CAPÍTULO IX
Kitty Bennet yacía tendida sobre la cama de su habitación, respiraba débilmente y sin siquiera recuperar la conciencia, comenzó a temblar y a sudar. Su madre daba vueltas inútiles, mordiéndose las uñas mientras que el médico colocaba sobre la cabeza de la enferma una pequeña toalla.
El convite había quedado disuelto en cuestión de minutos, Bingley había llevado en el carruaje a la enferma y a sus padres, Darcy se había ofrecido a acercar a las hermanas que preocupadas reprimían el llanto apretando con fuerza sus blancos dientes. Ellas ahora estaban el salón, temblando casi tanto como su pobre hermana, pero por miedo. Por miedo y por aquella dura espera.
- Se recuperará- intentó consolar Bingley. Jane colocó la cabeza sobre el hombro de su marido.
Nadie respondió, porque ninguno podía asegurar que aquello fuera cierto.
En la planta de arriba, la Señora Bennet sin soportar más ese malestar preguntó:
- ¿Qué le pasa, doctor?
- Querida, deja que haga su trabajo- El Señor Bennet estaba sentado en una silla cerca del lecho de su hija. No había hablado y aunque no mostraba síntomas de nervios tan evidentes como los de su mujer, su aspecto había envejecido bastantes años y sus ojos habían perdido brillo, mostrando un aspecto muy cansado.
El médico tardó bastante en hablar, como si estuviera seleccionando cuidadosamente las palabras.
- Desgraciadamente no todas las enfermedades tienen nombre y es difícil sólo con ver los síntomas, confirmar la enfermedad.
- ¿Está insinuando que no sabe lo que le ocurre?
- Tengo alguna suposición
- ¡Pues no se calle!- esta vez fue el Señor Bennet que se levantó de la silla con tanta brusquedad que ésta cayó al suelo.
- Les parecerá algo violenta- dijo el doctor pero ante la mirada de los Bennet, se decidió a hablar- Parecen síntomas de envenenamiento. ¿Han visto indicios de suicidio en su hija?¿Alguna depresión?
- ¡Qué locura y qué barbaridad! Mi niñita era la más feliz de Inglaterra- rugió la señora Bennet- Es la más feliz.
- Pero si es envenenamiento, se trata de uno muy poco fuerte o en pequeñas dosis- respondió con rapidez el doctor, intentando apaciguar la furia de los presentes- Podría tratarse de un veneno que mata al instante pero que debido a la pequeña dosis consumida no ha dañado todo el organismo, aún así...el veneno se irá poco a poco extendiendo por su cuerpo si no se detiene pronto.
- ¿Tiene cura?- preguntó el señor Bennet.
- Si es el veneno que tengo en mente, sí- respondió el doctor- Aunque el antídoto es muy caro, se puede considerar casi un producto exclusivo. No creo que puedan...
- El presupuesto que nos podamos permitir es cosa nuestra- le interrumpió el señor Bennet.
El aire se había convertido en una masa pastosa difícil de respirar, las hermanas Bennet permanecían en silencio, ahogando su llanto y frotando sus brazos como si de repente una brisa helada las hubiera alcanzado.
- Seguramente sea un desmayo sin importancia-intentó animar el señor Bingley. Su mejor amigo daba vueltas por la sala, visiblemente pensativo.
- Me siento como un intruso al estar entre ustedes en un momento tan delicado, supongo que prefieren estar solas...- dijo el Señor Darcy con sinceridad.
Ninguna de las hermanas respondió, inmersas todas en sus más negativos pensamientos. El Señor Darcy asintió, se dispuso a darse la vuelta y marcharse cuando oyó la voz firme de Elizabeth:
- Gracias- masculló la joven- Fue muy generoso al traernos con tanta rapidez a casa para poder estar al lado que nuestra pobre Kitty.
- Cualquier caballero lo hubiera hecho
- Muchos alimentaron su curiosidad rodeando a nuestra desvanecida hermana pero ninguno se ofreció a acercarnos a Longbourn.
El Señor Darcy asintió.
- Fue un placer- dijo y se marchó con rapidez.
