¡YAHOI! ¡De vuelta con el último capítulo! ¡Ya solo queda el epílogo! ¡Yay!

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.

Capítulo 9

—¡Feliz cumpleaños, Sango-chan!—La aludida se sonrojó para luego esbozar una amplia sonrisa. Todos sus amigos, amén de su familia, se encontraban reunidos en el jardín de su casa, decorado especialmente para la ocasión.

—Gracias, chicos. —De reojo miró para Miroku, quien le sonreía ampliamente, con los ojos azules brillantes.

—¡Aneue! ¿Podemos comer ya la tarta?—Sango bufó al oír la petición de su hermano pequeño.

—Todavía no, Kohaku. Espérate un poco. —El niño hizo una mueca disconforme pero se alejó de allí.

—¿Lo estás pasando bien?—Sango vio a Rin y Kagome pararse frente a ella.

—Claro que sí, chicas.

—¿Seguro? Pareces como… no sé… ida—dijo Rin. Sango suspiró. Volvió a mirar por el rabillo del ojo para Miroku, quien reía en compañía de sus amigos y de Jakotsu, a quien Sango había invitado a la fiesta de su cumpleaños. Se apartó de allí, arrastrando a sus dos mejores amigas con ella hasta estar fuera de la vista de miradas indiscretas.

—¿Sango-chan?

—Miroku me ha pedido que salga con él. —Kagome y Rin se miraron, con las cejas alzadas. Eso no era nada nuevo.

—No es la primera vez que…

—En esta ocasión me lo ha pedido en serio. —Kagome abrió los ojos como platos mientras Rin se llevaba una mano al pecho, quedándose sin respiración.

—¡No!

—¡¿De verdad?!—Sango asintió, levemente sonrojada.

—¡Bueno, cuenta! ¡¿Cómo fue?! ¡¿Os habéis besado ya?!

—¡Claro que no!—exclamó la castaña, enrojeciendo de nuevo—. Ni siquiera le he dado aún una respuesta. —Las dos azabaches ahogaron un grito de sorpresa, tapándose sus bocas con sus respectivas manos.

—¡Estás de coña ¿no?!—Sango miró con sorpresa para Kagome por su nuevo vocabulario. Estar emparejada con InuYasha la había afectado más de la cuenta.

—¡Pero si tú lo amas!

—¡Rin!—increpó Sango, tapándole la boca. Miró con nerviosismo para el grupo de chicos, comprobando aliviada que ninguno había oído la declaración de Rin.

—Oh, vamos, Sango-chan. Es tu oportunidad—dijo Kagome, tomándole la mano para infundirle ánimos. Sango bajó la cabeza.

—¿Y si solo está jugando conmigo? Sabes lo mujeriego que es, seguro que InuYasha te ha contado de sus numerosas conquistas. —Kagome hizo una mueca. Sí, su novio le había hablado sobre esa faceta del carácter de su mejor amigo, pero solo había que ver la mirada de adoración que le dirigía a Sango cada vez que estaba con ella. Miroku la quería en serio, no era un juego como con las demás chicas.

—Pero él de verdad que siente algo muy fuerte por ti, Sango—dijo Rin, sonriéndole—, deberías darle una oportunidad. —Kagome asintió, apretando el agarre en torno a la mano de su amiga.

—¿Vosotras creéis?—Ambas asintieron. Sango respiró hondo y levantó la cabeza—. De acuerdo, lo haré, le daré una oportunidad. —Kagome y Rin sonrieron al oírla.

—¡Así se habla, Sango-chan!

—¡A por él!—La castaña se dirigió con paso seguro hacia donde se encontraban los chicos y tocó ligeramente el brazo de Miroku para llamar su atención.

—¿Podemos hablar un segundo?—Los ojos azules de Miroku brillaron y asintió.

—Ahora vuelvo, chicos.

—¡Por nosotros no te cortes! ¡Tarda todo lo que quieras, primor!—Kōga soltó una carcajada ante el comentario de Jakotsu mientras Miroku y Sango se ruborizaban. Kagome y Rin llegaron justo en ese momento.

