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Capitulo 8
Unas cuantas noches más tarde salía para acudir a mi clase de yoga cuando volví a encontrarme cara a cara con Terry. Él subía las escaleras mientras yo bajaba.
—Si dijese «tenemos que dejar de vernos así», ¿sonaría tan manido como lo hace en mi cabeza? —comenté.
—No es fácil saberlo. Prueba —contestó él con una carcajada.
—Vale. ¡Uau, tenemos que dejar de vernos así! —exclamé.
Ambos aguardamos un instante y luego volvimos a reírnos.
—Muy manido —dijo él.
—Quizá podamos establecer alguna clase de horario, compartir la custodia del rellano o algo así.
Trasladé el peso de mi cuerpo de una pierna a otra. «Genial, ahora parece que tienes ganas de hacer pipí.»
—¿Adónde vas esta noche? Parece que siempre te pillo cuando te marchas —dijo, apoyándose contra la pared.
—Bueno, está claro que me dirijo a algún lugar elegante—contesté, indicando con un gesto mis mallas y mi camiseta de yoga. A continuación le enseñé mi botella de agua y mi colchoneta.
Él fingió reflexionar y luego abrió los ojos como platos:
—¡Vas a clase de cerámica!
—Sí, es ahí adonde me dirijo, tonto.
Me dedicó una de sus amplias sonrisas. Yo le correspondí.
—No me has llegado a contar lo que averiguaste durante el brunch el otro día. ¿Cómo va la cosa entre nuestros amigos?—preguntó, y no noté, ni mucho menos, una agitación en la tripa ante la mención de la palabra «nuestros». Qué va…
—Bueno, puedo decirte que mis chicas están bastante impresionadas con tus chicos. ¿Sabías que van a ir los cuatro al concierto benéfico de la semana que viene? —dije, arrepentida al instante de haberlo soltado.
—Eso me han dicho. Stear consigue entradas cada año. Ventajas de su trabajo, supongo. Los comentaristas deportivos siempre van a conciertos, ¿no?
—Yo diría que sí, sobre todo cuando tratas de cultivar cierta imagen de urbanita sofisticado —añadí, guiñando el ojo.
—Te has dado cuenta, ¿eh?
Me devolvió el guiño y nos encontramos sonriendo de nuevo.
¿Amigos? Sin duda, una posibilidad mayor.
—Tendremos que comparar notas más tarde para saber cómo les va a los Cuatro Fantásticos. ¿Sabías que llevan toda la semana saliendo juntos? —dije.
Anny me había contado que no paraban de salir, pero siempre como cuarteto. Mmm…
—Algo me habían dicho. Parece que se llevan bien. Eso es genial, ¿no?
—Sí, es genial. Por cierto, la semana que viene saldré con ellos. Deberías venir —solté como de pasada. «Todo es por la tregua, solo la tregua…»
—¡Oh, vaya! Me encantaría, pero me voy al extranjero. De hecho, me marcho mañana —dijo.
De no haber sabido que no podía ser así, diría que casi parecía decepcionado.
—¿De verdad? ¿Vas a hacer un reportaje? —dije, y al instante me di cuenta de mi error. Aquella sonrisa astuta volvió con mayor intensidad.
—¿Un reportaje? ¿Has hecho averiguaciones sobre mí?
Noté que mi cara pasaba del rosa a un precioso rojo tomate.
—Bueno, Jillian me contó a qué te dedicabas. Además, me fijé en las fotos de tu apartamento. Cuando mi minino perseguía a tu rusa. ¿Te suena?
Pareció removerse un poco al oír mis palabras. «Mmm, ¿un punto débil?»
—¿Te fijaste en mis fotos? —preguntó.
—Pues sí. Tienes un juego de apliques precioso.
Sonreí con dulzura y le miré directamente la entrepierna.
—¿Apliques? —masculló, y se aclaró la garganta.
—Deformación profesional. Por cierto, ¿adónde te vas? Me refiero a tu viaje.
Levanté la mirada despacio hasta sus ojos y observé que no me miraban precisamente la cara. «Je, je, je…»
—¿Qué? Ah, esto… a Irlanda. Haré un montón de fotos de la costa para Condé Nast y luego visitaré algunos pueblos pequeños—contestó, mirándome de nuevo a los ojos.
Fue agradable verle un poco nervioso.
—Irlanda, qué bien. Bueno, tráeme un jersey.
