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Capítulo 9: Después de la tormenta

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Eran varios cientos de personas, todas ubicadas ordenadamente en la arena del coliseo y sus tribunas, una junto a la otra. Soldados y aprendices, caballeros de bronce y de plata, todos aguardaban en el más absoluto de los silencios, observando expectantes hacia las elevadas gradas superiores. Silencio…uno casi palpable. No importaba que prácticamente todos los habitantes del Santuario se encontraran allí en esos momentos, el silencio era tal que las respiraciones casi podían sentirse en el aire. Ni siquiera la presencia de los caballeros dorados, ubicados aquí y allá entre las gradas de piedra, despertaba los usuales murmullos de sorpresa y admiración. El Santuario entero contenía el aliento, observando atentamente hacia arriba, hacia Magnus, el Gran Patriarca, quien contemplaba a la multitud reunida a sus pies desde lo más alto del coliseo. Recto como una lanza, con las manos entrecruzadas detrás de la cintura y su larga túnica azul, el anciano sacerdote parecía la imagen misma de la solemnidad. Cuando finalmente habló, rompiendo el tenso silencio, su voz sonó fuerte y decidida.

—Guerreros del Santuario, hermanos míos, todos saben porque han sido convocados aquí el día de hoy—el silencio se mantuvo suspendido como un manto sobre la multitud expectante—Algunos de ustedes estuvieron allí, en las puertas de nuestro refugio, cuando las pobres gentes de Rodorio acudieron a nosotros en busca de ayuda. Otros, santos de plata y bronce, patrullaban los alrededores en esos instantes, cuando la tierra tembló y los cielos se iluminaron…—Magnus cerró los ojos, inclinando levemente la cabeza—Y muchos otros…muchos otros ya no se encuentran aquí para contar lo sucedido… Es con éstos últimos con quienes estaremos eternamente en deuda, y por eso es mi deber, mi honor y mi obligación informar a todos sobre lo que realmente sucedió hace tres noches.

Los santos y guerreros reunidos en el coliseo aguardaron expectantes. Mucho se había dicho y especulado sobre el terrible ataque dirigido por las huestes de Ares, el cual había logrado llegar hasta las mismísimas puertas de las Doce Casas. Sin embargo, muy pocos eran los que realmente sabían lo que había sucedido. Muchos rumores corrían de boca en boca. Se sabía que varios caballeros de plata y bronce jamás regresaron de sus turnos de vigilancia. Se decía que incluso algunos de los caballeros de oro habían caído, aunque la gran mayoría parecía estar allí en esos momentos, repartidos aquí y allá entre las gradas del coliseo, escuchando impasibles lo que el Gran Patriarca tenía para decir. Con solo girar la cabeza, cualquiera podía ver a Leánder, el santo de Leo, apoyado de brazos cruzados contra una de las grandes columnas de mármol de las tribunas. Liang de Libra se encontraba de pie justo a su lado, con la misma expresión de preocupación llenando su rostro. Astinos de Sagitario también estaba allí, de pie en una de las gradas más altas, observando fijamente al patriarca. En un rincón apartado, Arhat, el afable caballero de Virgo, esperaba tranquilamente sentado en posición de loto, con los ojos cerrados y los dedos entrelazados a la altura del regazo.

—Hace tres noches fuimos atacados—continuó Magnus, alzando orgullosamente la cabeza—Fue un ataque muy bien pensado, meticuloso, que involucró a dos de los llamados Generales Berserker y a una hueste de más de doscientos soldados. La mayoría de ellos fueron detenidos en la entrada a Rodorio por los diez valientes santos que en esos momentos vigilaban la zona—el patriarca guardó un instante de respetuoso silencio, bajando la mirada—Galba de Perseo, Himrar de Can Mayor, Marcus de Cuervo, Algernon de Ballena, Kain de Perros de Caza, Hagen de Lagarto; Lucyus de Oso, Nobo de Hidra, Haeilk de Lobo y Reon de León Menor…todos ellos lucharon con valentía, conteniendo a los numerosos guerreros que intentaron destruir Rodorio y avanzar hasta el Santuario. Y de esa forma, luchando con bravura y honor, fue que cayeron… —Magnus abrió ambos brazos, convirtiendo su voz en un trueno—Más su muerte no tardó en ser vengada, pues no solo los santos de plata se encontraban allí… Pliers de Cáncer, uno de los doce caballeros dorados, se presentó en la escena, venciendo no solo al resto de la legión de guerreros negros, sino también a su poderoso General, Zelo, la personificación de la rivalidad y la discordia, una deidad llena de inquina y odio hacia todos a su alrededor.

Los murmullos de asombro rompieron el sepulcral silencio que envolvía al coliseo. Prácticamente ninguno de los allí reunidos sabía demasiado del agresivo caballero de Cáncer. Aún así, la noticia de que él solo hubiera logrado destruir ese frente de ataque, incluyendo al terrible berserker, los maravilló y sorprendió a la vez. No pareció ocurrir lo mismo con el resto de los santos de oro, muchos de los cuales bajaron la mirada, consternados. Leánder, el joven caballero de Leo, fue incluso más lejos, asestando un fuerte puñetazo en la columna contra la que había estado apoyado. El resto de los presentes no tardó en entender el por qué de ese gesto.

—Tamaña victoria, sin embargo, no estuvo exenta de sacrificios…—prosiguió Magnus, en un tono más bajo, pero sin perder el orgullo en su voz—Pliers logró vencer a tan terrible oponente…pero dejando su vida en el campo de batalla a cambio…—el silencio volvió a extenderse, más sombrío que nunca, sobre el coliseo—Así es, hermanos míos, los rumores son ciertos. Pliers cayó durante el combate, y no solo él… Aprovechando la distracción generada en el pueblo, un segundo general de poder incalculable se infiltró en el Santuario. Cratos, la mítica personificación de la fuerza y el poder, logró llegar hasta las puertas de la Casa de Tauro. Allí fue interceptado por el gran Aldebarán, quien no le permitió continuar su avance hasta las habitaciones de la señorita Athena...

Aquello fue un golpe mucho más duro de lo que cualquiera podría haberse esperado. Todos intercambiaron miradas llenas de confusión y dolor. Dos de los poderosos caballeros dorados, prácticamente considerados semidioses entre los habitantes del Santuario, habían caído durante el ataque. Y uno de ellos era Aldebarán, el gran maestro, quizás el caballero más querido y admirado entre todos los ochentaiocho combatientes de Athena. ¡Muchos de los allí reunidos eran jóvenes que hasta tres días atrás habían estado bajo sus sabias enseñanzas! No había manera de mitigar el asombro y el dolor ante semejante pérdida, ni siquiera por parte del resto de los caballeros dorados. Leánder no hizo nada por ocultar las lágrimas que comenzaron a resbalar por sus mejillas, ni tampoco Liang, el santo de Libra, de pie a su lado, quien apoyó una mano en el hombro de su amigo intentando contenerlo. Nuevamente fueron las palabras de Magnus las que sacaron a todos de su trance.

— ¡Hermanos, préstenme sus oídos!—exclamó con un profundo vozarrón—Incluso los poderosos caballeros dorados han caído a causa de esta terrible guerra… Hemos decidido que ya no esperaremos más. Numerosas tragedias han sido reportadas en el norte, donde el sello de Ares se encuentra escondido. Sus huestes han expandido progresivamente su influencia por todo el territorio alrededor, masacrando gente inocente y reduciendo pueblos y ciudades enteras a cenizas. Las autoridades de Roma están desconcertadas ante semejantes acontecimientos, no entienden quien puede ser el responsable de ataques tan terribles dentro de sus fronteras. Pero nosotros sí entendemos, nosotros sabemos. Por eso no podemos consentir estas atrocidades, ni permitir que la esencia divina de Ares reencarne en el mundo. En tres semanas, hermanos, en tres semanas nos pondremos en marcha hacia la Galia. Preparen sus cuerpos y sus corazones hasta entonces, porque les aseguro que la masacre de los inocentes y la muerte de nuestros camaradas de ninguna manera serán pasados por alto…—Magnus volvió a abrir ambos brazos, haciendo bailar los pliegues oscuros de su túnica—En tres semanas pondremos fin a la ambición del Señor de la Guerra; en tres semanas vengaremos a nuestros caídos… ¡Por la paz y el bienestar del mundo! ¡Por Athena!

Cientos de puños se alzaron en el aire al unísono, algunos cubiertos por corazas de bronce o de plata, otros completamente desnudos, pero todos compartiendo el mismo sentimiento y determinación.

— ¡POR ATHENA!

La hora de atacar por fin había llegado.

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Todo el Santuario hervía en actividad. Los soldados marchaban apresurados de un rincón a otro, preparando las provisiones y suministros necesarios para el largo viaje que se aproximaba. Los aprendices habían redoblado sus turnos de entrenamiento, al igual que los caballeros de bronce y plata sobrevivientes. Todos querían aprovechar al máximo los días que aún tenían para prepararse lo mejor posible para lo que se avecinaba. Después de todo, no era algo cotidiano enterarse de que la mayor ofensiva en siglos por parte del Santuario iba a realizarse en tan solo tres semanas. Él, sin embargo, no se había movido del coliseo desde que Magnus finalizó su gran discurso. Estaba sentado en las gradas superiores, cabizbajo, con la gran caja de bronce descansando a sus pies.

Kei soltó un profundo suspiro, observando de reojo como el sol comenzaba a ocultarse a lo lejos, más allá de las colinas que bordeaban el refugio de Athena ¿Tendría sentido ponerse a entrenar sin descanso hasta que el día de marchar llegara? Eso era lo único que había hecho en las últimas semanas, luego de su terrible encuentro con Jasón. Apretó fuertemente los puños, sintiendo que la amargura y la impotencia lo llenaban poco a poco. ¿Le había servido de algo todo ese esfuerzo? ¿Había podido evitar la muerte de Galba y de los demás, la muerte del propio Pliers, quien entregó su vida para detener al enemigo? No…no había servido de nada. Y no serviría de nada cuando la hora de partir hacia la Galia, hacia el castillo que Stelios había descubierto, finalmente llegara. Bajó la cabeza, clavando la mirada en el suelo de piedra. Jamás se había sentido tan insignificante en su vida, él, que luego de todo el dolor vivido durante su infancia, al perder a su familia, a su pueblo, lo único que siempre deseó fue proteger a la persona más importante que le quedaba en el mundo. Si…aquella niña que poco a poco había crecido para transformarse en una hermosa mujer; su mejor amiga, aquella niña que finalmente creció para ver nacer el poder de la diosa Athena en su interior.

—Me sorprende ver que aún sigues aquí.

Kei no hizo ningún ademán de voltear. Había reconocido al instante la voz que sonó a sus espaldas.

—Astinos…—susurró.

El caballero de Sagitario se acercó lentamente hacia él, deteniéndose a su lado. La soberbia armadura dorada lo cubría del cuello a los pies, con el casco sostenido a un costado, bajo el brazo.

— ¿No tienes pensado sumarte a los entrenamientos?—preguntó, observando fijamente como el sol se ocultaba tras el horizonte—Te habías centrado mucho en eso últimamente.

Kei permaneció cabizbajo, sin mirarlo.

— ¿Y acaso me sirvió de algo? Yo estuve ahí, Astinos… Sé que no debí, pero estuve ahí cuando aquel maldito y su ejército atacaron el pueblo…—la voz de Kei poco a poco se transformó en un susurro—Y no pude hacer nada cuando asesinó a Galba y a los demás…no pude hacer nada cuando lo enfrenté cara a cara antes de que Pliers se sumara a la lucha. Si hubiera sido más fuerte, si hubiera tenido más poder, entonces todas esas muertes podrían haberse evitado…

Astinos desvió por primera vez la mirada del horizonte, clavando sus ojos marrones en él.

