Aclaración:

Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Advertencia: OOC


8: La maldicion entre nosotros


Cuando Naruto se adentró en la excavación de Hinata la luna brillaba en el cielo como una enorme bola de plata. A pesar de la ausencia de luz en las ruinas, él podía ver perfectamente.

De noche aumentaban sus fuerzas y él sentía la oscuridad y el día como si se tratase de la diferencia entre la seda y la arena. A pesar de que a veces deseaba poder sentir el calor del sol otra vez, no renunciaría a la plenitud de la noche para hacerlo. Era como la diferencia entre besar a Hinata y que le negaran ese placer. Y eso era algo que podía distinguir con claridad.

También distinguió al hombre que había sobre una roca, en lo alto de la colina. Incluso sin que el viento llevara su esencia hasta Naruto, éste reconocía a Konohamaru Sarutobi. Por alguna razón, a pesar de su incómoda curiosidad, sentía cierta afinidad con aquel joven.

Konohamaru no era una amenaza para él. Pocos mortales lo eran. Pero tal vez lo fuera para Hinata y, por esa razón, Naruto no acababa de confiar en él.

Si Sarutobi traicionaba a Hinata, a pesar de que él fuese su cuñado, Naruto lo mataría.

—Trabaja hasta tarde, señor Sarutobi.

El joven levantó la cabeza. Parecía cansado, decepcionado.

—Hola, señor Naruto. Sí, hoy ha sido un día muy largo.

Naruto subió la colina hasta llegar a su lado. Miró el agujero y vio un montón de rocas amontonadas. Frunció el ceño.

—Eso no parece un accidente.

Konohamaru lo miró sin un ápice de sorpresa en el rostro.

—No lo es. No sé quién ha sido, pero al parecer alguien decidió que la entrada al sótano no debía ser descubierta.

¿Había sido Sasuke? Sí, ahora Naruto podía sentir la presencia de su amigo. Era una sensación muy tenue. O bien Sasuke se estaba ocultando o ya se había ido de allí. Rezaba para que fuera lo segundo.

—Pero aun así usted quiere llegar a él. —Aquel joven era increíblemente valiente o increíblemente estúpido.

Hubo una pausa y luego Konohamaru asintió decidido. —Sí.

—Hay quien le diría que es mejor no tentar al destino, señor Sarutobi. Konohamaru lo traspasó con sus ojos azules, tan oscuros como la noche.

—¿Se ofrece voluntario para decirle a Hinata que abandonamos?

No. No quería hacerlo. La verdad era que antes que hacer algo así preferiría enfrentarse a Sasuke.

—¿Por qué es tan importante para ella?

—Eso tendrá que preguntárselo a ella. —Konohamaru volvió a mirar el agujero. Agotado, dejó caer los hombros—. No tengo su permiso para difundir esa información.

Le parecía bien. Si Sarutobi guardaba con tanto celo los secretos de Hinata, tal vez haría lo mismo con los de Naruto.

—¿Por qué es tan importante para usted?

Konohamaru se metió las manos en los bolsillos y descendió por la colina hacia su pequeño carro.

—¿Quiere que le lleve, señor Naruto?

Naruto sabía que por su cuenta llegaría antes a la casa, pero quería oír la historia de Sarutobi, así que aceptó la oferta y se sentó. Con un suave latigazo, los dos caballos empezaron a tirar del carruaje.

No tuvo que esperar mucho rato para que Konohamaru empezara a hablar.

—¿Se acuerda de que le pregunté si conocía la historia de Asuma Sarutobi?

—Ah, oui, uno de sus mercenarios.

¿Se lo había imaginado o Sarutobi lo miró sonriente? Fue tan raro que a Naruto se le erizó el vello. Era imposible que él supiera de su relación con Asuma.

—Sí. Asuma Sarutobi fue uno de los mercenarios de Felipe. También es mi antepasado directo.

Al oír esa información, Naruto sintió como si le dieran un puñetazo en pleno estómago. La sangre de Asuma corría por las venas de aquel joven. Allí, junto a él, había una parte viva y coleando de su fallecido amigo, había caído en cuenta por su apellido, tal vez se convenció con lo que le dijo Iruka que era de una estirpe diferente a la de su amigo Asuma, pero ahora era una realidad.

