bien. ¿Ustedes son hermanas? — La mujer sonríe. Sus dientes grandes y cuadrados me recuerdan a los chicles cuadraditos.
— No — respondo.
— Pero es como si lo fuésemos — dice Alice, de forma sincera y simple.
Me siento vil. Me quedo imaginando un talk show en TV, el tema del día: "Mi mejor amiga intentó robarme mi novio." La platea abuchea y silba mientras balbuceo mis excusas y justificativos. Explico que no pretendía hacerle mal a nadie, que simplemente no lo pude evitar. Yo solía preguntarme cómo esos programas lograban encontrar personas tan desleales y despreciables (y cómo hacían para que esas personas se confiesen en un canal nacional).
Debo terminar con esto. Ahora. En este segundo. Hasta ahora todavía no me acosté con Edward en estado de sobriedad. Es cierto, nos besamos nuevamente. Pero sólo fue un beso. ¡Tengo que elegir el labial!
Entonces pienso en el cabello suave de Edward, los labios de canela y en sus palabras — me gustaba literalmente todo respecto a él. Todavía no puedo creer que Edward tenga esos sentimientos por mí. Y el hecho que yo también sienta de la misma manera es demasiado como para ser ignorado. Tal vez tenía que suceder. Palabras como "destino" y "almas gemelas" rondan mi cabeza, palabras que me hacían reír cuando tenía veinte años. Me doy cuenta de la ironía — ¿las personas no deberían hacerse menos románticas con la edad?
— ¿Te gusta este? — Alice se da vuelta hacia mí apretando sus labios carnosos.
— Es perfecto — respondo.
— ¿Crees es muy brillante?
— No. Es bonito.
— Tal vez sea muy brillante. No te olvides de que voy a estar de blanco. Se va a notar la diferencia. ¿Recuerdas cómo quedó el maquillaje de Kim Frisby en su boda? ¿No parecía una prostituta? Quiero estar sensual, pero dulce también. Sabes. Como una virgen, pero sensual.
De repente, e inesperadamente, casi estoy llorando, no puedo soportar ni más un segundo de esa conversación sobre el la boda.
— Aly, realmente debo ir a trabajar. Lo siento mucho.
El labio inferior de ella se proyecta hacia adelante.
— Ah, vamos, sólo un poquito más. No puedo hacer esto sin ti. — y luego ella le dice a vendedora: — No te ofendas.
La chica sonríe como si entendiese perfectamente y no se ofende. Ella reconoce la verdad de lo que Alice está diciendo y probablemente imaginando qué tipo de madrina abandona a la novia en un momento tan crucial.
Respiro profundamente y le digo que puedo quedar unos minutitos más. Ella se prueba unos labiales más, usando una loción removedora de maquillaje para limpiarse los labios entre un tono de rosa y otro.
— ¿Que tal este?
— Lindo — sonrío sinceramente.
— Bien, lindo no sirve — ella dispara. — Tiene que ser perfecto. ¡Tengo que estar perfecta!
Mientras observo sus labios que parecen haber sido manchados con frambuesas o picados por una abeja, cualquier vestigio de remordimiento desaparece. Todo lo que siento es un resentimiento profundo y gigantesco.
¿Por qué todo tiene que ser perfecto para ti? ¿Por qué todo debe serte entregado en un embalaje perfecto, todo adornado con cintas y moños? ¿Qué hiciste para merecer a Edward? Yo lo conocí antes. Fui yo quien te lo presentó. Debería haber peleado por él. ¿Por qué fuiste vos y no yo? Ah, ya sé, porque pensé que no era suficientemente buena para él. Bien, estaba equivocada. Obviamente hice una evaluación errada de la situación. Eso sucede... Especialmente cuando se tiene una amiga como tu, una amiga que parte del principio de tener el derecho a lo mejor de todo, una amiga que es tan implacable en su búsqueda por sobresalir que llega a subestimar, y a disminuir mis expectativas. Esto es tu culpa, Alice, por tomar lo que desde el principio debería haber sido mío.
