NAUFRAGOS DEL TIEMPO

9º PARTE

1

Después de un largo y difícil descenso, Mark había conseguido poner pie con Candy a cuestas en las peligrosas y torturadas tierras de Vietnam. No sabía hasta que punto podría continuar forzando los límites de la peligrosa y caprichosa sustancia naranja que bullía en sus venas, sin provocar una explosión nuclear o que de resultas de tan abusivo empleo, su sangre contaminada envenenara su organismo. Pero no tenía otra alternativa y arriesgándose a un mortal juego de ruleta rusa en el que él era el arma y el capcioso iridium, la bala, utilizó una vez más su poder de apantallamiento. Mientras Mark descendía lentamente envuelto en la suave y lechosa claridad iridiscente del iridium, Candy férreamente abrazada a él musitaba una oración por ambos, pero sobre todo por Mark:

"Padre Celestial, -suplicaba con las manos entrelazadas y la cabeza ligeramente echada hacia delante, con los ojos de esmeralda cerrados- protege a Mark. Ya sé que ha tenido que hacer cosas horribles, puede que por ello, ya su alma no tenga salvación, y por eso yo estoy dispuesta a sobrellevar su carga, pero protégele, Padre, protégele y sobre todo…perdónale. Es tan bueno, tan dulce e inocente en el fondo…"

Mark pese a estar concentrado en la peligrosa y arriesgada labor para controlar el iridium, intuyó que su esposa estaba rezando. En actitud orante, Candy semejaba un ángel, que el arte gótico tan fina y magistralmente sabía representar, un ángel idealizado que le amaba tanto que hasta rezaba por alguien como él. Por un ser torturado y monstruoso que había arrastrado a aquella etérea criatura al peor de los infiernos, haciéndola pasar por las peores y más duras pruebas.

Cuando finalmente las plantas de los pies del joven moreno hoyaron el suelo, lo primero que hizo fue depositar a Candy con sumo cuidado en tierra. La muchacha sonrió ante las atenciones y desvelos de su esposo musitando lentamente, y tratando de alegrar al decaído Mark, cuyo ánimo estaba por los suelos:

-Mi vida, no soy de porcelana, no me voy a romper, puedes dejarme en tierra sin temor a que me haga pedazos –declaró Candy con fingida afectación.

Entonces Mark desactivó la protección que les tornaba invisibles, una vez que se aseguró que no había ningún peligro a la vista, por lo menos en apariencia. Y como era de esperar, su sangre empezó rápidamente el proceso de descontaminación que suponía sería largo y difícil, porque Mark había utilizado el iridium más allá de lo razonable. Los chorros de sangre negra emergieron de su espalda haciendo que se convulsionara de dolor. Candy intentó ayudarle, pero el joven se lo impidió, y declaró con un hilo de voz:

-Candy…no te acerques…yo…yo.

Pero la joven no estaba dispuesta a dejarle solo y le aferró entre sus brazos sujetándole con todas sus fuerzas, para evitar que se lastimara. Mark gritó y se puso a llorar harto de tener que brindar a la hermosa muchacha semejante y patética escena.

-Soy…un monstruo Candy –dijo Mark cayendo nuevamente en la desesperación- mereces algo mejor que yo. Yo…

Antes de que pudiera seguir hablando, los labios de Candy sellaron los suyos con un largo y duradero beso. Las lágrimas de la joven rubia se entremezclaron con las de Mark que nunca agradecería lo bastante el contar con aquel ángel dorado a su lado, pese a sus continuas recaídas en las negras simas de la más amarga pena.

Candy se separó de él y le observó con ojos anegados de lágrimas. Puso el dedo índice de su mano derecha en los labios de Mark y dijo:

-No Mark. Eres mi esposo, mi príncipe. Un monstruo no tendría nunca un corazón como el tuyo, amor mío. Tu bondad es tan grande que tus propias pupilas te delatan. ¿ Quieres saber por qué me enamoré realmente de ti ?

Mark asintió sorprendido, interrumpiendo su llanto momentáneamente, mientras los regueros negros empezaban a adquirir una vivida tonalidad roja. El efecto de la descontaminación de su organismo estaba tocando a su fin, antes de lo que en un principio había previsto. Entonces el joven se dio cuenta extrañado, de una cuestión que nunca antes se había planteado en serio o a fondo, la razón por la que la muchacha se había prendado de él.

Candy le ayudó a que se sentara instándole a que se apoyara en su cuello. Desde que había perdido parte de su monstruosa estatura, y con ella algo de peso, hasta a la voluntariosa joven le resultaba si aplicaba la debida fuerza, relativamente factible que no fácil moverle, sirviéndose de sus propias fuerzas. Entonces se acordó de que había planteado una pregunta a su esposo y que la contestación había quedado en el aire, sin ser formulada. La chica se dio un característico coscorrón en su frente por el olvido y dijo mientras rodeaba el cuello de Mark con sus brazos y le besaba levemente en los labios:

-Por tu buen corazón. Lo detecté instantáneamente cuando me miraste desde una de las ramas más bajas del Padre Árbol. Estabas tan desvalido y tan frágil…

-Fui un imbécil –se lamentó Mark lanzando un hondo suspiro y apartando la mirada del rostro de su esposa- te dejé allí abandonada a tu suerte.

-No Mark. Temiste haberme hecho daño y por ello te fuiste. Ya entonces te considerabas pernicioso y dañino, pero te estabas engañando a ti mismo.

Mark intentó levantarse, pero Candy se lo impidió. Estaba bien con él en aquella posición, tan cerca el uno del otro y el joven no se resistió, porque opinaba de la misma manera que ella.

-No soy el hombre bueno y dulce que proclamas o piensas Candy –dijo el joven esbozando una mueca de disgusto cuando desde su espalda un último chorro de sangre ya roja abandonó temblando su piel- he matado, he vertido sangre y no solo la mía.

La muchacha tomó su rostro colocando sus manos sobre las sienes de Mark, obligándole a mirarla al tirar lenta pero firmemente de su cabeza. Mark notó algo perplejo como la fuerza de su esposa había aumentado notablemente, quizás se debiera al influjo constante del iridium.

-Mírame amor mío –le dijo ella con voz firme y ligeramente enojada por los menosprecios rayanos en la autocompasión que Mark se inflingía constantemente- y contempla mis ojos.

El joven clavó sus pupilas negras en las de Candy, tan verdes e intensas semejantes a esmeraldas. Mark creyó que terminaría por acabar hundiéndose en las aguas de aquel infinito mar verde y proceloso que se le antojaba la mirada de Candy.

-Mis ojos te expresan toda la gratitud, respeto y lealtad que he sentido por ti durante todos estos años, y lo seguirán haciendo para el resto de mis días, porque jamás podré amar a otro hombre que no seas tú, Mark.

Luego antes de que el joven pudiera añadir nada o declarar algo al respecto, Candy retiró con cuidado el llanto que pendía de sus pupilas negras, como el fruto maduro de un árbol a punto de precipitarse a tierra y concluyó con una frase que ya le había dirigido hacía años y que resumía a la perfección las razones por la que pese, a tantas vicisitudes, saltos en el tiempo y horrores continuaba a su lado:

-Si fueras malvado, hace ya tiempo que me habría marchado de tu lado. Pero no lo eres, querido Mark, no lo eres.

2

Afortunadamente, durante la tensa pero necesaria conversación, porque Candy sabía perfectamente en que momentos, su marido tenía la perentoria necesidad de aliviar su alma confesando cuanto le atormentaba como en momentos así, no se presentó ningún peligro ni sufrieron ataques de nínguna índole. Estaban en un país en guerra y Mark temía que en cualquier instante Candy presenciara alguna atrocidad o fueran víctimas de las muchas y crueles vicisitudes de aquella larga y mortífera guerra.

Estaban en un arrozal donde pastaban algunos búfalos de larga cornamenta y piel cubierta de barro que avanzaban lenta y parsimoniosamente entre las aguas que anegaban los grandes cultivos de arroz. A veces, las garzas se posaban sobre el lomo de los voluminosos y estólidos animales picoteando entre las cerdas del hirsuto y duro pelaje de los búfalos en busca de algún insecto que alimentara a las famélicas aves. La guerra había terminado con el habitat de muchas especies animales, las cuales, lo mismo que los seres humanos, aunque muchos para su consideración habían dejado de serlo, sobrevivían como podían. Algunos helicópteros marrones semejantes a saurios prehistóricos permanecían convertidos en un amasijo de hierros destrozados en mitad del agua, allí donde la profundidad de la misma era menor, posados en el lecho del cercano río que suministraba el agua necesaria a las raíces de las plantas de arroz dispuestas en ordenadas hileras. Candy aguzó la vista y distinguió en el fuselaje de las desvencijadas máquinas que un día, o quizás hasta hacía poco habían volado, las mismas insignias que llevaba el avión que los había atacado hacía un breve lapso de tiempo. Mark recobrado de su repentina tristeza, se puso en pie dando gracias al iridium por haberse portado bien con él, al no haber desatado su furia o tardar más de lo recomendable en la evacuación por los poros de su piel, de la sangre negra e infectada. Mark extrajo su lanzagranadas que se encontraba plegado y tocó el botón que expandía el arma hasta su longitud original. Con una mueca de disgusto, Candy asistió nuevamente al triste espectáculo del florecimiento de la siniestra simiente del arma, cuya forma cónica destacó amenazadora por la boca del cañón.

-Ya sé que no te hace ninguna gracia Candy –dijo Mark cansado de justificarse, de luchar y tener que extraer aquel trozo de hierro para disgusto de su esposa- pero no me encuentro en condiciones aun de utilizar…-se detuvo, tomó aire y prosiguió con voz fatigada- el iridium como arma, y tenemos que defendernos. Esta tierra –dijo señalando en derredor suyo con la mano derecha extendida- está sumida en un largo conflicto.

Candy asintió entristecida. Sabía que tenía razón por mucho que le doliera admitirlo. Antes cuando descendían, había rezado por él y Mark se preguntó si realmente era merecedor de las plegarias de Candy y si algún día se le perdonaría todo el mal que había desatado, aunque no le hubiera quedado, en más de una ocasión, otra alternativa. Se ciñó el arma a la espalda ajustando la gastada correa de cuero en torno a su camisa y a su cazadora, que Candy le había devuelto porque ahora sentía como un tórrido calor la invadía. Habían pasado del gélido y glacial frío de los confines de la atmósfera, al bochorno sofocante y pegajoso de los de la Tierra.

2

Caminaron durante breve tiempo, hasta que afortunadamente hallaron una cueva vacía que Mark exploró cuidadosamente para asegurarse de que no estuviera infestada de trampas o de tropas del Viet Cong. Si les sorprendían, seguramente intentarían matarle, porque Mark era norteamericano y su aspecto occidental, lo mismo que el de su esposa totalmente inconfundible les delataba, y aun más si se tenía en cuenta la monstruosa arma anti-tanque que portaba a la espalda. En cuanto a Candy prefirió no imaginar cuan terrible suerte correría si a él le pasaba algo. Por eso, después de advertir a Candy que no se separara ni un milímetro de su lado, que caminara por donde él lo hiciera o que se desplazara haciendo el menor ruido posible, el hallar un refugio, aunque fuera una cueva excavada en la roca viva, le llenó de satisfacción. Candy rió quedamente ante el estupor de Mark:

-Candy, ¿ qué ocurre, cariño ?

-No, nada nada Mark –dijo con contagiosa hilaridad aun en medio de la angustiosa tesitura en la que ambos se hallaban inmersos- pero parece que cuando estamos en dificultades, nuestro destino sea resguardarnos en cuevas o grutas.

Entonces Mark contagiado de su optimismo, se reprochó sus negros y derrotistas pensamientos que le asaltaban de cuando en cuando. Alma atormentada le había llamado Anthony poco después de que le salvara de morir desnucado contra el suelo, creyendo que así estaría garantizando la felicidad de Candy, que Mark pretendía creer haber robado en beneficio propio, cuando no era cierto. Candy nunca le habría seguido o se habría casado con él de no estar absoluta y totalmente enamorada de él. La muchacha de rubios cabellos y deslumbrante belleza, cuyo máximo exponente eran sus maravillosos ojos verdes, nunca se habría plegado a sus deseos ni su voluntad de habérsela tratado de imponer mediante coacciones o amenazas. Hasta Anthony, que desde el mismo día que le contempló con temor, aporreando el ventanal de la mansión de Lakewood llamando a Candy por su nombre a pleno pulmón, mientras varios guardias intentaban sin demasiado éxito alejarle de la cristalera, había sentido una honda compasión por él, al determinar que su salvador era aun más desgraciado y triste que él. Y por eso, le había dejado el camino libre, aunque por otra parte sabía que el incipiente amor que tan indisolublemente ligaba a Candy a Mark, nunca podría ser cortado o interrumpido. Aun evocaba los desgarradores llantos y gritos de Candy que pareció enfermar, cayendo en una larga postración, desde el mismo momento en que Mark la sacara sana y salva de las embravecidas aguas de la cascada de Lakewood. Llamaba a Mark noche y día, describiéndole con tal precisión y minuciosidad que Anthony no tuvo ninguna dificultad en reconocer a su salvador, como el hombre del que realmente Candy se había enamorado perdidamente. Desde aquel instante, el muchacho rubio de ojos azules supo que jamás podría ganar el corazón de Candy y que la próxima vez que el desconocido joven de cabellos y ojos de azabache retornara, sería ya con carácter definitivo. Candy no le dejaría marchar la próxima vez, a poco que Mark se quedara en aquel tiempo, como efectivamente sucedió cuando nada más rescatarle, el agotamiento y la pérdida masiva de sangre le incapacitaron para huir volando mediante la emisión de iridium. A partir de ahí ese vínculo entre Mark y Candy se hizo indisoluble y definitivo y por eso, optó por no interponerse más entre ambos enamorados. Pero Albert lo entendió demasiado tarde y pagaba en prisión la larga cadena de desmanes que había cometido, cegado de un irracional y fiero sentimiento hacia su hija adoptiva.

Mark sonrió al contemplarse en el espejo de una polvera que Candy conservaba entre los pliegues de su destrozado vestido y se comparó, aunque sin pretenderlo conscientemente, con el protagonista de una célebre película de acción en su tiempo.

Mark observó a Candy y lamentó el lamentable estado de sus ropas, enlodadas y hechas jirones meneando la cabeza tristemente.

-No te preocupes Mark. En cuanto descanses y estés preparado para saltar en el tiempo, y hallamos dejado atrás esta pesadilla, renovaré todo mi vestuario –bromeó ella.

En ese momento, Mark se fijó horrorizado, que la planta del pie derecho de Candy estaba a punto de pisar algo. Aunque a veces maldijese el iridium que corría por sus venas, en ocasiones como aquella se felicitaba de tenerlo moviéndose libre y salvajemente impetuoso por sus venas y arterias, entremezclado con su sangre. Con unos reflejos envidiables, Mark que estaba acodado en la entrada de la cueva detuvo a Candy aferrándola por el brazo derecho. La chica estuvo a punto de perder el equilibrio y precipitarse al suelo. Extrañada interrogó a Mark con la mirada, algo enojada, y cuando su esposo señaló con sus ojos de azabache hacia el lugar donde había estado a punto de posar su pie, advirtió con una mueca de asco y desdén, como un afilado trozo de bambú en el que alguien había ensartado excrementos aguardaba a una incauta y tal vez despreocupada víctima, hábilmente disimulada entre la hierba. Era obvio que el tallo de bambú había sido convertido en una estaca a conciencia por el trabajo hecho a conciencia para convertirlo en una sencilla, pero mortífera arma de guerra.

-Una estaca pungi –sentenció Mark propinándole una patada con desagrado y apartando el ahusado tallo de bambú y las heces, de la trayectoria de Candy –son trampas para producir heridas lacerantes. Los –vaciló esbozando una mueca de asco, pero decidió proseguir hablando-…excrementos son para infectar las posibles lesiones que el enemigo se pueda producir al pisarla.

Candy bajó la cabeza contrariada. Su sonrisa se había desvanecido. Mark prefirió dejarla a solas con su sufrimiento. El también sabía cuando debía consolarla o animarla y aquel no era el momento más adecuado para tratar de calmar el dolor de Candy. Con gesto abatido, ambos entraron en la cueva, una vez que Mark se aseguró que no hubiera más trampas disimuladas. Se reprochó que pese a su meticulosa exploración previa, se le hubiera escapado aquella y maldijo su torpeza.

"Ahora que sonreía de nuevo" –pensó para sí, mientras trataba de improvisar un lecho para la muchacha.

3

Pese a que Mark debía montar guardia, Candy se ofreció a hacerlo en su lugar suplicándoselo encarecidamente, un poco más recobrada de la fatal y deprimente impresión que le había producido la dura realidad del país, porque si Mark conseguía descansar aunque solo fuera por unas horas, echando un sueño reparador, antes estaría listo para emplear sus poderes para saltar en el tiempo. A ratos, Candy iba y venía entre la entrada de la cueva y su esposo, para ver como estaba. Mark dormía recostado en el lecho que en un principio iba a ser destinado a Candy, y la joven realizaba un casi continuo peregrinar, para asegurarse de que estuviera bien. En un momento determinado, se arrodilló ante él y acarició su frente y sus mejillas musitando:

-Pobrecito mío –siempre preocupado por los demás antes que por sí mismo, siempre atormentado.

Mark sumido en un profundo sueño, evocaba otro pasaje de su vida.

4

Soñó, o más bien, recordó en sus ensoñaciones, que estaba ante la celda en la que un displicente y abúlico Albert, permanecía durante buena parte del día, reclinado en el catre carcelario adosado a la pared, mientras que Mark, que no había acudido aquel día precisamente para interesarse por su salud, le observaba con mal contenido odio, aunque el sentimiento era recíproco. Albert que solo abandonaba el catre para escribir poesías en honor o memoria de Candy y probar escasamente algún bocado, le observó con desprecio y le preguntó:

-¿ A qué has venido joven señor de Lakewood ? –inquirió irónicamente, sabedor ya de que el joven había heredado prácticamente, pese a que la tía-abuela Elroy aun viviera, la totalidad de la inmensa fortuna de los Andrew, debido a su mala gestión de los negocios del clan familiar y su descenso a la barbarie. Se giró brevemente, mirándole de soslayo. Tenía una larga barba poblada y un aspecto desaseado, incluso para los cánones de una penitenciaría como aquella, que no se distinguía precisamente por ser un selecto club de campo para la alta sociedad.

-Ahórrate tus sarcasmos –dijo Mark con voz queda y sibilante- me he enterado de lo que le hiciste a Candy aquel día, y te juro –dijo mirándole con sus penetrantes ojos de azabache que sacaron a Albert de su estudiada indiferencia- que de no ser por sus ruegos–declaró con una inflexión de odio en el tono de su voz- habría ido en tu busca entonces y te hubiera matado, como aquella otra vez que también lo impidió Candy.

Albert le dirigió una lánguida mirada de desdén y dijo mientras se sentaba a la mesa de madera en la que reposaba un humeante plato de sopa acompañado por una botella de vino y una generosa ración de pan, junto a otro segundo plato con filetes empanados:

-Ohhh, resulta que ahora tengo que estar agradecido a la pequeña advenediza que me salvara la vida –declaró con ironía mientras hundía la cuchara de madera en la escudilla y tomando una generosa porción de sopa, se la metía en la boca sorbiéndola con fruición –todo esto es por tu culpa, maldito Mark. Te salvé la vida, y así me lo pagas, quitándomela, aunque puedes quedártela para ti. Ya no la quiero –dijo con una sonrisa socarrona que exasperó a Mark-, está ya tan usada que…

Al escuchar aquello, Mark no aguantó más, y no le dejó terminar. Un resplandor ígneo proveniente de su muñeca derecha, atravesó por entre los barrotes y perforó el plato de madera, haciendo que la sopa saliera despedida por todas partes, manchando el uniforme carcelario naranja de Albert y saltando al rostro y el pecho de este. El rayo de fuego, se estrelló en la pared, en la que produjo un pequeño pero profundo boquete. Antes de que indignado, pudiera protestar, Mark rodeó con su mano derecha uno de los gruesos barrotes pintados de negro y empezó a emitir calor, sin importarle que pudieran verle o detectar lo que pretendía hacer. Durante unos instantes, Albert contempló más fascinado que indignado por lo de la sopa, como el metal se retorcía entre los dedos de Mark por efecto de las altas temperaturas que el iridium proyectaba a través de su mano sobre el duro material. Finalmente, el barrote que Mark aferraba con firmeza se partió, quebrándose por la mitad, en su mano, mientras le decía:

-Como vuelvas a acercarte a mi esposa o a mis hijos, o le ocurra algo por orden tuya o no, y sospeche que tengas que ver en ello en lo más mínimo, esto –dijo señalando al barrote retorcido por el tremendo calor alcanzado, retirando los dedos, para que pudiera ver claramente los efectos del repentino calentamiento del metal a temperatura de fundición, y dejarle muy claro que iba en serio- no será nada comparado con lo que haré contigo. Aunque Candy me odie de por vida si se entera, aunque me expulse de su lado y del de mis hijos, te juro Albert Andrew, que será la última fechoría que cometas en tu vida.

Mark extinguió la llamarada con un espantoso siseo que erizó el vello de Albert.

Después de realizar la severa advertencia, Mark abandonó la prisión, antes de que Albert pudiera replicar nada, y cuando los guardias en sus habituales rondas de control de la población reclusa, hallaron el barrote partido por la mitad, no les fue posible averiguar que podía haber sucedido. Ni tan siquiera Albert, que obviamente algo sabía se avino a contarlo, pese a las presiones que recibió por parte de los guardias, o el propio alcaide de la prisión, para que no ocultara nada.

5

Mark se despertó junto a Candy que había estado velándole todo el tiempo, más pendiente del estado de su esposo que de controlar el que un más que probable peligro perturbara su relativa tranquilidad. Sin embargo Candy no se había percatado de que el joven había abierto los ojos, porque mantenía los suyos firmemente cerrados, mientras elevaba una plegaria por el muchacho que recostado sobre sus codos, la observaba con dulzura e infinito cariño en el lecho de hojas secas y ramas que en un primer momento había improvisado para ella. Los labios de la chica se movían lentamente mientras mantenía las manos firmemente entrelazadas y de sus labios emanaban palabras de consuelo y piedad, en las que él era el principal motivo de las mismas. Mark se conmovió tanto que no pudo evitar sentir un sentimiento de culpabilidad por todo el horror y las vidas que se había forzado a quitar. Finalmente optó por abandonar la cueva en silencio para no importunar a Candy que continuaba hablando en voz baja y poniendo todo su corazón y humildad en la sencilla oración:

-Por favor Padre Celestial protege a Mark, él no es malo, nunca quiso ser malo, su corazón está lleno de bondad Padre, aunque a el le cueste tanto reconocerlo…

Pero cuando estaba a punto de alcanzar el umbral de la cueva, pisó una rama que se partió con un seco chasquido. Candy abrió los ojos y se detuvo, excusándose por haber interrumpido su oración ante el Señor. Sonrió a Mark con ternura. Aquella mirada era tan cálida y hermosa que Mark, no fue capaz de reprimir algunas lágrimas.

-Candy, no merezco que reces por mí –dijo el joven bajando la cabeza y dejando caer su monstruosa arma, avergonzado porque alguien rezara por un hombre que iba armado hasta los dientes- no soy bueno, mi alma es tortuosa y negra. No sé si Dios querrá perdonarme por…

Candy le abrazó sorpresivamente y depositó su rostro sobre el pecho de Mark. Escuchó los latidos de su corazón, fuertes, solemnes, vigorosos. Cuando intentó hablar, Candy le puso un dedo en los labios y dijo mirándole fijamente a continuación:

-Eres una persona tan buena que cuando cometes una acción terrible para defender a seres inocentes, te lo reprochas constantemente. Si tu alma fuera tan negra y tortuosa como afirmas, querido Mark, jamás sentirías esos remordimientos y esos cargos de conciencia que tanto te torturan y te asaltan. Para mí no solo eres bueno si no, maravilloso.

-Eso no justifica tanta sangre vertida –dijo Mark observando el arma que había arrojado al suelo pedregoso de la cueva y que brillaba levemente. La cabeza cónica de la granada propulsada sobresalía del ánima del cañón, dirigida hacia él como un dedo acusador que le recriminara sus crímenes y pecados.

Candy lanzó un hondo suspiro. Aquello iba a ser más difícil de lo que se había figurado en un primer momento. Mark sonrió sin alegría mientras ella se aferraba a su brazo derecho con ambas manos y le oyó decir:

-Candy, tú estás orando por mí y sin embargo, justificas el que haya destruido vidas –dijo extendiendo la mano izquierda y liberando las llamaradas a través de su piel que permanecía incólume mientras los inquietos haces de fuego bailaban en torno a su muñeca envolviéndola y desprendiendo un calor sofocante, ofreciendo a Candy una visión dantesca.

-¿ Crees que Dios puede perdonar a alguien como yo ? ¿ a alguien que puede hacer esto ? –preguntó señalando las lenguas de fuego que obligaron a Candy a apartar la vista contrariada.

-Por favor –le rogó encarecidamente su mujer con voz acuciante- apaga eso. Ya sabes que no soporto verlo.

Mark asintió y extinguió las llamaradas con un leve siseo mientras una columna de humo transparente emergía de la piel de su antebrazo izquierdo.

Candy le envolvió con sus brazos obligándole a mirarla. Se había enojado ante la terquedad de Mark en admitir su humanidad y bondad y por el desprecio que realizaba de si mismo continuamente.

-Escúchame bien amor mío, sabes que nunca podré aprobar el asesinato o la destrucción de cualquier forma de vida, pero cuando alguien está obligado a hacerlo porque si no se perderían otras vidas inocentes, a veces también eso es un acto de suprema bondad. No, no pongas esa cara Mark –dijo la muchacha ante el estupor que había esbozado Mark en su rostro- porque si es duro el tener que matar cuando no queda otra solución, el hecho de mostrar arrepentimiento y sentir remordimientos te convierte no solo en un ser humano, sino en alguien bueno y sobre todo digno de lástima, por la terrible agonía por la que está pasando, lo cual, Mark es tu caso.

Mark arqueó las cejas. No podía creer que la joven que había pronunciado semejantes palabras fuera la misma Candy que formulaba una plegaria por él o a la que tanto repugnara la destrucción de la vida. Mark caminó hacia la entrada de la cueva oteando con cuidado y observando si había algún movimiento sospechoso entre los arrozales. Afortunadamente, solo se escuchó el chapoteo de los búfalos de gran y retorcida cornamenta entre los cañaverales y los campos de arroz y el ocasional chillido de un ave tropical que volaba rauda, haciendo una pasada rasante a pocos metros del suelo.

-Y sin embargo me entrometí en tu vida –dijo el joven, ceñudo exasperando a Candy con su pesimismo. Cuando Mark tomaba la senda de la desesperación, costaba mucho lograr que desandara todo el camino emprendido.

Antes de que Candy pudiera añadir nada, Mark alzó la mano derecha pidiendo silencio. La joven meneó la cabeza disgustada, pero le dejó continuar:

-Si yo no hubiera vuelto a aparecer, habrías ido a ese colegio de Londres, y allí con Terry, tal vez hubieras sido feliz, aunque luego las malas artes de Eliza terminasen separándoos pero puedes tener por segura una cosa Candy.

Mark hizo una pausa. Un saltamontes zumbó en la cueva para deslizarse rápidamente al exterior, con un par de saltos.

-Si yo hubiera sido Terry, jamás te habría abandonado Candy, ni por Susana, ni por cien como ella.

Candy esbozó un gesto de fastidio. Resopló y dijo frunciendo el ceño:

-No sé que a viene eso ahora Mark, no te entiendo.

En el fondo sabía que debía permitirle que se desahogara.

-La verdad, es que me alegro de no ser Terry Grandschester –dijo con un leve deje de orgullo en la voz- porque, siendo Mark Anderson a pesar de mis defectos y de todo lo que supongo de anómalo, me siento afortunado, realmente afortunado de que me ames Candy. Pero a veces…me horroriza esta dualidad en mí, de tener que obligarte a soportar el iridium, la sangre negra que salta de mi espalda cada vez que empleo su poder. ¿ No se te hace raro querer a alguien que puede volar a varios miles de metros de altura, luchar lanzando fuego por sus manos o viajar a través del tiempo ? La primera vez que te ví y me enamoré perdidamente de ti, no era aun consciente de estos poderes, aunque luego sí, y me planteé no verte más, pero no era capaz de sacarte de mi mente y de mi corazón ¿ Quieres saber una cosa Candy ?

La muchacha asintió procurando arreglarse las coletas, porque no le gustaba que su pelo presentara un aspecto tan desgreñado y descuidado aun en medio de la penumbra de una cueva perdida en el último confín de la Tierra, aunque su vestuario dejara mucho que desear, cosa que también valía para Mark. Ambos suspiraban por un baño caliente y el poder ponerse unas ropas limpias y en condiciones, pero por el momento no se acordaron de esa cuestión.

-Cuando te abandoné aquella vez en la Colina de Pony o después de rescatarte de las aguas de la cascada de Lakewood, o cuando te seguí en tu viaje a Méjico y te libré de aquellos canallas y me marché luego tan cobardemente, lo hice para evitarte que amaras a un fenómeno de feria como yo y que…

Un beso que sobrevino de repente, selló sus labios. Era tan ardiente y apasionado que Mark notó a través del suave y cálido cuerpo de Candy el temblor que la embargaba. Cuando despegó sus labios de los de Mark apoyó su rostro en el hombro izquierdo del joven y repuso:

-Me enamoré de un hombre maravilloso, un hombre bueno y valiente. Jamás, jamás me importó nada de cuanto mencionas Mark, si acaso, por los sufrimientos que te infiere ese iridium. Sabía y conocía que nuestro amor no sería precisamente fácil, por todo cuanto has aludido y mencionado –dijo mientras acariciaba los cabellos negros del joven, removiéndolos con afecto -sabía e intuía que cosas como las que hoy no ha sucedido podían pasar algún día, aunque nunca esperas que sucedan. Esto es completamente atípico, pero jamás me ocultaste nada mi amor, siempre me advertiste de los riegos, de los peligros, de cómo un simple rayo podría alterar nuestra felicidad, pero ¿ acaso no le sucede lo mismo a los demás seres humanos ? ¿ acaso las turbulencias de la vida no la modifican o la complican a su libre antojo y albedrío ? ¿ acaso no nos infundió Dios amor y valor para superar todas las dificultades, para escalar las más agrestes y temibles alturas de la adversidad ?

No Mark –dijo la muchacha meneando la cabeza y apretándose fuertemente contra él- tú jamás me has obligado a nada, nunca me has coaccionado. Te quise desde el primer momento que tus ojos negros se cruzaron repentinamente con los míos. Tus ojos, tan hermosos y tristes, en los que arde esa llama de eterna bondad a la que me refería antes, querido mío, y por esa razón te seguiría hasta los confines del mundo si fuera necesario…como ahora –dijo sonriendo levemente al cerciorarse de que realmente tal declaración de principios, se había cumplido

-Nada, absolutamente nada de lo que has hecho hasta ahora, ha sido por motivos egoístas e interesados. Tú no buscaste el viajar hasta aquí, a través de las eras y el tiempo, no pretendiste apartarme de la verdadera felicidad, porque la encontré desde el primer día que te conocí. Jamás has hecho nada de lo que deba arrepentirme o sentirme herida, Mark, por nada del mundo.

Mark se agitó levemente y repuso:

-Si exceptúas lo de Neo Verona –dijo Mark abrumado por la vergüenza y la pena de haber creído amado a otra mujer en una de las aventuras más extrañas e inverosímiles, de su ya de por si, ajetreada y nada convencional vida. -No entiendo como pudiste perdonarme en cuanto te enteraste de aquello –dijo Mark rascándose con dos dedos el inicio del tabique nasal, entre ambos ojos- a través de Mermadón.

Candy sonrió. La vulnerabilidad de Mark era algo que hacía que aun le amase todavía más.

-Por dos razones amor mío –dijo cogiendo sus dos manos y llevándoselas a los labios para besarlas suavemente.

-La primera fue porque mi amor por ti es tan grande, que la sola idea de tener que alejarme de ti definitivamente me habría destrozado. Aunque en esa otra línea temporal le prometí a Terry ser feliz cuando nos separábamos, no habría logrado mantener o cumplir esa misma promesa, contigo, la hubiésemos formulado o no.

-¿ Y la segunda ? –inquirió Mark con curiosidad e interés, sentándose en una piedra de forma cilíndrica.

-Tu profundo y hondo arrepentimiento. Pese a que enterarme de tu romance con esa otra mujer, me puso al borde del abismo, supe al verte en el monitor del ordenador de Maikel, cuando te asomaste al de Mermadón que si no era capaz de perdonarte, además de perderte, eso te mataría, de hecho, nos habría matado a los dos.

-Por eso te concedí otra oportunidad.

Candy se sintió tan ridícula y cariacontecida de que su rival hubiera sido un, en apariencia personaje de ficción que estuvo a punto de echarse a gritar y coqueteó con la idea de liberar su tensión de esa manera. Curiosamente, Julieta también había sido la razón de que ella y Terry se separaran en esa otra realidad alternativa, cuando Susan hizo el papel de Julieta, porque según una vieja leyenda muy extendida en el mundo teatral, el actor y la actriz que encarnase a Romeo y Julieta respectivamente estaban predestinados a estar juntos de una forma u otra.

Aunque como bien había afirmado Mark, el nunca habría dejado marchar a Candy sola hacia la estación, para coger ese tren que la alejaría definitivamente de su gran, único y verdadero amor. Aun cuando el frustrado intento de suicidio de Susana hubiese condicionado su relación y dictaminado que se separaran, Mark como bien había recalcado, no era Terry y habría ido en busca de Candy, costase lo que costase, aun a riesgo de que el mundo entero, hubiera descubierto su existencia y su secreto y ominoso poder, y a riesgo de que Candy le hubiera rechazado. Naturalmente Candy se habría opuesto rotundamente con la sombra de Susan planeando sobre sus cabezas, pero ella tampoco habría podido renunciar a él por mucho más tiempo, porque el amor que ambos se profesaban, era aun mucho más fuerte y rotundo que el que había sentido al parecer, en esa línea temporal por el joven y famoso actor inglés. Aunque Susana hubiera terminado suicidándose, ninguno de los dos se habría alejado del otro, porque simplemente no estaban en disposición de hacerlo, aun habiendo querido conseguirlo y haber perseguido fervorosamente, dicha indisoluble vínculo de amor que les ataba ya de por vida, era tan poderoso, sólido y firme que como bien había comprendido Anthony y sentenciado acertadamente, nada ni nadie en este mundo, podría romperlo o cambiarlo jamás. Era como el filtro de amor que Tristan e Isolda bebieron inadvertidamente por la lealtad de una criada que no tuvo valor para envenenar a su señora y a Tristan por orden de esta, y que unió sus destinos definitivamente, pese al odio que la bella dama profesaba al caballero, porque este había matado a su tío en combate singular ignorando el parentesco de su adversario. Hasta Terry, hermanastro de Anthony por circunstancias imprevisibles, se dio perfecta cuenta de ello, y Albert de llegarlo a entender, lo hizo demasiado tarde. Y por esa misma razón, Candy había soslayado el desliz de Mark. Y también, por eso mismo, ni por Susana, ni por nadie habría renunciado a Mark, jamás. Quizás en el caso de Terry, y condicionada por la tragedia de Susana sí, pero en el de Mark nunca. Puede que fuera una actitud egoísta pero no podía experimentar otro sentimiento alternativo o diferente, simplemente porque no era capaz de hacerlo, aunque lo hubiese deseado denodadamente a propósito, con todas sus fuerzas.

De hecho Mark aun recordaba con escalofríos hacía ya tanto, cuando Candy, en el lejano siglo XXI, entonces su novia, se arrojó al vacío desde lo alto de un rascacielos, cuando él sugirió la posibilidad de romper su relación, en un momento de debilidad y tristeza como aquel, y como a raíz de aquello, rápidamente saltó en pos suyo, para salvarla, cosa que logró por muy escaso margen antes de que se estrellara contra el asfalto en medio del asombro de cientos y cientos de transeúntes que lógicamente no podían dar crédito a lo que estaban presenciando, para remontar el vuelo con ella en brazos sin preocuparle en absoluto, el haberse convertido durante poco tiempo en blanco de la atención mundial. Como acertadamente había apuntado Candy, al pronunciar esas terribles palabras, el mero hecho ya de imaginarse lejos el uno del otro, indefectiblemente les habría matado de un modo, u otro si no podían permanecer juntos.

