Hola, no saben cuanto me alegro de leer cada uno de ss comentarios y recibir las alertas de favoritos y suscripciones, es emocionante ver que les gusta la historia tanto como a mi.

Como siempre saludos para quienes se dan la oportunidad de leer la novela y a quienes me dejan un comentario:

isis, indications de l'immortalite, liduvina, Giorka Ramirez Montoya, alezf1994, Maedna33, Jess, Monse, Haley, Jazzy Cullen Pattinson, corimar cautela, ErandiLina, teky,


Capítulo 8

Isabella se despertó por una sacudida, con la boca seca y aturdida, cuando el Yukon tomó la última de una serie de curvas pronunciadas y osciló al detenerse. Se puso derecha, golpeándose el codo con la puerta, desorientada, y se apartó el pelo de los ojos. No tenía ni idea de cuánto tiempo había dormitado ni de qué hora era. El reloj de pulsera estaba en el dormitorio, junto con su serenidad perdida y los añicos rotos de lo que una vez había sido su vida.

Lo había perdido todo.

Estaba demasiado cansada para pensar coherentemente, pero no necesitaba ninguna lógica que le dijera que toda su existencia estaba hecha trizas. Su casa, su santuario, su refugio ya no era un lugar seguro. Había tenido que abandonarlo en mitad de la noche. Alguien había entrado al amparo de la oscuridad para matarla y no tenía ni idea de quién la quería muerta, ni de por qué.

Hasta que lo supiera, hasta que pudiera estar segura de que la amenaza desconocida, anónima, hubiera desaparecido, no podría regresar.

Le habían roto la vida, la habían borrado en un momento. No había ningún pasado, ningún futuro. Por mucho que lo intentará no veía más allá de los próximos cinco minutos. Sólo había el aquí y el ahora.

En el Yukon había dormitado a ratos, el resultado más de un cansancio excesivo y la sobrecarga que de la somnolencia. Algo dentro de ella se resistía a darle la inconsciencia del sueño profundo, así que había dormitado, medio drogada por el miedo y la conmoción, completamente a la deriva mientras Edward conducía el Yukon por carreteras desconocidas.

¿En dónde estaban? No tenía ni idea, aunque era probable que a gran altura en las montañas. Habían estado subiendo durante horas. El cielo era del color gris nacarado de las mañanas de frío, con la suficiente luz para ver, pero no para permitir una perspectiva.

Unos metros más adelante había una choza. Una estructura simple de madera, cuadrada y poco acogedora. Edward apagó el motor, sumergiéndolos en un misterioso silencio. Después se giró en el asiento y sus amplios hombros bloquearon la vista del firmamento que se veía a través de su ventanilla.

—Ya hemos llegado —La voz era baja y tranquila.

Parecía tan enorme en la cabina del vehículo, con un brazo sobre el volante y la mano grande colgando. Ella lo intentó, pero no pudo borrar de la mente la imagen del intruso con el cuchillo de Edward en la garganta. Las salpicaduras de sangre en el suelo y en las paredes, el olor persistente de sangre cobriza y la muerte fétida. El sonido de cristales cuando el francotirador cayó muerto con dos balas en la cabeza y el golpe húmedo cuando golpeó el suelo. No importaba lo mucho que lo intentara, las imágenes y los sonidos le inundaban la mente, discordantes, estremecedores.

Edward se movió y el cabello de la nuca se le erizó, pero él sólo abrió la puerta. Después bajó ágilmente de un salto y fue a abrir la de ella. La cogió y la alzó. Ella se inclinó hacia delante, poniéndole las manos en los hombros, sintiendo la fuerza de aquellos músculos cuando la bajó. Los pies tocaron la tierra, pero ella dejó las manos allí donde estaban durante unos instantes más, anclándose a la única cosa sólida de un mundo que de repente se había vuelto loco.

Se quedaron mirándose con los alientos de las respiraciones blancos entremezclándose en el frío de la mañana. Él movió la cabeza hacia la choza.

—Vamos. Hace demasiado frío para quedarse aquí fuera. Tienes que instalarte —Cogió la maleta con una mano y le puso la otra en el codo.

Sí, estaban en las montañas, pensó ella, mientras andaban pesadamente por el camino de gravilla que daba a la entrada. El aire era limpio y frío, lleno del fuerte e inequívoco olor de kilómetros y kilómetros de pinos. Los pocos centímetros de nieve parecían hielo. Se acercaron a un porche de madera. Edward abrió la puerta y con un gesto le dijo que entrara.