Estoy absolutamente desesperada por escapar de ella. Miro el reloj y suspiro, casi creyendo que realmente debo irme al trabajo y que Alice no está siendo considerada, que está, como siempre, aprovechándose de mi tiempo. Creo que mi trabajo es un poco más importante que el labial para un evento que sólo va a suceder en algunos meses.
— Disculpa, Aly... No es mi culpa si debo trabajar.
— Está bien.
— No es mi culpa – le digo una vez más.
No es mi culpa.
Y los sentimientos de él por mí – y sé que son reales — no son culpa de él.
Antes que pueda escapar, Alice telefonea a Charlotte al celular. Escucho a Charlotte preguntar y luego declarar con autoridad que en la tienda de Bobbi Brown tienen una linda línea para novias y los labiales es muy cremoso, pero no tiene mucho brillo.
— ¿Puedes encontrarme ahora? — Alice le implora por teléfono. La idea de que ella tiene derecho a todo no tiene límites.
Ella desconecta el teléfono y me dice que estoy libre para irme, que Charlotte ya va a llegar. Ella me despacha.
— Chau — digo. — ¿Hablamos más tarde?
— Claro. Puede ser. Chau.
Mientras me doy vuelta para irme ella deja un aviso final:
— Si no tienes mas cuidado, voy a verme obligada a rebajarte a segunda madrina y darle a Charlotte tu honorable posición.
Es por eso que somos como hermanas.
Llamo a Edward tan pronto como me aparto de ella. Se trata de un golpe bajo, telefonear mientras Alice compra cosas para la boda, pero estoy movida por la indignación. Eso es lo que ella gana por ser tan exigente, dominante y egocéntrica.
— ¿Donde estás?
— En casa.
— Oh.
— ¿Donde estás? Pensé que estaban haciendo compras.
— Estaba, pero le dije que tenía que ir a trabajar.
Me doy cuenta que estamos evitando mencionar a Alice directamente.
— Bien, ¿debes trabajar? — pregunta Edward medio vacilante.
— En verdad, no.
— Perfecto. Yo tampoco. ¿Puedo verte?
— Voy a estar en casa en veinte minutos.
Edward llega a mi edificio antes que yo y me espera en el hall de entrada, conversando con José sobre el equipo de los Mets. Estoy tan contenta de encontrarlo, tan aliviada de estar lejos de Alice. Sonrío y le digo hola, preguntándome si José reconoce a Edward de visitas pasadas con Alice. Espero que no. No es sólo de mis padres que quiero aprobación. Quiero aprobación hasta de mi portero.
Edward y yo entramos en el ascensor y caminamos por el corredor hasta mi apartamento. Estoy nerviosa de tanta expectativa, ansiosa por tocarlo. Nos sentamos en el sofá. Edward toma mi mano y comenzamos a besarnos con la urgencia de quien está teniendo una aventura. Se Trata de una palabra seria, una palabra atemorizante. Evoca imágenes de las clases de religión y los Diez Mandamientos. Pero no se trata de adulterio. Nadie está casado. Todavía. Me saco todo eso de la cabeza y le doy un beso a Edward. No habrá más culpa. No en las próximas horas.
De repente, estar toqueteándonos en el sofá parece ridículo. Mi cama sería tanto más cómoda. Sólo porque estemos en una cama no significa que algo más tenga que suceder. Esa es una noción adolescente. Soy una mujer adulta, con experiencia de vida (a pesar de limitada), y puedo controlarme en mi propia cama. Levanto y conduzco a Edward hasta el otro lado del apartamento. El me sigue, todavía sujetando mi mano. Nos Sentamos en el borde de la cama. Edward saca los pies de los mocasines.
— Ven acá — me dice, empujándome junto de él y llevándonos en dirección a las almohadas. El es fuerte, su piel, caliente. Ahora estamos de costado, nuestros cuerpos pegados. El me besa y caemos en dirección a él. De repente, él deja de besarme, y dice:
— Es tan extraño. Estar contigo de esta forma. Y al mismo tiempo parece tan natural. Tal vez porque somos amigos hace tanto tiempo.