—Esos hombres murieron luchando, Kei, esos hombres cayeron cumpliendo con su deber hasta el final. ¿Crees que alguno de ellos estaría contento de verte así, dejándote consumir por la culpa y la vergüenza?

—No…—susurró Kei—De seguro me lo reprocharían, de seguro intentarían animarme. Pero aún siendo así, nada podrá cambiar el hecho de que tuve la oportunidad de evitar esas muertes… La tuve, y no fui capaz de aprovecharla.

— ¿Y qué es lo que harás entonces?—le espetó Astinos, alzando bruscamente la voz— ¿Te quedarás aquí lamentándote y llorando como un crío cuando todos partamos hacia la Galia? ¿Eso es lo que harás? Te recuerdo que esta será una ofensiva que concentrará gran parte de las fuerzas del Santuario. Necesitaremos del poder de cada uno de nuestros caballeros. Te necesitaremos a ti, Kei. ¿Crees que podrás participar de un ataque tan importante en este lamentable estado? ¿Crees que estarás en condiciones de vengar a nuestros caídos si te empeñas en seguir culpándote por todo lo ocurrido?

Kei levantó la vista del suelo, enfurecido.

—No hay nada en este mundo que me impida marchar hacia ese maldito castillo…—murmuró apretando los dientes—Estaré ahí…les haré pagar… No permitiré que sigan destruyendo y asesinando a su antojo. Ayudaré a todos los inocentes que se han visto involucrados en esta guerra. Ninguno es culpable de los caprichos de los dioses…

—Entonces empieza por ayudarte a ti mismo—Astinos suspiró, negando con la cabeza—No pienses que no entiendo por lo que estás pasando, Kei, porque si lo hago y mucho mejor de lo que tú te imaginas. Pero si sigues dejándote sumergir en la oscuridad de la culpa ésta te consumirá por completo… Aún tenemos muchos amigos y seres queridos por los cuales luchar, por los cuales seguir adelante. ¿Acaso podrás protegerlos si no renuncias a seguir así?—Astinos lo señaló con un dedo— ¿Acaso podrás proteger a Athena en este patético estado?

Kei abrió enormemente los ojos, olvidándose de la furia que lo había inundado.

—Ellisa…

—Si…—asintió Astinos, suavizando su voz y su mirada—Ellisa, la niña que se aferraba desesperada a ti hace ocho años, cuando yo los rescaté de aquellos malditos asesinos; la niña que aún se aferra y deposita su confianza en ti.

Kei bajó aún más la cabeza, apoyando los brazos sobre las rodillas. Era cierto… Proteger a Ellisa era lo único que siempre le había importado. ¿Pero cómo podía hacerlo si se resignaba a continuar así? No, no podía ¡No podía seguir así! Debía vencer la culpa y volverse más fuerte, más sabio. Tal vez solo había una manera de conseguirlo.

—Astinos…yo…lo siento—murmuró, llevándose una mano a la frente—Tienes razón… Jamás podré proteger a Athena, a Ellisa, si no supero lo que ocurrió en Rodorio, si no obtengo la fuerza necesaria para hacerlo. Por eso…por eso…—Kei se incorporó de golpe, arrodillándose humildemente ante su maestro. Había tomando una decisión, una tan repentina como radical— ¡Por eso te pido que por favor vuelvas a entrenarme!

Astinos lo observó arqueando ambas cejas, asombrado por lo que su orgulloso discípulo acababa de pedirle.

— ¿Entrenarte?

—Sí. Por favor concédeme ese honor, maestro—contestó Kei, sin levantar la cabeza. A pesar de que seguía de rodillas su voz había cambiado. La profunda tristeza oculta en sus palabras había sido reemplazada por una gran determinación—Concédeme el honor de volver a entrenarme utilizando todo tu poder de caballero de oro; por favor prepárame para hacer frente a los terribles enemigos que nos esperan en la Galia. Solo así, luchando contra ti con todas tus fuerzas, podré sobrepasar mis límites…

Astinos permaneció unos cuantos segundos en silencio, observando fijamente al que había sido su alumno. Kei no levantó la cabeza, arrodillado aún sobre la fría piedra del coliseo. Fue por eso que no vio como el santo de oro se acercaba lentamente hacia él, tomándolo con firmeza por el brazo para luego levantarlo del suelo.

—Escúchame bien, Kei—dijo con voz seria—Si vuelves a estar o no bajo mi tutela es algo de lo que luego podremos hablar… Antes hay algo más importante que tú y tus amigos deben hacer.

Kei lo miró confundido, sin entender.

— ¿Algo más importante? ¿A qué te refieres?

Astinos señaló la caja de bronce a sus pies; el antiguo contendor de la armadura de Pegaso.

—Para luchar con el máximo de tus fuerzas en la Galia, para poder emplearte al máximo en tu afán de defender a Athena, primero tu armadura debe ser reparada. De lo contrario tu cosmos jamás podrá alcanzar todo tu potencial.

— ¿Repararla?—preguntó el joven santo. Sabía muy bien que a Astinos no le faltaba razón. Tanto su armadura como la de sus compañeros de bronce habían sido severamente dañadas durante el combate contra Zelo. No obstante, hasta ese momento jamás había tenido necesidad de hacer algo semejante—Las armaduras canalizan y potencian al máximo el cosmos de un caballero…solo vistiéndolas podemos alcanzar nuestro verdadero poder. Es necesario repararlas… ¿Pero cómo?

Astinos sonrió.

—Deberás ir hacia Jamir para averiguarlo.

— ¿Jamir?

El santo de Sagitario asintió con la cabeza.

—Así es. Jamir es una remota región ubicada en el corazón del Himalaya… Desde tiempos inmemoriales ha sido conocido como el lugar donde las armaduras renacen. Debes partir cuanto antes hacia allí, Kei, y encontrar al Alquimista de Jamir. Solo él tiene los conocimientos y las habilidades necesarias para reparar las armaduras de los santos.

—El Alquimista de Jamir…

Astinos tenía razón, cada una de sus palabras era cierta. Si quería ser capaz de defender a Athena, entonces debía salir de la oscuridad en la que su culpa lo estaba sumergiendo. A su vez, para mantenerse en su deber y posición como caballero, era menester contar con su armadura. Debía repararla… Debía encontrar al hombre capaz de obrar ese milagro.

—Lo haré—dijo en voz baja pero firme, mirando a su maestro directamente a los ojos—Partiré hacia Jamir a restaurar mi armadura, y cuando vuelva…me enfrentarás con todas tus fuerzas.

Astinos amplió su sonrisa.

—Te estaré esperando.

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El sol casi había terminado de ocultarse cuando Kei abandonó por fin el coliseo, seguido por la atenta mirada de su maestro. A pesar del asombro que había sentido ante la decisión de su alumno, Astinos se había esperado que algo como aquello ocurriera. Conocía muy bien a Kei, lo conocía mejor que nadie en el mundo. Él prácticamente lo había criado bajo su dura tutela en el Santuario, y sabía muy bien de qué modo había llenado el vacío que la muerte de sus padres había dejado en lo más profundo de su alma. Tras los terribles sucesos del día en que se conocieron, Kei se había fijado como meta y deber proteger a la persona más importante que le quedaba en el mundo, defenderla para que lo que sus padres sufrieron jamás le sucediera a ella. Si…Kei se había jurado a sí mismo proteger y hacer feliz a Ellisa mucho antes de convertirse en caballero, mucho antes de adquirir ese deber sagrado para con Athena, la niña junto a la que había crecido. Eso era para lo que ahora vivía. Como hombre y como santo se debía al bienestar de Ellisa…de Athena. Ahora, ante los sucesos de la guerra que enfrentaban, verse incapaz de cumplir ese deber lo estaba destruyendo. Por eso sabía que haría hasta lo imposible para volverse más fuerte, para superar sus límites, para volverse apto y capaz de proteger a quien más amaba en el mundo. Y no le importaban los medios, no le importaban si para ello debía desafiar a un caballero de oro.

— ¿Estás seguro de que es prudente dejarlo marchar solo hasta Jamir?—susurró una amable voz a sus espaldas—Sabes muy bien lo importante que es este joven, mi estimado amigo.

El santo de Sagitario observó de reojo hacia atrás, esbozando una media sonrisa. No se sorprendía de no haber sido capaz en absoluto de notar la presencia de aquella persona.

—Sí…lo sé muy bien, Arhat.

El caballero de oro de Virgo apareció de repente a su lado, como si siempre hubiera estado aguardando allí, fundido en las sombras del coliseo. Sus pasos cortos y gráciles no arrancaron ni un solo sonido de la piedra del suelo, lo cual no sorprendió a Astinos: Arhat era silencioso como un fantasma y apacible como una brisa de verano. Su apariencia, al igual que su temple, era algo que engañosamente invitaba a la confianza. El santo de Virgo era un hombre alto, pero poseedor de una complexión delgada y esbelta que casi lo hacía parecer frágil. Su negra cabellera eran tan larga que, de llevarla suelta, sin duda caería hasta por debajo de la cintura. La llevaba atada, sin embargo, prolijamente recogida con una cinta a la altura de los hombros. Su rostro blanco, de piel increíblemente inmaculada, era un rostro que casi podría resultar femenino de no ser por sus ojos. Los ojos de Arhat eran de un color miel claro, bellos, pero dueños de una mirada sabia y penetrante que lo hacía parecer mayor de lo que en realidad era. Se situó junto a su compañero a paso lento, calmo, clavando esa extraña mirada en el horizonte naranja del ocaso.

— ¿Y aún así dejas que marche solo hacia las lejanas montañas del este?—preguntó con voz amable, no a modo de reproche, sino con curiosidad—Él y sus jóvenes compañeros podrían toparse con numerosos peligros en el camino.

Astinos sonrió, refugiándose también en la contemplación del horizonte.

— ¿Sabes algo? Desde el primer momento en que vi a Kei, cuando aún no era más que un niño, supe que había algo especial en él… Ahora, luego de tantos años, he sido testigo de cómo ha llegado a ser el más fuerte de los caballeros de bronce, incluso tan poderoso como un santo de plata. Pero ese no es todo su potencial… Su cosmos, ese cosmos tan lleno de convicción y determinación, es capaz de brillar con una intensidad única e inigualable—Astinos hizo una pausa, mirando de reojo al santo de Virgo— Estoy seguro de que Kei aprenderá mucho de este viaje, y que, cuando regrese, estará más preparado para hacer frente a su destino. Por eso es que no debemos imponerle limitaciones a ese poder que poco a poco, inconscientemente, comienza a despertar… Debemos dejar que el Pegaso abra sus alas y vuele…Y tú sabes mejor que nadie por qué, ¿verdad Arhat?

Arhat sonrió de modo casi imperceptible.

—Porque solo volando libre a través de los cielos, amando, sufriendo y aprendiendo, Pegaso será capaz de alcanzar el potencial capaz de dañar a los mismísimos dioses.

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—Maldición…me hubiese encantado poder estar ahí cuando Magnus dio su discurso—exclamó Stelios, cruzado de brazos en su cómoda posición—Suele ser tan…elocuente cuando habla en público.

—Y puedo asegurarte que esta vez no fue la excepción—contestó alegremente Ávicus—Luego de lo que ocurrió, todo el Santuario necesitaba oír palabras como esas. La moral está ahora mucho más alta. ¿No lo crees así, Gáel?

Sentado de piernas cruzadas a un costado de la habitación, Gáel se limitó a encogerse de hombros.