Pequeño, austero, sin adornos. Un sofá, dos butacas que no eran iguales, una mesa, una pequeña chimenea limpia y una cocina de reducidas dimensiones. Paredes de madera desnudas. Sobrio, frío, lóbrego. Un olor a humedad impregnaba la choza.

—Por aquí —dijo Edward y abrió una puerta. Daba a un dormitorio que era tan sobrio como la otra habitación. Sólo una cama y una mecedora. Dejó la maleta en el suelo y señaló una puerta a la izquierda—. El cuarto de baño por allí. Te sugiero que te laves y te pongas el camisón. Debes estar cansada y creo que dormir unas horas en una cama te irá bien. Sal cuando estés lista. Encenderé el fuego y haré un poco de té.

Desapareció y Isabella puso la maleta sobre la cama. Afortunadamente, algún instinto le hizo poner dos camisones de franela de cuello alto. Eran calientes y cómodos y, sobre todo, no enseñaban nada. Le gustaban los camisones sexys de seda con puntillas, pero desde luego aquel no era momento para puntillas ni seda. Ni para sexo.

Ya se sentía bastante desnuda en estos momentos, huyendo y sola con este hombre grande y peligroso. Escapando de algún peligro desconocido y oculto.

Sabía que Edward no la obligaría a tener sexo, pero ya había comprobado por sí misma la otra noche que tenía una debilidad fatal por ese hombre. Si él se lo pidiese, ella diría que sí. Tenía frío hasta en los huesos y el sexo con Edward era garantía de calor, liberación, olvido. La otra noche había llegado al clímax con una explosión de calor. Besarse con Edward, sentir el cuerpo duro contra ella, dentro de ella, garantizaba que olvidaría sus problemas. Pero el sexo ahora mismo, cuando se sentía tan temblorosa, tan perturbada, sería desastroso.

Casi había sufrido una crisis nerviosa al tener aquel explosivo orgasmo que la había dejado débil y con una pérdida total de control. Ahora, cuando los fragmentos rotos de su vida se amontonaban a sus pies, volaría en un montón de pedazos.

Un "whump" sordo anunció que la calefacción se había puesto en marcha. Cuando hubo usado el cuarto de baño, lavado la cara, cepillado los dientes y puesto el camisón rosado de franela, el ambiente ya empezaba a caldearse. Estupendo. Necesitaba el calor.

Él estaba sentado en la mesa con dos tazas humeantes ante él, llenas de un líquido oscuro. La miró de arriba a abajo con rapidez, aparentemente satisfecho de lo que veía, y le acercó una taza.

—Bebe. Después hablaremos.

Isabella la cogió y arrugó la nariz al sentir el olor. Tomó un sorbo y tosió con lágrimas en los ojos.

—¿Hay algo de té en todo este whisky?

Él esbozó una medio sonrisa.

—Muy poco —confesó—. El té es para mariquitas.

Debía serlo porque no había mucho en su taza. Isabella bebió otro sorbo y en ese segundo intento el whisky con un chorrito de té caliente bajó como una seda, calentándola mientras bajaba, enroscándose en el estómago y ahuyentando el frío.

El golpe de calor le despejó el cerebro. Miró alrededor de la habitación poco prometedora, triste, pequeña y después miró a Edward. Él había dejado la taza de té y se bebía el whisky a palo seco. Esa era una buena indicación. Edward no le parecía el tipo de hombre que bebiera alcohol si pensaba que había un peligro inminente, pero quería estar segura.

—¿Dónde estamos?

—Cerca de Mount Hood. La ciudad más próxima es Fork in the Road, a unos cinco kilómetros de distancia.

Fork in the Road. El nombre le era familiar. Tenía un vago recuerdo de alguien mencionándola en un coctel, riendo cuando la describió como un pueblecito de mala muerte.

Ella observó el tazón durante unos instantes, el té turbio y poco claro. Como su vida.

—¿Estamos a salvo? —preguntó quedamente.

Él apuro el vaso sin dejar de mirarla ni un momento.

—¿A salvo? Sí —Vertió otro dedo de whisky en la taza de ella y le hizo un gesto para que se lo bebiera, esperando hasta que lo hubo acabado—. Totalmente. Para encontrarnos tendrían que buscarme, pero no creo que nadie, aparte de Jazz, sepa que estamos relacionados. A no ser que le pidieras informes de mí a alguien más de la lista que te di —Arqueó una ceja.