-Fue algo horrible lo que hice –repuso Mark con voz cansada- pero me dejé llevar. No tengo justificación alguna, lo sé, pero cuando me perdonaste me juré firmemente que jamás habría otra mujer en mi vida que no fueras tú.

-Pasamos unos meses terribles –dijo ella apoyando su cabeza en el pecho de su marido- pero…este amor nuestro es tan fuerte y firme que ha sobrevivido a una prueba tan dura como esa y a más aun.

-Sí, fue una tremenda estupidez de la que me arrepentiré de por vida –admitió Mark con humildad y abrumado por la culpa. Candy se dio cuenta de que se estremecía y por eso, le atrajo hacia si para calmarle.

-Pero volvemos a estar juntos, y así continuaremos –sentenció ella junto a nuestros hijos Mark. En cuanto podamos regresar a Lakewood, y dejemos atrás esta pesadilla. Lo único que deseo es poder envejecer a tu lado después de ver crecer a Marianne y a Maikel.

Al nombrar a su hijo, Mark dio un respingo porque se había acordado involuntariamente de mí. Entonces declaró con tristeza:

-Y yo mi vida, pero a veces, aunque cambie de tema, me fijo en mi maestro y sé que algo no va bien. Intenta aparentar fortaleza y aplomo, pero aun sigue queriéndote.

-Lo sé Mark, y siento mucha lástima por él. Si lograra encontrar el amor definitivamente

Mark asintió. Y se planteó que en cuanto salieran de aquel atolladero haría todo lo posible para ayudarme en ese sentido, lo mismo que Candy que realizó igualmente idéntica promesa.

Algo más confortados el uno al otro, volvieron a abrazarse y Mark sonrió nuevamente, dándole a Candy la impresión de que con su brillo había iluminado el negro interior de la cavidad:

-Entonces, ¿ no me odias porque te haya traído involuntariamente, a esta época tan remota para ti ?

-Bueno –dijo ella inclinando la cabeza y agitada por una repentina y cantarina risa- siempre he querido tomarme unas vacaciones en un destino exótico.-comentó sin ánimo en ningún momento de pretender burlarse de la terrible lucha encarnizada que asolaba el país, ahora dividido en dos mitades irreconciliables.

Bromear les venía bien. Después de tantas lágrimas, de tanta tensión acumulada, ambos rieron de buena gana al unísono liberándose por el momento de sus miedos y de sus más oscuros temores. De repente ambos dejaron de reír. Se observaron con miradas emocionadas y escrutadoras. Finalmente, Candy se despojó de su destrozado vestido o más bien, de lo que restaba de él. La magnífica prenda había quedado prácticamente arruinada por la furiosa acometida de Buzzy al pretender desnudarla tan imprevista como ferozmente, y la huella que los repentinos y súbitos vaivenes que el imprevisto salto en el tiempo, provocado por el repentino rayo, había dejado en sus deslucidas ropas. Mark la imitó. La tendió con sumo cuidado en el lecho de hojas y susurró en su oído:

-Para siempre amor mío –dijo él observándola con ojos brillantes por el deseo.

-Para siempre mi vida –reafirmó ella, devolviéndole idéntica mirada.

Poco después de formular su promesa de amor, renovaron sus votos, abandonándose el uno en los brazos del otro para amarse durante un largo tiempo, sin prisas ni presiones de ningún tipo, lapso durante el que afortunadamente nadie les molestó. Quizás las plegarias de Candy hubiesen sido escuchadas.

6

Mark y Candy se habían quedado dormidos, estrechamente abrazados, cuando unas voces guturales, llegaron hasta los oídos de Mark, agudizados por el influjo del iridium. Despertó procurando no alarmar a Candy y se vistió rápidamente, pero su esposa al notar como su cabeza no resposaba en el pecho de Mark, abrió lentamente los ojos, evitando que Mark tuviera que hablar delatando su presencia, aunque los soldados que avanzaban en semicírculo por los arrozales en dirección hacia la cueva estuvieran todavía a una distancia prudencial, como para permitirle pensando fríamente, tomar una decisión lo más acertada posible. Candy observó los gestos frenéticos de su marido, que tendiéndole el ajado y destrozado atuendo que una vez fuera un suntuoso vestido de seda, entendió inmediatamente que no debía de pronunciar palabra y vestirse lo más rápido que pudiese. Candy se puso la ropa o más bien lo que quedaba de la misma y lanzó un profundo suspiro. El contraste entre su cabello pulcramente peinado y su vestido hecho jirones no podía resultar sin duda más desalentador y desmoralizante para ella. Mark empuñó el pesado RPG-12 y lo desplegó en un instante rogando porque el ruido neumático de los servos y mecanismos de la monstruosa arma no alertaran a las patrullas militares, que aun no sabía si era norteamericanas o norvietnamitas, al desplegarse por completo. Una vez que el arma estuvo lista ante el gesto de desagrado de Candy, Mark preparó una granada cónica que roscó en el cañón cuidadosamente. No la amartilló haciéndola girar porque el chasquido alertaría a los hombres que estaban peinando cuidadosamente los arrozales y cualquier alrededor de la cueva, que ciertamente pudieran resultarles sospechosos. Candy miró a Mark y el joven esposo se giró lentamente para hablarla con el tono de voz más bajo que pudo aplicar:

-Son soldados Candy. No creo que nos busquen, pero no nos conviene que nos vean. Aunque sean estadounidenses, tampoco podemos fiarnos cariño de que nos reciban con los brazos abiertos.

-¿ Qué podemos hacer entonces Mark ? –preguntó Candy con una inflexión de miedo en su voz que trató de atenuar todo lo que fue capaz.

-Sujétate a mi con fuerza y por nada del mundo te sueltes, o podría perderte. Voy a realizar un salto en el tiempo, porque si puedo evitarlo, espero no tener que abrir fuego –dijo el joven con un gesto de determinación en su rostro bien parecido.

Candy asintió. Tenía mucho miedo, pero por nada del mundo podía dejarse llevarse por el pánico.

-Intentaré atenuar todo lo que pueda el silbido del iridium, pero –rebuscó en un bolsillo de su cazadora negra y extrajo unos tapones para los oídos y se los tendió- ponte estos tapones. Aun así, el silbido del iridium a plena potencia podría destrozarte los tímpanos. Cierra los ojos y por encima de todo, agárrate a mí tan férreamente como puedas, ¿ de acuerdo ?

Candy asintió por segunda vez. Entonces Mark miró hacia el frente y oteó la entrada de la cueva, con la mira telescópica del RPG-12. Observó a varios hombres de rasgos orientales, que llevaban el uniforme verde oliva del Ejército Popular de Vietnam del Norte y se tocaban la cabeza, con el característico salacot, con la estrella de cinco puntas incrustada en su frontal. Sujetas de sus correajes portaban varias cartucheras repletas de munición y en sus manos nervudas y curtidas sostenían, cada uno de ellos, el sub fusil automático soviético, AK-47 tan característico y difundido por buena parte de los conflictos que asolaban al mundo en aquella época tan turbulenta. El que encabezaba la marcha portaba una gran bandera roja con una estrella de cinco puntas que hacía ondear rítmicamente sobre su cabeza, y sus compañeros le seguían en compacta formación de cerradas filas, entonando marcialmente, en su idioma, lo que Candy supuso que serían canciones patrióticas o militares.

-Son soldados nortvietnamitas Candy –susurró Mark en voz baja- ni los franceses lograron derrotarlos. La derrota de Dien-Bien-Phu fue sin duda, definitiva para ellos.

Aquel nombre de sonoras reminiscencias y evocaciones orientales no le decía nada. Candy cada vez entendía menos. Aparte de la estupidez que para ella representaba la guerra y el repudio y enojo que le causaba, porque con la visión de la miseria y la destrucción de la Gran Guerra había tenido más que suficiente, no disponía de demasiada información sobre aquel conflicto. ¿ Francia ? ¿ Estados Unidos ? ¿ qué podía tener aquel lejano rincón del planeta para atraer como un fatal imán, tanto a gentes de diversa procedencia, induciéndolas a masacrarse en un lugar tan apartado y recóndito.

Optó por no pensar más en ello y se aferró firmemente a Mark. El joven aun confiaba en que los soldados pasasen de largo, que solo estuvieran haciendo un recorrido de rutina o tal vez se dirigieran hacia el Sur, para unirse en la lucha a sus camaradas. Mark sacudió la cabeza, para apartar de su mente la fugaz y abyecta imagen de su esposa sufriendo las violencias de aquella guerra. Candy había estado en peligro mortal varias ocasiones y no siempre había estado cerca para salvarla, como cuando su sangre le jugó una mala pasada cuando retornaba de Sarajevo con su esposa y Haltoran, asidos por la cintura tras evitar supuestamente la Gran Guerra, inundando su organismo con un mortal y tóxico veneno que estuvo a punto de terminar con su vida. Irónicamente le debía la vida a Albert y mientras batallaba inconsciente por su vida, en un hospital de Chicago, Candy en compañía de Neil fue atacada por unos ladrones. Solo la imprevista valentía que Neil desplegó en el último instante sacando fuerzas de flaqueza de donde aparentemente no había nada más que egoísmo y frivolidad, la salvaron in extremis hasta que con Haltoran pudieron acudir a su rescate tras precipitarse por el fondo de un profundo barranco.

Mark se dijo que jamás la dejaría sola, nunca más mientras aferraba con determinación el cañón de su lanzagranadas. No quería volver a matar, lo detestaba, porque esos jóvenes soldados tal vez desearan tanto como él y Candy vivir en paz, pero a veces las circunstancias de la vida y sus vientos cambiantes nos llevan por otros derroteros distintos a los que en un principio, habíamos esperado encauzar nuestro camino.

"Al cuerno" –pensó Mark enfurecido, mientras desactivaba los seguros del arma moviendo las palancas con presteza situadas a ambos lados de la empuñadura – no me agrada matar, pero lo haré si no queda otro remedio.

Un brillo peligroso flotó en sus pupilas de azabache. Candy que conocía esa torva y decidida expresión de su mirada, pronunció suavemente su nombre:

-Mark –el susurro de la voz de su esposa acarició sus oídos y su alma. Mark se giró lentamente y ella le besó con pasión, mientras bisbiseaba lentamente:

-Mark, confío en ti plenamente. No te preocupes por mí. Te seguiré siempre.

-Te quiero mi dulce Candy.

-Yo también cariño –dijo ella dejando de llorar para evidenciar su fortaleza y presencia de ánimo y que no iba a dejarse derrotar tan fácilmente.

-Juntos para siempre –susurró Mark antes de volver la vista al frente.

-Juntos –coincidió ella con voz resuelta y decidida.

7

Tal vez si los soldados hubieran dado un rodeo, quizás si no hubieran estado, allí en mitad de las aguas engañosamente calmadas, entre los búfalos y los cañaverales que competían por el anegado lecho de los cultivos, con el arroz al que trataban denodadamente de ganar terreno, o no hubieran estado allí los restos de aquellos viejos helicópteros, acribillados a balazos y disparos de obús, si uno de los jóvenes soldados no hubiera decidido investigar, o simplemente examinar los restos de los desvencijados aparatos enemigos abatidos, de aspas quebradas semejando molinos de viento derruidos, quizás no hubieran llegado tan cerca de la boca de la cueva y no habrían distinguido la inconfundible silueta de una mujer muy joven y menuda, con su no menos flameante cabellera rubia que destacaba en la penumbra de la cavidad, como una luz de vivos y atrayentes colores en mitad de la noche más oscura. Naturalmente, les descubrieron, y por supuesto comenzaron las dificultades. Cuando los ojos verdes de Candy se cruzaron los del sorprendido muchacho, de una increíble tonalidad muy clara, que había decidido estudiar los carcomidos fuselajes, invadidos por el agua y la vegetación tropical, de los Huey norteamericanos, este les apuntó con su AK-47 y dio inmediatamente la voz de alarma a sus compañeros. Mark no lo dudó ni un instante y amartilló su arma. El fuerte chasquido se escuchó claramente en las inmediaciones de la cueva. Los soldados norvietnamitas esgrimieron sus armas, pero Mark fue más rápido y disparó una granada cónica que produjo un penetrante siseo al ser eyectada de la boca del cañón. Los gases que el arma de Mark expulsó por los disipadores laterales hicieron toser a Candy que trató desesperadamente de mantener su mente despejada. La granada cónica voló por encima de los soldados y restalló con un fuerte estruendo, derribándolos por tierra pero sin matarlos, dejándolos aturdidos. Mark había rebajado la cabeza de guerra de algunas de las granadas cónicas para no tener que matar innecesariamente, si era capaz de evitarlo, aunque disponía de otras con su carga completa explosiva, por si no le quedaba otra salida posible. Aprovechando que los soldados estaban desorientados, tosiendo o intentando recobrarse mientras se preguntaban que había sucedido, Mark alzó la voz y dijo:

-Ahora Candy ¡! Vamos!

Candy asintió y Mark echó a correr tan rápidamente que la joven sintió que las plantas de sus pies no tocaban el suelo. Por un momento, Candy tuvo la extraña sensación de flotar horizontalmente sobre la vertical del suelo, mientras ondeaba como si fuera los extremos de una larga bufanda, en torno al cuello de Mark. Por supuesto aun así, Candy representaba un peso extra y considerable para Mark que solo pensaba en correr para que el iridium, cuyas llamaradas estaban empezando a brotar de su espalda y que intentaba dirigir fuera del alcance de Candy para no lastimarla, alcanzaran la temperatura y el punto óptimo de explosión para iniciar un viaje en el tiempo. Mark elevó su velocidad de forma vertiginosa. Candy cerró fuertemente los ojos atenazando aun con más desesperación si cabía, el cuello de Mark. Por un instante abrió los ojos y le pareció notar, o quizás fuese tan solo una ilusión de sus agotados sentidos que el joven alcanzaba velocidades inconcebibles para un ser humano que se suponía iba a pie. Sin embargo, algunos soldados se estaban recobrando de la impresión recibida y apuntando sus armas les dispararon. Las pesadas y puntiagudas balas silbaron en torno a Candy, pero como Mark aun no había podido desplegar la cubierta protectora de luz iridiscente en torno a ambos, cogió a su esposa y la protegió con su cuerpo tras voltearla, ofreciendo su espalda a las balas, que se incrustaron en la misma causándole unos dolores insufribles.

Candy estaba destrozada por el sacrificio que el gentil y bondadoso Mark estaba realizando para defenderla. Las balas siseaban y se hundían en su carne, pero el joven no se inmutó y apretando los dientes abrazó a Candy con determinación, ignorando sus propios sufrimientos. Mientras Candy, lloraba amargamente deseando ser ella y no Mark la que fuera atravesada por los impactos de bala, con tal de ahorrarle semejante dolor y sufrimiento a su marido.

"Mark, mi vida, mi amor, mi príncipe" –pensó temblando de rabia y llorando, deseando que el castigo que el cuerpo de su amado estaba recibiendo fuera para ella. Por un momento se le pasó por la cabeza interponerse entre las ráfagas furiosas y Mark, pero decidió quedarse quieta. Si hacía tal, Mark terminaría muriendo, al igual que ella, y aunque uno de los dos sobreviviera, el dolor de la pérdida del ser amado, terminaría por matar de pena y de tristeza al otro. No, debía vivir, debía vivir por Mark, para que él también pudiera hacerlo. Eran almas gemelas, si se separaban o uno de los dos perdía la vida, el otro terminaría por seguirle inevitablemente. Su amor era más fuerte de lo que en un principio Albert, Terry o incluso Archie habían podido suponer sin imaginar su verdadero alcance ni de lejos.

En ese momento, Mark contrajo los puños, mientras Candy se apretujaba contra su pecho, y ella le decía:

-Amor mío, vamos a conseguirlo, vamos a conseguirlo. Confía en el Padre Celestial, tienes que confiar en El.

Candy se unió a los ruegos de Mark, pero orando al Señor en vez de dirigirse a un compuesto que nadaba en la sangre de Mark, entre sus plaquetas y sus glóbulos rojos confiriéndole unos dones que a modo de voluble deidad demandaba un tributo determinado, a veces de terrible índole, para poder disfrutarlos y disponer libremente y a su antojo, de los mismos.

Luego musitó débilmente, aunque Mark fue capaz de oír lo que decía:

-Hermana María, Señorita Pony, no lloren, pronto volveré a abrazarlas…Mis dos queridas madres, mis buenas y dulces madres. Mi propia madre, Eleonor, Eliza, Neil, Stear, Helen, Ernest, mis queridos y dulces hijos Maikel y Marianne. Mis niños adorados, mis pobrecitas criaturas –sollozó.

Mark notó como la rabia por la aflicción de su esposa y porque el destino se empeñaba una y otra vez, arduamente, en separarles o hacer imposible el normal desenvolvimiento de su amor ascendía desde lo más recóndito de su ser. Experimentó como su valor y su coraje aumentaban por efecto de una sorda ira, que le salía del alma, sintiendo que el iridium bullía, que pronto despertaría todo su aterrador y letal poder, manifestándose a través de los poros de su piel. Su sangre bombeó frenéticamente empujando al iridium cada vez más deprisa por sus arterias y conductos sanguíneos inyectando adrenalina, mientras las heridas que aparecían en su cuerpo, a modo de válvulas que lo soltaban, se abrían en su carne, para darle salida.

Mark asintió y gritó refiriéndose a la caprichosa sustancia que bullía en sus venas y que parecía no querer ayudarles cuando más la necesitaban, como si realmente fuera a responderle, o quizás sacarla de su letargo:

-¡Vamos iridium, vamos, no nos falles, no nos falles.!

-¡Iridiuummm! –bramó Mark con el rostro contraído por el esfuerzo, mientras los disparos enemigos sonaban cada vez más cerca.

Finalmente el iridium siseó con rabia al entrar en contacto con el aire y arder como si fuera yesca, o gasolina en contacto con una chispa. Mark dio un salto y una estela de fuego rugiente, partió de su cuerpo elevándole hacia las alturas, llevando a Candy consigo, sólidamente agarrada a su cuerpo, como si fueran uña y carne, como partes de un mismo e indisoluble todo, como así era realmente. Los soldados jamás habían visto nada semejante y el huracán de fuego, provocó otro de viento que les derribó por tierra e hizo que algunos de ellos buscaran refugio bajo milenarios manglares y otros vaciasen valientemente, pero sin ningún resultado concreto, el cargador de sus fusiles sobre la estela de fuego que bramaba impetuosa y que pugnaba por alcanzar altura, alejando a Mark y Candy de aquella época tan ominosa, con la esperanza de que fuera de forma definitiva. Finalmente pudo rodearse junto con su esposa, con el caparazón iridiscente, cálido y dulce que salvaguardaría y mantendría a Candy, al abrigo de lo más dañinos y mortíferos efectos del iridium durante el salto en el tiempo, aunque él, no lo necesitara realmente para sobrevivir en la dimensión temporal que habrían de atravesar, para alcanzar su época nuevamente.

Pero poco antes de que Mark y Candy cruzaran definitivamente el umbral de las eras, para tratar de ganar su época, varios aviones similares a los que les habían atacado, tomándoles sin duda por un caza enemigo, hicieron su aparición repentinamente en la batalla. Ominosos, grandes, pesados como aves de mal agüero, mensajeros de nada bueno, semejando pájaros de presa, se deslizaron rugientes sobre los soldados enemigos y descargaron una lluvia de vainas grises de acero metalizado, y forma ovalada que cayeron zigzagueantes sobre los norvietnamitas. Unos instantes después atronadoras explosiones agitaron el otrora tranquilo y calmo valle sumiendo a los hombres, en una pesadilla de fuego y horror. Mark se alegró sinceramente de que Candy no pudiera presenciarlo con claridad y sobre todo oler el hedor de la carne humana quemada, achicharrándose lentamente. Los Phamton viraron hacia el sur y se perdieron en la lejanía, mientras la selva ardía con violencia devorada por un incontrolable y pavoroso fuego que a Candy se le antojó, que poco tenía que envidiar al de Mark.

-Napalm –sentenció lapidariamente Mark, entristecido, mientras Candy escondía el rostro contra el torso del joven para no ser testigo de aquel horror.

-Es horrible, es horrible –acertó a decir presa del shock mientras Mark solicito, trataba de consolarla acariciando sus cabellos rubios que ondeaban al viento provocado por la enorme velocidad que el iridium les confería, mientras surcaban el aire.

-Lo sé amor mío, lo sé, es culpa mía, y ojala nunca hubieras tenido que presenciar algo tan terrible, pero te juro que pronto dejaremos atrás esta pesadilla, tienes mi palabra. Confía en mí, Candy, confía en mí.

La chica asintió y cerró los ojos tal y como Mark le había recomendado, intentando apartar la dantesca escena de su mente.

8

Estaba empapada. Notaba como la humedad le calaba hasta los huesos y sus ya de por sí destrozadas ropas, puros harapos no le servían de mucho en medio de las gélidas aguas, aunque el calor que les proporcionaba el resplandor de iridium les había mantenido con vida. Después del tremendo choque, Mark había perdido nuevamente el conocimiento y en modo alguno estaban en Lakewood, si no en mitad de la nada. Candy, que nuevamente había recobrado el sentido antes que Mark, notó como el agua le llegaba hasta el cuello y se apercibió asustada, como el cuerpo inerte del joven le arrastraba hacia el fondo. La muchacha movió la cabeza con dificultad y tendiendo la vista en derredor, descubrió espantada, que habían ido a parar, no ya a una tierra hostil o desconocida, sino a un inmenso mar que se perdía hasta donde quiera que alcanzara la vista. Candy gimió horrorizada, llevándose las manos a los labios y tratando de despertar a Mark, sacudiéndole frenéticamente. Por más que lo intentó, no lo consiguió y por un momento, la atribulada Candy se temió lo peor, notando que la pérfida y cruel hoja del destino, hedía su corazón. Sin Mark, ella no era nada y decidió rendirse a la evidencia y al cansancio, preparándose resignada para descender hasta los abisales fondos marinos con su amado. El mar sería su sudario y el arrullo de las olas, su oración fúnebre. Por lo menos, estaba junto a él y reposarían juntos eternamente en el lecho marino. Lloró desconsolada y besó los labios de su marido, la que supuso sería la última vez. La piel de Mark estaba amoratada , pero hacía falto algo más para terminar con el valeroso e indomable viajero del tiempo. Candy, reclinó la cabeza en el pecho del joven. Estaba cansada y furiosa, enojada no por ella sino porque Mark, siempre se llevaba la peor parte para defenderla, para mantenerla a salvo y protegida de cualquier peligro. Desde que la salvase de los embravecidos rápidos del río que atravesaba Lakewood de parte a parte de la propiedad, supo que aquel triste y afable joven arriesgaría su vida, siempre que ella estuviera en mortal peligro, para preservar la suya. Mark era una caja de sorpresas, tan pronto lloraba y se mostraba ceñudo y silencioso como reía gratamente haciendo que su cara se iluminase. La única interpretación que tenía para aquello es que su amor, había hecho aflorar ese optimismo que permanecía oculto desde que el joven perdiera a su madre atropellada en el futuro, lo cual le marcó indefectiblemente de por vida.

Finalmente percibió los latidos de Mark reclinando su cabeza contra el pecho de este y le tomó el pulso para cerciorarse. Candy lanzó un gran grito de alegría cuando Mark abrió los ojos y entonces su esposa le rodeó el cuello con los brazos besándole y empapándole con sus lágrimas, mientras hipaba colmándole de besos y muestras de cariño.

-Tranquila cariño, tranquila -boqueó Mark gratamente sorprendido y chapoteando levemente en las aguas- me vas a terminar por ahogar. Estoy bien, estoy bien.

Mark se llevó una mano a las sienes y se quejó de un ligero dolor de cabeza. Enseguida experimentó una desagradable sensación de humedad y como sus piernas pataleaban en medio de lo que parecía un medio marino o por lo menos, un profundo curso de agua.

-No, maldita sea –gruñó Mark desabridamente, -estamos en mitad de un Océano, algo ha vuelto a salir mal.

-Pero, pero, ¿ por qué ? –preguntó Candy abatida e incapaz de entender porqué los hasta entonces precisos y siempre fiables saltos de Mark en el tiempo, fallaban por segunda vez.

Mark nadó tratando de mantener a su esposa a flote y al comprobar que estaba aterida de frío, dado que el resplandor del iridium se había extinguido en cuanto Mark quedó inconsciente cuando chocaron contra la superficie del Océano, extrajo la mano izquierda del agua que permanecía sumergida y desató algunas llamaradas procurando regular su intensidad al mínimo, para procurarle calor.

Candy giró la cabeza contrariada, pero comprendió que Mark solo pretendía mantenerla caliente dado que sus harapos hechos jirones y ahora encima, chorreantes de humedad, no hacían más que aumentar la sensación de que se estaba congelando en vida.

-No lo sé Candy –dijo Mark pesaroso intentando no caer en el desánimo para no terminar con la escasas esperanzas de la chica- pero calculo que ese rayo, debió alterar mi capacidad para llegar con precisión a cualquier época. Supongo que se corregirá cuando la energía estática del rayo que invadió mi sangre sea disipada, con cada viaje en el tiempo y que espero iré afinando más mis rumbos –dijo el joven aproximando la llama, para que Candy pudiera extender sus manos y aproximarlas a las danzarinas lenguas de fuego como si fueran una fogata de campamento. Solo que estaban en mitad del mar, en una latitud desconocida y en mitad de ninguna parte. Puede que hubieran arribado incluso a la época correcta, pero no había modo de saberlo, hasta que Mark hubiera descansado lo suficiente, como para remontar el vuelo nuevamente.

-¿ Significa eso que cada salto que efectuemos en el tiempo va a ser erroneo ? –preguntó Candy con un deje de miedo en sus hermosos ojos de esmeralda, incapaz de dar crédito a lo que el atribulado Mark estaba admitiendo. Sintió deseos de enojarse con él y de chillarle pero se abstuvo de hacerlo, porque Mark no era culpable, al menos directo, de lo que estaba sucediendo. Entonces se fijó que el agua de mar estaba teñida de una tonalidad oscura y mugrienta, por efecto de una sustancia espesa y oleosa que flotaba en torno a ellos. Candy reconoció inmediatamente los restos de la sangre emponzoñada producto del último salto en el tiempo, desde las selvas de Vietnam, cuando fueron testigos de un ataque aéreo, antes de cruzar nuevamente el tiempo. Candy guardó silencio. No quería pelearse con Mark, porque él estaba tan apenado o puede que más que ella, sintiéndose culpable de la absurda situación creada accidentalmente por el rayo. Entonces Mark lanzó un gemido y se dobló de dolor. Candy le sostuvo entre sus brazos y gritó espantada mientras sus cabellos rubios y rizados, recogidos en dos colas de caballo, se agitaban por efecto de sus frenéticos movimientos:

- Cariño, cariño, ¿ qué te ocurre ? ¿ qué te pasa mi amor ? –sollozó asustada.

-No…es nada Candy…Debieron ser… -dijo Mark con dificultad para respirar y un hilo de voz- las balas que nos dispararon mientras huíamos. Intentaré cauterizarlas.

-Déjame que te examine las heridas –dijo Candy intentando que se volviera mientras Mark obedecía remiso, chapoteando levemente en las frías, aunque afortunadamente calmadas aguas.

"Pobre Mark" –se dijo para sus adentros –"recibió todas esas balas en su cuerpo, con el único fin de protegerme. Mi pobre ángel guardián, mi príncipe" –se lamentó con los ojos arrasados de lágrimas, intentando que Mark no se percatara de su sufrimiento, para no causarle más pesar, del que ya de por sí tenía encima por el imprevisto sesgo que los acontecimientos habían tomado desde que les cayera aquel rayo encima a ambos. Mark iba a preguntarla porqué se había arrojado en sus brazos, cuando el relámpago rasgó la oscuridad de la noche pero se abstuvo de hacerlo, porque conocía de antemano la respuesta, y él habría hecho exactamente lo mismo por Candy. Había intentado protegerle al amarrarse a su torso con sus manos, y casi había perdido la vida, siendo arrastrada junto con él, en un involuntario peregrinar por las eras, que tras su segundo error de cálculo o imprevisto fallo, a Mark se le antojaba que no iba a ser precisamente corto ni agradable, hasta que lograran retornar a su tiempo. De nuevo agradeció en silencio que aquella maravillosa criatura de belleza inhumana estuviera a su lado y fuera su esposa y compañera, y la madre de sus dos hijos a los que ansiaba ver con todas sus fuerzas.

Lo que vio el experto ojo clínico de Candy la dejó sin habla. Mark presentaba varios impactos de bala, que le habían inferido profundas heridas, aunque no tocaron órganos vitales, debido a que el iridium había aumentando tanto su masa muscular, que la carne había servido de escudo para frenar los proyectiles, que no obstante permanecían enterrados en sus tejidos.

-Tengo que sacarte estas balas, pero con qué…aquí en medio del océano –suspiró entristecida y musitó levemente- es inútil y absurdo. ¿ por qué tienen que sucedernos estas cosas Mark ?

-Quizás…porque te enamoraste de un viajero del tiempo –dijo Mark realizando un esfuerzo por sonreír mientras rebuscaba en su mochila que llevaba firmemente sujeta a la espalda por dos correajes de cuero, extrayendo una especie de destornillador afilado que utilizaba para poner a punto su arma junto con un par de herramientas más, y se lo tendía a su esposa para que intentara extraerle las balas.

-Prueba con esto –dijo Mark ante la sorpresa de Candy que en un principio se negó rotundamente a hacer lo que el joven le estaba sugiriendo.

-Es…es una locura Mark. ¿ cómo te voy a sacar las balas aquí en medio del agua? Sin anestesia, sin calmantes, sin gasas ni desinfectantes, sin nada de nada. Puede que te provoque una hemorragia que no sea capaz de cortar a tiempo -se lamentó mientras luchaba por mantenerse a flote y levantar la cabeza por encima del nivel del agua.

-No te preocupes por esas minucias –dijo Mark intentando bromear, aunque la situación no se prestaba ciertamente a ello- sácame las balas cariño, no te preocupes del dolor, lo soportaré y luego cauterizaré las heridas. No temas, saldrá bien.

-¿ Cómo estás seguro de que será así ? –preguntó Candy aplicando resignada el destornillador en la primera herida que le pareció más grave y profunda y haciendo una mueca de tristeza por tener que inferirle a su esposo, semejante dolor.

-No…es la primera vez que me disparan –dijo Mark ante el gesto de horror y contrariedad de Candy, que realizó un mohín de sorpresa, pero reponiéndose enseguida, empezó a trabajar si se podía definir así, sobre la espalda de Mark. El joven la sujetaba firmemente asiéndola por la cintura con sus brazos, en una posición ciertamente incómoda pero necesaria, para evitar que eventuales corrientes o el cansancio alejaran a Candy de él.

Candy hendió la carne de Mark con el destornillador hasta tocar un objeto duro y achatado que sacó no sin cierta dificultad. Mark realizó un gesto de dolor, y Candy se detuvo al contemplar aquello, pero Mark sonrió, animándola a continuar:

-Lo estás haciendo muy bien cariño, ahí va la primera.

Candy asintió y tras recuperar el primer trozo de metralla de bordes mellados y cortantes, la soltó en el agua. La esquirla se hundió rápidamente en las profundidades. Enseguida se puso a trabajar sobre la siguiente bala. Para distraerse y hacer algo más llevadero su penoso cometido, Candy le preguntó:

-No voy a enfadarme querido, pero ¿ algún día me contarás todos los aspectos de tu vida ?, porque temo que me sigues ocultando hechos importantes y cruciales.

-Sí, tienes razón Candy. A veces no es fácil sobrellevar una vida como la mía, pero te iré relatando todo, porque no debe haber secretos entre los dos, no te preocupes y cuando esto termine –Mark lanzó un grito de dolor y una imprecación mientras arqueaba la espalda y contraía el rostro. Candy había tocado inadvertidamente un nervio, por lo intranquila y cariacontecida que estaba y la chica se deshizo en disculpas, pidiéndole perdón. Realmente estaba pensando en Marianne y en Maikel a los que echaba tanto de menos. El recuerdo de sus hijos y el deseo de ayudar a su marido, le confirió las fuerzas necesarias parar retomar aquella penosa labor.

-No es nada cariño –dijo Mark dirigiéndola una mirada que hizo la muchacha se estremeciese de cabeza a pies- no te preocupes, continúa por favor.

Candy afirmó con la cabeza y pronto la segunda bala estuvo fuera.

-Cuando esto termine –dijo Mark retomando el hilo de la interrumpida conversación- te prometo que se terminarán los viajes en el tiempo, el empleo del iridium y todo lo demás, te lo juro. Te daré la felicidad plena y total que siempre habéis merecido tú, amor mío y nuestros maravillosos hijos. Te compensaré por tantos y tantos sinsabores, te lo juro, mi vida.

Candy movió la cabeza afirmativamente. Necesitaba creer que Mark esta vez cumpliría su palabra y de hecho, habían vivido una existencia feliz desde que había vuelto de Neo Verona, hasta que aquel malhechor desestabilizó los pilares de su felicidad, por una obsesiva pasión que podía haberles costado muy caro a su familia, a los Legan, y a los que menos tenían que ver con todo aquel triste giro del destino, los inocentes huérfanos del Hogar de Pony y a sus dos bondadosas madres. Si algo les hubiera sucedido, probablemente Candy no se lo hubiera perdonado nunca. De todos los sinsabores que habían sacudido su vida, desde que conociera a Mark una mañana de Mayo, lo que menos podía soportar es que el entrañable y querido Hogar de Pony sufriera los embates de la furia de unos sucesos y circunstancias que jamás habría podido ni imaginar en sus más locos y desbocados sueños, de no ser porque Mark se cruzó en su vida, imprimiéndola un vuelco radical y total. Y si no contaba con encontrarse con un joven proveniente del futuro, quizás menos enamorarse perdidamente de él. Pero lo más inverosímil se había tornado realidad y la magia se había convertido en algo tangible y completamente real.

-Dime Mark, ¿ cómo descubriste, tus poderes ? –preguntó para mantener su mente ocupada y disipar de la misma sus miedos de que el Hogar de Pony volviera a ser blanco de un nuevo ataque o tragedia que injustamente golpease a quien menos lo merecía o no llenar sus pensamientos con el recuerdo de sus hijos, que sin duda la estarían echando de menos al igual que sus amigos y familiares. Tuvo un pensamiento para su madre y otro para Annie, y se preguntó si ya habría partido para Italia, junto con Haltoran, para cursar sus estudios como enfermera quirúrgica. La voz de Mark la trajo desde el otro lado de sus pensamientos.

-Fue poco después de conocerte. No sabia lo que era, pero poco a poco fui haciéndome una idea de lo que tenía entre manos y como me había afectado. Te juro que yo he sido el primero en maldecirlos Candy, y sabes que antes de haberte involucrado adrede, o a alguno de tus amigos…o las personas del Hogar de Pony, habría sufrido en mi mismo las consecuencias, con tal de que ningún inocente ajeno a mí, tuviera que pagar por mis malditos errores.

La volvió a mirar por un breve instante. Candy notó como el amor hacía que su corazón se desbocara cada vez que aquellas pupilas negras y tan tristes como dulces sabían serlo, y estuvo a punto de perder la improvisada herramienta de cirugía en las procelosas aguas. Mark no sabía mentir, ni tampoco podía hacerlo en presencia suya. Los ojos de azabache tan infinitos y puros le reportaron tranquilidad, al confirmar sus más hondos presentimientos de que su esposo le había confesado la verdad. No era capaz de sentir rencor hacia él, porque todo cuando le había guiado hasta ella, había sido totalmente fortuito y ajeno a la voluntad del joven moreno. Ni los viajes en el tiempo, ni las consecuencias imprevisibles de la caprichosa sustancia, ni el que ambos se enamorasen locamente el uno del otro. De hecho Mark, en su bondad había intentado procurarle a Candy una engañosa y falsa felicidad, intentando crear para ella una realidad alternativa en la que viviese junto a Anthony feliz para el resto de sus días, pero no funcionó. El amor, que sentían entre sí era tan firme y fuerte, que ninguno de los hombres que Candy podría haber amado y que a su vez le habrían correspondido, lograrían competir con la influencia de Mark.

