Los miserables pertenecen a Victor Hugo, yo sólo temo que su fantasma me persiga por escribir tales cosas.


Medir las fuerzas para el año que entra.

Por primera vez en mucho tiempo todo el grupo había podido reunirse en el Musain. Era el día después del acto en la universidad, o lo que es lo mismo, el primer día de las vacaciones de Navidad, y tenían que hacer un balance sobre lo que había sido el cuatrimestre y lo que se esperaba para el que iba a entrar.

Extrañamente habían sido puntuales, quizás por temor a un rapapolvo ahora que estaban todos un pelín tensos a causa de la alta presencia policial en sus vidas cotidianas.

Mabeuf les había habilitado aquella tarde el local, cerrándolos solo para ellos sabiendo la necesidad que necesitaban de un sitio para reunirse, y no siendo la primera vez que hacía eso. Se podía decir que el grupito estaba bastante mimado por el hombre.

A parte de los habituales, se habían acercado Éponine, Cosette e incluso Musichetta había decidido también pasarse puesto que en la Academia de Danza también se estaban moviendo muchas cosas que merecían ser contadas, además de necesitar de la ayuda de aquellos muchachos para llevarla a cabo.

Por extraño que pareciera, Enjolras se encontraba sentado en una de las sillas que habían cogido de la pila que descansaba pegada a la pared. No se esperaba la puntualidad de sus compañeros y por ello no había tenido tiempo de meditar cómo empezar aquello. Demasiados puntos que tocar y ninguna gana de entrar en un acalorado debate que terminase con él alzando la voz y alguien más. Siempre era él y alguien más.

—Creo que podemos dar comienzo a la reunión. —La voz provino de Combeferre que paseaba con los brazos cruzados por detrás de Enjolras.

Era importante que el grupo no perdiese de vista lo importante, que ese sentimiento de molestia y de rabia que tenían en aquellos momentos no pasase a un segundo plano en una charla trivial sobre "¿dónde te has comprado esa bufanda?" que estaba teniendo Courfeyrac con Jehan y Marius. Especialmente que aquel grupo no empezase a hablar acerca de bufandas y otros tipos de accesorios que se ponía en el cuello -"No es una bufanda, es una pashmina", le habría respondido el rubio-.

—Sí… Tenemos una larga lista de asuntos que tratar. —Enjolras no podía hablar de organización y quedarse sentado. Era como si un resorte saltara en él y le obligara a estar de pie frente a sus amigos.

—Realmente no son tantos. Balance y mirada al futuro, ¿verdad? —Y que Enjolras se pusiese de pie ayudaba a que su mirada se intensificase cuando salían comentarios de ese tipo, en especial cuando provenían de Grantaire sentado al fondo, detrás de todo el mundo, como el típico chico malote que acude a una clase sólo para molestar al profesor.

—Musichetta también nos quiere proponer hacer algo. —Respondió Enjolras dedicándole una mirada a la morena que estaba sentada entre Bossuet y Joly, quien le mostró una sonrisa.

—Balance y mirada al futuro. —Repitió Grantaire marcando la última parte.

—Sin duda, debemos felicitarnos porque hemos terminado este cuatrimestre con bastante más apoyo del que comenzado el curso y éso es un gran avance para nuestra causa. —Feuilly decidió intervenir antes de que la reunión se convirtiese en una nueva oportunidad para que Grantaire y Enjolras demostrasen que tan poca paciencia tenía Enjolras y que también sabía Grantaire sacarle a este las cosquillas.

—Lo importante es que todo ese apoyo que tenemos no lo perdamos en este cuatrimestre, y que de ser posible, lo aumentemos. —Combeferre siguió hablando agradeciendo en silencio la intervención de Feuilly. —Podríamos pensar en hacer algo en la primera semana del curso.

— ¿Una asamblea? Podemos intentar organizar una en la que los estudiantes vengan y nos digan qué tipo de problemas tienen. —La propuesta provino de parte de Bahorel y recibió varios gesto de conformidad por parte de sus compañeros.