—Un jersey, vale. ¿Algo más?
—¿Una olla de oro? ¿Y un trébol?
—Fantástico. No hará falta que salga de la tienda de regalos del aeropuerto —murmuró.
—Y luego, cuando vuelvas a casa, ¡ejecutaré una pequeña danza irlandesa para ti! —grité, y me eché a reír ante lo demencial que resultaba aquella conversación.
—Oh, Picardías Rosa, ¿acabas de ofrecerte a bailar para mí?—dijo en voz baja, acercándose un poco más.
Y así, sin más, el equilibrio de poder cambió.
—¡Terry, Terry, Terry! —exhalé sacudiendo la cabeza, sobre todo para despejármela y anular así el efecto de su proximidad—. Ya hemos hablado de esto. No deseo incorporarme a tu harén.
—¿Qué te hace pensar que te lo pediría?
—¿Qué te hace pensar que no? Además, creo que eso interferiría en la tregua, ¿no te parece? —pregunté entre risas.
—Mmm, la tregua —dijo.
En ese preciso momento oí unos pasos en las escaleras, debajo de nosotros.
—¿Terry? ¿Eres tú? —preguntó una voz.
Al oírla, él se apartó de mí. Bajé la mirada y me di cuenta de que durante nuestra conversación habíamos estado acercándonos despacio el uno al otro.
—¡Hola, Katie, aquí arriba! —exclamó.
—¿Una de tus concubinas? Esta noche vigilaré mis paredes —dije en voz baja.
—Para ya. Ha tenido un mal día en el trabajo y vamos a ver una peli. Eso es todo.
Me sonrió tímidamente y me eché a reír. Si íbamos a ser amigos, más valía que conociese al harén, por Dios.
Al cabo de unos instantes llegó Katie, a quien, por supuesto, yo conocía como Azotes. Contuve una carcajada y le sonreí.
—Katie, esta es mi vecina, Candy —dijo Terry—. Candy, esta es Katie.
Le tendí la mano, y ella nos miró con curiosidad.
—Hola, Katie. Me alegro de conocerte.
—Y yo a ti, Candy. ¿Tú eres la del gato? —preguntó, con un destello en los ojos.
Miré a Terry, que se encogió de hombros.
—Culpable, aunque Klin argumentaría que es una persona.
—Oh, ya sé de qué va. Mi perra miraba la tele y ladraba hasta que yo ponía algo que le gustase. Era un auténtico coñazo —dijo ella con una sonrisa.
Los tres nos quedamos callados un momento; la situación empezaba a volverse un tanto incómoda.
—Bueno, chicos, me marcho a clase de yoga. Terry, que tengas buen viaje. Cuando vuelvas te pondré al día sobre los cotilleos de las nuevas parejas.
—Suena bien. Estaré fuera algún tiempo, aunque espero que no se metan en demasiados líos en mi ausencia —dijo, riéndose entre dientes mientras él y su amiga empezaban a subir las escaleras.
—No pienso quitarles la vista de encima. ¡Encantada de conocerte, Katie!
—Y yo a ti, Candy. ¡Buenas noches! —exclamó ella.
Mientras bajaba las escaleras, más despacio de lo necesario, la oí decir:
—Picardías Rosa es muy guapa.
—Calla, Katie —replicó él, y juro que le dio una palmada en el trasero.
El chillido de la chica un segundo después me lo confirmó.
Puse los ojos en blanco, abrí la puerta y salí a la calle. Cuando llegué al gimnasio, cambié mi clase de yoga por una de kickboxing.
—Tomaré un martini con vodka, sin hielo y con tres aceitunas, por favor.
El camarero se puso manos a la obra mientras yo paseaba la mirada por el concurrido restaurante, tomándome un descanso de los Cuatro Fantásticos. Tras dos semanas oyendo hablar de aquellas fabulosas citas dobles, había accedido a salir con ellos y convertirles en los Cinco Fantásticos. Era divertido, y me lo estaba pasando en grande, pero después de estar con dos nuevas parejas toda la noche necesitaba un descanso. Mirar a la gente en el bar era una forma genial de sacar tiempo para mí. A mi izquierda había una pareja interesante: un caballero canoso con una mujer más joven que yo que acababa de comprarse unas tetas. ¡Buena chica! Cada cual a lo suyo. Al fin y al cabo, si yo tuviera que mirar el trasero fofo de un viejo también querría una pechera más grande.