Candy retiró cuatro balas más del cuerpo de Mark que lanzó a las aguas con asco y horror al comprobar que llevaban adheridos fragmentos de carne y sangre coagulada y se cercioró de que no quedase ninguna esquirla o fragmento de metal en las toscas incisiones que había realizado en tan precarias condiciones. Finalmente terminó de quitárselas todas, en la increíble y más que improvisada intervención quirúrgica, sin anestesia, sin cirujanos ni enfermeras, sin una mesa de operaciones decente. Su quirófano era el bamboleante y frío mar, su anestesia conversar con su esposo para centrarse en la improvisada intervención, y su instrumental un destornillador probablemente oxidado y además mellado. Y para colmo, no estaba tan afilado como en un primer momento había supuesto Mark. Con un suspiro de alivio, dio por terminada "la operación" y entonces, Mark le pidió que nadara a su lado, para que pudiera encararse hacia él.

-Voy a cauterizar las heridas con fuego, y debo protegerte Candy. Procura no mirar. No es muy agradable -masculló Mark contrito.

La joven asintió. Además así no vería algo que se le antojaba horrible y poco gratificante como bien había supuesto.

Se abrazó a Mark mientras este esgrimía su mano a modo de tea para que ambos tuvieran algo de calor. Candy le besó mientras Mark hacía que una columna de llamas se elevara de su espalda, para desinfectar las heridas a base de fuego que cortó las hemorragias y desinfectó las heridas. Candy no se atrevía a mirar y el propio Mark le recomendó que no lo hiciera. Cuando hubo concluido, sus heridas se fueron cerrando, cicatrizando gradualmente pero siempre con acelerada rapidez, para nada comparable a la capacidad de regeneración de un ser humano normal.. En ese instante, una sirena rasgó la tranquilidad de aquellos calmos y silentes parajes. Candy profirió un grito de alegría. Mark suponía que les habían encontrado de casualidad, y mientras Candy lanzaba grandes exclamaciones agitando un brazo, haciendo gala de su desbordante optimismo, porque con el otro se sostenía a Mark, reclamando la atención de los tripulantes de la gigantesca nave que navegaba majestuosa en dirección hacia ellos. Entonces Mark sintió un estremecimiento, cuando se fijó mejor en el aspecto del imponente y gran transatlántico al que examinó con detenimiento. El buque presentaba cuatro chimeneas pintadas de rojo con el borde superior en negro, que emitían grandes penachos de humo oscuro y espeso, producto del abastecimiento de carbón, a sus grandes y siempre insaciables y voraces calderas Las cubiertas y la parte superior del casco eran de color blanco, pero la inferior era de un vivo y brillante color negro. En las cubiertas superiores, se agolpaba parte del pasaje, que contemplaba curioso y excitado, a aquellos dos náufragos, que se balanceaban mecidos por las olas en precaria situación en mitad de la enormidad del Atlántico. Mark se extrañó de la lujosa ropa pasada de moda que buena parte de aquellos caballeros y damas con aspecto de acaudalados lucían ostentosamente, detalle que luego tendría ocasión de comprobar Candy, como muestra y símbolo de su status social y financiero. Entonces Mark se estremeció. Su vista, más aguda que la de Candy, y probablemente que la de cualquier otro mortal, por los efectos del iridium, llegaba más lejos, por lo que leyó sin dificultad, en la parte delantera del casco, a un costado, antes de que ella pudiera hacerlo, una inscripción en grandes caracteres blancos sobre el oscuro casco: RMS TITANIC. Sobre la superestructura del barco, entre las dos chimeneas centrales destacaba una bandera roja con una estrella blanca que ondeaba incesantemente. La enseña, que tremolaba agitada por un ligero viento de babor, aparte de ser el estandarte del barco, también lo era de la White Star Line, la compañía naviera propietaria del mítico, lujoso y legendario buque de pasajeros.

Respiró acompasadamente para tranquilizarse y razonar con claridad. Entonces, antes de que pudiera tomar una decisión, paralizado por la sorpresa e intentando no dejarse llevar por el pánico, sopesando los pros y los contras, de lo que debía de hacer y lo que no, una chalupa, con un oficial en la proa y varios marineros a bordo equipados con largos remos, fue depositada en las aguas del Atlántico después de iniciar un controlado y largo descenso, que a Candy se le antojó eterno, desde sus amarres a bordo del buque de pasajeros, hasta que el casco de la embarcación tocó el agua que lamió sus costados. Candy aun no había visto el nombre del buque al que seguía haciendo señales con uno de sus brazos, y lanzando exclamaciones de júbilo a los marineros de la chalupa que remaban rítmicamente hacia ellos. Mark resopló. Sabía que Candy le plantearía un dilema moral insoslayable, añadido al que ya le asaltaba de por sí, en cuanto ella reconociera al mítico "barco de los sueños" como era apodado el gran y bello navío de línea, cuando más que presumiblemente, le pidiera que librara al gran buque de su trágico final.

Se decía de él que ni el Altísimo podría hundirlo, aunque como por desgracia era de suponer, las cosas transcurrieron por unos derroteros muy diferentes no logrando atracar como era sabido, en el puerto de Nueva York. Tal vez en ese aspecto, la soberbia humana, como tantas otras veces, fue demasiado lejos.

Por un momento Mark pensó en arrastrar a Candy lejos de allí y realizar otro salto en el tiempo para evitar tan tamaña responsabilidad, pero aunque era factible, desplegar el iridium desde una posición estática o en medio de un agitado mar, a costa de un terrorífico consumo de energía, prefirió no hacerlo porque el esfuerzo podría envenenarle la sangre y Candy no sabía obviamente, como realizar correctamente, la técnica de los puntos estrellados para canalizar el veneno fuera de su cuerpo, con la que Haltoran le había salvado la vida una vez. Era una técnica muy peligrosa que en caso de aplicarse mal o golpear en los puntos equivocados, y que debían coincidir exactamente con las estrellas de la constelación guardiana, podía acarrear el fallecimiento del malogrado infortunado al que se le realizara sin éxito. Era prácticamente posible llevarla a cabo en cualquier ser humano, cuya constelación guardiana venía determinada por su símbolo del zodíaco, como hizo también Haltoran con Neil, al salvarle la vida, cuando protegió a Candy con su cuerpo, tras rodar huyendo de unos maleantes, por la ladera de un barranco y precipitarse al fondo del mismo.

Además, para liberar el iridium era preciso una veloz carrera en tierra firme, con el fin de que la peligrosa sustancia, se inflamara en contacto con el aire, lo cual además facilitaba en gran medida el que pudiera ser exudada a través de las aberturas que a modo de válvulas, se abrían en su piel para soltarlo, al no requerir tanta energía para conseguirlo. Y por otro lado, aunque aquellos hombres estuvieran ya condenados, o quizás se salvasen, porque en el naufragio del Titanic hubo muchos supervivientes, aunque también desgraciadamente, demasiadas víctimas, no podía irrogarse el derecho de disponer sobre el destino de aquellos bravos y voluntariosos marinos a su antojo, debido a que aunque lograra ganar altura rápidamente, al alzar el vuelo a costa de un tremendo gasto de sus ya de por si menguadas fuerzas, seguramente mandaría al fondo del mar a aquellos hombres que estaban arriesgando sus vidas por salvar las suyas en un frágil y tambaleante esquife en medio del Atlántico Norte. Con un sudor frío, abrumado por la enormidad del hecho histórico al que se estaba enfrentando imprevistamente, y la presumible y gran responsabilidad a la que tendría que enfrentarse tarde o temprano de hacer algo o dejar que la Historia siguiera su curso y tal vez asumir el no poder hacer nada por ellos, encogió los hombros resignado y abrazando a Candy, se dijo que ya se le ocurriría algo, mientras la embarcación de rescate, ya estaba prácticamente a tiro de piedra de ambos. Procuró disimular sus emociones, lo cual no era su fuerte, frente a la sagacidad de Candy, que leía muy a menudo en sus ojos y expresiones faciales, como si fuera un libro abierto, cual era la verdadera naturaleza de sus verdaderos y turbulentos pensamientos.

9

Cuando la endeble embarcación llegó a la altura de Candy y de Mark, el oficial que encabezaba la tripulación de la misma y varios hombres ayudaron a la joven a subir a bordo, mientras Mark esperaba pacientemente a que los marinos acomodasen a su esposa, ubicándola junto a la popa de la chalupa. Una vez que Candy que estaba empapada y aterida se halló fuera de las aguas, un marinero le tendió una manta, que Candy agradeció con una mirada de gratitud y con la que se envolvió apreciando el calor que el grueso cobertor le proporcionaba. El oficial tocado con una gorra blanca y un impoluto uniforme de color azul marino era un hombre joven y de rasgos cincelados que se dirigió hacia Candy con unos modales impecables, y un ligero acento británico:

-¿ Está usted bien señorita ? ¿ se encuentra indemne ?

Candy asintió pero enseguida sus preocupaciones fueron para Mark que aun estaba inmerso en el agua, aunque varios hombres le ayudaban a subir por el borde la embarcación, lo cual no era tarea fácil dada la envergadura de Mark, aunque la rebajase drásticamente por amor en el Artico manipulando su estructura atómica, hecho que le podría haber costado la vida y que de cuando en cuando, Candy se lo reprochaba por la inmensa estupidez que a su juicio había cometido. Aunque Mark había ganado en atractivo y prestancia con aquel dramático cambio de imagen, Candy estuvo mucho tiempo sin perdonárselo, aunque el amor finalmente limó las asperezas y la atribulada y enamorada muchacha terminó por olvidarlo.

-Por favor, ayuden a mi esposo –suplicó Candy al oficial y a varios marinos que tendieron a Mark otra manta y le sirvieron café caliente de un termo que fue pasando de mano en mano hasta que este llegó a las de Mark. El joven dio las gracias por el detalle con una inclinación de cabeza y aunque también ofrecieron café a Candy, la joven rechazó amablemente la bebida porque estaba más habituada al té. El café solo, le resultaba demasiado fuerte para su gusto y siempre terminaba por producirle calambres en el estómago. Sin embargo, Mark al que la utilización del iridium además de las consabidas pérdidas de sangre negra a efectos de limpiar su organismo y sistema circulatorio de cualquier posible toxicidad, le producía un hambre atroz, por lo que pese a que no le simpatizaba para nada pisar la cubierta de un barco condenado, ansiaba también darse un baño caliente, cambiarse de ropa y probar algún bocado. Y Candy era de la misma opinión. Alguien reparó en la esplendida semidesnudez de Candy y por eso antes que por el frío, que también, le habían entregado la manta para cubrir sus formas por una cuestión de pudoroso y recatado respeto hacia Candy. Mark y sobre todo ella, comprobaron que los rudos y curtidos hombres por deferencia hacia ella, desviaran la mirada procurando no indagar ni siquiera de forma inadvertida, en las bellas y esculturales formas que se entreveían entre los jirones desgarrados de su ajado vestido. Fue entonces cuando Candy leyó en uno de los salvavidas que iban dispuestos en los costados de la embarcación un nombre que la dejó sin habla. De no ser porque estaba rodeada de gente y probablemente la tomarían por una persona histérica o al borde de la desesperación por la dura experiencia del naufragio, se habría puesto a gritar frenéticamente. Había descubierto de manera dramática, lo que Mark pensaba haberle revelado con gran tacto y cuidado: RMS TITANIC era el nombre que la muchacha había deletreado en la parte superior e inferior del salvavidas. Mark adivinó enseguida por los ojos inyectados de miedo de su esposa, que había descubierto la verdad, aunque Candy mostró un perfecto autocontrol y se acurrucó envuelta en la manta entre dos marineros mientras el oficial le preguntaba con deferencia y educación que les había sucedido. Candy aparentó cierta dificultad para hablar, mientras su imaginativa mente elucubraba una historia lo suficientemente convincente, y refirió sin esfuerzo:

-Viajábamos en un carguero llamado Nueva York y una tormenta nos sorprendió haciéndonos zozobrar. La mayoría de la tripulación y el pasaje pudieron ponerse a salvo, pero mi esposo y yo fuimos alejados por las corrientes y con la bruma reinante, pasamos inadvertidos y se marcharon sin nosotros. Gracias a Dios que pasaban ustedes por aquí.

Mark arqueó las cejas admirado de la inventiva de Candy para elaborar historias con una trama lo bastante sólida como para impresionar al curtido oficial y sus hombres. Cuando aclaró porqué supuestamente ella y él, viajaban en un carguero en vez de un barco de línea, Candy dijo mientras se arrebujaba en la zafrada:

-Mi esposo y yo tenemos una economía muy modesta y vivimos todo el año en Inglaterra, aunque por estas fechas, solemos regresar a Norteamérica para visitar a mis padres que viven en Illinois tras ahorrar el dinero suficiente para poder pagarnos el pasaje, aunque esta vez debido a que no reunimos el suficiente efectivo tuvimos que contentarnos con un par de plazas que el capitán del Nueva York nos ofreció ante nuestra desesperación por no haber hallado un barco lo suficientemente asequible como para que nos llevase hasta América.

Mark estuvo a punto de silbar admirado, pero lógicamente como era de esperar se contuvo. Quedó impresionado por la forma de Candy de aunar en un mismo relato, ficción y parte de verdad y sobre todo, por su forma de controlar sus emociones ante el fatal y a la vez sensacional hallazo que habían realizado.

-Tienen ustedes suerte señores –anunció el afable oficial que no tendría más de veinticinco años y que mostraba una sempiterna sonrisa en su rostro de líneas agradables y casi aristocráticas –van a viajar hasta Nueva York en el mejor barco del mundo, aunque como me imagino que sus pertenencias están en el fondo del mar, junto con su dinero, no podremos alojarles más que en tercera clase. Lo lamento sobre todo por la señorita, que después de sufrir una experiencia tan dura, merecía algo más de comodidad, pero los reglamentos de la White Star Line son así de estrictos con los náufragos.

El oficial bajó la voz, aunque estaba entre hombres leales, que no dirían ni media palabra de lo que el oficial comentara con los náufragos y repuso con indignación:

-Si por ellos fuera, arrojaban a todos los náufragos por la borda, con tal de que cada persona que pise la cubierta de sus barcos les reporte beneficios. Los viajeros no son personas, si no billetes de dólar con piernas.

Candy rió divertida la comparación que el oficial había realizado, entornando los ojos y llevándose la mano izquierda a los labios, mientras sus hombros eran sacudidos rítmicamente por las sacudidas que su hilaridad le producía. Mark asintió y declaró ante lo que parecía más que evidente embarazo para el joven oficial que se había quitado la gorra, y se frotaba la frente con la mano izquierda:

-No hay problema señor –dijo Mark con sinceridad- mi esposa y yo les agradecemos infinitamente que se hayan desviado de su ruta para rescatarnos. Nos apañaremos, aunque no tenemos dinero para pagar el pasaje, pero tan pronto como nos sea posible, lo haremos, palabra.

-No se preocupe ahora de eso –dijo el joven marino- lo importante es que están ustedes vivos y que pronto arribaremos a América.

Mark meneó la cabeza y estuvo a punto de desengañar al oficial, pero Candy que se anticipaba a las intenciones de su marido con la celeridad del rayo, le dirigió una mirada de advertencia, temiendo que Mark en un arranque de cinismo o de lástima les contase a todos aquellos hombres el trágico destino que les aguardaba, pero Mark se limitó a lanzar un suspiro y musitó un breve y escueto "gracias".

Candy dejó escapar otro suspiro de alivio y realizó una inspiración muy honda, mientras el imponente barco, majestuoso y reluciente se alzaba ante ellos como un palacio flotante en vez de permanecer en el fondo del mar convertido en un inmenso sepulcro marino, cubierto de algas y de herrumbre, abrumado por el peso de los años y de los recuerdos.

10

Había corrido el rumor entre las filas del pasaje que un matrimonio muy joven había sido encontrado con vida, manteniéndose a flote a duras penas sobre las aguas del Atlántico.

Lo primero que se encontraron Mark y Candy cuando subieron al barco fue dos largas hileras de gente elegantemente vestida que aplaudieron con frenéticos aplausos, a los dos recién llegados que miraban entre desorientados y maravillados, la colosal y lujosa impronta del gran gigante de los mares. Mark causó sensación en algunas de las damas que le miraban con curiosidad, ataviadas con grandes sombreros de flores que aunque seguían utilizándose en la época a la que pretendían denodadamente volver como fuera, iban cayendo en desuso cada vez más. Sus vestidos de finas telas y brocados destacaban con furioso contraste con las ropas deshechas y literalmente consumidas de Candy que intentaba tapar su cuerpo semidesnudo lo mejor de que era capaz, aunque su belleza pese a la áspera y burda manta que descansaba sobre sus hombros, provocó muy pronto admiración entre los caballeros de sombrero de copa o bombín, y reloj de oro con cadena fajando su chaleco que destacaba entre los pliegues de caras y lujosas levitas o chaqués. Sus distinguidas esposas les miraban con reproche y trataban de apartarlos de Candy a la que contemplaban con desdén y altivez, sin sospechar realmente, que era precisamente una de las mujeres más acaudaladas de toda Norteamérica, lo mismo que su marido.

Entonces, de entre el grupo de atildadas damas que se abanicaban constantemente y que la miraban con compasión, otras con curiosidad y no pocas con indiferencia rayana en el desprecio, destacó una con apariencia de matrona entrada en carnes, que llevaba un gran sombrero negro con plumas de flamenco en la parte superior del mismo e iba ataviada con un vestido muy recargado e hilado con sumo esmero y cuidado en un tejido muy elegante y caro. Candy supuso que aquel atuendo debería costar varios miles de dólares, cosa que según suponía ella, no sería problema para aquella dama de ojos claros y cabellos recogidos en un elaborado moño bajo el impresionante sombrero, aunque Mark que conocía algo de la historia de algunos de los ilustres viajeros del Titanic sabía de sobra que Margaret Brown una de las supervivientes más famosas del célebre naufragio que aun no había sucedido, se había desposado con un hombre al que amaba pero que no era el depositario de la inmensa fortuna que precisamente Candy, había atribuido a la dama. La mujer se aproximó a Candy en actitud maternal y rodeándola con sus brazos dijo con voz melosa y afectada que a punto estuvo a hacer reír a Candy, porque le recordó la del impresionante robot metálico creación de Haltoran:

-Oh, pobre criatura, que facha tiene, que aspecto, debió ser terrible las horas o tal vez días que permaneciste en el mar junto a tu valiente marido –dijo mirando de reojo a Mark- y esto no se puede consentir, no señor. Ahora mismo, Margaret Brown –dijo nombrándose así misma- te va a proporcionar una ropa de categoría, estaría bueno.

Antes de que Candy pudiera objetar o alegar nada, la voluntariosa y absorbente señora, se llevó a Candy llevándola de la mano y tirando de ella con tanta brusquedad, que casi hizo que perdiera el equilibrio, en dirección a su camarote. El marido de la dama, un hombre afable de aire distinguido, cabellos canos y una nariz algo prominente, pero muy sociable y simpático, se acercó a Mark para tranquilizarle y le dijo mientras agitaba su bastón todo el tiempo:

-No se preocupe. Mi mujer se ocupará de la suya en menos que canta un gallo. No entiendo mucho de modas femeninas, y la verdad, ni falta que me hace, pero verá que guapa deja Margaret a su encantadora esposa, joven, doy fe de ello.

11

Tal como prometiera el hombre, Candy apareció al cabo de media hora acompañada de Margaret y ataviada con un hermoso vestido de noche muy similar al que Candy llevara en el Mauritania en el momento en que el enamorado y desesperado joven, ayudado y secundado por su incondicional amigo, la sacó del barco tras hallarla por casualidad y fortuitamente en mitad del Atlántico, y en el que viajaba hacia Inglaterra por imperativo de su padre adoptivo, con el banal y sospechoso motivo, de hacer de Candy una dama en toda regla, cuando lo que pretendía realmente era alejarla de Mark, porque no podía soportar la idea de verles juntos. El mero hecho de imaginarlo le ponía enfermo.

El vestido era de gasa blanca y Margaret había peinado con esmero los largos cabellos de Candy confiriéndole un aspecto que la asemejaba más a una bella princesa que a la apurada superviviente de un naufragio. Los hombres allí congregados la admiraron visiblemente fascinados por el carisma y el glamour que Candy desprendía a su paso. El oficial que había encabezado la expedición de rescate, se extrañó, de que una joven tan hermosa y aparentemente pobre o por lo menos, proveniente de un entorno social modesto, encajara tan bien entre las damas y caballeros de alta alcurnia a los que hacía parecer como advenedizos y debutantes a su lado. Era como si aquella chica de inmensos y cautivadores ojos verdes semejantes a esmeraldas, cabellos rubios que relumbraban bajo la luz que desprendían las grandes arañas de uno de los salones principales del barco, y nariz respingona tachonada de pecas, hubiera nacido para brillar por derecho propio, en aquellos selectos ambientes, como si realmente proviniera o ya se hubiera desenvuelto en ellos con total y absoluta normalidad. Mientras Mark, al que habían ofrecido ropa seca, se cambió en un camarote que les habían asignado, no en tercera si no en primera clase, gracias a las influencias de Margaret Brown y su marido que aunque no nadaban precisamente en la abundancia, tampoco eran lo que se dice pobres o indigentes. Margaret no solía viajar en barcos tan costosos y ampulosos como el Titanic, pero aquella era una ocasión especial y se ofreció además a costear los pasajes de Mark y de Candy en primera clase, por lo que ambos pudieron quedarse no siendo necesario que se trasladaran a tercera.. Mark se puso el smoking que el marido de la dama le había prestado sobre sus ropas curtidas y bastante arrugadas. Iba a pasar mucho calor, pero no podía arriesgarse a descartarlas porque en cualquier momento tendría que recurrir a sus poderes, para huir del barco o tal vez…para salvarlo. Todo dependía del cariz que la más que previsible discusión con Candy tomara. Pero mientras, el joven se reunió con su bella esposa que, temía que Mark cometiera la tontería de pasearse entre aquellas adineradas y aristocráticas personas en mangas de camisa, vaqueros o con la cazadora de cuero, aunque para su tranquilidad distinguió su apuesta figura ataviado con un elegante smoking negro. Mientras Mark ofrecía el brazo a su esposa, consultó disimuladamente un diario que alguien había olvidado sobre una de las mesas de billar que presidían el elegante salón en el que Margaret había emplazado a Mari, para que aguardase a Candy. Lo que leyó hizo que la sangre se le helara en las venas. Instintivamente había buscado la fecha en la cabecera del diario. 14 de Abril de 1912, el día en el que el Titanic tendría una fatal cita con su destino. Eran las diez de la mañana y faltaban más de doce horas para el temible impacto contra los hielos eternos, que flotaban a la deriva arrastrados por las corrientes marinas.

12

Lo primero que hizo Candy tan pronto como pudo escapar de la tremenda curiosidad que la pareja había suscitado en buena parte del pasaje, fue reunirse con Mark en el camarote que gracias a la mediación y al generoso dispendio de la bondadosa dama les habían asignado, una vez que el oficial que rescatase a Candy y a Mark lo consultara con el segundo de a bordo, que a su vez lo notificó al capitán, que no puso reparos en que el matrimonio se quedase en primera clase siempre que abonasen el importe correspondiente de sus respectivos pasajes. Una vez que la apurada Candy logró zafarse de la interminable cantidad de damas, caballeros, importantes hombres de negocios y algún que otro jovenzuelo que pretendía cortejar a Candy con cierto descaro, que querían saludarla e intentando no desairar a su benefactora, consiguió por fin deslizarse hasta su camarote, bajo la excusa del tremendo cansancio y las emociones que las penurias del naufragio del carguero habían supuesto para ella, al objeto de descansar y reponerse, lo que por otra parte, no estaba muy lejos de la realidad. Cuando traspasó la puerta y cerró cuidadosamente tras de sí, lanzando un suspiro de alivio, encontró a Mark sentado en la cabecera de la lujosa cama de dosel, en mangas de camisa y pensando que hacer mientras mecía su cabeza entre las manos que apoyaba firmemente en sus sienes. El también se había escabullido de la celebración, para pensar con claridad en un rincón más tranquilo, pero abrumado, no conseguía dar con una solución satisfactoria. Candy fijó su atención en su semblante preocupado y preguntó tímidamente:

-Mark cariño, ¿ ya has pensado en lo que vas a hacer ?

Normalmente habría avanzado hasta su esposa y la habría besado con efusión sobre todo ahora que su excepcional belleza destacaba aun más enfundada en aquel hermoso y vaporoso vestido, pero el joven no estaba de humor, porque se debatía en una tormenta interior acerca de cómo debía de proceder. Estaba ante el mismo dilema, exactamente idéntico al que se le planteó con ocasión de evitar el estallido de la Gran Guerra, cosa que lograron pero luego tuvieron que rectificar, porque fue peor el remedio que la enfermedad. Pese a que no estaba por la labor, conseguimos convencer a Anthony para que viajando en el tiempo, junto a mí, disuadiera a Candy de hacer nada y así procurar que diesen marcha atrás en su bienintencionado pero catastrófico plan. Mark escuchó la voz melodiosa de Candy y rascándose la frente dijo en tono quejumbroso:

-No lo sé mi vida. Si evito la catástrofe puede que las consecuencias futuras sean desastrosas, aunque se trata de personas poderosas, y no países enteros –razonó Mark evocando su frustrado plan para cambiar el futuro del mundo, que finalmente se vio abocado a la Primera Guerra Mundial.

-Poderosas, pero individuales, quizás haya una oportunidad –dijo Mark en voz baja ante la incipiente alegría de su esposa, que estaba firmemente convencida de que debían salvar el barco. Candy se encaminó hacia la puerta con la intención de entrevistarse con Edgard J Smith, el capitán del Titanic, que en ese instante se encontraba en el salón de fumadores departiendo con algunos caballeros, por lo que sabía por boca de Margaret. Con un poco de suerte, le encontraría antes de que retornara al puente de mando del majestuoso navío, a sus labores de dirección del barco, y quizás consiguiera hablar con él y convencerle del terrible peligro que se avecinaba, pero Mark detuvo a su esposa asiéndola por la recamada manga derecha de su largo vestido.

-No tan deprisa mi amor –dijo Mark negando con la cabeza y sintiendo un calor agobiante por los dos atuendos que llevaba puestos, uno encima del otro- no es tan sencillo.

Candy reparó con estupor como el cuello de la camisa blanca a cuadros de Mark, sobresalía por encima del de almidón del smoking y poniendo los brazos en jarras intentó abroncarle diciendo con cierto enfado:

-Mark, ¿ cuando vas a deshacerte de esa ropa tan sucia y descolorida ? te estás poniendo en evidencia.

-No es tiempo para tonterías Candy –dijo Mark con cansancio- es mejor que nos centremos en lo principal.

Candy asintió elevando los ojos verdes hacia arriba en señal de contrariedad pero decidió regresar al motivo principal de aquella improvisada reunión. Preguntó a Mark porque creía que su plan no surtiría efecto:

-Porque en primer lugar, los avisos que recibió –arqueó las cejas. Era difícil hablar de un supuesto pasado, que en el punto donde se encontraban exactamente aun no se había producido, o que era un eventual futuro- acerca de los icebergs, no sirvieron para mucho.

-En segundo lugar, no te va a creer, ni a mí aunque lo intentara –dijo Mark, con cierto esfuerzo

Candy entrecerró sus hermosos ojos verdes y preguntó a Mark que otras opciones tenían, aunque pronto se arrepintió de haberlo hecho. Antes de que el joven moreno pudiera siquiera empezar a hablar, el miedo titiló en las pupilas de esmeralda de Candy, porque adivinaba de que se trataba.:

-No, no, no –dijo abrazándole súbitamente por la cintura- eso no, Mark, no, no, te lo permitiré, no.

Mark hizo un gesto de desagrado. El temido enfrentamiento y dilema moral ya se habían planteado. Puso sus manos sobre los hombros torneados de Candy y dijo:

-Escúchame cariño. La decisión la dejo a tu elección, pero tienes que hacerlo pronto, dado que si no, deberemos marcharnos antes de que el barco colisione contra los icebergs, en torno a la medianoche.

Candy no sabía que hacer. No quería que el barco se convirtiera en un sepulcro que arrastrara al fondo marino a tantas personas inocentes, pero le horrorizaba sobremanera el hecho de que Mark recurriese nuevamente al iridium, aunque tendrían que hacerlo de todas, todas, para escapar en el momento oportuno, antes del momento de la colisión., pero la sola idea de que Mark tuviera que desatar el iridium la escandalizaba y la ponía de mal humor.

-Si vamos a intentar evitar el hundimiento Candy, -dijo Mark cruzando los brazos sobre el pecho- no puedo fundir un muro de hielo de tres mil años de antigüedad con mi arma –dijo palpando el RPG-12 que ahora permanecía replegado y escondido en un bolsillo de su camisa- ni tan siquiera lograría mellarlo. Necesito emplear el iridium, y aun así…no sé si será suficiente –admitió Mark ceñudo mientras Candy reclinaba la cabeza en su pecho y empezaba a verter algunas lágrimas, mientras preguntaba contrita y con voz ligeramente chillona por la incipiente histeria que estaba empezando a afectarla:

-Mark, cariño, aconséjame, ¿ qué me sugieres que haga ? –preguntó en referencia a que decisión debía adoptar, para que en base a ella, Mark actuara de un modo u otro a efectos de salvar el barco o desentenderse completamente de tal hecho.

Mark alzó suavemente el esplendoroso rostro de su mujer sujetándolo por el mentón y dijo:

-Debes escuchar a tu corazón Candy. Yo, en cualquier caso acataré lo que tú me pidas y si decides que nos marchemos, no te reprocharé ni te recriminaré nada –le dijo con dulzura depositando un leve beso en su mejilla derecha.

Candy dudó estremecida. En cualquier caso, tomase la decisión que tomase, puede que estuviese condenando a una de los dos partes. Si optaba por huir, el barco se sumergiría en los abismos oceánicos ineluctablemente, pero si le pedía a Mark que lo salvara, puede que a quien perdiera fuera a su esposo. De repente la idea de quedarse viuda prematuramente le semejó un destino terrible y tuvo un miedo cerval a que aquello pudiera tornarse realidad.

Candy preguntó a Mark de repente:

-¿ Si te pido que salves el barco, que probabilidades tienes de sobrevivir ?

-Es difícil responder a esa pregunta Candy –dijo Mark con recelo porque sabía que la joven se temía lo peor, lo mismo que él- porque es una cantidad muy grande de energía la que debería emplear para fundir el iceberg antes de que chocara con la nave, pero creo que seré capaz. Con un poco de suerte y…

Entonces un sollozo largamente contenido y que terminó por aflorar como un torrente enfurecido interrumpió sus palabras. Candy se echó en sus brazos y le besó apasionadamente mientras le susurraba al oído:

-No, no quiero que lo hagas Mark. Si te perdiera…no lo soportaría, no…mi vida terminaría en ese momento.

Mark asintió y acariciando los cabellos y las mejillas de su esposa con movimientos concéntricos de arriba abajo dijo escuetamente:

-Muy bien cariño. Haré lo que tú me pidas.

13

Pero el destino se las ingenia para que sus maquiavélicos y no siempre bien comprendidos designios se abran paso entre los seres humanos. El resto de la jornada transcurrió apaciblemente y Mark y Candy ya habían determinado que se reunirían en torno a las once y cuarto de la noche en la cubierta A, con la antelación suficiente para escapar a tiempo, esta vez confiando en que el caprichoso iridium no les volviera a jugar otra mala pasada y se encaminaran hacia la época correcta. Candy pensó en despedirse de Margaret Brown y su esposo por las atenciones que habían tenido con ellos, así como por su bondadosa protección, pero Mark la disuadió de que no lo hiciera.

-Es mejor no decirla nada Candy. Sé que es duro tener que admitirlo y puede que pienses que soy muy insensible, pero es preferible evitar que esta pobre gente imagine lo peor, aunque dudo que te creyesen. De todas formas, Margaret sobrevivirá junto con su marido y de hecho será apodada como "la insumergible Molly Brown" a cuenta de ello. Deja que el curso de los acontecimientos se desarrolle por sí mismo.

14

Eran en torno a las once menos cuarto de la noche.

Candy decidió seguir el consejo de su esposo, aunque con matices. Con la excusa de dirigirse hacia la sala de lectura para leer algunos poemas para no estar todo el tiempo imaginando que trágica suerte, correrían aquellas infortunadas personas, se despidió por el momento de su marido con un beso en los labios. Mark intentó acompañarla, pero Candy le rogó que no lo hiciera, porque deseaba estar sola unos minutos para reflexionar en todo aquello y prepararse mentalmente para la partida que tendría lugar en media hora

-Entiéndelo cariño, y además no me a suceder nada. Si te quedas más tranquilo, te dejo que me acompañes hasta la puerta de la sala de lectura.

-Para eso, entro y te acompaño un rato –dijo Mark molesto por la tozudez de Candy.

-No Mark, entiéndelo por favor, necesito estar a solas ese tiempo, te lo ruego.

Mark que no conseguía entender la extraña petición de su mujer, aceptó a regañadientes y dijo con voz ligeramente disgustada:

-De acuerdo, de acuerdo –le autorizó alzando ambas manos- pero no te olvides que nos vamos en media hora.

-No Mark, puedes estar tranquilo.

15

Once de la noche. Candy ingresó finalmente en la poca concurrida a esas horas sala de lectura y en la que no habría más de tres personas, dos hombres y una mujer aparte de ella, leyendo algunos libros de diversa temática. En ese instante, Mark paseaba nervioso por la cubierta A, rondando la entrada a las dependencias de lectura, sin quitar ojo ni por un momento de la puerta, por si surgía alguna eventualidad que requiriese su intervención inmediata.

En ese momento, escuchó un gemido ahogado y un leve chapoteo agitó las negras aguas en torno al casco de la nave. Se asomó y contempló horrorizado como un niño de cinco años pedía auxilio manteniendo a duras penas la cabeza fuera del agua, mientras braceaba frenéticamente pugnando por mantenerse a flote. Mark lo vio con su penetrante vista y masculló una imprecación en voz baja.

-No, precisamente ahora.

Pero no tenía corazón para dejar morir al niño ahogado. Al parecer nadie se había percatado de que el pequeño se había precipitado al mar, probablemente jugando o quizás buscando a sus padres. Se dijo que no podía permanecer de brazos cruzados impasible, y debía de salvarle, porque tal vez sobreviviera al tremendo choque que iba a producirse, en muy breve espacio de tiempo. Suspiró y procurando no alarmar a Candy, se subió al pretil de la barandilla y se lanzó al oscuro mar, cruzando los dedos para que la altura fuera suficiente a la hora de activar el iridium. Había estado a punto de avisar a Candy pero prefirió no hacerlo. Seguramente estaría de regreso con el niño en brazos, en cinco minutos. A través de un ventanal iluminado observó la grácil silueta de Candy, cuyo pelo caía en cascada sobre sus hombros, mientras hojeaba pensativa, un libro de poesía francesa, encuadernado en piel. La otra mujer que estaba frente a ella era Margaret Brown.

16

Once y diez.

Había rescatado al niño que no era capaz de creer como aquel hombre envuelto en una luz tan hermosa que resultaba irreal venía en su ayuda. El pequeño se contentó con la explicación de que Mark era una especie de ángel guardián que velaba por su seguridad, lo cual no era tan descabellado, bajo un cierto punto de vista. Henry Townstone no lloró, ni pataleó ni dificultó el rescate y permaneció callado pero sonriente mientras Mark a su vez le hablaba afablemente para tranquilizarlo y retornaba al barco con el inquieto pero disciplinado chiquillo entre los brazos. El rescate había sido tan precipitado y repentino, por lo imprevisto del hecho, que no había tenido tiempo de utilizar su poder de apantallamiento para ocultar su presencia. Candy y Margaret salieron a cubierta cuando el familiar y cálido sendero de luz denotó la proximidad de Mark surcando el firmamento. La muchacha prorrumpió en un grito de asombro sin importarle las airadas miradas y voces de protesta, que recibió de sus compañeros de lectura por interrumpirles y salió precipitadamente de la sala, seguida por Margaret, agitando los brazos y haciendo señales a Mark para que bajara inmediatamente. Entonces, el niño señaló con el dedo índice derecho hacia delante y lo vio. Mark ahogó un grito en su garganta. Lo que presenció le dejó sin aliento. Un enorme iceberg azulado se erguía frente al poderoso y gran barco haciéndole parecer una cáscara de nuez a su lado. Mark se alarmó.

