¡Hola a todos! Lamento mucho la tardanza, en verdad, pero estos días han sido muy ocupados para mí. Tengo muchas cosas que hacer y me mantienen agotada, así que no había encontrado inspiración. Disculpen la tardanza. Pero aquí está el siguiente capítulo, muchas gracias por todo. :D Espero que lo disfruten. Hoy veremos mucho drama.


-9-

El niño noble.


Luffy abrió los ojos repentinamente como si el aliento de su alma hubiese vuelto a él sorpresivamente. Parpadeó un par de veces para ubicarse tanto en tiempo, como espacio y persona. Toda su cabeza le daba vueltas y de hecho, si no fuese porque estaba arrodillado en la tierra con sus manos sosteniendo vehementemente aquel viejo sombrero, hubiera soñado que la textura de la atmósfera era un invento de su propia mente rota.

Enderezó su rostro con cuidado, porque los músculos de su cuello y espalda estaban prácticamente tan tensos como una roca. Luffy apreció entonces su verdadero estado físico. Tenía sangre y heridas por todas partes, sus puños estaban manchados de una sangre que no estaba seguro si era suya o de alguien más. Se percató que estaba desnudo de la cintura para arriba y que sus pantalones estaban tan rasgados que parecían harapos. Continuó su apreciación y se topó con su inseparable sombrero, éste estaba intacto, pero de la misma forma que sus manos tan sucio que las dudas venían una tras otra en su cabeza.

¿Y sus nakamas? ¿Y Ace? ¿Qué había pasado con aquel monstruo? Luffy intentó levantarse y se dio cuenta que su piernas estaban demasiado débiles para dar más de tres pasos. Exploró alrededor ya de pie y se topó con el viejo bosque en donde él y sus hermanos solían cazar.

—¡Muchachos! – gritó roncamente, su garganta le dolía tanto que apenas podía pronunciar algunas palabras. —¿En dónde están? – musitó dolorosamente, mientras el peso del cansancio y la agonía molía sus músculos y articulaciones.

Caminó un par de metros y después se detuvo. Estaba por amanecer y el alba comenzaba a asomarse entre las montañas y los troncos del bosque. Luffy enfocó la vista, sentía que era la primera vez en mucho tiempo que veía el amanecer.

—Yo correría si fuera tú. – una voz rasposa y algo desgastada le hizo estremecerse. Luffy volteó lentamente hasta toparse con una anciana y delgaducha mujer que le miraba atentamente.

—¿Quién eres? – preguntó sin energías.

—Me llamo Kureha. – dijo la anciana. —Lo he visto todo, estás maldito, pirata.

—¿Maldito? – no lograba entenderle, se acercó a ella con pasos lentos y antes de pararse frente a ella la mujer retrocedió.

—Un hombre sin sombra está destinado a desintegrarse a la luz del sol. Fuiste débil, Mugiwara no Luffy. Has sellado tu propio destino con fuego y sangre.

—¿De qué estás hablando? – Luffy no podía entenderlo.

—No fuiste un apoyo para esta tierra, te convertiste en una pesadilla hecha realidad. Lo lamento en verdad. Ahora todos lo saben. La familia Portgas ha terminado.

—¿Qué?

—Y los piratas del Sombrero de Paja jamás regresarán.

—¡Espera! – desesperado y algo desorientado, Luffy se abalanzó contra ella y la tomó del cuello de su ropa. —¿Dónde están mis nakamas? ¿Qué pasó con Ace? ¡¿Qué está sucediendo?!

—Ya habrás de recordarlo. – Kureha se liberó del agarre de Luffy. —Ahora lo único que te acompaña son las sombras del pasado. – dicho esto, la mujer retrocedió y comenzó a alejarse entre el follaje del bosque.

—¡Oye, no te vayas! – quiso alcanzarla pero sucedió. Un pequeño rayo de luz solar tocó la piel del muchacho y esta comenzó a arder en una llamarada blanca que lo dejó más que desconcertado.

—¡Huye, huye al castillo y jamás salgas de día, el sol te matara! – gritó Kureha mientras seguía alejándose.

Desesperado, Luffy emprendió carrera al lugar más seguro que podría encontrar contra el sol. La arquitectura del castillo le dio la bienvenida y Luffy sintió un gran ardor en su espalda desnuda que amenazaba con quemarse entera. Saltó a la puerta principal, ignorando los cuerpos, los trozos de escombros y ruinas. Entró al salón principal y corrió para tropezarse justamente frente a la gran figura del tigre gigante. Ahí Luffy se dio cuenta que su cuerpo había dejado de quemarse.