Le digo que sé exactamente lo que él quiere decir. Pienso en los tiempos de la carrera de derecho. No éramos grandes amigos en esa época, pero éramos lo bastante cercanos para saber mucho respecto uno del otro. Catalogo mentalmente todo lo que aprendí sobre Edward en la era pre — Alice. Que él creció en Westchester. Que es católico. Que jugaba al básquet en la escuela y que consideró entrar en el equipo da Georgetown. Que tiene una hermana mayor llamada Elizabeth, que estudió en Cornell y ahora enseña inglés en una escuela en Buffalo. Que sus padres se divorciaron cuando él todavía era muy pequeño. Que su padre se casó por segunda vez. Que su madre sobrevivió a un cáncer de mama.
Y después estaba todo lo que había aprendido a través de Alice, detalles de su vida personal que estuve pensando en los últimos días. Como, por ejemplo, que Edward es mal humorado de mañana. Que hace por lo menos cincuenta flexiones todas las noches antes de ir a la cama y que nunca deja platos sucios en la cocina. Que quedó arrasado cuando su abuelo murió, la única vez que ella lo vio llorar. Que tuvo dos novias serias antes de Alice y que una de ellas, Heidi Cohen, que trabajaba como analista de mercado en Goldman Sachs, lo abandonó y le partió el corazón.
Sé bastante. Pero quiero más.
— Cuéntame todo sobre ti – le digo, pareciendo una chica de 18 años.
Edward toca mi cara y luego dibuja una línea imaginaria a lo largo de mi nariz y alrededor de mi boca, apoyando el dedo en mi mentón.
— Tu primero. Tú eres la misteriosa.
Me Río.
— Ni un poco — digo, pensando que él está confundiendo ser tímida con ser misteriosa.
— Si. Tú fuiste un libro cerrado durante toda la carrera de derecho. Muy calladita, sin querer salir con nadie, a pesar de que varios tipos intentaron... Nunca pude sacarte mucha información sobre ti.
Me Río otra vez.
— ¿Qué quieres decir con eso? Te conté muchas cosas durante la carrera de derecho.
— ¿Como por ejemplo?
Le doy algunos detalles autobiográficos.
— No estoy hablando de esas cosas — dice él. — estoy hablando de las cosas importantes. Cómo te sentías
— Detestaba a Banner — digo sin mucha convicción.
— Lo sé, su miedo era desgastante. Pero el resultado fue muy bueno cuando él finalmente te llamó.
— Yo no... — digo, recordando el largo y doloroso interrogatorio.
— Si, saliste bien. Pero tu no crees que te haya ido bien. Tú no te ves como los demás te ven.
Desvío la mirada, focalizo una mancha de tinta en mi edredón.
El continúa.
— Tú te consideras como regular, común y corriente. Y no hay nada de común en ti, Bella.
No puedo mirarlo de nuevo. Mi rostro está ardiendo.
— Y sé que te pones roja cuando sientes vergüenza — él sonríe.
— No, ¡no es así! — cubro mi rostro con la mano y hago una mueca.
— Te pones roja. Eres adorable. Y no sabes eso, que es la parte más encantadora.
Nadie, ni siquiera mi madre, jamás me llamó adorable.
— Y eres linda. Absoluta e increíblemente bonita de la manera más original y natural. Te pareces a una de esas chicas del jabón Dove. Te acuerda de esas publicidades? ...Probablemente eres demasiado joven como acordarte. Eres como una modelo da J. Crew. Completamente natural.
Le digo pare, por favor. A pesar de que me encanta lo que acaba de
decir.
— Es la verdad.
Quiero creer en él.
El me besa el cuello, la mano izquierda posada en mi cadera.
— Edward.
— Hum?
— ¿Quién dijo que nunca quise salir con nadie de la carrera de derecho?