Enjolras se quedó pensando. Realmente le gustaría poder decir que algo se estaba moviendo por parte de los sindicatos en los que se movía, sin embargo, la falta de información, consenso y la lentitud con la que se estaba llevando todo le impedía hablar en aquella reunión, porque realmente no había nada que decir salvo el hecho de "hay algo para algún día en algún sitio" y punto. Y Enjolras no eran de los que le gustase moverse con ideas abstractas sin tener certeza de que aquello que estaba diciendo iba a llevar a algún lado, al contrario.

—A ver, que nos desviamos del tema importante. Lo de la asamblea me parece una gran idea, sin embargo todavía no estamos en ese punto. —Sin embargo, sí que se vio obligado a intervenir por el rumbo que estaba tomando aquello. —Aquí, el tema importante es que tenemos a la policía siguiendo nuestros movimientos, no nos dejan trabajar en la escuela, nos interrumpen nuestros actos. —De fondo se escuchó a Grantaire comentarle a Éponine "bueno, nosotros les interrumpimos los suyos", que Enjolras prefirió olvidar para no perder el hilo de lo que estaba diciendo. —Tenemos a un supuesto segurata que nos ha amenazado, a mí de manera directa, con que no va a parar hasta vernos en prisión. Y sinceramente, algunos de aquí tenemos que tener cuidado porque si nos pillan una sola vez más acabaríamos en prisión. —El tono empleado dejó mudo a todos los presentes, que no se atrevieron a hacer ningún otro comentario. —Aquí lo importante es que tenemos que tener claro que cualquier cosa que hagamos, sea lo que sea, dará lugar a que la policía se acerque.

—Pues si se acercan les invitaremos a que se sienten, seguro que aprender algo. —Bahorel era el único que podía hablar de esa, seguro que porque era el único que se acercaría a la policía y les invitaría a sentarse en un círculo en plena asamblea con la misma frase que había empleado en aquel sitio.

—Exacto. ¿Qué? ¿Para una vez que alguien te escucha estás pensando rendirte? —El otro que hablaba de un tono semejante que Bahorel, pero de manera aun más burlona si podía ser capaz, era Grantaire.

—En ningún momento pretendía sonar derrotado. —Murmuró el rubio, cruzándose de brazos, gesto que había adquirido de Combeferre que teniendo la misma postura decidió cambiarla, apoyando una de las manos en la mesa , para terminar por sentarse.

— ¿Hay alguien que quiera decir algo más?

Cosette, sentada junto a Bossuet había sido testigo de aquello y su mano temblaba en un puño por encima de la falda lisa. Su padre siempre le había dicho que no se metiera en líos, que debía concentrarse en estudiar, aquellas cosas sólo traen problemas… Y sin embargo allí estaba. Sabía la clase de altercados que hacían precaria la situación tanto de Enjolras como la de Marius, el segundo se la había contado un par de semanas después de que Cosette decidiera que quería participar para advertirle que nada de aquello era sencillo y había muchas más desilusiones que alegrías.

Sin embargo allí seguía. ¿Quería decir algo? Había conocido a gente maravillosa en aquel lugar, había descubierto la gran cantidad de cosas que ocurrían justo delante de ella y que ignoraba, o mejor dicho, la gran cantidad de cosas que no veía porque no querían que se viera. Había vuelto a coincidir con Éponine, a la que conoció cuando era una niña y sin embargo no entendía porque la chica parecía tan incómoda con ella.

—Eh… —Escuchó el susurro y alzó la cabeza. Los grandes ojos marrones de Musichetta la estaban miranda. —Es normal tener miedo. —Murmuró mientras acariciaba su mano. Musichetta había conocido a Cosette aquella misma tarde, y sin embargo había sido fácil para ella ver el tipo de persona que era: Una niña muy buena. —Aquí todos estamos asustado, por eso Enjolras nos habla de esa manera. Porque todos estamos en la misma situación.