En cuanto el Señor Darcy se había marchado, escucharon los pasos del médico que las saludó apartando su sombrero y sin explicar sobre el estado de Catherine Bennet, desapareció por la puerta de la entrada. Ante aquel gesto, Mary se levantó nerviosa del sofá donde había estado meditando.
- ¿Por qué no nos ha dicho nada sobre Kitty?- sin esperar respuesta de sus otras hermanas, Mary y Lydia se apresuraron a subir las escaleras, seguidas por Lizzy, Jane y Bingley.
Abrieron con estruendo la puerta y quedaron desoladas ante la imagen de Kitty pálida, tumbada sobre su cama.
- ¿Qué es lo que tiene, papá?- preguntó Mary
El Señor Bennet tardó en hablar.
- El doctor no está seguro de que sea...
- ¡Veneno! ¡Qué estupidez más grande!- interrumpió gritando la Señora Bennet mientras sus mejillas se llenaban de gruesas lágrimas- ¿Por qué iba mi niña a consumir veneno?¿Por qué iba alguien a querer envenenar a mi linda hija?
Elizabeth colocó una mano sobre sus labios, sorprendida.
- Pero si en el convite nadie ha enfermado...- dijo Jane.
- ¡Mi niña! ¡Mi hermosa niña!- seguía gritando la Señora Bennet desconsolada.
Al día siguiente los vecinos de Herthfordshire acudieron en grupos a conocer el estado de la enferma, algunos realmente estaban preocupados, otros sólo pecaban de curiosidad. La Señora Bennet contaba entre llantos que Kitty aunque había recuperado la conciencia seguía muy débil de salud.
- Si está ya consciente, seguro que es sólo cuestión de tiempo que se levante de su cama- dijo la señora Long.
- Ojalá tengas razón, querida- contestó la Señora Bennet.
Lizzy y Jane esperaron que Mary y Lydia salieran de la habitación de Kitty para entrar ellas, no querían agobiarla con más de dos personas en la habitación.
- Le he leído mi libro preferido- informó Mary al salir del cuarto.
- Bien hecho, Mary- contestó Jane conmovida- seguro que eso le ha hecho sentirse mejor.
Las dos hermanas mayores se sentaron en los filos de la cama, miraron con lástima a una ojerosa Kitty.
Cuando Lizzy le acarició el pelo, la enferma dijo:
- No he intentado envenenarme
- Lo sabemos- contestó Lizzy.
- ¿Voy a morirme?- preguntó Catherine.
- ¡Claro que no! ¿Cómo dices eso, Kitty? ¡Te recuperarás!- dijo Jane inclinándose sobre su hermana para frotarle el brazo como señal de apoyo.
- ¿Y qué hago para evitar apagarme sino quedar tumbada en esta cama a esperar mi fin?
- ¡Pero si el doctor viene todas las semanas a verte!- exclamó Lizzy.
- Lizzy, no creo que por ponerme una mano en la frente y comprobar si respiro con tranquilidad consiga curarme, siento cómo voy perdiendo fuerza...
- ¿Quieres decir que no te da ninguna clase de medicación?- se escandalizó Jane.
- Ninguna- reconoció Kitty.
Lizzy la miró extrañada, le dio un beso en la frente y salió de la habitación con rapidez, consternada por aquella noticia. A lo lejos podía oír la voz de Kitty disculpándose con Jane por ser el motivo por el cual la mayor de las Bennet se había quedado sin luna de miel.
- ¡Mamá!- la voz enfurecida de Lizzy asustó a su madre que estaba informando a las vecinas.
- Lizzy no grites así ¿Dónde está tu educación?
- Siento haber entrado así, Señora Long, Señora Lucas...pero necesito hablar en privado con mi madre.
En cuanto las vecinas se marcharon, Lizzy se sentó en un sofá enfrente de su madre. Le expuso con nerviosismo que había descubierto que Kitty no tomaba medicación alguna, esta vez la Señora Bennet se atrevió a reconocer que la medicación, un antídoto, era tan caro que no podían permitírselo.
- ¿Ni siquiera Jane?- preguntó Elizabeth.