—Al fin se deciden—susurró Kagome, sonriente. Kōga asintió. Rin y Jakotsu se disculparon, yendo en camino de atracar la comida—. Por cierto, enhorabuena por Ayame, Rin me lo ha contado. —Kōga se sonrojó furiosamente.

—N-no es mi novia ni nada, solo hemos salido un par de veces… Además, ella es aún muy pequeña. —Kagome rio.

—Se nota que te gusta. Por cierto ¿has visto a InuYasha? Hace rato que no… —Calló al sentir como unas manos cubrían sus ojos. Sonrió cálidamente, reconocería ese tacto en cualquier parte.

—¿Quién soy?—susurró una voz masculina en su oído. Kagome soltó una risita.

—Mmm… no sé… ¿onii-chan?—Un bufido le indicó que su novio se había molestado.

—¡Te he dicho un millón de veces que no me llames así!—gritó el pelinegro, soltándola y cruzándose de brazos.

—¿Por qué no? Se supone que tú y yo somos…

—¡No lo somos! ¡Deja de decirlo!—Kagome sonrió y se abrazó a él, obligándolo de paso a devolverle el gesto.

—Ya lo sé, bobo. No te enfades. —Hizo un puchero de lo más adorable y eso lo desarmó. InuYasha suspiró y la apretó contra él.

—¿De qué hablabais Kōga y tú?—inquirió, algo celoso por la cercanía reciente de su chica con ese lobo.

—Solo de su nueva relación con Ayame. No sé si la has visto alguna vez: está en la clase de Rin y destaca mucho por ser pelirroja de ojos verdes. Creo que es porque su madre es extranjera. —InuYasha rozó sus labios con los de ella unos segundos antes de negar con la cabeza. Sonrió internamente al percibir el leve suspiro que abandonó la boca femenina.

—No, no la conozco. Pero debe de ser muy especial para poder soportar al idiota de Kōga.

—Tú eres el idiota. —A InuYasha le brillaron los ojos con malicia.

—¿Ah si? ¿Y qué haces tú conmigo, entonces?

—Porque, dentro de todo eso, eres mi idiota. —InuYasha no pudo evitar esbozar una sonrisa que mostraba todos sus dientes. Se inclinó y, ahora sí, la besó con todas sus ganas. Kagome correspondió gustosa la muestra de afecto.

—Te quiero—le dijo ella, algo sonrojada, cuando se separaron.

—Y yo a ti, pequeña.

—¡Hey, los tortolitos! ¡Vamos, venid! ¡Es la hora de los regalos!—Kagome le tendió una mano que su novio no tardó en tomar, parándose en medio del círculo de gente en torno a Sango y Miroku, quienes ahora estaban más juntos de lo normal, de hecho, el chico tenía su brazo en torno a la cintura de Sango, sonriendo ampliamente.

—Míralos qué monos. —InuYasha rodó los ojos ante el comentario de su chica. Vio la alegría que impregnaba las facciones de Kagome al compartir el entusiasmo de Sango por sus regalos de cumpleaños. Las tres chicas allí presentes (Sango, Kagome y Rin) reían y chillaban cada vez que la cumpleañera abría un paquete.

—¡Por dios, jefe!—La cara de Sango era ahora un gran semáforo en rojo. Ella se tapó intentando así evitar que los demás vieran su rubor.

—¿Qué? ¿Es que no te gusta?—preguntó Jakotsu, en tono inocente. Sango balbuceó algo ininteligible.

—¡Pero si es precioso!—Kagome también enrojeció al ver como Rin sacaba de la caja el babydoll blanco que era el regalo de Jakotsu para su amiga. Todos se quedaron boquiabiertos, excepto Miroku, quien lucía una sonrisa pervertida, imaginándose ya lo bien que le quedaría la prenda a su novia. Sango tuvo que golpearlo para que volviera a comportarse.