— ¿Entonces por qué seguís? —Aquello era algo que no pudo evitar preguntar, pues le costaba comprenderlo.

— Porque es más fuerte el sentimiento por hacer algo por la sociedad.

A Musichetta le hubiera gustado seguir hablando, sin embargo Enjolras llamó su atención, llamándola.

—Querías decirnos algo, ¿verdad?

— ¡Sí! — La joven se levantó respirando profundamente. —Los chicos que estamos en la Academia de Baile nos hemos unido a los del Conservatorio de París para defender estas artes. Y teníamos pensado unirnos todos aquellos que seamos estudiantes, así que estaría bien que en algún momento alguno de vosotros os pasarais como estudiantes de universidad para tener una reunión.

—Sí, suena bien y nos permitiría crear un bloque de estudiantes todos unidos. —Enjolras parecía bastante conforme con aquella idea que había propuesto la joven. — Tenemos que hablarlo y ver qué podemos hacer...

— ¿Para enero os vendría bien la reunión? —Sí, a Enjolras le gustaba tener las cosas fijas antes de dar nada por sentado, y Musichetta era un poco semejante, y si estaba en su mano en hacer las cosas fijas, pues lo iba a aprovechar.

—Creo que sí, aunque por el momento no sabemos cómo se va a presentar el nuevo mes en la universidad.

— ¡Genial! Entonces los vamos hablando. —La muchacha ya estaba conforme.


De moi para toi.

Apenas había tiempo para relajarse. Estaba de vacaciones, sí, pero eso no era excusa. Tenía un montón de trabajo atrasado y sabía que la causa era su implicación en el grupo de Les Amis. Sin embargo, siempre había algo nuevo que impedía que pudiera sentarse en su escritorio, sacar el portátil y terminar aquel trabajo para Literatura latina. En aquella ocasión había sido su cumpleaños.

El tiempo pasaba volando, y a Cosette se le había olvidado que el 22 de diciembre cumplía años, pues en su agenda simplemente tenía puesto "Hoy termino de leer a Julio César aunque me tire hasta las tantas". Y parecía que el César iba a tener que esperar.

Después de comer, Cosette recibió un mensaje que provenía de Marius. El muchacho había tenido suerte, porque a la chica se le había olvidado poner el móvil en silencio, de no haber hecho aquello posíblemente el mensaje habría quedado en el olvido hasta la noche.

*Marius [14:45]

¡Felicidades, Cosette!

El mensaje iba acompañado de numerosos iconos de festejos tales como sombreritos, espumillón, y caritas de felicidad.

Con una leve sonrisa, Cosette lo respondió. No recordaba haberle dicho a Marius cuando cumplía años, pero igual se le había pasado… Tenía que preguntarle cuando era el suyo para apuntarlo en su agenda y que no se le pasase. Era malísima con las fechas.

Rápidamente, ignorando su lectura, respondió el mensaje con un efusivo "gracias" que se hizo patente en el alargamiento de las vocales y la cantidad de signos de exclamación con los que cerró el mensaje.

Marius, quién estaba conectado, vio el mensaje conforme la morena lo envió y rápidamente le empezó a escribir de nuevo.

*Marius [14:46]

¿Te apetece salir a dar una vuelta?

Como apetecerle a Cosette le apetecía mucho. Era su cumpleaños, y si se ponía a pensarlo fríamente no era un gran plan quedarse la tarde sola en casa estudiando, y es que su padre había tenido que salir de emergencia a causa de algún cliente que llevaba o algo así; casi nunca Valjean le hablaba de su trabajo más de lo estrictamente necesario.

*Yo [14:48]

Claro. ¿Dar una vuelta o algún sitio a tomar algo? No hace un gran tiempo simplemente recorrer las calles.