- El Señor Bingley tiene que enviar cierto dinero a su hermana soltera y Jane sólo tiene derecho a la mitad de lo que gana su marido. No podría disponer de esa cantidad antes de que el año llegara a su fin, el generoso corazón de su marido no puede hacer nada ante unas leyes tan estipuladas- dijo la señora Bennet. Era un fastidio la forma en la que el dinero convertía al matrimonio en un negocio más pensó Lizzy.
El Señor Bennet acababa de llegar al salón y participó en la conversación.
- Según comentó el doctor, harían falta cuatro pequeños botes del antídoto para ser consumidos uno cada semana y al ser una medicina nueva, cuesta 1000 libras cada uno. Ves que es un precio desorbitado- dijo el Señor Bennet- En total 4000 libras y sólo una esposa de un hombre que cobrara al menos 8000 libras podría permitirse tal coste. Nuestro querido Bingley cobra la mitad.
- Pero al menos Jane podría dar 1000 libras para el primer bote.
- Si un bote de antídoto es insuficiente ¿Eso cómo nos ayudaría?- dijo la Señora Bennet.
- Nos daría tiempo.
Nadie dijo nada, todos meditando en aquella última frase. Esperanzados, agotados y con las caras pálidas ante tanta tragedia. Una débil voz interrumpió las divagaciones:
- Daré esas mil libras- Jane estaba apoyada en el alféizar de la ventana. Con los ojos llorosos y la cara más pálida que de costumbre.
Una semana después cuando Kitty ya había ingerido el primer antídoto, su cara tenía mejor color e incluso podía levantarse de la cama aunque seguía sufriendo cierto mareo y sus músculos se contraían con debilidad.
La familia había decidido fingir cierta felicidad para mantener alto el ánimo de la enferma, cuando Kitty estaba en la habitación todo eran risas, bromas o las típicas discusiones de antaño. Pero cuando ella regresaba a su habitación volvían los suspiros agitados, las caras tristes y las tímidas sonrisas de consolación que compartían.
Jane había cancelado finalmente el viaje de luna de miel pero se había instalado en la casa de su marido, opinaba que cuanto menos gente hubiera viviendo en Longbourn con más rapidez se repondría su hermana pequeña. Jane siempre oscilaba entre el más tierno optimismo y los llantos más profundos y parecía que cada día tenía una opinión diferente sobre las esperanzas de vida de la propia Kitty.
Mary había dejado de tocar el piano y se había obsesionado con lecturas sobre la muerte, buscando algo de optimismo y felicidad en aquellos pequeños párrafos de autores tan reputados. No podía comprender cómo los expertos podían considerar que había arte entre tanto adjetivo oscuro y se reía de sí misma al recordar como semanas atrás los había alabado.
Lidia, sorprendentemente había abandonado su carácter risueño, pasaba horas con Kitty fingiendo ser la misma niña alocada y le contaba historias sobre oficiales que realmente no había vivido pues hacía semanas que no salía de casa, no quería separarse de su hermana preferida durante más de media hora.
En cuanto a Elizabeth al ser la más testaruda era la única que no podía quedarse sentada creyendo que todo había sido un accidente y que aquella deprimente etapa pasaría. Se movía con nerviosismo y casi torpeza, además de que estaba más susceptible que nunca y su mal humor había llegado a extremos incalculables.
- Un oficial vestido con su uniforme vio como una hermosa joven tropezaba y se caía al río- Lidia se había sentado sobre la cama, junto a Kitty y fingía alegría y buen humor mientras leía el libro que sujetaba entre las manos- Nada más verla fue corriendo a salvarla...
- No es eso lo que está escrito en el libro- se quejó Kitty.
- ¡Claro que lo está!- dijo Lydia apartando el libro de la mirada de su hermana.
- ¡Demasiado tarde! Tengo altas capacidades para leer, en especial poemas, y en el libro que mantienes en tus manos, querida hermana, no hacía mención a oficiales, los cuales parecen vivir sólo en tu mente, sino a la propia voluntad de la naturaleza...