Agotado y exhalando desesperadamente cubrió su espalda con la primera muestra de tela que encontró, que para su sorpresa, resultó ser un viejo saco que Ace solía vestir en ocasiones especiales. Luffy tocó desconsolado la fina textura y sintió ganas de devolver el estómago, algo en su interior se removió violentamente, como si intentara salir, pero por más golpes que le dio a su cuerpo y por más temblores que manifestó, Luffy no dejó escapar nada de él.

—¿Qué me pasa? – gimió preocupado. Y ante sus palabras fue rodeado por varias sombras que, frente a la luz de un agujero en el techa, se alzaron para manifestarse cuan fantasías. Mugiwara las contempló sin entender el contexto, pero aquellas sombras tenían la imagen de sus viejos nakamas.

—¿Chicos, son ustedes? – las sombras reaccionaron ante su pregunta y se fundieron en su cuerpo para después escuchar voces en su cabeza. Los gritos, lamentos y frases de sus nakamas trastornaron a Luffy cuando finalmente lo comprendió. La desesperación lo envolvió y tan asustado estaba, que su mente ordenó algo, debían salir.

Las sombras fueron lanzadas de su cuerpo automáticamente y Luffy cayó al suelo de rodillas mientras pequeñas lágrimas se cruzaban en su mejillas.

Lo había visto, todas las visiones de sus propios nakamas en su mente, como si fueran una película. Luffy acababa de ver imágenes de una horripilante criatura que les atacaba en medio de un caos de furia y desesperación. La sangre en sus manos no sólo era suya, era también de sus nakamas. Los había atacado y eso, señoras y señoras, era lo más doloroso que un capitán podría hacer.

Esa noche Luffy lloró desesperado, pues se había dado cuenta de algo… se había quedado solo para siempre. Con el paso del tiempo, logró recordar algunas cosas, pero el resto de ellas, principalmente qué había pasado después de la muerte de Ace seguían siendo un misterio. Recordaba a Moria, pero fuera de eso el resto de sus visiones seguían siendo borrosas.

Poco a poco comprendió su situación, entendió que no importaba qué, no podría recuperar su sombra, pues no sabía en primer lugar que había pasado con ella, así como que los cuerpos de sus nakamas yacían perdidos en los huecos de su memoria y el espacio. Jamás recuperarían sus cuerpos y eso le dolía en demasía. Logró comprender cada vez más su maldición y cómo funcionaba. Se dio cuenta que podía controlar las sombras en su interior a base de voluntad y que podía sacarlas cuando quisiera. Así mismo, podía adquirir habilidades que jamás imagino con sólo tenerlas en su interior.

Fue consciente que las noches de luna nueva perdía la noción de quien era y que por algún motivo visitaba el viejo pueblo que estaba al otro lado del bosque; para regresar cada madrugada al castillo, pues, el instinto de supervivencia de Luffy iba más allá de su descontrol. Cuando la luna no desaparecía del cielo, Luffy podía controlar un poco su transformación, al punto que en las noches de luna llena podía incluso ser consciente de lo que hacía y por qué lo hacía.

Pero… a pesar de que cada vez se adaptaba más y más a su nuevo rol, su alma se quebraba día con día y la soledad le enfermaba más que la ausencia de libertad. Luffy se convirtió en un fantasma de su propia personalidad y con el tiempo, cada vez que escuchaba aquel relato contado por terceros sobre lo que había pasado en el castillo, se volvía loco de ira y la misma depresión envolvía cada vez más su corazón.

La verdadera pesadilla no se trataba de un monstruo enorme que era capaz de destruir un poblado si era provocado… sino la soledad.

Pues ya habría de saberlo él: Estar sólo era lo verdaderamente doloroso.

Nami contempló en silencio el perfil de Luffy, quien parecía estar en una especie de trance tras haberle contado aquella magnífica historia. La realidad era muy diferente a la historia que su libro relataba y por demás triste. La vida de Luffy debió ser un infierno constante y su intervención en él era un escape a lo que tenía que vivir cotidianamente. Nami se acercó en silencio y pasó sus brazos alrededor de su cuello, atrayéndolo con parsimonia a su estómago y consolándole. Luffy enrolló sus manos alrededor de la cintura de ella, en un giro inesperado de las cosas y respiró profundamente, buscando el consuelo y compañía que por mucho tiempo le había sido arrebatada.

—Lo lamento tanto, Luffy. – musitó la mujer.

—El pasado es pasado. – dijo el muchacho.

—¿Por qué no descansas un poco? – sugirió en un susurro.

—Sí, tengo mucho sueño. – se acercó a la cama en silencio y se recostó, Nami fue atraía a su cuerpo con suma delicadeza y, tras entender de que el chico simplemente no deseaba estar solo, más que una doble intención, aceptó recostarse un momento con él.