— ¿Bien, no querías, o querías? Estabas allá para aprender, no para enamorarte. Eso estaba muy claro.
— Salí con Riley.
— Sólo al final
— El no me llamó antes.
— Un tipo valiente.
Hago una mueca.
— Casi te llamé para salir, ¿sabías?
Me río.
— Es verdad — dice él, pareciendo un poco molesto.
Le lanzo una mirada medio incrédula.
— ¿Recuerdas esa vez en que estábamos estudiando para los últimos exámenes de Responsabilidad Civil?
Recuerdo el pulgar de él sobre mi cara, secando mi lágrima. Entonces aquello había representado algo.
— ¿Sabes exactamente de lo que estoy hablando, no?
Mi cara se enrojece mientras asiento con la cabeza.
— Creo que si..
— Y cuando te pedí llevarte a tu casa, tú dijiste que no. Eso acabó conmigo.
— Yo no acabé contigo.
— Tú eras muy seria.
— No. Yo sólo no creía en esa época... — mi voz va disminuyendo.
— Y luego me presentaste a Alice. En ese momento supe que no estabas ni interesada.
— Solamente no creía... No sabía que tú me veías de esa forma.
— Me encantaba tu compañía — dice Edward. — Todavía me encanta. — él me mira, sin parpadear.
Le digo que él parpadea menos que cualquier otra persona que haya conocido. El sonríe, dice que nunca perdió un concurso de quien parpadea primero. Yo lo desafío, abriendo mis ojos tanto como los de él. Me doy cuenta que él tiene una pintita oscura en el iris izquierdo, como una peca en el ojo.
Segundos después, yo parpadeo. El exhibe una sonrisa rápida, exultante, y después me besa más. Entonces cambia la intensidad, la presión y la cantidad de lengua, los ideales de beso que frecuentemente son abandonados cuando se establece una relación duradera. Besar a Edward nunca perdería gracia. El nunca dejaría de besarme así.
— Háblame sobre Heidi — le pido cuando finalmente nos separamos. — Y de tu novia del colegio secundario.
— ¿Maggie? — Edward se ríe y pone mi cabello detrás de la oreja. — ¿Qué pasa con ella? Eso es historia antigua.
Todos saben que no se discute sobre ex novias cuando se está al principio de una relación. Aunque se esté loca por saber todos los detalles desde el comienzo, eso es una cosa que sólo se debe hablar más tarde en el juego. El inicio de un relación con alguien representa un nuevo comienzo para ambos. Rescatar viejas relaciones – y por definición relaciones que no funcionaron — no trae ningún beneficio. Pero dadas nuestras circunstancias, esas reglas no se aplican. Puede ser que esa sea la única ventaja de nuestra situación.
— ¿Estabas muy enamorado de ellas? — Por alguna razón preciso saber.
El rueda en la cama y se queda acostado de espaldas, mirando al techo, concentrándose. Me gusta que esté pensando en mi pregunta, exactamente como hacía en los exámenes de la facultad. Me acuerdo de él mirando la nada durante los primeros 45 minutos del examen. Sin escribir ninguna palabra en su hoja de respuestas mientras no terminaba de reflexionar sobre toda la cuestión.
Edward carraspea.
— No de Maggie. Pero si de Heidi, si.
No es de extrañar que Heidi siempre haya incomodado tanto a Alice. Ella quiere ser el único amor de la vida de él. Me acuerdo de ella en la escuela, venciendo a Garret por el cansancio: "Tú no amabas a Kate, ¿La amabas? ¿La amabas?", hasta que él finalmente dijo no. "Sólo a ti, Alice."
— Por qué no de Maggie? — le pregunto. Prefiero oír primero sobre la que no amaba.
— No sé. Es una cosa que uno realmente no puede controlar. No tiene que ver con la persona.
Edward tiene razón. No tiene nada a ver con el valor inherente de la persona, con la suma de sus atributos. Es una cosa que no puedes obligarte a sentir. O a no sentir. Y analizando mí historial sólo veo a Jacob. Estuve enamorada de Jacob durante dos años y nunca sentí ni un décimo de lo que estoy sintiendo ahora.