- Oh- exclamó Lydia arrugando la nariz como si estuviera enfadada con el libro- Pero qué iba a encontrar interesante en la biblioteca de Mary- se excusó la chica- Mucho más entretenido mis historias de romances inventados. Pero por interrumpirme, no te contaré el final.
- ¡Lydia, no puedes ser tan cruel! ¿Es que no te apiadas de tu pobre hermana enferma? – exclamó Kitty con exageración, mientras su hermana se levantaba indiferente- Acaso me vas a dejar aquí tumbada pensando en mil posibles finales, la mayoría trágicos y descorazonadores. Si eso ocurre, mi ánimo descenderá y será todo culpa tuya.
Lydia se rió entre dientes, fingió ignorar a su hermana mientras se arreglaba el lazo del pelo mirándose al espejo. Al fin añadió- Finalmente los dos se enamoran y se fugaron a tierras lejanas y exóticas.
- Hermoso.
- Mis finales siempre son hermosos, querida Kitty- Lydia miró hacia arriba con ensoñación.
En Netherfield la situación era parecida. Jane estaba sentada en la butaca, con una manta encima pues Bingley temía que ella por preocupación se descuidara tanto que enfermara también.
- Se repondrá...- intentaba animarla Bingley- Quizá si este año Caroline recibiera menos dinero, seguro que no le importaría...además aún le queda algo de la herencia de papá. No como yo, que lo gasté todo en comprar algunas propiedades, como Netherfield pero...
- Charles, cariño...no te agites, estoy segura que en mi casa conseguirán de alguna forma u otra el dinero- Jane suspiró- Además ella está mucho mejor, quizá consumió algo en mal estado...el médico pudo haberse equivocado. Porque veneno...¡Es algo tan romántico e improbable! ¡Casi diría que es una muerte de reyes y duques!
Bingley se sentó al lado de su mujer- Tienes razón. Todo se resolverá...
- Sí, lo hará...tiene que resolverse- dijo Jane esperanzada.
El criado irrumpió en la sala para anunciar la vista del Señor Darcy.
- Hágalo pasar.
Darcy apareció con su natural seriedad, muy acorde en aquella situación.
- No quiero importunarlos con mi presencia en un momento así. Pero estaba preocupado por su estado de ánimo y una carta me pareció demasiado fría, menos para tratar temas tan delicados como el que hoy nos conmueve.
- ¡Darcy, sabes que siempre eres bienvenido a todas las casas que nosostros podamos poseer!- dijo Bingley- aún más si vienes a ofrecernos tu apoyo.
Jane sólo asintió aún sin estar acostumbrada a ser la señora de aquella casa.
- Muchas gracias. Seguro que su compañía nos hace mucho bien- dijo finalmente Jane con algo de timidez
- He oído que su hermana se encuentra mucho mejor...
- Mucho mejor- admitió Jane- Incluso cabe la posibilidad de que el diagnóstico de envenenamiento fuera sólo un error médico, aunque el antídoto parece haberle hecho bien también podría ser causa de las horas en cama.
- Un buen reposo favorece siempre- dijo Darcy.
- Completamente de acuerdo- dijo Jane- Nuestra querida Kitty ya puede hasta bromear pero nosotros no nos atrevemos a tener esperanzas.
- Puedo ofrecerles un médico que tengo en alta estima. Estoy seguro de que él no errará en sus conclusiones.
- ¡Maravillosa idea!- exclamó Bingley- tuve el placer de conocer al Señor Walsh y no puedo tener mejor opinión de él como persona y como profesional.
- Me complace tanto escucharle- dijo Jane- Y perdóneme señor Darcy que acepte sin siquiera negarme una vez por cortesía, pero estoy tan preocupada por la salud de mi hermana que cualquier negación me parece una pérdida de tiempo.
- En cuestiones de salud es favorable ser conciso, claro y rápido como en la mayoría de las materias- dijo el Señor Darcy- Me alegra que haya aceptado sin mucha duda. Permíteme que escriba ahora mismo la carta, Bingley.
- ¡Por supuesto!- dijo Charles- ¡Cuánto antes sea enviada antes podrá visitar el doctor Walsh a Catherine! Ya sabe dónde guardo la pluma y el papel...