La charla con Musichetta, la breve charla con Musichetta, había hecho que Cosette se quedase pensando en muchas cosas, y la verdad es que necesitaba hablar con alguien y Marius era una de las mejores opciones que tenía, por no decir la única y en la que además confiaba.

*Marius [14:48]

Vayamos a tomar algo.

Intercambiaron un par de frases más antes de decidir un lugar en el que quedar y la hora. Tenía una hora para llegar porque tenía que coger el metro desde Montmartre hasta el centro. Marius vivía en la zona del Louvre por lo que estaba más cerca del lugar en el que habían quedado.

Habían decidido verse directamente en la cafetería, cosa que a Cosette le había parecido buena idea en un primer momento, pero ahora verse por ahí paseando buscando el lugar porque nunca había estado no le hacía tanta gracia. Nunca había callejeado y sí, París era ideal, pero le ponía muy nerviosa no saber a dónde tener que ir con firmeza.

Al final, tras preguntar a varias personas que iban caminando por la misma calle acabó llegando al local, en el que ya estaba Marius, esperando fuera. La sonrisa amplia con la que Cosette se le acercó a saludarle se volvió en una gesto avergonzado cuando vio que en la mano del muchacho había un paquete.

—Marius, no tenías que haberte molestado. —Sin darse cuenta se mordió el labio sin saber qué cara poner. Recibir regalos no era lo suyo.

—No ha sido ninguna molestia. Anda, ábrelo. —Le tendió el pequeño paquete que estaba perfectamente envuelto en papel de regalo con copos de nieves dibujados en él.

A Cosette le hubiera gustado pasar antes al interior de la cafetería, pues se estaba quedando congelada allí, pero ante la idea de abrir un regalo en medio de un local lleno de desconocidos, decidió que mejor lo abría allí mismo.

—No es gran, cosa, ya sabes… Todavía no sé tus gustos y demás… —Marius sonaba avergonzado, quizás más que ella.

Concentrada en no romper el papel, Cosette lo fue abriendo escuchando las palabras del muchacho, pero queriendo esperar a abrir el regalo para responder. Por la textura se notaba que era algo de tela y cuando lo tuvo delante apreció el pañuelo de seda con degradado en rosa que había en su interior. Con los ojos abiertos, observó al detalle el regalo, casi se podía decir que a medida que lo iba mirando, más se quedaba con la boca abierta ante aquello, pues era precioso. Se lo hubiera puesto en aquel momento sino fuera una prenda tan fina y aquel fuese un día tan frío.

— ¡Me encanta, Marius, de verdad! —Sin pensarlo dos veces abrazó a su amigo, pues de verdad le había sorprendido el regalo. — Muchas gracias.

Una sonrisa apareció en el rostro del muchacho cuando al separarse de él, Cosette dejó un beso en su mejilla. Y con esa sonrisa, se acercó a la puerta del local para abrírsela a la chica y que pudiese pasar.

Sin ninguna duda, agradeció entrar y que el calor golpease sus mejillas mientras se quitaba aquel abrigo pesado que llevaba buscando un sitio donde sentarse. Había guardado el pañuelo bien doblado y metido en el papel en el interior de su bolso para que no se le fuese a perder o estropear. Varias veces le dio a Marius las gracias a medida que iba caminando por las mesas, hasta llegar a una de las que estaban vacías. Pero no por ello había aceptado quedar con Marius.

Una vez estaban sentados con las bebidas frente a ellos, Cosette se decidió a hablar, entre las distintas frases triviales que su acompañante le estaba dedicando.

—Marius. —Un suave tono y ya tenía la atención del muchacho ganada mientras ella daba vuelta a aquel capuccino que se había pedido. —Me he decidido a luchar de verdad. —Y posiblemente aquella era la primera noticia que Marius tenía de las dudas de Cosette en aquello que hacían, y aun así, guardando la serenidad, escuchó atento a la muchacha. —Quiero decir, hasta ahora lo he estado haciendo, pero el otro día al escuchar a Enjolras… Si mi padre se entera de ésto lo más seguro es que se enfade mucho y pensar en que me pudieran detener o… Iba a decir que no es fácil convivir cuando tu padre es abogado, pero bueno, es que tú estás estudiando eso.