Luffy se durmió en cuestión de segundos. La respiración del muchacho se hizo cada vez más pausada, no quitaba las manos de su cintura y seguía aferrado contra su estómago, gusto debajo de sus pechos, cosa que Nami no tardó en detectar. Se sonrojó ligeramente, era atrevido para una señorita tener esta clase de intimidad con un hombre que no era su esposo. Sin embargo, Luffy se mostraba tan vulnerable que simplemente no podía rechazarlo. Pasó sus manos por sus cabellos y el sombrero de paja que estaba desplazado hacia su espalda. Nami pensó en lo difícil que debía ser para el capitán permanecer tantas noches en desvelo, con un instinto asesino que era fuertemente detenido por su voluntad y que, si llegaba a descuidarse podría resultar mal para los alrededores.

Seguramente Luffy no podría concebir un sueño libre, sin que las sombras de su pasado le acosaran constantemente. Con ese pensamiento Nami apretó los ojos en un sufrimiento silencioso. Jamás se había sentido tan ofuscada por una tristeza inapropiadamente ajena. Luffy era un joven maravilloso, simpático y divertido. Fue capaz de ver a través de su coraza y captó su verdadera forma de ser. Él era una persona alegre, juguetona y un tanto despreocupada, llegando a rayar en lo infantil; sólo debía verlo comer, cantar y bailar para saberlo, pero… el hecho de estar encerrado en aquel solitario castillo lleno de vestigios y crudas realidades habría de hacer cambiar a cualquiera.

Cuando escuchó los ronquidos de Luffy, Nami sonrió con simpatía, el agarre de sus brazos era más flojo, así que se liberó y separó de él. Lo cobijó con su sabana y se sentó a su lado, para contemplarlo dormir. Se veía tan tranquilo que era difícil creer que él podía ser aquella horripilante criatura que conoció al principio.

—Sé que están ahí. – dijo la joven para ver la sombra de la puerta del cuarto y cómo lentamente emergían siete sombras de diferentes tamaños y fisionomía. Se acercaron a ella y rodearon la cama en una singular danza hasta que se establecieron al fondo de la misma. Nami sonrió.

—Siempre están cuidando de él, ¿No es así? – la sombra de Roronoa Zoro se extendió sobre el suelo al lado de Nami y asintió despacio. —Son una gran tripulación. Me gustaría… haberlos conocido en otra circunstancia. Lo siento tanto. – ahora la sombra de Nico Robin se alzaba un poco, su sombra se acercó a la de Nami, cuya silueta se topó con la de ella y tomó la mano en una caricia llena de amistad. Nami se sorprendió cuando un escalofrío recorrió su brazo y sintió que un peso real le cubría por encima del dorso de la mano.

Después de esto, las sombras dejaron el cuarto, los dos estaban solos de nuevo.

Querido diario… jamás pensé que podría escribir esto pero finalmente lo estoy haciendo. Me ha costado semanas, pero creo que es justo que lo cuente para que el valor de mi hijo sea transmitido a generaciones posteriores.

Sabo… murió. Todo fue demasiado rápido y no estoy segura de recordarlo bien. Sucedió una noche de verano, el viento soplaba en la fresca brisa marina de aquella embarcación, yo estaba sentada en la cama de mi camarote, escribiendo una carta para Roger. Muy pronto regresaríamos de aquella reunión a la cual él no pudo asistir. Estaba muy enfermo, Crocus-san dice que es un mal pasajero, pero sospecho que es más que eso. No sé por qué, pero cada vez que Crocus-san me dice algo sobre la salud de mi esposo, siento como si me dijera una mentira piadosa.

Esa noche, como dije, escribía una carta, tanto él como Ace y Luffy estaban en el castillo. Luffy había caído hace poco a un pozo infestado de serpientes. Ace estaba con él y por estar jugando en la orilla el más pequeño de mis hijos casi se ahoga. Luffy no es muy bueno para nadar, así que por el momento está algo delicado, por lo que Ace decidió quedarse con ellos y "cuidarlos", es bastante tierno y atento, pero creo que en el fondo se sentía culpable por lo sucedido, ya que él quiere mucho a su hermano menor.

Días antes recibí una carta bastante nostálgica. Sabo y yo viajamos para una reunión familiar al otro lado del mundo para encontrarnos con un tía abuela que hacía años no veía y pensé que estaba muerta. Estaba tan emocionada que partí en su búsqueda, y, para que no fuese sola, Sabo insistió en venir conmigo… ¡Oh, mi dulce Sabo! Era un niño tan atento, creo que el más educado de los tres, pero igual de atrevido y temerario que Ace y Luffy. Adoraban pelear entre ellos, para ser más fuertes… unos niños muy inquietos.

No sé exactamente cómo pasó, pero Sabo abrió la puerta de mi habitación con un rostro pálido. Me tomó de la mano y me arrastró afuera… Entonces nos vimos rodeados, muchos hombres armados y una lucha entre los guardias del castillo que me acompañaban y lo que parecían ser bandidos de agua salada.