No era raro que sintiera aquella afinidad hacia él. La esencia de Asuma se había debilitado en Konohamaru, pero allí estaba. Lo bastante suave como para que a Naruto le costara identificarla, pero lo bastante fuerte como para saber que era cierto.

Asuma nunca conoció a su hijo. Nació después de que él se convirtiera en vampiro y, tras ver lo que le pasó a Shion cuando Naruto regresó, Asuma permitió que su esposa siguiera creyendo que había muerto.

Si Asuma no se hubiese suicidado, quizá estaría entonces allí charlando con aquel joven. ¿Acaso la familia no era un motivo por el que seguir adelante?. No; para Asuma, no.

Naruto se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo callado y carraspeó.

—¿Es por eso por lo que busca el Grial? ¿Porque lo buscó su antepasado?

—No. —Konohamaru lo miró un instante, pero en seguida volvió a concentrarse en el camino—. Lo hago porque él lo encontró. O al menos encontró lo que creyó que era el Santo Grial.

El nudo que Naruto sentía en el estómago iba a peor.

—¿Qué quiere decir?

—Por lo que he descubierto, hay ciertas dudas en torno a lo que Asuma y sus compañeros encontraron en el escondite de los templarios. —Konohamaru volvió a mirarlo, como si esperara que Naruto añadiera algo. Éste permaneció en silencio—. Algunos creen que encontraron el Santo Grial. Otros, que se trataba de un artefacto lleno de un poder mucho más oscuro.

Oh, Dios. Naruto cerró los dedos alrededor del asiento, y lo hizo con tanta fuerza que la pulida madera empezó a crujir.

—¿Es eso lo que espera encontrar? ¿Ese poder oscuro?

—No me importa, a mí no. Pero por el bien de Hinata espero encontrar el Santo Grial; lo que yo deseo de ese sótano no es ningún tesoro.

En esos momentos lo único que mantenía a Konohamaru con vida era que no hubiese dicho que quería el Grial Maldito. Naruto no quería hacerlo, pero si para evitar que el Grial cayera en las manos equivocadas tenía que matar a alguien, lo haría. Para eso estaba allí. Incluso si significaba matar al descendiente de Asuma, no dudaría en hacerlo.

—¿Y qué espera encontrar? —Su tono de voz era neutro, calmado; nada delataba el pánico que sentía.

—Espero encontrar algo que me ayude a entender lo que de verdad les pasó a Asuma Sarutobi y a sus compañeros.

—Habla como si se tratara de un gran misterio. Todos murieron poco tiempo después, en un ataque de los templarios. —Naruto lo dijo más enfadado de lo que pretendía.

Konohamaru lo negó con la cabeza.

—Tengo motivos para creer que no murieron. Tengo documentos, pruebas escritas de que Asuma fue visto con vida después de su supuesta muerte. En mi familia, incluso se cuenta que asistió al funeral de su hijo y que su viuda lo vio. Se dice que se desmayó al hacerlo.

Sí, se había desmayado. Santo cielo, era verdad. ¿Cómo podía Sarutobi saber todo eso?

—Hablando en serio, señor Sarutobi. —Se obligó a reír—. Vaya historia.

—¿Usted cree en algo tan fantástico como el Santo Grial y no cree en los vampiros, señor Naruto? Pensaba que era un hombre de mente abierta, capaz de creer en lo que no se puede demostrar.

«Vampiros.» Konohamaru se había atrevido a pronunciar esa palabra.

—He viajado mucho, señor Sarutobi. He visto muchas cosas, pero nunca he visto nada que demuestre la existencia de Drácula o de su especie. —Eso no era mentira. Él nunca había visto ninguna prueba. Él era esa prueba.

—¿Qué sabe de Naruto Namikaze? A Naruto le dio un vuelco el corazón.

—Era uno de los compañeros de Asuma.

—Se dice que él también se convirtió en un vampiro. Al parecer, mató a su prometida.

Naruto cerró los ojos para soportar el golpe de dolor que sabía que sentiría y se concentró para no pensar en ello. No quería pensar en Shion. No iba a hacerlo.

—Namikaze está muerto —gruñó entre dientes—. Yo mismo he visto su tumba.

—Sí —contestó Konohamaru—, no tengo ninguna duda.

¿Qué demonios? Naruto se quedó mirándolo.

Konohamaru apartó la vista del oscuro camino sólo un segundo. —Siendo como es un gran historiador, quiero decir.