La enferma había sido trasladada a la habitación de los padres, cuyas ventanas eran más grandes y el aire fresco podía beneficiar mucho a Kitty. Elizabeth aprovechando esta situación, se coló en la habitación de su hermana pequeña y se puso a rebuscar entre sus pertenencias. Una tos seca interrumpió su búsqueda.
Mary estaba en la puerta, con los brazos cruzados y mirando críticamente a Elizabeth.
- ¿Qué haces mirando entre las cosas de Kitty? ¿Qué buscas?
- ¡Su diario!
- ¿Es que piensas leerlo?- se escandalizó Mary.
- Así es- Ante la mirada reprobatoria de su hermana, Lizzy añadió- No podemos olvidar que nuestra querida hermana ha sido envenenada, estoy segura de que no fue un intento de suicidio, así que alguien intentó matarla con veneno.
- ¿Qué motivos iban a tener?
- ¡Eso es lo que quiero averiguar! ¿Y qué mejor forma que leer su diario, donde seguramente dedica largas páginas a sus relaciones más íntimas?
- Aunque tus fines sean nobles, no me pienso inmiscuir en una tarea que viola la intimidad de Kitty...
- No te he pedido que te unas, pero apreciaría que guardaras este secreto...
Mary asintió.
En ese momento sonó la campanilla de la entrada, indicando la llegada de un visitante. Elizabeth se guardó el diario en uno de los grandes bolsillos de su vestido.
Mary se abalanzó sobre la ventana del pasillo, y desde la planta de arriba vio a los que aguardaban tras la puerta cerrada.
- ¡Es Jane! Acompañada del señor Bingley, quiero decir nuestro hermano Charles y el Señor Darcy, también de un hombre que no conozco.
Lizzy, curiosa, se colocó junto a su hermana para ver a los visitantes. En efecto, ese tercer hombre no era un habitante de Meryton ni Hethfordshire, Elizabeth nunca había visto su cara. Era bastante bajito, con unas grandes entradas y un prominente bigote.
- Tiene cara de buena persona- opinó Mary.
- Creo no equivocarme si me atrevo a insinuar que es médico- dijo Lizzy mirando el maletín que llevaba el acompañante de los Bingley y Darcy.
- ¿Otro médico? ¿Crees que él será capaz de curar a Kitty?
- No lo sé, Mary...No lo sé- Elizabeth suspiró- Dios sabrá.
Elizabeth dejó de mirar por la ventana y se apresuró a bajar las escaleras para salir por la puerta de la cocina, acariciaba el bolsillo donde había guardado el diario como si temiera que entre escalón y escalón fuera a desaparecer.
- ¿A donde vas?- preguntó Mary gritando desde la planta de arriba.
- Necesito despejarme- respondió Lizzy con simpleza.
La joven ni siquiera se fijo por donde andaba, manchándose los zapatos con barro húmedo. Su cabeza estaba alzada, mirando al horizonte donde los edificios más altos de Hertfordshyre se comenzaban a percibir. Se sentó en uno de los bancos de la plaza, rodeada por el tumulto de los compradores, los gritos de los comerciantes y los ladridos lastimeros de algunos perros abandonados.
Elizabeth se obligó a evadirse de tanto ruido, aunque en cierto modo se sintió más cómoda que en el sepulcral silencio que había inundado su casa. Abrió el diario con manos torpes y comenzó a leer desde las últimas páginas. Los nombres de varios soldados aparecieron subrayados, escritos con fuerza como si los pensamientos de Kitty en eso momentos estuvieran acompañados por la emoción y la alegría.
Lizzy se levantó del banco, repitió los nombres varias veces, temiendo olvidarlos. Sus pasos le llevaron casi a ciegas a la taberna donde tantas veces Wickham les había invitado, miró hacía la puerta con una pequeña duda. No estaba bien visto que una mujer entrara sin la compañía de ningún hombre a una taberna. Pero la duda fue tan míninma, que resuelta y altiva Lizzy se adentró en aquel local de hombres.