—Magnus no podía guardar silencio después de lo ocurrido—aseguró sin demasiado interés—Además, los rumores de una ofensiva a gran escala eran cada vez mayores. Hizo bien en comunicarlo de una vez por todas.

—Me encanta tu punto de vista tan alegre de todo lo que te rodea—comentó burlonamente Stelios—Aunque esta vez no te falta razón, mi estimado Gáel. Ya todos estaban esperando el momento de pasar de verdad a la acción. Bueno, tal vez me perdí el discurso, pero estaré ahí con ustedes dentro de tres semanas, cuando partamos a la Galia a buscar a esos idiot…

—Ni siquiera se te ocurra.

La voz de Calíope sonó fría como el hielo a través de la pequeña habitación. Estaba sentada en una rústica silla de madera, justo frente a la cama donde Stelios descansaba. Vestida con las ropas de entrenamiento propias de las amazonas del Santuario, incluyendo la máscara de metal, Calíope a punto estuvo de estamparle contra la cara la manzana que había estado pelando para él.

—Apenas empiezas a recuperarte luego de la paliza que te dieron la última vez—exclamó airada—No permitiré que vayas hasta allí para que terminen de matarte.

— ¡Pero Calíope, ya me encuentro mucho mejor! ¡Mira!

Stelios se sujetó uno de sus bíceps en un clásico gesto de fuerza, sonriendo de oreja a oreja. Sin embargo, solo unos segundos después de haber alzado el brazo, la fina camisa blanca que vestía comenzó a teñirse de rojo justo a un costado del pecho.

—Oh…

— ¡Idiota!—reprochó la muchacha, agitando sus cortos cabellos negros— ¡Has vuelto a abrir una de tus heridas! ¿Y así quieres emprender semejante viaje?

Ávicus dejó escapar una suave carcajada ante la escena, sujetando firmemente el casco bajo su brazo. Era un hombre joven, alto y esbelto, con una expresión vivaz que aún no perdía ese aire tan propio de la adolescencia. El rostro era pálido, de rasgos amables, con dos grandes ojos de un gris claro. El pelo lo llevaba corto, pero aún así muy desordenado, lo cual le daba un aspecto algo picudo a los rizos, negros e intensos como el azabache. La armadura que vestía, complementada con la larga capa blanca, era de un oro tan brillante como el sol. Poseía un par de grandes hombreras de forma redondeada, con diseños similares a un espiral en el nacimiento de las mismas. Las protecciones de piernas y brazos concluían en un extremo puntiagudo en las rodillas y en los codos, repitiéndose los grabados en espiral tanto allí como en el peto, el cual protegía completamente el torso. El casco que sujetaba bajo el brazo cubría los lados del rostro y la frente como si fuera una máscara, con dos grandes cuernos sobresaliendo desde ambos lados de la frente. Su nombre era Ávicus, el joven caballero dorado de Capricornio.

A diferencia de él, Gáel hizo caso omiso de la pequeña escena montada por Calíope y Stelios. Se cruzó de brazos en su silla, mirando de reojo hacia la ventana de la habitación donde el caballero de Escorpio convalecía. Era tan alto como Ávicus, aunque de complexión bastante más delgada. La larga cabellera, desordenada en muchas ondas rebeldes, era del dorado oscuro propio de los guerreros bárbaros del norte, al igual que la tez pálida y el azul glacial de sus ojos. Los largos cabellos caían desordenados sobre la capa blanca y sobre las hombreras de su armadura, confundiéndose con el dorado intenso del metal. Era una armadura rica en grabados y diseños de líneas curvas, con brazales que se abrían en forma de jarra justo a la altura del codo. El casco era una bella diadema de tres puntas, dos cubriendo los lados del rostro como si fueran alas, y una en forma de diamante protegiendo la frente. Su nombre era Gáel, el santo protegido por las estrellas de la constelación de Acuario.

—Creo que deberías escuchar a la señorita, Stelios—advirtió en tono indiferente—Tú sabes mejor que nadie de lo que son capaces nuestros enemigos.

Stelios suspiró tristemente, desviando la vista hacia el paisaje del Santuario tas la ventana.

—Si…lo sé muy bien. Después de haberme enfrentado a Jasón no me sorprende que Pliers y Aldebarán hayan caído…

Todos guardaron un repentino silencio tras sus palabras. Calíope bajó tristemente la mirada, tendiéndole la fruta que había estado pelando. Stelios la tomó sin ganas, mirando a sus compañeros de oro con una expresión llena de significado.

—Ni Pliers ni Aldebarán eran presas fáciles—murmuró Ávicus—Pliers tenía una cosmo-energía y una frialdad a la hora de combatir increíbles. Nadie podría haberlo enfrentado sin saber que se estaba jugando la vida con todas las de perder, ni siquiera uno de nosotros.

—Y un combate cuerpo a cuerpo contra Aldebarán hubiese supuesto un suicidio para cualquiera—reflexionó Stelios—Tenía en uno solo de sus brazos más fuerza bruta que todos nosotros juntos. Aún me cuesta creer lo que los generales de Ares son capaces de lograr cuando luchan con todas sus fuerzas…

—No olvides que ellos tampoco vivieron para contarlo—la voz de Gáel sonó monótona, mecánica—A pesar de todo no pudieron sobrevivir a sus combates contra Pliers y Aldebarán, y tú lograste acabar con uno de ellos en la Galia. Podemos vencerlos.

—Si…—Stelios sonrió—Podemos acabar con todos ellos antes de que ese miserable de Ares despierte.

—Y si llega a despertar entonces nos aseguraremos de que se arrepienta—sonrió Ávicus, guiñando un ojo en forma animada—Aunque creo que debes hacer caso a lo que dice Calíope, amigo. Deja todo esto en nuestras manos por ahora y quédate aquí hasta recuperarte por completo de tus heridas.

Stelios observó a la muchacha con una sonrisa nerviosa. A pesar de la máscara, estaba seguro de que la chica le sostenía la mirada de forma amenazadora.

—Lo más probable es que la señorita Athena no abandone el Santuario—le espetó de pronto Gáel—Ninguno de nosotros quiere ponerla en riesgo, mucho menos Magnus, que desea esperar a que los poderes ocultos en ella despierten por completo. Por eso creo que lo más seguro es que algunos caballeros también permanezcan aquí durante el ataque. Sería bueno que tú también te quedaras; herido o no, un caballero de oro sigue siendo un caballero de oro—miró de reojo a Calíope—Además, creo que si de todos modos decides partir lo más probable es que mueras antes de poner un pie fuera del Santuario.

— ¡Hey!—exclamó la chica, cruzándose de brazos con aire indignado— ¿Qué es lo que insinúas?

Ávicus volvió a reír de ese modo tan jovial que tanto lo caracterizaba, al igual que Stelios, ganándose el reproche de su compañera. Incluso Gáel esbozó una muy leve sonrisa antes de incorporarse de su asiento en forma elegante, avanzando hacia la puerta.

—Ahora será mejor que nos marchemos, Ávicus. Sabes muy bien que a Magnus no le agrada tener que esperar.

Stelios alzó ambas cejas al oír esto.

— ¿Magnus? ¿El patriarca ha solicitado su presencia?

—Así es—afirmó el santo de Capricornio—Pero antes decidimos venir a ver qué tal estabas. Hacía bastante que no sabíamos nada de ti.

— ¿Pero por qué es que el patriarca los ha mandado a llamar?—insistió Stelios.

Gáel abrió la puerta de la habitación muy lentamente.

—Por nada bueno si requiere de dos caballeros dorados…

. . .

— ¡El Dragón Naciente!

Syaoran lanzó un brutal puñetazo, concentrando todo el cosmos del que fue capaz. Una explosión de energía verdosa brotó de todo su cuerpo en menos de un parpadeo, avanzando con la potencia de una avalancha. No obstante, el trayecto de su puño concluyó de repente como si se hubiera encontrado con un grueso muro de piedra. Liang le sonrió cara a cara, conteniendo tranquilamente su puño con una sola mano. A diferencia del joven caballero de bronce, el santo de Libra no llevaba puesta la armadura de su constelación protectora. Vestía sencillamente con una túnica abotonada al estilo oriental y con un par de pantalones largos, todo de un invariable color negro, salvo por el blanco de las mangas y los botones. Syaoran soltó un gruñido, presionando hacia adelante con todas sus fuerzas. Fue inútil. A pesar de estar vistiendo su armadura, todo el poder del Dragón Naciente fue absorbido por la increíble presión generada por los dedos de Liang. Sentía como si su puño estuviera siendo estrujado por una prensa de acero, justo como ocurrió contra el general berserker…

Pero no estaba dispuesto a darse por vencido tan fácilmente. Aprovechando la distancia casi inexistente que los separaba, Syaoran dejó de hacer presión con el puño para inclinarse y contraatacar con un golpe utilizando su mano libre. Desafortunadamente, todo continuaba siendo un simple juego para el santo de Libra. Sin dejar de sonreír, Liang inclinó el rostro hacia un costado, eludiendo por apenas milímetros el puñetazo. La propia inercia llevó a Syaoran hacia adelante, lo cual su amigo aprovechó para sujetarlo firmemente por el brazo, tumbándolo por encima del hombro con una letal llave de artes marciales. Syaoran permaneció de espaldas en el piso, agitado, observando directo hacia el cielo despejado del ocaso.

—Tu mano se encuentra mucho mejor, amigo mío—exclamó Liang, observándole sonriente—Los sanadores del Santuario hicieron un gran trabajo. Desafortunadamente, no puedo decir lo mismo de tu armadura.

Syaoran giró la cabeza hacia un lado, levantando el polvo de la arena del coliseo. Durante unos segundos no hizo más que observar su mano derecha. Liang tenía razón. La piel casi había recuperado su tono habitual, y el dolor ya no le molestaba tanto como antes. Sin embargo, la protección del brazo casi había desaparecido. Múltiples rajaduras cubrían el resto de la armadura, inclusive su escudo, la más fuerte entre todas las protecciones de bronce y plata, había resultado dañado. Su maestro, quien en el pasado había vestido esa misma túnica de bronce, le había dicho en una ocasión que solo el poder de un caballero dorado sería capaz de romper el escudo del Dragón. Su breve combate contra Zelo le había dado solo una leve idea del verdadero poder de los generales de Ares. La realidad, luego de enterarse de la caída de Pliers y Aldebarán, era mucho peor…

—Escúchame bien—continuó Liang, sentándose tranquilamente a su lado en el suelo—No podrás partir con nosotros hacia la Galia con tu armadura en ese estado.

—Lo sé… Pero creo que no tengo otra opción.

—No seas idiota. Claro que la tienes.

— ¿Cuál?

—Reparar tu armadura, por supuesto.

Syaoran se incorporó a medias del suelo con sumo interés, sentándose con las piernas cruzadas.

— ¿Pero cómo podría hacer algo así?

—Ummm…es extraño que el maestro nunca te haya comentado nada—reflexionó su amigo, llevándose una mano a la barbilla—Pero supongo que después de todo es algo comprensible. Solo un santo de oro podría dañar tu escudo, y creo que él jamás pensó que algún día tendrías que enfrentar a alguien de semejante nivel.

— ¿De qué diablos hablas? ¿Qué es lo que el maestro jamás me comentó?

—Jamir.

La voz sonó clara y tranquila a espaldas de ambos. Syaoran miró por encima del hombro.

—Kei…

El joven caballero de Pegaso avanzó lentamente hacia ellos, arrastrando los pies por la arena de combate. Sus ojos marrones estaban clavados en el suelo, tan pensativos como toda la expresión en su rostro. Liang lo observó atentamente durante unos segundos.

