Los personajes de CardCaptor Sakura pertenecen a las CLAMP. Tanto en historia como en diseño.


Capítulo 9

No me otorgué el lujo de explicarle la situación a Syaoran sino mucho después, cuando nos faltaban algunas cuadras para arribar al Kani.

–Mi hermano va a estar allí con Yukito –le dije. Me miró–. Ten en cuenta que es un hombre bastante… –permanecí pensativa, buscando la palabra adecuada para describir a Touya. ¿Difícil, pesado, obtuso…? No supe por cuál decidirme, así que utilicé las tres.

–¿Quién? ¿Yukito?

–No. Mi hermano –pausé. Luego sonreí–. Yuki es completamente todo lo contrario; a él sí le caerás bien –concluí, acomodándome en el espaldar del asiento.

Minuto de silencio.

–O sea, que a tu hermano no –atinó Syaoran.

–No te lo tomes personal; la verdad es que ningún prospecto de novio le caería bien, no mi novio… Ninguno, en absoluto… Inclusive, al principio no digería a Eriol.

Estacionamos la Chevy en un puesto estratégico que se veía sombreado por un arbusto mediano. Entonces, al apagar el motor, Syaoran me dijo:

–Renuncio.

Mis sentidos se alarmaron.

–¡Que tú QUÉ! –grité. ¿Había oído bien? ¿Iba a renunciar? Pero, ¿POR QUÉ?

–Porque desde empezada la farsa jamás me dijiste que tenía que vérmelas con un hermano celoso –bajó del auto. Yo lo perseguí–. Quédate tú con tu dinero, no me des nada. Ahora mismo voy a exponer la verdad y nada más que la verdad a tus padres, prima, hermano y cuñados. Me la he guardado durante mucho tiempo, me hará bien desahogarme.

Entré al restaurante, como bala, en pos de él.

–Ni te atrevas, Syaoran Li. ¡Tú no dirás nada!

¡Qué cobarde!

–Sakura –se volvió a encararme–, acéptalo. Se acabó. Hasta aquí llega mi condescendencia.

Todo mi cuerpo quedó frío. Quería cachetearlo. ¿Cómo podía echarse para atrás en un momento tan cumbre como éste, cuando más lo necesitaba? Tantas circunstancias tortuosas que sufrí, intentando como una desquiciada mantener la mentira a raya. Amistándome con él para endulzar la situación. A mí no me gustaba mentirle a mis padres o a Eriol, ¡pero no tenía de otra!

Improvisamente todo el deseo que llevaba sintiendo esta mañana por Syaoran (y durante la noche, y durante los días anteriores, y hasta hace cinco minutos en el carro) se esfumó en un parpadeo. ¡Oh, qué tristeza! ¡Mi Él era un cobarde! Y soplón, para remate. Me delataría y dejaría en ridículo en pleno Kani (yo conocía allí a algunos meseros).

Debía evitarlo. Mi moral no podía decaer más de la cuenta; no estaría bien. ¿Y si lo pongo en ridículo primero?, pensé. Y sin siquiera recordar haberle dado señales a mi cuerpo mediante mi cerebro, me abalancé sobre Syaoran al tiempo que uno de los meseros se nos acercaba a preguntar:

–¿Mesa para dos?

Mi presa reaccionó salvajemente. Asombrado, intentó zafarse de mi beso a empujones.

–Sakura… ¿qué demo…?

Pero yo continué como loca hocicándolo frente a los ojos perplejos del mesero. Luego exclamé a toda voz:

–¡No! Syaoran, ¿qué estás haciendo? Este no es el lugar adecuado… ¡Oh, no. No en público! –me apreté a su entrepierna. Empecé a gemir–. Oh, no… ¡Oh, no! No, Syaoran, no… ¡Maleducado; controla tu emoción!

Él intentaba desprenderse de mi lazo, pero era en vano. Mientras más resistencia ejercía más firme me ponía yo.