Las miradas de los más borrachos se giraron hacia ella con brusquedad, tanto que Elizabeth se sorprendió de que sus cuellos no crujieran. La mayoría de aquellos sedientos "caballeros" la siguieron con la mirada como si fueran zorros salivando ante un delicioso pedazo de carne.
Elizabeth evitó pasar al lado de los más alcoholizados, y se deslizó hasta el lado de un grupo de casacas rojas. Antes de que ellos pudieran darse cuenta de su presencia, Lizzy se aclaró la garganta y dijo:
- ¿Abraham Fisher?
Un chico bastante guapo, de pelos rubios y rizados giró la cabeza hacia Elizabeth. La estudió de arriba abajo, sin ocultar su sorpresa ante la presencia de una joven sola. Pero de repente la reconoció:
- ¿No eres tú la preferida de Wickham?- su voz denotaba altos grados de ron en su sangre.
- Supongo que usted es Fisher- dijo Elizabeth.
- Ey chicos- llamó Abraham Fisher a sus compañeros- La compañera de baile de Wickham ha venido a visitarnos...
Ese simple comentario fue suficiente para saber que ellos habían asistido a la boda, pues en la única fiesta que ella había bailado con Wickham era la boda. ¿Por qué? Seguramente a causa de la insistencia de su madre. Kitty había estado muy pendiente de los caballeros solteros, así como soldados, que había en la boda. ¿Y si alguno de ellos le había causado ese perjuicio? ¿Sería el prepotente Fisher del que tanto había escrito en su diario Kitty el causante de los males?
- ¿Conoció a mi hermana Catherine Bennet?- quiso saber Elizabeth.
- ¡Oh, la pequeña Kitty!- gritó Fisher- una chica con mucha vitalidad, aunque resultó ser algo enfermiza...
- ¿Cómo se encuentra?- preguntó otro soldado.
- ¿Se ha diluido el veneno?- se atrevió Fisher a preguntar.
- ¿Cómo sabe lo del veneno, Señor Fisher?
- En esta pequeña ciudad las noticias vuelan- contestó con simpleza el borracho, sonriendo a sus amigos.
- ¿Está usted muy familiarizado con los venenos? Supongo que en la guerra tienen que manipular todo tipo de químicos...
- Espera- dijo incrédulo Fisher- ¿Me está acusando Señorita Bennet?
- Los rumores no vuelan tan rápido, señor Fisher... y usted me parece un hombre que disfruta demasiado del ron. ¿Cuánto tiempo ha estado viéndose con mi hermana? ¿Le prometió algo y ella averiguó que no lo cumpliría? ¿Alguna fuga indiscreta a la que ella se negó?
- Es usted muy imaginativa, señorita Bennet- dijo Fisher sin poder mirarle muy detenidamente a los ojos, debido a que no podía guardar completamente el equilibrio - ¿Quiere alguna copa? ¡Así estaremos en igualdad de condiciones!- Fisher rió ante su atrevimiento y sus amigos lo secundaron con risitas más bajas.
Abraham Fisher intentó servirle en un vaso, con tan poca puntería que derramó parte del interior de la botella en el vestido de Elizabeth. Ella enfadada se agarró el vestido y abrió la boca para hablar pero una voz que ella conocía muy bien le interrumpió.
- ¿Señorita Bennet la están molestando?
El Señor Lucas que estaba dos mesas a la izquierda, se acercó a ella para ofrecerle ayuda.
- ¿Qué clase de caballeros son que ofenden de esa forma a una señorita?- preguntó enfadado el Señor Lucas al ver la falda mojada de Elizabeth. Ella seguía intentando secarla.
- ¡Nosotros! ¡Fue ella la que entró a buscarme! Y ya sabe cuales pueden ser los motivos de una mujer para entrar sola en un bar de hombres...¡Busca amante! ¡O quizá se lo busca a una de sus hermanas!
- Es usted un caballero despre...- comenzó el señor Lucas pero Lizzy le interrumpió hablando por fin.
- Ni siquiera se merece que usted le llame caballero, señor Lucas- Elizabeth alzó la barbilla- ¿Sería tan generoso de acompañarme hasta la salida del bar?
- Sería un honor, señorita Bennet.