Por su parte, cierto Taisho estaba con las mejillas encendidas, imaginando semejante prenda sobre el cuerpo de su propia novia. Kagome estaba roja, sonrojada al máximo, mientras Rin reía y le ponía la prenda delante, como si se la estuviera probando. Vio como Kagome cogía el pedazo de tela y lo volvía a guardar en la caja. Sango se apresuró a taparla y la apartó enseguida a un lado, aclarándose la garganta, mientras Jakotsu y Kōga reían con ganas.

Al fin la fiesta llegó a su fin. InuYasha y Kagome fueron los primeros en despedirse para marcharse a su casa. La chica se ajustó la chaqueta y el casco, montándose enseguida tras su novio, quien no tardó en arrancar. Llegaron pronto al templo y subieron las escaleras. Ninguno había dicho ni una palabra desde el incidente con el regalo picante de Sango. Desde lo ocurrido en el pasillo de su casa días antes de que ella se fuera al viaje a Hong Kong no habían vuelto a tocar el tema. Ese tema: sexo.

No es que ninguno de ellos no quisiera tener intimidad con el otro, nada de eso, qué va. Es que eran demasiado tímidos como para hablar sobre lo que había pasado ese día.

Entraron en casa, saludaron a sus respectivos padres y al pequeño Sōta. El abuelo andaba trasteando por el santuario del templo y Kikyō todavía no regresaba de su cursillo pre-universitario—. ¿Qué tal la fiesta de Sango, cariño?—Kagome sonrió a su madre.

—Muy bien, ma. ¿Quieres que te ayude con eso?—dijo refiriéndose a los pimientos que su madre estaba cortando. Naomi sonrió.

—No hace falta. Imagino que vosotros no vais a cenar.

—Después de lo que hemos comido, me da que no—confirmó InuYasha, recordando los tres trozos de tarta que se había zampado así como todos los aperitivos que los padres de Sango habían dispuesto en mesas a lo largo de todo el jardín.

—Bueno, pero podemos estar con vosotros mientras—dijo Kagome. Naomi negó.

—No hace falta, hija. Id a descansar. Es tarde y estaréis cansados de tanta fiesta.

—No tanto—murmuró Kagome. Besó a su madre en la mejilla y, acompañada de InuYasha, subió las escaleras hasta su cuarto.

—Oye—la llamó InuYasha antes de que ella se metiera en su habitación—, ¿quieres que hagamos algo antes de dormir?—Las mejillas de Kagome se calentaron al imaginarse un tipo de actividad en concreto. InuYasha no se percató de los sucios pensamientos de su novia por tener el rostro desviado con los ojos fijos en algún punto de la pared.

—Sí, claro ¿por qué no?—InuYasha volvió la cara para sonreírle.

—Me pondré el pijama e iré a tu cuarto. —Kagome asintió, todavía con las mejillas rojas. Se dieron un beso en los labios que a ambos les supo a poco sin saber muy bien por qué y desaparecieron cada uno en su respectiva habitación.

Cinco minutos después, Kagome estaba sentada sobre su cama con las piernas cruzadas, abrazando su peluche favorito, sumamente nerviosa. ¿Y si su novio quería… Sacudió la cabeza. Bueno, no es que ella fuera a negarse, pero aún eran muy jóvenes, tenían tiempo y…

Entonces se miró el su pijama, y su rostro ardió al preguntarse si le gustaría su aspecto a InuYasha. Se había puesto un pijama de verano debido al calor que hacía esos días (¿o era ella la que desprendía el calor?) el cual consistía en un pantalón largo de fondo blanco con rayas de colorines y un top de tiras ajustado color lila que dejaba al descubierto parte de su estómago plano. Abrazó el peluche más contra ella, nerviosa por el rumbo que estaban tomando sus pensamientos.

Unos golpes en la puerta la sobresaltaron. Sintiendo su corazón latir a mil por hora respiró hondo tratando de calmarse y de controlar sus nervios—. Adelante—dijo intentando que su voz sonara tranquila.