—Así es, Kei, Jamir—afirmó con una sonrisa—Muy destacable viniendo de alguien que apenas puede ubicar su constelación en el cielo. Debo asumir que Astinos ya te ha comentado que es lo que debes hacer, ¿verdad?

Kei esbozó una débil sonrisa. Cargaba la gran caja de bronce de su armadura en sus espaldas, vestido sencillamente con las ropas de entrenamiento del Santuario

—Si… Acabo de hablar con él.

— ¿Pero de qué están hablando?—protestó Syaoran, incorporándose de un salto— ¿Y qué demonios es Jamir?

—Una región muy remota perdida en las profundidades del Himalaya, a más de siete mil metros de altura por sobre el nivel del mar—explicó Liang, cruzándose de brazos con aires de suficiencia—Desde siempre, allí ha residido una antigua casta de alquimistas cuyos conocimientos son vitales para la orden de Athena.

— ¿Por qué?—insistió Syaoran.

—Porque solo ellos son capaces de restaurar las armaduras de los caballeros…

Liang asintió con la cabeza, observando a Kei con una sonrisa.

—Si queremos sumarnos a la ofensiva del Santuario, debemos encontrar al alquimista de Jamir y pedirle que repare nuestras armaduras—prosiguió el joven Pegaso—Solo así estaremos en condiciones de luchar con todas nuestras fuerzas.

—Ya veo…—murmuró Syaoran, observando fijamente el brazal destrozado que le cubría el puño derecho—Aún estamos a tiempo.

—Así es—afirmó Kei, sonriendo con sinceridad por primera vez—Debemos ponernos en marcha cuanto antes… ¿Estás conmigo en esto, Syao?

Syaoran asintió, alzando el pulgar en un gesto de aprobación.

— ¡Claro que sí! Cuenta conmigo, Kei.

— ¡Y conmigo!

Liang se incorporó enérgicamente, cayendo entre ambos con una gran sonrisa. Los jóvenes de bronce lo observaron incrédulos.

— ¿Acaso quieres venir con nosotros?

— ¡Por supuesto! Será mucho más divertido que quedarme aquí en el Santuario, siguiendo el protocolo y aburriéndome mientras Magnus planea minuciosamente el ataque. Además…—Liang amplió su sonrisa, clavando sus ojos en Kei con una extraña expresión—…es muy probable que se presenten muchos peligros en el camino. No puedo permitir que jóvenes tan talentosos y prometedores como ustedes pongan sus vidas en riesgo, más teniendo en cuenta la importante batalla que se avecina—se llevó ambas manos a la cintura, riendo divertido—Además, lo más seguro es que terminen perdiéndose antes de poner un pie en Rodorio. Yo sé cómo llegar a Jamir, así que confíen en mí. Los guiaré.

— ¿Y cómo es que conoces el camino?

Liang se pasó una mano por su lacia cabellera negra, echándosela hacia atrás sin dejar de sonreír.

—Digamos que el alquimista de Jamir es un gran amigo nuestro.

. . .

"Te he enseñado cómo funcionan las fuerzas de la naturaleza, como manipularlas a través del poder de tu cosmos. Te he enseñado a desacelerar el movimiento de las partículas; a congelar la materia hasta el punto de hacerla estallar en pedazos. Sin embargo esto no funcionará contra un adversario más poderoso que tú… Solo deteniendo por completo el movimiento de las partículas, solo alcanzando lo que algunos llaman el Cero Absoluto, podrás superar la defensa de cualquier rival, llevándolo a una muerte segura" la mano de su maestro, envuelta en el brazal dorado de su armadura, resplandeció en una intensa luz blanca, enfriando el mismísimo aire glaciar que los rodeaba "Pero para lograrlo es necesario que despiertes la esencia verdadera del cosmos, el séptimo sentido. Y eso es algo que no puedo enseñarte... Eso es algo que deberás descubrir por ti mismo."

Las palabras resonaron en su mente cuando juntó ambas manos por encima de la cabeza, encendiendo su cosmos como jamás lo había hecho antes. En ese momento todo fue claro para él. No se trataba solo de detener a aquel monstruo…sino de evitar algo mucho peor que la derrota. Por eso fue que su cosmos brilló tanto, lanzando el ataque más poderoso que jamás hubiera ejecutado antes.

¡Relámpago Aurora!

El aire glaciar salió disparado en la forma de un perfecto rayo de energía blanca, moviéndose a una velocidad que incluso los caballeros de plata más poderosos encontrarían difícil de igualar. Pudo notar la sorpresa en la expresión de aquel terrible sujeto, la cual quedó literalmente congelada en su rostro cuando el rayo lo golpeó de lleno en el pecho. La onda generada por el choque, y el brusco descenso de la temperatura corporal, tenían el poder suficiente como para matar al instante a un caballero común y corriente. Eso sin tener en cuenta la gruesa capa de hielo que cubría a la víctima en menos de un abrir y cerrar de ojos, congelándola de afuera hacia adentro. Y eso fue exactamente lo que sucedió cuando su Relámpago Aurora, la técnica más poderosa de la que era capaz, golpeó de lleno a Zelo, el general de la quinta Legión Berserker, la mítica deidad de la rivalidad y la discordia. Durante un segundo creyó que lo tenía, que lo había logrado. Que iluso fue… El hielo se resquebrajó repentinamente, liberando de su prisión helada a un ileso y sonriente asesino. No había tenido el poder suficiente para detener por completo el movimiento de las partículas, no había logrado despertar el cosmos final necesario para vencer a un enemigo como ese… Lo último que pudo ver fue un resplandor cubriendo la mano blanca y delgada extendida hacia él; lo último que pudo sentir fue el insoportable calor golpeándolo en la espalda cuando se dio vuelta, cubriéndola, abrazándola, protegiéndola con su propio cuerpo. Luego la oscuridad lo envolvió…y también los recuerdos, o sueños, las sombras constantes de su fracaso.

Hasta ese momento.

Andriev abrió lentamente los ojos, casi cegado por la repentina luz que llenó todo el espacio a su alrededor. Parpadeó varias veces, confundido, intentando acostumbrar sus ojos al brusco cambio de iluminación. Poco a poco la mancha blanca que era el mundo fue adquiriendo contornos, formas, nombres. Las paredes de piedra se hicieron visibles, al igual que el suelo y el techo de madera. La ventana, abierta de par en par, dejaba ver la lejana silueta de las Doce Casas subiendo colina arriba. Ya estaba anocheciendo…

Bajó la mirada, contemplando las sabanas blancas que lo cubrían del pecho para abajo. Estaba acostado en una simple cama con colchón de paja, postrada contra una de las paredes de la habitación. A su izquierda pudo ver una pequeña mesa, un par de sillas y una cómoda con un jarrón lleno de flores encima. Aquel no era su lugar de residencia en el Santuario…

Se incorporó lentamente, sintiendo un dolor punzante en la espalda. Al instante notó el ajustado vendaje que le cubría el torso, y las marcas de quemaduras alrededor de sus manos. Claro… Había sido gravemente herido durante el combate en Rodorio. Pero… ¿qué había pasado luego? ¿Y cuanto tiempo había transcurrido? Se levantó totalmente, bajando de la cama. Estaba apenas vestido con un simple pantalón blanco, descalzo y desnudo de la cintura para arriba. El vendaje le cubría buena parte del torso, y era evidente que se lo habían colocado, o cambiado, hacía muy poco. Clavó los ojos en la puerta, echando a andar lentamente hacia ella. Debía salir de allí, debía saber que era lo que había ocurrido, debía…

La puerta se abrió repentinamente ante sus narices, dejándolo cara a cara con el metal blanco de una peculiar máscara. Andriev se detuvo, observando inexpresivamente a la chica de pie ante él.

— ¡Andriev!—exclamó Dasha— ¡Despertaste!

El joven continuó observándola en silencio durante unos cuantos segundos. Dasha vestía con las típicas ropas de entrenamiento de las amazonas, incluyendo la máscara que debía cubrir su rostro. Llevaba una gran canasta en su mano derecha, repleta de pan, frutas, vendas y…un ramo de flores. Paseó lentamente la mirada por la habitación, comprendiendo al instante. Así que ella había estado cuidando de él…

— ¿Hace cuanto despertaste?—prosiguió la chica, cerrando la puerta a sus espaldas— ¿Cómo te sientes? ¿Te encuentras b…?

— ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?—la interrumpió Andriev.

Dasha se apresuró a dejar la canasta sobre la mesa. Sus cabellos rojizos se veían desordenados y alborotados, bastante en sintonía con lo desaliñado de su vestimenta. Era obvio que hacía bastante que no descansaba bien.

—Tres días…— contestó en voz baja, con la mirada clavada en el suelo.

— ¿Tres días?

—Si… Pero no debes preocuparte por eso ahora. Tus heridas fueron muy graves, pero por suerte han comenzado a sanar—Dasha levantó levemente el rostro, mirándolo con timidez—No puedes hacerte una idea de lo feliz que me hace verte de pie nuevamente. Estuve tan preocupada por ti… Luego de lo que hiciste, yo…

Andriev sacudió la cabeza, sin prestar atención a sus palabras. ¿Había permanecido inconsciente durante tres días enteros? ¿Qué había sucedido durante todo ese tiempo? Se acercó rápidamente hacia ella, deteniéndose a solo unos pocos pasos de distancia.

— ¿Qué sucedió con el berserker?—la interrumpió— ¿Logró llegar hasta el Santuario? ¿Sufrimos algún otro ataque?

Dasha retrocedió un paso, intimidada tanto por el brusco interrogatorio como por la escasa distancia que los separaba.

—El hombre que nos atacó, Zelo…él fue derrotado por Pliers de Cáncer en Rodorio…

— ¿Pliers? ¿Qué diablos hacía él ahí?

Dasha sacudió la cabeza.

—No lo sé… Apareció de repente en el pueblo y ordenó a Kei que nos marcháramos de allí. Estaba segura de que estaríamos a salvo una vez que alcanzáramos el Santuario, pero algo muy grave sucedió…

— ¿A qué te refieres?

—Zelo no era el único berserker… Otro de ellos logró infiltrarse y avanzar hasta las Doce Casas, aprovechando la distracción provocada por el combate en Rodorio—Dasha inclinó la cabeza, angustiada—El señor Aldebarán le hizo frente, y logró derrotarlo, pero…

Andriev abrió grandemente los ojos, comprendiendo recién entonces lo que había sucedido.

— Pero tanto él como Pliers cayeron durante la batalla…

La joven amazona asintió en silencio. Andriev no podía creerlo. Incluso los caballeros dorados, los más poderosos entre todos los santos, habían caído enfrentando a los generales del Dios de la Guerra. ¿Hasta dónde eran capaces de llegar esos malditos?

—No hay manera de que Magnus pase por alto algo semejante—murmuró— ¿Cuáles son sus órdenes ahora?

Dasha pareció sobresaltarse ante la pregunta, Andriev lo supo de inmediato, a pesar de que la chica aún llevaba puesta su máscara. Era evidente que no deseaba hablar de aquel asunto.

—El patriarca…—susurró—Él ha ordenado marchar hacia la Galia dentro de tres semanas. Dice que el momento de atacar ha llegad… ¡Espera!

Andriev dio media vuelta, dispuesto a abandonar en ese mismo instante la habitación

—No tendrás pensado ir, ¿verdad?—continuó la chica—Tus heridas aún no han terminado de sanar, tú…

Andriev la observó por encima del hombro con sus implacables ojos grises.

—He dormido más que suficiente, no tengo pensado quedarme aquí ni un solo segundo más. Si faltan tan solo tres semanas para el ataque entonces debo prepararme y recuperar el tiempo perdido.