–Sa… kura… ¡Bas… ta…!

–¡Syaoran, no! Mesero, por favor, ¡dígale que se comporte!

Pero Mesero parecía una estatua de sal abochornada con expresión de desconcierto.

–Señor, por favor –dijo–, suelte a la señorita.

–¡¿Qué no ve que es ella la que no quiere soltarme?

Si no fuera por Eriol que se apareció en ese preciso instante exclamando un Dude!, hubiera seguido con mi acoso. Al soltarme miré a mi alrededor, prendida por las ansias. ¿Me había visto mi hermano? Oh, eso era lo que más deseaba; después de tal escenita no quedarían dudas de que tenía algo con Syaoran. Pero aparte de los cincuenta y pico pares de ojos desconocidos –sin contar los del personal laboral–, no noté los de mi hermano.

–Sakura, ¿cómo estás?

Volví en mí.

–Oh… Eriol –musité; no había sabido nada de él después del accidente. Mi rostro se sonrojó como tomate ante el escrutinio de sus ojos: azules, fríos… cubos de hielo. Me odiaban–. Perdona por lo de ayer…

–¡No te preocupes! –me interrumpió, ambas palmas al aire–. No hay resentimientos. Te encontrabas en un estado delicado e inconsciente; no fue tu culpa.

Se lo agradecí.

–Entonces, ¿amigos de nuevo? –le pregunté.

–Amigos de nuevo –estrechó mi palma. Sin embargo, al caminar hacia la mesa que tenían reservada, me susurró al oído–: Tú pagarás mi almuerzo y el de Tomoyo.

Genial… ¡Menos mal y no era rencoroso!

Ni Touya ni Yukito ni mis padres habían arribado, como pude comprobar al tan solo ver a mi prima ocupando asiento en la mesa. Iba a disculparme con ella también, pero fue más rápida.

–¡No me digas nada! –ordenó–. Te perdoné y olvidé lo ocurrido ayer mismo; no me hagas rememorarlo, d'accord?

Asentí, mansita.

El resto de los familiares se nos unieron pasados treinta minutos. Las presentaciones fueron un poco extrañas: Mamá se detuvo tras una silla y con un gesto burgués de la mano, señaló a Syaoran.

–Un invitado de Sakura –dijo.

Aquel se levantó.

–Li… Li Syaoran. Mucho gusto –Touya se quedó mirándolo–. Soy… –prosiguió–. Soy compañero de Sakura.

Silencio. Sudando frío, me observó a por ayuda.

Me levanté.

–Touya, él es mi… –¡oh, no. Fallas técnicas! Mierda, era tan difícil aquella palabra; ¿qué otros sinónimos podría utilizar? ¿Amigo, pareja, amante, pretendiente? Ninguno sonaba bien– mi… mi…

Quedé como CD rallado y mamá tuvo que interceptar por mí.

(Menos mal.)

–Touya –lo llamó, con la seriedad propia de un doctor a punto de diagnosticar a un paciente de cáncer y siete días de vida–. Es su novio –y añadió, muy profesionalmente también, por si quedaban dudas–: Sakura y él son novios.

Un minuto de silencio sepulcral y, finalmente, escuché a la garganta de Touya emanar:

–Grrr.

Afortunadamente, el almuerzo transcurrió sin problemas:

Mamá procuró mantener la conversación en territorio de paz, oscilando de tema en tema; preguntando por la gastronomía de Brasil y Venezuela, y notificando orgullosamente que a Syaoran fascinaban sus crêpes caseras.

Papá se limitaba a comer de su plato y asentir cordialmente en los momentos que necesitaban (mamá) preguntar por su opinión.

Tomoyo y Eriol se dieron un festín a costa de entradas costosas, primeros y segundos platos, vino en jarra. Y, para finalizar, tres raciones de postre, porque a Tomoyo le dio por repetir la suya… ¿Y por qué no, si no iba a pagarla ella?

