Como les prometí aqui el capitulo siguiente
Capitulo 9
Edward miró a Isabel a través de sus gafas de sol el sábado por la tarde mientras conducía hacia su destino, después de haberla recogido en su apartamento hacia una hora.
Isabel estaba deslumbrante, como de costumbre.
Estaba sentada a su lado en el coche, con un vestido verde esmeralda y sandalias de tacón. Los finos tirantes del vestido dejaban al descubierto unos hombros blancos, y el escote marcaba sus pechos. Sus ojos obscuros estaban ocultos tras las gafas de sol.
Sí, Isabel estaba hermosa. Y tenía un aire remoto, pensó él, dándose cuenta que desde su saludo inicial no había vuelto a hablar.
¿Y ahora quién era el que jugaba?, se peguntó Edward.
Edward volvió a concentrarse en la carretera delante de él. Se sentía bien pensando en la facilidad con la que podía romper aquel control.
Y decidió hacer exactamente eso.
-¿Cómo fue tu cena con Black el miércoles por la noche? –pregunto Edward.
Inmediatamente sintió la tensión de Isabel.
Isabel lo miró.
-¿Para qué preguntas, si no te interesa en lo más mínimo? –suspiró ella.
-Oh, claro que me interesa –le aseguró él-. ¿Habéis tenido un encuentro emotivo? –agregó con dureza.
-No tuvimos un encuentro de ningún tipo. Jacob tuvo que cancelar su viaje por un par de días –le explicó al ver que Edward estaba esperando que le dijera algo.
-Evidentemente, apareció algo más importante –dijo él.
Jacob la había llamado el miércoles a última hora para cancelar su cena con ella, y le había explicado que tenía que retrasar su llegada a Inglaterra hasta el sábado por un asunto de negocios que le impedía irse a Nueva York ese día.
Como la cena con ella también era un asunto de negocios, a Isabel no le había importado, y ambos habían acordado verse el lunes, cuando Isabel le había explicado que estaría fuera el fin de semana. No le había explicado a Jacob con quien se marchaba. A pesar de lo que pensaba Edward, su vida privada no era asunto de la incumbencia de Jacob Black.
-Supongo que sí –respondió ella.
-¡Pobre Isabel…! –murmuró Edward-. ¡Tú que me acusabas de poner mis negocios por delante de ti! –le recordó él.
Ella lo miró, frunciendo el ceño.
Isabel ni se molestó en contestarle. Su relación con Jacob no tenía nada que ver con su matrimonio con Edward, y no tenía sentido compararlos.
-¿Falta mucho? –preguntó ella.
En una hora habían salido de Londres y se habían adentrado en los campos de Hampshire.
-No –respondió Edward con satisfacción, preguntándose qué haría Isabel en Benforh Manor.
Aunque realmente no le importaba. Ella no volvería a ir allí. Pero no obstante era interesante ver su reacción.
Isabel parecía más confusa que nunca cuando él entro en el camino de grava que conducía a la casa. Lo miró, turbada, cuando él aparcó frente a la casa de piedra dorada de tres plantas.
Cuando salió del coche para recoger los bolsos, Edward le presento la mansión, diciéndole su nombre.
-Ésta es Bedforth Manor.
Isabel lo siguió lentamente. Se quedo de pie su lado en la base de los escalones que conducían a la enorme puerta.
-¿Es un hotel? –preguntó ella.
-¡Si lo fuera, estaría muy vacio! -Edward miró alrededor, como señalándole que no había ningún otro vehículo a la vista.
-Pero…
-Es sólo una casa, Isabel. Mi casa –le explicó Edward.
Y empezó a subir las escaleras.
-¿Es tuya? –ella lo siguió por la escalera, sintiéndose un poco mareada.
-Sí. Es mía –respondió él.
Decir que ella estaba sorprendida era poco. Edward tenía casas por todo el mundo, pero era casi todos apartamentos, lugares que podían cerrarse cuando Edward se marchaba y que se abrían cuando volvía un mes más tarde quizás. Una casa, al menos una casa como aquélla, era algo muy diferente.
Parecía un hogar realmente. No era la casa que se hubiera imaginado para un hombre como Edward, que intentaba evitar el compromiso.
Edward vio la confusión en el rostro de Isabel, y adivino el motivo. Pero él no tenía intensión de decirle que originalmente él había comprado la casa para ella, y que hacía seis meses había querido darle, al menos, el hogar que ella deseaba.