-¿ Cómo es posible si aun queda algo más de media hora ?...a no ser que…

Entonces lo comprendió todo. Asustado y horrorizado, se dio cuenta por fin del motivo. Su rescate en alta mar había hecho que el Titanic se desviara de su ruta preestablecida buscando supuestos supervivientes del Nueva York y al no hallar restos materiales del carguero o sus mercancías, ni tan siquiera cadáveres flotando, por la simple y llana razón de que no existía, tomó otro rumbo diferente tras desistir de su infructuosa labor, lo cual le había puesto en ruta de colisión con aquel impresionante iceberg, que cual fortaleza de hielo avanzaba imparable contra el indefenso navío. La mentira de Candy para salir del apuro y justificar convincentemente su presencia en alta mar, había adelantado sin pretenderlo el final de la nave, en algo más de treinta minutos, respecto a la hora original de la histórica colisión. Candy se abrazó a Margaret y los demás lectores no se fijaron en el resplandor ígneo que Mark desprendía porque sus atónitos ojos estaban fijos en el gigante de hielo que se precipitaba contra el barco.

17

Mark contempló atenazado por la indecisión y la sorpresa como la ingente masa de hielo se desplazaba sobre el indefenso barco sin posibilidad alguna de evitar su malhadado destino. El iceberg se recortaba en la distancia y aun quedaban unos minutos antes del fatal impacto que su irrupción y la de Candy, en aquella época habían adelantado, debido al relato de Candy acerca de su supuesto naufragio. El capitán Smith, un marino muy experimentado y ya prácticamente próximo a jubilarse, se había retirado a su camarote, y tuvo que ser su primer oficial Murdoch, quien también se había percatado de los bancos de hielo que avanzaban como monstruos prehistóricos contra el barco, el que tuviese que hacerse cargo de la dramática situación y había decretado que el Titanic virase a estribor y posteriormente retrocediera marcha atrás, pero el impacto era inminente. Mark, que permanecía suspendido en el aire, con el niño en brazos, tomó una crucial decisión, debido a que Candy permanecía en el barco, y no tenía más alternativa que intentar salvar el buque. Picó hacia la cubierta principal justo donde estaba Candy, utilizando el resplandor ígneo que le permitió acercarse a la nave sin ponerla en peligro. Por extraño que pareciera ningún otro integrante del pasaje vio como el joven pese a desprender una luz tan viva que Margaret y Candy tuvieron que desviar la vista protegiéndose los ojos con uno de sus antebrazos, aterrizó junto a Candy que le contempló asombrada, mientras Margaret Brown no daba crédito a cuanto estaba presenciando. Normalmente otra persona con menos entereza y presencia de ánimo que la valerosa mujer se habría desmayado o saldría corriendo gritando despavorida, ante la imagen de un ser envuelto en una luz fantasmal, que desprendía de todo su cuerpo con un niño rubio de ojos verdes a cuestas, entre los brazos y tocado con una gorra de colores que cubría sus rizos rebeldes. Cuando Mark depositó al niño junto a su esposa y a la nueva amiga de esta, Mark habló con voz pausada y grave. Candy se había quedado paralizada ante el estupor que le produjo no tanto ser testigo de cómo el joven había utilizado sus poderes tan inopinadamente si no el hecho de que trajera al chico consigo. En cuanto a Margaret, su curiosidad e interés acendrado por la relación entre el joven volador y la hermosa joven que le había acompañado en la sala de lectura y a la que había conocido poco después de su rescate, pudo más que sus miedos y deseos de ir a buscar ayuda. Entonces Margaret aguzó la vista y reconoció a través del aura que envolvía al joven, al marido de Candy. A punto de que ambas les diera un pasmo, Mark habló rápidamente y dijo de sopetón:

-Cariño, no tengo tiempo de explicártelo ahora, pero los planes han cambiado. Me reuniré contigo enseguida y mientras, haceros cargo de este niño por favor.

No había tiempo para mucho más. El iceberg estaba avanzando con rapidez y como era de suponer los intentos del primer oficial por librar al buque de la tragedia no darían resultado. Antes de que Candy pudiera articular palabra, ya repuesta de la sorpresa, Mark echó a correr mientras remontaba el vuelo en dirección hacia el iceberg que seguía moviéndose y proyectando una ominosa sombra sobre el Titanic. Henry miró a la sorprendida Candy y a la matrona tocada con una gran pamela ornamentada ostentosamente con varias flores y plumas que constituían de por sí una recargada decoración y sin asomo de temor o miedo alguno sonrió educadamente a ambas damas y dijo señalando hacia la estela de fuego que rasgaba la noche y que algunos viajeros ya empezaban a divisar con una mezcla de pánico y fascinación:

-Es el ángel. Me sacó de las aguas y me ha dicho que va a tratar de evitar que el barco choque.

-Un momento, un momento cariño –le dijo Margaret depositando sus anchas manos, cuyos gordezuelos dedos estaban ceñidos por varios anillos que casi ocultaban por completo sus nudillos, sobre los hombros de Henry, ocultándolos totalmente:

-¿ Chocar con qué ? no te entiendo.

Henry recolocó su gorra que amenazaba con desprenderse por un lado de su cabeza y dijo con voz tímida:

-Contra ese helado gigante que viene por ahí.

Candy dio un respingo asomándose repentinamente a la barandilla de la cubierta. Entonces lo vio. Un iceberg con la altura de un edificio de cinco plantas relumbraba bajo la luz de la luna llena, estaba desplazándose contra el barco, aunque entonces notaron una brusca sacudida y el buque empezó a virar lentamente pero con decisión. Por un momento parecía que la nave lograría esquivar el iceberg burlando así su trágica suerte. Candy se llevó una mano a los labios, y se quedó como anonadada. Tuvo que ser su reciente amiga, Margaret la que la sacara de esa especie de estado de catatonia en el que había caído.

-Vámonos Candy. Esto no es seguro. Debemos de buscar refugio. Y ya me explicarás lo de ese marido tuyo volador –dijo riendo quedamente como si estuviera hablando de un chismorreo, de un reciente eco de sociedad o comentando los últimos eventos deportivos con su marido- lo importante es ponernos a salvo.

Pero Candy se negaba a moverse. Sus piernas estaban como paralizadas, enraizadas al suelo, negándose a responder a sus órdenes. La muchacha temía lo que su marido pretendía hacer y en ese preciso instante acudió a su mente algunas de las palabras de la conversación que había mantenido con él, poco antes de que fueran atacados mientras permanecían refugiados en una cueva en plena guerra de Vietnam.

"Si a ti llegara a pasarte algo, yo iría detrás de ti".

Entonces reaccionó aunque no de la forma que era de esperar, secundando los sabios consejos de Margaret que se había ganado la confianza del niño entregándole algunos caramelos y una pequeña caja de música, y que le seguía dócilmente como un corderito, asido de su mano derecha. Candy escondió el rostro entre las manos y de sus ojos verdes nació un torrente de lágrimas que se deslizaban entre sus dedos goteando sobre la cubierta.

-Mark, Mark, no, no, no.

Margaret intentó llevársela de allí, asiéndola por la manga derecha de su vestido, pero Candy que parecía haber recuperado todo su aplomo y seguridad, se negó, zafándose de Margaret que lanzando un suspiro liberó la presión de sus dedos en torno a la muñeca de Candy.

-Ya lo entiendo –dijo meneando la cabeza con pesar- tu marido ha ido a enfrentarse a esos hielos. No comprendo nada de nada, porque está volando, o porque emite esa luz, quizás me hayan sentado mal los canapés junto con el caviar y el Moselle con el que los regué durante la cena, pero no temas, ya me lo explicarás…si quieres –iba a haber añadido si es que salimos de esta, pero se mordió los labios y añadió- ve con él, ve con Mark, Candy y no temas. Yo me haré cargo del niño y localizaré a sus padres.

Candy miró a Margaret con gratitud. Entonces se abrazó con fuerza a la buena mujer que le palmeó a su vez la espalda y dijo para consolarla:

-Vamos, vamos. Me harás llorar a mi también.

-Oh Margaret, lo siento, siento no poder ir contigo, pero debo estar con él –dijo mirando al penacho de luz que cada vez más iba acortando su distancia con los hielos eternos.

-Anda ve y no temas. No diré ni una palabra. Ya me lo contaréis luego…si queréis.

Candy se despidió de Margaret y recogiéndose la larga falda del vestido de noche caminó presurosamente hacia la barandilla, mientras Margaret y Henry se adentraban en el interior del buque para buscar refugio.

El niño tironeó de la manga de aquella señora tan distinguida y amable que le había regalado algunos dulces muy sabrosos y la hermosa caja de música de vivos colores, que al abrirla mostraba una bailarina de porcelana, que danzaba al son de una melancólica y evocadora melodía y preguntó cuando el rostro rubicundo de Margaret se fijó en el niño:

-¿Quién es esa señorita ? ¿ acaso otro ángel ?

Margaret se enjugó algunas lágrimas que salían de la comisura de sus ojos claros y declaró emocionada:

-Si cariño. De eso no tengo ninguna duda. Ninguna en absoluto.

18

Con los brazos libres y una vez que había depositado al niño sano y salvo al cuidado de Candy y de la amable señora que tanto había hecho para ayudarles, tan pronto como fueron rescatados de las frías y aceitosas aguas en las que se habían desplazado a la deriva al son de las olas, Mark voló junto al barco dispuesto a iniciar su acometida desde la mayor distancia posible a efectos de concentrar su ataque sobre el descomunal témpano de hielo reuniendo la mayor cantidad de energía posible. Ya no le importaba que le detectaran o que fuera perfectamente visible desde las cubiertas y los camarotes del barco para cientos de personas que señalaban asustados y espantados la presencia del ígneo cometa que les acompañaba y con el que muchos creyeron que iban a chocar irremisiblemente. El resplandor que Mark producía era tan cegador e intenso que nadie pudo distinguir que en el interior de la estela de fuego que zigzagueaba frenéticamente levantando estelas de espuma y agua a su paso sobre la superficie del Atlántico, viajaba un ser humano, aunque de haber conseguido entrever que había realmente detrás de aquella luz, quizás le habrían tomado por un ángel o quizás algo peor. Algunos de los que presenciaron el paso de Mark a pocos metros del barco, comenzaron a rezar imbuidos por un sentimiento de fe, otros oraron pero más que nada por miedo, creyendo que había llegado el fin del mundo, algunos no le dieron importancia y muchos se agolparon en las cubiertas y chafaron sus rostros contra el cristal de los ojos de buey o los ventanales en un intento por distinguir mejor el espectáculo que creían era una suerte de estrella fugaz de inusitada belleza y muy rara configuración. Y entre ellos, Mark distinguió a Candy que permanecía de rodillas junto al pretil de la barandilla arrodillada y con las manos entrelazadas mientras musitaba una plegaria rogando por Mark y la suerte de todos los demás seres humanos que viajaban a bordo de la imponente nave y por cuya supervivencia Mark estaba batallando tan duramente con todo en su contra..

-Por favor Padre Celestial –rogaba Candy mientras se estremecía levemente- ayuda a mi Mark, por favor. El es bueno, siempre ha albergado una profunda bondad en su corazón, Padre, por favor, haz que pueda lograr su cometido, por favor, por favor.

Un oficial se acercó a Candy por la espalda. Intentó llamar su atención con unas palabras firmes pero corteses:

-Señorita, acompáñeme por favor, estar aquí puede resultar peligroso.

Pero Candy no se movió. Continuó rezando en la misma posición, con los ojos cerrados. Su fervor conmovió al oficial al que se le estaba requiriendo en otra parte del buque para empezar a desatracar los botes salvavidas. El hombre suspiró, hizo un ademán con la mano y dejó a Candy sola mientras sus pisadas se perdían a lo lejos, resonando sobre la tarima de madera de la cubierta de paseo. A los oídos de Candy llegaron apagados los acordes de la orquesta del barco, que había pasado de tocar en una fiesta en el interior de uno de los suntuosos salones del buque a hacerlo fuera, para intentar distraer y evadir de sus preocupaciones al angustiado pasaje que se estaba movilizando intentando abordar alguno de los botes que entre varios marineros y oficiales trataban denodadamente de soltar de sus amarras, y a los que ya habían subido los primeros asustados y ateridos, por el frío reinante, pasajeros. Algunos oficiales y marineros escogidos, montaban guardia esgrimiendo rifles y revólveres para impedir que el abordaje de los botes se hiciera tumultuosamente sin control y sin perder de vista ni un segundo a la trémula masa que se agitaba demandando a gritos que se le permitiera abandonar el barco.

-Solo las mujeres y los niños –clamaban los oficiales que sostenían sus revólveres entre ambos manos, de forma temblorosa, pero con pulso firme. Se trataba de hombres que jamás habían disparado a nadie y que ahora tal vez se vieran abocados a tener que hacerlo debido a las dramáticas circunstancias en las que se estaba viendo envuelto el barco. La orquesta formada por siete hombres no cesaba de tocar una pieza tras otra, procurando crear un clima de calma y de relativo sosiego, inalcanzable meta que sabían de sobra que no conseguirían. Uno de los músicos, dejó de tocar y arqueando las cejas dijo a sus compañeros con una inflexión de resignado agotamiento en la voz:

- Me parecen que no nos están escuchando caballeros.

-Eso creo yo, -apuntó otro de prominentes cejas negras y un fino bigote partido en dos- pero por lo menos, mientras continuemos haciéndolo, nos mantendremos calientes.

Uno de sus compañeros tocado con un sombrero de copa y con una rosa blanca en el ojal derecho de su impoluto smoking rió afablemente y asintiendo, siguió la sugerencia de su colega.

El que había interrumpido la melodía en primera instancia, sonrió y declaró:

-En cualquier caso, ha sido un placer tocar con ustedes.

-Igualmente -le respondieron casi al unísono, los restantes miembros de la orquesta que fueron estrechándose la mano en señal de agradecimiento y como despedida, entre sí.

El músico que se había congratulado de la compañía y buen hacer profesional de sus colegas fue el primero que retomó la interrumpida melodía, haciendo que sus compañeros le imitasen. La orquesta del Titanic reemprendió nuevamente su suspendido recital, para una audiencia que estaba más pendiente de salvar desesperadamente sus vidas, que de los maravillosos y dulces acordes que aquellos siete abnegados hombres emitían con sus instrumentos, desgranando una pieza musical tras otra en el aire helado y cargado de siniestros presagios, de la noche.

19

Mark se lanzó como una flecha contra su enemigo. El corazón le latía desbocado por efecto de la adrenalina, que el iridium bombeaba frenéticamente en su sangre haciendo que sus reacciones fueran como las del rayo y su fuerza aumentara exponencialmente. Un brillo de odio contra el destino titiló en sus pupilas de azabache oscuras como la noche que le envolvía y como el ánimo de su alma. Había presenciado como su gentil esposa rezaba con fervor y por un momento, Candy había levantado la cabeza para mirar la estela de luz que rasgaba el firmamento en dirección contra el iceberg que continuaba su avance como un Leviatán estólido, ceñudo e imparable.

-Mark, amor mío, tienes que vivir, tenemos que regresar juntos a Lakewood, por nuestros hijos, por la gente que nos quiere y aguarda, por mi madre, por la hermana María y la señorita Pony, por los niños del Hogar de Pony.

El joven crispó los puños porque le pareció que el viento de la noche susurraba algo en sus oídos. No podía saber o tal vez en esos momentos de excitación y crucial importancia ignoró que la conexión mental estaba funcionando y que su mente estaba conectada con la de Candy, como aquel día en que tras rescatarla de la cascada de Lakewood y dejarla sana y salva en tierra firme, remontó el vuelo llorando y destrozado, dirigiéndola una despedida sin saber que la chica estaba escuchando en su cabeza cuando le estaba refiriendo. Entonces, Mark exhaló una bocanada de aire y pensó:

"Volveré amor mío, volveré a tu lado aunque sea lo último que haga en este mundo No temas y confía en mí, confía en tu príncipe".

Candy dio un respingo y se llevó las manos al corazón musitando lentamente en voz baja:

-Mark, cariño.

Pensó que sus agotados sentidos le estaban engañando y se puso a rezar con más ahínco y determinación, mientras la silueta del iceberg se recortaba a contraluz, visible desde el barco.

20

Mark extendió los brazos hacia delante crispando los puños y concentrándose. Su piel se puso al rojo vivo liberando una tremenda emisión de iridium mientras volaba a Mach 2 en rumbo de colisión contra el iceberg. Dos rayos gemelos de energía pura teñidos de voraces llamaradas eructaron de sus muñecas y antebrazos golpeando el iceberg que pareció acusar el tremendo golpe asestado por Mark, pero nada lograba hacerle frenar su imparable marcha. El iridium hizo saltar trozos de hielo que se desgajaron de la estructura principal y que sacudieron el iceberg con acusados temblores a modo de seísmos, levantando una tremenda columna de vapor por efecto del calor que estaba empezando a derretir la imponente montaña helada, pero no era suficiente. Aunque el iceberg se tambaleó, el iridium a su máxima potencia no era capaz de frenarlo siquiera y menos de fundirlo para convertirlo en algo inofensivo para el barco.

-Es inútil –musitó espantado y sintiendo que las fuerzas le abandonaban-me estoy consumiendo y no he logrado siquiera hacerle ni un maldito agujero.

Notó como la sangre envenenada al no poder salir de su organismo estaba empezando a colapsarlo, produciéndole una fiebre muy elevada. Mark parecía resignado a morir. Miró como su piel se iba amoratando gradualmente, síntoma inconfundible de que la ponzoñosa sangre le estaba destrozando por momentos. Sin posibilidad de aterrizar y de recibir nueva sangre o de que alguien le aplicara con éxito la técnica de los puntos estrellados se dijo:

-Es el fin. Intentaré detonarme dentro de ese maldito iceberg y así lograr destruirlo desde dentro. Lo lamento por Candy, pero no ha podido ser.

Candy que estaba enterándose de todo a través de la conexión mental con Mark que le transmitía con total nitidez por cuanto estaba atravesando el muchacho sollozó con fuerza cogiéndose las sienes con las manos y gritando enloquecida, mientras se contorsionaba de dolor, aquejada de un incontrolable ataque de llanto:

-No mi amor, no, no, no lo hagas. Sin ti no podré vivir. No podré quedarme sola, no.

-Piensa en nuestros hijos –dijo Mark dándose cuenta finalmente de que la errática facultad había retornado eventualmente de nuevo sin saber de antemano por cuanto tiempo- tienes que vivir por ellos. Te necesitan mi vida. Yo…tengo que seguir adelante con esto, Candy. Perdóname amor mío, siempre te recordaré.

Pero el amor que les unía era demasiado fuerte, tan intenso que a sabiendas de que Marianne y Maikel la necesitaban, conociendo que estaban a salvo y al cuidado de sus padres adoptivos, y de su propia madre, Eleonor, que se ocuparían de ellos, ella no sería capaz de vivir sin Mark, aunque estuviera rodeada de atenciones y colmada por el cariño de los suyos, que la arroparían para que olvidara la terrible experiencia de haber perdido a Mark, pero aunque actuara egoístamente, por cuantas personas lamentaríamos su pérdida, se dijo que sin Mark no podría continuar viviendo.

-Hijos míos –musitó dulcemente mientras se desprendía del chal que abrigaba sus hombros y se subía al pretil de la barandilla –perdonadme. Mis pobres hijitos, mi dulce Marianne, mi querido hombrecito, mi Maikel. Mis seres queridos, mis amigos, mis dos madres, señora Pony, hermana María.

Abrió los brazos en cruz y cerró los ojos. Semejaba un ángel como el de las vidrieras o las imágenes de los templos, con el porte de una reina y la belleza sublime que solo las grandes tragedias e historias de amor saben imprimir, bajo unas determinadas circunstancias muy concretas, en algunos seres humanos excepcionales. Largas hileras de lágrimas se desprendieron de sus ojos de esmeralda y sonriendo se dejó caer hacia delante sin variar de posición mientras su vestido ondeaba en la noche como una visión irreal, mientras el aire helado azotaba su rostro y sacudía su cuerpo. Antes de dejar de hablar dijo con voz queda y triste:

-Perdonadme todos y tú también Mark amor mío.

Sonrió. Había vivido una corta vida, llena de sinsabores unas veces pero otras plena de buenas experiencias inolvidables e irrepetibles, pero por encima de todo había conocido el amor, el amor de un hombre bueno y honesto, que hasta el final sacrificaba su vida no solo por ella si no por la de cientos y cientos de almas que viajaban a bordo del gran barco. Mientras los desesperados y desgarradores lamentos de Mark llenaban su mente rogándola que no lo hiciera, Candy entreabrió los ojos y esbozó una expresión placentera y pacífica mientras le respondía:

-Lo siento mi amor, pero no desesperes. Nos reuniremos en la otra vida. Seremos felices…

No llegó a terminar la frase porque antes de que se hundiera en las procelosas e inhóspitas aguas que ni tan siquiera llegó a tocar, una ráfaga de luz con alguien en su interior, origen de la misma, pasó junto a ella recogiéndola velozmente e impidiendo que se ahogara, apartándola de las aguas. Candy abrió los ojos y se encontró con los de Mark que la miraban afables y tiernamente, a través del manto de luz. Candy reparó espantada que la piel de su esposo estaba teñida de un tono púrpura que conocía bien, demasiado como para saber que Mark de un modo u otro, estaba condenado. Si no le arrebataba la vida el iceberg, lo haría el mal que se estaban adueñando progresivamente de su organismo.

-Mark, ¿ por qué lo has hecho ?, ¿ por qué me has salvado ? si tú no estás aquí, yo tampoco. Eres tan noble y bueno, que estás dispuesto a sacrificar tu vida sin más por mí y esas personas inocentes. Y aun así, has vuelto a por mí, has retornado para estar a mi lado.

Apartó los mechones rebeldes que caían por el rostro de su marido y le impedían admirar sus ojos negros y tristes, y le besó apasionadamente. Mark tosió y boqueó sangre, pero logró remontar el vuelo, antes de que se zambulleran en el mar porque estaban perdiendo demasiada altitud.

-¿ Y tú mi adorable esposa ? ¿ tanto me amas como para querer morir a mi lado ?

Le respondió con un segundo beso más apasionado que el anterior.

-Por encima de todo –jadeó ella entre suspiros- por lo menos ahora estoy a tu lado. Es curioso, pero de repente…todo el frío y el miedo que me invadían, han desaparecido. Quiero estar contigo mi amor. Quiero ir contigo a donde tú vayas, seguirte a donde te dirijas –dijo ella con voz entrecortada.

Le costaba respirar por la enorme velocidad que Mark había imbuído a su meteórica carrera. El desconsolado joven comprendió que sería inútil y en vano tratar de disuadirla y si daba media vuelta para devolverla a la relativa seguridad del barco, se tiraría al mar o tal vez no tuviera tiempo de estrellarse contra el iceberg para detonarlo como si de un misil o una bomba se tratase una vez hubiera penetrado en su interior aprovechando su extraordinaria velocidad y la inercia que imprimía a su cuerpo, y destruirlo desde adentro, antes de que alcanzara al barco. Mark asintió. La apretó contra su pecho. Ella notó los latidos de su corazón, fuertes y vigorosos aun. Mark besó sus cabellos rubios aspirando el aroma a lavanda y naturaleza que se desprendía de su áurea y larga cabellera. Afirmó lentamente mirándola embelesado, atraído por los ojos de esmeralda que le cautivaran por vez primera en un ubérrimo y tranquilo valle tan lejos de allí, tan calmo e idílico, en contraste con el telón de fondo de negrura que invadía el teatro de la noche y en cuya obra, ambos eran los actores principales, junto con el iceberg que estaba a punto de dar por concluido el último acto.

-De acuerdo amor mío –dijo besándola con sus labios resecos y agrietados y presa de una fiebre que le atormentaba por efecto de la ponzoña en su sangre –diremos adios a cuantos nos han amado y querido, juntos.

-Juntos para siempre –musitó Candy con una sonrisa tenue.

-Juntos –coincidió él amable.

-Para siempre amor mío –pronunció Candy con voz cada vez más apagada.

-Para siempre mi dulce Candy –prometió él con un hilo de voz, mientras experimentaba como el veneno iba sumiéndole gradualmente en una pérdida de consciencia contra la que luchaba desesperadamente aferrándose a la vida para conseguir impactar contra el iceberg. Se le había ocurrido desviarse y alejarse de allí, para que aunque muriese, Candy se salvase pero si rompía la promesa de que siempre estarían juntos, tal vez no le perdonase jamás, aunque daría lo mismo porque ya no podría constatarlo. Pero descartó esos pensamientos y enfiló contra el iceberg mientras Candy le besaba por última vez. Ambos enamorados se estaban acercando al témpano a una velocidad inconcebible, de manera imparable.

21

Sin embargo ocurrió algo que no esperaban, algo maravilloso. El amor es un poderoso revulsivo capaz de conmover montañas y remontarse por encima de las más duras y aterradoras dificultades. Cuando los corazones de ambos amantes entraron en estrecho contacto, la sangre envenenada que ya casi había terminado con la vida de Mark se extinguió y las fuerzas que le faltaban volvieron plenas a sus exánimes extremidades. Mark que luchaba por mantenerse despierto ya tenía ante sí la pared del iceberg cortada a pico y entonces lo notó. Sintió que una oleada de energía se concentraba en su organismo. Sus venas latían a punto de reventar por la potencia del nuevo iridium que latía en su seno. Incrédulo, dio una orden mental y unas llamaradas del color del oro más puro nacieron de sus muñecas. Candy que había cerrado los ojos, los abrió y lo primero que captó su atención fue la faz totalmente recuperada y sonrosada de Mark, al igual que el resto de su piel que no presentaba el menor rastro de pigmentación oscura. Candy abrió los ojos desorbitadamente y chilló emocionada:

-¡ Mark, Mark, tu piel, estás curado, ya no tienes nada ¡!

Mark asintió y dijo mientras Candy le besaba y le cubría de caricias:

-Lo sé mi amor. Y lo estoy notando. Siento que un vigor renovado nace en mí.

No estaba seguro de si el experimento que iba a realizar funcionaría. Si iban a morir, de poco importaba si el tóxico veneno que corría por sus venas hasta hacía un momento, hubiese desaparecido o no. Así que por probar nada perdía. Se concentró y dos chorros de fuego idénticos, del color de la luz más pura y argéntea que jamás hubiera visto, nacieron de sus muñecas extendiéndose hacia delante y golpeando el iceberg con furia. Mark, lo mismo que su esposa estaba asombrado. Jamás había experimentado tal sensación de poder y fuerza. Los rayos blancos atravesaron el iceberg que empezó a sisear agitándose y elevando grandes columnas de vapor hacia el firmamento a medida que iba menguando y deshaciéndose sobre el negro y ondulante mar, perdiendo poco a poco volumen y altura. Parecía un enorme globo que repentinamente se hubiera desinflado al perder todo el gas que lo mantenía hechido e inflado.

Candy gritó con voz exaltada agitándose tanto que Mark tuvo que pedirle que se estuviera quieta, porque no estaban exentos del riesgo de precipitarse contra la superficie del iceberg. Escuchar aquellas palabras fueron lo mejor que había oído en mucho tiempo, la música más dulce que pudiera siquiera concebir. No sonaban a trágico y triste final si no a esperanza y a nuevo comienzo.

-Está funcionando, está funcionando Mark, se derrite, se está derritiendo –dijo Candy conmovida y apretando sus pequeñas manos en torno a Mark. Sus brazos ceñían con firmeza el cuello de su marido.

En efecto, los rayos que cuadruplicaban la potencia calorífica del anterior ataque fallido de Mark desgastaron al gigante helado, hasta reducirlo a la mínima expresión. Mark siguió proyectando su luz contra el iceberg que cada vez perdía más y más empaque hasta que se partió en dos formando dos trozos mucho más pequeños y que no representaban ningún peligro serio para el Titanic. Mark efectuó una pasada rasante sobre los despojos del otrora colosal e imponente iceberg para inspeccionarlos y asegurarse del éxito de su ataque, y lanzando una última acometida, gritó con rabia como si el iceberg se lamentara y suplicara que no terminara con él:

-Esto es por mi esposa, y por toda esa pobre gente, bastardo.

Mark lanzó una andanada múltiple de rayos que perforaron los témpanos supervivientes haciéndolos saltar en pedazos que se resquebrajaron, heridos mortalmente y que se hundieron en el océano. Mark remontó el vuelo observando satisfecho como el Titanic continuaba surcando las aguas limpias a su paso y alejándose hacia el oeste.

Candy sonrió agitando alegremente la mano izquierda, saludando al barco, aunque Mark le explicó que debido a la altura a la que estaban volando era imposible que pudieran verles u oírles.

Entonces un pensamiento de horror asaltó a la muchacha que preguntó súbitamente a su marido:

-Mark, ¿ crees que encontrarán más icebergs en su ruta ?

El joven sonrió enigmáticamente y dijo con satisfacción:

-No Candy. Esta vez el Titanic llegará sano y salvo a Nueva York. Puedes apostarlo.

No le había dicho nada, pero Mark había visto con claridad con los ojos de su mente como sus rayos no solo fundían el iceberg si no todos los que jalonaban la ruta del inmenso barco de pasajeros, el más lujoso y mayor del mundo de allí hasta prácticamente el puerto de Nueva York. Aunque la conexión mental se apagó tan rápida e imprevistamente, como se había presentado.

22

Mark y Candy más relajados y tranquilos, decidieron de común acuerdo que lo más sensato era amerizar, porque aunque Mark se sentía pletórico y pleno de energía y capaz de llegar hasta el territorio continental de Estados Unidos o Canadá, Candy se opuso tajantemente obligándole a descender. Después de tantos años de convivir con Mark, era capaz de discernir algunas de las reacciones del caprichoso e inestable iridium y aunque Mark parecía totalmente recobrado del masivo envenenamiento que el esfuerzo de disolver el iceberg le había producido durante su primer y frustrado intento, la adorable joven de cabellos rubios y ojos de esmeralda no le permitió continuar volando. Mark lanzó un suspiro de resignación y cediendo, dispuso todo para posarse sobre el agua. Por paradójico que resultara la opción más correcta y sensata era volver a ser rescatados por la tripulación del Titanic, donde a buen seguro su predispuesta amiga Margaret Brown se haría cargo de ambos esposos, acogiéndoles de buena gana bajo su protección hasta que lograran llegar a Nueva York. Mark que había estado siguiendo al gran buque de línea dejando una respetable separación entre ellos y el navío por si se veían abocados a tener que subir nuevamente a él, cosa que iba a producirse a fin de cuentas, le pidió a Candy que se sujetara con toda la fuerza que fuera capaz de ejercer, porque el amerizaje quizás sería un tanto violento. Lamentó no haber tenido un bote hinchable y algún equipo de supervivencia como cuando rescató a Stear del destrozado caza francés en llamas abatido durante la gran Guerra o a la propia Candy del Mauritania cuando se dirigía al Real Colegio San Pablo de Londres para completar su formación como dama, cosa que a Mark se le antojaba ridícula y fatua. Atravesar un océano y recorrer cinco mil kilómetros poco más o menos para aprender costura, buenas maneras y otras asignaturas que no dudaba de su utilidad, pero al otro lado del mar…Aquello había causado entre ambos esposos algunas discusiones de índole suave entre las diferencias culturales y sociopolíticas entre dos épocas tan dispares, como los inicios del siglo XX y los del XXI. Y Candy solía contraatacar señalando que tampoco era muy común volar, emitir fuego por las muñecas o derramar sangre negra hedionda y caliente como si fuera aceite usado de motor. Mark la amaba tanto como ella a él, que prefería no ahondar en el conflicto dándolo por zanjado. Cuando bajaron al agua, a respetable lejanía del Titanic para que nadie pudiese identificarles y menos volando, escenificaron una comedia que ya había sucedido realmente durante su primer encuentro con el mítico barco. Cuando Mark se posó asiendo a Candy por la cintura con delicadeza, la muchacha se estremeció por el contacto con el agua, aunque el barco estaba a poca distancia y se lamentó en voz alta por echar a perder unas ropas tan caras como elegantes y bellas.

-Ya lo sé cariño, ya lo se –se disculpó Mark molesto, ante las protestas de su esposa, que no obstante no iban dirigidas contra él en absoluto- pero no podemos aterrizar en la cubierta sin más y saludar a todo el mundo y de paso contarles la verdad.

-No me importaría –dijo Candy sonriente volteándose hacia él y rodeándole con sus largos y flexibles brazos- y gritar a los cuatro vientos que mi Mark ha salvado a esas personas.

Mark permaneció pensativo un instante, mientras ambos chapoteaban entre las olas, manteniéndose a flote y preguntándose por dos cuestiones.

La primera era si alguien le habría identificado desde el barco mientras volaba hacia el iceberg.

Y la segunda, como se harían notar nuevamente en medio de una total oscuridad de forma que les localizaran desde el buque y por segunda vez, procedieran a subirles a bordo. Mark levantó la mano derecha e hizo que un resplandor blanco rodease sus dedos como si estuviera esgrimiendo una gran palmatoria con una vela acorde en tamaño a la misma. Candy le sujetó rápidamente el brazo, abalanzándose sobre él y diciendo con voz ligeramente histérica:

-¿ Te has vuelto loco Mark ? ¿ quieres que nos descubran ?

Mark asintió explicando a su esposa:

-Es precisamente lo que pretendo, pero no como te figuras Candy. Fingiré que llevo una pistola de señales, que es lo que les explicaré cuando subamos a bordo.

Candy dejó caer sus brazos sobre el agua y empezó a moverlos junto con los pies para mantenerse a flote y mesándose la barbilla dijo un tanto escéptica de que la idea de su marido funcionase:

-No tenemos chaleco salvavidas, pero si una pistola de señales. No sé, si nos creerán Mark.

-Tendrán que hacerlo –dijo el joven mientras levantaba nuevamente el brazo y proyectaba hacia el cielo nocturno una estela de luz blanca que cuando llegó a una determinada altura explotó imitando el efecto pirotécnico de un cartucho de señales.

-¿ Cuando has aprendido a hacer eso ? –le preguntó Candy muy extrañada.

Entonces Mark reparó que era la primera vez que lo hacía. Se encogió de hombros y dijo mientras a lo lejos se escuchaban varias voces excitadas y una chalupa era arriada por segunda vez para recogerles, mientras los marinos bogaban rítmicamente haciendo que los remos agitaran las aceitosas aguas:

-No lo sé Candy, tal vez sea un nuevo poder del iridium que desconocía por completo –dijo contemplándose la mano muy extrañado, ahora que Candy se lo hacía notar.

23

Margaret Brown había conseguido reunirse con su marido así como hacer que Henry, el niño que rescatase Mark en un arranque de piedad y que se había precipitado al oscuro oleaje volviera a abrazar a sus padres. Una mujer menuda con cabellos muy oscuros recogidos en una redecilla y ojos ambarinos, acompañada por un hombre de barba cana y pelo ralo, y que llevaba unos pequeños anteojos que reposaban sobre su nariz ancha y corta se reunieron con el pequeño, deshaciéndose en halagos hacia la gentil y valerosa Margaret que no paraba de recibir muestras de afecto de parte de muchos pasajeros, por su decidida y valerosa actuación repartiendo mantas, organizando improvisados reencuentros como el de Henry con sus padres y repartiendo comida y mantas entre las personas más necesitadas. Pese a que nadie había sufrido ningún daño durante el azaroso episodio vivido, la tensión había creado tal confusión a bordo que el pasaje se había entremezclado, e iba caminando sin rumbo, histéricamente y demandando noticias de familiares, amigos o simplemente importantes pertenencias que parecían haberse extraviado en el maremagnum organizado a bordo a cuenta del caos propiciado por la inminencia del choque con el iceberg.

Tan pronto como la alarma pasó, las personas recién subidas a las chalupas que no llegaron a ser arriadas, fueron abandonándolas con gran alivio de todo el mundo, que aplaudió la buena noticia, y gradualmente, y los botes volvieron a sus amarre. Algunos rumores contradictorios y las noticias falsas habían organizado, irónicamente, un caos y un revuelo tan grande que en muy pocos minutos el pasaje del barco se vio inmerso en un jaleo monumental.