No había querido decir eso en absoluto. A pesar de todo, Konohamaru Sarutobi no era ninguna amenaza para él, al menos no en el sentido físico. Tal vez había llegado el momento de enseñarle a ese joven a lo que de verdad se estaba enfrentando.

—Si cree en esas leyendas, señor Sarutobi, sabrá que sea lo que sea lo que está buscando, seguro que uno de esos vampiros está custodiándolo.

—Uno de esos vampiros es exactamente lo que estoy buscando, señor Naruto.

—Tiene tanto sentido común como una ardilla. Ni más ni menos. — No pudo evitar el enfado que tiñó su voz—. Si encuentra a uno de esos vampiros en el sótano, él no se alegrará de verle, ¿lo entiende?

Konohamaru asintió.—Sí, lo entiendo. ¿No es por eso por lo que la Iglesia los ha mandado a usted y al padre Iruka?

Naruto resignado cerró los ojos.

—¿Qué es lo que sabe usted?

El carruaje se detuvo y Konohamaru se dio la vuelta para mirarle. La linterna que había delante del vehículo iluminó las facciones de niño travieso de Sarutobi.

—Sé que la Iglesia también sospecha que alguien se esconde en ese sótano. ¿Quién cree que es? ¿Kakashi, Itachi?

—No sabe nada. Si lo que dice fuera remotamente posible, no sería ninguno de ellos.

Entonces se dio cuenta de su fatal error.

Konohamaru Sarutobi conocía los nombres de sus compañeros, y ahora sabía que Naruto también. Levantó la cabeza.

A juzgar por el miedo que Naruto vio en sus ojos, era obvio que era consciente de que había desvelado demasiadas cosas. También que sabía demasiado. Naruto dejó de disimular y permitió que su lado demoníaco saliera a la superficie. Si Konohamaru Sarutobi estaba tan impaciente por ver a un vampiro, él le mostraría a uno. Los ojos de Naruto enrojecieron y sus colmillos se extendieron. Pudo verse reflejado en las pupilas de Sarutobi y apreciar lo bello y lo terrible que era.

—¿Desde cuándo lo sabe?

Konohamaru estaba boquiabierto. Naruto tenía que reconocer que el joven no parecía tan atemorizado como lo estaría la mayoría.

—Desde ayer. Vi su nombre en mis papeles.

—¿Quién más lo sabe?

—Nadie. Lo juro.

Naruto le creyó. Sarutobi olía a miedo y a sobrecogimiento, pero no a traición.

—Asuma se suicidó porque no pudo soportar en lo que se había convertido. —Ese joven merecía saber la verdad—. Sasuke y yo nos hicimos cargo de la protección del Grial Maldito.

—Sasuke. —Konohamaru susurró el nombre como si fuera algo sagrado.

El aire transportó un olor familiar y Naruto se puso en guardia. Su viejo amigo estaba cerca, pero con él había otro extraño olor, uno que él no reconocía ¿Una mujer?.

—Me temo que él es quien está en ese sótano, señor Sarutobi. Y no tengo que decirle lo que hará si usted entra en sus dominios.

—Yo sólo quiero conocer su historia, la de todos ustedes.

Naruto tenía ganas de sacudirlo. Tal vez debería matarlo y acabar con todo.

—¿Y qué pasa con Hinata? ¿Le ha estado tomando el pelo todo este tiempo?

—¡Por supuesto que no! Mis investigaciones indican que Sasuke es también el encargado de proteger el Santo Grial.

¡Vaya, eso sí que era una novedad! ¿Podía ser? A Naruto siempre le habían dicho que el Santo Grial había desaparecido, pero la Iglesia tenía una extraña tendencia a ocultar la verdad cuando le interesaba. Tal vez fuera cierto que Sasuke lo estaba protegiendo, lo que hacía aún más imperativo que siguiera oculto.

—Le mataré antes que permitir que se acerque al Grial Maldito. — El tono de Naruto era de brutal sinceridad—. Usted y Hinata pueden atribuirse todo el mérito de haber encontrado el Santo Grial, si es que está allí, pero el cáliz regresa conmigo y con Iruka. Sea cual sea la copa que encontremos, no puedo permitir que caiga en las manos equivocadas.

—De acuerdo —aceptó Konohamaru. Naruto no había acabado.