Hacía seis meses, cuando ella aún era su esposa, le habría dado casi todo lo que le hubiera pedido.
¡Antes de qué lo hubiera engañado con otro hombre!
Él no comprendía por qué no había vendido la casa después de que ella lo abandonase, porque sin Isabel, él no tenía la intención de habitarla y vivir en ella.
Pero ahora se alegraba de no haberla vendido.
Era el lugar ideal para llevar a Isabel. Era la casa que él había comprado para ella, pero en la que ella ya no viviría con él.
Una casa que probablemente vendería después de aquel fin de semana.
-Yo… Es hermosa… -balbuceo ella, impresionada.
Él había abierto la puerta de entrada y habían entrado en el vestíbulo.
Edward miró alrededor con satisfacción, viendo que el ama de llaves había seguido las instrucciones que le había dado el día anterior cuando la había llamado.
Había flores en la mesa del vestíbulo. Su perfume inundaba el aire. Y sin duda la cena estaría en la cocina, lista para que la calentasen. Estaba seguro de que la cama doble de la planta de arriba estaba preparada también.
Y como estaba acordado, la mujer se habría marchado. Lo que quería decir que Isabel y él estaban totalmente solos en la casa.
¡No le había mentido cuando le había dicho que no tendría que atender relaciones sociales!
-¿Por qué no vas a la cocina y preparas café? –le sugirió Edward, asintiendo en dirección a la cocina-. Mientras, llevare los bolsos arriba…
Isabel estaba mirando alrededor. Le encantaban las paredes cubiertas de madera y los suelos de madera brillante, la raña de cristal y las luces de las paredes, y la escalera ancha que conducía a las plantas de arriba.
Estaba tan sorprendida por la casa a la que la había llevado, que ni se le ocurrió discutir la sugerencia de Edward. Aquella casa no tenía nada que ver con el hotel impersonal que ella había esperado.
Se marchó a la cocina.
Era la cocina de estilo antiguo que le habría encantado tener. Las cacerolas y sartenes colgaban sobre una mesa que parecía tener años de uso. Pero tenía todo el moderno equipamiento necesario, como el frigorífico y el lavaplatos, escondido detrás de puertas del mismo roble que los armarios de cocina.
¿Por qué se había comprado una casa así Edward?
¿Y dónde estaba el personal del servicio que hacía falta en una casa tan grande como aquella?, se preguntó ella.
Al menos, haría falta una cocinera. ¿O Edward incluiría aquella tarea como parte de su deber de aquel fin de semana?
No era que no supiese cocinar. De hecho, le encantaba hacerlo. Pero a pesar de que Edward le había dicho que no tendría que hacer relaciones sociales, no se había imaginado que estarían completamente solos.
-¿No hay café? –Edward entro en la cocina y se acerco a ella-. No importa. Lo haremos en un momento. Quizás quieras echar un vistazo a la piscina primero, ¿no?
¿Había una piscina en aquella enorme casa?
Bueno, ¿por qué no?
Después de todo, un paseo por la piscina le daría el tiempo necesario para ordenar sus pensamientos.
-La rosaleda –le señalo cuando estuvieron fuera-. Los establos –señalo unos edificios a la distancia-. La piscina –dijo con satisfacción mientras agarraba una llave de su bolsillo y abría una puerta.
La palabra piscina era poca cosa para describir el lugar adonde la llevó.
Era un edificio grande abovedado, con enormes ventanas a cada lado, y unas puertas de cristal al fondo, que daban a una terraza.
Desde allí se accedía a la piscina. Ésta estaba rodeada de mosaicos azules y blancos. La adornaban estatuas griegas de mujeres vestidas parcialmente y columnas de alabastro. Cada tanto, enormes urnas de las que pendían flores de todos colores.
-Esto ha sido la fantasía de otra persona, no la mía –le dijo Edward cuando Isabel se giró para mirarlo.
Debería habérselo imaginado. Edward no podía pensar en un escenario tan romántico, pensó Isabel.
Pero sí podía haber sido su fantasía, sintió ella.
Tuvo ganas de agarrar su bolso y ponerse el traje de baño y sumergirse en el agua fresca.
¡Pero no si Edward la seguía!
Se sentía demasiado atraída por Edward sin necesidad de eso, desde el mismo momento en que lo había visto en el coche. Había tenido el pelo húmedo aún de la ducha. Estaba recién afeitado, y tenía unos brazos musculosos al descubierto debajo del polo que llevaba. Y las piernas iban envueltas en vaqueros negros que realzaban su forma.