Mi noble niño… siempre tan valiente…

Nami dejó de leer el párrafo mientras tragaba saliva con algo de dificultad. Lo anterior estaba borroso, como si hubiese sido regado por agua. Ella supo inmediatamente que las propias lágrimas de Rouge debieron entorpecer la tinta y borrar ciertos detalles. Cerró el diario y miró la portada, no se sentía cómoda leyendo el relato de una madre destrozada por la pérdida de un hijo, era demasiado cruel.

—¿Qué lees, Nami? – Luffy preguntó desde la cama asaltando los pensamientos de la chica repentinamente. Ella dio un respingo y le miró cuan niña que ha sido pillada con las manos en la masa.

—Luffy. – tragó saliva. Intentó ocultar el diario pero ya era tarde.

—¿Es el diario de Rouge otra vez?

—Lo siento, no debí pero…

—No, está bien. – Luffy se sentó en la cama y se estiró complacido. —Fue una agradable siesta, ya hacía tiempo que no dormía así. – le sonrió y Nami sintió un calor incesante en sus mejillas. —Gracias, Nami.

—¿Pero qué dices…? – ladeó la cabeza sin saber qué hacer.

—¿Entonces… sobre qué leías? – la sonrisa aún no se borraba del rostro de Luffy y ella lo pensó dos veces en decírselo.

—Pues…

—¿Ajá? – Luffy se colocó el sombrero en la cabeza. —¿Sabes? Nunca me interesé en leer el diario de mi madre. Supongo que debe ser interesante, ya que lo has leído mucho.

—Eso creo. – colocó el diario en su regazo.

—¿Y bien?

—Estaba leyendo… sobre un niño llamado Sabo. – Nami ya había escuchado sobre él, sabía que era un hermano de Luffy, pero que estaba muerto, sólo que no sabía cómo había ocurrido el acontecimiento y esperaba, por todos los cielos, que no fuese tan trágico como la muerte de Ace.

—Oh. – Luffy borró su sonrisa para una mirada seria. —¿Y… qué decía?

—Sobre su muerte. – Nami bajó la cabeza, para un estado emocional como el que tenía Luffy debía ser difícil hablar de la muerte de sus seres queridos.

—Sabo fue un héroe. – dijo él, inesperadamente sonrió con solemnidad.

—Rouge lo describe como un niño muy valiente.

—Lo fue, claro que sí. – aseveró Luffy para sentarse a la orilla de la cama. Nami se enfocó en él, pues seguro tenía más que contar. —Rouge nos dijo sobre su muerte cuando Ace y yo éramos pequeños. Ella nos contó una parte de la historia y los demás sobrevivientes el resto. Sabo salvó a Rouge… sacrificándose él mismo.

—¿Cómo?

—Explotó. – susurró y Nami sintió un escalofrío.

—¿Explotó? – era demasiado sangriento para ser el relato de un héroe.

—Eso dijo mamá. – Luffy se dejó caer en el colchón de la cama mientras veía el techo. —Todo pasó muy rápido, creo.

—¿Pero… por qué? – Nami continuaba en shock.

—Rouge y Sabo acudieron a visitar a un pariente hace muchos años. Ella estaba muy emocionada y pensó que sería buena idea ir lo más pronto posible. En esa época Roger estaba muy enfermo y casi no salía del castillo. Como era un viaje largo, Crocus, el médico de Roger, le prohibió ir. Ace me había empujado a un pozo y como casi muero Rouge nos castigó. O eso recuerdo, la verdad no estoy seguro, pero pasé toda la semana en cama.

—Creo que sé sobre eso, Rouge-san lo escribió en el diario.

—Shishishi, éramos muy traviesos.

—¿Y qué sucedió después?

—Pues veras…

Con las últimas risas y abrazos de la tarde, Rouge se despidió de su querida tía mientras subía al carruaje que habría de llevarlos a su barco. El viaje de regreso era extenso y si querían llegar a tiempo para celebrar el cumpleaños de Luffy tendrían que apurarse. Rouge se limpió tímidamente dos lágrimas traviesas. El recuerdo de su infancia le causaba pequeños escalofríos y el ver a una de sus mejores tías y compañeras de juego la dejaba nostálgica.

—¿Estás bien, oka-san? – Sabo estaba junto a ella en el carruaje. Vestía como siempre, sus botas, su chaqueta, sus pantalones y sombrero. No era muy adepto de usar la ropa real o vestidos elegantes, él era un chico mucho más práctico.

—Perfectamente. – La mujer sonrió tiernamente. —¿Cómo pasaste la visita?