—Pero tus heridas…y tu armadura…

— ¿Qué sucede con mi armadura?

— Todas nuestras armaduras fueron severamente dañadas durante el combate…—susurró Dasha—No están en condiciones de ser utilizadas. Debemos...debemos hacer algo antes…

Andriev entrecerró los ojos.

—Jamir…

— ¿Cómo lo sabes?—preguntó Dasha, asombrada—Yo jamás había oído hablar de ese lugar hasta que Kei lo mencionó…

— ¿Kei? ¿Qué tiene pensado hacer él?

Dasha titubeó nuevamente, indecisa.

—Él y Syao estuvieron aquí hace unas horas. Tienen pensado partir esta misma noche hacia Jamir junto con Liang. Yo les pedí que llevaran también nuestras armaduras, no podía abandon…

Andriev no se quedó a escuchar esta vez. Dio media vuelta nuevamente, echando a andar hacia la puerta de la pequeña habitación. No podía dejar semejante asunto en manos de nadie. Él mismo llevaría su armadura hasta Jamir, y derramaría su propia sangre sobre ella si era necesario. Fue el sonido seco del metal al chocar contra el suelo, sin embargo, lo que lo hizo detenerse a medio camino; eso y los suaves brazos que de pronto lo rodearon, abrazándolo por la espalda. Andriev se quedó absolutamente inmóvil, sintiendo el roce del pequeño cuerpo detrás de él. El suave tacto contra la piel de su hombro le indicó que Dasha se había quitado la máscara.

—Gracias…—escuchó susurrar en su oído—He deseado decírtelo una y otra vez desde aquella terrible noche… Gracias por haberme protegido, Andriev, gracias por haberme salvado arriesgando tu propia vida. Gracias, gracias, gracias…

Andriev no dijo nada. Se sentía…extraño. Permaneció totalmente inmóvil sobre sus pies, con la mirada clavada en el suelo. Podía sentir el calor del cuerpo a sus espaldas, los suaves brazos rodeándolo, las lágrimas que humedecían poco a poco la piel de su hombro. Dasha estaba llorando. Aquello lo hizo sentir más extraño aún.

— ¿Por qué lo hiciste?—preguntó de repente la muchacha— ¿Por qué interpusiste tu propio cuerpo como escudo? Podrías…podrías haber muerto…

Andriev tampoco contestó a eso, pero no pudo evitar preguntárselo a sí mismo. ¿Por qué lo había hecho? Había actuado por instinto, por reflejo. En ese momento, la idea de perder a Dasha le había resultado totalmente inconcebible. Quería creer que no tenía idea de por qué había sido así, pero en realidad se equivocaba. Desde su llegada al Santuario, luego del duro entrenamiento en las heladas tierras del noreste, estaba seguro de que había terminado por entablar algún tipo de relación con algunas personas. Estaba seguro, por ejemplo, de que Kei y Syaoran lo veían casi como a un "amigo"…pero era Dasha, la alegre e ingenua Dasha, la que lo había tratado como nadie jamás antes. Andriev era alguien que había crecido y vivido solo desde que tenía memoria. Nadie se le había acercado nunca salvo su maestro, el cual, en realidad, era muy parecido a él en su forma de ser y sentir. Nunca había tenido ni la necesidad ni la obligación de interactuar con nadie, y no le importaba en lo más mínimo lo que los demás dijeran o pensaran de él. No le interesaba si querían conocerlo o no. A pesar de haber cambiado las interminables llanuras heladas por un lugar lleno de vida como el Santuario, aún deseaba estar solo. Pero Dasha había sido diferente. Aún a pesar de su fría actitud ella le ofreció desde un principio su amistad, su compañía, su amabilidad. Ella le sonrió cuando nunca nadie lo había hecho antes. En eso fue en lo único que pensó en ese momento, cuando su propio cuerpo recibió el ataque que la habría asesinado…

—Está bien…no te preocupes—volvió a susurrar la muchacha, aún rodeándolo entre sus brazos—No tienes por qué decir nada. Yo…

—Gracias.

Andriev habló; muy a su pesar rompió el silencio que siempre se había autoimpuesto. Dasha sonrió dulcemente.

— ¿Y eso por qué?

—Por haber cuidado de mí. Por haberte quedado conmigo. Por…—cerró los ojos—…por haber estado. Siempre.

Andriev pudo sentir como el suave abrazo se estrechaba, como las lágrimas resbalaban libres por su espalda.

—De nada…

. . .

— ¿Alguna idea de por qué el Gran Patriarca requiere de nuestra presencia?—preguntó Ávicus, el santo dorado de Capricornio. Sus ojos grises estaban fijos en la larga escalera de mármol que llevaba hacia la última de las Doce Casas, la de Piscis.

—Ya lo dije antes—replicó Gáel—Por nada bueno si necesita a dos de nosotros.

Ávicus sonrió con ganas, observando de reojo al caballero de Acuario.

—Oh, vamos, te conozco desde hace mucho tiempo. Sé lo meticuloso y organizado que eres para absolutamente todo. Te gusta tener las cosas bajo control, y estoy bastante seguro de que no te debe haber agradado para nada no saber qué es lo que está sucediendo aquí—Ávicus amplió aún más su sonrisa—Supongo que para estas alturas ya le debes haber dado muchas vueltas al asunto, ¿verdad? Así que dime, ¿cuál es tu mejor conclusión?

Gáel torció sus labios en algo que podría considerarse una sonrisa, cruzando ambos brazos sobre el peto dorado de su armadura.

— ¿No te has puesto a pensar por qué Magnus quiere esperar tres semanas antes de partir hacia la fortaleza de Ares? Claro, hay que preparar todo lo necesario para el viaje, pero aún así dudo que ese sea el único motivo.

— ¿Cuál otro entonces?

—Creo que nuestro Gran Patriarca ha decidido no correr riesgos. Después de lo ocurrido, nuestros enemigos deben estar esperando que contraataquemos de un momento a otro. El viaje sin duda será largo, y tal vez lo que Magnus quiere es asegurarse de que ninguna sorpresa nos está esperando en el camino.

Ávicus se llevó una mano a la barbilla.

—Una clásica misión de reconocimiento entonces, ¿no es así?

—Sí. Pero como ya aclaré, sin dejar nada a la suerte esta vez. Luego de la muerte de tantos caballeros de plata y bronce, incluyendo a los que acompañaron a Stelios, el viejo ha optado por no correr más riesgos y enviarnos a nosotros, dos caballeros dorados.

—Supongo que tiene sentido—reflexionó Ávicus—Abrirle el camino al grueso de nuestras fuerzas es algo cauto y astuto, muy propio de Magnus.

—Sí, no está de más tomar estas precauciones pero…

Gáel hizo una pausa, subiendo unos cuantos escalones en silencio.

— ¿Pero qué?

—Pero ya sea que nos esté esperando o no una emboscada allá fuera, el momento decisivo de esta guerra será cuando todos nos encontremos frente al castillo en la Galia…

Ávicus entornó la mirada, pensativo. Su amigo lo observó de reojo durante unos instantes, esbozando una media sonrisa.

—Pero tú lo has dicho; Ares y sus hombres se arrepentirán de haber despertado cuando nosotros nos encarguemos de ellos.

La sonrisa volvió a bailar en los labios del santo de Capricornio.

—Sí, así se hará. Tenemos mucho que proteger…

—Lo sé. Por cierto… ¿cómo han estado tus hermanos?

La expresión de Ávicus volvió a nublarse. A diferencia de la mayor parte de los caballeros de Athena, él no había ingresado solo al Santuario cuando inició su aprendizaje. No importaba lo que pudiera haber sucedido en aquel entonces, él jamás habría sido capaz de abandonar a sus dos hermanos pequeños. Y aún seguía siendo así. Tenía mucho, demasiado, por proteger…

—Dante y Celso se encuentran bien—contestó finalmente—Son dos muchachos muy fuertes. Deben seguir adelante para convertirse en caballeros de Athena algún día.

Gáel asintió en silencio, sin apartar sus ojos azules del mármol de los escalones. Dante y Celso, los dos hermanos menores de Ávicus, eran chicos muy jóvenes aún, los cuales sin embargo ya habían comenzado por decisión propia a recorrer el duro camino para convertirse en caballeros. La pregunta de Gáel no había sido en vano, pues tanto ellos como muchos otros de los aprendices habían recibido un muy duro golpe al enterarse de la caída de su maestro, el caballero dorado de Tauro. Aldebarán se había encargado personalmente de entrenar a los hermanos de Ávicus, y los muchachos habían logrado grandes avances bajo su tutela, sin embargo… No había duda de que la caída del segundo guardián había sido un duro golpe no solo para ellos, sino para todo el Santuario.

—No te preocupes—lo animó Gáel—Los dos se sobrepondrán a esto y se convertirán en grandes caballeros. Yo mismo puedo encargarme de continuar con su entrenamiento.

Ávicus alzó ambas cejas en forma nerviosa. Gáel era el mejor amigo que jamás había tenido, pero dudaba que su carácter frío, impaciente y antipático fuera apto para entrenar a sus dos pequeños hermanos.

—Ehh…gracias, pero creo que seré yo quien continúe instruyéndolos.

El santo de Acuario lo miró de reojo, alzando una ceja en forma perspicaz. No obstante, detuvo por completo su avance cuando volvió a centrar la mirada hacia el frente.

—Hablando de alumnos de Aldebarán…—murmuró.

Se encontraban de cara a las enormes columnas que delimitaban la entrada a la Casa de Piscis. Ávicus se encogió de hombros, atravesando tranquilamente las puertas del último de los doce templos.

—No creo que vaya a estar muy contento de vernos, pero aún así tendrá que dejarnos pasar sin rechistar. Son órdenes del Patriarca.

—Él no estaría contento de ver a nadie—replicó Gáel en modo despectivo.

—Mira quien lo dice...

La casa de Piscis era una enorme estancia de mármol y piedra, flanqueada a ambos lados por altas columnas al estilo griego, al igual que cada una de las once casas restantes. Un suave aroma, no obstante, la distinguía de todas las demás; una fragancia que incluso en los dos santos dorados comenzó a provocar un leve sopor.

—Esas malditas flores…—bufó Gáel, frotándose la nariz.

— ¿Qué sucede?—se burló su amigo— ¿No te gustan las rosas?

Gáel contestó con un gruñido inteligible, observando de un lado a otro atentamente. El eco de sus pasos fue lo único que pudo oírse durante un muy largo rato.

— ¿Dónde diablos está?—preguntó en tono impaciente, paseando la mirada de un extremo a otro de la habitación. Ya habían recorrido más de la mitad del templo sin detectar ni el más mínimo rastro de su guardián.

Ávicus pareció igual de sorprendido cuando finalmente salieron al otro lado de la doceava casa. Frente a ellos se extendían nuevamente las escaleras, el tramo final que conducía en forma directa hacia las habitaciones del Gran Patriarca.

—Me sorprende que no estuviera aquí—reflexionó Ávicus, mirando hacia atrás por encima del hombro—Pensé que alguien como él jamás abandonaba su templo.

—Tampoco es que tenga muchos amigos con quien hablar, ¿verdad?, pero mira…—Gáel, señaló hacia adelante—Es obvio que estuvo aquí hasta hace poco.

Ávicus entendió a la perfección a que se refería su amigo. Las altas columnas que bordeaban ambos lados de las escaleras, a izquierda y derecha, se encontraban cubiertas de punta a punta por hermosas rosas de color rojo. Las flores rodeaban la piedra con sus tallos y espinas como si fueran enredaderas, dejando caer una leve lluvia de pétalos sobre los escalones. Ambos sabían muy bien lo que ocurriría si algún intruso intentara avanzar a partir de allí… Pero ese no era su caso.