Aunque poco a poco el orden se iba restableciendo a bordo del gran barco, todavía había mucho barullo y desorden por todas partes. Margaret sin embargo, estaba muy pendiente de las idas y venidas de la gente, porque no cesaba de escrutar con la mirada por si en algún momento veía aparecer a Candy y a Mark pero por el momento no había ni rastro de ellos. Entonces notó como Henry tiraba de la manga bordada de su vestido mientras decía sonriente:

-Tía Molly, tía Molly, ¿ has visto a mi perro ?

Detrás de las piernas del niño y entre ambos progenitores del mismo, apareció un bulldog relativamente grande de hocico achatado y que observaba a Molly con sus ojillos mientras jadeaba constantemente. La dama dio un respingo cuando el animal avanzó hacia ella ladrando brevemente, como si le estuviera dando la bienvenida y moviendo la cola.

-Se llama Gamon de Pycombe y pensaba que lo había perdido, pero finalmente le hemos encontrado agazapado entre las máquinas de ejercicios del gimnasio –explicó el padre de Henry emocionado por haber logrado reunir a su familia y hasta haber recuperado la mascota de la misma.

La madre de Henry añadió que el niño se había despistado de su lado cuando el perro asustado por el discurrir del gentío se alejó huyendo en busca de un refugio y el niño le siguió. Cuando quisieron darse cuenta, los aterrorizados padres constataron que Henry ya no estaba con ellos. Y el niño, perdido y asustado tuvo la mala fortuna de caer al mar, aunque afortunadamente Mark se había presentado oportunamente y a tiempo para rescatarle, aunque de una forma muy peculiar. Margaret tenía miedo. Ella y el niño habían sido los únicos testigos de lo que se escondía tras el espectacular resplandor anaranjado que si corroboraron muchos testigos que juraron y perjuraron que algo extraño había sucedido esa noche en torno al iceberg. Si el niño decidía contar lo que sabía tal vez pudiera poner en aprietos a Mark y a Candy. Por parte de ella no habría problema, porque guardaría el secreto, pero Henry era un niño y quizás llevado por su entusiasmo contara lo que sabía, aunque siendo un niño de cinco años, cabría la posibilidad de que sus eventuales interlocutores y oyentes lo atribuyesen a las fantasías del pequeño.

Margaret observó un poco recelosa al gran can que la miraba cómicamente y reflexionó en lo rebuscado y rimbombante del nombre que habían elegido para él.

Entonces se escucharon los chirridos de las cuerdas que estaban izando un bote salvavidas al pasar por sus poleas y de las que tiraban vigorosamente algunos hombres. A bordo de la frágil y cuarteada embarcación iban dos personas, una mujer joven y rubia de singular belleza y un hombre moreno de facciones decididas y ojos negros muy intensos.

24

Margaret corrió al encuentro de sus queridos amigos a los que abrazó efusivamente ante las muestras de aprobación y felicidad de muchos pasajeros. Entonces, el primer oficial que había encabezado el rescate del matrimonio, acertó a pasar por allí, aunque esa vez el bote estaba dirigido por un compañero que ignoraba que Mark y Candy ya habían sido sacados de las aguas una vez anterior. Se acercó a ambos y saludándolos cortésmente besó la mano de Candy y preguntó:

-Caramba, ¿ otra vez ustedes ? parece que han cogido afición a los rescates en alta mar –bromeó el simpático joven, alegre de encontrarles indemnes y en perfecto estado de salud.

Mark sonrió e iba a hablar, pero Candy se adelantó. Prefirió ocuparse ella de dar las explicaciones, porque temía que Mark pudiera meter la pata accidentalmente. Le dio un suave pellizco bajo las costillas que pasó inadvertido a los que les rodeaban y le guiñó el ojo izquierdo. Mark comprendió y dejó que su esposa tomara la iniciativa.

-Sé que soy un poco patosa –sonrió- porque resbalé cuando estaba en cubierta y me caí por la borda. Mi esposo que estaba cerca lo vio y se tiró en mi ayuda y al final, ya ven –dijo con una mueca de optimismo un poco forzada- nos han tenido que sacar del agua a los dos.

Mark escuchó los comentarios de algunos viajeros que hablaban acerca de un rayo misterioso que disolvía el iceberg ante la vista de los atribulados viajeros como si nada. El joven notó una sensación incómoda. Temía que alguien hubiera podido verle y le reconociera, delatándole. Entonces el niño se acercó hacia él seguido de su perro de pelicular y sonoro nombre. Candy, Mark y Margaret se miraron con embarazo. Si el niño hablaba describiendo la luz blanca, el aspecto del hombre que le había rescatado del mar y que era capaz de volar, aunque muchos pensaran que todo eran fantasías producto de la fértil imaginación de Henry, quizás algunas personas que habían tomado aquello por un milagro, porque en el fondo no dejaba de serlo bajo cierto punto de vista y que mejor y más detalladamente habían sido testigos del fenómeno, aunque afortunadamente no habían logrado ver a nadie o algo dentro de la fantasmal luz que hedía la oscuridad con tal claridad, que parecía de día, tal vez atasen cabos y sacasen conclusiones que en nada favorecían a Mark o a Candy. Y precisamente lo que menos necesitaban en esos momentos era perder su anonimato o convertirse en fenómenos de feria. Mark respiró agitadamente y cuando el niño de la gorra se paró frente a él le preguntó educadamente:

-Señor, ¿ se ha fijado en lo bueno y obediente que es mi perro ?

El bulldog que iba atado de una correa marrón que Henry sostenía en su mano derecha bostezó mirando a Mark y a Candy con una expresión tan cómica, que Margaret no pudo reprimir la risa, haciendo que primero Candy y luego Mark se unieran a ella, estallando en estruendosas carcajadas. No es que un perro abriendo la boca tuviera mucho de risible, pero cuando hay tanta tensión, miedo e incertidumbre acumuladas durante tanto tiempo, a veces el más mínimo detalle cómico por banal e insulso que parezca basta para desatar la hilaridad contenida que por otra parte, no viene mal para descargar tales sentimientos negativos y las sensaciones más penosas y agobiantes, sobre todo después que las peores previsiones y temores, acaben con el mejor de los finales posibles.

25

Finalmente y después de la ajetreada y penosa noche que habían pasado, pese a estar invitados a la fiesta que se celebraba en uno de los más suntuosos y opulentos salones del Titanic por mediación de Margaret y su marido, y por supuesto de la de los padres de Henry que no escatimaron en esfuerzos y medidas para que los nombres de Candy y de Mark fueran incluidos en la lista de asistentes al gran baile de gala, ambos declinaron amablemente la invitación. Margaret comprendió los deseos de los dos jóvenes de retirarse a descansar y estar a solas, después de la durísima experiencia que habían pasado y que por poco les cuesta la vida. Candy contrita y no sabiendo que decir para justificar lo que ella consideraba como una descortesía y falta de consideración hacia su amiga, optó por contarle la verdad de lo que había presenciado cuando la mujer sonrió mostrando una perfecta dentadura impecable sobre todo para una persona de su edad y dijo posando sus manos cuidadas y a las que había realizado la manicura hacía pocos minutos:

-No querida, no tienes que justificar nada. Habéis pasado unos momentos realmente penosos y angustiosos y tenéis todo el derecho del mundo a reponeros. Yo os disculparé en la fiesta, sobre todo ante los padres de Henry, que no se lo van a tomar muy bien, porque quieren agradecer de corazón a tu marido lo que hizo por el niño, pero lo entenderán –dijo la simpática dama mientras se ajustaba el recargado sombrero de plumas sobre su cabeza, mientras se quejaba por ello:

-Madre mía, estos sombreros tan aparatosos, pesan un quintal. Pero ya se sabe, las modas se supone que hay que seguirlas, por raras e incomprensibles que parezcan.

Candy rió la ocurrencia de su amiga y preguntó por el niño, al acordarse súbitamente de él:

-¿ Qué tal se encuentra el pobre niño ? –preguntó Candy mientras replegaba el abanico con rosas bordadas que tenía entre las manos y temiendo que quizás pudiera revelar el secreto de Mark.

-Está perfectamente y no sé si te había contado que es un niño muy bueno y despierto. En cuanto a lo de tu caballero volador, envuelto en su brillante luz, no temas. Tu buena amiga Molly Brown no soltará prenda –dijo la mujer simulando ponerse una mordaza en torno a los labios, haciendo sonreír a Candy- y el pequeño Henry sabe que no se debe perturbar la misión de un ángel que va de incógnito.

Aunque Candy sabía a que se refería, dio muestras de no entender del todo el significado de la frase que Margaret había pronunciado. La señora guiñó un ojo a Candy y repuso:

-Le he contado que Mark es en realidad un ángel de incógnito en la Tierra bajo disfraz humano y que para no perjudicarle en su misión de ayuda a personas necesitadas no debe contar nunca lo que ha visto porque entonces tendría que dejar de ayudar a gente que requiera de su asistencia. Y me ha jurado guardar el secreto.

Candy estrechó las manos de dedos gruesos y recargados de joyas ostentosas de Margaret. Un par de lágrimas restallaron sobre los nudillos de cada una de ellas.

-Margaret, yo, yo, no sé como agradecerte todo lo que has hecho por nosotros yo…

-Vamos niña, deja de llorar –le espetó amablemente mientras le tendía un pañuelo bordado para que se secara las lágrimas- al final me harás llorar a mí también.

Margaret extrajo una pitillera de plata y de su interior cogió un cigarro provisto de filtro y que tras ponerse entre los labios encendió con un pequeño mechero también de plata. Ofreció uno a su amiga, pero Candy lo rechazó amablemente. La muchacha sentía un especial desagrado por el tabaco, pero procuró que no trasluciera en su expresión. Margaret dio una calada volviéndose para no exhalar el humo sobre Candy y dijo riendo divertida:

-Es uno de los pocos vicios que puedo permitirme desde que me casé con el bueno de mi Jim. Por cierto, tu marido debe ser un hombre excepcional aparte de sus increíbles dotes como piloto aéreo –bromeó la mujer ante la expresión de circunstancias de Candy que repasó inquieta el dobladillo de su largo vestido blanco. Margaret consciente del embarazo de la chica, la abrazó dándole una pequeña palmada en la espalda y dijo:

-No te preocupes cariño. No diré nada. Pero permítame que elogie lo que hizo –dijo bajando la voz aunque nadie parecía estar interesado en una, en apariencia banal conversación entre dos pasajeras- fue un gesto extraordinario. Se hablará de fenómenos extraños, de luces raras en el cielo, de hechos inexplicables, tal vez de milagros, pero nadie exceptuando el niño y yo, estoy completamente segura vio nada más. Puedes estar tranquila.

-¿ De veras no quieres saber que hace que mi marido sea tan especial ? –preguntó Candy con una nota de fina ironía en la voz.

-No cariño, porque los misterios y leyendas más maravillosos dejan de serlo en cuanto se les provee de una explicación científica y racional, pero intuyo que Mark es un hombre muy bueno y valiente. Lo que ha hecho por este barco, pero sobre todo por ti y tú por él es algo tan hermoso que debería escribirse una obra imperecedera sobre los dos.

-Sí, Margaret, Mark es una de las mejores cosas que me han pasado en mi vida.

-Entonces cuídalo niña, cuídalo y no permitas nunca que un diamante en bruto como él, pierda su brillo.

26

Tal y como prometiera, Margaret se hizo cargo de los gastos de Mark y de Candy a bordo del Titanic. La muchacha intentó compensarla entregándole el colgante con la esmeralda verde que le regalase Natasha cuando fue a recibirles al puerto nada más llegar procedentes de Inglaterra, pero la dama se negó y no solo eso sino que les ofreció a quedarse una temporada en su casa de Nueva York hasta que pudieran resolver su precaria situación. Candy intentó contarle su verdadera historia, pero Margaret se negó en redondo a que lo hiciera, aduciendo nuevamente que las leyendas dejan de serlo en cuanto se elimina su parte de magia y de misterio. Aparte que no podían permitirse el lujo de demorarse más, porque debían continuar con su ajetreada búsqueda, esperando finalmente acertar a llegar al tiempo y lugar que les correspondía.

Rendida y agotada se dirigió hacia su camarote mientras la brillante fiesta se desarrollaba con total normalidad en el salón presidido por una escalinata de mármol sobre la que se alzaba una airosa cúpula de cristal que iluminaba cuando la luz diurna incidía a través de ella, los recodos y descansillos de la magnífica escalera, cuyos peldaños estaban cubiertos por una alfombra de satén rojo. Al pie de la escalera una estatua de alabastro negro representando a un querubín, sostenía una lámpara entre sus manos. En la techumbre artesonada del salón, recargadas y valiosas arañas de cristal iluminaban todo el recinto presidido por una gran y acogedora chimenea.

La orquesta integrada por los siete abnegados músicos que habían dado un recital para evitar que la evacuación del Titanic se convirtiera en una debacle, ahora realizaban otro para una audiencia interesada y entregada de damas y caballeros elegantes, que les ovacionaba calurosamente, cada vez que terminaban una pieza musical y comenzaban con otra distinta.

Cuando llegó al camarote lo primero que hizo fue cambiarse de ropa. Se puso un camisón de seda blanco con volantes en las mangas y en el escote y entonces encontró a Mark aguardándola junto a la cama. Candy se le acercó y le abrazó besándole profusamente.

-Te quiero –dijo ella no cansándose nunca de repetir aquellas palabras.

-Yo también te amo.

Poco después estaban en la gran cama de dosel, envueltos por sábanas de seda y mantas de satén, en cuanto se haberse despojaron de la ropa, amándose largamente hasta quedar exhaustos pero felices. Candy reposó sus cabellos rubios sobre el pecho de Mark que jugaba con sus rizos deslizándolos entre sus dedos. Candy acarició sus mejillas y su cuello y entonces Mark repasó con el dedo índice derecho el contorno de sus labios rojos y brillantes, admirando la belleza de su esposa y dijo pensativo:

-A saber que película realizará ahora James Cameron, si es que llega a rodarse.

Candy realizó un visaje de sorpresa, y le preguntó repentinamente interesada, a que se estaba refiriendo:

-¿ Quién es James Cameron querido ?, sí ya sé que es un cineasta, eso lo deduzco por tus palabras –dijo la joven besándole en los hoyuelos de las mejillas- pero ¿ es un director o un actor ?

-Director, aunque su película, si es que llega a estrenarse o siquiera a realizarse con tantos cambios que hemos introducido en el curso de los acontecimientos…será en 1997.

Candy arqueó cómicamente las cejas y Mark rió ante su cara de asombro, contagiándola su hilaridad.

27

Al alba del 15 de Abril de 1912, el Titanic estaba ya a la vista de la rada del puerto de Nueva York. Miles de personas se habían concentrado en los muelles, ansiosas y deseosas de vitorear al barco de los sueños, que avanzaba imponente entre las olas, cortando la calma superficie del Atlántico con su afilada proa. Que poco podían sospechar aquellas muchedumbres congregadas para celebrar el viaje inagural del por entonces mayor y más lujoso navío de pasajeros del planeta que había estado a punto de hundirse y que una serie de hechos extraordinarios e imprevistos habían librado al buque y su pasaje integrado por algo más de dos mil almas de un atroz y doloroso destino. De no haber sido por la dramática y dolorosa intervención de Mark, el Titanic habría ido a parar al fondo del Océano Atlántico tras chocar con un colosal iceberg y habría reposado partido en dos sobre el lecho marino, que se habría convertido en su mausoleo. Mark refirió a Candy que de haber permitido que la Historia siguiera su curso, el palacio flotante habría tardado algo más de dos horas en hundirse en un largo y doloroso proceso. Aunque el Titanic estaba dotado de cinco compartimientos estancos que le hacían según palabras de los expertos de la época, virtualmente insumergible el agua habría terminado por inundar el último compartimiento haciendo que la nave escorara violentamente al cabo de un lapso de tiempo, insuficiente a todas luces para que el buque más cercano, distante a cuatro horas del Titanic, hubiera logrado llegar a tiempo como para salvar al pasaje. Paradójicamente si el barco hubiera chocado de frente contra el iceberg, quizás se hubiera salvado porque la proa habría resistido, pero al hacerlo de costado, abrió una peligrosa brecha en la línea de flotación. La vía de agua inundó rápidamente los compartimientos estancos, condenando al buque. Y otro hecho paradójico es que si hubiera dispuesto de suficiente número de botes de salvamento, se habrían salvado más personas, pero afeaban el aspecto de la cubierta de paseo A del barco, la principal de las seis de las que estaba dotado. Pero eso era algo que solo alguien como Mark podía saber. El joven se estaba rasurando la barba porque Candy se había quejado recientemente de que su hirsuto vello pinchaba su fina piel, irritándosela cada vez que la besaba. Últimamente Mark se afeitaba de cuando en cuando, no porque quisiera dejarse barba sino porque con todo aquel ajetreo no había tenido tiempo de hacerlo debidamente, aparte de no tener los elementos necesarios para una correcta higiene. Sin agua, sin tan siquiera navaja de afeitar, sin jabón. Sonrió irónicamente al pensar en que no tenía tiempo. El precisamente él. Candy estaba aun durmiendo en la cama de dosel envuelta entre las mantas de satén y rebozada en las sábanas de seda que formaban un descuidado revoltijo en torno a su escultural cuerpo. Mark comprobó que aun dormía, y dijo en voz baja para no despertarla, en español:

-En casa del herrero, cuchara de palo –dijo para referirse así mismo, debido a que se había quejado de la falta de tiempo hasta para acicalarse, cuando aquel era un elemento que prácticamente controlaba a su antojo, excepto en los temibles momentos en que la sustancia le recordaba que no era su dueño absoluto, si no un mero administrador de sus dones.

Era uno de los refranes que yo solía recitar constantemente y que finalmente había terminado por contagiar mi costumbre a Mark, aparte de que Carlos no se quedaba atrás, compitiendo conmigo en tan curiosa y arraigada tradición, en ambos. Había días que Carlos empezaba diciendo uno y luego yo otro, y seguíamos en una extraña e inaudita competición que hacía reír a Mark y que ponía de los nervios a Helen, porque finalmente Mermadón se sumaba a nosotros, y aunque en un primer comienzo él también aportaba sus propios refranes al improvisado recital, un fallo en su programación que Haltoran aun no había solucionado hacía que creyera que estábamos enfrascados en una competición de canto y el robot se ponía a entonar canciones con una voz almibarada y bastante lograda, así como a bailar, batiendo palmas mientras iba y venía por todo el salón principal de la mansión de los Legan. Helen se ponía histérica creyendo que sus valiosas porcelanas acabarían en el suelo de mármol azul hechas pedazos y con una tremenda jaqueca, porque cuando Mermadon batía palmas el sonido de sus extremidades metálicas, que no estaba amortiguado como en el caso de las plantas de sus pies, retumbaba por toda la casa, ante la hilaridad de Candy y de Ernest. Finalmente había que mandarle callar y cesar en sus frenéticos bailes y canciones.

Candy murmuró algo en sueños y se agitó levemente dándose la vuelta sobre el colchón relleno de plumas de ave. El desbordante y abigarrado lujo, estaba presente en toda la suite hasta en sus más mínimos detalles. Mark creyó haber despertado involuntariamente a Candy, pero su esposa continuaba durmiendo plácidamente de costado con la mejilla derecha reposando sobre el dorso de sus manos entrelazadas a modo de improvisada almohada. Entonces Mark rememoró el origen de tan rocambolesco como trágico periplo que les había conducido y se preguntó si aquel gangster, que parecía obsesionado con Candy estaría relacionado con Albert y alguna nueva venganza urdida en la soledad de su celda, pese a sus claras advertencias. Estuvo a punto de romper el espejo que reflejaba su imagen pero se contuvo. Tampoco tenía pruebas fehacientes de que Buzzy Jonson guardara alguna relación con el otrora poderoso millonario, aunque Mark razonó que el hecho de que su fortuna hubiera pasado a sus manos por decisión de la tía abuela Elroy, no significaba en modo alguno que no dispusiera aun de la suficiente influencia y poder como para continuar amargando sus sueños de una existencia feliz y pacífica al lado de su esposa, sus hijos, yo, y los padres adoptivos de Candy, contando además con Carlos y Mermadón. Mark había depositado una generosa cantidad de espuma de barbear en sus mejillas y cogió la afilada navaja barbera dispuesto a deslizarla con sumo cuidado por su piel. Echaba de menos algunas comodidades del siglo XXI como las maquinillas de afeitar o el gel para después del afeitado que evitaba en teoría que la piel pudiera irritarse. Suspiró y comentó en voz baja con una inflexión de amargura, recordándonos empezando por mí:

-Maestro, Haltoran querido amigo, Ernest, Helen, todos vosotros, -se dijo mientras movía la afilada navaja en sentido descendente para ir cortando los largos pelos que aun no formaban una barba muy cerrada pero que empezaba a oscurecerle la mandíbula y el mentón junto con las mejillas- ¿ que estaréis haciendo ahora mismo, ¿ cómo os irá ?

Su mente evocó nuevamente otros recuerdos de su vida. Repasó sin saber muy bien porqué, hechos ya vividos y rememoró el comienzo de su rivalidad con Albert.

28

Sucedió entre el momento en que Albert le salvó la vida con una transfusión de sangre y el instante en que ejerciendo su autoridad como padre adoptivo de Candy, la obligó a viajar por mar hasta Inglaterra para ingresar en el Real Colegio San Pablo, como parte de su programa de educación para convertirse en una perfecta y distinguida dama de la alta sociedad, pero todo era una tapadera. Los verdaderos motivos eran los tremendos celos que devoraban al magnate y que no era capaz de soportar ver a su hija adoptiva en compañía de un buscavidas de fortuna, procedente de allende del tiempo. Para Albert ese detalle no contaba, le hubiera dado lo mismo que Mark procediera de Marte o de otra dimensión. Para él no era más que un vagabundo, un alma errante que jamás podría aspirar siquiera a soñar con su status, poder e influencia. Pero se equivocaba. Aun no era consciente del tremendo poder que el iridium había depositado en manos de Mark. Le costó mucho asumir que fuera posible que un hombre que aun no había nacido se materializara en su época, trastocando las vidas de todos ellos y en especial la suya. No solo había impedido apuntarse un tanto salvándola de las procelosas y enfurecidas aguas de la cascada del río que atravesaba Lakewood si no que había llegado antes que él, cuando la conoció aunque su encuentro con Candy fue fortuito pese a que sabía perfectamente que su hermanastra la había dejado al cuidado de las responsables del hospicio. Pero la gota que colmó el vaso ya rebosante fue el día que cometió la imprudencia de tratar de sobornarle. En aquel instante, poco antes de que el magnate anunciara a su ahijada su trágica decisión de enviarla a estudiar al otro lado del Atlántico, Albert convocó a Mark a una reunión supuestamente amistosa en su espléndido gabinete situado en un lujoso y deslumbrante mirador, a través de cuyas cristaleras se filtraba la luz del sol formando fantásticas y argénteas figuras geométricas en derredor. Mark se mostró en un principio reticente a reunirse con él, pero creyó que tal vez diese finalmente su consentimiento a su relación con Candy y que ambos pudieran proclamar su compromiso formal. Pero cuando el joven estuvo ante él, ataviado con sus ajadas y desastradas ropas Albert le miró con indiferencia y desdén. No era más que un patán aunque hubiera podido atravesar el tiempo y un patán no deja de serlo por mucho que sus peculiares circunstancias varíen. Albert le invitó a tomar asiento y Mark accedió. Cuando el joven moreno aguardaba impaciente a que el millonario accediera plenamente a que él y su novia formalizaran el compromiso, el joven de ojos verdes y cabellos rubios elegantemente trajeado con una chaqueta y un pantalón negros a juego con su corbata arrojó un jarro de agua fría sobre el desprevenido Mark que aun no había aprendido a jugar al juego de las intrigas y los desengaños. Aun mantenía ingenuamente su fe en la naturaleza humana y en que Albert se avendría a razones fiado de su inicial afabilidad y aspecto jovial.

Albert se volvió de espaldas a Mark y avanzando hacia una caja fuerte oculta justo detrás del cuadro de una hermosa muchacha, hizo girar la rueda hasta que un clic anunció que la combinación había sido correctamente insertada. Mark reparó en que la muchacha retratada en el cuadro, que escondía la caja de caudales de miradas indiscretas, era Candy cuya efigie había sido exquisitamente plasmada en la tela por encargo directo del magnate, mostrándola con sus mejores galas y en toda su esplendorosa belleza. El hombre rubio, se lamentó para sí por no poder tenerla entre sus brazos, habiendo de contentarse con una mera e inanimada imagen de la muchacha, oscuro objeto de su obsesión. Desdeñando tales apreciaciones, Albert tiró del pomo de la puerta, y esta chirrió en torno a sus goznes, sin engrasar debidamente. Introdujo la mano en el interior metálico de la caja de caudales, registrando sus repisas con el tacto, y cuando encontró lo que buscaba, empezó a depositar varios fajos de miles de dólares, ante los ojos de Mark que empezó a darse cuenta con enojo que el acaudalado hombre de negocios trataba de sobornarle. El rimero fue creciendo rápidamente hasta alcanzar una considerable y respetable altura. Finalmente Albert cerró la caja introduciendo nuevamente la combinación, y observó a Mark con una sonrisa mientras le mostraba la enorme cantidad de dinero en metálico que se agolpaba sobre su escritorio. Los crujientes billetes verdes parecían conjugar con el color de sus sagaces y altivos ojos.

-Aquí hay un millón de dólares Mark –le dijo tentándole claramente con tal astronómica suma, sobre todo para la época- con esto, a nada que te administres debidamente –dijo empezando a caminar en círculos por el despacho, en torno a él, mientras sus pies, hacían un ruido amortiguado sobre la fastuosa moqueta de flores estampadas que lo alfombraba -podrás vivir holgadamente el resto de tu vida. No será tan fastuosa como esta –dijo burlándose de él, mientras le mostraba con un gesto displicente de su mano todo el lujo que les rodeaba, en especial el mobiliario estilo Luis XVI de su gabinete del que estaba especialmente orgulloso, mientras la iba moviendo en derredor suyo- pero te permitirá llevar una existencia desahogada y plácida. Aunque naturalmente, esto tiene un precio, -declaró posando sus manos sobre los billetes amontonados -como todo en esta vida.

Albert no era ahora un amable joven amante de la naturaleza y la vida al aire libre, sino un fiero y sagaz negociador que cual jugador de ajedrez, movía sus piezas sobre el tablero de juego con un destreza implacable y a su capricho.

Mark que estaba sentado en uno de los dos elegantes butacones de suave cuero negro, dispuestos para las visitas, situados ante el ostentoso escritorio de Albert, se levantó lentamente, sin hacer ruído. Sabía cual era el precio a pagar al que se había referido Albert, un precio que no estaría dispuesto a satisfacer de ningún modo. Contempló el dinero, mientras tomaba un billete de cien dólares entre los dedos de su mano derecha. Albert le dejó hacer, invitándole con un ademán amistoso a que contase si era su deseo el dinero, y comprobara que el importe que le había enunciado era el correcto. Mientras Mark palpaba el billete y miraba el dinero con expresión, que Albert interpretó erróneamente como de codicia, añadió en voz baja y sibilante:

-Por supuesto, deberás alejarte de mi hija, para no retornar jamás. Esa es la condición que te pongo. Acepta y el dinero será tuyo. ¿ Qué me dices ?

Mark alzó el billete ante su rostro. El ojo situado encima de la pirámide, cuya cúspide rematada en punta estaba separada de la misma, parecía mirarle, atrayente instándole a que aceptara el ventajoso trato. Mark cerró los dedos en torno al dinero y entonces, la sonrisa burlona de Albert se congeló borrándose repentinamente de sus labios. Una pequeña cantidad de humo al principio empezó a emerger de los dedos crispados de Mark, para a continuación dar paso gradualmente, a algunas diminutas lenguas de fuego que partían, en apariencia de la palma de su mano. Albert dio un respingo, retrocediendo asustado. No había visto entre los dedos de su rival ningún mechero o cerilla y en ningún momento se había llevado las manos a los bolsillos para siquiera sacar disimuladamente algo semejante, porque no le había quitado ojo de encima. Albert intentó recobrar la compostura cosa que logró a duras penas y declaró, intentando que no le temblara la voz:

-Es un truco, de alguna manera, has hecho un truco de magia.

Mark le miró con frialdad y abriendo nuevamente la mano, dejó caer sobre su mesa, los restos carbonizados de lo que había constituido un billete de curso legal, por el cual muchos matarían, aun por la mitad de su valor. Entonces Albert contempló claramente como algunas llamaradas nacían de los dedos de Mark, bailando entre ellos, sinuosas y amenazantes, y brotando claramente de su piel, sin carbonizarla. Las cenizas se esparcieron sobre la mesa de trabajo del millonario, que se mesó los cabellos rubios, incapaz de asumir semejante realidad y sin conseguir encontrar una explicación lógica que justificara tal prodigio. Ahora era el turno de Mark de dejarle constancia de su desprecio:

-Hay cosas, Albert, que el dinero no puede comprar. Aunque pusieras delante de mí toda tu fortuna o el doble de la misma, jamás podrás lograr que renuncie a Candy. La amo y si no estás dispuesto a concederme su mano, culminaremos nuestro amor de otras maneras.

Hizo una corta pausa y añadió:

-Y no trates de regatear, porque el corazón de Candy no se subasta Albert, ni se compra ni se vende, lo mismo que el mío.

Una sorda ira se fue apoderando gradualmente de Albert, ante el desprecio de Mark y sin ni siquiera pararse a cuestionar lo caro que podía costarle enfrentarse a un hombre con semejantes poderes y facultades, intentó servirse de la aparente y engañosa ventaja que le confería su mayor estatura y musculatura sobre él. Para asegurarse mejor dicha ventaja esperó a que Mark le diera la espalda, cuando se dispuso a abandonar su despacho, puesto que no tenían nada más de lo que hablar, pero cuando se estaba abalanzando sobre él, Mark se giró y esquivó el poderoso puñetazo que pretendía estrellar contra su mandíbula. Incrédulo, Albert comprobó como su acometida se perdía en el aire. No podía creerlo. Albert entrenado por los mejores expertos en boxeo inglés, y otros estilos de lucha, había fallado con un error de principiante un golpe que debería haber sido demoledor o quizás no hubo tal fallo. Aparentemente, aquel hombre no se había movido pero no solo había evitado su ataque con los reflejos de una cobra, si no que ni tan siquiera respondía a los mismos, ni intentaba, tan siquiera devolvérselos.

-¿ No vas a atacarme ? –preguntó Albert airado, herido en su amor propio- pues vas te valdría por lo menos intentar…

Iba a añadir "defenderte" cuando le lanzó el segundo directo, pero esta vez Mark bloqueó su ataque, asiéndole con una fuerza espantosa por la muñeca con apenas dos dedos, que le hizo esbozar una mueca de dolor, para luego levantarle varios palmos del suelo sin esfuerzo. Albert pataleó furioso, agitando los puños y las piernas tratando de liberarse, pero su rival parecía hecho de hierro, lo mismo que su voluntad que no era fácil de doblegar. No había manera de soltarse con posibilidad alguna de éxito. La presa de los dedos de Mark era demasiado efectiva, como para tratar de intentar deshacerla, por medio de la fuerza bruta. Entonces Mark le bajó y rodeando el escritorio de caoba repleto de papeles y trabajo, con el millonario en vilo, le lanzó hacia delante, sin imprimir demasiada fuerza a su embate porque podría haberle fracturado un brazo o una pierna con suma facilidad. Albert aterrizó en el sillón de cuero con tal violencia, aun así, que desplazó unos centímetros el respaldo abatible hacia atrás, aunque ileso. El joven de las pupilas de azabache le observaba inexpresivo, pero con una nota de advertencia en su mirada. Albert se irguió y se puso en guardia, pero se lo pensó mejor y desistió de continuar atacándole, aunque alzando una mano, le apuntó con el dedo índice izquierdo y le advirtió:

-Ni se te ocurra acercarte a Candy. Ella jamás será para ti.

Mark no dijo nada pero un brillo de peligrosa ira refulgió en sus ojos haciendo que Albert diera un involuntario paso hacia atrás. Entonces Mark le miró con indiferencia y dijo en voz baja y gélida entornando los ojos de azabache:

-No me tientes Albert. Puede que no te gustara conocer mi lado más oscuro.

Y tras decir esto se dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta. Sus pasos resonaron en el cargado y denso ambiente del enorme gabinete de trabajo de Albert. Mark asió con sus dedos el pomo de ambos batientes de las puertas de maderas nobles que daban acceso a la estancia, y deteniéndose dijo girándose para observar de soslayo a Albert:

-Ni para ti tampoco Albert, porque tus sentimientos hacia ella no son los de un padre por su hija, si no algo mucho más profundo y oscuro.

-¿ Cómo te atreves ? –preguntó Albert avanzando hacia él, aunque el recuerdo de la fracasada y adversa pelea que había sostenido contra Mark sin éxito, pareció frenar sus pasos.

-Me atrevo porque puedo hacerlo, y porque Candy está enamorada de mí, no de ti Albert. Y yo la amo profundamente. En cuanto me sea posible la haré mi mujer y tú no podrás oponerte a ello.

-La tienes retenida a tu lado en contra de sus deseos.

-Eso es mentira –dijo Mark lentamente, que estaba empezando a hartarse de tener que justificarse a cada paso- ella está conmigo por su libre albedrío. Yo jamás la obligaría a hacer nada que no deseara ni trataría de doblegar su voluntad, cosa que tú si estás planeando realizar, aunque no te va a servir de mucho. Adios Albert, disfruta de tu millón de dólares restante, yo no lo quiero.

Albert le echó en cara que hubiese quemado un valioso billete de cien dólares y entonces Mark, introdujo la mano en el bolsillo de su ajada cazadora de cuero negra, rebuscando brevemente, y extrajo una moneda de dos euros que causalmente se había quedado olvidada en el fondo del bolsillo, como un recordatorio involuntario de un tiempo al que ya no retornaría. La esgrimió delante de él y un brillo dorado que bañó la estancia imprimiéndola una claridad irreal, salió del interior de su puño cerrado herméticamente. Cuando lo abrió, el resplandor áureo se había extinguido y la moneda de níquel se había transformado en otra del oro más puro y valioso, que relumbraba con brillos cegadores delante del incrédulo magnate. Mark se la lanzó y este aun no repuesto de la sorpresa la recogió al vuelo como pudo, examinándola sin reconocer los extraños y enigmáticos caracteres, y que incluían una especie de e mayúscula muy estilizada y formas redondeadas, en relieve que junto con una mapa de Europa se mostraban en cada una de sus caras, mientras la hacía girar entre sus dedos:

-Ahí tienes Albert. Esa moneda vale algo más de cien dólares.

Por cierto, sigues siendo tan lento como siempre –se mofó Mark de él- como aquella vez que nos encontramos y nos peleamos por primera vez. Ni pegando ni negociando eres precisamente un experto que digamos –replicó Mark con atroz ironía, haciendo caso omiso de la rabia del millonario que para su desgracia, tenía que admitir que, en lo referente al joven moreno, si se comparaba con él, este tenía toda la razón.

Le dio la espalda y antes de que el millonario lograra reaccionar saliendo de su asombro, Mark descorrió los batientes de la puerta y abriéndolos de par en par, abandonó su despacho. Ni se molestó en cerrar nuevamente las puertas al salir. Los sirvientes del millonario se apartaron discretamente y con rapidez, de su camino.

Albert iba a añadir que le había salvado la vida, en un momento de debilidad y afecto hacia su protegida pero se mordió los labios con rabia. Si le espetaba aquello era capaz de arrojarle esa sangre encima…o tal vez derramar la suya.