Jamás pensé que me gustaría estar sola, pero últimamente me iba de fábula sin un hombre en mi vida. Aunque estaba sola, no me sentía así. Orgasmos aparte, a veces añoraba la compañía de un chico, pero me gustaba ir por ahí sin compañía. Podía viajar sola, así que ¿por qué no? No obstante, la primera vez que fui al cine pensé que se me haría extraño. Las posibilidades de tropezarme con un conocido en las selvas de Costa Rica resultaban casi nulas, pero las probabilidades de tropezarme con alguien en el cine en las selvas de San Francisco eran mayores. ¡Sin embargo había sido estupendo! Ir a un restaurante sola también estaba bien. Salir conmigo misma estaba muy bien.
Aun así, cenar con mis amigas había sido muy entretenido. Era divertido observar cómo se rondaban entre sí aquellas dos nuevas parejas. Patty y Anny habían pescado a los hombres que siempre creyeron perfectos para ellas. Justo en ese momento vi a Anny entre la multitud; su estatura y su precioso pelo azabache la distinguían incluso entre cientos de personas. Aquel local, con su refinado restaurante y su bar más fino todavía, estaba repleto de gente y de pretenciosidad.
La vi charlando con alguien, y a un lado encontré a Patty y Archie. ¿Qué era lo extraño? Stear, y no Archie, parecía ser quien conversaba con Anny. Archie por su parte, daba la impresión de escuchar completamente cautivado a Patty, cuyas manos surcaban el aire y subrayaban sus afirmaciones con el palillo de su aceituna. Desde donde yo estaba, la distancia me proporcionaba una claridad perfecta. No pude evitar sonreír.
Habían encontrado a los chicos que siempre pensaron que querían, pero ahora cada una parecía fascinada por el otro… ah, bueno, el césped de la casa de al lado siempre nos parece más verde, ¿verdad?
Anny echó un vistazo hacia el bar y me vio. Poco después, se disculpó y vino hacia mí.
—¿Te diviertes? —le pregunté cuando se sentó en el taburete situado junto al mío.
—Lo estoy pasando muy bien —caviló.
A continuación le explicó al camarero con exactitud cómo debía preparar su cóctel.
—¿Qué tal te va con Stear esta noche?
Se le iluminó la mirada brevemente, y luego pareció cortarse.
—¿Stear? Bien, supongo. Archie está genial, ¿verdad? —disimuló, gesticulando hacia nuestro grupo.
Patty y Archie seguían enfrascados en su conversación. Ciertamente, Archie tenía muy buen aspecto, con vaqueros y una camisa del tono exacto de sus ojos dorados, unos ojos clavados en doña Patty.
«¿Cómo podían no verlo?»
—Stear también tiene un aspecto estupendo esta noche —le solté, concentrándome de nuevo en el musculoso comentarista deportivo. Jersey gris marengo, pantalones chinos… Era la viva imagen del urbanita sofisticado.
—Sí —dijo ella con gran frialdad, lamiendo un poco de sal del borde de su vaso.
Me reí tontamente y le apoyé una mano en el brazo.
—Vamos, guapa, te llevaré de vuelta con tu hombre perfecto—dije, y nos reunimos con el grupo.
Me marché un poco antes que mis amigas, cansada pero contenta. Una vez más, había pasado una velada sola y había vivido para contarlo. Me pregunté si otras mujeres entenderían el placer que se sentía al salir sin pareja. No tener que charlar de cosas intrascendentes con algún tipo con el que te han emparejado, no tener que preocuparte porque un idiota con aliento de carne incrustada de granos de pimienta trata de meterte a la fuerza su lengua ondulada hasta el fondo de la garganta, y no tener que explicarle a ese mismo idiota por qué insistes en volver a tu casa en taxi cuando su Camaro ultrarrápido está aparcado ahí mismo.
Desde los tiempos del instituto había disfrutado de una gran variedad de relaciones, pero llevaba mucho tiempo sin enamorarme de verdad. Para ser exactos, desde el último curso de la carrera. Y desde que aquella relación se rompió había tenido unas cuantas aventuras ocasionales, sin poner mucho de mi parte en ninguna. De ahí mi actual dique seco de citas. A medida que cumplía años, alinear todas las partes me parecía cada vez más difícil y agotador. Candy Inferior podía ir a bordo, pero Cerebro y Corazón siempre parecían tener sus reservas. Además, ahora que O estaba también ausente, quién sabía durante cuánto tiempo, mi vida solitaria me resultaba cada vez más interesante.