Mirarlo había sido suficiente para poner todos sus sentidos alerta.
Aquella atracción no había hecho más que aumentar durante el viaje a aquella casa, una sensación que afortunadamente había podido ocultar detrás de sus gafas de sol.
Ella dejo escapar un profundo suspiro.
-Tal vez deberíamos ir a tomar el café ahora –sugirió.
Aquel escenario le resultaba demasiado íntimo para sentirse cómoda.
Edward puso deliberadamente su mano debajo del codo de Isabel con el pretexto de ayudarla a subir los escalones mientras volvían a la casa.
Notó que ella respiraba profundamente y luego se ponía rígida. Después ella quitó el brazo y se alejo levemente de él.
Edward sonrió, porque su comportamiento le indicaba que, aunque Isabel lo negase, aunque incluso se lo negase a sí misma, evidentemente lo deseaba.
-Sólo intentaba ayudarte –dijo él, encogiéndose de hombros.
Cuando llegaron a la cocina, Edward se puso a preparar el café.
Isabel ya no podía ocultarse detrás de las gafas de sol ahora que estaban dentro de la casa. Sus ojos marrones lo miraban por debajo de sus pestañas largas mientras se sentaba frente a la mesa de la cocina y lo observaba preparar la máquina de café.
-Espero que puedas ayudarme más cuando tenga que preparar la cena –se burlo él mientras sacaba dos tazas -. ¡Supongo que recordaras que hacer café y calentar comidas preparadas es todo a lo que llega mi arte culinario!
Isabel lo recordaba. Y también sabía que eso era porque, hasta que se había casado con ella, Edward había comido fuera o había tenido una cocinera que le había preparado las comidas cuando había estado en casa. En cualquiera de sus casas.
-¿Dónde está el personal doméstico, Edward?-preguntó ella.
-No hay personal doméstico –comentó Edward-. Una mujer del pueblo viene a echarle un ojo a la casa. Ha puesto flores en los floreros y ha traído comida para el fin de semana, pero además de ella no hay nadie.
Lo que quería decir que estarían completamente solos aquel fin de semana.
Suponía que esos detalles no serían los que Edward le había dicho que tenía que organizar antes de irse con ella el fin de semana, ¿no?
-¿Por qué no dejas de pensar tanto y vas a darte un baño, Isabel? –le sugirió Edward, interrumpiendo sus pensamientos. La miró fijamente con aquellos ojos verdes brillantes y agregó-: ¿Y tú me acusas de tener una imaginación desmesurada? –comentó él-. Creí que te había asegurado que no llevo a la cama a mujeres que no quieran acostarse conmigo…
¿Y a mujeres que quisieran acostarse con él?, se preguntó Isabel.
Se dio cuenta que ella no pertenecía al primer grupo, o sea, a las que no querían acostarse con él, y que nunca lo seria con Edward, el hombre al que amaba.
Edward había sido su esposo, el único hombre con el que había compartido la intimidad, y cuanto más tiempo pasaba en su compañía, más difícil le resultaba separar a ese hombre del que se había enamorado, del extraño que era en aquel momento.
¿Sentiría aquello lo que sentían las mujeres sobre las que había leído que volvían a acostarse con su ex marido? ¿Sentirían curiosidad? ¿Sería un modo de querer averiguar si aún sentía algo por él? ¿Si quedaba algo entre ellos?
Ella se puso de pie bruscamente.
-Creo que me voy a dar ese baño, si n o te importa…
¡Sumergirse en agua fría era probablemente lo que necesitaba!, pensó.
-He sido yo quien te lo ha sugerido, así que, ¿Por qué me va a importar? La habitación está en el primer piso, en el lado izquierdo al final de las escaleras –le gritó cuando ella se dio la vuelta y salió de la habitación apresuradamente.
Ella era una tonta, pensó Isabel.
Edward la estaba poniendo nerviosa, disfrutando de ello, sin duda, pensó.
Pero cuando ella llego a su habitación y vio la cama doble que había en el centro con sus bolsas encima, se dio cuenta de que él no se conformaría con ese placer.
Oh, si ,creo que se acerca lo que hemos estado esperando todas
Se acerca lo mero mero... jejeje
Nos leemos en el siguiente capitulo.
ya saben chicas a comentar..