—Permitirá que yo entre en el sótano antes que usted y sus hombres. Si Sasuke está allí, le advertiré para que pueda irse con el Grial Maldito y todo lo que considere oportuno seguir protegiendo. Él decidirá lo que pueden o no encontrar.

—¿Y a cambio?

Naruto tiró de Konohamaru hacia él.

—Le dejaré vivir. Quizá Sasuke no sea tan amable.

Konohamaru tenía miedo, pero aún no estaba lo bastante asustado.

—¿Va a hablarme de él? ¿De todos ustedes?

—No.

—Usted quiere saber por qué el Grial es tan importante para Hinata, ¿no es así?

Naruto sonrió. Konohamaru parpadeó y fijó la vista en su boca, en los colmillos que acababa de mostrar.

—¿Traicionaría su confianza?

—Si me promete que va a mantenerla a salvo. Si no le hace daño...

—hizo una pausa—... tal vez.

Naruto buscó en los ojos de Konohamaru algún signo de traición y no encontró ninguno. Frunció el ceño soltándolo.

—¿Por qué es tan importante para ti?

—Simplemente lo es. Quiero cooperar contigo, Namikaze. ¿Puedes tú cooperar conmigo?

—Vuelve a llamarme por ese nombre y te dejo seco. —Él mismo se sorprendió al ver que lo decía en serio. Pero le sorprendió aún más darse cuenta de que estaba tan desesperado por entender a Hinata que incluso iba a dejar con vida a Sarutobi a pesar de que no debería hacerlo.

—¿Hemos llegado a un acuerdo? —preguntó éste.

—Tenía razón cuando he dicho que no tienes demasiado sentido común.

—No mucho, no. —Konohamaru sonrió. Naruto se relajó un poco.

—Me recuerdas a él.

—¿En serio?

—Sí. Esta noche ya no hay tiempo, y tampoco quiero hacerlo contigo cerca. Así que antes de que entres en ese sótano tienes que avisarme y dejar que yo me asegure de que no hay peligro.

—¿Cómo puedo saber que no te llevarás todo lo que encuentres?, ¿qué puedo confiar en ti?

—No puedes.

Konohamaru digirió ese último comentario.

—¿Vas a contarme lo que les pasó? Naruto lo miró a los ojos.

—No, pero intentaré evitar que a ti te pase lo mismo.

De vuelta a la casa, Naruto se encaminó como de costumbre a la biblioteca. Necesitaba una copa, aunque no fuera a ayudarle en nada. Y necesitaba pensar en qué demonios hacer con Konohamaru Sarutobi. ¿Cómo iba a explicárselo a Iruka?

Y, lo que era más importante, ¿lo visitaría Hinata esa noche?, ¿o lo evitaría como un conejo evita a un zorro? Tal vez lo mejor sería que lo evitara. Lo último que le faltaba era revelar su auténtico yo delante de la muchacha, o establecer algún tipo de vínculo con ella.

Incluso si pudiera hacerle entender lo que era, incluso si Hinata pudiera aceptarlo, su tiempo juntos sería demasiado breve y al final demasiado doloroso.

Eso, claro está, si ella quisiera tener una relación con él. Al fin y al cabo, la otra noche había salido huyendo.

El hecho de que estuviera pensando en esas cosas lo tenía desconcertado. Después de tantos años, ¿por qué entonces? ¿Por qué con ella? ¿Se trataba de la desesperación que Hinata exhalaba como un perfume? ¿O de la vida que irradiaba por todos sus poros? A su lado se sentía bien; un sentimiento de pertenencia que casi le dolía.

Hinata lo hacía sentir como un hombre, no como un monstruo. Y por primera vez en mucho tiempo, él pensaba en un mortal como en un igual y no como comida. Desde que se convirtió en vampiro, en su vida y en su cama había habido algunas mujeres, pero él no había permitido que ninguna le afectara como Hinata.

Pasaba ya de la medianoche. La casa estaba más o menos tranquila. Había sirvientes en cada esquina. Algunos de los habitantes ya estaban durmiendo, pues se habían adaptado a los horarios del campo.

Hinata no era uno de ellos. Naruto se concentró en buscar su voz entre el bullicio de la casa. Hinata estaba con una de sus hermanas, y se reían tanto que incluso él esbozó una sonrisa. No iba a escuchar su conversación. Le bastaba con saber que era feliz.