—Vamos…—suspiró Gáel, echando a andar frotándose la nariz nuevamente.

. . .

La Casa de Tauro, tal como ocurría con cada uno de los templos contiguos, estaba separada de la de Aries por un largo tramo de escaleras. El mármol y la piedra de los escalones llevaban en forma directa a una gran plataforma rectangular, la cual constituía una pequeña plaza en sí misma; un espacio abierto justo frente a las puertas del segundo de los templos. Aldebarán solía pararse allí, entre las columnas que marcaban la entrada, con los brazos cruzados sobre el pecho y su espléndida armadura brillando como un segundo sol. Quienes habían podido contemplarlo allí, regio e imponente como un verdadero toro dorado, habían sido testigos del auténtico poder y nobleza que los más grandes entre los ochentaiocho caballeros debían poseer.

No obstante, la imagen que la Casa de Tauro ofrecía ahora mucho distaba de aquella que Aldebarán defendió con valentía hasta el final. Las altas columnas de mármol habían caído, reducidas a pilas de escombros amontonadas aquí y allá. La plataforma en sí prácticamente había dejado de existir, siendo reemplazada por un irregular campo de cráteres con un inmenso hoyo circular justo en el centro, el cual se extendía casi de extremo a extremo. El polvo y el humo aún danzaban perezosamente en el aire, elevándose en delgadas columnas hacia el cielo despejado del anochecer.

En medio de aquel cuadro gris de destrucción, la resplandeciente silueta de pie en la entrada ofrecía un contraste fuera de lugar. La larga capa blanca le caía libre hasta los tobillos, asomándose desde debajo de las dos imponentes hombreras doradas. La armadura, como cualquier otra de las doce túnicas de oro, poseía una belleza y un brillo sobrenaturales. Cada una de sus piezas combinaba los grabados tradicionales con bordes más rectos y cortantes, similares a escamas, pero que aún así lucían esbeltos y redondeados como la mejor pieza de joyería. Las hombreras eran dobles, firmemente superpuestas una sobre la otra, y tanto las protecciones de los brazos como de las piernas ofrecían un peculiar detalle: agudas extensiones en forma de aleta, como las de un pez, sobresalían hacia los lados en forma elegante, en fiel representación del conjunto de estrellas que la armadura representaba.

Sin lugar a dudas, se trataba de una soberbia coraza, forjada con el oro más bello y brillante que el hombre jamás había visto. Sin embargo, incluso la belleza de la armadura de Piscis palidecía ante la imagen de su magnífico portador. Un rostro joven, blanco, perfectamente delineado; un rostro de increíbles ojos violetas que incluso un dios envidiaría; un rostro tan hermoso que no parecía real. Cada rasgo, cada gesto, cada contorno, todo en él parecía esculpido en el más perfecto de los mármoles. La larga cabellera, roja como el fuego, solo contribuía a resaltar aún más su increíble apariencia. La llevaba larga hasta los hombros, separada en una firme raya al medio que hacía que los mechones cayeran rebeldes sobre el rostro y las hombreras.

Pero aún así…había algo que turbaba aquella imagen. Los rasgos eran perfectos, si, pero era la increíble frialdad en su expresión lo que ensombrecía la apariencia de aquel caballero. Su boca era una línea recta, muerta, la cual no parecía haber conocido jamás el placer de una sonrisa. Los ojos eran dos trozos de amatista, fríos y opacos como un témpano de hielo. Era la expresión de la oscuridad en el hermoso rostro de la luz.

—Así que caíste—murmuró con voz fría, indiferente, paseando la mirada por el destrozado campo de batalla—Así que a pesar de todo tu gran poder, de tus nobles ideales y de toda tu fe en la justicia…caíste.

Kárel, el caballero dorado de Piscis, sonrió en forma irónica, dándole las espaldas al templo que Aldebarán había protegido.

—Jamás creí en tus palabras, jamás las acepté. ¿Cómo podría haberlo hecho cuando lo único que conocí, lo único que viví, fue la muerte y la esclavitud? Lo intentaste, pero no… No te debo nada, Aldebarán…

Kárel dirigió una última mirada a las columnas que delimitaban la entrada al templo, echando a andar lentamente a través de los restos de la plataforma. Su paso elegante levantó aún más el polvo del suelo a medida que se alejaba, indiferente a la destrucción, al silencio, a la casi palpable ausencia del segundo guardián…

Pero aún así se detuvo.

El santo de Piscis se quedó inmóvil al pie de las escaleras que descendían hacia Aries, con la vista clavada en ningún lugar. Durante unos cuantos segundos no hizo más que permanecer en ese insistente mutismo, dejando que la brisa bailoteara entre su capa y sus largos cabellos rojos. Entonces, con un movimiento tan lento y fluido que casi pareció innatural, Kárel levanto su brazo derecho. Una hermosa rosa de pétalos escarlata cayó suavemente al suelo.

En el mismo lugar donde Aldebarán libró su última batalla.

. . .

Las inmensas puertas dobles cedieron con un chillido sordo, revelando el largo pasillo alfombrado de la recámara del patriarca. Gáel y Ávicus, los caballeros dorados de Acuario y Capricornio, avanzaron a paso lento a través del intenso carmesí de la alfombra. Sus pasos resonaron suavemente en la inmensidad de la habitación, sostenida por altas columnas a izquierda y derecha, hasta que, de improviso, se detuvieron. La impactante escena frente a sus ojos los obligó a hacerlo.

—Señorita Athena…—murmuró Ávicus.

Ellisa, la joven encarnación de la diosa de la sabiduría, descansaba en el trono de ébano ubicado al final del pasillo…rodeada por las armaduras de los santos caídos durante la batalla en Rodorio. Las corazas de plata y bronce, todas acopladas en la forma original de su constelación, se ubicaban armoniosamente a ambos lados del trono en lo que casi parecía una muestra de adoración hacia su diosa. Sin embargo, la muchacha sentada en el soberbio asiento era incapaz de contener las lágrimas. Athena lloraba desconsolada, sujetando entre sus dedos blancos un casco dorado en forma de máscara, con tres delgadas espinas sobresaliendo a ambos lados. El casco que en vida había permanecido a Pliers de Cáncer. La armadura de oro se encontraba justo delante del trono, a sus pies, brillante y silenciosa junto a su hermana de Tauro.

Ávicus y Gáel permanecieron en absoluto silencio, el primero con la sorpresa y la tristeza grabadas en el rostro; el segundo con sus helados ojos azules clavados en la joven. Recién entonces, luego de unos interminables segundos en los que solo su llanto fue audible, Athena se percató de la presencia de los dos caballeros ante ella.

—Gáel, Ávicus…—murmuró en un susurro ahogado, con sus ojos verdes enrojecidos por las lágrimas.

Ambos caballeros se arrodillaron solemnemente al pie del trono, bajando la vista al suelo en señal de respeto. Era lo menos que podían hacer ante el sufrimiento de su diosa, la jovencita que, con algo tan humano como las lágrimas, demostraba el dolor que la muerte de sus amados súbditos había provocado en lo más profundo de su ser. Sin emitir palabra alguna, Athena se incorporó lentamente de su regio asiento, avanzando a pasos cortos hacia la armadura de Cáncer. Sus dedos acariciaron suavemente el metal del casco antes de agacharse y devolverlo con delicadeza a su lugar. En ese instante, la túnica dorada del cuarto guardián pareció brillar con más intensidad que nunca.

—Señorita Athena—susurró Ávicus en tono solemne—Nos encontramos a sus órdenes…

La muchacha contempló la armadura dorada con gesto ausente, secando las lágrimas que le empapaban el rostro con el dorso de su mano. Intentó sonreír, desviando la mirada hacia los dos santos que esperaban arrodillados en el suelo.

—Me alegra verlos, Ávicus, Gáel…—susurró con sinceridad—Magnus y yo hemos meditado mucho que es lo debemos hacer a partir de ahora…

Gáel alzó levemente la cabeza, dispuesto a formular la pregunta, pero no tuvo oportunidad de hacerlo.

—Así es, caballeros—confirmó de repente una voz clara y potente a sus espaldas—Espero que estén listos para cumplir con su deber.

El santo de Acuario observó de reojo como Magnus, el Gran Patriarca del Santuario, avanzaba tranquilamente hacia ellos con ambas manos entrelazadas detrás de la cintura, deteniéndose al pie de los pequeños escalones que llevaban al trono. El anciano sacerdote observó atentamente a los dos caballeros dorados, paseando su mirada de uno a otro.

—Gáel, Ávicus, como todos ya saben, el momento de atacar se encuentra cada vez más próximo. Sin embargo…antes es necesario que nos ocupemos de otros asuntos igual de apremiantes.

— ¿Su excelencia desea que aseguremos que ninguna fuerza enemiga nos está esperando allí afuera?

El tono de voz de Gáel fue frío y educado, pero aún así pudo percibirse un muy leve dejo de insolencia en él. Magnus y Athena intercambiaron miradas durante un segundo. El patriarca alzó las cejas, clavando sus ojos marrones en el caballero de Acuario; la muchacha, en cambio, estiró sus labios en una débil sonrisa, la cual devolvió algo de la luz habitual a su rostro opacado por las lágrimas.

—Así es, Gáel—confirmó Athena—Magnus ha considerado que sería prudente explorar los alrededores antes de emprendernos en esta travesía. Luego de… lo ocurrido…el enemigo tal vez esté esperando un contraataque. Debemos eliminar toda posibilidad de una emboscada. Por eso es que los hemos convocado a ambos. Aún así…—la sonrisa abandonó por completo el rostro de la joven—Aún así, mucho me temo que eso no es todo…

Gáel alzó la mirada con interés. Había sospechado desde el comienzo que una misión de ese tipo sería un paso lógico a dar. Tal como había supuesto, Magnus estaba decidido a no correr más riesgos. ¿Pero qué otra cosa podía depararles una misión, en principio, tan simple como aquella?

—Estamos a sus órdenes—aseguró Ávicus con vehemencia—Solo díganos que es lo que debemos hacer y nosotros nos encargaremos.

Magnus volvió a mirar a Athena antes de contestar.

—Como ya saben, nuestras misiones de reconocimiento no son llevadas a cabo únicamente por los santos. Los soldados y aprendices, tan fieles como cualquiera de nosotros a Athena y al Santuario, son enviados constantemente a las grandes ciudades y capitales en busca de información, más en tiempos tan críticos como este—la expresión del patriarca se ensombreció—Últimamente hemos recibido cierta información… Algo que no podemos ignorar.

— ¿De qué se trata?

Fue la joven Athena quien respondió, con una tristeza imposible de ocultar.

—Los ataques del ejército de Ares se han recrudecido… Esta vez no se trata de sus habituales masacres sobre pueblos y ciudades específicos. Es algo diferente…

— ¿A qué se refiere?—preguntó Gáel con interés, observando fijamente a la diosa.

—Esta vez el alcance del ataque ha aumentado de forma exponencial—intervino Magnus—En muy poco tiempo, los habitantes de ciudades enteras han sido asesinados de un modo sumamente extraño.

Aquello sorprendió y enfureció a Ávicus por igual.

—Hasta ahora las huestes de Ares se habían limitado a quemar los pueblos y ciudades, exterminando a toda la población…—reflexionó furioso—Esos miserables… ¿Qué nueva atrocidad han cometido ahora?

Magnus desvió la mirada hacia un lado, ensombreciendo aún más su expresión.