Apretó todavía con más fuerza el peluche al ver entrar a InuYasha descalzo y tan solo vestido con un pantalón de pijama largo color rojo, sin parte de arriba, mostrando así su bien formado cuerpo—. Hola, pequeña. —Kagome sintió crecer sus nervios al ver a su novio acercarse a ella e inclinarse para besarla. Correspondió el beso, ejerciendo tal fuerza sobre su peluche que a poco más consigue sacarle todo el relleno. InuYasha se separó de ella, con el ceño fruncido, sentándose sobre el colchón junto a ella. Kagome desvió la vista al ver la intensidad de su mirada dorada. InuYasha le tomó el mentón con fuerza, obligándola a mirarlo.

—¿Qué ocurre, Kagome?

—Nada—contestó ella, esquivando sus ojos color oro. InuYasha acentuó su ceño fruncido y la tomó de las mejillas, pegando su frente contra la suya.

—No me mientas, pequeña. ¿Qué te pasa?

—¡Que no me pasa nada!—chilló ella. Al segundo se tapó la boca, avergonzada por haber perdido de esa forma la compostura—. Lo siento, no pretendía gritarte. —InuYasha tensó la mandíbula. Algo le pasaba a Kagome, estaba muy rara desde que habían salido de la fiesta de cumpleaños de Sango.

La abrazó contra él, hundiendo la nariz en sus sedosos rizos azabaches para aspirar la fragancia que estos desprendían—. ¿Me dirás qué es lo que te pasa?—Kagome cerró los ojos, relajándose en su cálido pecho. Podía sentir los acelerados latidos de su corazón contra su mejilla, calmándola en el acto.

—Yo… me pones nerviosa—confesó al fin, con su cara ardiendo a causa de la vergüenza por haber admitido algo así ante él. InuYasha la separó un tanto de su persona, observándola con las cejas arqueadas.

—¿Te pongo nerviosa?—inquirió, con algo de diversión. Kagome se sonrojó aún más.

—Bu-bueno… no todo el tiempo… quiero decir… que solo cu-cuando estamos juntos… o sea… yo… —InuYasha sonrió con ternura al verla balbucear de forma tan adorable. Le acarició despacio el rostro, disfrutando del contacto con su terso cutis. Se inclinó de nuevo, volviendo a besar aquellos labios rosados a los que era adicto. Kagome soltó al fin el peluche, enredando los brazos tras su cuello y atrayéndolo hacia ella para profundizar el beso. Jadeó cuando él la rodeó con sus brazos introduciendo al tiempo la lengua en su boca, explorándola y saboreándola con deleite. InuYasha ahogó un gemido al notar los firmes pechos femeninos rozarse contra su torso. Rompió el beso y dejó caer su mejilla contra la coronilla azabache, respirando agitadamente. Sintió escalofríos en cuanto los dedos de Kagome se posaron sobre su piel, trazando círculos sobre la misma, encendiéndolo poco a poco.

—Kagome… —La miró a los ojos, descubriendo que su chica estaba tan o más nervioso que él mismo por el cariz tan íntimo que estaba tomando la situación. Kagome se mordió el labio inferior; ella lo quería, quería llegar a ese nivel de intimidad con su novio. No en vano lo amaba pero… ¿querría él hacerlo con ella?

—InuYasha yo… quiero… sentirte… —murmuró, ocultando su mirar bajo sus largas pestañas. El aludido parpadeó varias veces, sin creerse lo que su dulce y tímida novia acababa de insinuarle. Cogió aire para luego soltarlo lentamente.

—Pequeña yo… yo también quiero sentirte. —Se miraron otra vez a los ojos. Tras unos segundos de vacilación se fueron acercando poco a poco hasta que sus bocas se rozaron. Las manos del chico acariciaron la porción de piel descubierta entre el top y el pantalón que Kagome llevaba puesto. Aquello fue la señal que ella necesitó para poner las palmas sobre el pecho del muchacho, deslizando luego sus manos hacia la espalda, disfrutando al máximo del tacto.