29

Mark continuó repasando con la afilada navaja sus patillas. Ya casi había concluido de arrancar los molestos pelos que le empezaban a picar y que tanto importunaban a su esposa, cuando se ponía galante con ella y la besaba, o viceversa. Entonces los recuerdos continuaron agolpándose en su mente, mientras la valiosa y bruñida superficie de un espejo que debería haber estado ya a aquellas horas, en el fondo del mar, junto con el resto del mítico e inigualable buque, le devolvía su reflejo desnudo de cintura para arriba sosteniendo la navaja de afeitar desplegada y cubierta de espuma, inmóvil en el aire. Desde la suite anexa al lujoso cuarto de baño, le llegó el sonido de la voz de su esposa desperezándose mientras erguía sus puños por encima de su cabeza. Mark contempló su imagen a través del espejo, medio adormilada, mientras se enfundaba en una bata de seda recamada, de amplias mangas flotantes y vaporosas, y sonrió. La muchacha se frotó los ojos para retirar las legañas de sus deslumbrantes y arrebatadores ojos verdes y abandonó el lecho, poniéndose de pie de un salto. Candy se calzó unas pantuflas de piel y lanzó una alegre exclamación al entrever a través del ojo de buey, practicado en los mamparos exteriores del Titanic, los primeros rascacielos de Nueva York que se proyectaban orgullosos y decididamente hacia lo más alto, a orillas de las aguas del Atlántico, que el Titanic recorría decididamente para alcanzar su destino. Los cabellos dorados de Candy remansaban sueltos en cascada, en torno a sus hombros y cuello, y se movieron ligeramente en torno suyo, cuando caminó resuelta hasta su marido, que estaba de espaldas a ella, y reclinó el peso de su cuerpo sobre él, rodeando su torso con los brazos:

-Buenos días mi amor –le saludó besándole en la mejilla derecha recién rasurada. La luminosidad proveniente de un radiante sol, se filtraba a raudales a través del ojo de buey.

30

Mark retomó el hilo de sus recuerdos. Del tenso y desafortunado encuentro con Albert, pasó al momento en que una frágil embarcación amarrada a uno de los embarcaderos de Lakewood fue desatracada por una joven de ojos verdes y cabellos rubios recogidos en colas de caballo, que adornaba con grandes y decorativos lazos. En aquel entonces, la conexión mental funcionaba plenamente y Mark conocía en que momentos Candy se encontraba en peligro, necesitando su ayuda. Como de costumbre, una enorme estela de fuego como una escalera áurea, unió el suelo con las alturas, como de costumbre un hombre atormentado en su interior pugnaba por alcanzar el otro lado del tiempo, como de costumbre abandonó su tiempo para insertarse en otro que no le correspondía, pero que había hecho suyo por amor. Mark dejó atrás la realidad tangible del 2010 y se internó en los procelosos e inexplorados dominios del tiempo. No había palabras para narrar el apocalíptico caos de aquella dimensión desconocida, intermedio entre una época y otra. Todo era como un enorme calidoscopio de furiosos colores que se entremezclaban entre sí sin solución de continuidad de modo que tratar de establecer un familiar y tranquilizador concepto de arriba o abajo, era poco menos que tarea absurda e imposible. Algunos remolinos que Mark bautizó, a falta de una definición mejor como tormentas magnéticas giraban produciendo un abrumador sonido y aspirando a modo de agujeros negros, todo cuanto tenía la osadía de situarse a su alcance. Ni siquiera él habría logrado liberarse de su atracción de no haber aprendido a respetar y a evitar tan curiosos como peligrosos fenómenos. Aparte de aquellos elementos, la entrada o salida de un tiempo o dimensión a otra distinta se realizaba a través de una especie de ventanas, que permitían intuir lo que había detrás de cada una de ellas, por lo que para dirigirse a un año o tiempo concreto, forzosamente se tenía que pasar por una de ellas. Mark se sorprendió que en lo que había llamado como "dimensión temporal", el espacio que mediaba entre las distintas eras con sus confusos colores y que era como una psicodélica pintura abstracta de sobrecogedora belleza, había una total ausencia de sonido, exceptuando el rugido de las ocasionales tormentas magnéticas que de vez en cuando debía de evitar para no ser engullido trágicamente por cualquiera de ellas. Cuando finalmente, el fondo surrealista de la dimensión temporal se desvaneció dejando paso a las más familiares formaciones de nubes, a través de las cuales el sol se filtraba reverberando y brillando a lo lejos, Mark realizó un picado a gran velocidad porque la acuciante sensación de peligro que pulsaba débilmente en su cabeza estaba aumentando por momentos. Candy estaba viéndose envuelta en alguna clase de peligro cuya índole aun desconocía. Pero el enamorado joven, que no era capaz de apartar a la muchacha de ojos verdes y coletas doradas ni de su mente ni de su corazón aceleró la marcha. Aun no controlaba del todo sus nuevos poderes, que había descubierto dramáticamente cuando sin comerlo ni beberlo se vio en medio de un brutal tiroteo por el supuesto botín de un furgón fuertemente escoltado pero fue aprendiendo a dominarlo a medida que se hacía una idea del brutal y dramático salto evolutivo que su cuerpo había sufrido cuando una tormenta de partículas subatómicas bombardeó su ADN, creando un ser imposible y casi invencible.

Pero ya no tenía vuelta de hoja y además aquel iridium le había abierto otras puertas no menos trágicas y temibles que las del tiempo. Cuando la sustancia anaranjada que bullía en sus venas y se deslizaba por su carne descorrió los batientes del amor y entró a través de su umbral, supo que tampoco habría ya retroceso posible.

31

La frágil embarcación saltaba entre las aguas embravecidas con Candy a bordo chillando y pidiendo auxilio desesperadamente. Desde la orilla, a través de los arbustos y en medio de la noche presidida por una luna excepcionalmente llena, un hombre de estatura elevada y cabellos rubios largos que se unían a una barba muy poblada corría en pos de la muchacha que agitando los brazos, intentaba atraer la atención de su presunto, o presuntos salvadores. El hombre, cuyos ojos estaban enmarcados por unos anteojos oscuros que no permitían siquiera intuir el color de sus ojos más que a muy corta distancia, llegó finalmente a la vista del río que atravesaba la señorial Lakewood y que para desgracia de Candy terminaba en una cascada que se precipitaba desde lo más alto produciendo un ensordecedor rumor cuando las aguas desembocaban en un pequeño lago tranquilo que contrastaba fuertemente con la impetuosidad y bravura de la cortina de agua que estaba zarandeando la frágil barca con una adorable joven en su interior, que se reprochaba el haber sido tan insensata como para seguir el curso de un río, que no sabía donde terminaría por llevarla.

Albert Andrew, señor de Lakewood, y patriarca de la poderosa familia Andrew estaba a punto de salvar a su hija adoptiva, aunque vaciló por unos instantes al contemplar la fuerza de la corriente y los sinuosos rápidos que agitaban la barca de madera como si fuera una cáscara de nuez. El hombre meneó la cabeza y pensó:

"Candy, que insensata has sido. No veo la forma de rescatarte, pero debo de..."

No llegó a concluir su pensamiento, porque por encima suyo una luz tan brillante que por unos momentos eclipsó la de la luna y las estrellas, rasgó la oscuridad, destacando en el firmamento con su poderosa presencia. Albert intuyó que había algo raro en lo que en un primer momento había tomado como una estrella fugaz, porque la estela lejos de perderse en el horizonte, se situó a muy poca distancia sobre el agua, de la que levantaba una cortina de agua a su paso, producto de la elevada velocidad que aquel extraño bólido, que parecía tener inteligencia propia, desarrollaba. Albert se dispuso a lanzarse a las furiosas aguas no estando seguro de si él también terminaría tal vez sin vida, a los pies de la cascada destrozado entre las rocas que jalonaban la misma, pero entonces se detuvo horrorizado. Quizás fuera producto de su imaginación o tal vez la tensión del momento, le había jugado una mala pasada, pero alcanzó a distinguir la confusa forma de un hombre, un muchacho de cabellos largos y vestido de forma parecida a la suya, pero más inusual, que llevaba los brazos pegados al cuerpo y se dirigía indudablemente hacia la barca. Candy que sabía de sobra que tipo de fenómeno era aquel, musitó un nombre, mientras los ojos oscuros del joven que volaba frenéticamente para alcanzar la embarcación y a ella, le dirigieron un mirada que hizo que se estremeciera por completo. Candy musitó un nombre:

-Mark,...eres tú...Has venido.

Faltaba poco ya para que la barca cayera por la catarata y menos aun para que Albert comprendiera que jamás tendría opción alguna de entrar en el corazón de Candy, cuya llave sería entregada a aquel intruso que decididamente se dirigía sin asomo de duda y con aplomo hacia ella. La luz alcanzó finalmente la barca que terminó por precipitarse al vacío, para deshacerse por efecto de la caída. Candy, había cerrado los ojos y cuando los abrió notó que sus pies no tocaban el suelo, y que alguien la sostenía con cuidado y afecto, alguien que desprendía una suave luminosidad cálida y bondadosa. Cuando levantó la mirada, sus ojos verdes como esmeraldas, se perdieron en la inmensidad de unas pupilas negras que, aunque tristes y esquivas, recobraban su innata y sobrecogedora belleza en el momento en que Candy fijaba las suyas en las de él. La muchacha acarició las mejillas del hombre y algunas lágrimas se deslizaron furtivas sobre sus mejillas. Candy palpó conmovida las comisuras de sus ojos retirando algunas lágrimas, y dijo quedamente:

-Mark, por favor, no llores. Estamos juntos al fin. Yo estoy contigo y seguiré siempre a tu lado.

Mark no respondió. Dirigió su trayectoria hacia la orilla donde Anthony y sus primos, los hermanos Cornwell la estaban buscando denodadamente y sin tregua, con la ayuda de una linterna inventada por el avispado e inteligente Stear que les alumbraba, mediante una manivela que hacían girar constantemente. Que poco sospechaban aquellos muchachos, que dos de ellos serían salvados en la misma manera no mucho después, de que Mark hubiera arrancado a Candy de las aguas del río engañosamente calmado, que atravesaba la magnífica e ingente propiedad.

Albert notó como una furia sin explicación aparente se agolpaba en su pecho. Conocía esa luz, tan bien como Candy e intuía que el artífice de la misma le había arrebatado tal vez para siempre, el cariño de aquella maravillosa criatura que escuchaba los latidos del corazón de Mark y no podía dejar de apartar fascinada su mirada de los ojos del hombre del que ya se había enamorado perdidamente y sin remisión.

32

Candy tenía miedo. Sabía que en cuanto Mark pusiera pie a tierra, ambos se separarían de nuevo, tal vez con carácter definitivo. Se aferró al joven con furia, mientras los cabellos rubios se agitaban mecidos por el aire que Mark desplazaba a su paso cuando las emanaciones de iridium en su estadio más suave y menos pernicioso, así como el más hermoso, le permitían flotar mansamente en el aire, aunque no por mucho tiempo.

-Puedes volar -musitó ella lentamente mientras escondía su adorable rostro entre los mechones de los largos cabellos morenos del muchacho aspirando su aroma- que finalmente habló después de un prolongado y forzado silencio.

-Sí, y por eso, Candy debes retornar a tu vida habitual. No debo mezclarte con mi insensata existencia.

Pero la muchacha le abrazó con más fuerza. Situó sus labios junto al oído izquierdo del joven y susurró emotivamente:

-Te quiero Mark.

El joven creyó que se le partía en alma en pedazos. Por segunda vez Candy repitió la tan ansiada y largamente esperada respuesta a su declaración de amor, aunque ya no estaba tan seguro de querer involucrar a la muchacha en su vida:

-Te quiero. Por favor, quédate conmigo, por favor.

Mark realizó un esfuerzo ingente para sobreponerse a su dolor. El suelo estaba cada vez más cercano. Ya casi podían rozar con las yemas de los dedos, las copas de los árboles más altos.

-No Candy, no puede ser, no puedes enamorarte de un hombre como yo. No soy normal. Mereces a alguien...

Antes de que pudiera añadir "mejor que yo", un suave pero para nada fortuito beso, acarició sus labios embriagándole con la fragancia de las sensaciones más dulces y sobrecogedoras que jamás hubiera experimentado. Cuando el rostro de la chica se apartó del suyo, Candy abrió los ojos y le dijo:

-Te quiero Mark. Estoy enamorada de ti…Desde lo de la Colina de Pony. No me importa que puedas volar, no me interesa si brillas como un cometa, vienes de otro tiempo, o de más allá del cielo. Solo me importas tú. Por favor, quédate conmigo -repitió por segunda vez, reclinando su cabellera de bucles dorados entre los pliegues de la ajada y rugosa cazadora de cuero negra de Mark.

-Afrontaremos juntos lo que tenga que venir amor mío. Si estás a mi lado, no habrá obstáculo lo suficientemente grande que no podamos superar unidos –dijo ella mientras Mark luchaba consigo mismo en una ardua batalla interior, contra una tormenta de sentimientos encontrados que descargaba sobre su corazón, cuyas heridas sangraban de amor.

Mark estaba empezando a acusar los efectos del prolongado uso del iridium. En su espalda se abrían grandes y dantescas heridas que exhalaban chorros negros de sangre contaminada, mientras Mark se arqueaba de dolor. En ese instante, decidió aterrizar, mientras Candy le estrechaba con fuerza contra su cuerpo.

-¿ Qué tienes mi amor ? ¿ qué te ocurre ? –preguntó la chica desesperada.

-No…es nada Candy…Es parte del precio que tengo que pagar…por…el iridium. –dijo con esfuerzo y un hilo de voz.

Provenientes del bosque que rodeaba al río y a la catarata, se escucharon varias voces masculinas con el rumor de fondo de los cascos de varios caballos y distinguió a tres jóvenes, que cabalgaban briosos corceles, que controlaban con destreza, peinando todo Lakewood con la esperanza de encontrar a Candy. Mark alcanzó a distinguir a un muchacho rubio de intensos ojos azules, acompañado por otro moreno de anteojos y que llevaba una gorra blanca sobre la cabeza y una chaqueta con franjas negras verticales. Les acompañaba un tercer joven de pelo castaño, y con una chaqueta azul en la que destacaba una corbata roja sobre un aparatoso chaleco de dos piezas. Estaban gritando un nombre, que tanto Mark como la joven escucharon claramente:

-¡!Caaanddy! ¡Candyyy¡ -voceaban los tres muchachos, mientras escrutaban hacia todas las direcciones posibles intentando encontrarla.

-Son Anthony y sus primos. Me están buscando, pero por favor, Mark no quiero que me encuentren, aun no…quiero quedarme contigo –le suplicó la muchacha.

Mark terminó de bajar a tierra intentando hacer el menor ruido posible para que no le descubrieran, por lo menos a él. Se proponía ocultarse, a la espera de recuperar fuerzas para efectuar otro salto en el tiempo tan pronto como se encontrara mejor. Mark liberó a Candy, pero la muchacha se negó a moverse de su lado y sujetándole con fuerza la manga derecha de su cazadora, se aferró a él con firmeza. Mark expulsaba ya los últimos regueros de sangre negra y poco a poco, esta fue recuperando su color habitual, a medida que el oxígeno desplazaba a los compuestos tóxicos de la emisión del iridium, exudados a través de su piel . El joven pareció relajarse y respiró acompasadamente mientras miraba a Candy con lástima. La preciosa muchacha estaba en vilo, porque temía que la siguiente frase de Mark fuera pedirle que se alejara de él.

-Ya has visto lo que soy –susurró Mark más apenado que ella por tenerle que pedirle semejante cosa –lo que has visto es parte inherente de mí. ¿ Durante cuanto tiempo podrías soportarlo ? No soy como ellos ni como tú –dijo Mark, al que le había aquejado una profunda debilidad sumada al fuerte desánimo, producto de su amargura y soledad.

Se sentó al pie del tronco de un sauce. Candy se le aproximó y quiso examinar sus heridas, pero Mark no se movió y dijo:

-No Candy. Por eso no te preocupes…Se cerrarán solas.

Candy cogió sus manos, tan cálidas y firmes. Las lágrimas de la chica empaparon los nudillos de Mark:

-Mark, mi amor ¿ es qué no sientes lo mismo por mí ? si no me amas, dilo y lo comprenderé.

Mark no pudo soportarlo más y la estrechó con ansia entre sus brazos besándola largamente. Le daba lo mismo que le sorprendieran con ella entre sus brazos y le tomasen por un vagabundo o un forajido y que obrasen en consecuencia. Estaba loco de amor por ella y las súplicas de la chica habían tocado las fibras más sensibles de su ser.

Cuando se separaron, Candy reclinó la cabeza en el pecho de Mark y el muchacho acariciando sus cabellos rubios frenéticamente, le dijo con voz temblorosa y vacilante:

-Candy, te amo más que a mi propia vida, te amo tanto que sería capaz de secuestrarte para tenerte solo para mí. Pero…

Mark se alejó unos pasos de ella. Candy temerosa de perderle entrelazó sus dos brazos en torno a la muñeca derecha de Mark. El joven extendió el brazo izquierdo y algunas llamaradas que adquirieron voraces proporciones partieron de su piel sin dañarla.

-¿ Podrás amarme aun a pesar de esto ? –preguntó Mark a Candy que contemplaba temerosa las danzantes hileras de llamas.

Pero el amor que les unía por aquel entonces se había hecho muy fuerte, demasiado como para que el fuego, cualquier otro elemento o intervención humana lograra romperlo. De hecho no había poder en el mundo capaz de deshacer su vínculo, a menos que ellos lo decidieran. Candy le rodeó tan sorpresivamente entre sus brazos, que Mark a penas tuvo tiempo de cortar el suministro de iridium a la atmósfera para evitar que la joven sufriera quemaduras de consideración debido a lo imprevisto y rápido de su acción. Candy le rodeó el cuello con sus brazos y mirándole intensamente clavó en los ojos de Mark una mirada enamorada.

-Te amaría aunque de ti emergiese el peor de los tormentos, porque yo ya lo estoy soportando Mark. Este amor…me está desgarrando el alma.

Mark la besó nuevamente. No pudo evitarlo. Aquel impulso que les impelía a estar juntos era demasiado poderoso como para ignorarlo.

-Ese tormento del que hablas también me está aquejando a mí Candy de la misma forma que describes.. Te quiero, estoy tan enamorado de ti…-repuso Mark contrito- pero no puede ser. No pertenezco a esta era, ni soy el príncipe que imaginas Candy.

-Para mí sí Mark, para mí si. Por favor quédate conmigo. Les haremos entender que nos amamos. Tendrán que aceptarlo –exclamó mojando su camisa y su cuello con su llanto. Mark notó el sedoso tacto de su piel y la suavidad de sus formas femeninas, en estrecho contacto con su cuerpo.

Mark vaciló porque la propuesta de la joven a la que ya consideraba prácticamente como su novia era tentadora e irresistible pero haciendo un esfuerzo por sobreponerse apartó a Candy con dificultad, porque la muchacha se había cogido a él con una energía enorme. El amor le confería una fuerza de voluntad descomunal.

-No, no quiero separarme de ti, no quiero –sollozó angustiada.

-Ni yo, amor mío –dijo Mark llenándola de lágrimas- pero por el momento no es posible que nos veamos, quizás algún día…Pero ahora debo marcharme.

-No, llévame contigo por lo menos, llévame. Me da igual a donde con tal de estar contigo Mark.

Las voces de los tres jóvenes aristócratas sonaban cada vez más cerca. El muchacho de las gafas apuntó que le parecía haber visto un fuego muy extraño a unos pasos por delante de ellos.

-Quizás Candy esté tratando de comunicarse con nosotros –apuntó el joven rubio que se hacía llamar Anthony- debemos darnos prisa en encontrarla.

Escuchar aquello heló la sangre en las venas de Candy que miró con horror a Mark porque había irradiado aquellas llamaradas a la atmósfera para señalar su posición a los jóvenes que tan desesperadamente rastreaban palmo a palmo todo el bosque para dar con ella.

-No Mark, no, no me hagas esto. Quiero ir contigo, yo…

Mark aprovechó el momento de estupor que había producido en Candy su hallazgo para separarse de ella con dificultad. Sus lágrimas brillaban bajo la luz de la luna como si fueran delicadas hebras de plata. Mark echó a correr sin girarse porque si seguía contemplando a Candy no sería capaz de partir. Se quedaría con ella para siempre, como finalmente terminaría por suceder en un futuro no muy distante.

-Perdóname mi hermosa Candy, perdóname. Te amaré siempre –dijo Mark con voz deformada por un acre y agrio pesar que le subía desde lo más recóndito de su alma.

Echó a correr. Candy le persiguió con todas sus fuerzas, pero no logró darle alcance. Mark era demasiado fuerte para dominarle, demasiado rápido para ser alcanzado, demasiado bondadoso para destrozar la vida de Candy con su descabellado amor. Pasó como una exhalación delante de los tres jinetes, cuyos caballos se encabritaron por el veloz y furtivo fantasma que cruzó frente a ellos. Las emanaciones del iridium espantaron al caballo blanco de Anthony que se encabritó tanto que a punto estuvo de derribarle por tierra.

-¿ Qué, qué ha sido eso ? –preguntó Archie perplejo- nunca he visto nada semejante.

-Seguramente será algún conejo –apuntó Stear para quitar hierro al asunto.

-Eso no era un animal –dijo Anthony contrariado y enigmáticamente. Su montura aun pifiaba y relinchaba nerviosa, agitando bruscamente la cabeza.

Anthony sujetó las riendas de su caballo y le palmeó el cuello para tranquilizarlo. Entonces divisó a Candy que tenía la vista fija en el firmamento, contemplando una estela de luz que se alzaba rápidamente hacia lo alto ganando altura. La bella joven tenía las manos entrelazadas sobre el pecho a la altura del corazón y musitaba un nombre continuamente mientras Anthony que se había adelantado para comprobar el estado general de Candy, escuchó desafortunadamente para él, lo que decía con gesto hosco y serio:

-Mark, amor mío, mi amor, por favor no me dejes, no me dejes –susurró entornando los deslumbrantes ojos verdes hacia la luna.

Entonces Anthony se apeó del caballo lentamente. Candy estaba tan aturdida y abatida que ni le oyó llegar. Se acercó a la muchacha y muy enfadado le preguntó donde había estado todo ese tiempo, porque no habían conseguido encontrar pese a buscarla concienzudamente durante buena parte del día.

Candy reaccionó y se giró sobre sus talones. Trató de sonreírle pero le era imposible, aparte de que Anthony ya había escuchado su mención del desconocido joven, cuya faz había evocado en la de la luna.

-Tomé el bote del embarcadero para dar un paseo, aunque me arrastró la corriente.

Entonces Anthony alzó sorpresivamente la mano y descargó una repentina bofetada en la mejilla izquierda de Candy. Anthony la miró con ojos furiosos y le exhortó temblando:

-Tonta, ¿ no te percataste de cómo nos preocupaste a todos ?

Pero la reacción de Candy no fue de vergüenza o reparo si no de rabia, de profunda rabia porque no podía estar junto al muchacho al que realmente amaba. Crispó los puños en torno a su delantal y se puso de rodillas musitando ajena a la presencia de Anthony al que se le unieron sus primos enseguida:

-El nunca me habría pegado –exclamó dirigiéndose a Anthony con dureza y mirándole con sus ojos de esmeralda reprobadoramente - El se ha ido –susurró con voz queda entornando los ojos, y bajando la cabeza, haciendo que sus rizos rubios se proyectaran hacia adelante – mi Mark se ha ido y me ha dejado aquí. Vosotros le habéis obligado a marcharse.

A continuación Candy, incapaz de soportar tantas emociones contenidas a las que no podía dar salida se desmayó en brazos de Anthony al que rápidamente Archie le reprochó el que la hubiera golpeado tan brutalmente. El joven rubio se defendió argumentando que no la había rozado apenas.

-No debí haberla abofeteado –añadió no obstante visiblemente arrepentido y apartando los mechones rubios que se precipitaban sobre los párpados de Candy- pero nos ha dado un susto tremendo.

Aun así Archie estaba tan enojado con su primo, que estuvieron a punto de llegar a las manos, tras que Anthony depositara a Candy, reclinándola en el tronco de un árbol para saldar cuentas. De no ser por el hermano de Archie. Stear, ambos primos habrían terminado por enzarzarse en una acre y amarga pelea.

-Ya basta –exclamó Stear fuera de sí y presa de un ataque de nervios- debemos ocuparnos de Candy. No sé que le ha podido suceder, pero está mal.

Anthony volvió a tomar a Candy entre sus brazos. La muchacha que había recobrado el sentido, deliraba moviendo la cabeza frenéticamente y llamando a alguien por su nombre, alguien que los tres muchachos no conocían aun, pero que pronto entraría de pleno en sus vidas, cambiándolas para siempre.

-Mark, Mark, amor mío, amor mío –sollozaba la muchacha, presa de un delirio que empezó a preocupar a los tres. Anthony y Archie se hicieron cargo de Candy llevándola lo más deprisa que pudieron a la mansión de Lakewood, mientras Stear iba en busca de un médico. Anthony sabía perfectamente, y tenía la certeza más absoluta de que Mark no se encontraba en la imaginación de Candy ni era una alucinación, como creían los hermanos Cornwell, sus primos, porque había tenido ocasión además, de encontrarse cara a cara con él, por primera vez durante el baile, en el que Candy aun sentía algo por él. Y tal como sospechó aquel día, sus más funestos presagios, y sus peores temores se habían confirmado. Aquel hombre moreno, de elevada estatura y ojos como la noche que tanto temor le infudía, había retornado y había vuelto a marcharse con idéntica celeridad con que se presentó, pero solo era cuestión de tiempo que regresara. Las siguientes semanas fueron terribles para Candy, que lloraba, deliraba aquejada por altas fiebres y llamaba siempre en sueños a Mark, sin entender porqué su amado no retornaba a buscarla. Finalmente Anthony, harto y destrozado por el sufrimiento de la muchacha llegó a suplicar fuera de sí, y completamente deshecho que ese misterioso y escurridizo ser apareciera aunque le costara a él su felicidad, porque alejaría a Candy definitivamente de su lado. Pero mil veces prefería que se destrozase su corazón que el de Candy porque no soportaba presenciar su sufrimiento por más tiempo. Para colmo no mucho después y cuando la joven parecía haberse recuperado levemente, después de varios tratamientos y numerosos cuidados, fue enviada a Méjico, acusada falsamente de robo. Allí tendría otro encuentro con Mark, que la libraría de unos desalmados bandidos que pretendían venderla y no mucho después, decidida a olvidar a Mark para siempre, aceptó finalmente a Anthony en su corazón. Fue adoptada tras muchas vicisitudes por la familia Andrew pero durante la cacería organizada en su honor, Anthony estuvo a punto de morir desnucado al precipitarse desde su caballo al suelo. Mark reapareció para salvarle, creyendo erróneamente que Candy ya le habría olvidado y que prefería al joven y refinado aristócrata rubio de ojos azules y encantadora sonrisa. Pero cuando le salvó y Candy corrió al encuentro de Mark, su amor se reavivó, porque un sentimiento semejante puede adormecerse y aquietarse pero nunca extinguirse. Y ello conllevó que cuando resurgió el amor de Mark y de Candy lo hiciera con una fuerza desbordante e imparable que desplazó como un vendaval a una brizna de hierba, el incipiente sentimiento que hubiera podido germinar en su corazón por el muchacho rubio de intensos ojos azules.

Mismas escenas de lágrimas, mismas imágenes de llanto como cuando Mark la rescató de la furia de la cascada, pero esta vez no consiguió sustraerse al influjo de un amor tan poderoso e indestructible. Harto de huir, harto de ser una alma errante, se quedó con Candy sin importarle las reacciones del clan familiar, al que llegaría a presidir en un futuro no muy lejano, sin que contara para él lo más mínimo el poder e influencia de Albert. Ella le abrazó tiernamente colmándole de caricias y palabras apasionadas y Mari, cansado de luchar inútilmente contra su verdadero destino, terminó por corresponderla, jurándola que jamás se separaría de ella. Y el alma atormentada de Mark halló consuelo por vez primera, mientras la de Anthony fue atacada por una súbita y repentina melancolía, pero nada podía hacer. E incluso suplicó a Mark que jamás volviera a alejarse de ella, porque si Candy tenía que pasar por otro calvario como el que atravesó cuando se marchó de su lado después de lo de la cascada y lo de Méjico, probablemente su corazón no lo resistiría y perdería la vida, muriendo de pena.

El resto sería ya historia.

33

Un hombre de cabellos rubios y poblada barba, que iba vestido de forma informal y con un pequeño macuto al hombro, se alejó rápidamente de allí, temblando de rabia e ira porque Mark se le había adelantado como cuando lo de la Colina de Pony, aunque aun no sabía que pronto conocería al responsable de sus desdichas y que además estaba detrás de los extraordinarios fenómenos que habían preservado la vida de Candy. Aunque no sabía porqué una sorda ira le asaltaba porque presentía que aquella luz no hacía presagiar nada bueno para él. Las lentes oscuras que cubrían sus ojos verdes relampaguearon bajo la luz de la luna, mientras corría desaforadamente y cubriéndose la cabeza con las manos mientras removía frenéticamente sus cabellos rubios, porque un nombre que había alcanzado a escuchar de boca de Candy le estaba fustigando sin cesar.

-Mark –musitó con rabia, aunque no alcanzó a descubrir quien era porque la ira y unos celos que iban en aumento de manera exponencial le impedían actuar con lógica y pensar claramente.

34

El primer encuentro con un rival, sobre todo si es especialmente insidioso y molesto y te arrebata cuanto amas o ansías, de forma injusta, casi nunca es agradable. Y eso era algo que Albert estaba a punto de descubrir a sus expensas, cuando tuvo su primer encontronazo con Mark.

Neil estaba vertiendo una dosis de aceite de ricino desde un pequeño frasco etiquetado que sostenía entre los dedos. La sustancia oscura y espesa como melaza, que no se destacaba especialmente por ser precisamente aromática bajó por la pared del cubo, que hacía las veces de abrevadero, de uno de los dos valiosos caballos de la familia. Su hermana le había tranquilizado al respecto, asegurándole fehacientemente que el oscuro y gomoso líquido, no resultaría peligroso para César, aunque le causaría unos dolorosos retorcijones de estómago por un breve lapso de tiempo. César, era uno de los dos espléndidos purasangres de los Legan, y aquella sucia añagaza, tenía el objeto de acusar a Candy falsamente de ello, para que la castigaran duramente. Realmente Neil no deseaba hacerlo, porque no quería dañar al caballo al que apreciaba sinceramente, pero su manipuladora hermana le instó a hacerlo, consiguiendo que secundara sus malévolos planes tras instigarle, por lo que ambos hermanos penetraron sigilosamente en el establo, que además era a la sazón, el nuevo hogar de Candy como escarmiento por lo acaecido durante el baile. Los Legan quedaron en bochornosa evidencia durante la fiesta delante de todo el mundo especialmente la severa tía abuela Elroy que no podía dar crédito, a como aquel vagabundo tenía tratos con Candy y que se había atrevido a aporrear una de las cristaleras del lujoso salón de baile alterando el normal desarrollo de la celebración.

Cuando Neil se encontraba enfrascado en su tarea, observado con satisfacción por Eliza, un desconocido muy alto, que se protegía los ojos con gafas oscuras y cuyas facciones no lograron distinguir ambos hermanos bajo los opacos cristales, entró corriendo en las caballerizas y propinó una patada al cubo, impidiendo que el caballo ingiriera la comida adulterada. Acto seguido intentó atacar a Neil por su comportamiento, pero justo en el momento en que iba a descargar un demoledor puñetazo contra el pómulo izquierdo del muchacho de cabellos castaños, una mano de hierro bloqueó su ataque asiéndole por la muñeca con firmeza. Albert intentó soltarse revolviéndose furibundo sin lograrlo, pero Mark no aflojó ni un ápice, la presión de sus dedos. Procuró atacarle, pero el joven de ojos tristes y cabellos negros esquivó sus acometidas fácilmente aun teniendo una mano ocupada en retenerle.

-Por mucho que estimes a los animales –declaró Mark lentamente y con calma, clavando por primera vez sus pupilas de azabache en las de Albert, ante el estupor de Eliza y de Neil que contemplaron al desconocido con asombro y boquiabiertos- no tienes ningún derecho a meterte con alguien más débil que tú o por lo menos pegarle con semejante contundencia como pretendías hacer –dijo mirando a Neil que se sintió ofendido por la alusión que aquel intruso hacía de su persona, pero no se atrevió a replicarle, no fuera que también optara por emprenderla con él. Mark adivinando el miedo que se reflejaba en los ojos de ambos hermanos les dijo:

-Marcharos de aquí. Yo me ocuparé de esto –dijo escuetamente.

Demasiado asustados para protestar por la presencia de dos intrusos en la propiedad y que en cualquier momento parecían a punto de destrozarse enzarzándose en una tumultuosa riña tabernaria, y menos a hacerles frente, ambos hermanos huyeron despavoridos braceando y profiriendo estridentes gritos clamando auxilio, mientras se dirigían hacia la mansión de sus padres para dar la alarma y reclamar ayuda.

Mientras Albert irreconocible tras sus largas e hirsutas barbas y bigote, pugnó por liberarse pero no era posible. Asombrado constató que aquel joven, en términos de estatura, era algo más bajo que él y en apariencia menos corpulento, pero aun así le estaba dominando con suma facilidad.

-Suéltame, suéltame –bramó Albert perdiendo los estribos. Finalmente Candy que había permanecido ausente, porque había estado en la cocina de la mansión Legan aprendiendo a amasar pan, regresó y se encontró con la dantesca escena. Dos hombres estaban forcejeando en mitad del establo, entre sus muebles, y uno de ellos era Mark. Los dos caballos relincharon agitados y asustados por el tumulto.

-Mark –exclamó la muchacha, bañada en lágrimas al reconocerle.

-Albert –dijo sorprendida. Había conocido a su tutor en uno de sus largos paseos por la propiedad de los Andrew, ignorando aun su condición de millonario patriarca del clan familiar, hallándole refugiado en una vieja y ruinosa villa abandonada, rodeado de animales de varios especies, como ciervos, conejos y hasta una mofeta. Enseguida se hicieron amigos pero no podía sospechar ni de lejos que estuviera allí, luchando contra Mark. El joven moreno alzó a Albert como si fuera un pelele y le lanzó contra unas balas de paja, contra las que rebotó pesadamente procurando no causarle daño.

Candy le llamó desesperada, pero Mark echó a correr y no se detuvo. Enfiló rápidamente hacia el bosque circundante, sorbiéndose las lágrimas, esperando camuflarse al abrigo de la espesura.

Aprovechó para escapar y Albert intentó darle alcance, pero no lo logró. Mark no era un ser humano corriente, como Candy había averiguado en tan trágicas circunstancias. Mientras Albert entabló una tensa conversación con Mark, el cual terminó por detenerse, cesando en su fuga, y Albert en su persecución, porque ambos deseaban averiguar cual era la relación que cada uno de ellos, guardaba con Candy. Ambos hombres se observaron con cautela, aunque Mark no parecía especialmente cansado o colérico. Como advirtió Albert, su rival dominaba perfectamente su ira.

El joven magnate le advirtió de que se alejara de Candy mientras trataba de asestarle un puñetazo tras otro, pero Mark que no se amilanó, esquivó con suma facilidad sus tentativas que resultaron infructuosas.:

-Si me marcho de su lado no es porque tú o ningún otro me lo pida –dijo trabándole un brazo y derribándole por tierra con un súbito movimiento que ni vio llegar - si no porque no quiero que Candy sufra por mi culpa.

Albert masculló un reniego y pensó, mientras recuperaba las gafas que había salido despedidas de su nariz, y que permanecían increíblemente intactas sobre la hierba sin que se hubieran roto o partido por la mitad. Los cristales oscuros estaban manchados de tierra y briznas de hierba.

"No puede ser que sea tan rápido y tan fuerte, pese a que parece más débil y enclenque que yo. Me está dejando en evidencia. No he logrado conectarle un golpe ni una sola vez".

-¿ Y tú que interés tienes en Candy ? –le preguntó a su vez Mark situándose a corta distancia de él.

-Eso a ti no te importa, pero no permitiré que la molestes y…

Albert se irguió de un salto, esperando cogerle esta vez desprevenido pero fue en vano. Era como si aquel hombre pudiera leerle el pensamiento, anticipándose con increíble facilidad a sus próximos movimientos.

Mark le alzó con una mano sin esfuerzo y volvió a derribarle por tierra, mientras le advertía:

-No serás tú, ni ese Anthony, ni nadie el que nos impida a Candy y a mí amarnos, porque estoy harto de huir, y seguir sufriendo y hacerla pasar a ella por lo mismo. Voy a pedirle que sea mi novia, te guste o no, y sea cual sea tu relación en todo este asunto.

