9
Nocturnos

Venir y quedarte conmigo te reveló,
Pero levantarnos me hace preguntarme
si tú eres aún tú.
Es débil el amor si enfrenta al miedo,
ya no es espíritu puro, valiente,
si en él se mezclan miedo, vergüenza y honor.
Tal vez como antorcha que debe estar lista
para apagar y encender si hace falta,
así me tratas tú, pues viniste a encenderme,
te vas para volver.
Entonces yo soñaré esa misma esperanza
una vez más, o si no moriré.

El sueño (The Dream), John Donne.

Transcurrió un par de semanas desde la pelea en las Tres Escobas. La situación era un tanto extraña: Remus continuaba con sus tareas en la Oficina de Aurores, como si nada hubiese ocurrido. Los chicos creían que sólo era un comportamiento caprichoso. Desde aquella tarde no habían visto a Dian. Sin embargo, sabían que iba al ministerio todos los días al Departamento de Misterios. Sólo Lily Evans había ido a visitarla en una ocasión. Ésta había tratado de saber algo respecto a Remus, aunque no estaba segura si ellos habían terminado su relación. Dian no respondió nada que tuviera que ver con el tema, en todo momento desvió la charla o simplemente no contestaba a las preguntas de Lily.

Fue entonces que Sirius Black pensó que era buena idea intervenir. Estaba seguro de que él tenía el poder de convencimiento. Una mañana fue hacia el ascensor. Tuvo que descender varios pisos, pero por las ventanas del compartimiento todavía se veía el sol. Cuando pasaron algunos minutos, al fin llegó a las plantas subterráneas, donde se encontraba el Departamento de Misterios. Pidió hablar con Dian Roosevelt, en la recepción. De inmediato lo hicieron pasar a una oficina próxima. Sirius pudo observar que había una placa en la entrada y recitaba el nombre completo de la chica. Eso significaba que su cargo era importante. Sirius llamó a la puerta y entró sigiloso. Dian estaba de pie junto a su escritorio, apilando muchos expedientes sellados. Cuando vio al chico sonrió ligeramente.

–El famoso auror Sirius Black –exclamó Dian, con sorna–. ¿Qué te trae por aquí?

–Bonita oficina.

–Pasa.

La chica se sentó en la silla donde se aburría todo el día. Sirius tomó modestamente la silla contraria, admirado por la cantidad de expedientes que Dian tenía en sus manos, literalmente.

–¿Mucho trabajo?

–Y muy aburrido –señaló Dian–. ¿Buscabas algo?

–En realidad sólo quería saludarte.

Dian lo miró dubitativa.

–En el callejón Diagon –comenzó Sirius e inmediatamente Dian puso los ojos en blanco, de forma desaprobatoria–, me quedé con la gran y terrible impresión de que Remus y tú no estaban llevando bien las cosas. Como amigo de ambos quisiera saber qué pasa.

–Sirius –dijo Dian, intentando ser paciente–, no sé por qué quieren solucionar mis problemas. Me estoy cansando de tener que aguantar las reprimendas de todos.

–Tranquila –dijo Sirius, nervioso–. Creo que no te haré cambiar de opinión.

– No te ofendas, pero si algo se tiene que solucionar será entre él y yo.

–Está bien, está bien –afirmó Sirius–. Pero recuerda que él te quiere.

Dian guardó silencio, ni siquiera miró a Sirius. Tomó los expedientes que tenía y comenzó a revolverlos. Sirius comprendió que había logrado algo. Se levantó y se dirigió a la puerta.

–Por cierto, Roosevelt, ¿qué sucedió con tu prima?

–¿Mmm?, ¿por qué la pregunta?

–Curiosidad.

–No tengo idea dónde pueda estar –respondió Dian, sin importancia–. Seguro en algún lugar de este mundo.

–Vaya –resopló Sirius.


–Imagino que no conseguiste nada –dijo Lily en cuanto vio a Sirius entrar por el pasillo de la oficina de los aurores.

–Conseguí lo mismo que tú –respondió Sirius.

–Dejen que ellos solucionen sus problemas. No intervengamos más –dijo James distraído, mientras leía algunas anotaciones que había hecho Moody.

–Creo que sí –dijo Lily, resignada–. Además tenemos mucho trabajo por comenzar.