—No —suspiró ella—. No lo hice. La palabra de Jazz fue suficiente.

—Recuérdamelo cuando todo esto haya terminado para reñirte por eso. Deberías haber llamado a todos pero dadas las circunstancias me alegro de que no lo hicieras.

—A diferencia de ti, no estoy constantemente buscando peligros en todas las esquinas —dijo Isabella con sequedad.

—Ya, pues para empezar, si te parecieras más a mí tal vez no estaríamos metidos en este lío.

Isabella abrió la boca y luego la cerró, consternada. ¿Qué podía decir? Él tenía razón.

—Lo siento —masculló él, se le movió un músculo de la mandíbula—. Eso ha estado fuera de lugar —Se sirvió otro trago de whisky y se lo bebió como si fuera agua—. Mejor volvamos a evaluar el riesgo. Nadie sabe que estás conmigo. Aún no habíamos firmado el alquiler y de todos modos voy a asegurarme de que Jazz no deje que nadie examine nuestras cosas y averigüe mi nombre. Estoy casi seguro que había sólo dos asesinos. Ese es el procedimiento habitual si quieres eliminar todas las pistas. El segundo francotirador mata al primero y de esa manera borra la conexión.

—Aparqué donde no se pudiera ver el coche desde tu calle —continuó—, pero por si acaso el segundo francotirador lo advirtió y llamó a quien quiera que sea su jefe, he cambiado las matrículas. Y estoy malditamente seguro de que nadie nos ha seguido.

Ella parpadeó.

—¿Que tu cambiaste… qué?

Edward se encogió de hombros.

—Guardo varios juegos de matrículas en el maletero del coche. A veces vienen bien.

—¿Pero eso no es ilegal? ¿Conducir con matrícula falsa?

Él se encogió otra vez de hombros sin molestarse en contestar a eso.

—Toda la tierra en varios kilómetros a la redonda es mía —siguió él—. La tierra está registrada a nombre de una empresa de tapadera. Una persona muy decidida y muy hábil tardaría varias semanas en conseguir mi nombre, suponiendo que supiera lo que está buscando. Pero por si acaso, me metí en los datos del Registro de la Propiedad y cambié los datos, así que mirarían a ochenta kilómetros al oeste, a un parque estatal. Hay cables de activación de alarma en todo el perímetro y me siempre me entero si pasa algo más grande que un conejo. Así que sí —concluyó—, estamos tan a salvo como podemos estarlo. Seguramente podríamos quedarnos aquí escondidos para siempre, aunque espero que esto se soluciones antes.

Isabella se quedó allí, quieta con la mirada fija, sintiendo más que nunca como si hubiera entrado en un universo alterno. Pero en lo más profundo lo supo.

Ella no había caído en un agujero de conejo, como Alicia. Éste no era un mundo alterno. Éste era el mundo tal como era realmente, como siempre había sido. Sucio, peligroso y violento. Se había pasado toda la vida evitando esta realidad, empapándose de cosas bonitas, preocupándose por colores, formas y texturas, tal vez en un esfuerzo para no pensar en cómo era el mundo realmente.

Y eso era lo que había conseguido escondiendo la cabeza en la arena. Arena bonita, perfumada, marrón y beige, pero arena a fin de cuentas, y su cabeza profundamente enterrada en ella.

No había visto en ningún momento venir el peligro.

Era totalmente posible que si hubiera puesto la mitad del cuidado en la instalación de un sistema de alarma adecuado en el edificio que el que había puesto en la combinación de colores, nada de esto habría pasado. No habría un intruso. No estaría aquí —donde fuera que fuese aquí— escondida, ocultándose de Dios sabía qué y de Dios sabía quién, habiendo puesto en peligro la vida de un hombre bueno y arrastrándolo lejos de su negocio en expansión.

Él había ido corriendo a su rescate, sin vacilar, y si no hubiera sido tan experto sería la sangre de él la que habría manchado el suelo de madera, la cabeza de él una pulpa sangrante. Ahora estaba aquí con ella y era obvio que pensaba quedarse mientras hubiera peligro. ¿Cuánto tiempo tardaría Jazz en averiguar lo que pasaba?

¿Días? ¿Semanas? ¿Meses? ¿Años?

¿Qué había hecho? La garganta se le cerró por la culpa y el pesar.

Dejó la taza con un ruido.

—Lo siento tanto —susurró, lagrimas no derramadas le quemaban los ojos.

Él estaba bebiendo a sorbos del vaso. Tragó demasiado rápido y tosió.