Le dejó libre y el iracundo Albert incapaz de aceptar su derrota a todos los niveles volvió a las andadas. Mark le placó contra el suelo con una fuerza descomunal, inmovilizándole por enésima vez. El iridium le confería unos reflejos rapidísimos y una fortaleza fuera de lo común. Mark le soltó al cabo de un rato, y le dejó allí tendido en el suelo. Albert pensó en abalanzarse nuevamente contra él, pero descartó hacerlo aun dolido en su amor propio, porque volvería a perder de nuevo, y el resultado sería idéntico e igualmente humillante para él. No importaba las veces y la insistencia con la que tratara de derrotar a ese presuntuoso de Mark, que se alejó lentamente, mientras Albert seguía allí perplejo y tremendamente furioso en medio de sus animales, que intentaron animarle, aunque Albert enfadado, los apartaba alejándoles de si continuamente, a manotazos. Sus amigos retrocedían espantados porque no entendían el cambio de actitud tan repentino del hasta entonces afable y jovial magnate transmutado en vagabundo y bohemio. Se incorporó sacudiéndose las ropas frenéticamente, y decidió marcharse, soltando improperios, antes de que alguien pudiera descubrirle. A buen seguro los hermanos Legan ya habrían puesto sobre aviso a todo el mundo y les estarían buscando a ambos al frente de una partida armada. De hecho Mark, estaba allí para rogarle a Candy que aceptara ser su novia, aunque el imprevisto encontronazo con Albert había arruinado toda posibilidad de intentarlo por el momento, y nuevamente Mark se esfumó, ante las ardientes lágrimas de Candy. Mark no sabía que hacer y como siempre, sus intentos por formalizar su relación con Candy se habían ido al traste. Por un lado ansiaba estar con ella, deseaba compartir su vida con Candy para siempre. Nunca había visto una muchacha de una hermosura semejante, arrebatadora y dulce a la vez, y cuando sus miradas se cruzaron por vez primera, embelesadas, atraído por sus pupilas de esmeralda, deslumbrado por la contemplación de su belleza, poco le importó en lo que se había convertido tras un doloroso viaje en un viajero del tiempo. Lo primero que pensó en cuanto la conoció fue:

"Jamás antes había visto ojos tan preciosos. Esta chica es tan bonita que no parece real".

Y ella a su vez, sobrecogida por aquellas pupilas negras se dijo, sin preocuparse de lo extraordinario y anómalo de su primer encuentro y de si Mark podía resultar peligroso para ella.:

"Su mirada es tan triste y atormentada…Me inspira lástima y no sé por qué.".

Pero el doloroso lastre de sus remordimientos que le asaltaba casi de continuo, por si la hacía desgraciada o le fallaba, pesaron más en su ánimo, y terminó por marcharse nuevamente. Además, aparte de su amor por ella, no tenía mucho más que ofrecerla. Había sido arrancado desde los comienzos del siglo XXI e insertado en un tiempo al que no pertenecía, situado a cien años de distancia del suyo, hacia el pasado. Sus escasas posesiones, su dinero, su vida anterior, todo había quedado atrás en el futuro, cuando la poderosa mano del iridium le señaló con el dedo, y le retrotrajo a un mundo que no era el suyo pero al que no tardaría en adaptarse por el vínculo que ya le ligaba a Candy de por vida.

34

Aunque buscaron por todo Lakewood, el intruso que se había colado en la propiedad ante las narices del capataz y sus hombres, por segunda vez no fue encontrado, y los hombres encargados de velar por la seguridad de los Andrew, no fueron capaces de encontrarle recibiendo un buen rapapolvo de la anciana tía abuela Elroy. Sin embargo, Neil estaba paseando por los jardines de la mansión y reflexionando acerca de las extrañas palabras que aquel hombre que parecía rondar a Candy, había dirigido hacia el vagabundo que intentó pegarle. Estaba tan absorto en sus pensamientos que se topó de bruces con Mark, que atormentado por el amor, había optado por retornar una vez más a la mansión para ver a Candy en la distancia por última vez. Luego se marcharía definitivamente hacia el siglo XXI, para no retornar jamás, o eso por lo menos creía él. Neil estuvo a punto de gritar, pero Mark depositó su mano izquierda sobre el hombro del atemorizado muchacho y se llevó una mano a los labios, imponiéndole silencio. Neil obedeció inmediatamente, pese a que Mark en ningún momento se mostró agresivo u hostil hacia el primogénito de los Legan. Eliza, exhausta y aun no recuperada del susto que le había producido el encontrar a aquellos dos individuos en las caballerizas de su padre, optó por recluirse en su habitación para descansar y a la espera de que las batidas de los hombres armados tuvieran éxito y capturaran a ambos. Mark le habló con voz serena y calmada para no atemorizarle y se movió lentamente para demostrarle que no albergaba ninguna mala intención hacia él.

-No tienes porque tener miedo. No te haré daño, además me iré enseguida, lo juro y no volveréis a verme más por aquí.

Neil recordó la intervención del desconocido en su favor para defenderle de Albert y más intrigado que arredrado ante su imponente aspecto y amenazante figura le interrogó con reservas:

-¿ Puedo preguntarte algo ?

Mark asintió mientras se acodaba en el tronco de una acacia que elevaba sus ramas hasta llegar al nivel de los aleros del tejado de la mansión Legan, y sonrió levemente, mientras cruzaba los brazos sobre la extraña prenda oscura provista de bolsillos y grandes solapas, que Neil no había visto nunca antes ni por asomo.

-¿ Por qué me ayudaste cuando ese hombre quiso agredirme ? ¿ acaso no presenciaste lo que yo y mi hermana estábamos haciendo con el caballo ? –preguntó con una sombra de remordimiento en sus burlones ojos ambarinos, que ahora no mostraban ningún atisbo de altivez o de despectivo desdén.

Mark afirmó por segunda vez. Los ojos ambarinos de Neil se fijaron en que las pupilas negras de Mark seguían la evolución de algunas golondrinas que cruzaban el cielo para posarse sobre el tejado de la casa.

-Porque no era justo que ese hombre abusara de su habilidad en la lucha con alguien como tú, y porque he percibido en ti una chispa de bondad, lo mismo que en tu hermana, Neil. Candy me ha hablado mucho de vosotros dos, y la verdad, aunque debería estar furioso con ambos por vuestro malhadado y retorcido comportamiento hacia ella, no puedo por menos que sentir cierta lástima por ti Neil. Tus ojos denotan la verdadera realidad de tus sentimientos.

Ante la sorprendente revelación, el joven se puso muy tenso. Crispó los puños y por un momento se le pasó por la cabeza encararse con él, pero decidió no hacerlo. Aquel muchacho desprendía pese a su apariencia de vagabundo un aura de seguridad y de sabiduría que le desarmó completamente. Además, su forma de expresarse y sus movimientos calmos y cadenciosos no parecían para nada los de una persona desarraigada ni pendenciera. Era como si estuviera hablando con un refinado y distinguido caballero de la mejor sociedad de Chicago.

Antes de que Neil pudiera aducir nada, respecto a como sabía o intuía lo de su carácter mezquino y vengativo, Mark volvió a hablar mientras posaba en el suelo una mochila con aspecto de contener una carga muy pesada y voluminosa. La bolsa estaba entreabierta y Neil alcanzó a divisar lo que parecía una punta de lanza metálica y de un sucio color oliva de camuflaje, y que no eran otra cosa, que las ojivas de la munición cónica que utilizaba para recargar su arma de asalto.

-Conocí a Candy en circunstancias que no podrías ni imaginar, y ambos nos sentimos inmediatamente atraídos el uno por el otro.

-Así que esa mocosa te contó que yo y mi hermana nos portamos mal con ella. No me extraña es una mentirosa, una…

Mark volvió a interrumpirle con un seco ademán levantando la mano derecha. Neil calló de improviso, temeroso de que fuera a asestarle algún puñetazo por sus exabruptos y descalificaciones hacia la joven huérfana, pero Mark se limitó a clavar sus pupilas oscuras en las suyas. El joven se quedó mudo, y completamente desbordado, ante el semblante tranquilo y calmado de Mark.

-No Neil, no estás furioso porque Candy te caiga mal o me haya contado algunos rasgos de vuestra personalidad o revelado detalles de vuestras vidas. Lo que sucede es que la bondad de Candy os recuerda la que habéis extraviado hace tiempo. Me he encontrado antes con personas como tú y tu hermana mucho antes, y no sois malos por naturaleza, pero habéis perdido la capacidad de daros cuenta de ello. Candy os resulta ofensiva, porque os recuerda constantemente, aquello a lo que, tanto tú como tu hermana, aspiráis ardientemente a convertiros.

Mark dejó de hablar unos instantes para calibrar y estudiar la reacción que sus palabras habían producido en Neil. Aquel hombre sabía más de lo que en apariencia aparentaba. Con un sudor frío, notó como sus más íntimos e inconfesables secretos se revelaban ante él, que ponía al descubierto sus entresijos más recónditos y que no podía admitir en público.

Neil se sorprendió como aquel hombre, cuyo nombre al parecer era Mark y que parecía jugar un papel muy importante y fundamental en torno a Candy, había desnudado su alma con unas pocas apreciaciones que la muchacha le había realizado. En un primer momento pensó en hacer que castigaran duramente a la muchacha, tan pronto como aquella especie de protector suyo se marchara como había prometido. Y le daba la certera y para nada descabellada certeza que se estaba refiriendo a algún país o por lo menos paraje muy lejano y remoto. Sin embargo, pese a haber allanado la finca familiar por segunda vez, en lugar de llamar a los vigilantes armados que los Andrew contrataban para controlar y proteger sus extensas posesiones, y así procurar que se hicieran cargo de él, un motivo que no alcanzaba a desentrañar pese a intentarlo con todas sus fuerzas, le disuadió de delatarle. Aquel joven de cabellos negros y ojos como la noche, no solo le había librado de una tunda por parte del vagabundo protector de los animales, pese a su reprobable acción si no que había dado plenamente en el clavo, acerca de los contradictorios y confusos sentimientos que moraban en su alma respecto a Candy.

-Neil, ni tú ni tu hermana sois perversos, porque no tenéis ni idea de lo que significa la auténtica perversidad. Hasta para odiar se ha de tener alguna razón y realmente, el motivo de vuestra aversión hacia Candy no existe como tal. Algún día apreciaréis en su verdadera dimensión cuanto te he contado .

-Adios Neil, me tengo que ir.

Entonces le tendió la mano y el confundido Neil le ofreció la suya un tanto maquinalmente. Notó como la presíón firme y cálida del apretón de Mark le infería confianza y como sus cejas se arquearon cuando le dirigió unas palabras que jamás creyó que nadie, aparte de su sobre protectora madre le dedicaría:

-Neil, realmente no eres una mala persona, solo que tienes que aprender a encontrar la bondad que está presente en ti y en tu hermana, y aun estáis a tiempo, porque no la habéis perdido. Pero tendréis que hacerlo antes de que sea demasiado tarde, porque entonces si que os sería imposible evitar caer por una destructiva senda que terminaría por aniquilaros. Aun estáis a tiempo los dos.

Mark se giró y recogió la mochila repleta de los extraños artilugios cónicos, que Neil alcanzara a entrever a través de la abertura de la misma, hasta que Mark corrió la cremallera. En ese instante no pudo reprimir un impulso que le asaltó repentinamente y que le hizo preguntarle:

-Espera un momento, ¿ quién eres tú realmente ? ¿ por qué proteges a Candy o qué relación tienes con ella ?

Mark sonrió levemente. Era la segunda vez que le hacían esa pregunta en un breve lapso de tiempo. A fin de cuentas Neil no parecía tan torpe y lerdo como en un primer momento se podía llegar a pensar equivocadamente, tras una somera y errónea apreciación.

-Sí te lo dijera no me creerías jamás, aunque a su debido momento, puede que lo revele.

"Y es posible que sea antes que después" –pensó con los labios fruncidos, porque temía que en cuanto ya no pudiera continuar escapando del dolor que le atenazaba el alma, en cuanto irremisiblemente tanto Candy como él cayeran finalmente el uno en los brazos del otro, tendría que relatar la verdad a todas las personas que la rodeaban, incluido el hombre que tanto afán tenía en defender a Candy y del que sospechaba que no era únicamente un mero trotamundos de excéntricas costumbres. Había algo en sus modales, en su forma de expresarse e incluso de pelear, que le estaban indicando a las claras que el tal Albert escondía un secreto que, como en el caso de Neil no quería que saliera a la luz.

Neil intentó obtener más información de Mark, pero él tampoco estaba por la labor de desentrañar sus propios y ocultos misterios. Mark se despidió de él alzando la mano y cargando el pesado macuto al hombro como si fuera de papel.

Cuando el muchacho de ojos ambarinos comprendió que su odio hacia Candy no tenía fundamento alguno posible y que ni siquiera sabía porqué rechazaba a la voluntariosa muchacha de grandes ojos verdes, cabellos rubios recogidos en coletas y una belleza que aun no había alcanzado su máxima floración, pero que sin duda lo haría, se preguntó si los Legan realmente podrían encontrar ese paz y esa bondad a la que se refería el enigmático y misterioso joven de largos cabellos.

34

Los recuerdos golpeaban a Mark en oleadas sucesivas. Mientras contemplaba como los grandes rascacielos de Nueva York iban agigantándose a medida que el Titanic hacía su triunfal entrada por la bocana del puerto, en el que aguardaba un multitud enfebrecida, que saludaba al coloso con desbordante alegría y tratando de captar en sus retinas el más mínimo y nimio detalle, Mark se sentía solo, inmerso en sus pensamientos. Había cambiado de escenario. Ya no estaba en el cuarto de baño de la lujosa suite, afeitándose mientras su esposa le cubría de besos las sienes y el cuello y sentía el suave tacto de su tersa piel, haciendo que se estremeciera, abrazada a él, enlazando sus brazos en torno a su cintura, si no en la cubierta A del Titanic desde donde contemplaba el bullicio de los abarrotados muelles y como un griterío incesante se alzaba de entre la gente agolpada justo al borde de los malecones y como el pasaje o parte del mismo coreaba las eufóricas salutaciones de los que presenciaban maravillados como el gigante de color negro y blanco con chimeneas rojas culminaba felizmente su viaje inagural. A su vez el Titanic, respondía haciendo sonar su sirena casi de continuo. Mark sonrió tristemente. Su esposa continuaba abrazándole, exactamente en la misma posición en que lo había hecho cuando aun permanecía en el cuarto de baño, y como se había vestido a toda prisa acuciado por sus alegres gritos apremiándole para que se apresurara.

-No todos los días podemos asistir al recibimiento del Titánic querido, -le había espetado ella mientras los ojos como esmeraldas acariciaban los suyos.

Mark obedeció cambiándose de ropa maquinalmente. Por una vez dejó su ajada y un tanto desastrado atuendo de otro siglo en la maleta y se puso una chaqueta beige con un pantalón a juego y un jersey con filigranas de rombos. Por el momento supuso que la adversa suerte sería clemente con ellos y les daría un respiro. No estaba mal. Se preguntó que sucedería, si la gente llegase a imaginar tan siquiera, que el gran barco realmente se había hundido y que por un curioso y dramático giro del destino ahora estaba entrando en el puerto, acompañado por varios remolcadores y gabarras que le guiaban diestramente a través de las aguas aceitosas por las zonas de mayor calado. Mark fijó sus ojos en una de las gabarras desde donde el práctico transmitía instrucciones a la tripulación mediante un megáfono y ayudado por un asistente que enarbolaba diestramente unas banderolas,con las que realizaba señales al buque.

-Sería irónico que ahora embarrancara…después de todo lo que ha costado salvarlo.

Habló en voz baja pero el fino oído de Candy captó sus silentes palabras aunque no su contenido. Le besó en la mejilla y le preguntó:

-¿ Qué estabas diciendo cariño ?

-No, nada, pensaba…en todo esto. Es extraño.

Candy se ajustó el aparatoso sombrero recamado de flores y plumas de faisán de las que sobresalía la silueta nacarada de un pequeño pájaro de algodón. El sombrero que semejaba una abigarrada floresta, poblada por huidizos o extraños animales que tal vez no querían dejarse ver, daba la impresión de que cualquiera que se internara en su inextricable espesura se perdería ineluctablemente. Entonces el sombrío Mark, dejando a un lado sus preocupaciones,. estableció de pura casualidad, una divertida comparación entre la pamela de Candy, ajustada en torno a su cuello mediante cintas de seda verdes con lazos, y una historieta sacada de alguno de mis tebeos, que le dejaba de cuando en cuando para que se entretuviera, en la que un personaje calvo de largas antiparras sobre su descomunal nariz, y ataviado con una negra levita, arrojaba un vaso de una bebida que no era de su agrado, sobre un sombrero similar al de Candy confundiéndolo con un florero, en el transcurso de una fiesta de la alta sociedad. Al cabo de un rato, su propietaria, una dama de alcurnia, que se hallaba sentada en una sofá de modo que su sombrero quedaba a ras del dintel del mueble despistando al calvo, se erguía detrás de un mueble chorreando y con cara de pocos amigos. Comenzaba a perseguir indignada al calvo, que huía de ella, disfrazado de urraca, mientras este le espetaba a la defensiva que la confusión no era responsabilidad suya, y que la enfurecida señora, utilizase un pickelhaube, o casco tradicional prusiano rematado por una punta de bronce en lo sucesivo, por lo que de esa manera el citado personaje, seguramente no se habría equivocado.

Mark se puso a reír a mandíbula batiente, sujetándose el estómago con ambas manos y pateando la tarima de la cubierta, ante el imprevisto y curioso paralelismo entre el sombrero de su esposa y la situación reflejada en las viñetas que reproducía en su mente. Algunos pasajeros le miraron con reprobación y cierto asombro, haciendo que Candy le propinara un leve puntapié en la espinilla. La muchacha se había sonrojado como la grana e hizo imperativos gestos a su marido de que bajara el tono de voz:

-Pssss querido –le espetó llevándose un dedo a los labios- estás llamando la atención.

Mark finalmente dejó de reír, aunque a Candy no le hubiera importado que hubiera hecho caso omiso de sus ruegos. Le encantaba tanto oírle reír,esa risa que había extraviado desde que perdiera a sus padres, especialmente a su madre.

-Perdona querida –dijo a Candy a modo de disculpa mientras aun reía levemente al evocar la divertida y kafkiana situación en la que se veía envuelto el hombre calvo sin comerlo ni beberlo- pero es que me acabo de acordar de algo muy gracioso.

-Ya me lo contarás luego –le apuró su esposa empujándole por el brazo derecho -ahora tenemos que bajar a tierra. No te despistes ni vayas tan rápido o te perderé de vista.

Mientras, el buque atracaba en el muelle y el personal del puerto aproximaba las escalas para que los ansiosos y nerviosos pasajeros pudieran descender a tierra, Mark iba a realizar alguna observación sobre las curiosas modas de aquel tiempo pero se calló. La rigurosa etiqueta de aquel tiempo se le antojaba muy rígida y demasiado encorsetada. Vestidos tan ampulosos, sombreros tan enormes y barrocos que cada vez que Candy se ponía uno de ellos, tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no descalificar aquellas extrañas y anacrónicas costumbres y así entablar una discusión con ella, aunque realmente quizás el anacrónico fuera él, procedente de un tiempo que muchas de aquellas personas no se habrían siquiera atrevido ni a soñar o a esbozar. Solo el gran Julio Verne había sido capaz de plasmar un boceto de lo que sería aquel mundo del mañana que estaba por venir, aunque una parte de él, ya había recalado en el pasado. Era una mañana radiante en un día feliz y no quería estropearlo. Había logrado expulsar la sangre emponzoñada en el exterior sin que nadie le viera una vez que les rescataron y consiguió deslizarse hasta su camarote al que abandonó con tiento y discreción logrando situarse en un recodo de la cubierta donde nadie pudo verle. Expulsó la sangre al mar entre espasmos, mientras Candy le buscaba frenéticamente en derredor pero Margaret le había entregado un mensaje de su parte refiriéndole lo que sucedía. Una vez que consiguió librarse de la hedionda sustancia negra, retornó al camarote. Estaba tan cansado que se hubiera dormido inmediatamente sobre el blando colchón de la cama de dosel, pero prefirió aguardar levantado y despierto a Candy, que tan pronto como le fue posible retornó a la suite porque ardía en deseos de verle, declinando como había hecho Mark, acudir a la fiesta. Ella también estaba rendida y deseaba deslizarse entre las sábanas en los brazos de Mark y dormir hasta el día siguiente. Afortunadamente, la siempre dispuesta Margaret consiguió excusarla y la joven ganó finalmente el ansiado territorio de la privacidad de la suite. Cuando abrió la puerta entrando en silencio, Mark suspiró y agradeció inmensamente que cuando su esposa le encontró junto a la cama las heridas estuvieran completamente cerradas sin rastro de sangre. En cuanto a las que le habían inferido en Vietnam cuando protegió a su esposa de las furiosas ráfagas que les disparaban no quedaba el menor rastro. Su acelerado y prodigioso metabolismo hizo bien su trabajo.

Mark recordó los documentales que había visto en el Discovery Channel o en el Canal Historia, junto con Sabrina en los escasos momentos de ocio, que las intensivas y largas jornadas de trabajo le dejaban libre, y recordó una frase que sin saber bien porqué, se le quedó grabada a fuego, pronunciada por uno de los expertos que intervenían en el documental:

"La gente siente tanta fascinación por la época del Titanic, porque eran tiempos en los que las personas, sobre todo las pudientes y las clases altas, se vestían de etiqueta para cenar. Ahora esas cosas nos resultan tan extrañas y ajenas, como lejanas, pero precisamente por eso nos atraen tanto".

Recordó que su hermana había conversado con él y le había referido con gesto interrogante, ante un comentario divertido de Mark por el modo de vida de aquellas gentes, a lo que su prima, -a la que consideraba su hermanastra- le espetó medio en broma, medio en serio:

-Me gustaría saber que harías tú si tuvieras que desenvolverte en esa época.

-Eso si pudiera viajar en el tiempo –dijo él con una sonrisa afable mientras apuraba una taza de café que Sabrina le había preparado mientras en el exterior la lluvia tamborileaba furiosa contra los cristales de la ventana -pero sabemos que eso solo son fantasías, como en Regreso al Futuro.

-O el final de la Cuenta atrás –le espetó ella.

-O el experimento Filadelfia –contraatacó él, riendo con ganas.

La casa estaba en silencio porque los padres de Sabrina no habían llegado aun, aunque no tardarían en hacerlo.

Ahora tenía la respuesta, pero en aquel lejano entonces, aun faltaba una semana para comprobarlo directamente. Todavía seguía siendo un muchacho anónimo que trabajaba en la ferretería de su tío y cuya familia adoptiva, excepto su prima, lo más parecido a un hermano que había tenido, porque había sido hijo único, le culpaba constantemente por el fallecimiento de su madre en un desgraciado atropello a manos de un conductor borracho que perdió el control de su vehículo. Anna se sacrificó para proteger a su hijo apartándole justo a tiempo que el coche se echaba encima de Mark y recibiendo ella el fatal golpe que segaría su vida. Anna era hermana del hombre que le había acogido, que también maldecía constantemente la memoria de su propio padre, médico militar en un remoto conflicto al otro lado del orbe y dado por desaparecido oficialmente.

Observando la emoción en los ojos y los gestos de la gente que abarrotaba los estrechos y concurridos muelles vociferando con alegría, entendió el porqué de esa fascinación. La muchedumbre lanzaba serpentinas y alzaba las manos repartiendo besos, y reclamando la atención de algún familiar o amigo que aun no había descendido del barco si acertaban a distinguirle entre la abigarrada muchedumbre. Muy pronto, cuando las familias, amigos, novios o esposos se reencontraran en tierra firme, los abrazos y efusivas muestras de afecto y abrazos se sucederían continuamente, como en una interminable ola.

En el año 2010 e incluso desde mucho antes, salvo casos muy puntuales y especiales, ya nadie se ponía a vitorear a un avión que despegaba o aterrizaba, o a un barco que hacía su entrada en puerto o viceversa, o admiraba como un tren abandonaba la estación o llegaba a ella para dirigirse directamente a su terminal descargando a toda prisa su pasaje o viceversa. Es más, te tomarían por loco, por un pobre demente digno de lástima o del más absoluto de los escarnios y blanco merecedor de las más mordaces burlas. En aquellos lejanos días viajar significaba aun algo y tenía su glamour, pero la evolución y el progreso había ido diluyendo todo aquello gradualmente y ya apenas quedaba nada de aquel sentimiento que te hacía sentirte especial al abordar los viejos trenes a vapor, los grandes transatlánticos como el Titanic, o los primigenios y frágiles aviones que aun no habían apenas comenzado a cruzar el Canal de la Mancha o establecer las primeras rutas comerciales viables. Viajar a principios del siglo XX era todavía, una reposada y armónica experiencia digna de ser paladeada lentamente, sobre todo para los más acaudalados, que tenía su encanto y algo de aventura.

Ahora tenía la respuesta que meditó lentamente, acodado en la barandilla de la cubierta, junto a una maravillosa mujer, desde el barco que había salvado y que en ese tiempo venidero, observaba en el salón de la casa de sus tíos, junto con Sabrina, en televisión, como un lejano y pálido reflejo de una era glamorosa, que ya no volvería, a menos que pudieras retroceder en el tiempo. Que poco podía sospechar Mark, que tal extremo se haría realidad, y que su destino y el de la mítica nave, se entrecruzarían estrechamente algún día...Algún día.

Mientras la pujante y vital Margaret les aguardaba en el muelle haciéndoles señas rodeada por una montaña de maletas amontonadas displicentemente en torno suyo, Mark y Candy se preguntaban como se las había ingeniado para bajar tan rápidamente a tierra sin que ninguno de ellos, incluido su marido se hubiera percatado de su rápido descenso.

Como si les hubiera leído el pensamiento, Jim sonrió y adujo con tono confidencial abordándoles con cordialidad mientras posaba una mano en cada hombro de ambos esposos, asomando entre ellos:

-Mi esposa cuando se propone algo, no hay quien la pare. Si se le mete algo entre ceja y ceja, no desiste hasta conseguirlo.

Tal y como tuvieron ocasión de comprobar cuando se reunieron con ella, mientras el incesante gentío abandonaba el barco, contando relatos irreales y sobrecogedores de icebergs colosales que eran fundidos por maravillosos rayos celestes. Margaret se empeñó en que pasaran unos días en su casa de campo, a lo que Mark y Candy tuvieron que acceder debido a los constantes ruegos y clamores de la dama.

-Lo veis, lo veis –decía Jim ayudando a Mark y a su esposa a cargar su escaso equipaje –lo que yo os decía.

Margaret y su marido acompañaron a sus invitados al pequeño coche que Jim se ocupaba de conducir personalmente y que llevaba aparcado todo ese tiempo en las inmediaciones del puerto aguardando el retorno de sus dueños. Pese a que el Ford T no era un automóvil que descollara precisamente por sus dimensiones y amplitud, Mark y Candy se acomodaron con suma facilidad en los asientos traseros tras guardar los equipajes en el maletero. Mientras Jim arrancaba el motor, Mark distinguió a través de la ventanilla la figura del capitán de la nave que se disponía a abandonarla tras haber efectuado su último viaje. Le esperaba una jubilación largamente ansiada, su particular retiro dorado.

Mark se alegró de veras, que el veterano lobo de mar no terminara sus días en el puente de mando del Titanic, hundiéndose ceremoniosamente junto a su barco.

Alcanzó a distinguir frente a la pasarela, con su penetrante vista a un hombre moreno impecablemente trajeado y con un gran bigote de manillar que departía tranquilamente con el capitán Edgard . El hombre del bigote era Ismay, presidente de la naviera White Star Line y que estrechó efusivamente la mano del capitán, mientras este se mesaba su barba blanca pulcramente recortada, visiblemente orgulloso de haber cumplido con su cometido. Mark hubiera deseado poder escuchar lo que ambos y prominentes personajes discutían entre sí, pero el iridium aunque también había agudizado su sentido del oído, por alguna razón que no alcanzaba a comprender no cubría largas distancias. Y entre el Ford T y el Titanic debería haber como poco dos kilómetros de distancia.

35

Mark y Candy pasaron unos agradables e idílicos días en la mansión que el matrimonio Brown tenían a las afueras de un pintoresco y pequeño pueblecito distante a unas horas de Nueva York. La distancia entre su residencia y el bullicio de La Gran Manzana no era excesiva como para que los Brown se sintieran aislados del resto del mundo, ni tan próxima como para que les invadiera una permanente sensación de agobio. Candy realizó varios intentos infructuosos de revelarle a su amiga, el misterio que envolvía a Mark, pero nuevamente, la amable dama se negó en redondo a que la muchacha le facilitara información alguna al respecto.

-Amo los misterios niña-le decía a Candy mientras esta le ayudaba a preparar la comida y Mark departía amablemente con el simpático y amable Jim, el esposo de Margaret en el salón.

-Pero lo que viste, merece una explicación –decía Candy mientras pelaba patatas. Entre sus habilidades que habían sorprendido gratamente al matrimonio destacaba la de hornear pan o deleitar al matrimonio con sus suculentas comidas o su conversación ágil, fluida y elegante, remozada con su desbordante alegría. -Ya sé que guardarás el secreto.

-Sí, pero no insistas cariño –le decía a Candy mientras le pellizcaba su respingona nariz salpicada de pecas afectuosamente, desconociendo que aquel inocente gesto de afecto, desencadenaba una auténtica tempestad de estornudos, que hicieron que la joven se desviviera en disculpas.

-No pasa nada cariño, no pasa nada –exclamaba Margaret. -A veces me tomo demasiadas confianzas.

36

Aquellas jornadas de descanso sirvieron para que Mark se recobrara plenamente del tremendo esfuerzo que había realizado para salvar al gran buque de su trágico final.

Siempre se preguntaría que pudo ocurrir para que de su cuerpo exánime y prácticamente moribundo sacara las fuerzas de flaqueza necesarias como para lograr lo que parecía imposible. La única respuesta que se le ocurrió fue que el amor que su cautivadora mujer le profesaba, exacerbara las propiedades del iridium, confiriéndole el poder que le faltaba para poder derretir el gran iceberg que de lo contrario habría desgarrado el casco del barco como si fuera de papel. Recordó el dramático antecedente de la Gran Guerra durante la cual había destrozado varios tanques enemigos que avanzaban contra su esposa y como en un caso similar se había quedado sin fuerzas. Entonces las lágrimas y el amor de Candy se las devolvieron, permitiendo que destrozase los carros enemigos como si fueran papel mientras Haltoran, Annie y yo ibamos en su rescate a bordo de una ambulancia, conducida por un sanitario francés amigo nuestro, que habíamos hurtado para llegar hasta ellos lo antes posible.

Pero había otros motivos, que se habían aliado o asociado por los que fortuitamente o no, el barco, había sido salvado in extremis. De no haberse producido la demora que supuso el salvamento del niño, Mark habría partido con Candy que ya se disponía a abandonar la sala de lectura para reunirse con él y remontar el vuelo, dejando así al Titanic a merced de su adversa suerte. Pero si realmente había librado al barco de irse a pique fue por un motivo quizás egoísta pero legítimo, como era el socorrer a Candy como fuera. Y otra cuestión que por más vueltas que le daba, no conseguía resolver o hallarle lógica aparente. Y es que Candy pese a la gravedad de la situación y del mortal peligro que se cernía sobre ellos, y que corrían de permanecer un instante más del debido, en el barco, optó por encerrarse en la sala de lectura para según sus palabras "prepararse mentalmente para la partida". Mark lo encontró tan absurdo y falto de coherencia que se dijo que tenía que haber otra explicación oculta.

Quizás la joven tuviera algún presentimiento que hizo que considerara que debía permanecer a bordo unos minutos más. Tal vez de no haber sido por ese suceso en apariencia irrazonable, Henry se habría ahogado porque Mark, transportando a Candy ya no estaría allí para rescatarle y por ende a las miles de personas que conformaban el pasaje del Titanic.

37

Candy reveló a Margaret quien era y le enseñó las fotos de sus hijos, Marianne y Maikel pero sin revelarle que procedían de otro tiempo. Era una tesitura un poco absurda. Por una parte, Margaret había sido testigo de cómo Mark se desplazaba en el aire llevando a un niño consigo, y por otro, lo tomaba como algo natural, sin querer indagar ni abundar, como sería lógico esperar, en tal misterio. Alojaba en su casa al único hombre capaz de volar sin un aeroplano en todo el mundo, y lo asumía como quien acepta que hay cosas ilógicas absurdas e irreales, porque puede que no tenga más remedio que hacerlo. Finalmente, llegó el momento de la partida y Margaret se despidió de sus amigos con grandes muestras de afecto y muy apenada. Insistió en el hecho de que les diese su dirección para visitarles lo antes posible, pero ante el embarazo de Candy que no sabía si contarle la verdad o una parte de la misma, Mark se adelantó y tomando a su esposa por los hombros dijo a la dama:

-Margaret, procedemos de un lugar al que no es posible que vaya a visitarnos.

La mujer se sorprendió levemente y Mark intentó aclarárselo pero nuevamente salió a relucir su constante negativa a saber nada de sus intrigantes pero a la vez encantadores amigos.

-No, por favor Mark, nada de revelaciones. Es mejor así. No deseo saberlo, en serio, es más no necesito indagar en la vida de un amigo como tú para adivinar que eres un buen hombre. Lo que hiciste por el barco…no tiene precio, de verdad.

Mark asintió. Tal vez fuera mejor así. Quizás cuanto menos supiera de ellos, sobre todo de él, mejor. La verdad tal vez podría resultarle tan perturbador como el modo en que presenció el rescate del niño.

Después de entregarles provisiones, porque para el tipo de periplo que iban a realizar, la ropa y otros artículos quedaban prácticamente descartados, Candy y Mark se despidieron de ellos. Aunque Candy acarrearía con su famosa maleta blanca de esquinas rojas y la familiar y ancha franja roja atravesándola por mitad con varios vestidos regalo de su amiga. Mark puso cara rara, pero como Candy esbozó otra que lo era más aun, no tuvo más remedio que resignarse a viajar hacia el futuro con un equipaje proveniente del pasado, ante la poca atrayente perspectiva de una enconada discusión.

La petición de que Jim les llevara hasta el campo, a un lugar poco habitado donde nadie advirtiera su extraño y un tanto heterodoxo método de viaje, chocó un poco a Margaret, antojándosele cuanto menos inusual, aunque teniendo en cuenta que Mark podía elevarse en el aire con esa bella luz áurea que tanto la reconfortara en la difícil noche en la que el barco supuestamente debería de haberse hundido, pero no era quien para cuestionar los métodos del joven que había evitado el naufragio del gran buque de línea.

Una vez que cargaron sus escasas pertenencias, el viejo Ford T de Jim, les dejó en un lugar apartado y tranquilo, tal y como Mark le había pedido. El afable caballero estrechó las manos de Candy y Mark deseándoles la mejor de las suertes, mientras les hacía entrega de las provisiones que una llorosa y entristecida Margaret les había preparado, y que sin duda les echaría de menos.

-Cuidaros amigos míos –les rogó Jim mientras abrazaba a ambos.

-Nunca os olvidaremos –susurró Candy tras besar la mejilla derecha de Jim. El buen hombre se sonrojó ligeramente y rió quedamente.

Cuando finalmente Mark y Candy se despidieron del hombre tomados de la mano, este lanzó un hondo suspiro y montando en su viejo y renqueante coche al que cuidaba con esmero y mantenía a punto con la mayor de las dedicaciones, lo puso en marcha y condujo nuevamente de vuelta hacia su mansión campestre.

38

La elegante ropa neoyorkina de Mark quedó al pie de un árbol, mientras el joven se cambiaba a su gastado y ajado vestuario moderno. Candy comprobó con lástima como el traje que con tanto cariño y buen hacer le había comprado Margaret al igual que sus vestidos, después de ir de compras durante toda una jornada por algunas de las tiendas más selectas de la ciudad, permanecían tiradas en el suelo y a la intemperie donde no durarían demasiado, si es que alguien que acertase a pasar por allí, no se las llevaba antes. Cuando Candy comprobó que Mark cargaba la pesada mochila a la espalda, con la munición de su arma se enojó revelándose subítamente contra la idea de deshacerse de sus vestidos, dejándolos tirados al pie de un árbol, y le dijo enfurecida:

-De modo que no puedes llevar nuestras ropas y no dejas ni a sol ni a sombra esas malditas granadas cónicas.