—Muy bien, creo que comí tantos pastelillos como para reventar. – Sabo acarició su barriga que, viéndole de cerca, sobresalía por encima de su cinturón. —Tu tía es bastante graciosa, Oka-san, pero un poco senil.

—Suele pasar con la edad. Yo también estaré así en unos cuantos años y ustedes tendrán que cuidar de mí.

—Mmm… si no hay más opción. – cruzó sus brazos y ladeó la cabeza, aparentando molestia.

—Eres tan noble. – se burló Rouge y el niño simplemente se sonrojó. Sabo tenía once años y seguía siendo lo que era, un niño. Por lo que los halagos de su madre lo avergonzaban todavía.

—Lady Rouge. – el cochero llamó e interrumpió la conversación.

—¿Sí?

—Llegamos al puerto, el barco la está esperando.

—Gracias, caballero. – Rouge señaló con la cabeza a Sabo la salida, tenía muchas ganas de llegar a su camarote y escribirles a Roger y sus hijos sobre todo. El viaje era muy largo, pero el correo era más rápido, así que mandaría aquella carta para anticiparles ciertos detalles.

Los dos bajaron del coche y contemplaron el barco. Los sirvientes junto a algunos marineros que estaban en el puerto, lucían cargando cosas en el buque, aunque no era muy grande, Rouge había aprovechado para llenarlo de "recuerdos" como ella decía, cosas que más tarde Roger comentaba que sólo eran baratijas y caprichos de su mujer.

—Rouge-sama. – como lo habíamos mencionado antes ahí se encontraba Thatch, el joven capataz, en ese entonces, se había ofrecido para acompañar a la señora de la casa y el pequeño príncipe a la visita familiar. Él era el encargado de la seguridad y se cumplir todo lo que Rouge deseaba.

—Hola, Sacci-kun. – la mujer le saludó bondadosa. El hombre se sonrojó ligeramente. Aunque su nombre se escribiera diferente, su romanización y pronunciación sonaba tal como Rouge lo había pronunciado, y pese a que a Thatch no le molestaba si le recodaba mucho a una exnovia de hacía unos años.

—El cargamento estará listo dentro de unos minutos, puede subir mientras terminamos las preparaciones.

—Me parece bien. – Rouge miró a Sabo quien estaba distraído viendo el proceso de carga. —Sabo, ¿Vienes?

—Sí, oka-san. – lo dijo con parsimonia, como si estuviera analizando el alrededor con cautela.

—¿Sucede algo, Sabo-kun? – preguntó el capataz.

—¿Hm? – Sabo se enfocó en los adultos, quienes parecían estar entretenidos por su porte. —Sí, sí, vamos. – caminó frente a Rouge y prosiguió a subir al barco.

No es que fuese paranoico, pero entre los sujetos que estaban cargando localizó a algunos que no conocía; y es que si comprendía que a veces la ayuda extra y local era necesaria, por alguna extraña razón Sabo estaba abstraído observando con cuidado la forma en la que cargaban ciertas cajas.

—Sacci. – habló Sabo y él se inclinó para oírlo mejor. —¿Qué llevan en esas cajas? – señaló con la vista.

—¿Eso? – Thatch se dirigió a donde Sabo decía. —Ah, son sacos de harina de maíz integral, recuerda que vuestra madre nos pidió que empacáramos bastantes.

—¿Y qué más? – Sabo seguía tenso.

—Algunas latas de conservas. ¿Qué pasa?

—Nada. – desvió la vista. —Tengo sueño. – bostezó y se dirigió al barco, justo como su madre. —¿Cuándo partiremos?

—Dentro de unos minutos.

—Te veo en cubierta entonces. – Sabo se apresuró a subir al barco.

Tal como Thacht prometió, el cargamento se llenó y los preparativos para elevar anclas se llevaron a cabo de manera impecable. El viento estuvo siempre de su favor, durante toda la mañana y tarde el barco se llenó de celebración y por la noche se sumía en una tremenda calma y paz.

Esa noche, Sabo no podía dormir. Tras una gran comilona entre los navegantes, su madre y el fiel capataz, su estómago resonaba más que un enjambre de abejas. Las entrañas se removían incesantemente en su interior y aunque ya había tomado un vaso de agua tibia, receta de la vieja tía abuela de su madre, no pudo calmarse.

Se sentía también muy raro, como si la atmosfera en donde estaba fuese bastante pesada. Desde que habían abordado no se había sentido a gusto. Decidió que eran sus nervios y después de rodar por varios minutos en la cama se levantó. Caminó hasta la cocina, tenía mucha sed, de hecho jamás había sentido tan seca la garganta en su vida. Caminó en silencio y cuidadosamente por la cubierta cuan gato. Llegó a la cocina y se sorprendió de que estuviese iluminada. Se acercó a la pared y espió. Inmiscuyó su cuerpo de manera que no pudieran detectarlo, no en vano ya había practicado con Ace y Luffy.