–Por si fuera poco, el tonto de Colagusano no se aparece por aquí –dijo Sirius, malhumorado.

–Comienza a preocuparme –dijo James, pensativo.

Moody entró en la oficina con la misma expresión malhumorada de siempre. Miró a los muchachos trabajando y pareció regocijarse con el hecho. Se dirigió a su oficina y activó sus chivatoscopios.

–Mañana serán las audiciones para el equipo de quidditch –dijo James, entusiasmado–. No creo poder asistir, pero me han dicho que habrá algunas más en unos días.

–Estoy segura de que te escogerán –sonrió Lily.

–Eras un buen cazador –dijo Sirius–. ¿Piensas jugar en la misma posición?

–Es posible –contestó James.

–¡Dejen de cuchichear y trabajen! –gritó Moody desde su oficina.


La proximidad de la Luna llena solía poner a Remus Lupin de muy malhumor. Por si fuera poco, aquella pelea con Dian lo afectaba más de lo que esperaba. Intentó, de todas las formas posibles, distraer sus pensamientos, pero no era suficiente. Caminaba por el Callejón Diagon hacia una residencia de departamentos donde había estado viviendo las últimas semanas. Por supuesto que Dian no sabía nada al respecto, él había intentado contárselo en cartas, pero ante la insistencia de ella de no responder una sola, había decidido no hacerlo.

Estaba realmente furioso. Algunas veces, durante el colegio, había tenido peleas con Dian, pero entonces no llegaban a más, se reconciliaban enseguida, cuando alguno de los dos reconocía que sólo eran niñadas. Sin embargo, por primera vez, Remus se sentía herido realmente. Ella nunca había sido tan indiferente, tan distante.

De pronto, el corazón le dio un vuelco: Dian cruzaba la calle desde la esquina de Gringotts, hacia el callejón Knockturn. Sus miradas se encontraron y fue imposible ignorarlo. Dian, de pie, casi no se movía. Remus quería decir algo, pero estaba seguro que ella lo eludiría de cualquier manera, por lo que decidió dar media vuelta e irse, sin más. Sin embargo, Dian lo detuvo.

–No te vayas, Lupin. Después de todo tenemos que hablar –dijo Dian, levantando la voz.

–¿Después de todo? –inquirió Remus–. ¿Qué quiere decir eso?

–No, no lo malinterpretes –pidió la chica, acercándose.

Dian se quedó pensativa unos segundos. Remus luchó contra sus impulsos para no abrazarla, recordó que estaba enfadado.

–Escucha –dijo Dian, quien parecía cansada–: mi intención no era pelear contigo. Sé que no hemos pasado suficiente tiempo juntos, pero no es porque yo no desee verte. Tengo tantos problemas que solucionar. Además, habíamos hablado de todo esto. Sabíamos que cuando saliéramos de Hogwarts nuestras vidas serían diferentes.

–Entiendo –respondió Remus, con un resoplido–. Pero has estado muy extraña los últimos días.

–No sé a qué te refieres.

–No creo ser el único que piensa que eres otra persona –dijo Remus.

–Remus –dijo Dian, acercándose más a él–, ¿acaso es por el grupo de Dumbledore? ¿Sólo porque no puedo compartir las mismas opiniones que los demás respecto al rumor del mago tenebroso?

Remus olvidó todo, el rostro de Dian estaba tan próximo que lo único que pudo hacer fue sentirla muy cerca y besarla, como había estado esperando hacerlo desde que la vio.


–Recuérdenme lanzarle un maleficio a ese anciano –dijo Sirius, muy molesto.

Alrededor de la medianoche, Moody había convocado a una reunión extraordinaria de los aurores. Para entonces, el grupo recién conformado contaba con pocos elementos, pero esa noche sólo se habían presentado James, Lily y Sirius. Incluso, el mismo Moody no aparecía por ningún lado.

–Tal vez surgió algo –dijo Lily, cansada.

–Vaya, olvidó enviarnos el memorándum –dijo Sirius, con el ceño fruncido–. Aunque quizá a los otros no…

–¿Dónde podrán estar todos? –preguntó James, con un largo bostezo–. ¿Sabes algo de Peter, Sirius?

–Tanto como tú –respondió Sirius, fastidiado–. Ni siquiera Lunático ha venido. ¿De qué nos hemos perdido?