Cuando Cosette hablaba a trompicones, casi atropellándose, y sin ninguna meta, a Marius le parecía que estaba más adorable que nunca, y a él sólo le quedaba reír. Porque le encantaba contar con aquella chica a la hora de defender los derechos de los ciudadanos por las calles de París.


La noche más larga del año.

Cuando naces en la noche más larga del año puedes suponer que tu vida va a estar más llena de sombras que de luces, y eso es algo que Éponine aprendió muy pronto. El 23 de diciembre es esa fecha que sólo es importante por ser la que precede a la noche de Navidad.

El 23 de diciembre era la tarde en la que ella tenía que trabajar porque había cambiado su turno para ir aquella reunión en el Musain en la que al final no se llegase a nada en claro salvo que había que hacer una asamblea en la primera semana del curso.

Y Éponine no sabía porque tenía que trabajar aquel día. En las cuatro horas que llevaba allí nadie había entrado, bueno, un niño que le había pedido ir al baño. Pero ya está. Hacía un día nefasto, si el 22 habían bajado las temperaturas, ya el 23 denotaba que iban a ser unas Navidades pasadas por nieve, y la gente que salía sólo lo hacía para hacer las compras de última hora, y los que se atrevían a realizar algo de vida social no se iban a meter en el Corinto, un bar ubicado en Vaugirard, perdido de cualquier metro o estación de autobús.

Pero no iba a protestar, ni aun cuando Montparnasse, su jefe o lo que fuera, se encontraba a escasos metros de ella, en el almacén que hacía las de despacho en la mitad de las ocasiones en las que el horario de apertura se excedía si eras uno de esos clientes VIPs, por denominarlo de algún modo.

Lo único bueno es que podía tener el libro manual de lingüística encima de la barra y ponerse a estudiar. En cuanto llegase enero, a parte de aquella asamblea, también tocaba realizar los exámenes. Y repasando uno de los temas estaba cuando escuchó como el despacho se abría. Ni siquiera se molestó en ver como el moreno salía de él, pues no era ninguna sorpresa que se encontrase allí y posíblemente ya se hubiera cansado de hacer el que trabaja, se fuera y le dejara a ella el marrón que era tener que cerrar el bar.

—Eh, Éponine. —O quizás le fuera a mandar a hacer cualquier tontería que se le pasase por la cabeza. — ¿Cerramos? —Ella se encogió de hombros. —Si te diviertes estudiando de pie y ante un montón de sillas y mesas vacías continuamos aquí haciendo el gilipollas.

—Me vas a seguir pagando lo mismo cerremos o no.

—Que graciosa eres. —Estaba al otro lado de la barra, y Éponine seguía sin mirarle, porque para ello tendría que alzar la cabeza a causa de lo algo que era, o de lo bajita que ella era. —Venga. —El tono cambio, y ahora ya no era tan burlón. —Está para nevar y... no hay ni un alma.

Éponine sabe lo que pensaba realmente en aquella pausa que solucionó haciendo referencia al local vacío. "Está para nevar y tú te tienes que ir pedaleando hasta el otro lado del Sena". Quizás sí que le dedicó una leve mirada, intentando no sonreír, mientras apoyaba los codos en el libro.

—Está bien. Voy a recoger mis cosas.

—Ya cierro yo. —Demasiada amabilidad. ¿Era a causa de su cumpleaños? —Y mañana te lo puedes tomar de fiesta. Supongo que vendrán menos gente que hoy; abrir sólo servirá para gastar luz. —Sí, sin duda era por su cumpleaños. Aunque tenía una extraña forma de hacerlo ver.

