Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora Leona Lee.
CAPITULO 9
Edward se despertó sólo a la mañana siguiente. Después de pasar una apasionada tarde con Isabella, disfrutaron de una agradable velada en compañía de sus hermanos y sus respectivas familias. Al haber sido prácticamente hijo único, tuvo que admitir que el barullo del grupo le resultaba un poco abrumador, pero observó lo bien que se lo estaba pasando su esposa, y eso era lo único que importaba.
Tras levantarse, entró en el salón y vio un par de botas de montar junto a una taza de viaje. Con un suspiro, volvió al dormitorio para vestirse, y regresó unos minutos más tarde con vaqueros y una camiseta negra ajustada. Tras calzarse unos calcetines, miró las botas, que, si su memoria no le fallaba, pertenecían a Paul. Al ponérselas, se sorprendió de lo cómodas que eran, y se colocó los bajos del pantalón por fuera.
Cogió la taza y la llenó con café caliente de la cafetera, antes de ponerse la chaqueta y salir al exterior. No sabía hacia dónde dirigirse y, una vez más, se acabó orientando por las voces. Esta vez le condujeron al granero, donde encontró a Isabella con sus hermanos gemelos, Eric y Paul.
Tras saludarle con un gesto, Isabella continuó acariciando a los potros que parecían disfrutar de su atención y le daban golpecitos con el hocico.
Acercándose a sus cuñados, Edward contempló a los potros mientras Isabella acababa con ellos.
—¿Has montado a caballo antes? —preguntó Eric.
Edward sacudió la cabeza, y siguió a los hermanos que le hicieron un gesto para que fuera con ellos. Pasaron por la zona de aperos, que recordaba de su primera visita, y por el trastero, y llegaron a una zona de corrales. Edward escuchó a los caballos y se detuvo en seco. Uno de los hermanos entró en un corral y salió con una yegua ya ensillada.
—Esta es Bella— le informó, frotando la frente y el hocico del animal. —Es la más apacible, y la que usamos para iniciar a la gente que quiere montar.
Tras depositar su taza de café en el suelo, Edward se acercó a acariciar a Bella. Sorprendido de lo suave que era su pelaje, levantó las cejas cuando la yegua ensanchó las fosas nasales. Tomando los trozos de manzana que Eric le entregaba, extendió la mano con ellos, y el animal los cogió y comenzó a masticar.
Eric la sacó fuera del granero, seguido de Edward, que escuchaba a ambos hermanos hablando sobre la monta, qué esperar y la importancia de permanecer sentado.
Espera, ¿qué?
Con una carcajada, Paul le dio una palmada en la espalda y le advirtió sobre la posibilidad de ser arrojado por el caballo.
—Bueno, eso no va a pasar, porque no va montar por terreno accidentado— dijo Isabella uniéndose a ellos. Sonriendo a su marido, le dio un apretón en la mano. —No es tan difícil. Lo prometo. Una vez que le cojas el tranquillo y te sientas cómodo, puede que hasta te guste.
Con una inclinación de cabeza, vio cómo Isabella miraba a sus hermanos, retándoles en silencio a que dijeran lo contrario. Eric se encogió de hombros, riendo, y colocó una mano en la brida de Bella. Tras observar cómo Paul se subía al caballo, Edward puso el pie izquierdo en el estribo y se agarró al borrén trasero para montarse en la yegua. Cuando Bella dio unos pasos hacia atrás, se aferró a su montura nerviosamente, pero Eric la detuvo y esperó pacientemente a que Edward se pusiera cómodo.
Isabella se acercó a ayudar y Eric le pasó las riendas. Dirigiéndose a su caballo, se montó con facilidad, y ambos hermanos se colocaron a los lados de Edward, y le dieron instrucciones para hacer caminar, parar y girar a Bella.
Isabella abrió la verja y los tres hombres salieron del recinto y se dirigieron hacia la parte trasera de la propiedad. Edward hubiera preferido quedarse en el corral la primera vez, pero los hermanos insistieron en que la mejor manera de aprender a montar es practicando en un sendero abierto.
Sus cuñados resultaron ser unos excelentes maestros, y ayudaron a Edward a pasar por un arroyo y a subir una pequeña cuesta. Fiel a sus palabras, Bella demostró ser un excelente caballo para un novato, aunque dudaba de la influencia que ejercía sobre ella, ya que parecía feliz de seguir al primer caballo.
La silla de montar era más cómoda de lo que esperaba, una vez logró descubrir cómo sentarse en ella sin sentir que se resbalaba. Edward se arrepintió de haber dejado que su miedo a lo desconocido le impidiese aprender a montar cuando se enteró de lo mucho que le gustaba a su esposa.
¿Desde cuándo tengo miedo a nada? pensó, disfrutando del paseo. Puede que hubiese sido criado en Nueva York, pero no iba a permitir que lo desconocido dictara sus reacciones sin haber experimentado primero.
Viendo lo bien que se desenvolvía Edward con Bella, los hermanos decidieron prolongar el paseo y revisar algunas de las vallas que rodeaban la propiedad. Habían encontrado algunas vacas sueltas, y querían asegurarse de encontrar y reparar cualquier valla rota.
—¿Cómo es crecer con un gemelo? —preguntó Edward mientras montaban.
Riendo, Paul respondió: —Es como tener a tu mejor amigo y, a veces, tu peor enemigo mirándote.
—Quieres ser igual, pero a la vez deseas tener tu propia identidad —añadió Eric.
—Cuando éramos pequeños, éramos inseparables, pero después tuvimos una fase de pelear por todo. Creo que casi no hablamos durante la secundaria, y en el instituto ya teníamos nuestros propios amigos e intereses, y de repente, ser gemelos nos pareció muy divertido.
—Sobre todo cuando uno de nosotros se quería jugar una clase o… ¿cómo se llamaba?... Cheryl algo. Hasta el día de hoy, no creo que sepa que estaba saliendo con los dos— dijo Eric con una carcajada.
—¿Engañabais a mucha gente? —preguntó Edward.
Encogiéndose de hombros, Paul respondió: —A veces. Si nos venía bien.
—Sobre todo, queríamos ser vistos como independientes, no como la misma persona. En vez de ser Eric y Paul, éramos los gemelos. Como si estuviéramos unidos por la cadera o algo así— agregó Eric.
Asintiendo con la cabeza, Edward preguntó: —¿Cuál de vosotros tiene gemelos?
—Yo— respondió Eric.
—¿Los estás criando de forma diferente a como os criaron a vosotros?
—Más o menos. Son gemelas fraternas, aunque a veces pienso que hubiesen preferido ser idénticas.
—¿Conocéis el sexo de los bebés? —preguntó Paul.
—Aún no— respondió Edward. —Isabella quiere que sea una sorpresa.
—No me extraña— dijo Paul con un guiño. —¿Y tú? ¿Alguna preferencia?
—Diez dedos en las manos. Diez dedos en los pies. Mente y cuerpo sanos— respondió Edward. —El resto es irrelevante.
—Entiendo— dijo Eric. —Aunque en tu caso lo tienes que multiplicar todo por dos— añadió con una sonrisa.