No escuchó el comienzo de la conversación pero alcanzó a identificar cosas claves.

—¿Entonces no podemos matarla? – preguntó una voz rasposa al otro lado.

—No, es la última de la familia Portgas, imagínate lo mucho que pagarían por ella en una trata de blancas. – dijo otro. Sabo frunció el ceño y agudizó su oído.

—Las joyas de la familia serían perfectas. – dijo un tercero. —Pero no podemos darnos el lujo de que nos descubran.

—Descuida, para eso metimos los explosivos. Nos aseguraremos de destruir toda la evidencia. Sólo necesito apretar este pequeño invento y todo volará.

—¿Eso es… un Dial? – preguntó uno de los hombres y Sabo se enfocó en reconocerlo.

—Así es. Esta cosa trasmite una extraña frecuencia, la encontré durante mis viajes, esa frecuencia está conectada a otros diales que puedes irritarse y hacer lo suyo. Instale algunos diales de fuego en la bodega, cuando presione esta cosa la señal, que nosotros no podemos detectar, pero ellos sí, los irritara y escupirán el fuego, así se encenderá la dinamita.

—Es demasiado elaborado para mí, Sempai. Qué bueno que sabes de estas cosas.

—Idiota, de esto depende nuestra supervivencia, después de todo, no estamos haciéndolo sólo por nosotros…

—¡Sabo-kun! – la voz de otro hombre sorprendió a Sabo y a los ladrones que conversaban, uno de los sirvientes lo había visto levantado de lejos y se le ocurrió que era buena idea sorprenderlo.

Craso error.

—¡Nos descubrieron! – gritó otro. Y antes de que el niño pudiese decir o hacer algo se escuchó un disparó y después mucha sangre. Los ojos de Sabo quedaron bien abiertos al apreciar como la bala le atravesaba la garganta al desdichado hombre y la sangre surgía a borbotones.

Rouge escuchó el disparó en su habitación y dejó de escribir. A pesar de que ya era muy tarde para estar despierta tenía tanta emoción que no había pensado en acostarse temprano. Pero aquella interrupción precipitada y extraña la hizo ver hacia la puerta, la cual inmediatamente comenzó a azotarse, como si alguien la hubiese intentado abrir de golpe y de pronto el jadeo de dos hombres tras más forcejeo. La mujer se levantó preocupada y corrió a la puerta para ver qué sucedía. Ésta se abrió rápidamente con Sabo detrás de ella. Estaba manchado de sangre, sudor y mugre, en sus manos tenía un tubo de hierro y en el piso a dos hombres que agonizaban después de una estupenda paliza.

—¡Sabo, qué está…!

—¡Te lo explico luego, Oka-san! – la tomó de la muñeca y la haló para que subiera las escaleras, el camarote de Rouge estaba debajo y un tanto resguardado, pero Sabo había visto las intenciones de los criminales y corrido donde ella para prever alguna desgracia.

Desesperado corrieron escaleras arriba. Otro hombre se atravesó en su camino, armado y Sabo saltó contra él mientras le arremetía un buen golpe en la mandíbula. El disparó sonó contra la madera y pese a que fue atemorizante el niño no retrocedió, le dio de lleno en la garganta y fue suficiente para dejar sin aliento al malhechor. Pasaron sobre él en una carrera contra el reloj. Las bombas todavía no habían sido activadas, así que era cuestión de segundos para que el líder decidiera activar el detonador.

Llegaron a la parte de arriba del barco. La cubierta ardía en llamas y los sirvientes, junto a Thatch luchaban contra los ladrones, que eran varios para haberse infiltrado.

Un hombre intentó llegar donde Rouge y Sabo se posicionó de nuevo para defender a su madre, pero antes de ello el capataz arremetió contra el hombre con el puño.

—Lady Rouge, Sabo-kun, ¿Están bien?

—¡No hay tiempo! – rugió Sabo. —¡Hay bombas en el barco, tienes que detener al que posee el detonador! – advirtió severamente el muchacho.

—¡¿Qué?! – los dos adultos gritaron sorprendidos.

—¡Evacuen el barco! – gritó el capataz. —¡Evacuen la nave! – los ladrones estaban siendo derrotados, así que los sirvientes que estaban más desocupados dejaron de intentar apagar el fuego y corrieron contra las orillas del barco.

—Señora, venga rápido. – pidió una sirvienta que la llevaba hacia uno de los botes salvavidas.

—¡No lo harán! – gritó el líder de la operación y de un tajo con su espada atacó a la mujer. Thatch se atravesó para impedir que le hiciese daño y el corte limpió de su arma le atravesó el pecho, dejándole una línea de sangre fresca. —¡Maldito capataz! – el ladrón le dio un puñetazo en el estómago y Thatch cayó por la borda del barco.