—Tienes razón en lo que dices, Ávicus, pero esta vez ha sido diferente. Las ciudades y los pueblos no han sido destruidos, todo lo contrario; sus estructuras continúan intactas. Es la gente la que ha muerto sin razón aparente…

Los dos caballeros dorados se miraron entre sí durante un segundo. ¿Sin razón aparente? ¿Cómo podía ser posible tal cosa?

—Según se nos ha informado, los caídos no tenían señal alguna de daño físico—prosiguió el patriarca—Simplemente cayeron de repente sobre las calles, como si se hubieran quedado dormidos… No volvieron a levantarse. Ya son varios pueblos y ciudades, todos cercanos al castillo del Dios de la Guerra, los que han sufrido este destino.

El silencio se hizo presente en la habitación, inalterable durante lo que parecieron varias horas. Lo que Magnus contaba carecía de lógica. ¿Quién podía ser capaz de materializar tamaña maldad?

—Esta terrible tragedia ha sido obra de los sirvientes de Ares…—reveló de improviso Athena. Su expresión había recuperado la determinación que en tantas ocasiones la había caracterizado—Las huestes del Dios de la Guerra están profundizando cada vez más en su mensaje de muerte y destrucción… Es por eso que los hemos convocado, Ávicus, Gáel. Su misión tendrá un doble objetivo. Por un lado, descubrir y neutralizar cualquier emboscada que los ciervos del Señor de la Guerra estén preparando para el momento de nuestra partida—la joven se inclinó levemente, acariciando con tristeza la armadura de Tauro a sus pies—Y en segundo lugar…detener a quien sea que esté asesinando a la gente inocente del norte. No podemos permitir que esto continúe por más tiempo…

Gáel y Ávicus sonrieron en forma orgullosa. Habían pasado años desde el día en que vieron por primera vez a la niña llamada Ellisa, una chiquilla asustadiza e inocente que Astinos había rescatado de la crueldad de los hombres. Esa niña había crecido para convertirse en la noble mujer que ahora tenían ante ellos, la reencarnación de la diosa a quien profesaban su lealtad incorruptible.

Si, lealtad.

Pondrían fin a tan terrible amenaza. Honrarían la confianza que Athena depositaba en ellos.

. . .

Poco a poco, la noche había vuelto a caer en todo su magnífico esplendor.

Como siempre, el cielo nocturno le hizo pensar en un inmenso lienzo de un negro azulado; un lienzo en el cual los dioses venían plasmando sus obras desde el origen de los tiempos. Observó atentamente, intentando vislumbrar los mensajes ocultos en el firmamento. Las estrellas, brillantes e infinitas, siempre habían sabido susurrarle los misteriosos designios del destino. Ella las escuchaba, intentando interpretar y dar forma a las nublosas señales; arte en el que se había vuelto cada vez más y más experta a medida que el poder oculto en su interior comenzaba a despertar. Aquella noche, sin embargo, las estrellas guardaban silencio. Nada podía ver en su brillo eterno, ni en las figuras que trazaban en el cielo. Desvió la mirada hacia un punto lejano en el horizonte, donde, de ser la época adecuada, el gran planeta rojo resplandecería como una pequeña gota de sangre.

Nada.

Ellisa soltó un largo suspiro, apoyando las manos sobre la ancha baranda de mármol. Detrás de la habitación del patriarca se extendía una amplia plaza de piedra, un espacio rectangular en cuyo centro se alzaba la gran estatua de Athena. Allí se encontraba en esos momentos, de pie en el borde de la gran plaza, la cual, como si fuera un inmenso balcón, se erigía en lo más alto de la colina del Santuario.

Había transcurrido menos de una hora desde que ordenara a Ávicus y Gáel que partieran en aquella peligrosa misión. Magnus había resaltado la importancia de la misma, y ella había estado de acuerdo, pero aún así no podía evitar sentir una terrible opresión en el pecho, como si una mano helada le estuviera estrujando el corazón. ¿Cuántos de sus valientes guerreros habían muerto ya, sacrificándose por protegerla? ¿Cuántos inocentes, hombres y mujeres que nada tenían que ver con las guerras entre dioses, habían perecido ya bajo las garras de Ares?

En ese instante se odió con todas sus fuerzas; si, ella, la mismísima reencarnación de la diosa de la sabiduría. Se odió con el fervor propio de los humanos por su debilidad, por su incapacidad de despertar completamente el poder oculto en su interior, de utilizarlo contra aquellos que amenazaban a la tierra y a sus queridos caballeros. Observó compungida la gran estatua a sus espaldas. La diosa Athena se erguía orgullosa, con su poderoso escudo y la representación de Nike en su diestra. A los pies de esa estatua, oculta en un compartimiento secreto del cual solo unos pocos sabían, se encontraba la armadura divina de la diosa de la sabiduría. Aún no era capaz de vestirla…

Volvió a suspirar largamente, centrando su mirada en las estrellas. Se lo debía a ellos, a los incorruptibles santos dispuestos a dar su vida a cambio de la suya; por ellos debía ser fuerte, por ellos debía despertar del todo el germen divino que dormían en su interior, la fuerza que no solo le posibilitaría enfrentar al Dios de la Guerra, sino que a su vez le permitiría salvarlos…

Se los debía…

Se lo debía a Pliers, a Aldebarán, a Galba, a Gávrel, a Dorian, a Bastiaan…a todos los caballeros que habían muerto luchando por ella, y a los que aún luchaban por el amor y la justicia del mundo. Cerró los ojos. Se lo debía a Kei.

—Creo que no te veía así de seria desde que éramos niños…

Ellisa abrió enormemente los ojos al oír aquella voz, volteando con el corazón martillando contra su pecho. Allí, a solo unos cuantos pasos de ella, sonriente y tranquilo como siempre había sido, se encontraba Kei. Menudo y delgado, de alborotada cabellera negra y ojos marrones, el joven santo alzó una mano en señal de saludo, observándola directo a los ojos.

—Kei…—susurró ella, sonriendo asombrada. Era como si sus propios pensamientos lo hubieran convocado hasta allí, a su lado— ¿Cómo has podido llegar hasta la estatua de Athena?

Kei se llevó una mano detrás de la cabeza, entre avergonzado y divertido.

—Digamos que Astinos tuvo algo que ver.

— ¿Astinos prestándose para algo que va contra las reglas?—rió Ellisa—Me cuesta imaginarlo.

El joven le devolvió la sonrisa, situándose a su lado con los codos apoyados sobre la baranda. Pese a la alegría inicial del encuentro, durante varios segundos ninguno de los dos dijo nada, absortos en el manto infinito de las estrellas. Ellisa lo observó de soslayo varias veces, sintiendo como su rostro se encendía. Podía ser la reencarnación de la mismísima Athena, podía ser poseedora de un poder que ni siquiera el más fuerte de los caballeros podría soñar con tener, y aún así continuaba sintiéndose como una niña nerviosa cada vez que estaba a su lado, la misma niña que creció con él en el pequeño pueblo de la Galia. Continuó observándolo, esta vez sin tanto disimulo. Kei se veía sumamente pensativo, con el mentón descansando sobre la palma de su mano y la vista clavada en las estrellas.

—Te pido perdón por haberme presentado de esta forma—susurró de improviso—Pero en verdad necesitaba verte…

—No te preocupes. La verdad es que yo…también deseaba verte.

Kei sonrió gustoso.

— ¿Si?

—Si…—asintió ella, sintiendo como el calor se acumulaba aún más en sus mejillas—Es decir, tú sabes… Ha pasado mucho tiempo desde que el Santuario se transformó en nuestro hogar. Tanto tú como yo tenemos nuestras responsabilidades ahora, y eso ha limitado mucho las ocasiones en las que podemos vernos…como antes.

Kei sonrió tristemente. Sabía muy bien a qué se refería Ellisa. A pesar de que aceptaba su vida en el Santuario y era feliz con ella, aún añoraba los lejanos días en su pequeño pueblo, cuando nadie era capaz de separarlos. En momentos como el que ahora experimentaba, de pie a su lado en la tranquilidad de la noche, deseaba que el tiempo se detuviera para siempre.

Pero tal cosa no era posible… El tiempo corría, y eran muy importantes los asuntos que aún debía atender.

—He venido porque deseaba despedirme, Ellisa.

La muchacha abrió grandemente los ojos, asustada.

— ¿Despedirte? ¿Pero de qué estás hablando?

—No te preocupes, no es lo que te imaginas—la tranquilizó Kei—No pienso dejar el Santuario ni nada parecido, eso jamás. Pero si quiero estar en condiciones de luchar junto a mis hermanos dentro de tres semanas, entonces hay un lugar que debo visitar primero.

— ¿Acaso te refieres a…Jamir?

Kei sacudió la cabeza, ampliando su sonrisa.

—Parece que todos estaban al tanto de la existencia de ese lugar menos yo.

—Ese puede ser un viaje muy peligroso, Kei—susurró ella—Si deciden seguirte, estarás completamente a merced de las fuerzas del Dios de la Guerra…

—Lo sé… Pero es mi deseo y mi deber marchar hacia la fortaleza de Ares cuando llegue el momento; y para eso es necesario restaurar mi armadura. Debo ir.

Ellisa permaneció en silencio, inclinando la cabeza. Sus cortos cabellos castaños ensombrecieron su rostro, reflejando la preocupación que sentía. Lo que Kei proponía era algo necesario, pero sumamente peligroso. Debía haber otra solución… De seguro podía enviar a alguien en su lugar para que llevara las armaduras hasta Jamir, o cualquier cosa que fuera necesaria. No podía perderlo, no a él…

Iba a alzar la mirada, dispuesta a enfrentarlo, pero calló al sentir las manos del joven tomándola suavemente por los hombros.

—No debes preocuparte Ellisa—le susurró casi al oído, provocándole un agradable escalofrío en la piel del cuello—Te prometo que regresaré sano y salvo a tu lado. Tú solo espérame.

La chica levantó levemente la mirada, sintiendo como su corazón golpeaba acelerado contra su pecho. No recordaba haber estado jamás tan cerca de él. Bueno, tal vez sí, cuando eran unos niños, pero en aquel entonces no sentía del mismo modo que ahora…

— ¿Me lo prometes?

—Claro—la tranquilizó Kei—Además no iré solo. Syaoran, Dasha y Andriev me acompañarán. Incluso Liang decidió venir con nosotros. Estaremos bien.

Ellisa sonrió tímidamente, asintiendo con la cabeza. Casi sin darse cuenta alzó una de sus manos, apoyándola sobre los dedos que Kei presionaba sobre su hombro.

—Bien…te estaré esperando entonces. No lo olvides.

—Estaré aquí antes de tres semanas, te lo aseguro—los ojos del joven brillaron con entusiasmo—Juntos acabaremos con ese imbécil de Ares.

Ellisa soltó una suave carcajada, sintiéndose tontamente feliz.

—No lo dudo. Estoy segura de que serás un caballero clave en esta guerra, Kei.

En ese momento, jamás podría haber sospechado lo ciertas que eran esas palabras.

. . .

El hombre de cabellos rubios apretó la mandíbula en una mueca de rabia, atravesando a Thestio con sus afilados ojos azules.

—Primero te marchas del campo de batalla dejando solo a Jasón—le espetó con la voz llena de ira—Te atreves a hacerlo cuando sabes perfectamente que la muerte de los caballeros de oro es algo primordial.

Thestio, general de la Primera Legión Berserker, un joven de lacios cabellos rubios y ojos color escarlata, le sostuvo la mirada en forma indiferente. El hombre ante él lo superaba considerablemente en estatura, y le hablaba encolerizado casi cara a cara, separados por apenas un palmo de distancia. Aún así, Thestio permaneció impasible, observándolo con los brazos cruzados sobre su túnica blanca.