Mientras daba vueltas a estos pensamientos en el taxi, de camino a casa, sonó mi móvil. Tenía un mensaje de un número que no reconocí.
T: ¿Lo pasas bien esta noche?
C: ¿Quién diablos me envía un SMS?
C: ¿Quién diablos me envía un SMS?
Mientras esperaba la respuesta me quité los zapatos. Eran unos tacones fantásticos, pero, puñetas, me hacían daño en los pies. El teléfono móvil volvió a sonar, y leí:
T: Hay quien me llama el Seductor wallbanger .
Me dio un poco de rabia ver cómo se abarquillaban los dedos de mis pies descalzos. Estúpidos dedos.
C: El Seductor wallbanger , ¿eh? Espera un momento. ¿Cómo has conseguido mi número?
Me di cuenta de que habían sido Patty o Anny. Malditas chicas. Últimamente se estaban pasando.
T: No puedo revelar mis fuentes. Bueno, ¿lo has pasado bien esta noche?
De acuerdo, podía jugar a aquello.
C: Pues sí. Ya vuelvo a casa. ¿Cómo es la isla esmeralda? ¿Ya te sientes solo?
T: Pues es preciosa, estoy desayunando. Y nunca me siento solo.
C: Lo creo. ¿Me has comprado el jersey?
T: Estoy en ello, quiero acertar.
C: Sí, por favor, me gusta que acierten mi punto.
T: No pienso responder a eso… ¿Cómo está ese bicho tuyo?
C: Pues yo tampoco pienso responder a eso. ¿Querías algo?
T: Esto de no responder se está volviendo cada vez más duro…
C: Sé a qué te refieres. Es duro no tocar eso.
T: Vale, acabo oficialmente esta ronda. Las indirectas son demasiado grandes para ver bien.
C: Oh, no sé, es mejor que sea grande…
T: Vaya, estoy disfrutando de esta tregua más de lo que esperaba.
C: He de admitir que a mí también me gusta.
T:¿Estás ya en casa?
C: Sí, acabo de parar delante de nuestro edificio.
T: Vale, esperaré a que estés dentro.
C: Apuesto a que no puedes esperar a estar dentro.
T: Eres un demonio, ¿sabes?
C: Eso me han dicho. Vale, dentro. Por cierto, acabo de darle una patada a tu puerta.
T: Gracias.
C: Solo intento ser buena vecina.
T: Buenas noches, Candy.
T: Buenos días, Terry.
Me reí mientras giraba la llave en mi cerradura y entraba en mi piso. Me dejé caer en el sofá sin dejar de reír. Klin se apresuró a saltarme al regazo, y acaricié su pelo sedoso mientras me daba la bienvenida ronroneando. El teléfono móvil sonó una vez más.
T: ¿De verdad le has dado una patada a mi puerta?
C: Calla ya. Vete a desayunar.
Me reí otra vez, puse el móvil en silencio y me tumbé en el sofá. Klin se me subió al pecho mientras me relajaba un poco, con la mente invadida por aquel Seductor de las narices. Era capaz de visualizarle con una claridad asombrosa: vaqueros desteñidos, botas de montaña al estilo de las que llevaba Jake Ryan en Dieciséis velas, jersey irlandés de ochos de cuello alto de color crudo, pelo alborotado… De pie en una costa rocosa, con el océano al fondo. Un poco bronceado, con la piel ligeramente curtida y las manos en los bolsillos. Y esa sonrisa…
CONTINUARA
HOLA GUEST, EN REALIDAD A TU PREGUNTA SI ESTA ESCRITORA ES ESPAÑOLA LA RESPUESTA ES NO, ESTA NOVELA ORIGINALMENTE ESTA ESCRITA EN INGLES, ME IMAGINO QUE LA PERSONAS QUE LA TRADUJERON SON ESPAÑOLAS.
Y LA VERDAD ME ENRREDE CON LOS PERSONAJES DE STEAR Y ARCHIE, HICE UNA ENSALADA CON ESTAS PAREJAS, ESO ME PASA POR NO LEER ANTES DE ADAPTAR, NO IMPORTA DE TODAS FORMA HACEN BONITA PAREJA.
ABRAZOS .
ABY