—¿Qué? ¿Qué lo sientes? ¿Qué diablos sientes? —Parecía sinceramente asombrado, lo que hizo que ella aún se sintiera peor.

Isabella se mordió los labios. No lloraré, no lloraré.

—Siento haberte metido en este lío, Edward. Y ni siquiera sé cuál es el lío. Siento haber puesto tu vida en peligro, siento que hayas tenido que matar a alguien —a dos alguienes— por mi culpa. Siento si vas a tener dificultades con la ley por lo que has hecho por mí. Siento…

—¡Ey!, espera un momento —Alzó una mano grande con la palma hacia ella y frunció el ceño—. Lo que dices no tiene sentido.

—Siento no haberte servido de ninguna ayuda. Siempre he pensado en tomar clases de autodefensa pero nunca he tenido tiempo para hacerlo, y si quieres que te diga la verdad, soy una total enclenque. Ni siquiera puedo enfrentarme a Billy, el dueño del garaje, y ya que estamos nunca te he agradecido que recogieras mi coche. Siento que tuvieras que tratar con Billy por mí, eso nunca es agradable. Siento no haber sabido qué hacer excepto acobardarme en un armario —continuó ella, ignorando el enorme nudo que tenía en la garganta—. Siento no haber sido capaz de defenderme y haber tenido que llamar a los Marines. Literalmente —Soltó una risa estrangulada, cortándola antes de que acabara en un sollozo—. Siento tanto haberte obligado a esconderme, siento que tengas que quedarte encerrado aquí arriba conmigo, siento… sólo… siento —Se tapó la cara con manos temblorosas. Se estaba rompiendo en pedazos, temblando, respirando una y otra vez profundamente para mantenerse entera.

—Joder —gruñó Edward, haciendo retroceder la silla con tanta fuerza que cayó al suelo polvoriento de madera con estrépito, y la cogió en brazos. La sostuvo muy alto en sus brazos, moviéndose con rapidez hacia el dormitorio. No encendió la luz. Sólo se sentó en la mecedora, sujetándola, y empezó a mecerse.

Isabella enterró la cara en su cuello sin molestarse ya en reprimir las lágrimas, que fluían sin cesar. Él la abrazó en silencio, con fuerza, probablemente se daba cuenta de que ella no necesitaba ninguna palabra. Necesitaba esto, contacto humano, calor humano. Una conexión tenue pero llena de fuerza y coraje.

Una mano grande le rodeó la nuca, otra la abrazaba con fuerza por la cintura y era como tener permiso para olvidarse de todo. Fueron pasando los minutos, sin que Edward hiciera nada más que abrazarla con tanta fuerza que ella sentía como se le levantaba el pecho y volvía a bajarle con su respiración profunda y regular. Oía, hasta llegar a sentirlos, los latidos del corazón, lentos, firmes y fuertes, tal como era él, y eso poco a poco fue calmándola.

Cuando pasó la crisis, se sintió aturdida y exhausta. La fatiga y el whisky habían demolido sus defensas. No habría podido moverse ni aunque su vida dependiera de ello. Tenía los brazos fuertemente apretados alrededor del cuello de Edward. Si le estaba estrangulando, él no se quejaba. Tal vez estuviera incómodo sentado allí con ella en su regazo, pero no dijo nada, sólo la abrazaba. ¿Cuánto tiempo había pasado? No tenía ni idea. Se movió, intentando reunir la energía para levantarse, pero la apretó más fuerte con el brazo y ella se desplomó sobre él.

La cadera topó con la erección, enorme y dura, y Isabella se estremeció. Recordó cada segundo de aquel pene dentro de ella, cómo había empujado él con todas sus fuerzas, cómo había salido ella volando.

Edward no le estaba haciendo ninguna demanda sexual, pero tampoco lo ocultaba. La cosa era así: él estaba excitado pero no pedía sexo.

Oh, Dios, ella no era capaz de enfrentarse a esto. Sexo y muerte. Muerte y sexo. Era demasiado. Su cuerpo simplemente dejó de luchar. El sueño venía tan rápido como la noche en los trópicos. Pero antes de quedarse dormida en sus brazos, había algo que él tenía que saber.

—Me alegro de que estuvieras allí —susurró ella en su cuello, moviendo los labios por la piel en lo que era casi un beso.

—Yo también —susurró él.


La historia no es mia, la autora de tremenda maravilla es Lisa Marie Rice

Espero les guste y nos vemos en el próximo capitulo

* Saludos Telli *