Mark se encogió de hombros y dijo en tono paciente:

-Nos son necesarias cariño. Tenemos que tener algo con lo que defendernos si el iridium vuelve a jugarnos otra mala pasada.

"Cómo si ya de por si no lo hubiera hecho" –pensó Candy enfurruñada y dándole la espalda.

Como adivinaba discusión a la vista, Mark le propuso una solución que en un principio no le hizo ninguna gracia.

-¿ Cómo ? –preguntó Candy indignada, adelantando el cuerpo hacia delante porque creía no haber escuchado bien las palabras de su marido- ¿ pretendes que mis vestidos vayan en tu mochila, arrugados y revueltos bajo esas grasientas granadas ? ¿ qué se manchen de aceite y huelan a pólvora durante semanas ?, no ni hablar –dijo adoptando una pose idéntica a la de su hermana adoptiva cuando se enojaba, con los brazos cruzados, los ojos cerrados y el ceño fruncido y altivo.

Mark se rascó la nariz y tomándola por los hombros, desde detrás suyo dijo:

-Cariño, ya sé que son vestidos muy caros y hermosos, pero no hay otra solución. Si viajan fuera de la mochila serán un estorbo para el viaje en el tiempo, compréndelo. Aparte de que no puedes sujetar diez vestidos con las manos que tendrás ocupadas con tu maleta de la franja roja. Si algo se escapa del caparazón protector de iridium, arderá como una pavesa.

Candy seguía en sus trece y no quería que sus vestidos viajaran arrugados y prensados en una mochila maloliente, y tiznados de grasa y suciedad. Pero finalmente, entró en razón con un suspiro y aceptó con resignación:

-Está bien querido, tú ganas. Si no hay otro remedio…

No, no lo había.

39

Plegar y guardar, lo más cuidadosamente que pudo sus vestidos, le llevó a Candy algo más de una hora. Mark aguardó pacientemente pero harto de esperar, comentó exasperado que no entendía las absurdas modas de aquellos años. Vestidos aparatosos, con grandes lazos y puntillas que lo único que hacían era conferirles un aspecto ridículo y cursi. en su opinión. Lo que más gracia y estupor todo a un tiempo le causaba, era la crinolina, una especie de armazón que servía para ahuecar las largas faldas y evitar que su vuelo discurriera completamente liso, en relación a la vertical del suelo, motivo por el cual ambos se enzarzaban en discusiones dialécticas y sesudas en las que Candy no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer.

-Además, cuando estemos de vuelta, esas prendas estarán pasadas de moda Candy –dijo Mark examinando el iridium que discurría por las venas de sus muñecas emitiendo una leve luminosidad fosforescente, a su paso para verificar que todo estuviera correcto.

Candy apartó la vista con desagrado, pero no dijo nada.

-Eso es una cuestión que no estoy dispuesta a sopesar Mark –le espetó Candy mientras plegaba lo más cuidadosamente posible el último vestido –más riesgo tienen esas malditas bombas que portas siempre a la espalda.

-Son granadas y solo se activan cuando están cargadas dentro del cañón del arma Candy –dijo Mark apesadumbrado, mientras se aseguraba que los correajes de la mochila estuvieran perfectamente encajados en torno a sus hombros. Candy tenía toda la razón, porque solo a alguien como él se le había ocurrido viajar en el tiempo, ya fuera fortuitamente o no con un arsenal encima, pero desde que la desagradable experiencia que le convirtió en lo que era, se le quedara grabada a fuego en su mente, ya prácticamente no se había separado de aquella impedimenta de guerra. Por otro lado, contaba con un suministro casi ilimitado de munición porque Mermadón se la fabricaba tan pronto como sus necesidades se lo requerían. La mochila era ignífuga por lo que no temía que el fuego del iridium cuando se desprendiera de su espalda pudiera carbonizarla con el riesgo que suponía. A Candy no le hacía ninguna gracia tener que compartir a Mark con tal cantidad de pertrechos de combate, pero como él había transigido en lo de sus vestidos, ella haría otro tanto con lo de la munición, porque por otro lado, por equivocado que creyera que estuviera Mark, sabía que normalmente tomaría la decisión correcta.

Finalmente, cuando el equipaje de Candy estuvo dispuesto, la muchacha se aferró fuertemente a la espalda de su marido. Mark, que confiaba que esta vez si lograrían alcanzar su meta fue liberando lentamente el iridium una vez que le preguntó a Candy si estaba dispuesta:

-Cuando quieras mi príncipe –le dijo ella guiñándole un ojo y besándole en los labios.

Mark echó a correr una vez que se aseguró que pese a todas las precauciones tomadas no había nadie en las inmediaciones no porque le descubriesen si no por dañar accidentalmente a algún ocasional paseante o furtivo mirón.

-Espero que esta vez no nos materialicemos durante el descubrimiento de América o en la antigua Roma –suspiró Candy mientras se agarraba a Mark que la estrechó entre sus brazos:

-Ven aquí –le espetó mientras acariciaba sus colas de caballo y depositaba un beso en su frente- no temas. La energía estática de ese rayo ha sido completamente eliminada y estoy en disposición de trazar un rumbo correcto, justo al momento inmediatamente después en que todo esto sucedió.

-¿ Quieres decir que será como si no nos hubiéramos ido ? –preguntó la muchacha a la cual la idea le parecía descabellada, aunque por otro lado le había escamado que en ningún momento Haltoran o Mermadón hubieran partido en su rescate. Se lo hizo saber a su marido y este reflexionando brevemente razonó:

-Puede que lo hayamos conseguido y por eso Mermadón que puede viajar en el tiempo como yo, no haya sido enviado para encontrarnos.

-El Cielo te oiga –susurró Candy apoyando su mejilla en el hombro de Mark.

-Prepárate cariño –le susurró Mark abriendo las heridas en su carne, que a modo de válvulas, liberaban la peligrosa sustancia –esto va a ser un poco movido.

Candy le besó largamente mientras le decía con voz melosa:

-Mientras esté contigo mi amor, nada me importará.

Mark sonrió. Apartó los mechones rubios que se interponían entre los ojos de Candy y los suyos y dijo:

-Todo saldrá bien esta vez. Te lo prometo.

Las llamaradas de iridium partieron de su espalda mientras Candy ondeaba en torno a su cuello como si fuera una bufanda. Luego dio un salto y ambos jóvenes después de una corta ascensión ganaron rápidamente altura y entonces Mark liberó completamente toda la potencia del iridium para tratar de regresar justo al momento inmediatamente después al rayo, suplicando que aquella tormenta tan fuerte no hubiera registrado ningún otro similar. Finalmente el ampuloso traje que Margaret había encargado para Mark en un exclusiva y selecta sastrería de Nueva York a medida, mientras hacía caso omiso de los ruegos y débiles protestas de Mark para que no se gastara un dineral en él, compartió el escaso y menguado espacio de su mochila, junto con los vestidos de Candy y la munición explosiva, una vez que el joven lo recogiera nuevamente del suelo, en el que permanecía formando un pequeño revoltijo al pie del árbol, y lo guardase en su atestada bolsa de lona.

40

Jim Brown al contrario que su mujer, deseaba averiguar algo más acerca de sus misteriosos amigos. Sabía que no debía hacerlo, que no estaba bien romper ese velo de intimidad que habían tejido en torno suyo, pero no logró evitar sustraerse a la curiosidad que su extraña petición le había causado. Caminó despacio intentando ocultarse tras haber fingido su marcha, resguardando su decrépito automóvil entre la maleza de un pequeño bosquecillo, y alcanzó a divisar, escondido entre unos matorrales como Mark con Candy se disponían a iniciar un fantástico e inaudito viaje. Mark aferró a Candy por la cintura y ella se sujetó con firmeza a su esposo, rodeando su cuello con ambos brazos. De la espalda de Mark, después de una corta y furiosa carrera emergieron largas y tremolantes llamaradas, y luego envueltos en un haz de luz muy brillante, ambos surcaron el aire a velocidades meteóricas, ganando rápidamente altura para desaparecer entre las nubes, produciendo un atronador siseo que obligó a Jim a protegerse los oídos con las manos. Creyó que le estallarían los tímpanos y que caería desplomado, pero consiguió mantener su cordura y contempló boquiabierto como Mark y Candy se perdían de vista, mientras cada vez volaban más alto. Intentando reunir las fuerzas necesarias y enjugándose el sudor de la frente, regresó a por su viejo Ford T y condujo con precaución de vuelta a su casa, intentando rehacerse de la impresión que la visión le había inferido. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que detener varias veces el coche para recobrar el control de si mismo a fin de no salirse de la carretera y tener un accidente. Tardó algo en llegar a su casa porque el temblor de sus piernas, que se había extendido al resto de su cuerpo era tan violento que le obligó aparte de tener que interrumpir su trayecto para serenarse respirando hondo, a reducir la velocidad para no perder el dominio del coche.

41

Cuando llegó encontró a su esposa enfrascada en la lectura de una carta que parecía muy importante y que había aparecido sobre la mesa de la cocina, junto a la alacena donde Margaret almacenaba las confituras y conservas que elaboraba con tanto esmero y de las que había regalado varios frascos a Mark y a Candy. Pese a ser de mala educación, Jim se asomó por encima del hombro de Margaret y leyó junto con ella una escueta nota que Mark había escrito de su puño y letra y dirigida a cualquiera de los dos en la que desvelaba una extraña e inquietante verdad:

"Queridos Margaret y Jim, dado que habéis sido tan buenos con nosotros, me veo en la obligación de aclarar algunas de vuestras dudas, pese a que Margaret siempre se haya negado en redondo a nada que le sonase a revelación. Lo lamento pero tengo que hacerlo, aunque solo diré que nos pondréis encontrar no donde si no cuando, porque procedemos de otro tiempo completamente distinto a este, más exactamente del futuro. Para que nos podáis visitar como era el expreso deseo de Margaret, tendréis que esperar doce años. Confío que vuestra buena salud os permita llegar a esas fechas sin novedad. Entonces venid a vernos a las señas que os adjunto con esta misiva.

Sólo os pido una condición muy importante. Por favor, no nos busquéis antes de tiempo y de esa fecha.. Podría ser perturbador y peligroso para nuestro futuro el que os entrevistséis con nuestros alter egos, ante de lo recomendado. Espero que lo entendáis y sepáis tener paciencia. Sé que no es muy usual lo que os pido y menos encontrarse a personas como yo, pero os ruego que procedáis de esta manera..

Vuestro sincero amigo que os quiere:

Mark Anderson Langeron."

Margaret dio un respingo y miró súbitamente a su sorprendido marido que aun no le había contado el sensacional descubrimiento que había realizado fortuitamente, y que su mujer ya conocía, aunque él aquella noche estaba ayudando a la tripulación del Titanic a desatracar los botes salvavidas, y por tanto no lo vio. No sospechaba nada anómalo de las personas a las que había cobijado desinteresadamente bajo su techo, a la que juzgaba como dignas de confianza, aunque anodinas hasta que su particular manera de viajar le sacó de sus erróneas apreciaciones, acerca de los Anderson.

-No eran ángeles –dijo sonriente y eufórica Margaret porque volvería a saber de ellos –si no viajeros del tiempo.

Jim la miró estupefacto sin entender nada, aunque tuvo que aceptar una afirmación tan extravagante a raiz de lo que había presenciado y que coincidía más o menos, con lo que su mujer presenciara a bordo del Titanic.

Ni que decir tiene que el matrimonio respetó su promesa de no importunar a los otros yo de Candy y de Mark antes de tiempo, nunca mejor dicho, y que en 1924 efectuaron una largamente deseada y anhelada visita a ambos.

42

Esta vez Mark no perdió el conocimiento. Aterrizó apantallado por su poder de ocultamiento y cuando Candy descubrió el oscuro cielo en el que relumbraban rayos en un lejano horizonte estuvo a punto de llorar de alegría. Casi se le saltaron las lágrimas de emoción cuando tocaron el suelo, con sumo cuidado. Cuando Mark divisó las recónditas y estrechas callejuelas del pequeño pueblo de Waterfield, dio un gran grito de alegría que rivalizó con el que Candy emitió casi tan largo y estridente como el suyo. Pero antes de congratularse y abandonarse a las lógicas manifestaciones de afecto Mark corrió en busca de Haltoran, al que encontró desmayado pero vivo y aparentemente en buen estado de salud. Mark reanimó a su amigo, mientras le pedía a su esposa que se aproximara para atenderle mientras él se deshacía discretamente de la sangre contaminada.

Mark se distanció unos metros y los negros y ominosos chorros de sangre viscosa y nociva saltaron de su espalda bajo la inclemente e incesante lluvia, que no obstante parecía haber aflojado algo en intensidad, y que aun así, le estaba calando hasta los huesos, mientras Candy se concentraba en revisar el estado general de Haltoran, para no tener que fijar su atención en la penosa escena que tenía lugar a unos pasos por delante de ella y de su amigo Haltoran.

Candy que había musitado una breve plegaria por el éxito del viaje, realizó otra porque ningún nuevo rayo les volviera a importunar como lo había hecho el anterior. Haltoran abrió lentamente los ojos y cuando sus pupilas verdes se fijaron en las de su amigo que retornaba junto a él, una vez que su sangre quedó completamente purificada, emitiendo unos ocasionales regueros ya rojos que bajaban lentamente por su espalda y de su hombro derecho y que pronto dejarían de manar. El joven pelirrojo solo acertó a prodigarle un largo y emotivo abrazo. Ambos amigos rieron a carcajadas. Se pusieron rápidamente a cubierto bajo el porche de un edificio abandonado que mostraba un ruinoso aspecto. Sobre la puerta y en caracteres descoloridos figuraba un rótulo desvencijado, al igual que el resto de la deteriorada construcción, suspendido de unas cadenas al techo del porche y que rezaba: CANTINA.

Candy se les unió inmediatamente. Estaban tan enfrascados felicitándose mutuamente, estrechamente abrazados los tres que no se percataron que un automóvil rodó lentamente hasta las inmediaciones de la vieja y destartalada cantina. Mark se puso tenso lo mismo que Haltoran y ambos al unísono se dispusieron a sacar sus armas, cuando del vehículo con la divisa de la familia Legan en las puertas, descendió el servicial y amable Stuart, el cual había sido avisado por mí gracias a que en el Hogar de Pony habían instalado recientemente un teléfono por si se presentase alguna emergencia, sobre todo por los niños, con las aportaciones, que los Legan, aparte de Mark y Candy, generosamente dispensaban al orfanato. A su vez comuniqué a Stuart donde podíamos encontrar a Mark y a Haltoran. Yo también tenía un pequeño receptor que captaba la señal proveniente del transmisor que Mark aun llevaba disimulado en la bocamanga de su cazadora y que descubrió fortuitamente al alisar los pliegues de los puños de la arrugada y deslucida prenda. Pese a que la hermana María y la señora Pony intentaron disuadirme, suplicantes de que no fuera porque podía ser muy peligroso, no podía quedarme de brazos cruzados. Me curaron como pudieron y con algunos dientes de menos partí junto con Stuart para tratar de hacer algo. Además Stuart era un buen tirador y me entregó un arma por si tenía que defenderme explicándome breve y aceleradamente como usarla. Cuando Candy corrió a mi encuentro me abrazó con tanta fuerza que me derribó por tierra haciendo que mi sombrero se extraviara nuevamente. No fue hasta más tarde que me acordé de él y noté que ya no estaba sobre mi cabeza, perdido en algún paraje recóndito o tal vez en la cabeza de algún granjero u ocasional transeúnte que acertara a pasar por allí. Entonces se percató de que había perdido varios dientes y en mi mejilla hinchada y dolorida. Me cubrió de lágrimas y de mimos cuando le referí lo que había ocurrido con voz ligeramente gangosa y me examinó con cuidado aplicando sus expertas manos de enfermera sobre mi carrillo inflamado. -Maikel, querido amigo, ¿ que te han hecho esos canallas ? ¿ qué te han hecho ?

En el Hogar de Pony me administraron hielo aplicado con una compresa por las solícitas y cuidadosas manos de la hermana María que estaba siendo ayudada por Candy. Pregunté a la hermana María si en el botiquín del hospicio tendrían alguna aspirina o algo contra el dolor, y tanto Martha Pony como la hermana María negaron al unísono con la cabeza apenada.

-No importa. Resistiré hasta que Bryan pueda atenderme en Lakewood. Y…

Ante el repentino silencio de ambas mujeres arqueé las cejas comprobando que ya le conocían. Martha me contó las circunstancias en que tal encuentro se había producido aunque yo ya lo sabía por boca del propio padre de Mark.

Afortunadamente Brian me curó tan pronto como llegamos a la mansión hasta que un dentista llamado ex profeso por Ernest urgentemente se encargó de reparar mi maltrecha dentadura, aunque tuve que convalecer algunos días para recuperarme plenamente a cuenta de aquello.

43

Tras una breve parada en el Hogar de Pony para confirmar que las amables señora Pony, la hermana María, y los niños estaban bien, y disfrutar del emotivo recibimiento de los pequeños pupilos del orfanato y ponerles al corriente de su situación, tras unas escenas emotivas que hicieron que hasta a Haltoran se le escapara alguna furtiva lágrima, lo cual disimuló a duras penas, reemprendieron viaje en el automóvil de los Legan mientras la señora Pony emplazaba a Candy a que regresara lo antes posible a visitarlas. Cuando el coche abandonó con todos nosotros el Hogar de Pony, la anciana que no había dejado de agitar su mano para despedirnos, tuvo que apoyarse en la religiosa porque notó como las fuerzas le abandonaban y sus emociones la traicionaban, aunque se recobró gradualmente gracias a las fervientes palabras de ánimo de la monja, y al afecto de los niños que se reunieron en torno a ella, preocupados por la pasajera aflicción de Martha, intentando que volviera a sonreír, lo cual hizo, sobre todo por sus queridos y pequeños niños.

De vuelta a la mansión familiar de los Legan, a salvo de gangster desquiciados y furibundas tormentas con abundante aparato eléctrico, Mark conversó en el coche familiar de los Legan con Haltoran, mientras Candy hablaba conmigo. De pronto Mark se interesó por la suerte del Titanic. Haltoran sorprendido por el repentino giro que su amigo había introducido en la conversación que ambos estaban sosteniendo, se rascó la cabeza alzando las cejas, y dijo:

-Pero Mark hombre, eso es historia y de lo más básico. Se utilizó durante toda la Primera Guerra Mundial a la que sobrevivió afortunadamente, como transporte de tropas requisado por el gobierno norteamericano para contribuir al esfuerzo de guerra. Fue torpeado una vez pero sin consecuencias serias por parte del Ubooat 20, a la altura del Golfo de Vizcaya, cuando se dirigía a Francia, con destino al puerto de Cheburgo, transportando un contingente de soldados norteamericanos. Luego fue empleado hasta 1923 en su cometido original como transatlántico, y el clamor popular,, junto con una generosa donación por parte de Mac Gregor, aquel anciano millonario metido a soldado, que conocimos durante la guerra, junto con su perra San Bernardo, que estuvo a punto de morder a Maikel, lo salvó del desguace. Ahora es un museo flotante anclado en la rada de Nueva York, debido a que por su longevidad ya no es apto para seguir navegando, aunque ahora que lo dices…la verdad es que no se donde has estado metido.

Haltoran apuntaba tal dato, porque pese a que entre el momento en que los había perdido de vista por su imprevisible salto en el tiempo y su regreso apenas mediaron unos pocos instantes, en términos relativos, el joven pelirrojo, dedujo que una serie de acontecimientos imprevisibles que Mark parecía remiso a contarle habían sucedido en ese ínterin y lo del Titanic sin duda tenía que formar forzosamente parte de ello.

Se detuvo estupefacto al tener la sensación de que algo fallaba, que le faltaban datos, que había cosas que tenía que conocer, aunque no podía intuir el qué.

Mark también se quedó pensativo porque acababa de recordar que a menos que hubiera otra nave submarina con la misma denominación, cosa que no le parecía lógica, ni de la que hubiera constancia histórica alguna, el U-booat 20 fue el mismo submarino germano, que atacó al Mauritania con una salva de tres torpedos, ataque que repelió con la ayuda de su RPG-12 desde la cubierta de paseo del navío y en compañía de Candy. El imprevisto suceso había estropeado el delicioso momento que estaba viviendo en compañía de su esposa, mientras contemplaban juntos y arrebatados, las estrellas del firmamento.

Haltoran a su vez, recordó entonces una extraña y famosa leyenda que se había originado a partir de que algunos de los pasajeros del Titanic, nada más desembarcar , una vez concluido el viaje inagural del histórico navío habían referido a los numerosos periodistas congregados en el puerto para cubrir tan magno acontecimiento, de que un fenómeno sobrenatural al que tomaron por un ángel, porque no podría ser de otro modo, había fundido un iceberg que amenazaba la integridad del transatlántico, con una luz muy potente que lo redujo a la nada, para luego ascender nuevamente hacia el cielo. Naturalmente la Iglesia tomó con mucha cautela el asunto, no pronunciándose al respecto, y los psiquiatras y estudiosos que estudiaron a algunos de los testigos del supuesto fenómeno, unos cuantos, personas muy respetables e influyentes y otras no tanto, lo atribuyeron a un "estado de sugestión colectiva, debido a la enorme tensión del momento", que representó la más que palpable amenaza del gran iceberg. Sin emabrgo muchos otros no aceptaban que se descartara de un plumazo lo que tantas y tantas personas afirmaban haber visto con sus propios ojos, y se inclinaban por una única explicación plausible: un milagro.

Aunque Haltoran estaba elucubrando otra interpretación del misterioso suceso, un auténtico expediente X, que dio la vuelta al mundo y que ya formaría en lo sucesivo, parte del acervo popular y de la cultura universal y lo manifestó en voz alta. Candy rió divertida al escuchar la llamativa y extravagante expresión y le preguntó que era eso de "un expediente X".

-Un hecho sin resolver…e inexplicable, Candy –dijo Haltoran dándole vueltas a la idea que le rondaba por la cabeza y que no se atrevía a expresar con palabras, aunque finalmente terminó por hacerlo con una pregunta muy directa a Mark, que no le tomó precisamente por sorpresa:

-Mark, ¿ no habrás tenido algo que ver con el Titanic ? ¿ no habrás variado algún hecho fundamental de su historia y que desconozco por completo ?

Mark asintió solemnemente y afirmó ante el estupor de Haltoran y el mío, que estuve a punto de golpearme la cabeza contra el techo del coche del bote que pegué pese a los esfuerzos de Candy porque me sosegara, debido a la impresión recibida. Stuart continuó tan imperturbable como siempre intentando no perder de vista la carretera, aunque ya en la distancia se divisaba la imponente mansión de los Legan. Como único síntoma visible de su perplejidad alzó la ceja izquierda, que parecía que iba a perderse bajo la lustrosa visera de su gorra de plato con anteojos.

En la cancela de entrada aguardando, estaban los señores Legan junto a la madre de Candy, Eleonor, abrazada al padre de Mark. Ambos habían formalizado su relación y se casarían en breve. También estaba Tom, que se había resistido seguir a Eliza porque aun se hallaba avergonzado de su duro proceder con Haltoran, aunque finalmente tuvo que ceder a las insistentes peticiones, casi órdenes de su esposa y por supuesto Annie que había acudido con sus padres y aguardaba impaciente con el corazón en un puño, la llegada de su marido. Su hijo Alan se encontraba junto a Marianne que no se separaba ni un ápice de ella. Un afecto especial ligaba a los dos niños, lo cual parecía contar con la especial aprobación de su hermano Maikel y por supuesto de sus respectivos padres. Por encima del ingente grupo de gente destacaba la imponente silueta de Mermadón que caminaba intranquilo de un lado a otro manoteando y emitiendo pequeños pitidos que exacerbaban la jaqueca de la señora Legan. Mermadon no veía el momento de que sus amigos llegaran ya de una vez. Helen le espetó desabridamente que se estuviera quieto y Ernest rió divertido cuando el enorme robot se paró en seco esbozando una disculpa con su meliflua voz.

Annie era constantemente tranquilizada por Patty para impedir que echara a correr antes de que el coche familiar de los Legan recorriera los últimos metros del camino de grava que unía la propiedad con la carretera proveniente de Chicago. Finalmente había renunciado a desplazarse a Italia. Prefería quedarse con Haltoran y su hijo y vivir una existencia cómoda y sin sobresaltos. En su decisión, para alivio de su estricta madre no intervino Haltoran para nada, pero la altiva dama había mejorado su relación con él, porque creía que era él quien había hecho entrar en razón a su hija. Patty llamó a Stear que no se hallaba a su lado. Su novio estaba discutiendo con Mermadón acerca de la solución de un complicado teorema de física, con vistas a un nuevo invento que tenía en mente. Ante el gesto de fastidio de Patty que se ajustó sus gafas sobre la nariz, y que le reclamaba con insistencia, el muchacho se disculpó con el robot emplazándole a discutir el interesante dilema para más tarde. En su precipitación por reunirse con su novia, sus gafas y su gorra blanca se desprendieron de sus respectivas ubicaciones, aunque Mermadon se las recogió al vuelo sin que sufrieran el menor daño, entregándoselas enseguida.

Pese a que Natasha había intentado que Anthony la acompañara, el muchacho se negó en redondo. Cualquier contacto con Candy le hacía rememorar dolorosos recuerdos que para él era mejor que continuaran sumidos en el olvido, por lo que declinó ir a recibir a Candy. Finalmente su esposa, con la contrariedad reflejada en su hermoso rostro similar al de Candy, accedió a quedarse con él, renunciando por el momento, a salir al encuentro de la muchacha y su esposo. Quizás más adelante…

En cuanto a Archie se había enfrascado en su trabajo, aunque últimamente estaba empezando a perderse en una destructiva huida hacia delante, en la que coqueteaba con el alcohol y las drogas más peligrosas y prohibidas. Aun no había sido capaz de olvidar a Candy.

También estaba Neil y su esposa Susan. Ambos estrechamente cogidos de la mano, reflexionaban cada cual a su modo, en la forma que Mark y sus extraordinarios compañeros de aventura habían influido en cada una de sus vidas. Neil pensó en la reveladora conversación que sostuvo con Mark, cuando le defendió de Albert pese a su reprobable conducta, y a partir de la cual, empezó a enmendar su vida poco a poco, y Susan en el breve y apasionado romance que mantuvo con Mark, desde que evitase que se convirtiera en una persona lisiada de por vida. Se sintió abrumada por la vergüenza, al recordar su intento de suicidio para recuperar a Mark después de que su breve noviazgo tocara a su fin. Neil se percató de su turbación por el leve rubor que apareció en sus mejillas y preguntó solícito a su esposa, tomándola delicadamente de la mano derecha:

-Cariño, ¿ te ocurre algo ?

-No Neil, querido, no es nada –se excusó sonriendo levemente mientras la bella actriz rubia, observaba por acto reflejo su pierna, agradeciéndole sus desvelos hacia ella. Mermadon que estaba a su lado, le produjo un ligero temor al principio, que perdió a medida que comprobó que el robot no solo era inofensivo, sino muy simpático y atento. A su hijo Clark parecía encantarle, porque no paraba de jugar con el coloso metálico.

Susan evocó aquellos pasajes de su vida con una sonrisa. Tan solo era un grato recuerdo. Amaba a su marido y a su hijo, profundamente, pero a veces el pasado invade nuestras mentes haciéndonos rememorar brevemente emociones pasadas que creíamos ya olvidadas.

Mark sacudió levemente el hombro de Haltoran que se había quedado anonadado ante la magnitud del inverosímil pensamiento que estaba atravesando su mente y que quedó plenamente confirmado con la subsiguiente aclaración de su amigo:

-Se hundió en 1912 por causa de un iceberg, o mejor dicho debería haberse hundido…solo que –tragó saliva y continuó hablando con dificultad - yo…evité su hundimiento.

-¿ Cómo qué qué… ?, ¿ qué hiciste qué ? –preguntó Haltoran asombrado en grado sumo, creyendo haber oído mal. Lanzó un largo silbido que hizo reír a Candy que se giró, para observar con sus deslumbrantes ojos verdes, los de Haltoran desorbitados de estupor mientras se abrazaba a Mark. Haltoran se restregó los párpados y dijo:

-Creo que tendré que tomarme un buen trago para asumir esto –declaró meneando la cabeza.

-Es una larga historia –intervino Candy pero cuando lleguemos a casa, os la contaremos con pelos y señales, palabra, pero antes un poco de paciencia.

"A casa" sonrió la hermosa joven pecosa. Qué bien sonaban aquellas palabras. Y que adorable era saborear sus sílabas acariciantes, deletreándolas con fruición.

Junto a la puerta de la mansión, un pequeño y esmeradamente cuidado Ford T, pese a su antigüedad y vetustez, había aparcado cerca del gran grupo de gente congregada ante la cancela de la casa Legan. De su interior descendió un matrimonio de ancianos con aspecto juvenil que se presentaron amablemente ante los señores Legan siendo recibidos, con halago por parte suya, una vez explicaron que relación tenían con el matrimonio Anderson, y rogando educadamente a Helen y a Ernest, que les autorizaran a recibir a una viejos amigos, en referencia a Candy y a Mark. Ernest permitió al anciano matrimonio, sumarse al gran recibimiento que dentro de poco tiempo dispensarían a Candy.

Margaret se ajustó el gran sombrero que le confería aspecto de sombrilla andante y sonrió observando el Cadillac conducido por Stuart, y en el que alcanzó a distinguir la faz sonriente y eufórica de Candy que asomaba la cabeza por la ventanilla saludando a todos con grandes gritos y agitando la mano derecha.

-Me parece que hemos llegado puntuales a la cita –susurró a su marido que dio un respingo cuando un autómata de dos metros de altura, que había aparecido imprevistamente como de la nada, le saludó ceremoniosamente y con exquisitos modales. Luego un mayordomo que parecía un niño por su aspecto juvenil y su baja estatura, rodeado por una trouppe de niños y niñas sonrientes, que no le dejaban ni a sol ni a sombra, y una hermosa sirvienta de pelo castaño recogido en una trenza y una cofia almidonada sobre su cabeza, y un poco más alta que él, que le abrazaba y le besaba a cada rato en las mejillas y en los labios, efusivamente, se hizo cargo de sus gabanes y sombreros, lastrado por varios pequeños que no dejaban de aferrarse a su padre, demandando constantemente su atención.

Carlos se disculpó ante los ancianos señores con una sonrisa, que reían sin mala intención ante la situación del apurado mayordomo, y poniendo cara de circunstancias explicó, algo azorado:

-Mi familia…es así de cariñosa señores. –dijo Carlos encogiéndose de hombros a modo de disculpa -Hijos, dejad que papá trabaje, Steve no te pongas en medio, Jenny no hagas rabiar a Silvia y a Clean. Jane obedece a mamá y no molestes a los señores.

Finalmente Mermadón vino en su ayuda por sugerencia de Ernest, y tuvo que emplearse a fondo contando algunas historias infantiles, congregando a los niños en torno suyo que le escuchaban ensimismados, mientras le iba rodeando, sentándose en semicírculo a su alrededor, para que dieran un momento de respiro al atribulado y atareado Carlos.

Helen ordenó a Dorothy que dejara en paz a su marido por un momento y que ayudara a Clara y al resto del servicio a disponerlo todo para el suntuoso banquete que celebraría el retorno de Mark, Candy, y todos nosotros.

Jim devolvió el saludo al robot estudiándole boquiabierto y rodeándole para apreciar mejor su envergadura.

-Está igual que entonces –susurró Margaret conteniendo las lágrimas y alegrándose de que Mark le hubiera revelado la verdad mediante esa nota, que en un primer momento estuvo a punto de arrojar al fuego, pero que decidió conservar y leer finalmente, después de una larga y sesuda meditación.

La tía abuela Elroy observó la escena complacida cuando entramos en el gran salón para homenajear a Candy y a Mark una vez que tuvieron lugar las consabidas sesiones de lágrimas, abrazos, muestras de afecto y bromas aderezadas por una hilaridad desbordante y contagiosa. La anciana matriarca sonrió complacida. Era la primera vez en mucho tiempo que abandonaba su retiro casi monacal y accedía a departir con los Legan y sus invitados tras aceptar nuestra invitación, congeniando mejor de lo que podía esperarse para una persona que no pisaba la calle u otra estancia que no fueran sus habitaciones privadas, desde hacía varios años y cuyo carácter se suponía que habría sufrido una importante merma por el largo aislamiento después de tantos días de reclusión voluntaria. Aun no había podido olvidar la profunda decepción que le causara Albert y el escándalo que supuso para ella y la familia su pena de reclusión.

44

Por una vez y sin que sirviera de precedente, Dorothy junto con su marido Carlos y Clara fueron invitados y admitidos en la celebración en honor de Candy y de Mark, por expreso deseo de Candy. Mientras los hijos de Carlos continuaban siendo entretenidos por Mermadon que hacía de improvisada nurse, no obstante vigilados por algunas criadas por si acaso, y Candy alzaba su copa para proponer un brindis que fue emotivamente respondido por todos nosotros, Clara, deslumbrante en un vestido de noche rojo con un pequeño escote se había sentado a mi lado. Deseaba hablarme en privado, lejos del bullicio de la fiesta y me excusé ante los invitados para ausentarme unos minutos. La tía abuela Elroy levantó una ceja reprobadoramente, pero accedió con un gesto de cabeza a que me fuera, mientras su ganchuda nariz temblaba levemente. Clara preguntó al señor Legan si podía también ausentarse y el afable caballero intuyendo el motivo, le permitió que se fuera, unos minutos después de que yo lo hubiera hecho. Nos encontramos en un mirador que daba a los espléndidos jardines de la parte sur de la propiedad. La chica me abrazó sorpresivamente y antes de que pudiera reponerme de la sorpresa, me declaró un amor que había germinado en silencio y madurado durante mucho tiempo desde que la salvara de aquellos malhechores durante mi imprevista visita a Eliza y Tom, para hacerle entrega a su hija Candy con motivo de su cumpleaños, de un enorme muñeco de peluche como regalo. Me quité las gafas un momento y repuse:

-Clara, me siento muy halagado pero podría ser tu padre.

De hecho mi idea era adoptarla, pero la chica frunció el ceño ante la comparación, como para proponerle algo semejante.

-No me importa- y rodeó mi cuello con mis brazos. Estaba muy bella y la pluma de faisán que adoraba sus cabellos le confería un toque especial de distinción realzando su atractivo disimulado y oculto por el severo y recatado uniforme de criada.

Conocía ese tipo de amor y supuse que sería inútil y en vano luchar contra eso, aparte de que no deseaba hundir la moral de Clara mediante, un poco cuidadoso y brusco desengaño. Por otro lado, la joven era ya mayor de edad, o por lo menos tenía la edad legal para casarse si sus padres o tutores lo consentían Me sentía un poco solo, y más después de comprobar como mis sentimientos hacia Candy resurgían, aunque no fuera mi intención luchar por una meta imposible. Miré a Clara. Estaba harto de mi soltería, de mis desengaños y mi soledad, por lo que aunque supuse que me costaría un poco, terminaría por quererla. La correspondí abrazándola y musité para alborozo de la muchacha que permanecía callada, aguardando temblorosa, mi respuesta:

-Tendrás que tener un poco paciencia conmigo. A veces puedo resultar un poco gruñón –sonreí halagado por el afecto de tan bella criatura.

-¿ El señor habla en serio ?, no perdón –dijo azorada y ruborizándose intensamente mientras se llevaba una mano a los labios pintados de rojo, ante mi expresión de fingida reprobación- ¿ de verdad hablas en serio Maikel ? –retificó.

Asentí sonriéndola un poco más abiertamente. La chica y yo nos besamos largamente y permanecimos así, estrechamente abrazados, durante un buen rato. Mis pobres encías me produjeron un sordo dolor cuando Clara aplicó sus labios sobre los míos, pero no me importó. Los calmantes prescritos por Bryan y el perfecto trabajo del odontólogo que Ernest había hecho venir expresamente para mí, me ayudaron a sobrellevar los adversos efectos de haber perdido varios dientes, por intentar defender a unas buenas personas. El dentista me prometió que en breve plazo me implantaría otros postizos, tan perfectos que nadie notaría diferencia con un diente real y que ni siquiera yo encontraría disimilitud con los anteriores. Con estos no tendría problemas ni para sonreír, comer o besar.

FIN DE LA NOVENA PARTE