El beso se volvió demandante y hambriento por parte de InuYasha. Levantó con cuidado el top morado, hasta dejarlo enrollado justo a la altura de la parte baja del busto femenino. Acarició con total libertad su abdomen liso así como el trozo de espalda que tenía al descubierto. Abandonó los deliciosos femeninos para deslizar los suyos propios por toda la mejilla hasta atrapar entre sus dientes el lóbulo de la oreja izquierda, mordiéndolo suavemente, arrancándole un gemido a Kagome. Ese grato sonido lo hizo gruñir, hundiendo la nariz en la curva de su cuello, donde depositó un húmedo beso.

Mientras tanto Kagome pasaba sus manos por todo el pecho y la espalda de su chico, reconociendo su cuerpo. Se acercó a su torso y besó uno de sus pectorales, a la vez que InuYasha le levantaba un poco más el top. Rozó con la yema de sus dedos la curvatura de uno de sus senos, provocando un suspiro en la muchacha. Se separaron para volver a mirarse a los ojos, ambos con el rubor tiñendo sus rostros, intentando averiguar si eso lo que querían de verdad. InuYasha posó una de sus manos sobre la cara de su novia—. Kagome… te amo. —La colegiala sintió ganas de llorar, pero lejos de hacerlo esbozó su más grande sonrisa. Se abrazó a su novio, impulsándose para ser ella esta vez quién lo besara.

—Yo también te amo. —El alivio que sintió fue inmenso. La estrechó con fuerza entre sus brazos, buscando por enésima vez en el día sus labios para besarlos. La pasión fue desbordante en esta ocasión. Ambas bocas se devoraban la una a la otra. InuYasha la tumbó sobre la cama echándose sobre ella. Con su rodilla le separó las piernas para poder acomodarse mejor, comprobando así que sus cuerpos encajaban a la perfección, como si fueran las dos piezas inseparables de un puzle sin imperfecciones.

Kagome se asustó un poco con ese movimiento, pero se relajó al instante, abrazándolo con fuerza y rozándose contra él inconscientemente. InuYasha jadeó en su oído al sentirla apretarse de esa forma hacia su cuerpo. Respondió empezando a lamerle el cuello, bajando hacia el hombro, deteniéndose a mordisquear de forma juguetona su clavícula. Kagome ladeó la cabeza y, con labios temblorosos, atrapó su oreja, tal y como él había hecho minutos antes. InuYasha se incorporó y, sin dejar de observarla directamente a sus orbes chocolates, terminó de sacarle por completo el top, permitiéndole admirar sus pechos. Kagome agarró la colcha que tenía debajo, en un intento por retener el impulso de cubrirse. No sabría descifrar la expresión de su novio: ¿le gustaría lo que estaba viendo? ¿Pensaría que eran pequeños? ¿O demasiado grandes?

Se mordió el labio inferior. Ella no se dio cuenta, pero ese gesto provocó que el miembro de InuYasha diera un tirón. Kagome era jodidamente provocativa dentro de su inocencia. Sus manos buscaron ansiosamente el tacto suave y cálido de su piel mientras sus labios se ocupaban de acariciar su garganta, bajando hasta el valle entre sus senos. Paseó los dedos por esos montículos blanditos, arrancándole un sonoro gemido cuando un pulgar rozó un pezón, ya erizado ante las sensaciones tan placenteras que su cuerpo estaba descubriendo. InuYasha dejó descansar la palma contra dicha protuberancia, apretando el pecho y haciendo que Kagome se arquease hacia él—. InuYasha…

—Baja la voz, Kagome. No querrás que nos descubran. —Sonrió al ver como las pálidas mejillas de su novia enrojecían. Cierto. Sus respectivos padres, su hermano pequeño y su abuelo se encontraban abajo, cenando.