—¡Sacchi! – gritó Rouge, conmocionada. Ella ya estaba en el bote salvavidas, el cual colgaba desde la orilla del barco.

—Bien, escuchen todos. – los sirvientes que intentaron acercarse para ayudar a su señora pararon en seco cuando el ladrón mostró el Dial. —Esto es un detonador, si alguien se atreve a acercarse a mí lo presionaré y todos ustedes morirán hechos pedazos. Así que… madame, ¿Por qué no sale de ese bote y deja que la llevemos? – la mayoría de sus hombres estaban fuera de combate, era obvio que este era un intento desesperado para recuperar el control de la operación.

Rouge frunció el ceño, ojala ella también poseyera aquel poder oculto que tenía su marido. Porque si lo hubiese deseado aquel criminal estaría noqueado desde el principio.

—¿Y bien? – el ladrón frunció el ceño. Nadie movía ni un solo musculo. —¡Va a quedarse como tonta parada o vendrá conmigo, maldita sea! – también estaba desesperado.

Rouge iba a dar un paso fuera del bote pero algo sorprendente pasó que se lo impidió. El hombre se retorció en su lugar y para exclamación de todos se arrodillaba con un dolor insoportable que emergía desde su entrepierna. Sabo acababa de atinarle una patada por demás desprovista. Nadie se había dado cuenta de la cercanía del niño para con él criminal y ese fue un error muy oportuno. El niño le arrancó la espada de sus manos, pues el hombre estaba totalmente contrito contra el suelo de la cubierta del barco.

Los sirvientes aplaudieron por la hazaña, pero Sabo les interrumpió desesperado.

—¡Todos salten al mar, todavía tiene el Dial! – gritó preocupado y entendieron. El hombre, que todavía no se recuperaba, resguardaba el dial en sus manos.

Sabo miró a su madre quien estaba tensa por los sucesos. Se acercó a ella con la espada en mano y cortó una de las cuerdas que mantenía atado el bote salvavidas.

—¡Sabo!

—¡Ya voy! – dijo, quería asegurarse de que ella estaría bien antes que todo.

—¡Condenado mocoso! – el líder de los ladrones le atacó por detrás y Sabo se dio cuenta de ello. Así que terminó por cortar las cuerdas y el bote cayó al mar. El fuego estaba expandiéndose por todo el barco y sólo era cuestión de tiempo para la destrucción de la estructura.

—¡Sabo! – Rouge gritó desesperada por la precipitación de los hechos, de pronto ella se encontraba en el mar y su hijo luchando a muerte contra aquel maleante.

El ladrón le había quitado la espada al niño y lo tenía contra el suelo del barco, apretándole del cuello.

—Acabas de robarme la oportunidad de mi vida, desgraciado. – casi lo estrangulaba con la mano y el pequeño se aferraba a su mano, intentado forcejear para que no le apretara más.

—Entonces… - musitó Sabo, al borde de la asfixia. —Más suerte… para la próxima… - en medio del forcejeó Sabo le mordió la mano tan fuerte que la hizo sangrar. El hombre lo soltó inmediatamente y retrocedió adolorido. Sabo corrió contra la orilla del barco, ahora no era cuestión si el hombre presionaba el Dial o no, pronto el fuego de la cubierta llegaría los camarotes y la bodega y todo quedaría perdido.

—¡Sabo! – Rouge gritó desconsolada cuando lo vio emerger y listo para saltar de cubierta.

—¡A donde crees que vas, malcriado! – el ladrón se abalanzó detrás de él, lo tomó de la camisa.

El crujido de la madera ardiendo los dejó sin habla a los dos. Voltearon hacia atrás y contemplaron el mástil que se desmoronaba. El gran tozo de manera cayó sobre ellos.

—¡Sabo! – Rouge intentaba saltar de la balsa para ir donde su hijo, pero los sirvientes la detenían.

Sabo recuperó el aliento rápidamente, el mástil había aplastado al ladrón, era su única oportunidad para saltar, pues el fuego ya había penetrado en las cámaras internas y seguramente los explosivos estaban a punto de explotar.

—¡Es Sabo-kun! – gritó uno de los mozos.

—¡Sabo! – Rouge estaba impactada, pero aun así quería ir donde él.

El niño se preparó para saltar pero no pudo. Observó con terror como su pie era sujetado por el ladrón. Quien, en su último aliento de vida se negaba a dejarlo ir.

—No… - susurró el hombre, su ira iba más allá de su dolor físico. —Tú y yo moriremos aquí. – le dijo con su último respiro y su mano, literalmente se entiesó alrededor de su tobillo.