–Debió irse a casa temprano –contestó James.

–Vaya, sólo eso falta –dijo Sirius.

–Dejen al pobre Remus en paz –les dijo Lily–. Ya tiene suficiente con su pelea con Dian.


Dian sonrió: los ojos de Lupin contemplaban su desnudez, por alguna razón parecía la primera vez que la veían de esa forma, aunque lo cierto es que no era así. Los dedos dóciles de él se deslizaron por el cuerpo de ella, recorrieron su cuello, sus senos erguidos y su vientre plano.

Ambos se habían desnudado con prisa en cuanto habían atravesado el umbral de la habitación que Remus ocupaba. Dian se despojó de la capa mientras sofocaba su aliento entre besos apresurados y urgentes. Había echado de menos a Remus, aunque había hecho un esfuerzo por evitar sus pensamientos, fue inútil. Cada espacio de su cuerpo lo necesitaba con apremio. Sentía la sangre hervirle en cuanto los dúctiles labios fríos de Remus besaron sus pechos. Su sexo se estremeció en cuanto el de él se introdujo febril, cálido e intenso. Remus tenía una forma delicada de poseerla y parecía que comenzaba a hacerse un experto en ello.

Sus latidos llenaban la habitación. Ninguno de los dos era capaz de renunciar al otro en ese instante; sus cuerpos unidos se mecían en la superficie blanda de la cama, como si fuesen uno solo.

Dian exigía más de Remus; con sus piernas abiertas estrechaba el cuerpo húmedo de Remus y lo obligaba a introducirse en el fondo. Él, trémulo, podía sentir su interior y no deseaba otra cosa más que permanecer ahí, para siempre, hasta el final de los tiempos.

Una descarga rutilante en las entrañas de ella, lo vació, igual que un cuenco desbordado.


Sirius se había quedado dormido, con la boca abierta, sobre un montón pergaminos. James roncaba inclinado sobre su escritorio y Lily se había quedado profundamente dormida con la cabeza apoyada en su hombro. La puerta de la oficina se abrió repentinamente, los chicos despertaron de golpe y vieron a Albus Dumbledore. Moody había entrado en el cubículo con paso rápido. Detrás de ellos seguían Rubeus Hagrid y Minerva McGonagall.

–Alastor –dijo Dumbledore, con su grave voz–, ¿dónde están los demás?

Moody observó a los tres que tenían cara de sueño y susto, tomó su varita e hizo unos rápidos movimientos. De ella salieron chispas multicolores, sacando un extraño humo blanco. Era una especie de localizador, se utilizaba en ocasiones muy alarmantes y por la cara de Hagrid así lo parecía.

Amanecía y la habitación estaba iluminada por una débil luz azul. Remus abrió los ojos violentamente en cuanto escuchó las chispas de la varita centelleantes. Dian dormía, como no lo había hecho en meses, hecha un ovillo a su lado, lo abrazaba aunque no sintió cuando él se incorporó.

–Debo irme –dijo Remus, vistiéndose rápidamente, casi en un murmuro.

–¿Qué sucede? –preguntó Dian, un poco adormilada, envuelta en sábanas.

–No hay tiempo.

Remus la besó dulcemente antes de partir.

Albus Dumbledore caminaba de un lado a otro de la habitación. Había pasado media hora desde que Moody había lanzado la alarma, y sólo Frank y Alice llegaron puntualmente. Ni Remus, ni Peter aparecían. Sirius bostezaba, quería seguir durmiendo. La profesora McGonagall estaba tomando apuntes demasiado rápido.

–¿Qué es lo que sucede, Hagrid? –preguntó Lily, preocupada.

–Todo estará bien –contestó Hagrid, con una voz nerviosa que nunca le había escuchado–. Pero ha pasado esta noche algo que... Oh, Dios, es horrible.

–Han muerto diez muggles por maldición imperdonable –irrumpió Moody, de mala gana.

Hubo un silencio sepulcral. James carraspeó un poco para aclararse la voz.

–¿Y hay responsables?

Alastor Moody extendió un pergamino arrugado y lo mostró igual que si se tratara de un mal bicho, en él estaba escrito: "Cortesía de los Caballeros de Walpurgis".

–Seguidores del Mago Tenebroso –dijo Dumbledore, con la voz demasiado cansada como para fingir calma.