—Como quieras. —Canturreó mientras se dirigía a recoger sus cosas. Se quitó el delantal y se puso el abrigo junto a los guantes. Cogió la mochila que se colgó a un hombro y salió de detrás de la barra. —Nos vemos. —No iba a quedarse más tiempo si Montparnasse ya le había dado vía libre para que se largara.

—Por cierto, —sabía que aquello no podía ser real, Montparnasse no podía dejar que se fuera tranquila. ¿Qué le iba a pedir? Se dio media vuelta cuando ya estaba en la puerta intentando que su molestia no se mostrase en su rostro. —feliz cumpleaños. —Un pequeño paquete salió disparado de las manos del moreno, afortunadamente la rubia tenía ciertos reflejos y logró atraparlo. ¿Desde hacía cuánto que no recibía un regalo de él? Años. Sin duda, tenía que haberle pasado algo bueno. O quizás es que por fin podían empezar a comportarse como adultos. —Cierra al salir. —No, el mayor no podía comportarse como un adulto.

—Feliz Navidad. —Dijo Éponine a modo de despedida antes de cruzar el umbral.

Caminó hasta su bicicleta, la cual estaba atada a una de las farolas cercanas y se montó en ella para volver a casa. Sin embargo la curiosidad pudo con la rubia y un par de calles, cuando el bar ya estaba bastante lejos y Montparnasse no tenía ojos en aquella zona, Éponine se detuvo en un parque y abrió aquel regalo para encontrarse con una fina pulsera de oro blanco.

No iba a negarlo. Parnasse sabía hacer buenos regalos. Otra cosa es que supiese dónde tenía que comprarlos.


Salir de casa mientras pueda.

Si había una festividad importante en las vacaciones de invierno, esa era la Nochevieja, la noche de Saint-Sylvestre. Y precisamente por ser una noche tan importante, a la gente le gustaba pasarla con los que apreciaba. Y no es que Éponine apreciase mucho a sus progenitores.

Aprovechando que no estaban, Éponine preparaba una bolsa para irse a pasar aquella noche con su hermano pequeño en casa de Grantaire, quién tenía previsto hacer una fiesta con todos los renegados, por decirlo de algún modo sutil.

— ¿Estás segura de que no quieres venirte, Azelma? —Preguntó por decimoquinta vez en lo que llevaban de tarde a su hermana menor, la cual se arreglaba frente al espejo roto que había en la habitación que compartían.

—Completamente segura. He quedado con unos amigos para ir al Arco de Triunfo a festejar. —Con suavidad se pasó un dedo por el ojo para hacerse bien aquel rabillo.

—Anda, espera. —Éponine se acercó a ella para quitarle aquella mano. —Así sólo harás que se te queden ojos de panda. —Cogió uno de los pañuelos que había encima de la cajonera, casi todos empleados para el maquillaje, y limpió aquella zona del ojo de su hermana. —Cierra los ojos.

Con reticencia Azelma accedió. Ninguna de las dos habían tenido esa etapa de la adolescencia en la que una madre se sentaba y te enseñaba a maquillarte cuando te veía salir de casa como si fueras a una fiesta de disfraces y el tuyo fuera de los amigos de Mulán vestidos de geishas.

La mayor había aprendido observando a aquellas mujeres con las que se juntaba en la época de instituto, mientras que Azelma lo había hecho mirando a su hermana.

Intentando mostrar delicadeza, Éponine sujetó el rostro de su hermana, aunque antes de ponerse a con aquello se quedó pensando.

— ¿Te vas a echar sombra de ojo?

Abriendo los ojos, la chica de cabello castaño dirigió una mirada hacia la cajonera y con una de sus manos alcanzó una paleta de sombras bastante gastadas.

—El oscuro. —Señaló con el dedo el tono adecuado cuando su hermana la había cogido.

—Entonces va primero ésto. Sino, el lápiz no se verá y tendrás que ponértelo de nuevo.

— ¡Éponine! ¿Nos vamos ya? —Gavroche se asomó a la puerta para encontrarse con la escena. —Bah, estáis haciendo cosas de chicas.