—No conforme con eso—continuó el hombre alto—tienes el atrevimiento y la arrogancia de organizar un ataque al Santuario por tu propia cuenta, desobedeciendo las órdenes de permanecer aquí e involucrando a la vez a Cratos y a Zelo en tus maquinaciones—cerró su mano en un puño, fulminándolo con la mirada—La sangre de nuestros compañeros, no la de nuestros enemigos, es la que mancha tus malditas manos.

Thestio había permanecido inexpresivo como una estatua de piedra, pero sus labios se estiraron en una pérfida sonrisa ante aquella acusación. Observó burlonamente a su interlocutor de pies a cabeza, casi insultándolo con sus extraños ojos rojos. Era un hombre alto y de musculatura marcada, ataviado con una corta túnica negra ceñida a la cintura. Sus lacios y largos cabellos, de un rubio dorado, la barba corta y los fríos ojos azules lo hacían poseedor de una atractiva apariencia más propia de los guerreros bárbaros del norte. Thestio amplió su sonrisa, sin dejar de mirarlo despectivamente.

— ¿Su sangre mancha mis manos? ¿En verdad piensas eso, mi querido Asterión? Zelo y Cratos no marcharon al Santuario obligados por mí, lo hicieron por su propia cuenta, cayendo en combate como todo buen berserker. Y no fueron arrastrados solos al Hades…dos de los caballeros de oro los acompañaron, dos caballeros que ellos lograron derrotar.

— ¡Tu arrogancia nos ha costado la vida de tres generales!—rugió Asterión, general de la Séptima Legión Berserker—Tienes suerte de que Radamanthys haya decidido hacer la vista a un lado ante semejante traición… ¡Porque si de mí dependiera tu cabeza ya no seguiría sobre tus hombros!

La sonrisa de Thestio abandonó por primera vez sus labios, siendo reemplazada por un fugaz brillo de ira en sus ojos.

—Así que me cortarás la cabeza, eh. Dime… ¿acaso hay algo que te impida hacerlo ahora, argonauta?

Aquellas palabras fueron como una chispa sobre la madera seca. Asterión soltó un potente alarido de ira, encendiendo en una explosión escarlata un cosmos de proporciones gigantescas. Toda su musculosa contextura fue rodeada de repente por una poderosa corriente de energía, la cual se concentró como un latigazo en su mano empuñada.

Toda la habitación tembló sobre sus cimientos cuando el brutal puñetazo fue bloqueado por Thestio. Las columnas de piedra negra a los costados se sacudieron haciendo caer el polvo en finas líneas hacia las baldosas, la densa oscuridad que envolvía la estancia retrocedió rápidamente hacia los muros, iluminada por la colosal colisión de energía; en las paredes, las pocas antorchas chisporrotearon hasta casi apagarse, como si fueran sacudidas por un fuerte vendaval.

Asterión tenía el brazo derecho extendido en un feroz golpe de puño, el cual era bloqueado forzosamente por Thestio. El joven de ojos rojos contenía el ataque con la palma de su mano, haciendo presión hacia adelante con todas sus fuerzas. Durante espacio de varios segundos ambos se mantuvieron tensamente igualados, apretando los dientes con el sudor recorriendo sus rostros. Asterión avanzó forzosamente un paso, acumulando aún más energía en su puño, pero su rival no le permitió colocarse en ventaja. Elevando su cosmos al mismo nivel, Thestio hizo estallar la presión concentrada en el titánico forcejeo. Ambos salieron despedidos hacia atrás bruscamente, arrastrando los pies por las negras baldosas con un fuerte chirrido. Asterión observó furioso a Thestio, el cual le devolvió la mirada con una sonrisa feroz en el rostro.

—Estaba esperando esto…—murmuró Asterión entre dientes—Claro que lo esperaba…

Con un brusco movimiento se arrancó la parte superior de la túnica, revelando un torso musculoso y cubierto de cicatrices. Thestio amplió la hambrienta sonrisa en su rostro, midiendo cada uno de los movimientos de su rival con la frialdad de una fiera al acecho. Extendiendo el brazo hacia adelante con la mano empuñada, Asterión hizo estallar su terrible cosmo-energía, resquebrajando las baldosas bajo sus pies.

— ¡Prepárate, Thestio!—exclamó enfurecido, rodeado por poderosas corrientes de energía que parecían llamas rojizas— ¡Gran Destructor de Mont...!

— ¡Deténganse ahora mismo!

Los dos guerreros alzaron la mirada con expresión furibunda, sin disminuir o calmar la tensión de sus poderosos cosmos. La habitación crecía hacia arriba dando lugar a un segundo piso, el cual rodeaba toda la estancia como si fuera una especie de balcón. De pie allí, con una mano apoyada sobre la baranda de piedra, un hombre vestido completamente de negro los observaba. Detrás de él, con ambos brazos cruzados sobre el pecho, se encontraba el mismísimo Radamanthys. El juez del inframundo echó un vistazo a la escena con gesto indiferente, cubierto de pies a cabeza por su afilada armadura de alas oscuras. Era como si no le interesara en lo más mínimo que dos de los hombres a sus órdenes acabaran de iniciar una riña en el mismo interior del castillo. El hombre de negro, en cambio, apretó la baranda hasta hacer crujir la piedra bajo sus dedos, observando a los dos berserkers en forma furiosa e indignada.

— ¡Asterión, Thestio!—bramó con una profunda voz de tenor—Por las ocho prisiones del infierno… ¿Qué demonios creen que hacen?

Thestio apagó rápidamente su cosmos, bajando los brazos hasta dejarlos a ambos lados del cuerpo. Sonrió inocentemente al recién llegado, encogiéndose de hombros como si nada hubiera ocurrido. Asterión, en cambio, continuó en la misma postura beligerante, mirando hacia arriba con los dientes apretados en una mueca de disgusto.

—Quirinus, señor Radamanthys…—murmuró, bajando un poco los puños—Yo…

— ¡Suficiente!—lo interrumpió el hombre llamado Quirinus—Ya hemos perdido a tres de nuestros hermanos en armas, ¿acaso creen que es momento de ponerse a pelear entre nosotros mismos?

— ¡Jasón, Cratos y Zelo han caído por su culpa!—rugió Asterión, señalando furiosamente a Thestio.

—Si cayeron fue porque sus enemigos supieron superarlos—lo corrigió fríamente Quirinus—No hay excusas en un combate uno a uno, hombre a hombre. Los generales del señor Ares no podemos permitirnos semejante bajeza.

Asterión palideció de ira, clavando sus ojos azules en el hombre de pie en el balcón. Quirinus era joven, un muchacho de unos veintitrés o veinticuatro años, de rostro pálido y agresivo. Tenía una larga y oscura cabellera, la cual se recogía altamente en una cola de caballo, muy por encima de la nuca. Sus ojos azules brillaban con la misma expresión severa y desafiante grabada en su rostro, como si estuviera preparándose para atacar en cualquier segundo. Vestía completamente de negro, luciendo un par de pantalones largos, cinturón, botas cortas de cuero, y un ajustado jubón sobre una camisa con correas y hebillas metálicas. Cruzada detrás de la espalda llevaba una larga lanza de metal negro, con la afilada punta de plata sobresaliendo a un lado de su cabeza. Sus ojos azules se movieron lentamente de Asterión a Thestio, atravesándolo con la mirada.

—Sin embargo…—reflexionó en voz baja, sin dejar de observar al joven de ojos rojos—…tampoco podemos permitirnos actuar por cuenta propia sin medir las consecuencias…

Thestio le sostuvo burlonamente la mirada, mostrándole sus perfectos dientes en una sonrisa repulsiva. Aquello enfureció aún más a Asterión. Thestio, el general de la Primera Legión Berserker, aquel jovencito de ojos antinaturales y sonrisa maligna, no mostraba ningún tipo de lealtad o respeto por absolutamente nadie, algo imperdonable para uno de los Doce Generales del Dios de la Guerra. Había actuado por su propia cuenta, desobedeciendo a Radamanthys aún a sabiendas de la fuente de su autoridad; había organizado un ataque que terminó por llevar a la tumba a Zelo y a Cratos. ¿Qué demonios pretendía? Era imperdonable.

—Señor Radamanthys—exclamó Asterión, arrodillándose sobre la fía piedra con la mirada alzada hacia arriba—Hemos perdido a tres de nuestros generales, tres de mis amigos y hermanos. Por favor permítanos marchar hacia la batalla y vengar esta afrenta…

Radamanthys, quien hasta entonces había permanecido completamente indiferente a todo, clavó sus ojos dorados en él.

—No—contestó, implacable. La delgada cicatriz atravesando su rostro lo hacía parecer todavía más frío y amenazador.

—Pero…

—Los santos de Athena vendrán hasta aquí mucho antes de lo que te imaginas—lo interrumpió—Hasta entonces proseguiremos tal y como he ordenado hasta ahora—desvió la mirada hacia Thestio, quien había agriado su expresión al oírlo hablar—Thestio, tú escoltarás a Eneas en la importante misión que le he asignado; no solo es la voluntad del señor Ares, sino que contribuirá a quitar del medio a algunos cuantos caballeros...estoy completamente seguro.

Thestio hizo una burlona y exagerada reverencia, con sus ojos sangrientos clavados en el juez del inframundo.

—Como su señoría ordene…—siseó, con la falsedad y el veneno derramándose de sus labios.

Radamanthys no le prestó ni la más mínima atención. De hecho, el espectro había desviado distraídamente la mirada hacia un lejano y oscuro rincón de la habitación, varios metros por debajo de él. Quirinus observó de reojo en la misma dirección, extrañado, pero no había nada allí; solo las profundas sombras que escapaban a la luz de las pocas antorchas en los muros.

—Y en cuanto a ti…—susurró de repente Radamanthys, sin apartar la mirada de aquel rincón—…reunirás a tus hombres y marcharás hacia el lugar donde las armaduras de los santos renacen—su voz se volvió tan fría como el hielo—No dejarás a nadie con vida. Es una orden.

Recién entonces los demás comprendieron a quien le estaba hablando; solo cuando vieron a las lejanas sombras retorcerse como si estuvieran vivas, extendiéndose a través de la habitación a una velocidad escalofriante.

Algo se movía en la oscuridad.

Una silueta menuda y delgada emergió lentamente de la penumbra, desprendiéndose de las sombras como si hasta entonces hubiera formando parte de ellas. Una joven, una hermosa joven de ojos y cabellos negros, caminó tranquilamente a través de la oscuridad que se extendía bajo sus pies a cada paso, alzando la mirada con gesto triste y melancólico.

—Será como usted ordene, su señoría—susurró—Cumpliré con la voluntad del señor Ares.

.

Continuará…

.


Luego de mucho esfuerzo, pero antes de lo previsto, he aquí el capítulo 9. Sin duda este es el episodio más largo hasta ahora, y el que más trabajo costó sacar a la luz. Por eso agradecería mucho poder conocer sus opiniones...

Mis más cordiales agradecimientos a Silent, Umizu y Cid de capricorni por sus reviews.

Sin más, me despido dejando una nueva ficha.

Ellisa, reencarnación de la Diosa Athena:

Edad: 17

Estatura: 1,61m

Peso: 47kg

Tipo de sangre: A

Fecha de nacimiento: 19 de septiembre (virgo)

Origen: Galia Lugdunense (actual norte de Francia)

Significado del nombre: "Ellisa" es un antiguo nombre de origen hebreo. Significa "Aquella que lleva la promesa divina" o "Ayuda de Dios".