En lo que respecta a Touya, en ningún momento dejó de fulminar a Syaoran con la mirada; el último se hallaba tan incómodo que hasta a mí me dio pena por él, y sentí un poco de remordimiento por haberlo obligado a aceptar la farsa y mentir a mi familia.

Pero lo dicho: solo un poco.

–¿Y cómo les fue en Venezia, cariño?

–Venezuela, mamá… No Venezia –corrigió mi hermano.

–¡PERO DE ALLÍ PROVIENE EL NOMBRE, SEÑORA NADESHIKO! –informó Yukito.

–Nos fue fantástico, mamá. Venezuela es fantástica… En Margarita, días antes de que nos… –pero se detuvo. Intercambió miradas con papá. (Jum. Qué extraño)–… nos… nos sintiéramos culpables por faltar al matrimonio de mi prima y decidiéramos regresarnos, visitamos varias discotecas. La música latina es muy particular. Muy, ¿cómo explicarlo…?

–¡VIVA! –interceptó Yukito.

–Sí, viva. A la gente le gusta mucho bailar por allá.

–Bailan por cualquier cosa –dijo Yukito–. Festejo, alegría, tristeza, graduaciones… ¡La música los nutre!

–Sí –continuó mi hermano–. Y hay un baile que está muy de moda; tiene un nombre extraño… En fin, es lo que más se baila allá. Y no es de mucha ciencia.

–EXACTO –interrumpió Yukito–. Tan solo tienes que buscarte un compañero. O dos. O tres…

–O hasta cuatro –siguió Touya–. Apretarte lo más posible a él, y empezar a mover las caderas como si tu vida dependiera de ello.

–Guau –interrumpí–. Suena doloroso –y lo decía porque yo no ostentaba de mucha soltura en la zona lumbar.

–Estoy intentando recordar el nombre del baile –advirtió mi hermano–. Sonaba parecido a… ¿recepción? ¿Remendón?

Inició una lista de palabras, creo en español, que parecían muy difíciles de pronunciar.

–Creo que era reventón, Touya –sugirió Yukito.

–Sí, algo así era –se encogió de hombros–. Ah, y también les trajimos maracas.

–¿Maracas? –preguntó mamá–. ¿Y eso se come?

Los relatos de Touya y Yukito permitieron que la atención no recayera completamente sobre Syaoran y yo, quienes tuvimos que explicar otra vez la manera en que nos conocimos; esta segunda oportunidad con menos antipatías y con reseñas que concordaban por parte de los dos.

–Nos conocimos en la entrada del Palace –dijimos al mismo tiempo.

–Él saliendo y yo pasando –agregué.

Incluso Tomoyo jugó un papel importante en la conversa, narrando con exclusivo y Tomoyístico detalle los sucesos del matrimonio civil (omitiendo –deliberadamente, claro– mi emborrachamiento; cosa que le agradecí en silencio). No obstante, igual tuve que soportar su mirada retadora, la indignada de Eriol, la resignada de Syaoran y la de "después tocamos ese asunto, jovencita" de mamá.

Finalizados los postres, la última me llamó con el oculto propósito de algo.

–Sakura, tengo que hablar contigo.

–Sí, mamá –la miré–. ¿Cuándo?

–Ahora.

Nos dirigimos juntas al baño. Pensé me sermonearía lo ocurrido en el matrimonio civil en vista de que Tomoyo había metido el dedo en la llaga; sin embargo, no fue eso lo que anunció:

–Hija –me dijo, una vez dentro–. Debido a la llegada de tu hermano opino que lo mejor sería que te ubicaras nuevamente en tu habitación. Ya conoces cómo es Touya de inflexible y chapado a la antigua… para ciertas cosas –puso cara de desdén–. Además, de esta manera aseguramos la supervivencia de Syaoran…

Sinceramente, hubiera preferido el sermón.


(N. del A): Después de mucho, mucho tiempo…