Seguro que se había disgustado por el retraso que había sufrido su excavación, pero había sido irremediable. Si ellos hubieran estado allí... si ella hubiera estado allí cuando Sasuke hizo lo que hizo.

Le dio un vuelco el estómago sólo de pensarlo. Tal vez Sarutobi habría sido lo bastante prudente como para no ponerla en peligro, pero ¿cómo demonios podía evitar que ella misma lo hiciera? Hinata era exactamente lo opuesto a prudente.

Pensar en que quizá tendría que destruir a uno de sus amigos le carcomía el alma, pero no dudaría en matar a Sasuke, o a Konohamaru Sarutobi, si alguno de ellos hería a Hinata. Ella era buena y pura, y dulce... todo lo que a él le habían arrebatado con la maldición. Naruto estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla, incluso a darle a Sarutobi la información que buscaba.

Entró en la biblioteca y vio a una doncella avivando el fuego. La humedad que penetraba en las casas inglesas, incluso en verano, nunca dejaba de sorprenderle.

Al verlo entrar, la doncella hizo una reverencia.

—Disculpe, señor. Sólo será un momento. Naruto le quitó importancia.

—No se preocupe. Tómese su tiempo.

Y aquella mujercita hizo exactamente eso. De hecho, se esforzó mucho más de lo necesario para que la habitación alcanzara la temperatura adecuada. ¿Y por qué no dejaba de mirarle?

Entonces, cuando ella por fin se incorporó, Naruto se dio cuenta de lo que pasaba. Mezclada con el aroma del fuego notó la inconfundible esencia de la feminidad. El calor de las brasas había sonrojado a la chica y había calentado su sangre.

Era como un melocotón maduro y, por el modo en que lo miraba, Naruto sabía que esperaba que él la saboreara.

Merde. Naruto se dio la vuelta y apartó la vista. ¿Qué era todo aquello? ¿Lo estaban poniendo a prueba? ¿Acaso todo el viaje iba a ser una prueba constante para ver cuánto podía aguantar?

—¿Puedo hacer algo más por usted, señor? —preguntó acercándosele un poco más. Podía sentirla tras él.

Se volvió e intentó forzar una sonrisa. —No, gracias.

Era obvio que ella no estaba dispuesta a aceptar un no como respuesta; eso, o era un poco lenta en asimilar las cosas. La joven y fuerte mano de la chica le acarició el brazo de un modo muy descarado.

—¿Está seguro? Para mí sería un placer servirle en lo que le apetezca.

Naruto le sonrió con amabilidad.

—Estoy seguro de que para mí también sería un placer, pero no.

La doncella hizo una mueca de enfado y sacudió la melena para que unos rizos le cayeran por la cara.

—¿No soy lo bastante bonita para usted, señor?

Ante un comentario tan absurdo, lo único que pudo hacer Naruto fue reírse.

—Mi querida chica, eres tan tentadora como un melocotón dulce, pero yo no soy el hombre que estás buscando. Yo no me conformo con sólo un bocado.

Esa metáfora tampoco logró disuadirla. De hecho, la animó a seguir intentándolo. Se le acercó más y le clavó los pechos en el torso, a la vez que bajaba provocativa las pestañas.

—Tome los bocados que desee. No me importa que me devoren.

Naruto estaba convencido de ello. Le dolían los colmillos de las ganas que tenía de morderla, sólo para probarla. No se los hundiría del todo, y siempre estaba a tiempo de apartarse si sentía que iba a descontrolarse.

La chica echó la cabeza hacia atrás para ofrecerle sus pechos y Naruto sintió cómo le ardían los ojos. Su cabeza empezó a inclinarse con voluntad propia. Los caninos empezaron a salirle de las encías y a alargarse en su totalidad.

«Por favor, Dios. No permitas que lo haga.» Rezar era la única esperanza que le quedaba, pues al parecer su fuerza de voluntad lo había abandonado.

Y, en ese mismo instante, sus plegarias fueron escuchadas.

—¿Señor Naruto...? Perdón.

Naruto saltó hacia atrás y tomó aliento. Sus colmillos retrocedieron y su sangre empezó a enfriarse. Dios existía.

Entonces miró a su salvador. Merde. Dios tenía un extraño sentido del humor. Su salvador no era otra que Hinata.

Y ella lo estaba mirando como si acabara de arrancarle el corazón.

.

.

Continuará...