— Pero claro, todavía estábamos en el secundario — prosigue Edward— ¿Quién puede ser serio a esa edad?
Concuerdo con la cabeza, pensando en el pequeño Seth. Entonces le pregunto sobre Heidi.
— ¿A ella la amabas?
— Si, pero a largo plazo la cosa no iba a funcionar. Ella es judía y siempre fue muy franca respecto a las expectativas de la relación. Quería que yo me convirtiese y educase a nuestros hijos como judíos. Tal vez yo hasta habría aceptado eso... No soy muy religioso... Pero no me parecía bien que ella hubiese transformado eso en una regla inflexible. Me imaginé una vida donde ella me transformaría en una mierda. Exactamente como la madre de ella hacía con el padre. Además, éramos demasiado jóvenes para un compromiso... Entonces quedé muy mal cuando ella terminó todo.
— ¿Ella se casó?
— Es gracioso que preguntes eso. Acabo de enterarme por un amigo en común que ella se comprometió. Un mes después... — Edward interrumpe la charla, parece incómodo.
— ¿Después de ti?
— Si — susurra él. Edward me abraza y me besa con fuerza, borrando cualquier pensamiento relacionado con Alice. Nos desvestimos y nos metemos debajo de las mantas.
— Tienes frío — dice él.
— Siempre tengo frío cuando estoy nerviosa.
— ¿Por qué estás nerviosa?
— Edward — digo junto a su cuello.
— ¿Qué, Bells?
— Nada.
Su cuerpo cubre el mío. Ya no tengo frío.
Nos besamos por un largo rato, tocándonos en todos lados.
No sé que hora es, pero está comenzando a oscurecer.
Casi intento impedirlo, por todas las razones obvias. Pero también porque creo que deberíamos esperar hasta poder pasar una noche juntos. Por otro lado, eso nunca podrá suceder. Y probablemente jamás voy a tomar un baño con él, observarlo mientras se afeita por las mañana. O leer el periódico del domingo mientras tomamos café, matando el tiempo. Nunca vamos a caminar por el Central Park tomados de las manos o estar anidados sobre una manta en el césped de Sheep's Meadow. Pero puedo tenerlo ahora. No hay nada que nos detenga en este momento.
Puedo ver sólo una fracción de Edward mientras nos movemos juntos. Las puntas de mis dedos rozan su pecho, entonces lo aprietan con más fuerza.
Sin palabras
¿ReVieWS?
Ya se saben la mecánica.
El siguiente capitulo e una bomba…
Esa noche, antes de cenar, mientras me estoy vistiendo, Alice viene hasta a mi cuarto preguntar si traje una máscara de pestañas. Le digo que no, que no tengo máscara de pestañas. Tal vez Rosalie tiene, pero ella está en el baño. Ella se sienta en mi cama y suspira, su cara tiene una expresión medio soñadora.
— Acabo de tener un sexo espectacular — ella dice.
Hago fuerza para mantener la compostura.
— ¿Si? — sé que estoy abriéndole la puerta para que ella comparta todavía más detalles, pero no sé qué decir. Mi rostro está ardiendo. Espero que Alice no lo note.
— Si, fue fenomenal. ¿Nos escuchaste?
Hacer ese tipo de comentario es típico de Alice. Ella siempre fue explícita en sus relatos sexuales. Llega a contar qué palabras fueron dichas en el momento del orgasmo. Yo solía escucharla, generalmente me reía, y a veces hasta me divertía con sus historias. Pero esos días quedaron muy atrás.
— No, debí estar tomando un baño — le respondo.
— Nosotros también estábamos en la ducha — ella se peina el cabello mojado con los dedos, después sacude la cabeza de un lado al otro. — Guau, hace meses que no tenía un orgasmo así.
Pienso en sus cuerpos mojados y abrazados y no logro decidir a cual de los dos odio más.