El menor hizo ademán de irse, sin embargo un chistón de la rubia mientras se concentraba en el ojo de su hermana bastó para que se detuviera.

—Ven y siéntate. —Conocía ese tono, así que mejor no rechistarle. Arrastrando los pies fue hasta la cama de Éponine, la que menos ropa tenía tirada sobre la cama, pues la mayoría estaba metida en esa bolsa que se llevaría. —Que sepas que muchos chicos están empezando a usar maquillaje, y posíblemente te sorprenda saber quién es uno de ellos.

— ¿Quién? —Retó a su hermana a que soltara el nombre, pues de ser así se habría él dado cuenta. Vamos, no es como si el maquillaje fuera algo invisible.

—Jehan. Y debo reconocer que sabe usar los colores mejor que Azelma y yo juntas.

El rostro del rubio se quedó pensativo mientras miraba a sus dos hermanas.

—Pero es que Jehan es un artista.

A Éponine le hubiera gustado preguntarle si aquella respuesta se debía ante el hecho de que un chico se maquillase, aunque el género de Jehan fuera fluyente, o a que supiese combinar bien los colores, sin embargo cualquier conversación que tuvieran fue silenciada cuando escucharon como se abría la puerta.

— ¿Tienes las cosas recogidas, Gav? —Preguntó, terminando a prisas el maquillaje de Azelma a quién sólo le faltaban los labios.

Con un leve gesto de cabeza en señal afirmativa, Gavroche salió de la habitación para ir a por su propia mochila.

— ¿Dónde mierdas estáis todos? —La voz era de su padre, aunque por detrás se podía escuchar a su madre.

—Nosotros ya nos íbamos. —Cogió el abrigo y se lo puso en el salón tras dejar las cosas en el salón. Sus dos hermanos pequeños cruzaron aquella sala detrás de la chica.

— ¿Os vais a ir en Nochevieja? —Su madre ocupaba toda la salida al rellano de la casa.

—Como si os importara la noche que es. —No sería la primera vez que hubieran tenido que pasar aquella festividad sólos en casa, teniendo Éponine que apañárselas como podía para preparar algo para esa noche cuando apenas habría llegado a la primera década de vida. — ¿Nos dejáis salir? —La rubia era la única que había heredado la constitución bajita del progenitor, mientras que Azelma le sacaba media cabeza y a Gavroche le faltaban dos noches para alcanzar su altura.

—Que no os sorprenda si encontráis la puerta con la llave echada cuando lleguéis de madrugada. —La señora Thénadier hablaba mientras dejaba vía libre para que esas criaturas se pudieran ir tranquilas.

—Que no os sorprenda si no aparecemos en la madrugada. —La voz de Éponine sonó burlona mientras abría la puerta de salida para que sus hermanos salieran antes que ella.


La noche de los renegados.

Desde hacía un par de años Grantaire no celebraba Nochevieja. Y como Grantaire, todos los que cada año por aquella fiesta se congregaban en su piso, aquel piso que su padre le había comprado lejos del domicilio familiar para mantenerlo lejos de casa. Para que hiciera todo lo que quisiera, pero alejados de ellos.

Grantaire era todo lo contrario que se podía pedir al hijo de un alto cargo en la política del país, y por eso desde que vivía allí, hace ya seis años, nadie se molestaba en pedirle que pasara por casa para celebrar la entrada del nuevo año.

En un primer momento aquella noche simplemente era una buena excusa para emborracharse y dormir varios días seguidos, con la consiguiente pocas ganas que se le quedaban cuando al despertar descubría o bien que tenía los exámenes de evaluación, o bien que se los había perdido y le tocaría ir a la recuperaciones, sino directamente a repetir año.

Sin embargo aquella tradición no duró demasiado. Al año siguiente, sin saber cómo, Feuilly y Bahorel acabaron uniéndose a aquella noche del año y ya beber se compaginaba a hacer chistes sobre el veganismo de Feuilly porque, ¿a quién en su santo juicio se le ocurre cenar tofu la última noche del año?