El niño forcejeó con todas sus fuerzas, pero la mano no cedía. El tiempo se le estaba acabando. Contempló el fuego, que por fin había rodeado todo el barco y tras agotarse de halar su pie lo único que pudo hacer fue… resignarse. Miró a su madre, que aún gritaba y luchaba por ir en su búsqueda. El niño le sonrió con tristeza.

Todo se detuvo.

Rouge contempló con horror lo que sucedía a continuación.

—¿Sabo?

El niño le dijo algo que no pudo escuchar, mas sí pudo leerle los labios.

—¡No, Sabo…! – entonces pasó. El barco explotó completamente y el sonido estruendoso, junto a la luz y el fuego hicieron desaparecer la imagen del niño. La onda provocaba por la explosión empujó los botes salvavidas muy lejos.

—¡Sabo! – el grito desgarrador de Rouge hizo eco en el océano y en los corazones de los presentes.

Nami se llevó una mano a sus ojos, pues no pudo evitar resistir las lágrimas rebeldes que emergían tras el relato. Por alguna razón logró sentir el dolor puro del suceso. Un vacío indescriptible al imaginarse el dolor que debió sentir Rouge al ver morir a su hijo de esa manera.

—Cuando Rouge volvió a casa nos contó lo sucedido. No comió, no durmió y no dejó de llorar por semanas. – Luffy apretó los puños. —Si no fuese por Ace… yo tampoco hubiese superado esto.

—Lo siento tanto. – exclamó Nami, con la voz en un hilo. —Lo siento tanto, Luffy. – ella tenía los dedos entrelazados y se mordía el labio inferior en angustia.

Nadie dijo nada por un momento. Luffy se acercó a Nami y le tocó la mejilla con su mano en una caricia casta. Nami llevó una de sus manos sobre la de Luffy y otra a su boca, para detener su llanto.

—Sabo fue un héroe. El niño más noble que jamás haya conocido… por eso, no debes sentirte mal por él. Nosotros honramos su memoria como un gran hermano.

—Lo siento. – susurró Nami.

—Yo también. - Luffy se acercó más de lo que pudiera haber creído. Sus ojos se encontraron en un vistazo fugaz y entonces, tal como un toque de seda, sus labios se encontraron en una cálida unión.

Los labios de Luffy eran muy cálidos. Nami apretó la mano de Luffy, que todavía seguía en su mejilla y correspondió con la misma calidez. El muchacho rompió el contacto, que fue bastante desalentador para la chica. El chico unió sus frentes y sonrió.

—Por primera vez estaré ansioso por ver la luz del sol. – susurró Luffy.

—¿Por qué? – preguntó sonrojada la chica.

—Porque cuando regrese… podré verte de nuevo. – dicho esto se separó de ella y caminó lentamente hacia la puerta. Nami fue tras él, pero pronto se dio cuenta.

El sol acababa de ocultarse y el cambio venía de nuevo. Nightmare Luffy caminó por las escaleras principales y salió por la puerta principal. Nami lo miró partir a la oscura noche. Apretó los parpados y los puños, por alguna razón se sentía tan sola. Se recargó contra la pared y se topó con aquella pintura en donde se encontraban los tres hermanos de niños.

Contempló la imagen sonriente de Sabo y después la de Ace. Nami sonrió e inclinó la cabeza en agradecimiento.

—Me hubiese gustado conocerles. – susurró para sí misma.

Ahora ya conocía un poco más de la familia de Luffy y acababa de darse cuenta de algo. Todos eran personas igual de noble. Ace, era el hombre más noble que había conocido al regresar a su tierra y protegerla de la destrucción, había salvado a su hermano y se había sacrificado a sí mismo por los recuerdos de su vida. Rouge era una mujer sumamente cariñosa y noble, pues había criado a tres hermosos hijos y honrado sus memorias; así como les había educado maravillosamente; y Sabo… el niño más noble que había conocido… quien se sacrificó a sí mismo para salvar a sus seres queridos.

Rouge descansaba en la cama de su habitación mientras se aferraba a su diario. Su mente pasaba una y otra vez la imagen de su hijo antes de morir y, cómo al darse cuenta de ello, le había dicho algo que removió a su ser en lo más profundo de su alma.

Pues cuando el fuego casi se tragaba su existencia y la explosión a punto de hacer volar todo, Sabo le sonrió y le agradeció por todo.

Rouge pudo leerlo en sus labios, las últimas palabras de Sabo: "Gracias."

Continuará…

Los sentimientos de Nami y Luffy están tomando cada vez más forma. El pasado de los personajes también, ya explicamos que sucedió con Sabo y tambien vimos un poco de lo que sucedió después del encuentro con Moria. Espero que lo hayan disfrutado. Saludos.

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Yume no Kaze.