Su mente se quedó en blanco al percibir de nuevo como él le apretaba el otro pezón con la mano que tenía libre. Se mordió el labio inferior evitando así que otro gemido de placer abandonara su garganta. InuYasha bajó el rostro para hundirlo entre ambos senos, besando su piel y bajando hasta su ombligo, lamiendo todo a su paso. La pasión que su novio mostraba fue abrasadora para la azabache, quien subió sus manos hasta enredar sus dedos entre las hebras azabaches de InuYasha. Se sentía excitada, húmeda y muy caliente. Cerró los ojos y, sin poder contenerse, subió las caderas hasta pegarse casi por completo a la prominente erección del muchacho, comenzando a contonearse bajo él. InuYasha se tensó, dejando escapar un gruñido, sintiendo como su miembro palpitaba con cada roce enloquecedor de la chica bajo él.

No se quedó atrás: dejó que una de sus manos siguiera estimulando uno de sus pechos mientras que su boca se dirigía al otro. Kagome gimió y apretó la cabeza de InuYasha contra ella, demostrándole lo mucho que le gustaba lo que él le estaba haciendo con su lengua. La colegiala quería hacerlo sentir las mismas sensaciones a él, así que, ni corta ni perezosa, dirigió una temblorosa mano al pantalón del pijama masculino y coló dentro una mano hasta atrapar su excitación. Lo sintió tensarse, pero no dejó ni un momento de acariciarla. No sabiendo muy bien cómo proceder, apretó aquel hinchado bulto. InuYasha clavó las uñas en la colcha y elevó la vista, mirándola detenidamente—. Deja que te enseñe—dijo con una voz ronca producto del deseo nunca oída antes por Kagome. Se le cortó la respiración al ver como se bajaba un poco el pantalón y envolvía una de sus manos en la suya, empezando a moverlas. Lo vio apretar los ojos con fuerza. Se incorporó y besó su abdomen. Apartó con cuidado la mano que tenía sobre la suya para seguir ella sola acariciándolo. InuYasha jadeaba. La sensación de Kagome envolviendo su miembro entre su cálida y pequeña mano era mucho mejor de lo que había imaginado.

Con un gruñido, agarró su melena llena de rizos y le echó la cabeza hacia atrás, devorando su boca con hambre y pasión. Kagome lo soltó para aferrarse a sus antebrazos. InuYasha bajó las manos por toda la desnudez de su espalda, disfrutando al máximo de la calidez que Kagome le brindaba. Llegó hasta el pantalón de su pijama y le suplicó con la mirada que lo dejara quitárselo. Kagome tragó saliva y asintió. Muy poco a poco este fue retirado, dejando al fin sus largas y esbeltas piernas al descubierto. InuYasha pasó sus manos por las mismas, desde el tobillo hasta afirmarse a sus glúteos. Le había complacido que la chica no usase ropa interior para dormir. Una cosa más que tenían en común—. Eres preciosa. Me encantas. —Con esas palabras Kagome sintió como un ejército de mariposas se instalaba en su estómago para revolotear a sus anchas. Acarició con una sonrisa las facciones masculinas.

—Tú también me encantas. —InuYasha sonrió y la besó con todo el amor que sentía hacia esa atolondrada azabache. Se deshizo de su pantalón en el proceso, quedando ambos en igualdad de condiciones. Ahora fue él el que se tumbó de espaldas a la cama, acomodándola a horcajadas sobre él. Al sentir la fricción entre sus sexos no pudieron evitar gemir.

—¿Estás preparada?—Kagome sintió como los nervios volvían apoderarse de ella. Bajó la vista, sumamente avergonzada por lo que iba a decir a continuación.

—InuYasha yo… yo nunca… —Él alzó una ceja y Kagome apretó los puños sobre el estómago de él, tomando valor para soltarlo—. Soy virgen—dijo al fin. InuYasha sonrió.

—Lo sé. Yo también soy virgen, Kagome. —Ella lo miró y pestañeó, sorprendida—. ¿Es eso un problema?

—¡No! Es solo que… bueno… vosotros los chicos en este asunto soléis ser más… ¿precoces?—InuYasha rio.