Desde hacía tres, Éponine y su hermano se habían sumado a aquellas celebraciones, y Nochevieja se había convertido en la Noche en la que la gente sin familia quedaban con la verdadera familia. No hacían nada especial, simplemente quedaban en la casa del moreno, comían hasta reventar, bebían, la mayoría, hasta quedar tirado por los suelos y veían la televisión riéndose de aquellos ridículos programas que todos los años se emitía, para luego quedarse dormidos en cualquier parte de la casa. De ese modo, ninguno despertaba sólo el primer día del año.

Aunque aquella noche el año iba a tener que empezar con algo de retraso en esa casa. Cuando ya estaba todo preparado para darle la bienvenida al año, el champagne y la serpentina -celebrar aquellas fiestas con alguien de doce años hacia que a todos les entrase de repente un espíritu festivo casi inaudito-, el telefonillo sonó.

Estaban todos los que tenían que estar, por lo que extrañado, Grantaire se acercó a este para descolgarlo. Un breve "claro" extrañado salió de sus labios mientras el resto de los presentes se asomaba a la puerta de salida sin saber muy bien qué era lo que pasaba.

—Creo que es Enjolras. —Respondió antes de mirar por la mirilla. En efecto, era Enjolras. — ¿A qué se debe esta visita? —Preguntó cuando le había abierto la puerta.

— ¿Hay sitio para uno más?


El hijo renegado.

Por norma general, aquella la noche la cama de Grantaire le pertenecía a Gavroche y a Éponine, aunque esta última siempre reniegue de ella. Bahorel y Feuilly suelen dormir en la otra habitación que hay en la casa, que a veces el anfitrión usa para dejar los útiles de pintura o los cuadros que deben dejarse secar por un largo tiempo a causa del material empleado. Grantaire se quedaba con el sofá, dado que siempre era el último en irse a dormir.

Sin embargo aquella noche parecía que ni siquiera tenía la intención de hacerlo. Y es que Enjolras seguía sentado en aquella silla, con el vaso de champagne -a falta de copas- sin tocar en sus manos. Apenas había mantenido una conversación con alguno de los presentes, claramente sintiendo que estaba fuera de lugar.

— ¿Vas a contar ya porqué ha venido? Creo que de entre todos los sitios que hay en París, este es el menos interesante para pasar esta noche.

Enjolras chasqueó la lengua, y por fin soltó aquel vaso, solo para estirarse en la silla, casi agotado. Era tarde y el amanecer estaba a punto de llegar.

—Lo de siempre. Broncas en casa que no se detienen ni por Año Nuevo. —Si uno se paraba a contar todos los problemas, en general, que Enjolras tiene se podía llegar a la idea de que tiene motivos de sobra para ser un indignado.

— ¿Te han echado?

—Que va. Los señores de la casa no pueden permitir echar a su hijo en plena fiesta de navidad, frente a sus invitados. —Era extraño escuchar al rubio hablar con ese tono de burla, sin embargo cuando lo hacía era algo digno de ver. —Me fui yo tras escucharles elogiar la labor de la policía en la última manifestación.

— ¡Qué ofensa!

No lo planeaba, pero aquel tono sacó una risa a Enjolras. Sin duda debía ser muy tarde y Enjolras tendría que estar muy agotado para que tal proeza se hubiese llevado a cabo.

— ¿Cómo lo haces para que no te moleste la actitud de tus padres?

—No lo hago. ¿O te tengo que recordar que vivo aquí, apartado de mi familia por ser, en palabras de mi padre, "ser un artista, rojo y encima maricón"? Me mantienen aquí a cambio de no aparecerme por casa. Un chollazo, eh.

Sin ninguna duda, a veces Enjolras podía tener más en común con Grantaire de lo que le gustaría reconocer.