—No soy como Miroku, que se mete dentro de cualquier falda bajo la que asomen un buen par de piernas. —Kagome se sonrojó por el comentario—. Deja de hablar. Ahora solo quiero hacer el amor contigo. —Se incorporó para besarla y ella correspondió de buen grado. Volvieron a acomodarse sobre el colchón e InuYasha la instó a bajar un poco, hasta sentir como la punta de su miembro se introducía un tanto en la cavidad femenina—. Hazlo a tu ritmo, pequeña. —Kagome tragó saliva y, con los ojos cerrados, fue bajando lentamente. Hizo una mueca al notar la molestia de sus paredes interiores expandirse al paso de InuYasha. Tomó aire y, finalmente, se dejó caer sobre él. InuYasha creyó que desfallecería de placer, pero consiguió mantener el suficiente autocontrol como para no moverse y permitir así que el cuerpo femenino se acostumbrase al invasor. Todo el mundo sabía que la primera vez de una mujer dolía.

Esperó hasta que notó como ella se relajaba y entonces se apoderó de sus caderas, empezando a moverla sobre él, marcándole el ritmo. Kagome no tardó en cogerle el truco, arqueándose hacia atrás, meciéndose suavemente sobre él, gimiendo sin parar—. InuYasha… ah-ah… mmm…

—Ka-Kagome… —En un momento dado, la obligó a tumbarse, saliendo de su interior para segundos después posarse sobre ella y enterrarse profundamente en su pequeño cuerpo. Gruñó, empujando hasta el fondo sin piedad, entando y saliendo de Kagome a un ritmo frenético. La azabache le clavó las uñas en la espalda, arañándola y mordiéndose los labios en un intento por acallar los gritos de placer que pugnaban por salir de su boca. InuYasha gimió en su oído. Estaba a punto de llegar, lo sentía. Kagome también sentía sus músculos tensarse con cada embestida, el calor acumularse en su vientre. InuYasha aumentó el ritmo de sus movimientos, no importándole ya que el resto de la familia los descubriera.

Y, entonces, todo explotó. Kagome se retorció bajo él, los espasmos de su primer orgasmo asolando cada rincón de su cuerpo; InuYasha cerró los ojos, dejándose ir dentro de su novia, recreándose en el clímax que habían alcanzado, juntos.

Se dejó caer a un costado de la muchacha, intentando normalizar su entrecortada respiración—. InuYasha… —Oyó que lo llamaba. Se giró y besó su hombro con cariño, llevando su mano a la fina cintura para estrecharla contra su pecho desnudo, dejando descansar su rostro en la curva de su cuello. Por su parte Kagome puso una mano sobre la que descansaba en su cintura y la otra sobre la melena negra de su chico, peinándola.

—Creo… que hemos sido un poco irresponsables, pequeña. —Kagome se ruborizó al darse cuenta de a lo que InuYasha se refería: en su ansia por pertenecerse el uno al otro en cuerpo y alma ambos se habían olvidado totalmente de aquello de lo que tanto se hablaba cuando se tenían relaciones sexuales: protección—. Aunque no puedo decir que me haya molestado—susurró sensualmente. Kagome lo golpeó en la espalda.

—Tonto. —Él rio y la besó—. Mañana… mañana pediré cita con mi ginecólogo, seguramente mi madre quiera venir conmigo. —InuYasha elevó las cejas.

—¿Le vas a contar a tu madre que tú y yo…

—¡Por supuesto que no, pervertido!

—¿Sabes? Pienso que ya es hora de que lo sepan. —Kagome tragó saliva pero asintió. InuYasha la abrazó con fuerza contra él—. Te amo, pequeña.

—Y yo a ti. —No sabían lo que su familia diría o pensara sobre su relación, pero poco les importaba.

Tan solo querían estar juntos. Para siempre.

Fin capítulo 9

Bueno, decidme ¿qué os ha parecido? Aquí tenéis el tan ansiado lemmon. Espero que os haya gustado y muchísimas gracias por todos vuestros reviews. Sigo sin tener el tiempo suficiente para contestarlos vía pm, pero de verdad, de verdad que los leo todos y cada uno de ellos y acabo con una sonrisa idiota por todas vuestras maravillosas palabras.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.